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Full text of "Alejandro Malaspina 1885 Viaje Politico Cientifico"

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NOVO V COLSON. 


LA VUELTA AL MUNDO 
EN LAS 
CORBETAS 

DEUMEKT A Y ATREVIDA 



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Biblioteca Nacional de España 



Biblioteca Nacional de España 



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LA VUELTA AL MUNDO 



POR LAS CORBETAS 



AI. MANDO DHL CAPITÁN DE NAVIO 

D. ALEJANDRO MALASPINA 

DESDE I 789 Á 1794 

PUBLICADO CON UNA INTRODUCCIÓN 

EN 1885 

POR EL TENIENTE DE NAVÍO 

D. PEDRO DE NOVO Y COLSON 


MADRID 

IMPRENTA DE LA VIUDA ¿ HIJOS DE ABIF.NZO 
ISABEL LA CATÓLICA, 4 Y PAZ, C 

1885 


Biblioteca Nacional de España 



VIAJE POLITICO-CIENTIFICO 


ALREDEDOR DEL MUNDO 



Biblioteca Nacional de España 



VIAJE POLITICO-CIENTIFICO 


ALREDEDOR DEL MUNDO 

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POR LAS CORBETAS ó w 

DESCUBIERTA y ATREVIDA 

AL MANDO DE LOS CAPITANES DE NAVÍO 

D. ALEJANDRO MALASPINA 


DON JOSÉ DE BUSTAMANTE Y GUERRA 

DESDE I /89 Á 1794 

PUBLICADO CON UNA INTRODUCCIÓN 

POR 

DON PEDRO DE NOVO Y COLSON 

TENIENTE DE NAVÍO 

ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL D F. LA HISTORIA 


MADRID 

IMPRENTA DE LA VIUDA É HIJOS DE ABIENZO 
ISABEL I, A CATÓLICA, 4 Y PAZ, 6 



Biblioteca Nacional de España 



Excmo. Sr. D. JUAN B. ANTEQUERA Y BOBADILLA 

MINISTRO DE MARINA 


Excmo. señor: 


Animado por mi entrañable amor á nuestra Armada , me atrevo hoy á dar á luz la in- 
apreciable joya que durante cien años estuvo encerrada en el polvo de los archivos; y al buscar 
el nombre de un navegante contemporáneo á quien dignamente pudiera dedicársela , he 
hallado que á V. E. asiste el mejor derecho, nb por la alta posición que ahora, ocupa (cual- 
quiera que sea la gloria que en ella logre), sino por los grandes -méritos que contrajo como 
jefe de la fragata Numancia en su asombroso viaje de circunnavegación. 

No es dudoso que V. E. verá con sumo agrado enaltecidos al fin , por sus propias obras, 
á esos marinos eminentes que dirigieron la famosa expedición de las corbetas Descubierta 
y Atrevida. Yo me felicito de que este verdadero desagravio se efectúe en momentos de en- 
contrarse al frente de la Marina el antiguo Comandante del primer acorazado que dió la 
vuelta al mundo, con sorpresa de Europa , y en momentos de hallarse á punto de emprender 
un viaje igual la fragata Blanca, á cuyos Oficiales reportará esta, obra grande instrucción 
y noble estimulo. 

Con la mayor consideración y respeto saludo á V. E. y B. S. M . , 

Pedro de Novo y Colson. 


Madrid, Mayo de 1S85. 



Biblioteca Nacional de España 



« El viaje de Malaspina es el vías brillante testimonio que á Jines del siglo pasado dio nuestro Gobierno del lau- 
f>dable interés que se lomaba cu aumentar los conocimientos de la ciencia de nuestro globo 


» Util para el mundo . // honroso para la Nación española hubiera sido la publicación de este viaje , coordinado por los 
» Oficiales de la expedición y sabios que los acompañaron ; pero por un trastorno de ideas inconcebible , las resultas 
i>de la desgracia , causa y prisión de su Comandante Malaspina, alcanzaron d una empresa, que nada tenia que ver 
» con sus supuestos crímenes , y en odio del autor ó Jefe de la expedición , se sepultaron todos los trabajos propios de 
nlos hombres científcos y aplicados que llerró á sus órdenes. Mucho costó sacar de manos de los escribanos y gentes 
■fique entendieron en el proceso , los Diarios , derroteros y descripciones del viaje. El que suscribe tuvo la satis- 
facción de contribuir eficazmente á lograrlo, d reunir cuantos papeles se pudo, y depositarlos en la Dirección de 
« Hidrograf ía, que se instituyó entonces , cuyas tareas debían comenzar por las cartas y demás trabajos marinos de esta 

» expedición Quedáronse sin imprimir todos los derroteros y excelentes relaciones del viaje , llenas de luminosas 

fi observaciones astronómicas y mineralógicas , de descripciones físicas y políticas ,y de nociones nuevas sobre la Histo- 
nria Natural de los países recorridos .» 


Martin Fernandez de Navarrete. 



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INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


I 


Algunas Reflexiones sobre la conveniencia de publicar esta obra 


Pocos días hace que, entregado á mi lectura favorita, fijé la atención en una página de 
la Historia general de los Descubrimientos Marítimos , famosa obra de W. Desborough 
Cooley. Con más disgusto que sorpresa, encontré en ella las apreciaciones que transcribo 
literalmente: 

«En 1775, dos buques españoles, bajo las órdenes de D. Juan de Avala y de D. An- 
»tonio Maurell, contribuyeron en algo á los progresos de la Geografía, examinando su- 
» perficialmente la costa N. O. de América entre los 47 y 57 o de latitud. Esta expedición 
» había recibido orden de llegar hasta el paralelo de 65 o ; pero los navegantes españoles no 
» habían estudiado tanto como los de otras naciones la ciencia de levantamientos de planos 
»y su examen de la costa no pasó de los 57 o . Una gran bahía ó estrecho en 57 o 17' de 

» latitud, fué nombrado por ellos Puerto Cucarelli, en honor del Vircy de Méjico El rc- 

«sultado de este viaje pareció satisfactorio al Virey, pues en 1779 envió una segunda ex- 
» pedición para que continuara el examen de la costa desde los 58 á los 7 o°. Como la 
» ignorancia de los españoles igualaba en esta época á su reserva y su silencio, es posible 
» que el Virey no supiese la existencia de un navegante inglés llamado James Cook , el 
»cual había hecho este estudio el año anterior, con el firme propósito de comunicar sus 
» resultados á todo el universo. Aquella nueva expedición no añadió nada á los conocí - 

»micntos geográficos Maurcllc, á su vuelta, quiso levantar una carta exacta de la costa; 

» pero se sabe que cu 1779 los españoles calculaban todavía su longitud, según la. estima, 

» mientras que los franceses y los ingleses se servían ya, desde algunos años, de cronbme- 
» tros y do observaciones lunares.» 

Si no fuera tan ilustre y respetado el nombre de Desborough Cooley, habría yo leído 
impasible una vez más ese cúmulo de inexactitudes é injusticias, cosecha añeja y frecuente 
que recibimos del extranjero; pero el notable historiador británico, es, desde mediados 
del siglo, el oráculo de muchos eruditos y escritores, así como su obra pasto casi univer- 
sal de los estudiosos; y esto ya merece que conteste España vindicándose, no por conducto 

i 



II 


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


de sus sabios, que fuera inoportuna cortesía, sino por uno de los más humildes oficiales 
de su Armada, lo que toma carácter de severo castigo. 

Tantos nombres y tantos hechos acuden á mi memoria; tan grande es el número de 
nuestros marinos ilustres, que necesito concretarme á los que lo fueron solamente por su 
sabiduría, y de ellos citaré nada más, como aludidos, á los que durante esos años de 1770 
á 1780 surcaban el Océano sin otra ayuda que la brújula y la corredera, según afirmación 
del historiador inglés. 

¿Será cierto que D. Francisco Maurelle, ignorase en su segundo viaje al N. O. de Amé- 
rica, que Cook existía y navegaba, y que se proponía comunicar al mundo sus trabajos? 
Quizás. Pero, en cambio, no admite duda que este famoso marino tuvo perfecto conoci- 
miento de la primera expedición de Maurelle y que su Diario sirvió de guía y consulta á 
Cook, quien aprovechóse de las noticias y descubrimientos consignados en sus páginas. 
Más adelante fue impreso el Diario de Maurelle por Sir Barrington en su libro las Misce- 
láneas (1) Maurelle efectuó muchas exploraciones y una notabilísima en la fragata Princesa, 
en 1780, desde Manila á Nueva España al través del Pacífico, tardando 10 meses. Formó 
una tabla de la situación de los bajos é islas vistos durante el viaje. 

Según Desborough Cooley, los españoles eran incapaces de levantar planos con exac- 
titud en 1779 y desconocían el uso de los cronómetros y de las observaciones lunares 

Con efecto, prueba todo lo contrario el hecho sabidísimo que siete años antes de aquella 
fecha (navegando en la fragata Venus, por cercanías del Cabo de Buena Esperanza), un Ofi- 
cial español, D. José de Mazarredo, filé inventor (que así puede llamarse), del procedimiento 
para hallar la longitud valiéndose de las distancias lunares. 

Era la noche despejada; cerca de la luna brillaba Aldevarán, y contemplándolas el sa- 
bio joven, imaginó obtener la situación de su nave, tomando simultáneamente las alturas 
de ambos astros y su distancia, y resolviendo los triángulos esféricos precisos para lograr 
la longitud de la luna como base de partida. Consultó Mazarredo á su Comandante, que 
lo era el insigne Lángara, y éste, lleno de fé, se dispuso á ayudarle en unión de otro inte- 
ligente Oficial, Ruiz de Apodaca. Los trabajos duraron dos días y fueron ímprobos, porque 
aún no se habían generalizado los almanaques náuticos ingleses, donde se daban las ta- 
blas de distancias de luna á estrellas , publicación que casi comenzaba. El éxito más feliz 
coronó la idea de Mazarredo, y pudo enorgullecerse de haber inventado un método im- 
portantísimo, que si bien ya había sido indicado por Lecaille, era aún totalmente descono- 
cido para el marino español y para la inmensa mayoría de los navegantes (2). Seis años 
después, en 1779, usábanse mucho estos cálculos en nuestra Marina y apenas se halla un 
Diario de aquella época en que no se vean reunidos los adelantos todos de la Astronomía 
náutica. 

Ninguna nación pudo jactarse de enseñar mejor á su juventud que nuestro país, desde 
que en 1751 el ilustre Jorge Juan fué nombrado Capitán de Guardias Marinas. No existía 
por entonces en Europa obra más perfecta que su Compendio de Navegación. Quien 
dude de la superioridad de este sabio, recuerde el curioso fruto de su viaje á Inglaterra 


(r) Véase en la Biblioteca del Depósito Hidrográfico de Madrid. Obra titulada Establecimientos Ultrama- 
rinos, tomo IV, pág. 538. 

(2) Para mayores detalles consúltense, entre otras obras, la Biblioteca Marítima, de D. Martín Fernández 
de Navarrete y la Galería Biográfica de Generales de Marina , por el Vicealmirante Pavía. 




INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


III 


en 1749- Fué comisionado por el Gobierno para estudiar y aprenderlos métodos de cons- 
trucción naval en aquella Monarquía, y á poco de hallarse allí, inventó un nuevo sistema, 
tan ventajoso y admirable, que los ingleses, abandonando todos los suyos, adoptaron in- 
mediatamente el ideado por Jorge Juan; y este método fué el único que presidió desde en- 
tonces y aún hoy preside para las construcciones de los buques de vela. 

Discípulo del autor ele la inmortal obra Examen Marítimo , fué D. Juan de Lángara, 
hidrógrafo excelente, quien á su vez difundió los últimos descubrimientos de la ciencia entre 
la pléyade de Oñciales que navegaron con él; y desde 1 772 á 1776 efectuó trabajos que lle- 
naron de asombro á los marinos ingleses y franceses, capaces de comprenderlos (1). 

Bajo las órdenes de Lángara sirvieron: D. Diego Alvear y Ponce, quien de Alférez de fra- 
gata fué nombrado Comisario de la demarcación de límites de España y Portugal en Améri- 
ca, y de cuyo curiosísimo Diario (cinco tomos folio) se conserva una copia con gran estima- 
ción en el Museo Británico de Londres; D. Bruno de Heceta, que en 1773 hizo importantes 
descubrimientos en la Alta California y construyó cartas y planos excelentes de sus puertos; 
D. Francisco Millau, que en 1776 determinó los límites entre Buenos Aires y Paraguay; 
levantó los planos de Rio Grande, en la América del Sur, de su costa y también de las Mal- 
vinas; D. Juan Varela, que en T774 ayudó eficazmente á marcar la situación verdadera de 
la Isla Trinidad y poco más tarde la de las islas del Golfo de Guinea, las de Santa Cata- 
lina en el Brasil y de los puertos del Rio de la Plata, mereciendo el título de Correspon- 
diente de la Real Academia de París; y por último, el ilustre Mazarredo, que ya se ha cita- 
do, así como otros muchos brillantes Oficiales que sería prolijo enumerar. 

Es por cierto sorprendente que desde época bastante anterior á 1779 se dieran tan 
buena traza para sacar partido del atraso de la cosmografía tantos marinos españoles reza- 
gados en el estudio ó enemigos de la ciencia. Así lo prueban D. Vicente de Doz, Alférez de 
fragata, que en 1760 levantó el plano del Rio Orinoco y en 1769 observó en California el 
paso de Venus por el disco solar, y determinó la longitud exacta de la misión de San 
Jorge; D. Gabriel de Aristizábal, de quien por sus profundos conocimientos dijo Mazarredo 
dirigiéndose al Ministro: «Suponiendo que cada Oficial de Marina valiera un ciento por 
ciento más que yo, no valdrían, sin embargo, todos juntos la mitad que Aristizábal.» Sus 
trabajos hidrográficos en Turquía y sus apuntes para la obra Viaje á Constantinopla , 
dieron más tarde disculpa al apasionado elogio. D. Santiago de Zuloaga, autor de las 
Maniobras Navales y de la demarcación de límites en Cumaná de Venezuela, en 1751; 
D. Domingo Bocncchea, descubridor de varias islas del Pacífico y constructor del plano de 
la de Otahiti; D. Juan Herrera Dávila, que levantó planos de casi todos los puertos de la 
Costa Firme septentrional; D. Gonzalo López de Haro, que reconoció é hizo cartas del 
Estrecho de Juan de Fnca ; que antes había recorrido la costa N. O. de América hasta 
los 60 o , levantando su plano, y después señalado los límites del puerto de Nutka y 
reconocido y formado los planos de la California, la Sonora é islas inmediatas; D. Joa- 
quín Fidalgo, que en los bergantines Empresa y Alerta, realizó un amplísimo é impor- 
tante trabajo hidrográfico en las costas de Tierra Firme, desde la provincia de Cumaná 
á Darien del Norte y Portobello, mereciendo ser en su ancianidad nombrado Director del 


(1) La mayor parte de sus trabajos y de sus obras se conservan en el Depósito Hidrográfico. Su simple 
inspección da idea del mérito de este marino. 



IV 


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


Depósito Hidrográfico y luego Director también del Observatorio Astronómico Pero 

¿qué manifestación más elocuente é irrefutable de la altura que había alcanzado España 
en las ciencias positivas que la ofrecida al mundo en 1735, con motivo de la medición del 
grado de Meridiano en la América Central? Recuérdese que entonces nombró Francia para 
el objeto á tres sabios ilustres, miembros de su Academia, y España, por su parte, envió, 
llena de confianza, á dos imberbes Guardias Marinas, que hubo necesidad de ascender á 
Tenientes de navio á fin de que pareciera menos escandalosa la desproporción de catego- 
rías, ya que lo eran tanto las edades. Aquellos sabios franceses, los Sres. Bouguer, Godin y 
Ja Condomine, aceptaron por compañeros á los dos españoles con despecho y desdén pro- 
fundo en un principio; despecho y desdén que más tarde se trocaron en admiración sin lími- 
tes . ¿Cómo no, si aquellos jóvenes se llamaban D. Jorge Juan y D. Antonio de Ulloa? 

Del primero he hablado lo indispensable; del segundo, ¿qué puedo decir de nuevo á la 
Europa culta? 

A más respeto y justicia eran acreedores nuestros antepasados en el ilustre cuerpo de 
la Armada. Haríase interminable la relación de los que le dieron honra con su ciencia; 
pero no he querido mencionar sino aquellos que por haber gozado larga vida y alcanzado 
altos puestos, consolidaron sus reputaciones envidiables, y en todo tiempo se prestan 
fácilmente al análisis del historiador. No cito, pues, á los que por su corta existencia sólo 
recogieron primeros laureles, si bien éstos son inmarcesibles y constituyen una gran parte 
del tesoro de nuestros Archivos. 

Atento á dicho propósito, evocaré á algunos más de universal renombre, como 
D. Vicente Tofiño, constructor del grandioso Atlas marítimo de España, celebrado por 
propios y extraños; astrónomo eminente, en concepto de Bordá, Lalande y otros de 
igual fuste. D. Julián Sánchez Bort, verdadero genio en el arte de construir, á quien 
se deben las mejores obras de nuestros arsenales, el que (desde 1748 á 1785, que fa- 
lleció siendo Capitán de navio), logró innumerables triunfos, citándose por lo difícil el 
gran muelle que cierra la dársena de Ferrol, levantado en 24 metros de agua. D. José 
de Mendoza y Ríos, geómetra excelente al par que hábil maniobrista, autor de la Na- 
vegación Astronómica, libro que le conquistó el empleo de Capitán de fragata cuando aún 
era menor de edad; el que compuso y publicó las voluminosas labias que llevan su nom- 
bre, primera y única obra de su género que se hacía en Europa, y que adquirieron con avi- 
dez todos los marinos del mundo civilizado como objeto indispensable para las navegacio- 
nes prolongadas; sin las labias de Mendoza era largo y dificilísimo el cálculo de la longi- 
tud por las distancias lunares: con ellas cualquier pilotín mal instruido puede utilizar este 
método de situación. D. Gabriel de Ciscar, comparable al marino que antecede por su 
ciencia profunda, y el primer hombre de la Nación considerado por su saber matemático, 
según escribía al Rey el Ministro Lángara al proponerle que el Capitán de navio Ciscar 
representara á España en un Congreso de sabios convocado por el Instituto de Francia. 
Y por último, D. Martín Fernández de Navarrete, miembro de todas las Academias impor- 
tantes, y tan alabado como erudito, que apenas se recuerdan los diez y siete años que 
navegó y que combatió, ya con los franceses, ya con los ingleses, así como tampoco es 
del vulgar dominio que en las ciencias sobresalía hasta el punto de admirar á hombres de 
la talla del Barón de Zach, de Humbolt, de Washington Irving, de Prescott, de Berthelot 
y de Miguet. 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


V 


Con lo expuesto, basta para contestar á las apreciaciones clcl historiador británico. 
Ahora debo añadir que no era suya la culpa de la ignorancia que demuestra respecto á los 
méritos contraídos por navegantes españoles: debíase en gran parte á la reserva y el si- 
lencio que guardábamos, como acertadamente dice Desborough Cooley. Reserva y silencio 
que inspiraron al ilustre Vargas Ponce estas reflexiones amargas (i). «Aquellas circuns- 
tancias (las razones políticas que aconsejaron el sigilo) perdieron su valor, y la calidad de 
tales negocios y navegaciones no sufría un absoluto secreto; y con todo ocultaba nuestro 
Gobierno papeles tan instructivos. Empezaron otras naciones á hacer gala de sus trabajos 
marineros y á publicar, así las cartas nuestras, de que se apoderaban, según aconteció al 
Almirante Anson, como las que corregían con superiores auxilios; y todavía continuaba 
nuestro ya insensato misterio. De aquí que busquemos con ansia en viajes y derroteros 
extraños el conocimiento de nuestros estrechos y mares, de que fuimos los más escrupulo- 
sos investigadores; de aquí que atormentemos nuestros oídos y forcemos nuestra pronun- 
ciación con nombres peregrinos y rudos para entrambos, trascordados los primitivos 
españoles con que se bautizaron; y de aquí que recibamos con admiración y como recien- 
tes noticias y objetos que supimos y con que nos familiarizamos los primeros de Europa. 
Si en las Islas de Salomón y tantas del Pacífico no fuera esto tan patente, bastaría citar el 
aparato con que se nos vendió como descubrimiento ageno la proyección de la California, 
que el Piloto Castillo, su primer descubridor, ya le señaló como península. A pesar de tan 
bochornosas lecciones, no há veinte años que los documentos marítimos que perdonó la 
polilla y el polvo yacían dispersos en distintos depósitos, tan ocultos como cuando se so- 
terraban á principios de la dinastía austríaca, para que no se divulgaran los nuevos rum- 
bos á las Molucas. » 

Es verdaderamente sensible la indiferencia cuando nó la oposición demostrada por 
nuestros Gobiernos hacia las tentativas de dar á luz tantas brillantes demostraciones de lo 
que ha valido siempre la Armada española. Creeríase, quizás, que el abandono ó falta de 
propósito de nuestros marinos, hicieran difícil la compaginación y arreglo de sus apuntes 
para ser publicados, mas por el contrario, suspenden y arroban el espíritu las metódicas 
é interesantes narraciones que manuscritas yacen condenadas á perpetuo encierro. Por 
suerte, en ocasiones (raras) una mano audaz ó generosa arranca del estante algún legajo 
y lo arroja á la prensa. Esto hago yo ahora, no audaz ó generoso, sino verdaderamente 
subyugado, aturdido, lleno de emoción gratísima y de patrio orgullo, ante la lectura del 
asombroso al par que desconocido viaje de circunnavegación efectuado por los españoles 
desde 1789 á 1794, á bordo de las corbetas Descubierta y Atrevida. 

¡Es triste considerar que el inapreciable tesoro de gloria y ciencia cosechado en esta 
expedición ha permanecido oculto cerca de cien años, á causa de la venenosa política que 
asomó su cabeza de Medusa; recordar que aquel tesoro estuvo condenado á desaparecer, 
á ser destruido por odio ó envidia á un hombre eminente, y tocar como resultado de este 
anatema, que no sólo los extranjeros, sino los españoles, poseen una muy vaga idea de la 
notabilísima expedición, y también ideas vagas de su importancia, sólo por presentimiento 
ó por lo que han escuchado á algún erudito! 


(1) Importancia de la Historia de la Marina Española , pág. 98.— Discurso por D. José do Vargas y Ponce. 
Madrid, 1807. 



VI 


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


Para disponer el ánimo á seguir los rumbos de las corbetas Descubierta y Atrevida, 
necesito valerme de un término de comparación exacto y oportuno. Los viajes (publica- 
dos) de D. Antonio de Córdoba en 1785 á bordo de la fragata Nuestra Señora de la Ca- 
beza y en 1788 mandando los paquebots Santa Casilda y Santa Eulalia , rindieron un her- 
moso estudio descriptivo é hidrográfico del Estrecho de Magallanes\ pues bien: con no 
menor amplitud los Jefes de las corbetas estudiaron, levantaron planos y recorrieron cuanto 
solicitaba entonces la curiosidad científica, desde las cercanías de Beering á Nueva Holan- 
da, desde la Alta California al Cabo de Hornos, desde el Círculo Boreal hasta las barreras 
del Polo Sur. Y si en las expediciones de Córdoba brillaron Oficiales tan entendidos como 
D. José de Gardoqui, D. Alejandro Bclmonte, D. Miguel de Zapiain; de tan sobresaliente 
mérito como D. Francisco Javier de Uriarte, que por espacio de un mes reconoció en un 
débil bote el proceloso Estrecho descubriendo islas y puertos, de los cuales uno lleva su 
nombre; D. Dionisio Alcalá Galianó, que efectuó trabajos admirables; D. Ciríaco Ceva- 
llos y D. Cosme Churruca, que unidos soportaron, con valor inaudito, la inclemencia de 
aquellas regiones, tripulantes de otra lancha, mientras levantaban planos de la Tierra del 

P'uego en la totalidad de su costa, desde Cabo Dunes hasta el Pacífico , es lo cierto que 

también á las órdenes de Malaspina y Bustamante, Jefes de las corbetas, sirvieron (escogi- 
dos por el primero) además de los mismos señores Cevallos y Alcalá Galiano, infatigables 
y entusiastas, el famoso sabio D. Felipe Bauzá, cuyos servicios fueron solicitados más 
tarde, aunque sin fruto, por los ingleses; el inimitable en la construcción de cartas, de las 
que legó un sinnúmero de portentosa exactitud, D. José de Espinosa y Tello, cuyo saber 
pregonan el reconocimiento que hizo de los canales de Nutbea y de los mares de la India, 
y años después las extensas Memorias que dió á luz siendo primer Director del Depósito 
Hidrográfico; D. Juan Gutiérrez de la Concha, digno compañero de los anteriores y á quien 
estaba reservado alcanzar en América la palma de la gloria y la palma del martirio; D. Ca- 
yetano Valdés, el más joven de esta Oficialidad, pero no el menos inteligente, según lo 
prueba su exploración difícil del Estrecho de Juan de Fuca, hecha con rapidez y maes- 
tría. Y por último, los hermanos D. Arcadio y D. Antonio Pineda, notabilísimo naturalista 
éste, que á su muerte, acaecida durante el viaje, legó al primero el arreglo y continuación 
de sus observaciones y escritos. 

Con tan valiosos auxiliares no sorprenderá que transcurridos los cuatro años de nave- 
gación hubiera presentado al Gobierno de España el ilustre Malaspina, para que vieran la 
luz pública, además de la Relación c eneral del viaje, verdaderos tratados de cada una 
de las ciencias que fueron objeto de sus estudios,- á saber: Astronomía, Hidrografía, Física, 
Historia Política é Historia Natural (1). 

Antes de dar más amplias noticias de Malaspina, de su viaje y de su proceso, debo re- 
petir las palabras del epígrafe: que es conveniente publicar esta obra: 

Primero: á fuer de vindicación cumplida, y dato irrefutable que hará impresión en el 
pueblo inglés, marítimo por excelencia y gran maestro en las empresas navales. 


(x) Para formar juicio de la extensión con que se hicieron estos estudios, basta decir que el Tratado de 
Historia Natural ocupa cinco tomos de 500 páginas con cerca de 40 mapas y dibujos. Para pensarlos y escri- 
birlos su principal autor, D. Antonio Pineda, tuvo por guía valiosa un plan ó instrucciones que el célebre na- 
turalista de Módena, Lázaro Spallanzani, había remitido á Malaspina. 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


VII 


Segundo: porque España debe á aquellos nobles hijos suyos un desagravio, aunque 
tardío, mostrando al mundo sus prendas eminentes y abriéndoles paso á la inmortalidad 
ganada por su ciencia, ya que no todos, afortunados como Galiano y Valdés, la merecie- 
ron por las armas. 

Tercero: porque tanto se adelantaron á su tiempo aquellos sabios Oficiales y tan pro- 
funda y discretamente meditaba Malaspina, que, comenzando por los preparativos de los 
buques y concluyendo por el desarme de los mismos á su regreso, son hoy (¡pasado un 
siglo!) enseñanzas provechosísimas todas sus páginas para la marina actual, y más direc- 
tamente para los que se disponen á emprender el viaje de circunnavegación en la fragata 
Blanca. 

A tan buenas razones fáltanos añadir la más poderosa; evitar que España reciba una 
lección que le avergüence, pues vergonzoso sería que otro país, anticipándose, diera á luz 
esta misma obra. No era remoto el peligro. Me consta que un hombre de ciencia y alto 
funcionario de Chile ha sacado copia (por orden de su gobierno y con autorización del 
nuestro), de todos los manuscritos , cartas y hasta dibujos pertenecientes al viaje de las 
corbetas. Trabajo ímprobo y costoso que honra á aquella República modelo y que una vez 
más confirma su cultura y amor al estudio. Ignoro si su propósito es publicarlos ó enrique- 
cer sus bibliotecas con las copias; pero en tal caso á nadie perjudica, el que impreso, fa- 
cilite yo á todos una lectura selecta. Si era éste también su móvil, entonces perdóneme 
la patriótica Chile, considerando que desde los tiempos bíblicos es divino mandamiento el 
dar al César lo que es del César. 


ii 


Don Alejandro Malaspina. — Su viaje. — Su proceso. 


Este ilustre marino nació el 5 de Noviembre de 1754, descendiente de la casa sobe- 
rana de Lunagiana y de Mulazzo (famosa entre los güelfos y defensora de Italia contra 
Federico Barbaroja). Era su padre el Marqués Cárlos Morello y su madre Catalina Melilupi, 
de la familia de los Príncipes de Soragna, circunstancia que facilitó á Malaspina cruzarse 
de Caballero de Justicia en la Orden de San Juan de Malta apenas hubo sentado plaza de 
Guardia Marina, en Cádiz, en 1774, entrando al servicio de España. Dos años después, 
con el empleo de Alférez de fragata, navegó por el Atlántico, Océano Indico y mar de 
China. En 1778 ascendió á Teniente y en 1779 tomó parte en el glorioso combate del 
Cabo de Santa María, á las órdenes de Lángara. Su navio (el San Julián) fué uno de 
los cuatro que con aquel ilustre caudillo mantuvieron el choque de las triples fuerzas 
inglesas (14 buques españoles contra 31) para salvar á los restantes. En 1 788, ya de Te- 
niente de navio, asistió al terrible bombardeo de aquella plaza inespugnable y fué de los 
que tripularon las famosas baterías flotantes (imaginadas por el francés d’ Arson) que tan 



Vi II 


INTRODUCCIÓN 1 HISTÓRICA 


en cuidado pusieron al General Eliot por los extragos que hacían en las murallas. Como 
recurso supremo , aunque opuesto al derecho de gentes, Eliot empleó contra ellas balas 
rojas de grueso calibre, que las incendiaron muy pronto merced al huracán deshecho que á 
la sazón reinaba. Más de i .000 hombres perecieron ahogados ó carbonizados. Malaspina 
logró salvarse, y poco después embarcaba en la escuadra de D. Luis de Córdoba, que atacó 
en la boca del Estrecho á la del Almirante Scrope (Conde de Howe), el cual se batió en 
retirada. 

En 17S2 ascendió Malaspina al inmediato empleo, y obtuvo el mando de la fragata 
Asunción , con la que efectuó un largo viaje por Asia y Occanía, hasta 1784 que, de re- 
greso á Cádiz, fue nombrado Teniente de la compañía de Guardias Marinas, cuyo destino 
abandonó pronto para mandar la As ¿rea, magnífica fragata de condiciones excepcionales, 
y citada con frecuencia por Malaspina en la presente obra. En ella dió la vuelta al mundo , 
recorriendo primeramente varios puertos de la costa occidental de América, y, doblado el 
Cabo ele Hornos, otros importantes de la occidental; luégo muchas islas del Pacífico, las 
Filipinas, regresando al fin por el Cabo de Buena Esperanza á Cádiz. Este largo y penoso 
viaje habíale rendido mucha enseñanza y había templado su espíritu para emprender el 
que hoy se publica, y para llevarlo á término tan feliz como de resultados asombrosos, ya 
se consideren estos resultados bajo el punto de vista científico, ó político, ó histórico ó 
marinero. No quiero anticipar á los lectores lo que han de hallar escrito por el ilustre na- 
vegante en estilo poco correcto sí, pero lleno de frescura, de espontaneidad y de sencillez, 
condiciones preferibles á todas las otras. Me concretaré, por tanto, á decir lo que no pudo 
ni áun sospechar que le ocurriera cuando volvió á España ceñido de laureles. 

Publícanse una serie de documentos que, á más de lo curiosos, encierran útil enseñanza. 
La solicitud de Malaspina y Bustamante pidiendo dirigir la expedición; la respuesta y ob- 
servaciones del gran Ministro D. Antonio Valdcs; las cartas de Malaspina al insigne Ulloa 
y al Proto-Médíco Salvaresa; las que el mismo escribió al Subinspector de Arsenales y al 
sabio Ingeniero Muñoz, son buenos testimonios del profundo conocimiento, sentido práctico 
y escrupulosidad con que atendía y lo preparaba todo hasta en sus menores detalles; así 
como las Instrucciones que comunicaba á su inmediato subalterno, el Comandante de la 
Atrevida son un modelo de previsión, sagacidad, cordura y sabiduría. Sólo estas Instruccio- 
nes revelan que Malaspina era un hombre superior: el Discurso preliminar convence de 
que sus ideas políticas eran liberales (quizá con exceso para aquella época), sobre todo en 
lo referente á las colonias; y la Relación de su viaje persuade de Injusticia con quede él decía 
el Ministro Valdés: «Que por sus conocimientos, cuna, nobleza y elegancia de la persona y 
maneras, arrogante presencia, afabilidad, firmeza de carácter y talento de sociedad, era Ma- 
laspina el primero de la Armada española y el único para aquel cargo, alma de la culta y 
distinguida sociedad que nuestros marinos debían representar en los países americanos, para 
influir favorablemente en el ánimo de los criollos y ayudar á la política y demás fines que 
la expedición llevaba.» 

Poquísimos Antecedentes se conocían de tan insigne navegante, hasta que, por fortuna, 
el Académico de la Historia y eruditísimo escritor Sr. Jiménez de la Espada publicó (t) un 
amplio estudio con el título de Una causa de Estado lleno de revelaciones interesantes sobre 

(i) Revista Con temp o ranea, a ñ o de 1S81. — Carta dirigida al Sr. D. Gaspar Muros 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


IX 


el proceso de Malaspina. Y como dicho estudio es originario de las únicas fuentes que exis- 
ten, á él necesito concretarme y referirme casi en absoluto, para lo que me doy por con- 
cedida la venia del distinguido Académico y buen amigo mío. 

Dice el Sr. Jiménez de la Espada «que resulta de varios papeles, unos reservados y 
?> confidenciales, otros probablemente destinados al público, aunque no me consta que sa- 
» lie rail á luz, que la causa del insigne navegante se relacionaba con zin grave suceso político- 
» amoroso, que estuvo á punto de dar al traste con la más larga y felicísima privanza de 
»las que influyeron en los destinos ó fueron Destino de nuestra patria en el pasado siglo.» 

Ello es que Malaspina, á su regreso, fué cariñosamente recibido en la córte y con toda 
bondad por María Luisa; sábese que en aquellos días algunas sombras nublaban la estrella 
de Godoy; pero que este favorito poseía medios para sobreponerse á las veleidades de la 
Reina. 

Véase la luz que acerca de estos puntos nos da D. Joaquín Lorenzo Villanueva, con- 
temporáneo de Malaspina: 

«A todos nos causó sorpresa su arresto cuando estábamos aguardando la publicación 
de su viaje. Por largo tiempo se estuvieron haciendo castillos en el aire sobre este inci- 
dente; atribuíanle unos á escritos suyos; otros á haber comentado la vida de la Reina María 
Luisa, que poco tiempo antes había aparecido en Francia. Para mí lo más verosímil, y pu- 
diera decir cierto, es que aquel célebre marino fué víctima de una intriga entre la Reina y 
dos damas suyas, que fueron la Matallana y la Pizarro , y el Príncipe de la Paz. En un 
intervalo de desafecto y resentimiento en que andaba la Reina á caza de medios para cortar 
la privanza del valido, fué buscado Malaspina por estas damas para que á la vuelta de la 
Lombardía, su patria, á donde iba con licencia, trajese realizado el plan de cierta carta que 
había de influir con el Rey para tan santa obra. Este plan, escrito incautamente pbr Ma- 
laspina y guardado por la Reina en una gaveta, fué revelado á Godoy por la Pizarro, es- 
trechada de él por sospechas que le inspiró una indeliberada expresión cíela Reina. La Ma- 
tallana , de quien exigió primero la revelación del secreto, se negó á ello constantemente. 
El plan, descubierto y pintado por Godoy á Carlos IV con los colores que le convenían, sir- 
vió de instrumento de su venganza. La Matallana fué presa y desterrada ele la corte. A 
Malaspina , después de haber sido preso en el cuartel de Guardias de Corps y confinado 
en el castillo de San Antón de la Coruña, se le permitió restituirse á su país, previnién- 
dole, so pena de muerte, que no volviese á territorio ninguno de la Monarquía española. 
Los achaques contraídos en sus viajes y en el encierro deterioraron su robusta salud en 
términos que, á poco tiempo de haber llegado á la Lombardía falleció con el desconsuelo 
de no haber podido volver á España, la cual llamaba patria suya en las cartas de sus amigos.» 

«Lo que nunca pude atinar fué qué pecados cometió para el Príncipe de la Paz, en 
aquella ocasión, el docto Padre Manuel Gil, Clérigo menor de Sevilla, para que fuese lle- 
vado de Madrid á aquella ciudad á la casa de corrección llamada Los Toribios , de que 
había sido Director. Habíasele dado la comisión de poner en buen lenguaje español la 
relación del viaje de Malaspina; en su intriga nadie creyó que hubiese tenido parte ninguna, 
y por lo mismo fué mayor la sorpresa ele los que le conocimos al ver tratado á un eclesiás- 
tico tan digno con aquella especie de escarnio. Estos frutos amargos de la desmedida de- 
ferencia de los Reyes á las pasiones de sus validos, no se cogen sino en las Monarquías 
despóticas. En ellos he visto yo envueltos aún á algunos de los que las aman.» 

n 



X 


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


«Hé aquí por qué perdió la causa literaria de la Marina europea la publicación de aquel 
viaje y de las observaciones de los sabios matemáticos que lo desempeñaron á costa de 
grandes trabajos y de largas expensas de la nación. Por fortuna pudieron salvarse la rela- 
ción del derrotero, las observaciones hechas durante la expedición en las costas de Amé- 
rica, Nueva Holanda, Macao y Manila; las de Espinosa y Bauza, en el interior de la Amé- 
rica Meridional, con los demás documentos que se acopiaron en aquella empresa. Mas esto 
se debió á la suma reserva con que se depositaron tan preciosos tesoros en la Secretaría 
de Marina, de donde, formado ya el Depósito Hidrográfico , venciendo dificultades, pudieron 
trasladarse á este Establecimiento. En las Memorias sobre las Observaciones astronómicas 
que publicó el año 1809, se imprimió una noticia de los descubrimientos y observaciones 
de Malas-pina , única muestra de sus viajes que ha visto la luz pública.» 

Este Padre Manuel Gil, era hombre de erudición y perspicacia, y aunque tal vez ageno 
á los planes del marino, no dejaba de agitarse en la política, pues á ello debió más tarde 
haber sido Embajador en Sicilia y andar en candidatura el año 1812, para Regente del 
Reino. Este cura escribió en la casa de los Toribios un gran tomo con la historia prolija de 
su proceso y su defensa , que apenas terminado en 1797, envió al Príncipe de la Paz, sin 
resultado favorable por el pronto. La lectura de algunos párrafos de esta Defensa impon- 
drá al lector cumplidamente de cuanto importa saber. 


DEFENSA DEL PADRE GIL, HECHA POR EL MISMO 


El Marqués de MatalPana había servido los Ministerios del Rey en Parma y Nápoles con acep- 
tación, y la Marquesa lo había acompañado en ellos y había participado y áun contribuido á aqué- 
lla. Acababan de darse al Marqués los honores del Consejo de Estado y la embajada de Venecia y 
la Secretaría de este á su cuñado, hermano de la Marquesa, el Teniente de navio D. José Conock; 
y finalmente, aquellos dos meses antes de su prisión, había recibido de la Reina nuestra Señora la 
prueba más señalada de su real agrado en el nombramiento y admisión á la Real orden de Damas 
Nobles de María Luisa. 

Malaspina gozaba igual y áun quizá mayor aprecio. Al lucimiento y brevedad con que había 
hecho su carrera, se había juntado la felicidad de la expedición gravísima que se le encomendó, 
de la cual y de los conocimientos adquiridos en ella, se había dado noticia en la Gaceta con muchos 
elogios de aquél, y anunciando la historia que se haría y publicaría de este viaje. A pesar de los 
apuros del Erario con motivo de la guerra, se habían franqueado á Malaspina por el Ministerio las 
considerables cantidades que había juzgado necesarias y pedido, para que nada faltase á la histo- 
ria y su impresión, ni de utilidad, ni de adorno, ni áun de magnificencia. Se habían, á propuesta 
suya, premiado los Oficiales de la expedición; no se habían olvidado los Capellanes, Cirujanos y 
demás empleados de ella; el mismo Malaspina había sido, sin consultar la antigüedad, promovido 
al grado de Brigadier, y acababa de solicitar y obtener licencia para pasar á Italia con circunstan- 
cias que manifestaban la gracia en que se Bailaba. 

Considerado mi estado, carácter y genio, podría acaso decirse que eran aún mayores las honras 
que se me habían hecho. Sin que precediese pretensión mía, deseo, ni áun pensamiento de tal des- 
tino, se me propuso por el Ministerio de Marina y nombró por el Rey, para escribir la historia del 
viaje de Malaspina; empresa literaria sumamente difícil por la multitud de materias que había de 
abrazar, todas gravísimas y algunas bien distintas de mi profesión, y la más importante también y 
de extraordinario honor, así por estas razones como por la espectación y ansia con que la aguar- 
daba la Europa sabia. La expresión verdaderamente singular de la Real orden de 26 de Julio 
de 1795, en que se me encomendó la comisión, el sueldo y facultades que por ella se me conceden, 
y sobre todo, la honrosa aprobación que en 28 de Setiembre se sirvió el Rey dar al plan de la his- 
toria que había presentado, autorizándome para que, como yo proponía, pudiese escribir y entre- 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


XI 


gar al Ministerio las Memorias secretas que estimase necesarias para el buen gobierno de las Amé- 
ricas, son y serán perpétuamente el testimonio más alto, no sólo de la confianza que se tenía en mi 
literatura, sino áun todavía de mi prudencia, de mi amor á la Nación y al Rey, de mis conoci- 
mientos políticos, y de la rectitud, extensión, solidez y profundidad que con fundamento ó sin él, se 
les atribuía. Podían añadirse las públicas y no comunes señales de estimación con que me distin- 
guían los Excmos. Sres. Príncipe de la Paz y D. Antonio Valdés, Ministros de Estado y de Marina. 

¿Qué ansiedad, pues, qué pasmo y áun qué temor no debieron mover la repentina prisión de 
tres personas de esta clase, el impenetrable secreto de la sumaria después, y finalmente, las gra- 
vísimas penas que se les han impuesto? Si hemos de creer á la voz pública, la Matallana, desterrada 
del Reino con la terrible condición de no poder unirse á su marido en Venecia; Malaspina, privado 
de sus grados y honores y encerrado en el castillo de San Antonio de la Coruña; yo, sin duda, 
destinado á la casa de los Toribios de Sevilla hasta nueva orden. 

XXXIV. — Yo trataba á Malaspina, y este trato, y el haberme propuesto para escribir la His- 
toria de su viaje, denotaban confianza de aquél conmigo. Se ha querido decir también que mi tal 
cual erudición se extendía á la política 

XXXV. — Se me hizo desde luego la pregunta de qué papeles suyos me había dado á leer Ma- 
laspina. Respondí señalándolos: i.° Algunas memorias sueltas de su viaje, el diario de éste, y los 
planes de su historia. 2. a Una memoria sobre el establecimiento inglés de Bahía Botánica. 3. 0 Un 
tomo de disertaciones sobre varios ramos de Marina, que me ofreció y no llegó el caso de darme. 
4. 0 Un plan de tratado de paz con Francia. Y habiendo yo declarado que Malaspina me había ma- 
nifestado tantos papeles suyos de materias físicas, económicas, políticas 3’' de tan varia literatura, 
¿no recaía, como por necesidad y legalmente, la pregunta de si me había comunicado también al- 
gunos sobre el Gobierno ó para mudar el sistema del actual? 

XXXVI. — Porque acaso no habrá ocasión de hablar otra vez de los expresados papeles de Ma- 
laspina, es muy importante añadir, que ninguno de los que me confió era reservado, sino el tratado 
de paz con Francia, pues los demás los tenía frecuentemente encima de la mesa y podía leerlos 
cualquiera de los que entraban en su cuarto. Además, á excepción del tomo de disertaciones, los 
otros papeles los había presentado al Ministerio mucho tiempo había, y la memoria sobre Bahía 
Botánica creo le oí decir que la había remitido estando en Lima. 

XXXVII. — Merece especial memoria el plan del tratado de paz con Francia. Malaspina lo ha- 
bía trabajado y entregado al Ministerio en Diciembre de 1794, cuando ni me trataba, ni 3*0 había 
venido á Aranjuez, que no lo hice hasta Marzo del año siguiente, que es decir que no pude concu- 
rrir á él. Por entonces, parece que ocultó enteramente el plan y su presentación, áun de aquellos 
de quienes tenía más confianza: )•- en efecto, yo no oí hablar á nadie de sus amigos jamás del 
tal plan. 

Hecha la paz, tuve la primera noticia de él por una insinuación del señor Príncipe de la Paz, 
que me hizo conocer el plan de aquella que había presentado Malaspina y los principios falsos 3 r 
contrarios á los intereses y gloria de la Nación, sobre que giraba. Sorprendióme esta noticia, á que 
contesté por palabras generales, pues no podía de otra manera, porque nada sabía del tal plan; 
pero inmediatamente, sin revelar el conducto por donde la tenía, la comuniqué al Capitán de fra- 
gata D. Luis María Salazar, Oficial de la Secretaría de Marina, y á D. Juan Jacobo Ganh, Cónsul 
general de Suecia en Cádiz, que estaban en San Ildefonso 3' trataban mucho á Malaspina. Admi- 
ramos todos la poca reflexión de éste en haberse, sin ninguna orden y por sí mismo, introducido á 
escribir en materia tan grave, secreta y delicada de Estado; pero nada le dijimos aunque poco 
después pasó á aquel sitio. 

Vine yo en principios de Octubre á Madrid, 3' espontáneamente me dió Malaspina á leer el ex- 
presado plan y contó su presentación. Preguntóme después su dictámen sobre él, y le respondí con 
palabras de pura atención y cortesanía. Procuré con todo, con arte, saber de él cómo había reci- 
bido el plan el Ministerio, y me contestó que muy bien, fundándose en lo que dije en mi declara- 
ción, 3' no hace mucho honor á sus conocimientos de córte. Inmediatamente después de esta con- 
versación vi á Ganh, á quien había ya también confiado el plan de Malaspina, 3^ renovamos la 
censura de él, pasmándonos de la osadía de haberlo presentado. 


§ 3 -° — Los indicios que hubo de mi complicidad con Malaspina, fueron levísimos, etc., etc. 

VIL — Trato. Las preguntas que se me hicieron sobre el origen y tiempo del mío con Malas- 
pina, y sobre tantas particularidades muy menudas y secretas de la vida privada é interior de éste, 
manifiestan que las personas que las extendieron suponían había entre los dos un trato antiguo, 



XII 


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


intimo, familiarísimo, al cual nada se escondía reciprocamente. Se engañaron sin duda en este 
juicio, y por mi declaración y por notoriedad, resultó la siguiente historia de mi trato con Malas- 
pina, su origen, progresos y estado al tiempo de la prisión. 

Malaspina llegó á Cádiz de vuelta de su famosa expedición en Julio de 1794, á cuya sazón me 
hallaba yo en aquella ciudad. No le conocía antes ni entonces lo vi, hasta un día en que comió en 
la casa en donde yo estaba hospedado, y segunda vez en la del Conde de Frasca, á donde también 
comimos juntos casualmente. Rícele en una y otra ocasión muchas preguntas de curiosidad, y no 
sé en cuál de ellas me previno que me enseñaría, como así lo hizo, lina colección de monedas de 
Asia para D. Francisco de Bruna, Oidor decano de la Real Audiencia de Sevilla, con honores 
ahora del Consejo y Cámara. No le visité, no supe dónde vivía, ni le volví á ver ni saber de él, 
hasta que en Marzo del año siguiente de 1795, habiendo yo venido á Aranjuez, lo hallé en este sitio 
y lo traté otra vez en las casas del Sr. Valdés, Ministro entonces de Marina, y de D. Juan Ja- 
cobo Ganh. 

En la de éste se juntaban varias gentes por las mañanas á conversación, y entre ellas Malas- 
pina y yo, y las mismas y otras nos uníamos por la tarde para el paseo, y las más noches en la ter- 
tulia del Sr. Valdés. Dudo si me visitó Malaspina en esta jornada; yo lo visité algunas veces, y 
aunque, porque debe hacerse justicia á todos, y más al desgraciado, los modales de Malaspina, la 
variedad y amenidad de su erudición, sus costumbres y otras circunstancias, hacían su trato muy 
apreciable, yo no me distinguí en él, ni el mió llegó jamás á la frecuencia é intimidad que tenía y 
era público, con muchas personas de las más altas de la córte. 

Víneme á Madrid, y no obstante que estaba ya. hecha por Malaspina la propuesta y admitida 
por mí la comisión de escribir la historia de su viaje, me visitó sólo una vez, y yo á él cuatro ó 
cinco con motivo del paseo del Retiro, á donde íbamos por la tarde varios amigos, y para el cual 
era camino la casa en que estaba hospedado Malaspina, á saber, la del Príncipe de Monforte, al fin 
de la calle de Alcalá. 

En fines de Julio marché yo á San Ildefonso, á donde pasó también Malaspina para el día de 
San Luis. No me visitó; nos vimos algunas tardes en el paseo, y por la noche en la tertulia 
del Sr. Valdés. 

Volvióse en principios de Setiembre á Madrid, y yo lo hice en 24 del mismo. No me visitó tam- 
poco, y yo le visité dos veces para hablar de los documentos de la historia y de la colección célebre 
de los pertenecientes á Indias, que ha juntado y posee D. Manuel Pérez, del Consejo de éstas. 

Partí en 6 de Octubre á Andalucía, y ni él me escribió ni yo le escribí, aunque lo hice á casi 
todos los amigos de la córte. Volví en 7 de Noviembre al Escorial, en donde estaba Malaspina, y 
no me hizo visita, y yo le hice sola una citado por él, en la cual tratamos: i.° De la Memoria de 
su viaje, sobre el plan de cuya historia me entiegó una larguísima carta, con fecha de 3 de Octu- 
bre. 2. 0 Del modo de recoger y aprovechar la colección de Pérez. 3. 0 De una pretensión á favor de 
los Cirujanos de la expedición que seguía, y de la cual me habían hablado los interesados en 
Cádiz. 

Las más tardes nos paseábamos juntos con otros amigos, dándonos frecuentemente Malaspina 
quejas de que, aunque su posada estaba al paso, jamás le avisábamos ni áun por una seña para 
que bajase, y tenía siempre que buscarnos en otra parte; y si cuando llegaba habíamos salido, como 
sucedió algunas veces, se quedaba sin compañía para el paseo. Comimos dos veces juntos con otras 
gentes y una de éstas fué en el día 18 de Noviembre, en que tomamos en su posada el coche y 
nos vinimos á Madrid, en donde el 22 del mismo, á presencia de sus criados y otros, me entregó 
los documentos para la historia, y el 23 fuimos presos. 

LVIII. — Téngase presente, que desde Mayo me habló Malaspina para la Comisión; que en Junio 
se hizo la propuesta formal; que en Julio se expidió la Real orden de mi nombramiento; que aquél 
se marchaba á Italia; que era preciso que antes me entregase los muchos y varios documentos 
originales de la historia y que me instruyese de palabra de una multitud de hechos y circunstan- 
cias, que por los papeles, ó no podía entender ó entendería con mucho trabajo é imperfectamente; 
en suma, que la comisión de escribir un viaje que abrazaba tantos y tan diversos ramos y conoci- 
mientos, y del cual había sido Comandante Malaspina, pedía, por necesidad, para desempeñarse, 
muchas conferencias privadas con aquél y un trato grande, continuo, íntimo y reservado. La Real 
orden, atendiendo á estas consideraciones, me lo encomendó expresamente con las palabras enca- 
recidas que siguen: «Con esta fecha (la de 26 de Julio de 95) doy el correspondiente aviso á Don 
«Alejandro Malaspina, y le prevengo que acordándose V. R. con él, le entregue lo que sobre la 
«materia tiene ya trabajado, y le entere de ello para su gobierno, y en adelante irá suministrando 
»á V. R. los materiales que haya juntado, según las órdenes, agregando á ellos lo que le dicten sus disiin - 
« g nulos conocimientos, al más completo logro del objeto .» 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


XIII 


No hubo con todo nada de esto. (Las conferencias íntimas y privadas que pudo y debió haber 
para cumplir su orden). Dios, por su admirable providencia, dispuso que, haciendo yo violencia á 
mi carácter, no tuviese ninguna junta secreta con Malaspina, faltando en cierto modo al desempeño 
de la comisión. No estuvimos, pues, encerrados una sola vez; no escribimos; no hicimos apuntaciones; 
no hablamos jamás reservadamente. 

LX. — Y que se ha pensado así (que la propuesta de Malaspina para la comisión es indicio de 
delito), lo dicen manifiestamente las dos rarísimas preguntas que se me hicieron, de «quién me ha- 
bía propuesto al Rey para escribir la historia del viaje y por qué me había S. M. nombrado para, 
esta comisión.» Se vé que nadie como S. M. puede estar instruido de estos dos hechos; yo, sin 
embargo, contesté sencillamente las preguntas con las palabras de la Real orden, que dice: «que á 
propuesta de Malaspina, y por la confianza que el Rey tiene en mi literatura » 

Había Malaspina escogido varios Oficiales de la Real Armada y otros profesores para que tra- 
bajasen en los muchos y dificultosísimos ramos á que había de extenderse la historia; velaba ince- 
santemente sobre todos, y aun dos Oficiales le escribían dentro de su casa desde la primavera 
anterior; últimamente había ya propuesto al Rey para que durante el viaje que iba á hacer á Italia, 
quedase en su lugar el Capitán de Fragata D. Ciríaco Cevallos, muy digno de este cargo por sus 
talentos 

LXI. — Las mismas circunstancias particulares que sobrevinieron en mi propuesta y cuanto ha 
seguido á ella, muestra mi inocencia aún sobre los demás. Yo vine á Aran juez. Malaspina había 
leído algunos papelejos míos impresos y oído á personas que me eran apasionadas; preocupóse y no 
se desengañó con mi trato: ocurrióselc el extrañísimo pensamiento de que revisase y corrigiese las 
Memorias que había escrito de su viaje: manifestólo antes que á mí á varios; se lo aprobaron y ce- 
lebraron; me lo declaró á mí y me quedé atónito; mi agradecimiento, origen de cuanto he padecido 
en mi vida, me representó como una obligación no negarme á propuesta tan honrosa en sí misma 
y en el modo con que se hacía: algunos amigos me disuadían su admisión por razones harto graves, 
que acaso hubieran hecho impresión en otro, pero que no la hicieron en mí; y di al fin, el funesto y 
triste sí que me ha traído tantos y tan horribles males. Nada hubo en todo esto de misterioso ni re- 
servado entre mí y Malaspina. Están vivos los Oficiales de la Secretaría de Marina y otras perso- 
nas que concurrieron á ello, lo supieron y pueden deponer de su verdad y publicidad. 

A las primeras conversaciones penetró Malaspina que no conveníamos en algunas ideas políticas; 
y esto le inspiró desconfianza de mí, que se descubre con claridad en esquela suya que está en autos 
y la cual se confirmó cuando supo de oficio que yo había presentado, y el Rey se había dignado 
aprobar, plan para la Historia que en muchos puntos era derechamente opuesto á los formados y 
entregados al Ministerio por él 

LXII. — Supo Malaspina lo anterior que yo había obrado en la comisión, pero ignora acaso otras 
cosas que hice también y que, á haber tenido noticia de ellas, hubieran sido mayores y más fun- 
dadas sus desconfianzas conmigo. Cuando se me hizo la propuesta, había ya obligación gravísima 
en mí de mostrar todo respeto y deferencia al Exorno. Sr. Príncipe de la Paz y no podía con honor 
admitirla sin su expreso beneplácito. Se la manifesté, pues; la celebró mucho; insinuó no le agra- 
daba el modo de pensar de Malaspina, que le hacía estar cuidadoso sobre esta historia por el in- 
terés general que en ella tenía el Estado: me honró diciéndome que mi nombramiento lo libraba 
enteramente de aquel cuidado y me mandó admitirla y que avisase lo que ocurriese. 

En cumplimiento de este encargo, previne que se habían facilitado á Malaspina, por la Secre- 
taría de Gracia y Justicia y de Hacienda sus archivos y se tomó providencia. Remití después copias 
de mi plan de 20 de Setiembre y de la Real aprobación de 28, y el señor Príncipe de la Paz me con- 
testó alabando mi celo. Finalmente, al despedirme de S. E. en el Escorial en 17 de Noviembre, le 
renové mis protestas de respeto y volví á reclamar su alta protección para el feliz éxito del trabajo 
que iba á emprender, lo que repetí en carta de 20 del mismo, esto es, tres días antes de mi prisión. 

LXV. — La hora escogida para la visita al confesor del Rey era la de beber y conversación, nó 
la más á propósito para tratar asuntos reservados. 

LXVI. — La tarde en cuya noche hizo Malaspina su segunda visita al confesor del Rey, me pre- 
guntó en el paseo delante de todos si iría en aquella noche d despedirme de la tal persona. Le respondí 
con incertidumbre . 

En la primera visita, acabado el paseo, nos esperamos unidos en la Lonja del Escorial para 
hacer hora de aquélla; nos separamos después del paseo en esta segunda, testimonio evidente de 
que 110 estábamos conformes en hacerla aquella noche juntos. 

LXVIII — Pero lo que deja todo en suma claridad es lo que me sucedió ámí con la tal persona 
(el confesor del Rey) en el martes 17 de Noviembre, en que lo visité para tomar sus órdenes. 



XIV 


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


g 4. 0 — Pruébase que no ha habido en mí ninguna complicidad criminal con Malaspina. 

LXXI. — La naturaleza de los mismos proyectos ofrece la primera reflexión. A mí no se me han 
mostrado ni áun dado idea clara de ellos; pero por las preguntas que se me han hecho, conjeturo y 
casi 110 me queda duda en que el designio de Malaspina era que se mudase todo el Ministerio, y que 
habla escogido como medio para conseguir esta mudanza, persuadir al Rey, que de permanecer 
aquél, corrían peligro las preciosísimas vidas de S. M. y de la Reina Nuestra Señora, y con ellas la 
Monarquía, á fin de que asustada su religiosa conciencia impidiese estos horribles males en la des- 
gracia y oliera separación del Ministerio actual. Extremece sólo el decir que hayan podido concebirse 
ideas tan abominables, etc., etc. 

LXXII. — Pero aún hay todavía más: lejos de tener esta (confianza) Malaspina conmigo, ni de 
haber contraído en aquel poco trato alguna amistad, desde el principio de el me miró con declara- 
da desconfianza, que creció en vez de acabarse, y se fué haciendo cada día mayor hasta el de la 
prisión. Veámoslo por el orden de los tiempos. 

Marzo y Abril de 1795. Había precedido habernos visto casualmente dos de las veces en Cádiz, 
y en Aranjuez no había más que la concurrencia general y común al paseo y casas del Sr. Valdés 
y de Ganh. 

Mayo, Junio y Julio. Un suceso de este tiempo descubre la confianza que podría haber entre mí 
y Malaspina, mi carácter, y la resistencia y estorbos que ofrecía éste á la comunicación de los pro- 
yectos. 

Malaspina me dió á leer algunas Memorias sueltas de su viaje para que ingenuamente le dijese si, 
como estaban , podrían imprimirse. No faltó alguno de sus amigos que me aconsejó disimulase ó tem- 
plase mi dictamen, y no hiriese el amor propio de aquél. Ni mi carácter, ni el honor de la Nación, 
ni áun del Rey, que yo creía interesados en la publicación de aquellas Memorias, permitieron que 
siguiese este consejo. Díjele abiertamente que yo podía engañarme; pero que mi juicio del mérito 
de sus Memorias era que, como tales ó documentos para la Historia, lo tenían no común, mas que 
no eran verdaderamente historia, ni convenía que se imprimiese sin darles otro orden, claridad y estilo. 

Algo sorprendió á Malaspina la franqueza ó sea dureza de este parecer 

LXXIII. — Malaspina me había propuesto para censor de su obra solamente, ó como un subal- 
terno que trabajase bajo su dirección. El Rey no tuvo á bien conformarse con su propuesta y me 
nombró redactor principal y sin dependencia. Conocí, desde luego, cuán temible había de serle esta 
mudanza y que acaso la atribuiría á manejo mío, que ciertamente no hubo, y así me esforcé á tem- 
plar su queja, escribiéndole que ya tenía otro subalterno de quien disponer. En respuesta, me dice 
abiertamente que el subalterno lo es él, y que yo he quedado jefe. Entre mis papeles se hallará 
esta esquela, que manifiesta con toda cortesía, pero con no menos claridad su resentimiento. 

LXXIV. — Creció éste y su desconfianza en Agosto, Setiembre, Octubre y Noviembre. Una es- 
quela suya de este tiempo, que se puso en autos, descubre aquéllos con suma evidencia. Me dice, 
en ella que me había escrito otra con cosas harto graves (no recibí ésta); que acabe de manifes- 
tarle mis ideas, porque si no me he de conformar y seguir las suyas, más bien que concurrir á la 
historia, se echará á escritor del Diario, y usa otras expresiones que indican evidentemente que no 
se aseguraba de mi modo de pensar, que temía que era opuesto al suyo, y que este temor lo tenía 
en cuidado y desconfianza. 

L-XXV. — Confirmóse ésta y llegó al más alto grado, cuando en fin de Setiembre se le pasó de 
oficio copia de la Real orden de 28 del mismo, en que le aprobaba el plan de la historia que yo ha- 
bía presentado con fecha de 20. Veía en efecto un plan contrarío á los dos que él había dispuesto 
y entregado al Ministerio mucho tiempo antes: que lo había yo formado y presentado sin acuerdo 
ni la menor noticia suya; que se había aprobado sin que él informase; que se me mandaba escribirla 
historia con arreglo á lo que proponía, y que de él no se hablaba ni se le comunicaba sino para su 
inteligencia y gobierno. ¡Cuántos y cuán graves motivos de dolor y queja! 

Agregóse á esto, el que cuando recibió esta Real orden trabajaba una larga carta para que me 
sirviese de plan; que el día antes de recibir aquélla, me había leído grandes retazos de esta carta 
y yo ni áun le había, insinuado el plan que había propuesto en la Secretaría, y cuya aprobación 
presumiría, y 110 se engañaba, que yo sabía, pues acababa de llegar del Sitio. Lo vi, é hice, 
pues, el mayor empeño en satisfacerlo; le mostré el borrador de mi plan, las razones sólidas en 
que lo fundaba y los elogios que en el mismo hacía de su trabajo y celo; le pedí continuase y aca- 
base su carta, cuyas advertencias me serían muy provechosas y leería siempre con agradecimiento 
y con respeto; pero por más que doré la píldora, no pude quitarle la amargura que tenía verdade- 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


XV 


ramente y cuyos efectos fueron: i.° Cortar la carta en el estado en que se hallaba, expresando sin 
disimulo lo hacía porque juzgaba inútil continuarla, pues mi plan aprobado ya, manifestaba no es- 
tábamos conformes en la ideas. 2.° No entregármela, sino dirigirla á la Secretaría de Marina y so- 
licitar que se me comunicase de oficio para obligarme por esta manera indirecta á adoptar y seguir 
sus principios y máximas. 

Trabajó en esto todo el mes de Octubre que estuve yo en Andalucía; pero como nada hubiese 
conseguido, me entregó al fin dicha carta con fecha 23 Octubre, á mi vuelta del Escorial en el día 

de Noviembre, que estará de mi letra al fin de ella. Advierto que esta nota, que acaso parecerá 
inútil, y la conservación de las cartas y áun de las esquelitas de Malaspina, tenía por fin de parte 
mía, el que constase en todo tiempo, no sólo de mi correspondencia literaria con aquél, sino áun 
de las más pequeñas circunstancias de la privada nuestra; prevención que creí merecería muy bien 
la importancia de la obra de que estábamos encargados, y el temor de que podría interrumpirse 
nuestra buena harmonía. 

LXXVII. — Pero busquemos ya. pruebas de mí inocencia en hechos más públicos, dando, en 
efecto, muchas y muy eficaces el trato y conversaciones de las demás personas que nos acompañaban. 

Cualquiera que haya observado con atención la Italia moderna, ó en el trato con sus nacionales 
ó en sus historiadores, habrá de convenir en que uno de los vestigios más claros que conservan del 
antiguo dominio del mundo que gozaron, es la violentísima propensión que los arrastra al estudio de 
la política y del gobierno que conviene á los demás pueblos, y áun á tomar parte en sus acaeci- 
mientos y revoluciones. Admira el ardor con que, áun en su situación actual (escribíase esto en 
Diciembre de 1796) hablan délos intereses de las naciones grandes, de sus leyes y medios de aumen- 
tar su poder; los partidos que forman y áun el furor con que disputan á pesar de su aparente y 
estudiada flema. Observándolos yo con pasmo, me pareció, más de una vez, que no discurrían con 
más empeño y calor de aquellos puntos de política, en el Augusto Senado de Roma, los mismos 
Silas, ¿Antonios, Marcelos, Flavios, Pompeyos y Césares cuando verdaderamente gobernaban desde 
allí el Universo y eran sus señores y quizás su azote. 

Malaspina estaba dominado sumamente de este prurito político de su país; su literatura le había 
dado gran aumento; el viaje y la facilidad y áun orden que tuvo para recoger en él los papeles más 
útiles y áun los más reservados pertenecientes al comercio, frutos, cultivo y sistema de gobierno 
de nuestras Indias, convirtió y determinó en él este estudio general de la política á la particular 
que convenía á aquéllas, y creció después hasta parecer como una especie de manía. El ejemplo de 
las otras naciones; la lección de tantos como modernamente, sin comisión y áun contra la voluntad 
de Minerva, se han tomado el alto}' dificultosísimo oficio de legisladores del mundo; el superficial 
conocimiento de la historia de nuestras Indias, del origen, motivo y ocultos fines de muchas de sus 
leyes, y quizá también el deseo de adquirir una gloria, ó sea celebridad, semejante á la buena ó 
mala de que ciertas gentes han encubierto al Abate Raynal y á otros eternos habladores como él, 
inspiraron á Malaspina algunas ideas sobre la legislación oportuna para nuestras Américas, que él 
creía, sin duda, sólidas y provechosas, como lo convencen la misma publicidad con que las esparcía 
y la confianza con que las ha dirigido al Ministerio; pero que en la verdad eran de utilidad muy 
dudosa, y áun sin temeridad se puede pronosticar que, establecidas, ó destruirían aquellas pose- 
siones, ó turbarían, si no acababan del todo, el justo imperio de España sobre ellas. 

Esta, pues, insanable comezón política de Malaspina hacía que apenas podía moverse en su 
presencia, conversación que, ó derechamente ó con arte, no la trajese al comercio, industria, rela- 
ciones de los pueblos entre sí, y demás ramos de la legislación, con la aplicación de todo esto á las 
Américas. Lo exótico de algunas de sus ideas, y áun de las expresiones con que las manifestaba, 
porque á la verdad, no poseía el idioma español con la perfección que él se había persuadido, le 
hicieron un lenguaje propio suyo, y muy extraordinario por no decir más. Imitábamoslo áun á su 
presencia los demás burlonamente y con el uso de las sonoras palabras intereses sociales y coloniales; de 
establecimientos, ova mineros, ora agricultores, ora ; comerciantes, y otras de esta especie, mostrábamos, 
y yo acaso más que todos, nuestra desaprobación, y qué sé yo qué más de aquellas ideas y política 
extravagantes. Pueden deponer en esta verdad el Brigadier D. José Bustamante y Guerra, segundo 
Comandante del viaje: los Capitanes de navio D. Alberto Sesma y D. Dionisio Galiano, el Ca- 
pitán de fragata D. Luis María Salazar, el Teniente de navio D. José Connok, D, Juan Jacobo 
Ganh, y cuantos concurrían á nuestros paseos y tertulia, y además D. Francisco Saavedra, del 
Consejo de Guerra, á quien hablé yo de esto por la experiencia y profundos conocimientos que 
tiene de las Américas. 

En mi declaración hice especial memoria, yáun dije deseaba que se conservase yrecogieseuna carta 
que había yo escrito á Salazar tres días antes de mi prisión, en la cual remedaba este estilo me- 
dio arabesco de Malaspina, y descubría entre las burlas mi ningún aprecio por su sistema político 



XVI 


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


Imposibilidad moral de que Malaspina me comunicase sus proyectos ,■ necesidad- moral 
de que, comunicados , yo los reprobase y solicitase que no tuviesen ejecución. 

LXXXV. — Malaspina tenia toda la reserva, cautela, disimulación, por no decir doblez, propias, 
del país en que nació. Los talentos, la educación, la lección, el conocimiento y experiencia del 
mundo y de las cortes, habían perfeccionado y llevado en el más alto punto aquellas calidades. 
Basta ver los progresos que ha hecho en su carrera y la rapidez de ellos; el arte con que ha apro- 
vechado ó buscado, como dirían sus émulos, las ocasiones de adelantarse; y finalmente, la buena 
harmonía y subordinación que mantuvo en los buques de su mando en su largo y penoso viaje, para 
persuadirse á que Malaspina sobresalía en prudencia política, en esta ciencia dificultosísima que al- 
canzan tan pocos, y que pide tanto tino y discernimiento de conocer los hombres, su carácter, vir- 
tudes, pasiones, inclinaciones y áun vicios, aplicarlos á los destinos más análogos á aquéllas, mane- 
jarlos, moverlos y áun doblarlos al fin que se desea y sacar de ellos todo el partido posible. 

(El Padre Gil hace la pintura de su carácter, enteramente opuesto al de Malaspina). 

Malaspina había conocido tan perfectamente este carácter mío, que hizo la descripción más 
cabal de él en una sola palabra. Es el caso que él y los demás quisieron sospechar que yo tendría 
prontamente destino, y temieron que no me encargaría de la comisión, ó que, áun cuando la ad- 
mitiese, no concluiría la obra. Malaspina detuvo algún tiempo la propuesta por estos temores, y 
me estrechó muchas veces á que lo desengañase con ingenuidad. Díjele que las sospechas suyas y 
de los demás carecían de todo fundamento; pero que lo tuviesen ó no, y aunque se verificase lo que 
sospechaban, dada mi palabra, como la daba, de encomendarme de la historia del viaje, ningún 
interés, ningún honor, ningún destino que se me propusiese podría hacer que no lo acabase. 

Sin embargo, aún hizo la propuesta con duda ó miedo de si la admitiría; la admití y en res- 
puesta, entre otras chanzas, me da este título, que no había usado antes ni usó jamás después: 
Citoyen noir , cuyo espíritu y motivo de él no habrá quien no penetre. 

XC. — Ni olvidaré tampoco, la singular con que continuó honrándome su muy digno sucesor 
(de Valdés) en el Ministerio de Marina, D. Pedro de Varela. Están selladas en mi espíritu las pa- 
labras con que su cortesanía y afecto, para estimularme sin duda el desempeño de la comisión, me 
habló al despedirme en el Escorial en la noche del 17 de Noviembre: «La Marina (me dijo) no po- 
drá agradecer bien el obsequio que V. le ha hecho en haberse encargado de la historia del viaje. 
Cuente V. conmigo y con cuanto yo pueda.» ¿Y por qué jurar yo la pérdida de personas que mos- 
traban apreciarme tanto? 

CCXIII. — Concluirá tan fastidiosa relación lo que ha puesto la Corona á mis tales ó cuales 
méritos, hasta casi envanecerme, á saber: Comisión que el Rey sin pretensión y apenas noticia mía 
se sirvió encargarme. Honremos esta defensa copiando á la letra la Real orden que decía así: «A 
propuesta del Brigadier D. Alejandro Malaspina y por la confianza que el Rey tiene en la literatura 
de V. R., se ha dignado confiarle la redacción y arreglo de los resultados del viaje, que al mando 
de aquel Oficial han ejecutado las corbetas Descubierta y Atrevida, y para cuya empresa se ha 
Prestado el celo de V. R. que ha movido el Real aprecio. 

»Deja S. M. al arbitrio de V. R. la ordenación de este trabajo en los términos que le dicten sus 
conocimientos: pero sin apartarse de los hechos, como debe suponerse, y empleando en su narra- 
ción la sencillez conveniente pura cabal instrucción de todos y principalmente del Cuerpo de la Ar- 
mada. 

»Con esta fecha doy el correspondiente aviso á D. Alejandro Malaspina y le prevengo, que 
acordándose V. R. con él, le entregue lo que sobre la materia tiene ya trabajado y le entere de ello 
para su gobierno; y en adelante irá suministrando á V. R. los materiales que haya juntado según 
las órdenes, agregando á ellos los que le dicten sus distinguidos conocimientos y sean conducentes 
al más completo objeto. 

»Para los gastos que ha de producir á V. R. este encargo, le ha señalado S. M. mil y quinien- 
tos reales vellón al mes; pero esto se entiende sin perjuicio de mayor asignación si le fuere necesaria 
ó lo exigiesen laá urgencias para la adquisición de libros, manuscritos ó pago de escribientes; pues 
así como S. M. se persuade que el estado religioso de V. R. ni su voluntad y desinterés que ha mani- 
festado, le permiten fijar el valor de su trabajo, tampoco quiere dejarlo sin recompensa. 

«Comunicólo á V. R. de Real orden para su inteligencia, en la de que S. M. no duda que co- 
rresponderá á esta confianza con todo el esmero que exige su importancia. Dios, etc. — San Ilde- 
fonso, 26 de julio de 1795.= Valdés. = YL. P. Manuel Gil de los Clérigos menores.» 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


XVII 


CCXIV. — Aunque sean tantas y tan distinguidas las expresiones de honor hacia mí con que 
se extendió esta Real orden, como que se descubre algo más grande y extraordinario en la que se 
me comunicó aprobando el plan que presenté, decía así: «El Rey se ha enterado de las reflexio- 
nes que comprende la representación de V. R. de 20 del que acaba, sobre el método conveniente 
en la publicación del viaje de las corbetas Descubierta y Atrevida, y S. M. las ha hallado muy 
oportunas y conforme á las ideas que deben seguirse en la obra. A este fin, arreglará V. R. sus pen- 
samientos, omitiendo todo lo que no deba saber el público en cuanto al gobierno interior de las 
provincias de América y las variaciones que convenga hacer en él, y tratándolo por Memorias sepa- 
radas y secretas en la forma que propone V. R., para hacer en los Ministerios á que competan el uso 
que fuere conveniente.» 

«Bajo este principio y el de que establecen juiciosamente las mismas reflexiones, de que deben 
indicarse por separado, y con la extensión científica que se requiere, los diversos ramos que ha de 
abrazar esta obra, de Historia Natural, Botánica, Medicina, etc., se arreglará V. R. á los tratados 
que con distinción escriban los profesores de aquellos ramos, para que, dando noticia en la histo- 
ria general del viaje de lo que sea preciso en aquellas clases, se eviten las repeticiones de lo que 
abracen y traten con toda la prolijidad que se requiere los profesores de las mismas ciencias. 

»Y para resolver con toda su extensión esta obra, se facilitarán á V. R. los libros , manuscritos 
y documentos que conceptúe precisos de los archivos donde se hallaren, y además pedirá V. R. el 
escribiente ó escribientes que necesitase. 

»Por Secretaría se abonará á V. R. el goce de los 1,500 reales vellón al mes que el Rey le ha 
señalado y ha de percibir desde la fecha de su concesión. 

«Todo lo que prevengo á V. R. para su inteligencia y gobierno. Dios, etc. — San Ildefonso, 28 de 
Setiembre de 1795.= Valdés.=Al Padre Manuel Gil, de la Congregación de los Clérigos menores.» 

Además de las anteriores amplísimas noticias que nos da el astuto é hipócrita Padre 
Gil (pues no obstante extremecerse ante la idea de un cambio de ministerio más tarde 
presidió una Junta revolucionaria), copio otras muy interesantes debidas al señor Conde de 
Greppi, Embajador que fue de Italia en España (1) y cuyo abuelo tuvo relaciones íntimas 
de amistad con Malaspina. 

Dice el Conde de Greppi respecto al ilustre marino: 

«E11 su ánimo apasionado, este viaje {la vuelta al inundó) le hizo impresionarse por la 
felicidad ele sus semejantes, pensando en la absoluta precisión de un cambio radical en el 
sistema de gobierno y de la legislación de las colonias. No expresa en sus cartas la ma- 
nera de conseguirlo, pero bastante se comprende, porque insistía en la necesidad de qui- 
tar todo cuanto estorbase al libre desarrollo, tratando ele hermanar aquel imperio con 
más amplias y recíprocas relaciones, para que no se consideren tan lejanos dominios como 
depósitos de ricas minas , sino como una inmensa región capaz de todas clases de produc- 
tos y apta para formar la felicidad de millones de individuos. Entre las cosas que decía, 
hay un concepto de singular belleza, que pronto fué el grito del siglo: 

»La harmonía de la naturaleza, no obstante el torcido rumbo de tantos años que luz pro- 
curado sofocar los clamores , se oye aún gritar pidiendo que no la opriman, y atiendan sólo 
d encarrilarla en los lindes de su verdadero camino. 

»En medio de estos argumentos, confesaba él mismo que tenía la cabeza algo ca- 
liente, y conservaba, sin embargo, bastante prudencia para comprender que era temible el 
acreditarse de proyectista en tal ocasión. El olvido de esta máxima fué causa de su 
ruina » 


(1) De un legajo que existe en la Academia de la Historia, y que contiene muchos datos biográficos de 
Malaspina y multitud de cartas dirigidas por éste á D. Paolo Greppi. El señor Conde de Greppi hizo á la Aca- 
demia el donativo de este legajo. 

m 



XVIII 


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


»En el abandono ele sus confidencias epistolares con Greppi, se revelan sus intencio- 
nes, no ya sediento de poder y de gloria, sino dulcemente melancólico y demasiado deli- 
cado para sostener mucho tiempo los combates de la vida real, como nuevo Fausto , ó 
como decía un escritor francés, «un hombre ocupado en los negocios de la vida, pero 
anhelante del reposo de una contemplación filosófica.:) 

»En la persuasión que tenía de poder servir á España, y por lo que deseaba partici- 
pación en el Gobierno, le daban ciertas esperanzas que pronto se convirtieron en desen- 
gaños. Decía Malaspina (en 24 de Diciembre de 1794): He escrito cuanto mis ideas me sujo- 
rían para poder ser útil á este país en momentos tan tempestuosos: un solo día me hubiera 
bastado para explicar mi sistema: todo lo he visto , todo lo he visitado ; con un pequeño paso 
quizá se hubiera podido entrar en buen camino y en la. sana filosofía ; todo parecía pres- 
tarse á ello : me encontraba ligado con cuanto había de más virtuoso y mejor en el país,- se 
■me concedía grandísima atención , rectitud en mi corazón y una devoción absoluta, al bienes- 
tar general sin egoísmo y sin preocupaciones ¡ pero el súbito advenimiento del Sultán ( esto 
es, del primer Ministro GodoyJ lo hacen todo difícil: cuanto le rodea cae en la confusión y 
en la inacción. 

»No se desanimaba por eso, pues el 27 de Febrero escribía: En este momento pende 
de una nada el que yo sea destinado á cosas de la mayor entidad respecto á la prosperidad 
del Reino en todas sus partes , y que yo vuelva á mi antiguo oficio de marinero. 

»No se sabe si por maquiavélicas artes ó para perderlo, continuaba el Gobierno tra- 
tándole con mucha consideración. Así, en Marzo de 1794 el Rey le nombraba Brigadier; 
en Mayo pedía licencia y le era lisonjeramente rehusada; en Agosto, los íntimos de Godoy 
decían que podía ser Ministro en lugar de Valdés; en Octubre, Godoy mismo, en pública 
corte y en su presencia, había hecho un gran elogio desús méritos; las numerosas relaciones 
que él envió al Ministerio (convertidas luégo en otros tantos capítulos de cargos), le habían 
sido agradecidas generosamente. Esto no obstante, los presagios de los más expertos le 
eran siempre desfavorables, y en informes de un Ministro de Malta, Jacinto Malaspina, se 
-expresaba el temor de que á su hermano le tocase la suerte de Colón, así como Greppi se 
esforzaba en inculcarle prudencia 

Lo verdadero es que él se creía con la misión de iluminar al Rey y al país, de haberlo 
hecho con honradez, siendo precisa consecuencia de ello ó la ruina ó el triunfo. En cuanto 
á mi ánimo (decía desde la cárcel), juróte que no puede, estar más tranquilo, no abrigando 
el temor de que me desvíe de mi camino ni una despreciable apatía ni una baja precipita- 
ción. La causa que aquí me ha conducido me hace repetir que, en iguales circunstancias , 
MIL VECES VOLVERÍA Á IIACER LO MTSMO. » 

Malaspina permaneció encerrado en el castillo de San Antonio , de la Coruña, hasta 1803. 
Debióse su libertad á influencias del Conde de Melzi cerca de Napoleón; este gran guerrero 
solicitó y obtuvo del Gobierno de España la libertad de Malaspina, que fué desterrado á 
Milán. Apenas llegado le ofrecieron el cargo de Ministro de la República italiana; pero el 
insigne marino jo rehusó y prefirió retirarse á su casa de Lunigiana , donde murió á 9 de 
Abril de 1809, á los cincuenta y cinco años de su edad. 

A a hemos visto que para este hombre superior eran contrariedades de fácil consuelo 
su prisión y su ruina; pero acaso no fuere exagerado señalar como causa de su muerte pre- 
matura, el estúpido decreto que sepultaba en el olvido más injusto todo el caudal de sus 




INTRODUCCIÓN’ HISTÓRICA 


xín 


trabajos; esto es, su nombre, su gloría, su eterna fama, tan costosa y honradamente adqui- 
rida hora por hora, en cuatro años consecutivos de estudios y penalidades. 

Como testimonio de las últimas huellas que el pié de Malaspina dejó en España, pu- 
blicamos á continuación varios documentos que llenan el alma de melancolía. También in- 
sertamos, á fin de que pueda apreciarse en toda su excelencia, el plan que para escribir su 
viaje entregó el ilustre marino al clérigo Gil, cuyo plan no quiso terminar cuando supo 
que áun antes de conocido, estaba desaprobado. 

Tanto este notabilísimo trabajo, como las cartas escritas á varios prohombres de su 
época, y las Instrucciones que dió á Bustamante, han sido copiadas de borradores origi- 
nales de puño y letra ele Malaspina y se han impreso con todas sus incorrecciones de estilo, 
por respeto al autor y culto á la verdad. 

El Si*. Conde de Greppi, tan amante de la memoria de su ilustre compatriota, termi- 
naba los datos biográficos con estas palabras: «Un voto me queda que espresar; y es que 
desenterradas las muchas revelaciones y memorias, goce el público del fruto de tantas medi- 
taciones sobre España y sobre América y saboree el estilo del viajero generoso». 

Ya está, pues, complacido. 

Y ahora, hablen solamente Malaspina y sus dignos compañeros; sean sus relatos bri- 
llantes manifestaciones de saber, timbres gloriosos que hoy surgen y se estampan en el li- 
bro de la Historia, dejándome como gratísimo premio el honor y la ventura de haber en- 
riquecido con tan hermosas páginas nuestra CRÓNICA NAVAL. 


Pedro de Novo v Colson. 


Madrid, 8 de Mayo de tS3j. 



APÉNDICE 


A LA INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


SOBRE EL DESTIERRO DE MALASPINA (i) 


«Exc.mo. Sr.: Por el adjunto parte original que en 2 del corriente me dió el Capitán de este puerto, se 
enterará V. E. de lo ocurrido con el trasbordo que intentó y verificó en el Cabo de las Salinas, de esta isla, 
Don Alexandro Malaspina y su criado, procedente de Cádiz, con destino á Genova, en la fragata mercante 
española, su Capitán Santiago Mantica. 

«Inmediatamente que reconocí en los términos que iba extendido el pasaporto, donde se advertía la cir- 
cunstancia de no poder dicho Malaspina saltar en tierra de España, dispuse, no tan solamente el que se man- 
tuviese en cuarentena el patrón Antonio Roca con su laúd, á cuyo bordo se hallaba Malaspina, sino que 
mandé diese la vela sin pérdida de tiempo para restituirlo á la fragata, con la estrecha prevención y precepto 
de no saltar á tierra en la costa, caso de no hallarla, y de regresar á este puerto como lo verificó. 

«Luego de restituido y manteniéndose en la cuarentona con centinelas de vista, mandé se le proveyese al 
Patrón Roca de los víveres que necesitase y despacharlo para las costas do Francia, con los dos pasajeros, 
sin convenirme con la proposición que me hizo Malaspina de permitirle su embarco para Barcelona, desde 
donde por tierra, pasaría á Francia. Todo lo cual pongo en noticia de V. E., por si creyese conveniente ele- 
varlo á la do S. M. 

«Dios guarde á V. E. muchos años.=Palma, 7 de Febrero de 1S03 — Excmo. Sr .= Juan Miguel de Vives.— 
Exctno. Sr. D. Pedro de Cevallos.» (Original). 

Al margen de esta comunicación va el siguiente decreto: «A Vives, que arreste á Malaspina si desembarca 
en la extensión de su mando y que aviso. Igual orden al Capitán General de Barcelona para que arreste al 
mismo Malaspina si desembarca en Barcelona ó en otro puerto de su departamento.» 

Debajo de este decreto y de otra letra: «Contestado así, menos lo de Barcelona, que se puso en orden 
aparte, como también á Valencia, en 5 de Marzo, según minuta.» 

El parte original del Capitán del puerto de Palma, dice así: 

«El Patrón Antonio Roca, mallorquín, del laúd la Virgen del Carmen, con tres marineros, venido de Al- 
cudia, de donde salió el día 31 del pasado, dice que en el día de ayer por la mañana, á las ir, halló fon- 
deada en el Cabo de las Salinas una fragata española, su Capitán Santiago Mantcquí (sic), que habia salido de 
Cádiz el día 21 de! próximo pasado, con cargo de azúcar y cacao para Genova. Que de dicha fragata se llamó 
al declarante y se lo embarcó un pasajero llamado D. Alejandro Malaspina, con su criado, cuyo pasaporto y 
boleta acompaño. Dicha fragata, desde que salió de Cádiz, no ha tenido roce ni comunicación con embar- 
cación alguna; por lo que me parece, siendo de la aprobación do V. E., se le puede admitir á libre plática. 
Dicho pasajero quería escribir á V. E. y le he dicho tuviese paciencia .—Lucas Orell.» 

La Real orden causada del decreto marginal de la comunicación de Vives, dice: 

«Excmo. Sr.: Plabicndo sabido el Rey que D. Alexandro Malaspina á quien se embarcó para llevarlo fuera 
do los dominios de S. M. con prevención de que no pudiese saltar en tierra de España, ha intentado des- 
embarcar en la Isla de Mallorca, hallándose á bordo de un buque mercante, quiere el Rey que si efectúale 
su desembarco en algún puerto ó costa de la Península se le arreste inmediatamente y se dé parte á S. M. De 
Real orden lo com único á V. E. por lo que pertenece á ese Principado de su mando (el de Cataluña.)— 
Dios, etc.» — Al de Valencia se le dijo además: Previniéndolo lo participe cuanto antes al Gobernador de 
Cartagena. »=Aranjucz, 5 de Marzo de 1803.» 


(t; A la amabilidad de T 3 . Gaspar Maro cebo estos documentos 
el Sr. Jímcaez de' la Espada. 


que fueron hallados y copiados en el archivo de Alcalá de Henares (legajo 3.013) por 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


XXI 


Junto con la anterior minuta y los demas papeles copiados, hay estos otros: 

«Excmo. Sr.: Referente á lo que dije á V. E. con fecha de 7 del pasado Febrero, le incluyo el certificado 
original del Vicecomisario de comercio de S. M. en el puerto de Portvendre que me ha entregado el Patrón 
Antonio Roca, que regresó el 26 del mes último, acreditando el desembarco de la persona de D. Alexandro 
Malaspina. 

«Dios guarde á V. E. muchos años.=Palma, 2 de Marzo de i8o3,=Excmo. Sr . — Juan Miguel de Vives.— 
Excmo. Sr. D. Pedro Cevallos.» {Original.) 

El certificado es como sigue: 

a Don Joscf Miguel Burria, Vicccomisario de Comercio de S. M. C. en el puerto de Portvendre: 

«Certifico: Como el Patrón Antonio Roque (sic), de la matrícula de Mallorca, embarcó el dia seis Febrero 
en el puerto de Palma, en la dicha isla como consta de su pasaporte, al Sr. D. Alexandro Malaspina, italiano, 
y que hoy diez y ocho mismo Febrero lo desembarcó en este puerto; llegando el dicho Patrón con su barco 
la Virgen del Cartnm.==Y porque conste á donde convenga, doy el presente certificado, que firmo y sello con 
el P. S. de este Vicecomisariado.=Portvendre, á 18 Febrero de iSo3.=Por el señor Vicecomisario de España, 
Luis Bronzoni . » 

Sello en lacre rojo. 

Esto, no obstante, el Capitán General de Cataluña dirigía al ministro de Estado este oficio: 

«Excmo. Sr.: La justicia del puerto de Palamós me avisa, que según noticia dada por aquel Comandante 
militar de Marina, D. Alexandro Malaspina desembarcó en Marsella, adonde lo condujo un barco mercante 
de Mallorca, según constaba en el rol de equipaje de su Patrón. Lo noticio á V. E. consecuente á lo que se 
sirvió prevenirme de orden de S. M. en 5 de este mes. 

Dios guarde á V. E. muchos años.=Barcelona, 22 de Marzo de i8o3.=Excmo. Sr .—El Conde de Santa 
Clara.— Sr. D. Pedro Cevallos. {Original.) 

(Archivo general central de Alcalá de Henares, legajo 3013.) 


PLAN PARA ESCRIBIR SU VIAJE, DADO POR MALASPINA AL P. GIL. 


Cumpliendo con una orden de S. M. la cual me prescribe el que entregue á V. P. Rma. todo lo que sea 
relativo á la parte histórica y política del viaje de las corbetas Descubierta y Atrevida para que de esto 
modo llegue á ser público con mayor brevedad y perfección, antes manifestaré la debida complacencia por 
una terminación que ciertamente refluirá toda á beneficio de la instrucción pública y luego procuraré en los 
siguientes párrafos dar una idea tan exacta cuanto lo permita la extensión de un oficio, del método que me 
había prefijado para la dicha publicación y del estado cu el cual se halla hoy en día la misma obra. 

La introducción general, la cual precede á la narración del viaje, bastaría á la verdad por sí sola para el 
objeto propuesto: la he cutrcgado con el mismo diario á V. P. Rma. y si bien no haya aún merecido la Real 
aprobación la parte que en ella se comprende y es relativa á las materias políticas, debe tranquilizarme en 
mucho el que, aún no aprobada, en nada trastorna las demás partes del plan propuesto. 

Pudiera hacerse, sin embargo, digno de reparo el estilo algo enfático del cual va vestida. Lo he preferido 
con el solo intento de convidar á la Nación á reunirse hacia un Gobierno prudente, que sacrificará cualquiera 
preocupación ó descanso al deseo del bien público. V á la verdad, en el estado deplorable en el cual se 
hallan nuestra Hacienda, el crédito público y áun la seguridad individual, ó es preciso que las materias polí- 
ticas se traten con aquel objeto, ó que no presenten sino el infeliz espectáculo de un hombre entregado á la 

adulación y al cuidado de sí mismo Pero hablaré más difusamente de esta materia en su lugar; básteme por 

ahora el repetir, que el descubrir la América, sea en cuanto á sus orillas, ó en cnanto á su estado interior, como 
por precisión lo hará la narración aún mas superficial del viaje, sería un acelerar ó las invasiones más temibles 
de las naciones rivales, ó el desmembramiento de sus partes por aquella misma reacción que agita en el día 
á las sociedades reunidas en los siglos pasados. 

Anexo á la introducción puede considerarse el legajo número 1 de los papeles originales: en él se com- 
prende esencialmente todo lo que se refiere al objeto del viaje y á las medidas tomadas para su ejecución 
en los diferentes ramos, sean científicos ó de policía, orden, seguridad y conservación. Las correspondencias 
originales de algunos sabios de Europa y de varios oficiales de los más expertos de la Armada, liábanse en- 
cerradas en el mismo legajo. Pudiera por la misma razón darse la extensión que se quisiera á la misma intro- 
ducción, detallando á la par de las historias de los viajes extranjeros, cuanto hubiésemos tenido presente en 
los aprestos. Pero lo lio omitido así por ser estas materias ya harto repetidas entre las diferentes naciones 
marítimas, como por hallarse la mayor parte recordados ó en la misma narración y en la obra médica, si se 
refieren á la policía, ó bien en el diario astronómico y materiales de las cartas, si se refieren á las ciencias, 
que más de cerca procurábamos abrazar. 

I.a narración del viaje debía reunir precisamente tres objetos: 1.° La responsabilidad mía inseparable 



xxir 


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


del honor nacional. 2. 0 La mayor amenidad ó descripción menos molesta de las cosas acaecidas. 3. 0 La ins- 
trucción general de la Armada, para la conducta más propia en los mares y colonias distantes de los domi- 
nios de S. M. Con igual atención he procurado no perder de vista los tres objetos indicados, y si bien hallé 
que la demasiada repetición de las tareas hidrográficas, sea algo cansada en el total, he debido sin em- 
bargo decidirme á no hacerla más superficial porque era indispensable el dar una idea clara de la proliji- 
dad con la cual habíamos trabajado en la parte principal del viaje que se reducía á la construcción de las 
cartas del Mar Pacífico. Opinaría por consiguiente que ni el orden ni la extensión del dicho diario pueden 
variar considerablemente; sólo sí debo advertir que faltan en el dos capítulos correspondientes al libro ter- 
cero y deben tratar: el primero, del viaje de la corbeta Atrevida á Macao desde la bahía do Manila, y el se- 
gundo, del viaje de la misma corbeta en 1793 y 94 desde la Concepción de Chile hasta el puerto de Monte- 
video: su Comandante, el Brigadier D. José Bustamante y Guerra, ha tomado á su cargo el poner en orden 
aquellos dos capítulos y remitirlos después al Excmo. Sr. Ministro de Marina. Incluyo, no obstante, para 
cualquier evento las copias de su diario original, de las cuales sería fácil deducirlos mismos capítulos y debo 
añadir como prevenciones sobre esta materia, para mí harto delicada, en primer lugar, que D. José Busta- 
mante- deseaba extender en un capítulo aparte el viaje de la Atrevida separada de la Descubierta en los ma- 
res de Nicaragua, el cual yo he reasumido con otras materias para el mayor orden y brevedad: segundo, que 
el mismo orden de la. narración me ha conducido á considerar en fines del año de 1793 separadas las corbe- 
tas tan sólo desde la Concepción de Chile, cuando en la realidad debían considerarse como tales desde 
Lima: tercero, finalmente, que era el ánimo de Bustamante (manifestado así al Excmo. Sr. Ministro de Ma- 
rina), de comprender en el capítulo del viaje á Macao una disertación ó memoria sobre el comercio de los 
europeos en la China, obra que sería sin duda útilísima para la instrucción pública, porque según el plan 
adoptado, no sería fácil embeber en la narración histórica del viaje. 

Estas tres prevenciones exigirán ciertamente que V. P. Rma. se corresponda con el mismo Bustamante, 
quien se halla actualmente en Cádiz. Por mi parte no deseo sino el que quede complacido, cuando sus ideas 
parezcan plausibles, y de todos modos creeré acertado el que se consulten á la superioridad cuando ya estén 
á la vista los materiales remitidos, accediendo yo de muy buena voluntad á cualquier partido que parezca 
preferente, visto el todo de la obra por jueces imparciales é inteligentes: van también anexos á esta parte en 
el legajo número 2 los diarios originales cuales se remitían al Excmo. Sr. Ministro de Marina desde los 
diferentes puertos donde llegaban las corbetas. Pueden servir á las veces para aclaración de algunos párra- 
fos oscuros, á veces de fehacientes de la verdad más escrupulosa en la narración respecto á haberse escrito 
puntualmente en el viaje y haberse presentado á la oficialidad de guerra para su confrontación con la verdad 
más exacta. 

Ya la composición del segundo tomo aún no bien ordenada, pide una aplicación difusa la cual sírvase 
V. P. Rma. de mirar con la mayor reflexión, pues envuelve en sí no sólo el trabajo complicado de muchos, 
sino también el fin principal de la obra; esto es, la utilidad pública. 

Un estudio no superficial de la América me había convencido años ántes, que cuanto sobre ella se había 
escrito, más bien servía para confundir que no para ilustrar á la nación poseedora. Gemían los archivos, ó 
públicos ó particulares, bajo el fárrago inmenso de las acusaciones recíprocas de los Gobernadores, ó mili- 
tares ó eclesiásticos, de los proyectos soñados de la fuerza y riqueza nacionales; de las descripciones pompo- 
sas de los países invadidos y de las leyes incautas y no obedecidas de un Gobierno acosado de la necesidad 
é imposibilitado de examinar con cordura lo que debía juzgar. Quísose ordenar un país inmenso de modo que 
sobrepujase en pocos años á las riquezas, al poderío y á la población de la España; y la miseria, la debilidad 
y la despoblación, fueron las consecuencias inmediatas de aquel sistema funesto; pero sobre todo el malogro 
de unos proyectos tan plausibles no pudo ménos de acarrear con la justificación de cada uno, las descrip- 
ciones más equivocadas de los países de los cuales se hablaba. La América se halló á poco tiempo á la dis- 
posición absoluta de sus Gobernadores, los cuales invadían ó abandonaban centenares de leguas, ya en una, 
ya en otra dirección. El suelo, los productos, los habitantes indígenas, los mismos proyectos de nuevas colo- 
nias, ya en las orillas del mar, ya en las cumbres de los montes los más elevados del orbe, fueron descritos ó 
con parcialidad ó con ignorancia. La misma imposibilidad de descifrar la verdad entre tantas contradic- 
ciones hizo abandonar el estudio de un país tan inmenso, y fué nuestra única felicidad el que, ocultadas por 
naturaleza descripciones tan equívocas y contradictorias, los extranjeros se viesen arrastrados en pos de nos- 
otros á las mismas ideas erradas sobre la cualidad de nuestras Américas, y finalmente, tantas causas reunidas 
á la superficialidad con la cual se escribe hoy en día, diesen de aquellos países una idea aún más errada de 
la que teníamos en los principios de la conquista. 

A la verdad, los límites de nuestros destinos á las orillas del mar; las operaciones hidrográficas y astronó- 
micas que debían ocuparnos incesantemente; la misma celeridad con la cual debíamos correr de uno á otro 
extremo de la América, parecían destinarnos á contribuir más bien al aumento que á la disminución de 
aquellos errores, cuando hubiésemos querido mezclamos en materias tan oscuras y complicadas; pero como 
quiera que visitásemos de camino á las diferentes capitales de los víreinatos, que en ellas se agolpasen alre- 
dedor de nosotros los hombres más ilustrados, creyendo hacer un buen servicio á la patria y al Gobierno, que 
los Vireyes y Gobernadores nos franquearan las noticias más exactas y reservadas, que nosotros mismos, ó ya 
con la imparcialidad de unos meros caminantes, ó ya con entrometernos entre los campos y entre los natu- 
rales de las clases aún más abyectas, como lo exigían nuestras excursiones, tuviésemos lugar á confrontarlas; 
finalmente, como quiera que los mismos progresos de las ciencias diesen lugar ahora á que se examinasen 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


XXIII 


aquellos paises por los colonos con mayor empeño y utilidad, puede, por último, conocer que ni carecíamos 
de los materiales necesarios para dar á la Nación una idea cabal de sus colonias, ni esta empresa debía omi- 
tirse cuando se pretendiese examinar políticamente la defensa de la América de las invasiones externas ó de 
las revoluciones interiores. 

Añadíase á estas consideraciones otro reparo de no menor extensión, y era el semblante que debíamos 
dar á los objetos é historia del viaje: casi el todo de él había tenido lugar en las colonias nacionales, de las 
cuales hubiera sido absurdo, después de tres siglos corridos desde su descubrimiento, el dar una idea super- 
ficial, que suele darse de un país visitado por la primera vez, en donde las nociones aun más imperfectas y 
frívolas, sirven ó de instrucción ó de entretenimiento para los lectores. Por consiguiente, la descripción sen- 
cilla de pocas minas, algunas piedras, etc., de nada servía sino es de un nuevo aumento para la misma confu- 
sión sobre el estudio de la América, que procurábamos evitar. Mayor empeño, ideas más extendidas nos pres- 
cribía nuestra situación imperiosamente, y se dirigían á dar una idea cabal de toda la América española, por 
manera que se reasumiesen en una sola masa todas las noticias útiles y verídicas, separándolas de las falsas 
c impertinentes, y el legislador y el vasallo pudiesen leer sus deberes respectivos en un espejo fiel, en donde 
la naturaleza grabase con los colores de la realidad lo que fue la América, lo que es y lo que será, siguiendo 
por una parte el orden suyo inalterable y por la otra los obstáculos que intenta ponerle la débil mano del 
hombre, conspirando tan sólo á su propia infelicidad y destrucción. 

Con este solo intento tuvo á bien S. M. prescribir á los hermanos del difunto D. Antonio Pineda, que re- 
uniesen á nuestra obra los apuntes ó notas de aquel hábil observador, sin escribir otro viaje separado, el cual 
ciertamente ó debía ceñirse á pocas ideas inconexas y nada útiles para los progresos de la ciencia, ó adop- 
tar como suyos aquellos conocimientos que pertenecían á la sola expedición: con este intento los hábiles bo- 
tánicos D. Luis Nee y D. Tadeo Heonkc, tributaron siempre al mismo plan aquella parte de sus diarios que 
tuviese relación con el examen de la naturaleza cual nos la habíamos prefijado, sin descender con particula- 
ridad á una tí otra ciencia. Este intento, finalmente, fué el que manifestó como esencial la ordenación de la 
obra en Madrid, en donde únicamente podían hallarse, ó los manuscritos precisos para formarla, ó los hom- 
bres ilustrados y testigos de vista que pudiesen ratificar aquellas ideas. Cuál sea la principal división de la 
obra, y cuáles los motivos que así lo han dictado, lo demuestra la Introducción con la mayor claridad. Era 
preciso dividir la América Meridional de la Septentrional y de las Filipinas. La utilidad, las relaciones entre 
sí y con la matriz de cada una de estas partes, eran tan diferentes, que no alcanzaría á reunirías la imagina- 
ción más viva y arrebatada. Siguiendo, pues, el mismo orden, hablaré ahora con distinción de cada uno de 
los libros premeditados. 


TOMO PRIMERO 


Descripción f ísica de la América Meridional comprendida entre los Cabos de Yaitíes y Hornos 

y el Istmo de Panamá. 


Capítulo i.° Trataré del mar que cerca aquel país inmenso, de los golfos, de las islas, do las sondas, 
de los vientos dominantes. Grandes harmonías de la naturaleza entre los vari os elementos que la componen. 

2. 0 Trataré de los temperamentos y de las diferentes zonas correspondientes. De Sur á Norte, país mon- 
tuoso y país llano. Término de las estaciones variables y de las constantes y conformes á la acción 
del sol, etc. 

3.“ Población general de la América meridional. Indios primitivos. Invasión de los peruleros. Invasiones 
de los europeos. Estado actual de las colonias. Idea natural de desterrar todos los nombres de tribu y fa- 
milias para un examen semejante: no se individualizan castas y números. 

4. 0 Trátase del Rio de la Plata y de las Pampas hasta el Paraguay y Tucuman. Naturaleza de este terreno. 
Los ganados, sus utilidades, su multiplicación, su retiro. 

5. 0 Descripciones individuales del país reconocido por nosotros alrededor de Montevideo y Buenos Aires. 

6. ° Descripciones del Puerto Deseado y Puerto Egmont. 

7. ° Retínense estas noticias á las de los demás navegantes españoles y se íorma una idea cabal de las tie- 
rras Patagónicas y del Fuego. 

8. “ Descripción de la isla de Cliiloé y de la parte meridional del continente no sujeta á la dominación 
española. 

9. 0 Recopilación de las diferentes naciones que habitan el país inmenso desde la latitud de 3O y medio 
hasta el Cabo de Hornos. Sus costumbres, sus enlaces, su número. Historia de los Césares y de los proyec- 
tos de Fol-Kaner. 

10. Descripción de Chile: sus naturales de todas especies, su suelo, sus manuiacturas, su temperamento, 
minas, comunicaciones interiores con el Perú y las provincias del Vircinato de Buenos Aires, Mendoza, San 
Luis de la Punta y las Pampas. 



XXIV 


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


ir. Del Tucuman, del Paraguay, de las misiones de Moxas y Chiquitos, clases bien distantes de los pe- 
ruleros. 

12. Descripción de las costas desde Coquimbo hasta Lima; minerales y volcanes. Uvas y aceites. Calidades 
del mar y de los vientos reinantes. Tránsitos de comunicación de los pasajeros, acarreo de muías. Varias co- 
municaciones con la capital de Lima. Temblores, ingenios de azúcar. 

13. La Sierra del Perú, su naturaleza y minas. Peruleros que la habitaban al tiempo de la conquista. Im- 
perio del Cuzco. Lagunas de Chucuito. País de las Yangas. Elevación de los montes. Temperamento y es- 
taciones que la dimanan; vicuña y llama. Minerales de azogue de Guancavelica. 

14. Descripción de Lima, sus costumbres; los colonos, los negros, los indios; mezcla de castas, influjo de 
las costumbres de la capital sobre toda la costa. Agricultura del valle de Rimac. Industria de los países in- 
mediatos de la Sierra. Costumbres antiguas de los peruleros conservadas en la Sierra; su naturaleza; viaje 
de los Síes. Pineda, Heenke y Nee. Conchas altas, calidad de los montes; causas del carácter actual de los 
limeños, vicios, etc. 

15. Pais comprendido entre Lima y Guayaquil. Navegación, pescas. Límite singular de las estaciones en 
Payta. 

16. Reino de Quito. La quina, el cacao y los demás productos. Misiones y curso del rio de las Amazonas 
ó Marañón. 

17. Montes de Chimborazo Pichincha y Juriguragua. Observaciones de los Académicos franceses y Ofi- 
ciales españoles. Caminos de Popayan y minerales de oro. 

18. Descripción del Brasil en cuanto se combina con las medidas nuestras. Navegación del Marañón. 
Productos útiles para el comercio. Límites naturales para la conveniencia recíproca. Desembocadero de 
nuestros frutos por el Orinoco. 

. 19. Bocas del Orinoco y gobernación de Caracas. Costas de Maracaibo, etc. 

20. Curso del rio de la Magdalena hasta Santafé y Popayán. Naturales indómitos que los habitan. Negros 
y mulatos que atienden á la agricultura. Estado de las minas. 

2r. El Choco y el Dánon. 

22. Istmo de Panamá. 

23. Resumen de la población y productos de la América meridional. Beneficio de sus minas; sus industrias 
rurales y azogues; costumbres de sus habitantes y causas físicas que se oponen por largo tiempo á su pros- 
peridad. 

Los materiales para estos capítulos se hallan todos reunidos, en mi entender, con una más que mediana 
claridad: 

i." En las obras de los Excmos. Sres. Juan y Ulloa, y particularmente en las noticias americanas. 

2. 0 En las memorias manuscritas de los mismos Oficiales, presentadas al Gobierno á su regreso. 

3. 0 En los viajes y reflexiones físicas de los Srcs. Bouguer y Condamine. 

4. 0 En la excelente colección de los mercurios peruanos. 

5." En la historia de Chile del Abate Molina. 

ó.° En las dos obras de los Srcs. Alcedo, padre é hijo. 

7. " En algunos apuntes del Medico de Lima, D. Cosme Bueno, conocidos bajo el nombre de Lazarillos de 
los Ciegos. 

8. ° En los papeles manuscritos de D. Antonio Pineda, de los cuales va una parte ordenada. 

9. 0 En las descripciones físicas ordenadas desde Buenos Aires hasta Coquimbo inclusive, que remitimos 
durante el viaje. 

10. E11 las Guías de forasteros de Lima y Buenos Aires de estos últimos años, que se hallarán en los archi- 
vos de Hacienda y Gracia y Justicia. 

r 1. En la colección nuestra de papeles manuscritos relativos á las Costas Patagónicas, Malvinas, Chile, etc. 

12. En los manuscritos y diarios de los Sres. Heenke y Nee, los cuales han atravesado filosóficamente la 
América meridional. 

13. Finalmente, en los archivos de Hacienda y Gracia y Justicia, por lo que toca á la población y mejoras 
interiores, y en la excelente colección de manuscritos del Sr. D. Manuel de Ayala. 

Pero áun cuando supusiésemos que los escritos nacionales no adoleciesen del doble mal inevitable de ha- 
berse siempre ordenado con el interés natural de los empleados que los remitían y del respeto, ó mejor dicho, 
esclavitud á las leyes y costumbres patrias, siempre el semblante tan vario que toma á cada paso la América 
y el pormenor de los pasajes de los cuales se intenta tratar en la obra, exigirían irremediablemente que le con- 
sultasen á viva voz los muchos hombres instruidos y de autoridad que desde el Ministerio del Marqués de la 
Sonora han recorrido y organizado la América cual se halla hoy en día. Los escelentísimos Sres. Ex-Vire- 
yes Vcrtiz y Loreto, por lo que toca al Rio de la Plata y provincias interiores de aquel Vireinato; D. N. Ma- 
rica y los Díre'ctores de la Compañía marítima de Pescas por lo que corresponde al Puerto Deseado; 
el Sr. D. Tomás de Acevedo, Visitador de Chile; D. Jorge Escobedo, Intendente del Potosí y Visitador del 
Perú, y D. José García de León y Pizarro, Visitador del Reino de Quito; el Coronel de Ingenieros D. JST. Re- 
quena, último Gobernador de la provincia de Maynas; D. Francisco Saavedra y el Marqués del Socorro, ex- 
Gobcrnadores de Caracas; D. Vicente de Rivas, cx-Director de la Compañía de aquellas provincias; Don 
N. Calvez, ex-Presidente de Chañas, y D. Vicente Ore, Corregidor en la Sierra del Perú, son otros tantos síl- 
galos qno deben consultarse prudentemente, por manera que ni se malogren las excelentes noticias que han 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


XXV 


acopiado, ni la obra decline insensiblemente al plan do reforma que procuraron introducir y tantos inconve- 
nientes ha producido en la América. En cuanto á Misiones, podrían también suministrar noticias importantes 
los Procuradores de los diferentes Colegios que residen en esta Corte, y en particular el de Santa Cruz do 
Ocopa; así como serán útilísimas la Historia física del Paraguay , escrita por el Capitán de navio D. Félix Azara, 
destinado en la línea divisoria del Brasil, y la de la provincia de Buenos Aires del Oidor de aquella Audien- 
cia D. Rafael de Videsigue; pero estos dos tratados no han sido aún remitidos á Madrid; el primero se ha 
pedido á Roma al Excmo. Sr. D. Nicolás de Azara, su hermano, quien lo recibió en el año pasado, y el se- 
gundo debe haberse presentado ahora al nuevo Virey D. Pedro Meló. Algo queda por decir sobre la in- 
teresantísima colección de manuscritos de D. Manuel de Ayala; este celoso individuo ha empleado, no sólo 
una gran parte de su vida, si también la mayor parte de sus caudales, en acopiar la dicha colección, la cual, 
ofrecida reiteradamente á S. M. para que se custodiase con la debida reserva y sirviese al mismo tiempo de 
norma para los varios asuntos que se ofrecen tratar en su Consejo de Estado, debía producir á su autor, no 
sólo los debidos aplausos de todo el que se interesa en el bien público, si también algún premio que resar- 
ciese en parte los sacrificios hechos del tiempo y del dinero. Sería tan imprudente de su parte como de la 
nuestra el que la obra ahora proyectada aprovechase de todas las noticias allí comprendidas, dejando des- 
pués un capul mortorum inútil absolutamente para todo lo que fuese relativo á la América. Esto parece dictar, 
y así lo haré presente á S. M. (dentro de pocos días), que finalmente se adquiera con regulares condiciones la 
colección indicada y que la aproveche en primer lugar nuestra obra, extractando libremente todo lo que pa- 
rezca convenir para su mayor utilidad y hermosura. 

La descripción del Brasil no necesitará en nuestro plan tanta extensión como la exigen las posesiones 
nacionales; basta que el lector estudioso sepa la calidad de su suelo, la clase de sus moradores, sean indí- 
genas ó colonos, sus industrias minerales y comercio, para que pueda valuar después ó la fuerza real del ene- 
migo doméstico, ó los principios de discordia é inquietud que puede causarle su inmediación; se ha consul- 
tado en esta parte con la mayor escrupulosidad todo lo que ha escrito el Abate Rainal, y merece, según los 
mismos portugueses, muy poca ó ninguna fé; mucho mejores datos podrán derivarse ó de las noticias verbales 
del Coronel Requena, ya nombrado, ó de las que ya ha enviado y seguirá enviando el Excmo. Sr. Marqués 
de Oyra, Embajador de S. M. en la Corte de Lisboa. 

Como lo hice ver en la Introducción, la descripción física de la América, dirigida al bien sólido nacional, 
debe tener siempre á la vista los tres puutos esenciales: x.° La prosperidad y multiplicación de la especie hu- 
mana, cualesquiera sean las castas de que se compone ó los climas que habita. 2. 0 La reunión de la sociedad, 
esto es, de las colonias y de la matriz, de modo que sus labores é industria conspiren unánimes á la felicidad 
común, siempre ligada con los sugerimientos de la naturaleza, madre y maestra común, cuyos preceptos, mal 
atendidos, se convierten inmediatamente en otros tantos rigores imposibles de contrarestarse. 3. 0 Finalmente, 
en la defensa de toda la sociedad, la ménos molesta y más segura que dicten las conveniencias locales y los 
progresos de la opulencia. Fácilmente, con estos principios á la vista, se podrá conducir al filósofo desapa- 
sionado, á considerar en la América meridional las cuatro especies diferentes de habitadores que han con- 
tribuido con tanto vigor al choque continuo de sus leyes y sistema. Los salvajes indígenas; los sermberos inva- 
sores; los españoles introducidos después, y últimamente la continua conducción de los negros, bastarían por sí 
solos para constituir la necesidad de un examen separado de nuestra especie; agregúese á esto el afán nacional 
para buscar las minas colocadas por lo común en los terrenos más áridos, elevados y desiertos; considérese 
el efecto que esa misma dase de industria, semejante á la del jugador, debía producir en la robustez del hombre, 
en la colocación de los pueblos, en la ingratitud de los cultivos y en la suavidad de las costumbres. La his- 
toria civil de la América descubrirá inmediatamente á los ojos del observador desapasionado las causas di- 
rectas de su estado actual; le hará remontar poco después por un orden sencillo al estado en el cual se 
hallaba al tiempo de la conquista, y le conducirá entre el caos de las cosas venideras, á descifrar la suerte de 
aquella grande porción del globo y de los individuos que la habitan. Ya no es tan difícil, al ménos tan 
complicado, el tratar con utilidad y amenidad el segundo libro que abraza la América septentrional desde el 
Istmo de Panamá hasta los límites más elevados de la California y provincias internas; sus capítulos pudieran 
dividirse de tal modo que la provincia de Costa Rica y Veragua, abracen el primero; el segundo el reino de 
Guatemala; los otros seis siguientes el reino de Méjico libre de invasiones; el sétimo las provincias internas del 
Oriente; el octavo las del Occidente; el noveno las Californias antigua y moderna; el décimo las costumbres 
mejicanas en todas sus partes comprensivas del reino de Guatemala: el undécimo las costumbres de los salvajes 
habitadores de la Costa Rica y Veragua al Sur y de las Californias al Norte; el duodécimo nuestras indagacio- 
nes físicas hechas sobre las orillas del mar Pacífico; el trece la costa y provincia de Campeche; el catorce la 
Nueva Orleans y Florida, con algunas nociones de Kentuki y de la Georgia; el quince los establecimientos 
ingleses de la costa de Honduras; el dieciseis, finalmente, el estado de la industria y población de todos los 
dominios nacionales, y como ya lo hemos manifestado en el capítulo primero, las trazas evidentes de la historia 
de la conquista y los indicios de lo que deben producir en una época determinada mancomunados como lo 
están en el día la naturaleza, la legislación y el sistema nacional, si puede llamarse así. 

No se extienden las reflexiones de este libro á los países más septentrionales del Nuevo Méjico, inclusas 
las costas de Fuca, Nutka y los países inmediatos á la Siberia, porque los individualizarán con más propiedad 
y extensión los Oficiales encargados de la redacción del viaje de las goletas Mexicana y Sutil al Estrecho de 
l'uca; y por lo que toca á una idea de la Isla de Habana y de las otras Antillas, el mismo orden de las ideas 
irá dictando si debe considerarse como útil ó como superfina. 


IV 



XXVI 


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


Las materias para este libro deben sacarse principalmente de las Cartas de Cortés, de la Historia de Cla- 
vijero y de los muchos manuscritos útiles del Archivo de Ayala. Los jesuítas y el Oidor honorario D. José 
Velazquez han descrito también con mucha ciencia y elegancia diferentes provincias de esc gran Imperio; 
v como desde la visita del Excmo. Sr. D. José de Calvez, y sus disposiciones sucesivas cuando fué Ministro, 
se hallan perfectamente sistemadas sus diferentes provincias, sea en cuanto á numeración de pueblos, vigor de 
las leyes, beneficio de las minas y cultura de los campos, como por lo que mira á los desembocaderos al 
mar y comunicación con la matriz de los productos útiles y necesarios; resulta que no es tan necesaria una 
confrontación nimia de estos elementos con las personas que la han administrado estos últimos años, tanto 
más que el voto íntegro y perspicaz de todos ellos puede considerarse reunido en una sola persona, y este es 
el Excmo. Sr. Conde de Revillagijcdo. A estos documentos agreganse todos los que hemos adquirido y van 
comprendidos en el paquete número 3. S11 mismo índice denota su importancia, y por lo que toca á las pro- 
vincias internas y costas de California, pueden considerarse extractados los mejores documentos en la 
Memoria que forme en aquel entonces y ahora acompaño igualmente con los papeles indicados. En nuestro 
plan todo el continente de la América, del cual so ha hecho mención hasta aquí, debía manifestarse por 
medio de cartas geográficas, las cuales separasen en primer lugar las posesiones nuestras de las extranjeras y 
entre aquéllas dividiesen aun á la vista del menos reflexivo, los países de misiones y los que habitan los 
pueblos salvajes, de los que siguen radicalmente y sin violencia nuestras costumbres, nuestra religión y nues- 
tras leyes. Esta separación, libre de todos aquellos nombres de pueblos y naciones errantes que sólo sirven 
para cansar la vista y la memoria del que quiere ocuparse en estas materias, y ceñida á la misma razón tan 
sólo por los puntos fortificados y residencia do Jefes, Gobernadores y Obispos, facilitaría el estudio cabal do 
nuestros dominios; y últimamente dictaría por sí solo cuáles son las Misiones que deben promoverse, cuáles 
los terrenos que pueden poblarse, dónde el colono podrá estar seguro sin más reunión que la de su familia, 
dónde necesitaría formar una sociedad numerosa para resistir á las hostilidades traidoras de los salvajes, 
cuáles son, en fin, los derechos territoriales de cada nación de las que han tomado parte en la posesión de la 
América: semejante empresa no está fuera del alcance ele nuestras fuerzas. I-láse adquirido y se van adquiriendo 
materiales importantísimos, pero de ninguna manera pudiéramos prometemos el llevarla á debido efecto, 
mientras D. Felipe Bauza, particularmente encargado de este ramo, no acabe el Atlas Hidrográfico, en el cual 
so halla hoy día totalmente ocupado. 

Este segundo libro será, por su naturaleza, mucho más entretenido y metódico que el primero. La unidad 
de Méjico y varias otras de las principales del Reino, llevan consigo el semblante de la opulencia, del orden 
y de las antiguas costumbres españolas. En las minas situadas aquí en terrenos menos altos y estériles que en 
el Perú, combinan para su labor y beneficio los brazos necesarios, la subsistencia fácil y los fondos inagota- 
bles; ábrense cada día nuevos objetos útiles en la agricultura, sea para el propio consumo ó para la expor- 
tación extranjera; y si bien á la inversa del Perú faltan aquí rios navegables que faciliten la comunicación 
■de uno á otro extremo del Reino, pueden considerarse como ventajas casi equivalentes la no mucha distancia 
de los dos mares, ia igualdad de los productos en todas sus partes, y el inmenso número do muías, cuya 
destrucción no es tan común por la mayor suavidad del suelo. Los mejicanos, bien sea por una agricultura 
mejor ordenada, ó por otras mil causas que ahora es importuno el indagar, se han prestado mucho más 
para mancomunarse con los conquistadores de lo que se hayan prestado los peruleros, de lo cual ha dima- 
nado, como era natural, ci que las leyes tengan más vigor; que la mano de obra sea más barata y periódica; 
finalmente, que en todas las empresas relativas á las industrias del suelo, pueda calcularse con la misma pro- 
babilidad con la cual se calcula en Europa. Saldrán, por consiguiente, muy luego á la vista del observador 
racional, los acopios inmensos de algodones que de las provincias meridionales pasan á tejerse á Puebla: 
las granas de Oaxaca, los añiles -y azúcares que ahora se multiplican con tanta rapidez y prosperidad. Las 
provincias de Yucatán y Campeche ofrecerán al paso tinte: la Nueva Orleans las maderas, y las mismas 
provincias septentrionales, aunque no bien sistemadas, contribuirán sin embargo, á la prosperidad y reunión 
de la Monarquía con aquellos productos, de los cuales no es capaz un país situado en la Zona Tórrida y en 
particular con la variedad y crecido número que únicamente pueden equilibrar en cierto modo nuestro co- 
mercio del Asia. 

Las Misiones en la América septentrional que ahora tenemos á la vista, no son tampoco por su misma 
posición, tan desordenadas como en la América meridional. Las hay tan sólo en los dos extremos del Sur y 
del Norte, poco útiles á la verdad, tanto hacia el Istmo de Panamá como hacia los pueblos rayanos de nues- 
tras provincias internas; pero que no seria, sin embargo, prudente el abandonar, así por prometer muchos 
y mejores efectos en ambas Californias, como porque son por naturaleza otras tantas guardias vigilantes sobre 
la mayor extensión de nuestros límites relativamente á las potencias rivales de la Europa, y la menor aproxi- 
mación do los salvajes á nuestras colonias ordenadas. Pero para los razonamientos más fundados del sistema 
político nacional, importa mucho el examinar filosóficamente aquellos países, y ver hasta dónde la naturaleza 
y la legislación han influido para llevarlas al estado en el cual se hallan hoy en día. Una atención particular 
no puede omitirse relativamente al examen, del cual ahora tratamos, y es el verdadero estado de las provin- 
cias de Sonora y Pinceria, del cual, si bien he procurado dar una idea cabal en la Memoria indicada de las 
provincias internas, la creo, sin embargo, más bien concisa cuando se trate do destruir definitivamente los 
conceptos errados que años há se habían formado de aquellos países, y que ahora pudieran conducirnos á 
consecuencias muy funestas cuando se tratase de establecer los límites del Imperio sobre las descripciones 
emprendidas. 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


XXVI r 


Pero ya es tiempo de pasar al tercero y último libro, el cual hablará de las posesiones españolas en 
Asia, esto es, de las Marianas y Filipinas. En esta parte, para el filósofo observador, la naturaleza no es menos 
entretenida que la segunda, y la sola Isla de Luzón, examinada por nosotros con bastante exactitud, es capaz 
de suministrar materiales fecundísimos parala instrucción nacional. Con la diferencia de pocas horas, puede 
conducirse al lector, atónito de la suma fertilidad de un suelo cultivado con todo el arte que pueda desearse» 
á unos bosques impenetrables y húmedos, donde el mismo sol no tiene cabida alguna. De unos pueblos civili- 
zados, tranquilos y el retrato de la docilidad del malayo y de su feliz multiplicación, á unas tribus errantes, 
montaraces y parecidas más bien á las fieras que á los hombres. Y de la suma sequedad á la lluvia casi 
continua de seis meses. 

La salubridad del clima de las Filipinas; su posición esencialmente útil para el comercio combinado de 
Asia con Ja Europa y la América; la misma facilidad con la cual allí se multiplica la especie humana por ma- 
nera que puedan surtirse fácilmente la navegación y las emigraciones periódicas en una Monarquía tan ex- 
tendida como la nuestra, han merecido ya en este siglo la atención y la envidia de las naciones comercian- 
tes y europeas, y exigen ahora de nuestra parte un examen reflexivo y dirigido del solo bien nacional. La 
nación malaya merece por sí el examen del filósofo. Propensa con extremo á la navegación, ha emigrado 
ella sola con más tino y facilidad que nuestros europeos, en cualquiera siglo se observe; propensa á la multipli- 
cación, ha adoptado los alimentos, los trajes y la legislación que más le convenían para este intento; tan 
apacible en las sementeras y en las chozas, como feroz en la guerra, se ha amoldado, sí, á nuestro sistema; 
pero al mismo tiempo ha modificado, para hacerlos llevaderos, los varios arbitrios que habíamos introducido 
en ambas Américas. Finalmente, del sumo grado de civilización con el cual se presentan en nuestras Filipi- 
nas, han podido pasar al sumo grado de rusticidad y libertad política, con el cual se presentan en las varías 
islas del Mar Pacífico, sin abandonar, sin embargo, su instinto primitivo: el de vivir subordinados, multiplicarse, 
trabajar para su sustento únicamente y llevar una vida alegre y divertida. 

No debe inferirse de las hostilidades y rencor que contra nuestros isleños esplayan los más meridionales 
de Borneo, Macasar, etc., que la especie no sea la misma de unos y otros. Las invasiones europeas; la tiranía 
codiciosa de los holandeses; nuestras guerras poco advertidas del siglo pasado en aquella parte del mundo; 
el mismo afán imprudente de introducir ia religión y á su sombra la violación de los derechos, son las verda- 
deras causas que han atizado y conservan aún esta guerra fatal, la cual nos despoja anualmente de seiscientos 
á ochocientos vasallos y nos hace malograr los inmensos productos de un crecido número de islas fértilísi- 
mas. No es arrojo el asegurar que hallado un arbitrio para que cesase esta guerra continua, la población de 
las Filipinas pudiera crecer inmensamente y subsanar, siquiera en parte, la destrucción periódica de hombres 
que la posesión de la América, y mucho más el beneficio de las minas, causan constantemente á nuestra Pe- 
nínsula. 

De lo dicho se infiere que la descripción física de las Islas Filipinas debía tratar con distinción en primer 
lugar del clima, posición y feracidad del suelo, y después de sus moradores y de las costumbres que los dis- 
tinguen, sea en cuanto á agricultura, industria y artes, como al idioma, música, vida doméstica y genio 
militar. 

No merecen menor atención las dos clases diferentes de pueblos que habitan los montes interiores de la 
Isla de Luzón, y son los ¡gorro tes y ios negrillos. Ocúpanse continuamente los misioneros en retraerlos de la 
vida brutal á la cual están entregados entre los bosques; pero la legislación, ó por mejor decir, aquella serie 
de órdenes que se lleva á debido efecto, se le opone directamente ; y así en este momento más bien hemos 
perdido que adelantado en esta parte esencial de nuestros pasos, ni es fácil conocer si disminuyendo el nú- 
mero de aquellos salvajes en razón del método con el cual viven, podemos esperar para las épocas venideras 
un día en el cual ó se destruyan enteramente ó se agreguen á nuestra sociedad los pueblos indicados. 

Las Islas Marianas, cuales son en el día, no suministran materiales para un examen tan detallado. Son cier- 
tamente falsas las ponderadas descripciones de su numerosa población al tiempo en que las conquistamos. 
Al contrario, no es en nada ponderada la descripción de su fertilidad; pueden considerarse como el límite 
de las Monzones que causan la fertilidad en los mares del Asia; hay, sin embargo, bastante humedad para 
que los frutos de la agricultura, incluso el beneficio de la azúcar, pudiesen sustentar un número grandísimo 
de habitadores, y su división en varias islas, fáciles á comunicarse una con otra, daría tal vez lugar á que la 
repartición de los ramos de industria fuese más metódica, como también la segregación de los díscolos, la 
introducción de los colonos emigrados de las Islas Carolinas, etc. Es á la verdad bien sensible que carezcan 
absolutamente de- puertos para un crecido número de buques. El pequeño puerto de Apra ó San Luis, apenas 
pudiera contener tres ó cuatro embarcaciones de no mucho porte; pero en desquite las radas de Húmala y 
Finían, son accesibles y seguras en casi todo el año. 

Después de las ideas indicadas de las Islas Marianas y Filipinas, era mi ánimo el presentar al lector un 
extracto juicioso de los productos y climas de las demás islas que ciñen el mar Pacífico por el Oeste. Son 
generalmente habitadas, ó por los malayos ó por los negros. Tal vez exigen alguna atención los habitadores 
de la Nueva Caledonia, Nueva Holanda y Nueva Zelanda, los cuales parecen derivar en su origen primitivo 
de otras castas distintas. 

Concluido aquí lo que se refiere al segundo tomo, es tiempo ya de pasar al tercero; esto es, al examen 
político de la América. Obra delicadísima, la cual exige tal vez mayor pulso y cautela de las que caben en mi 
método do tratar estas materias. Yo había comprendido que después de la inmensidad de proyectos que 
desdo la conquista so habían propuesto al Gobierno en diferentes tiempos, el proponer nuevas especies que 



xxvtii 


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


no variasen do aquel método hubiera sido cansado, inútil y tal v ez ofensivo para los depositarios del orden 
público, los cuales en el día vigilan más de cerca y con mayores conocimientos sobre la buena administra- 
ción de toda la Monarquía. Advertí en las diferentes épocas y en los diferentes países de la América que iba 
recorriendo, que el mal primitivo y la causa sola de nuestros desórdenes estribaba en la Constitución. Me 
convencía de esto mismo así al recorrer las historias políticas nacionales como al tener á la vista todos los 
asuntos relativos á la América que ocupaban hoy en día al Gobierno; ni á la verdad nuestro método de admi- 
nistrar aquellos dominios, podía llamarse rectamente una Constitución cuando atendiésemos las diferentes 
causas que desde los Reyes D. Fernando y Doña Isabel hasta nuestros días, ya hicieron de la América el teatro 
de mil hazañas de parte de nuestros conquistadores aventureros, ya separándola del Continente casi en el 
mismo modo en el cual estaba antes de descubrirse, la hicieron fácil presa ó de los piratas salteadores que 
por uno y otro mar la bloqueaban exteriormentc, ó de los que gobernaban en el país interior los indios y los 
colonos, ó ya, finalmente, en las últimas épocas variaron tantas veces el método de gobernarla y defenderla 
cuantos dieron cabida á los muchos proyectos que se presentaban para este intento. Confundiéronse indis- 
tintamente con el nombre de America los países desiertos de la parte meridional, las poblaciones colocadas 
sobre las cumbres más altas de los montes y la*s que gozaban del convenio y navegación de la orilla. Con- 
fundiéronse los países sugetos á nuestras leyes con los que habitaban los salvajes aún no domesticados; nues- 
tros enlaces territoriales con las potencias rivales europeas se hicieron cada día más oscuros y complicados; 
pretendióse aplicar al Reino de Méjico y :i las Filipinas lo que tal vez podía ser oportuno para las provin- 
cias de la Plata ó del Perú; finalmente, los pedriscos áridos y desiertos de las Malvinas y costa Patagónica 
y los miserables anfibios de la costa de Nutka, causaron á la nación conquistadora mayores gastos y ries- 
gos que los que tal vez le cansaron las tierras fértilísimas y las ciudades populosas del Reino de Méjico y las 
Filipinas. 

Este pequeño extracto de la historia nacional pedía mayor atención cuando lo refiriésemos al estado ac- 
tual de las cosas; aún ignorábamos los límites del Imperio. Un Virey proponía invadir lo que otro había 
abandonado; la utilidad del sistema religioso en las Misiones se confundía con su vida escandalosa en los 
pueblos grandes; ya se equivocaban los abusos con las causas y las causas con los electos; finalmente, no 
había cálculos ni medidas que alcanzasen á definir rectamente cuál era la influencia de las colonias sobre la 
matriz; cuáles los derechos legales de entrambas, cuál su utilidad recíproca, y cuál, finalmente, el efecto de 
una tan grande extensión de dominios sobre la felicidad individual y sobre la verdadera fuerza racional. 

Un desorden tamaño de ideas, remontaba naturalmente hasta las épocas de la conquista. Era menester de- 
cidir estas grandes cuestiones: si el descubrimiento de la América y los accidentes que de él han dimanado 
hasta el día. pueden considerarse como una felicidad para la España actual; y si atendidas todas las circuns- 
tancias de la Monarquía, y combinadas con el estado político de todo el globo, debe prometerse una grande 
prosperidad de la administración ó sistema nuevamente propuesto. Porque, Rmo. Padre, jamás podrá parecer 
plausible una reforma si no se demuestran evidentemente los males que dimanaran del sistema anterior; 
jamás podrá haber harmonía en las leyes y amor de toda la sociedad hacia ellas, si no comprenden los hom- 
bres reflexivos, ó su necesidad ó su utilidad. 

Esto supuesto, me parece que el tratado político proyectado debía tomar su origen á imitación del señor 
Roberston. del estado de España al tiempo del descubrimiento de la América. No se exigen aquí aquellas 
particularidades, propias tan sólo del historiador, que desmenuzan las épocas, los trances, el carácter de los 
sujetos, y cuanto conduce al conocimiento de las cosas pasadas. El político., parte donde acaba el historia- 
dor; el uno describe lo que ha acaecido en otras épocas; el olro, combinando lo pasado y lo presente, pasa 
á investigar y á dirigir con acierto lo venidero. Pero al mismo tiempo ocurríase una dificultad considerable, y 
era la de fijar con certeza el estado de opulencia en el cual se hallaba la Monarquía al tiempo de sus con- 
quistas ultramarinas. La famosa feria de Medina, lomada por nuestros escritores políticos como la piedra de 
toque de la antigua opulencia nacional, citándola toda por la sola autoridad de Sancho de Moneada, parecía 
después de un examen moderno sumamente equivocada, ó bien se consultasen los armamentos do Colón y 
Cortés en sus cartas al Emperador Carlos V, ó examinásemos las notas á las Ordenanzas de Marina del Reino 
de Aragón, copiadas y publicadas por D. Antonio Capmany ó recorriésemos, finalmente, con el escritor pers- 
picaz de la historia del Potosí, aquellos tiempos en los cuales Jacobo I, Rey de Aragón, ordenaba que nin- 
guno pudiese comer más de dos viandas, sin exceptuarse él mismo de esta ley. Fernando el Católico decía á 
su tío el Almirante de Castilla: «Quedaos á comer con Nos, que tenemos pollas.» Y el mismo, pidiéndole las 
Córtes de Castilla dejase entrar pimienta y canela que había empezado á venir de Portugal por la India, decía: 
«Excusemos esto, que buena especia es el ajo.» 

Siu*atreverme á penetrar ahora en lo más sagrado de nuestras historias nacionales y en la presente crítica 
con la cual deben interpretarse, diré, sin embargo, que merece suma atención esta materia para deducir con 
cordura del influjo del descubrimiento y gobernación de la América, sobre la prosperidad nacional. Ni nos 
alucinen ó las abultadas fábricas dc -Scgovia, ó los muchos telares de Sevilla y Granada. Tal vez no existieron, 
tal vez no alcanzaran en el estado de los telares de entonces, á vestir medianamente la sola Nación, cuando 
por otra parte los franceses, ingleses y moriscos, hallábanse aún en mayor pobreza que nosotros, y los italia- 
nos se abastecían por sí mismos de las ferias más opulentas de Alejandría. Demostrado que la Nación era 
pobre al tiempo de la conquista; que sus esfuerzos militares en la América no pudieron causar su despobla- 
ción y debilidad; que después de la expulsión de los moriscos, ni siquiera las guerras de Flandes é Italia 
pueden compararse en cuanto á destrucción á las guerras civiles de Inglaterra, Francia c Italia; es preciso, 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


XXIX 


finalmente, indagar una causa de la cual dimane rectamente la despoblación, la pobreza y el desorden natu- 
ral de España; y esta causa no es otra, en mi entender, que la posesión ilimitada y la gobernación desorde- 
nada de America. 

Pero sería el dar una extensión enfadosa á estos apuntes, si quisiese analizar uno por uno los diferentes 
razonamientos que me han guiado en esta senda oscura, para desenvolver los inconvenientes políticos de la 
posesión de nuestras colonias y los remedios que presentan sus circunstancias. En un momento en el cual 
todos los lazos del órden social se han examinado separadamente y unidos entre sí; en un momento en el 
cual so han traído á la práctica todos los abusos dictados por el demasiado abandono do los metafísicos á sus 
imaginaciones exaltadas, no será tal vez difícil el demostrar que el sistema de las colonias, de quien dimana 
el sistema mercantil, ha sido y será el origen de muchos males que agobian á la Europa en el día. Con esta 
atención, me ha parecido, pues, más oportuno el ordenar también esta parte de la obra en los capítulos siguien- 
tes, los cuales abrazan ó el todo ó el mayor número de los objetos que deben tenerse á la vista en el tratado 
propuesto. Sírvase V. S. recorrerlos con alguna atención y seguirme después en las reflexiones importantes que 
de allí mismo deben dimanar. 


TOMO III 

Examen político de los dominios ultramarinos de España . 

Introducción 

Capitulo i." Se analiza el verdadero estado de la opulencia nacional al tiempo de la conquista de 
América. 

2. 0 Se hace un resumen do las emigraciones que ha causado á la matriz su posesión. Inconvenientes del 
sistema militar; esto es decir, pocas mujeres y muchos célibes. 

3. 0 Se examinan las costumbres políticamente y su influjo natural, sobre el no regresar los empleados ó 
emigrados nuevamente á España. Util efecto en esta parte del comercio libre. 

4. 0 Correspondencia de los diferentes periodos de la historia nacional en América y en Europa, y órdenes 
Reales para que procuren beneficiar en la nueva España la seda y el cáñamo, y en los reinos de Murcia y 
Valencia el añil y grana. 

5. 0 Análisis del sistema nacional de las minas. Historia del valor de los metales ricos en América, en 
Europa y cu el Asia, desde la conquista hasta ahora. Por qué á medida de haber crecido el producto de las 
minas, ha crecido la introducción del papel moneda. Discusión sobre la libertad de la introducción del azogue 
é historia de los contratos y abastos de este metal desde Europa, América y Asia. 

6.° Análisis del sistema de emigración y agricultura americana. 

7. 0 Influjo de entrambos sistemas en la legislación y administración de las rentas de América. 

8.° Idem en la administración religiosa. 

9. 0 Idem en el sistema militar de mar y tierra para su custodia y defensa. 

10. Retroacción de estas causas en el sistema nacional del Continente y amalgama viciosísima de los in- 
tereses recíprocos de éste y de las colonias. 

11. Estado político déla Europa en la época actual y principios sociales á que propende. 


Libro primero 

Examen político del continente meridional de la América , desde el Istmo de Panamá hasta el Cabo de Hornos . 

Capitulo i.° Porqué toda esta parte extensísima de la América, debe, como en las primeras épocas de la 
conquista, formar una sola gobernación. Distinción en ella de los países agrícolas y de las minas. 

2. 0 Enlaces y reunión recíproca de los diferentes países que componen esta región, sus productos y sus ne- 
cesidades. Sus relaciones con el Continente antiguo y sus enemigos internos y externos. 

3. 0 Sistema de legislación que rige cu el día; sus contradicciones y su debilidad. 

4 -° Método para su sistema militar, relativo á las invasiones externas. 

5. 0 Método para su sistema de agricultura, comercio y población. 

C.° Colocación de las diferentes autoridades y medios para evitar ios choques entre unas y otras. 

7. 0 E11 qué puede contribuir al bien general de la Monarquía y cuáles son sus derechos para que ésta sea 
garante de su conservación territorial. 

9. 0 Sistema relativo á las colonias del Brasil. 

10. Idem d las colonias de Orinoco y Guayana. 

11. Sistema de las Misiones y reforma del estado eclesiástico. 

12. Subsistencia de la parte correspondiente de la Armada. 

13. Determinación de nuestros límites y su ratificación con las potencias de la Europa. 





INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


Libro segundo 

Examen de la America septentrional desde el Istmo de Panamá hasta las f ronteras del Norte. 

Capitulo i.° Estado de las minasen el reino de Méjico, en las provincias internas y en el reino de 
Guatemala y Tierra Firme en el Sur. 

2.° Estado de su agricultura y productos de industria. 

3. 0 En qué necesita la América septentrional española el auxilio de las demás partes constituyentes de la 
Monarquía para su prosperidad interna. 

4. 0 Utilidad de las reformas del señor Marqués de Señora. 

5.° Su sistema de comercio. 

(i.° Su sistema de misiones. 

7. 0 Enemigos externos é internos con los cuales debe lidiar. 

8.° So examina particularmente la invasión inglesa del reino de Nicaragua. 

9.0 Límites con los Estados-Unidos de la América, determinación de nuestra frontera del Norte y su rati- 
ficación con las potencias de Europa 

10. Subsistencias de la parte correspondiente de América. 

11. Sistema económico y militar de esta parte de la Monarquía. 

12. Hasta dónde puede contribuir á la prosperidad nacional y cuáles son los enlaces suyos con la matriz. 

13. Sistema de legislación que rige en el día y sus inconvenientes y debilidad. 

14. Nueva colocación de las diferentes autoridades y medios de evitar sus choques, 
rs- Enlaces de esta parte de! mundo con el Asia. 

16. Emigración de la China sustituida á la de los negros. 


Libro tercero 

Sobre los establecimientos nacionales de las Filipinas y Marianas. 


Capitulo i.° Cuál es la utilidad de las Marianas y bajo do qué sistema deben conservarse. Emigración 
de la China y de las Carolinas á su favor. Emigración, causa y gubernativa de los europeos y filipinos. 

2. a Proyectos actuales de agricultura en la Isla de Luzón. 

3. 0 Despoblación y poca seguridad de las demás Islas Filipinas. 

4. 0 Causas de esta despoblación y método de atajar estas irrupciones de los solvanos y mindanaos. 

5. ° Sobre la civilización de los igorrotes y negrillos de la Isla de Luzón. 

6. " Sobre la conservación de los presidios de Batanes y Mindanao. 

7. a Estado de las naciones europeas en el Asia y sus conexiones con las Filipinas. 

8. ° Sistema nuestro de defensa en el Asia. 

9. ° .Sistema nuestro militar para hostilizar. 

10. Comercio de la Europa con la China y utilidad de hacerlo discreto con la América. 

11. Manutención en las Filipinas de la parte correspondiente á la Armada. 

12. Sistema religioso en las Islas Filipinas. 

13. Utilidad que pueden rendir dichas Islas al total de la Monarquía y sus derechos para ser defendidas. 

14. Sistema de gobierno y residencias de los diferentes depositarios de la autoridad pública. 


Conclusión 

Capitulo i.o Resulta de la naturaleza de los principios sentados, que el Código antiguo de la legislación 
de América no puede subsistir, y que en el nuevo deben atenderse las circunstancias de cada una de las tres 
partes indicadas, por manera que la legislación de la una no se aplique á las otras. 

2. 0 Unidad del sistema religioso y del militar con la matriz. 

3. 0 Grandes franquicias de navegación, industria, comercio y agricultura. 

4. 0 Indiferencia á favor de las minas. 

5. 0 Influencia de la posesión de la América en la población y costumbres de la España. Emigración, edu- 
cación, holgazanería; ningún amor á la patria, inconstancia y debilidad de las leyes. Idea errada de las rique- 
zas. Efecto de la circulación violenta de la plata. 

6.° Se propone un sistema de comercio para la América, que sea útil, mas nunca pueda ser pernicioso á 
nuestro continente. 

7 -° Idea de un puerto franco en España para el comercio extranjero con la América. 



INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 


xxxr 


S.° Reflexiones sobre el impuesto de nuestro continente. 

9.0 Derechos recíprocos de la matriz 3' de las colonias. 

10. Emancipación moderada de las colonias y prosperidad y fuerza respectiva de la matriz. 

11. Unión legal de toda la Monarquía. 

Dos reflexiones de la mayor entidad son las que nos vienen al encuentro después de la difusa enumeración 
que precede; la primera, si efectivamente el tratar de la emancipación de las colonias divididas en tos tres 
grandes trozos ó confederaciones que se han indicado, es una proposición en realidad tan odiosa y temible 
cual lo parece á primera vista; la segunda, si el tratado propuesto puede ó debe sin riesgo alguno ser público 
para toda la Nación y aun para las demás naciones, ó émulas ó superiores á nosotros en fuerzas. 

En cuanto ¿ lo primero, dice lisa y llanamente que en todos tiempos, desde la conquista, y mucho más en 
el día, tanto los empleados en América por parte de S. M.. como las mismas colonias, han sido árbitras de 
eludir cualesquiera órdenes que se opusiesen directamente á sus intereses. Pocas veces con la violencia, de la 
cual, sin embargo, hay ejemplos impunes en ambas Américas y en las Filipinas, y por lo común con el soborno 
han triunfado siempre de las trabas de la legislación, y bastaría alegar á favor de lo que aquí se asienta, casi 
todos los artículos de nuestras leyes, casi todos los asuntos ocurridos ó pendientes en el Consejo de las Indias 
y en la vía reservada para demostrar que en el mismo choque de las autoridades y de la misma idea equivo- 
cada que acá se recibe de todos los negocios de allende, dimanan por una reacción natural la inutilidad de 
las órdenes, la ninguna responsabilidad en quien manda y en quien obedece, y últimamente todos los síntomas, 
aunque solapados, de una anarquía incurable. 

Lejos de mí aquellas ideas de libertad y de independencia que, sacrificando el bien público permanente 
al egoísmo momentáneo y por lo común engañoso, sólo conspiran á subvertir el orden de 1a sociedad y á 
hacer de los hombres mansos y apacibles unas fieras capaces do devorarse unos á otros. Pero tampoco se 
conciba la menor esperanza de que países sumamente distantes y que no tienen entre sí la menor conexión, 
pueden sacrificarse uno por otro, ó bien en el libre albedrío de sus conveniencias ó en el abandono generoso 
de sus hogares y de su vida doméstica. 

Hay, empero, una grande conveniencia en la reunión política de las sociedades numerosas y es la mayor 
facilidad para resistir á los enemigos externos; con tal que el suelo que se defiende sea proporcionado al 
número de defensores; con tal que la ofensa de un solo individuo de la sociedad sea trascendental á los de- 
más; con tal, finalmente, que las fuerzas de todo sean proporcionadas á las del ofensor, estos reparos demues- 
tran con evidencia que si bien no sea justo ni útil el desmembrar la Monarquía, es sin embargo preciso el 
templarla de tal modo, que dividida en cuanto á sus intereses y gobernación interiores, sólo se halle reunida 
en un solo centro, cuando se trate ó de los grandes esfuerzos nacionales, ó de aquella equidad intrínsica que 
excluyendo los monopolios y trabas, sólo se dirige á la mayor comodidad, tranquilidad y seguridad de sus 
individuos. 

Este es el sistema de la Inglaterra, la cual, después de las lecciones recibidas en la América septentrio- 
nal ha emancipado la Irlanda, y apenas conquistada la Córcega, la ha mirado como parte integrante del Es- 
tado y 110 como una colonia ó una conquista. Así en la antigua dominación de la España, la Flandcs, el 
Portugal y la Italia, no dependían de ella sino en la parte militar; así, finalmente, hoy en día la nueva Consti- 
tución francesa ha acomunado los derechos de la sociedad á todas las partes dei mundo y á todas las castas 
que quisieren agregarse. Nosotros mismos (si recorriésemos con alguna atención nuestras leyes), no vería- 
mos acaso los derechos concedidos do comunidad á todas las ciudades populosas de la América, los fueros 
de ciudadanos ratificados mil veces á los peruleros, mejicanos y filipinos; los tratados solemnes que nos 
reúnen á todos en una sola masa, la misma inmunidad y derecho de radicarse, concedidos con tanta justi- 
cia como necesidad á los negros. Y, en fin, si después de reconocido el suelo tan feraz de nuestras Américas 
y comparada su despoblación actual, tanto con el Africa como con las islas fértilísimas del Asia que bajo 
de un mismo clima alimentan un número grandísimo do hombres, puede aún creerse que tengan remedio los 
males políticos de aquella parte del mundo por los medios adoptados desde la conquista: siga enhorabuena 
nuestra Constitución; y la despoblación, la debilidad y la independencia solapada de nuestras colonias, sean 
los únicos garantes de aquella paz interior que con tanta razón anhelamos. 

Sobre la necesidad de hacer públicos estos razonamientos cuando hubiesen merecido la sanción de S. M. 
y de sus Ministros, ya 110 es preciso insistir mucho. Cuando ol sistema de gobierno no es público y cons- 
tante, cada uno, alegando ó la ignorancia ó el no accederá ello, es inocente si conspira á violarlo en aquella 
sola parte que se refiere á sí mismo. No así- cuando todos son sabedores de lo que por su parte deben hacer 
cuando cuentan con la estabilidad de las medidas tomadas con las razones que las apoyaron ai tiempo do 
adoptarlas y con las circunstancias que pueden en un tiempo hacer tan útil una reforma como antes hubiera 
sido perniciosa... Pero me es preciso dejar la pluma. Recibo en este momento una orden de S. M. que aprueba 
el plan propuesto últimamente por V. P., y se reduce á tratar estas materias con reserva y separadamente las 
unas de las otras. Por mi parte coadyuvaré en cuanto pueda á este mismo plan, y ojalá deriven de él todos 
bienes y felicidades que he deseado constantemente á la Monarquía y á la Nación que me adoptó por suyo. 

Concluyo, pues, ofreciéndome de nuevo á las órdenes de V. P. Rma., cuya vida ruego á Dios guarde por 
muchos años.=Madrid, á 3 do Octubre de 1795. 



Biblioteca Nacional de España 



De cómo tuvo origen el viaje de las corbetas 
Descubierta y Atrevida. 


PLAN de un viaje científico y político alrededor del mundo , remitido al Exorno. Señor 
Bailio D. Antonio Valdés , Ministro de Marina, por los Capitanes de fragata 
D. Alejandro Malaspina y D. José Bustamantc. 


Excmo. Sr.: Desde veinte años á esta parte, las dos naciones inglesa y francesa, con una noble 
emulación, han emprendido estos viajes, en los cuales la navegación, la Geografía y la humanidad 
misma han hecho muy rápidos progresos: la historia de la sociedad se ha cimentado sobre investi- 
gaciones más generales; se ha enriquecido la Historia Natural con un número casi infinito de descu- 
brimientos: finalmente, la conservación del hombre en diferentes climas, en travesías dilatadas y 
entre unas tareas y riesgos casi increíbles, ha sido la requisición más interesante que ha hecho la 
navegación. 

Al cumplimiento de estos objetos se dirige particularmente el viaje que se propone; y esta 
parte, que puede llamarse la parte científica, se hará con mucho acierto, siguiendo las trazas de 
los Sres. Cook y la Pérouse. 

Pero un viaje hecho por navegantes españoles debe precisamente implicar otros dos objetos: 
el uno es la construcción de cartas hidrográficas para las regiones más remotas de la América, y 
de derroteros que puedan guiar con acierto la poca experta navegación mercantil: y la otra la inves- 
tigación del estado político de la América, así relativamente á España como á las naciones ex- 
tranjeras. 

El estado del comercio de cada provincia ó reino por sus productos naturales ó artefactos; su 
facilidad, dificultad para resistir una invasión enemiga ó suministrar fuerzas para intentarla con- 
tra los mismos enemigos; la situación de los puertos más conducentes á facilitar el comercio recí- 
proco; finalmente, los interesantes ramos de construcción ó productos navales, serán otros tantos 
puntos cuya investigación, causa y secreto no será inútil al Estado; tanto más que procurará nive- 
larse á diferentes axiomas políticos sobre la prosperidad nacional, cuya admisión ó repulsa depen- 
derá de antemano de jueces respetables que hayan de examinar estas tareas; deberán por consi- 
guiente quedar divididas en dos partes: la una pública, que comprenderá además del posible acopio 
de curiosidades para el Real Gabinete y Jardín Botánico, toda la parte geográfica é histórica; la 
otra reservada, que se dirigirá á las especulaciones políticas ya indicadas, y en las cuales, si el Go- 
bierno lo hallase conveniente, podrá comprenderse el establecimiento ruso de California y los In- 
gleses de Bahía Botánica y Liqueyos; puntos todos interesantes, así para las combinaciones de co- 
mercio como de hostilidad. 

La Real Armada podrá suministrar todos los sugetos para esta Comisión, menos los dos botá- 
nicos ó naturalistas y los dos dibujantes de perspectiva, que será posible y áun fácil hallar en Ma- 
drid voluntarios. En cuanto á la clase de buques y calidad de armamento, podrán fácilmente combi- 
narse los tres principales objetos de seguridad, comodidad y economía; el armamento de cada uno 
de los dos buques necesarios se reducirá próximamente á unos cien hombres. El detall, así de cada 
clase como de los aparejos, repartición interior, calidad y número de embarcaciones menores y per- 
trechos, y finalmente, cantidad y calidad de víveres, es demasiado prolijo para exponerse en esta 
ocasión; además, que no puede determinarse con precisión hasta que S. M. no tuviese á bien pre- 
fijar los límites de la expedición propuesta. 



2 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


El plan siguiente pudiera ocupar próximamente el espacio de tres años y medio, á empezarse 
desde i.° de Julio de 1789, época en la cual pudieran salir las dos embarcaciones, si S. M., dig- 
nándose aprobar desde ahora lo propuesto, ó en un todo ó modificado, diese unos ocho meses de 
tiempo á los que han de ejecutarla, así para el acopio de todos los materiales precisos, como para 
los estudios preliminares, y principalmente el ejercicio de la astronomía práctica. 

Las dos corbetas saldrán de Cádiz en i.° de Julio de 1789 y se dirigirán á Montevideo, en 
donde se hará nuevo arreglo de relojes, las posibles observaciones astronómicas y todas las inda- 
gaciones de Historia Natural. Se adquirirán allí también varias clases de víveres para la manuten- 
ción sucesiva de las tripulaciones, como para las experiencias que han de hacerse: desde este puerto 
se reconocerán las Malvinas, y si el Gobierno lo hallase prudente, la bahía del Buen Suceso, en el 
Estrecho Le Maire; pues que parece ya evidente que este pasaje será la escala más cómoda y más 
barata para la navegación del Cabo de Hornos. Desde la bahía del Buen Suceso se hará derrota 
á montar el Cabo de Hornos: se procurará reconocer el Cabo Victoria y alguna Tierra del Archi- 
piélago de Chonos; finalmente, se fondeará en Chiloé, lo que podrá verificarse hacia fines del año 
de 89. Todo el año de 1790 se empleará en las costas occidentales de América, desde Chiloé 
hasta San Blas. Procurará simplificarse la navegación desde Guayaquil, Acapulco, etc., hasta 
Lima. Se buscarán las Islas del Gallego, y desde Acapulco se hará una excursión á Méjico. 

El reconocimiento de las Islas Sandwich ocupará los primeros tres meses del año 1791:. Luégo 
se costeará la California, se seguirá al Norte, entre el Asia y la América, hasta donde lo permitan 
las nieves, y hecha escala en el Iíamsckatka (si el Gobierno lo tuviese á bien), se seguirá al Can- 
tón para vender las pieles de nutria en favor de las marinerías. 

La salida de este puerto tendrá, pues, lugar hacia Octubre ó Noviembre de 1791. Se aprovecha- 
rá esta Estación para reconocer los Cabos Bogeador y Engaño, en la contra-costa de Luzón; luégo 
se pasará á Marianas, y desde allí se trabajará prolijamente la carta de la navegación por el Estre- 
cho de San Bernardino hasta Manila. 

Desde esta capital se hará derrota al reconocimiento de Mindanao, y después á pasar entre 
Celebes y Molucas, y pasando al N. de la Nueva Holanda, desembocar en el Océano índico. 

Costeada toda la parte occidental de la Nueva Holanda, se hará derrota (hacia Marzo de 92) á la 
Bahía Botánica; se visitarán luégo las Islas de los Amigos y de la Sociedad, y hacia Octubre ó No- 
viembre la Nueva Zelanda, de donde finalmente se hará rumbo al Sur, para después navegar al 
Noroeste, y ya montada la Nueva Holanda, entrar en derrota para el Cabo de Buena Esperanza, y 
de allí regresar á Europa en Abril ó Mayo de 1793. 

Los Capitanes de fragata D. Alejandro Malaspina y D. José Bustamante y Guerra, deseosos 
de emplear todas sus faenas en el servicio del Estado, se ofrecen á la ejecución de este plan, lison- 
jeándose que concurrirán á dirigirlos para el maj-or acierto, no sólo la ilustración y penetración 
del Gobierno, sino también cuantas noticias puedan facilitar los particulares, así del Continente 
nuestro como de todas las Américas. E11 cuanto á los subalternos, la especie de Comisión exige que 
sean todos voluntarios y que se conozcan recíprocamente, así por lo que toca á robustez como á 
capacidad. —Isla de León, ro de Setiembre de 178S. 


De la pronta y categórica contestación de un gran Ministro á un brillante Oficial, 
aceptando su ofrecimiento de dar la. vuelta al mundo con dos buques: oficio modelo 
de sobriedad, previsión , sencillez y sentido práctico. 


«Ha merecido la aceptación del Rey el proyecto de dar la vuelta al mundo en los términos que 
propone Vm. en carta de ro de Setiembre último; y queriendo S. M. que se lleve á efecto y que 
para ello quede Vm. relevado de la tenencia de la compañía de Guardias Marinas de esc Departa- 
mento de Cádiz*, como así lo prevengo al Capitán Comandante de este cuerpo para que pueda Vm. 
desde ahora dedicarse como desee á las ilustraciones y preparaciones que necesita para desempe- 
ñar con el fruto que ofrece esta Comisión, lo prevengo á Vm. para su gobierno; y también, que 
en et concepto de que así en buques (los quz Vm. elija), sus aparejos, respetos y víveres, como 
en oficialidad, pilotos, tropa y marinería ha de aprontarse esta expedición cí entera satisfacción- 
de Vm., medite y proponga sobre estos puntos y demás que comprende el proyecto cuanto nece- 
site, á fin de que dándose las correspondientes órdenes se apronte iodo como Vm. lo considere más 




CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


3 

conveniente á su mejor desempeño. Dios guarde á Vm. muchos años. = San Lorenzo, 14 de Octu- 
bre de 1788.=: lAt/íñls. = Sr. D. Alejandro Malaspina, Isla de León.» 


Recomienda el Ministro que los Oficiales elegidos para la expedición guarden reserva hasta 

el momento oportuno. 


«Conformándose el Rey con lo que Vm. propone en su carta del 21 del comente como consecuente 
á la aprobación de S. M. que mereció su proyecto, me manda decir á Vm. que encargue á todos los 
Oficiales con quien trate, solamente de los puntos que cita, la reserva, pues el que á faltare ella no 
irá al destino y merecerá el desagrado de S. M. Participólo á Vm. de su Real orden para su inte- 
ligencia y cumplimiento. Dios guarde á Vm. muchos años. — San Lorenzo, 28 de Octubre de 1788.= 
Valdés. = Sr. D. Alejandro Malaspina.» 


Pide Malaspina que se construyan dos corbetas expresamente para el viaje , y el Ministro 
se defiende del gasto, mandando hacer una y reformar otra de buenas condiciones. 


«Conformándose el Rey sobre la elección de buques y pertrechos que Vm. ha hecho en vista del 
reconocimiento que ha practicado en la Marina Real y mercante, ha resuelto S. M. que de la bom- 
barda Santa Rosa de Lima se saque partido para corbeta, y se construya ahí otra según acuerdo 
del Ingeniero Comandante D. Tomás Muñoz, con los que hayan de navegaría; lo que participo 
á Vm. de orden de S. M. á fin de que trate con Muñoz sobre el expresado asunto para que se veri- 
fique en términos que se consigan las ventajas que Vm. manifiesta. Dios guarde á Vm. muchos 
años.=San Lorenzo, 17 de Noviembre de 1788. = Valdés . = Sr . D. Alejandro Malaspina.» 


El Ministro se ralijica en la -misma decisión. 


«Los asuntos de la comisión de que está Vm. encargado, así relativos á Marina como al Minis- 
terio de Indias, ha de tratarlos Vm. por aquél, pues yo les daré el giro que á cada uno corresponda; 
pero ha de procurar dividir con claridad las materias, por ser método conforme á la más fácil ex- 
pedición. Lo que advierto á Vm. para su gobierno en respuesta de su carta de 21 del que sigue; 
previniéndole al mismo tiempo no haber convenido el Rey en la construcción de otra corbeta á más 
de la mandada fabricar, respecto de ser la Santa Rosa un buque apropósito para la expedición pro- 
yectada y como tal elegido por Vm., cuya vida guarde Dios muchos años.^San Lorenzo, 28 de 
Noviembre de 1788. = Fíí/d<;s. = Sr. D. Alejandro Malaspina, Isla de León.» 


Pero Malaspina no se conforma con buque viejo ó insiste en que se deben construir las dos 
corbetas. El sabio Almirante comprende , sin duda, que él solicitaría lo mismo cu caso 
equivalente y vuelve sobre su acuerdo de buena voluntad. 


«Sin embargo de tener el Rey resuelta la habilitación de la bombarda Santa Rosa para la ex- 
pedición á que está Vm. destinado, mediante á haberla considerado apropósito para el objeto; no 
queriendo S. M. escasear á Vm. ninguno de los medios que puedan conducir al completo logro de 
los fines á que ha de dirigirse el viaje; se ha servido condescender á la solicitud de Vm. de que se 


4 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


construya otra nueva corbeta, en virtud de lo cual comunico con esta fecha la correspondiente 
Real orden al Capitán General de la Armada para que disponga su fábrica con exacta igualdad á 
la mandada construir con acuerdo de Vm., cuya vida guarde Dios muchos años.=Maclrid, 9 de 
Diciembre de 1788. — Val-des. = Sr. D. Alejandro Malaspina.» 


Concede el Ministro d Malaspina que elija d su gusto hasta el último marinero de las 

tripulaciones. 


«En efecto, la tripulación de los buques que han de hacer el viaje confiado á Vm. deberá com- 
ponerse de marineros de entera satisfacción, así por su conducta como por su robustez, habi- 
lidad, etc., según expresa Vm. en su carta de 7 del pasado; y para que pueda juntarse con la con- 
veniente anticipación la gente necesaria, me dirá Vm. el número de la que haya de destinarse de 
las provincias de Galicia, Asturias y Montaña, indicando al mismo tiempo las circunstancias que 
han de concurrir en ella, á fin de expedir en consecuencia las órdenes que correspondan. Dios guarde 
á Vm. muchos años.=Madrid, 9 de Diciembre de 1788. — Fatá¿s. = Sr. D. Alejandro Malaspina.» 


Donde se vé que el Ministro , con exquisito tacto , rechaza ciertas innovaciones y acepta otras 
que sobre la policía de d bordo propone Malaspina , llevado del mejor deseo (i). 


«Se ha enterado el Rey de cuanto Vm. tiene expuesto en cartas de 9 y 16 del que rige, y á con- 
secuencia se ha servido S. M. resolver lo siguiente: 

La dotación de cada corbeta se compondrá del número de individuos que Vm. ha propuesto 
con aumento de Contador y Despensero; pues ni á los Oficiales conviene distraerlos de su primor- 
dial objeto recargándolos con las funciones de aquél, ni puede suprimirse éste, tan necesario para 
el arreglo, cuidado y distribución de los víveres; y como el primero puede contribuir también al 
desempeño de los objetos de la comisión, prevengo á ese Intendente elija en dicha clase los dos 
sugetos que le parezcan más apropósito, así por su robustez y aplicación como por su instrucción 
y buenos modales, procediendo en esto de acuerdo con Vm., quien indicará al mismo Intendente los 
dos individuos que le acomodase llevar por despenseros. 

Los sueldos han de graduarse desde el día de la salida de la expedición de esc puerto, hasta el 
de su regreso, por el Reglamento determinado para la mar del Sur: además se abonará á la tripu- 
lación el importe de vino; y queda á la consideración de S. M. el premiar á cada uno con gratifi- 
caciones correspondientes al mérito que contraiga. 

La reducción del número de criados, aunque será muy conveniente, ha de hacerse por convenio 
entre Vm. y el Comandante de la otra corbeta con sus respectivos Oficiales, pues como interesa- 
dos todos en la mayor comodidad, acordarán lo conveniente; bien entendido, que cualquiera que sea 
el número que se determinase, se librarán los salarios por completo. 

En cuanto á las funciones de cada uno á bordo, nada hay que prevenir respecto á las que deter- 
mina la Ordenanza; así como declara las facultades de los Comandantes para el establecimiento 
del mejor servicio, orden y policía á bordo de los bageles: bajo este supuesto, podrá Vm. arreglar 
sus disposiciones según le pareciere conducente, empleando á cada uno sin sujeción á antigüedad 
ni escala en los encargos que mejor pueda desempeñar; pero caminando en el concepto de que el 
Detall ha de llevarlo el primer Teniente del navio, y del de que si bien el Guardia Marina deberá 
instruirse como marinero y Piloto, no ha de alternar con ellos en el servicio; pues ha de hacerlo 
con la distinción que la misma Ordenanza le concede, alojándose después del Contador y abonán- 
dose á Vm. por él la gratificación de mesa por entero. 

Tampoco al Capellán y Cirujano puede precisárseles á más trabajo que el de sus obligaciones 
respectivas: pero como quiera que ha- de ser de elección de Vm., no le será difícil encontrar sugetos que 


(x) Los argumentos de Malaspina sobre este punto véanse en las Instrucciones que da á Bustamante. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


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puedan contribuir á los fines del viaje prestándose á la ejecución de los encargos que Vm. les co- 
metiese; cuyo mérito les será recomendable. El segundo, como igualmente el primer Piloto, se 
alojarán después del primero y tendrán gratificación de mesa. 

Respecto de que los Oficiales de mar han de ser de la confianza y elección de Vm. adquiriendo 
informes de los Departamentos, me indicará los que le pareciese apropósito para providenciar su destino . 

Mediante á que no hay razón de utilidad en la sustitución del título de Oficiales de mar con el 
de Oficiales de segundo orden, ni en el de mozos de carpintero y calafate con el de ayudantes de 
los mismos, no deberá introducirse esta novedad en la actual práctica. 

Como podrá ser muy necesario en el discurso de la campaña el servicio de los buzos y no será 
muy fácil hallar artilleros de mar que lo sean, podrá Vm. elegir dos de los de ese Arsenal que tam- 
bién puedan desempeñar las funciones de Cabos de guardia en el servicio ordinario: por esto, además 
del sueldo, se les dará en cada faena extraordinaria una gratificación proporcionada á lo que en ella 
hayan trabajado, llevando Vm. una cuenta exacta y circunstanciada para rendirla á su regreso. 

Aunque los individuos de Maestranza no deben, según está mandado, percibir estipendio alguno 
por los trabajos de su oficio que ejecuten en el buque de su destino, y sólo el medio jornal cuando 
vayan destinados á otros, les determinará Vm. las gratificaciones que le pareciere en las ocasio- 
nes extraordinarias que se ofrezcan, ejecutando lo propio con las demás clases siempre que hagan 
algún distinguido mérito é individualizando el motivo en la indicada cuenta. 

Conforme Vm. lo solicita, comunico al Capitán General de Ferrol la conveniente Real orden 
para que el Teniente de navio D. Antonio Toba Arredondo elija de la marinería de aquel Arsenal 
la que considere apropósito para el viaje, y que si aquella no la contemplase apropósito, lo manifieste 
al General para que, oficiando con el Intendente, se traiga de las provincias con las circunstancias 
que Vm. insinúa. 

Desde que quede elegida esta marinería, cuya conducción á ese puerto se encargará al mismo 
Oficial, disfrutará su sueldo de Europa, y antes de salir para el viaje será socorrida, como el 
resto de la dotación de los buques, con cuatro pagas de anticipación; y durante la campaña podrá 
todo el que la ejecutase dejar la mitad de su sueldo por asignación de su familia. 

Todo lo cual advierto á Vm. para su inteligencia y gobierno. Dios guarde á Vm. muchos 
años. = Madrid, 30 de Diciembre de i788. = KrtWcs.=Sr. D. Alejandro Malaspina.» 


De cómo ¿os documentos del Archivo de Indias y de otros Archivos saldrán al encuentro 
de Malaspina merced á una orden del ilustre General, para quien todo lo que es 

provechoso le parece conveniente. 


«Se franquearán los documentos que Vm. pide del Archivo de Indias al Teniente de navio Don 
José Espinosa, y comunicaré al Virey de Lima la correspondiente Real orden para que remita á 
Chibé los que desea Vm. encontrar á su llegada; pero no podrá hallarlos en Buenos Aires por 
falta de tiempo para su oportuno envío. Adviértolo á Vm. para su gobierno, en contestación á sus 
dos cartas de 23 del pasado. Dios guarde á Vm. muchos años. = Madrid, G de Enero de 1789.= 
Valdés.— Sr. D. Alejandro Malaspina.» 


El gran Ministro aprueba en absoluto el plan de operaciones propuesto por su subalterno. 
De éste será, pues, toda la gloria y toda la responsabilidad. Obtuvo cuanto quiso, para 
asegurar el éxito. Valdés y Malaspina eran dignos uno del otro. 


«Ha visto el Rey, y se ha servido aprobar, el plan de operaciones que Vm., según indica en 
carta de 23 del pasado, se ha propuesto para el primer año de su campaña, y lo aviso á Vm. para 
su inteligencia y gobierno. Dios guarde á Vm. muchos años. — Madrid, 6 de Enero de 1789.= 
Valdés. — Sr, D. Alejandro Malaspina.» 



CARTAS que escribió el Capitán de fragata D. Alejandro 
Malaspina al Teniente General de la Armada D, Antonio 
Ulloa , solicitando de su sabiduría algunos consejos . 


“ Exorno . Sr. D. Antonio Ulloa: 

Al momento de haber recibido la orden de S. M. para encargarme de un viaje marítimo y cien* 
tilico alrededor del mundo, conocí evidentemente que la parte más difícil de esta comisión, á V. E. 
más bien que á mí se había confiado. Sus vastos conocimientos, su verdadero amor al progreso só- 
lido de las ciencias, y finalmente su bondad constante y casi paternal hacia mí, son otros tantos 
títulos que afianzan aquel concepto. Y así estoy seguro que V. E. no desdeñará el satisfacer á mis 
preguntas, que para mayor orden y menos molestia sujetaré en algunas cartas. 

Esta tratará particularmente de las costas españolas de la América Meridional, hacia donde se 
dirigirán mis primeros pasos. Su exacta investigación, así por la parte hidrográfica como por la de 
Historia Natural importan sumamente al Estado, y no ha de ser indiferente á las demás naciones 
europeas si S. M. tuviese á bien mandarla publicar. 

1. " La parte hidrográfica se dividirá por mí en dos ramos. Abrazará el uno la configuración y 
situación astronómica de las costas: el otro tratará de los vientos, mareas, corrientes, variaciones, 
objetos extraños visibles, y finalmente, de todo lo que pueda ilustrar al navegante que trille aquellos 
mares con el único objeto de transitar de una á otra parte. 

2. a Desde Buenos Aires hasta el Cabo de Hornos, debe considerarse sin duda la costa como un 
punto muy interesante de la navegación española, y por consiguiente tenga V. E. á bien acompa- 
ñarme en el examen de lo que hay hecho y de lo que hay por hacer en aquella parte. 

3. ft Si las operaciones del Capitán de navio D. José Varela no se hubiesen extendido hasta 
determinar astronómicamente los límites de la boca del Rio de la Plata en los Cabos de San Anto- 
nio y Santa María, la extensión de los bancos salientes por una y otra parte y la verdadera posi- 
ción de la Isla de Lobos y Banco Inglés, me parece indispensable el verificarlo. 

4. a Pueden considerarse como guías desde este paraje, los viajes de Anson, Biron, Wallis y 
Cook; los reconocimientos hechos por los chambequines Andaluz y Aventurero; los planos que se 
hayan sacado de la bahía de San Julián y sus inmediaciones al tiempo de establecer allí la desgra- 
ciada colonia que luego se retiró; finalmente, todas las noticias importantes que se hallarán com- 
prendidas en el viaje hecho últimamente al Estrecho de Magallanes por la fragata de S. M. Nuestra 
Sefiora de la Cabeza. En cuanto á las Malvinas, habrá sin duda muchas noticias por nuestra parte 
que podrán combinarse con las de ingleses y franceses. Pero lo dicho hasta aquí corresponde 
sólo á la configuración de costas, sobre la cual, por consiguiente, podremos referirnos en mucha 
parte á los documentos anteriores. 

5. a No es tan fácil estrechar la parte astronómica y liarse de lo hecho hasta aquí. Los relojes 
marinos y las distancias lunares serán desde luego nuestros principales medios para fijar longi- 
tudes, así como los sextantes determinarán por lo común las latitudes. Parece que en cuanto á la 
costa patagónica (que se procurará no perder de. vista), será bastante colocar por este método to- 
dos aquellos püntos que proporcione una navegación nó interrumpida, dando sólo por precisos 
el cabo Blanco, el puerto Deseado, la bahía de San Julián y las inmediaciones del Estrecho de Mayre 
por una y otra parte. 

6. a Por lo que toca á Malvinas, no será posible visitar sino la parte occidental, por 110 perder 
la estación oportuna. Si pareciese preciso avistar el extremo oriental para determinar astronómica- 
mente sus límites, se procurará combinar más bien en el último año de nuestras tareas, atrave- 
sando desde el Cabo de Buena Esperanza. 



CORRETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


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7. " El segundo ramo de la parte hidrográfica, no podrá reducirse á la verdad, sino á conjeturas, 
bien que el prolijo reconocimiento de muchos diarios, combinado con la experiencia, concurrirá 
sin duda á hacerlas más probables. En esta parte, deseara que V. E. esplayase en toda su exten- 
sión sus pensamientos limitando nuestras pesquisas á lo útil, para que ni los derroteros carezcan 
de aquellos avisos que pueda aprovechar el navegante, ni sean por otra parte un confuso acopio 
de incertidumbres, más bien para distraerle de la verdad que para dirigirle. En el importante punto 
de corrientes, se hará uso continuo del método común de examinarlas por medio de un botecito 
referido á la embarcación; pero creo que los puntos diarios de observación comparados con esta 
exacta estima, son el método más seguro y desde luego sirven de comprobación al primero. Indi- 
queme V. E. si halla útiles algunas pruebas en la corredera de Mr. Bouguer que en algunos días 
de navegación N. S. sin atención á las costas pudiéramos examinar con prolijidad, á imitación de 
Lord Muí grave en su viaje hacia el polo Norte. 

8. a Uno de los obstáculos más terribles en la navegación mercante al Sur, ha sido hasta aquí el 
encuentro de los bancos de nieve. Hallándome en las altas latitudes meridionales ¿cree V. E. que 
sería de alguna utilidad el seguir al Sur hasta encontrar los hielos en una estación como la de los 
meses de Diciembre y Enero? 

q. n Pasemos ya á los objetos ele Historia Natural; y antes de tratar de los que presenta en su 
seno la tierra, no desagradará á V. E. un pequeño examen de los que encierra el mar y pueden ser 
útiles, ó en general á los conocimientos físicos, ó en particular al aumento de la prosperidad na- 
cional. Entre .estos ocupa seguramente el primer lugar la abundancia de cetáceos en la costa 
patágonica, cuya pesca y sucesivo beneficio pudieran ser de mucha utilidad á la Monarquía. ¿Cuáles 
serán, pues, en este caso nuestras investigaciones para decidir este punto que ya tantas veces se ha 
sujetado ó al discurso ó á la experiencia, y que no obstante queda aún sin decidirse? Su tamaño, 
calidad y cantidad referidas luego á los demás ramos que componen esta pesca y particularmente 
(por lo que á nosotros corresponde) á los tiempos y parajes en que haya de hacerse, ¿serán datos 
suficientes para un juicio fundado? 

10. El renovar la experiencia del aceite en los mares sumamente agitados, el comparar el calor 
de este agua con el grado de la que está en calma y el examinar los diferentes grados de calor á 
las diferentes alturas de la misma agua, ¿serán experiencias que puedan ser de alguna utilidad? 
Y en tal caso, ¿cuáles serán los instrumentos más oportunos y el modo más exacto para ejecutarlas? 

11. No creo que en esta parte de mar nos sea posible ni áun alcanzar lo que han examinado en 
cuanto á las producciones terrestres los Sres. Banks, Solander y Forster por lo que toca á la Tierra 
del Fuego. El tiempo algo escaso paralas operaciones sucesivas en las costas desde Cabo Victoria 
hasta Chiloé, no me dejará árbitro en esta parte de completar las indagaciones de un ramo tan in- 
teresante. Y así sería muy bueno para el completo aprovechamiento del tiempo, que V. E. me in- 
dicase aquellas cosas hacia donde más útil fuera dirigir nuestros esfuerzos en los intervalos, aunque 
breves, que pasemos fondeados. 

12. Sobre las costumbres de los patagones y de los indios Pecharis, tan robustos y sociables 
aquéllos como éstos endebles y, digámoslo así, los más infelices de la especie humana, no omitire- 
mos tampoco todas aquellas indagaciones que las ocasiones, los encuentros y nuestro alcance nos 
digan. Pero como quiera que la penetración en aquellos países, particularmente de los patagones, 
es un objeto de mucha entidad para la historia de la propagación de la especie humana, tal vez la 
perspicacia de V. E. en estas materias pudiera dictamos ó algunas confrontaciones de costumbres 
ó voces, ó algunos exámenes que sirviesen ó de parcial ó de completa aclaración á este punto. 

13. Antes de abandonar el Cabo de Hornos me es preciso hablar de la bahía de San Francisco, 
de que V. E. hace memoria al fin de su viaje para la Meridiana. ¿No pudiera ser ésta la misma que 
Cook en su segundo viaje denominó el Cristinas Sonad por haber pasado en ella el día de Navidad 
de 1774? O bien, aunque no lo sea, ¿no podrá cualquier navegante que piense hacer escala en aqne- 
líos parajes, contentarse con la segunda, en donde una entrada no difícil, una grande abundancia 
de agua, de pájaros y antiescorbúticos, y, en fin, la agradable vista de la especie humana, aunque 
en el semblante ménos lisonjero, convidan unánimes á darle la preferencia? 

14. La falta de tiempo será quien nos obligue á abandonar aquel reconocimiento y áun á sepa- 
rarnos de la vista de la Tierra del Fuego para tener más franca y más espedita nuestra entrada en 
el mar Pacífico. 

15* De ningún modo me desentenderé de reconocer las inmediaciones de los Cabos Pilares y 
\'ictoriay terminar así con buenas observaciones las penosas tareas del Estrecho de Magallanes. 
Será preciso omitir la parte de la Tierra del Fuego entre Cabo Negro y Cabo Pilares, no sólo porque 
ae nos haría muy difícil el navegar contra viento y corriente, sino también porque es este paraje 
el que ménos ha de ser frecuentado en la navegación común. 



8 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


16. Desde Cabo Victoria, ó por mejor decir, desde ios Evangelistas, empezarán nuestros cuida- 
dosos conocimientos; 3/ aunque desde luego las navegaciones de los Nodales de Natborosegh, Sar- 
mientos y de los dos buques de la escuadra de Anson, como también las noticias que V. E. especi- 
fica en la aclaración ó ilustración de su carta, puedan suministrar muy buenas conjeturas sobre 
estas costas, mucho nos queda aún por investigar; No nos empeñaremos en el Archipiélago de 
Chonos sino cuanto dicte la prudencia. Para la navegación común fuera bastante el conocer sus 
extremos más occidentales; pero como quiera que el reconocimiento de esta parte no puede ve- 
rificarse sin algún riesgo, y que es ya casi la única que en la superficie del globo navegable queda 
por reconocer, parece que el honor nacional exige este tributo de nuestra empresa, y así me serán 
muy agradables cualesquiera indagaciones útiles que V. E. me insinúe relativamente á la parte 
de costa comprendida entre el Cabo Victoria y Chiloé. No creo que la especie humana, ni la ve- 
getación en general, sean muy brillantes en aquellas regiones. No obstante, los productos y cos- 
tumbres de Chiloé, y áun las noticias comunicadas por aquellos indios, darán márgen tal vez á que 
nuestras pesquisas sean más útiles y acertadas. 

17. De orden del Gobierno, en estos últimos años D. José Moraleda, Piloto de la Real Armada, 
ha reconocido y bajado la costa desde Lima hasta Chiloé; pero creo que lo interior del golfo de este 
nombre no está aún bien reconocido. En tal caso, no fuera inútil el intentar el paso entre la Isla 
y la Tierra Firme, y abrir así mayor abrigo y navegación más segura en esta colonia aún algo arries- 
gada. 

18. Hasta fines de Abril no considero que sea temeridad el permanecer en latitudes altas meri- 
dionales. Bastará por consiguiente que á esta época las dos corbetas puedan fondear en Chiloé. 

19. Franqueadas las inmediaciones de Chiloé, ya puede considerarse la costa sin el menor 
riesgo, y así es mi ánimo el separar las dos corbetas para que el sucesivo reconocimiento y colo- 
cación astronómica de las costas, sin perder nada de su exactitud, duple en celeridad y no se ma- 
logre un tiempo precioso. 

20. Si el tránsito por tierra ó desde Valdivia, Concepción ó Valparaíso hasta Lima es fácil, será 
muy útil y de sumo adorno para la comisión el hacer pequeñas cuadrillas que en las tierras inme- 
diatas adquieran los posibles conocimientos, y con vistas dibujadas, con producciones naturales, con 
descripciones, ya naturales, ya geográficas, den á la obra aquel útil resalte que el curioso ó el pú- 
blico no navegante suelen buscar en tales comisiones. Estas cuadrillas dirigidas por instrucciones 
claras y ceñidas á un número determinado de objetos útiles, pudieran irse desembarcando en dife- 
rentes puntos por la corbeta delantera (llamémosla así), recogerse después por la postrera, propor- 
cionando de este modo la necesaria ventaja de tiempo á las tareas de tierra sobre las de mar. 

2r . Dígame, pues, V. E. cuál es el modo mejor y más expedito de verificar estos tránsitos, y 
cuáles son las indagaciones más oportunas que han de hacerse relativamente á las ciencias. Deben 
existir en los pueblos de la Ensenada de Arica diferentes rastros muy apreciables de antigüedad. 
El representarlos á la curiosidad europea con dimensiones y colores exactos fuera desde luego 
agradable, y tal vez no dejaría de ser útil. 

Acabo ya esta carta, cuya molestia no tuviera disculpa en mí si sus resultas no se refiriesen al 
bien público y al honor nacional: dos objetos que desde tanto tiempo ocupan las útiles é incesantes 
tarcas de V. E., cuya vida ruego á Dios guarde por muchos años.» 


Carta II 


u Exento. Sr. D. Antonio Ulloa: 


Continuando en solicitar nuevas é interesantes noticias sobre los parajes á dónele haya de eli- 
girse la expedición puesta á mi cargo, no parezca á V. E. molesto que añada á mi primera carta 
algunas otras preguntas que para mayor orden seguirán aquellos números á los cuales V. E. con 
tanta bondad suya é ilustración mia se ha servido responder. 

22. Además de los cascabeles y algún galón falso de oro y plata, ¿cuáles serán los objetos mas 
oportunos para cambios con los indios de los países más meridionales que Chiloé? 




CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


9 


23. Reinando sobre las costas de Chile y Chiloé hacia principios del invierno los vientos Nortes 
tan temibles como tempestuosos, suelen saltar de contraste y con igual fuerza al Oeste y Oesud- 
oeste; V. E. indicó ya en su viaje que había algunas señales que anunciaban esa alteración temible 
y aun la entrada del Norte, según la práctica de aquellos mares. ¿Considera, pues, V. E., que sería 
temeridad aventurarse sobre las costas en aquel tiempo? 

24. La navegación desde Acapulco, Panamá y Guayaquil á Lima, al paso que es un objeto nada 
indiferente para la comunicación recíproca de aquellos puertos, es tan duradera, que inciertos hasta 
aquí los navegantes si preferir la derrota que llaman de altura á la costanera, suministran anual- 
mente ejemplos de unos riesgos verdaderamente considerables, y á veces de un singular malogro del 
viaje. En el año de 175 7 no hubo en Lima navio procedente de Guayaquil que no tardase en su 
travesía cerca de cien días. V. E. hace memoria en la narración de sus viajes de otro bien singular 
que tardó cerca de siete años. ¿No podrá combinarse una derrota que, sin depender del acaso y es- 
tribando más bién sobre las estaciones, dicte medios de acortar mucho aquel plazo? En el tiempo de 
mi demora en Lima no dejaré de inquirir en aquellos diarios todo cuanto sea conducente á este 
punto importante; pero V. E. atravesó aquellas costas con todas las luces de un físico, y en aque- 
llos mares poco trillados, de dicha ciencia, más bien que de la mera práctica, han de esperarse los 
principios sólidos que afiancen el bienestar y la felicidad de los que habitan sus orillas. Además, 
que descuidado al mayor punto el pilotaje en tan indolentes costas, ni en cuanto á vientos ni á 
corrientes podrán deducirse allá noticias seguras y claras para formar buenos razonamientos. 

25. Sobre las Islas de los Galápagos y del Gallego, éstas más occidentales que aquéllas, creo 
que no tendré otras nociones que las que V. E. se sirva comunicarme. A la verdad, su situación 
no las hará jamás interesantes ni á la geografía ni á la navegación. Pero como quiera que es im- 
portante el que se examinen siquiera su latitud y longitud, sus principales productos y sus mora- 
dores (si los hay), nos será sumamente útil el tener de antemano algunas nociones que al mismo 
tiempo dirijan nuestros pasos y nuestras pesquisas. 

26. Llaman vulgarmente en aquellos mares engorgonarse (como V. E. lo indica) el ensenarse 
hacia la Gorgona en unas calmas tan duraderas, que han causado siempre, y con justa razón, mu- 
cho terror á los navegantes. El tiempo infructuosamente perdido, la escasez de víveres, los fre- 
cuentes riesgos del rayo no tienen comparación con el peligro extremo de la conservación de los 
hombres en un paraje en donde el ánimo y el cuerpo han de ser igualmente atormentados. No 
obstante, hemos de trazar sus costas y áun trabajaremos con mucho tesón en esta parte de mar, 
para cuyo fin sírvase V. E. indicarnos cuanto le parezca útil en ellas, no sólo por lo que toca á 
Geografía, sino también á la Física. 

27. Es tiempo ya de hablar de dos cuestiones físicas que por mucho tiempo han ocupado la cu- 
riosidad de los sabios; esto es, el nivel de los dos mares, Atlántico y Pacífico, suponiéndose más alto 
el Pacífico, y queriendo con esto explicar la corriente continua que por el Cabo de Hornos se dirige 
al Este y la unión de los mismos mares. Sobre esta última parte, á la verdad, 3 ; a se sirvió V. E. 
manifestarme cuánto la creía fuera del alcance de la posibilidad, no sólo por lo que mira á los celos 
del arte, sino también á los de la naturaleza; pues que las cordilleras en el Istmo de Panamá pa- 
recían hechas para aterrará la primera mirada cualquiera idea de esta especie. Mas por lo que toca 
al nivel indicado, que desde luego (si lo hay) supongo de una diferencia muy leve, fuera útil el in- 
tentar averiguarlo, aunque dé por supuesto que ni las operaciones geodésicas ni las del barómetro, 
áun corregida la escala de Mr. de Lañe, puedan determinarla. Creo, no obstante, que el primer 
método es el que debe preferirse, si se ha de adoptar alguno; y como no conozco lo local de aque- 
llos contornos, quisiera que V. E. me manifestase el modo y el derrotero que más acertado fuera 
elegir para intentar esta curiosa averiguación. 

28. No creo que sea ya prudente, después de lo hecho hasta aquí por los navegantes españoles, 
ingleses y franceses, el invertir un tiempo precioso en busca del paso al Atlántico por los Estre- 
chos de Fonte ó Juan de Fuca. Todas las noticias relativas á este importante descubrimiento pare- 
cen infundadas, á menos que no haya una ú otra no pública, ó alguna tradición probable que dé 
margen aún á nuevas investigaciones. 

29. Si en las costas desde Guayaquil hasta San Blas (}'a harto conocidas) hubiese, al parecer 
de V. E., algo que examinar con particularidad, además de lo que dicta el orden común de explo- 
ración, fuera muy útil que se nos indicase, singularmente en lo que toca á drogas medicinales, de 
que parece abundan aquellos contornos. 

Acabo ya con renovar á V. E. la utilidad que nos ha de producir su dictamen, sus preceptos, y 
el agradecimiento y el respeto que así por este nuevo favor como por los que antes he recibido, 
profesad V, E. S. S. S. Q. S. M. B.=-Cádiz, á 31 de Enero de 1789. 


2 



10 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


CARTAS que el Sr. D. Alejandro Malaspina escribió al señor 
D. José Safa ares a, Froto -Médico de la Real Armada , 
sobre varios puntos dietéticos, y del régimen profiláctico 
que deberán observarse en el acopio de víveres para 
el viaje de la vuelta al mundo . 


Con mucha satisfacción mía aprobó S. M. (que Dios haya) el que consultase con Vm. sobre los 
antiescorbúticos más opoi tunos para usarse en el dilatado viaje que se me ha confiado: no mo- 
leste á Vm. el que yo me extienda sobre un punto de tanta importancia. La conservación del hom- 
bre es el objeto más digno de sus semejantes. 

Para proceder con el orden posible en esta materia, la dividiré en tres partes, que serán objeto 
de otras tantas cartas: indagaremos en la primer parte el mejor método para conservar sano al 
marinero, y se comprenderán por consiguiente en esta carta los comestibles de ración y la policía, 
asi en el puerto, como en la mar. La segunda carta tratará del navegante, ó como ya próximo á 
enfermar ó como ya enfermo; finalmente, la tercera, se dirigirá particularmente sobre aquellas 
cosas que componen más bien la comida del Oficial que del marinero. 

Algunas advertencias han de apuntarse, que servirán como base á nuestros razonamientos su- 
cesivos, y serán: 1. a Que se da por supuesta la suministración de toda el agua necesaria y su reno- 
vación en bodega todas cuantas veces sea posible. 2. a Que la marinería y parte de los Oficiales de 
mar, será de las provincias septentrionales de España, esto es, asturianos, montañeses y gallegos. 
3. a Que ha de ser, así esta gente, como los Oficiales mayores, libres de toda enfermedad habitual, 
y dotados por consiguiente de aquella robustez y resistencia, que tanto sobresalen en el navegante 
español. 

El método que 3-0 considero más útil para la conservación del marinero español es, no tanto 
aquella estúpida disciplina que fácil es de guardar para los del Norte, como un freno racional, y 
vario, según las ocasiones, adaptado principalmente á las pasiones vivas de aquéllos y á los razo- 
namientos que de ellas dimanan. El adjunto extracto de mis reflexiones en el último viaje de la 
Astrca por la Real Compañía de Filipinas, manifestará á Vm. con la mayor individualidad el ca- 
rácter del marinero español; y aunque en la preferencia á las provincias septentrionales haya pro- 
curado precaver, cuanto es posible, esta sensibilidad excesiva, creo que convendremos en ser ésta 
característica propia también de aquéllos, bien que no en tanto grado como de los andaluces. 

El entrepuentes será desde luego espacioso, y cada marinero tendrá su coi, para que los mias- 
mas del que acaba de levantarse, y particulai mente de su ropa, no traspasen al que le sucede in- 
mediatamente en el descanso. El fogón estará igualmente en la misma cubierta en donde duerme 
la marinería; el humo y el fuego espelerán así naturalmente mucha parte del aire infecto, tanto 
más que de tiempo en tiempo y con acción mayor del mismo fuego, puesto oportunamente en cual- 
quier paraje, se frotarán las maderas de las cubiertas. En cuanto al aseo de ropa, al abrigo opor- 
tuno de los soles y de las aguas, á unas chaquetas con capucha adecuada al frío, al estar comun- 
mente en guardias de tres cuartos en lugar de dos; al lavar su ropa con agua dulce más bien que 
con salada, y finalmente, á cuidar el aseo del buque y de todo cuanto contenga, puede Vm. estar 
seguro, que más bien sobresaldrá nuestra prolijidad, á todo cuanto han usado hasta aquí los Oficia- 
les de la Real Armada. 

Dos cosas únicamente preguntaré á Vm. ántes de pasar al segundo objeto y son: i. a Si consi- 
dera Vm. preferente al uso del fuego el del vinagre, ó ya rociado ó por vapores, para conseguir en 
las cubiertas el aire menos infecto. 2. a Si en los rápidos tránsitos del mucho frío al mucho calor, 
debe ser preferente á exponer la marinería á unos resfriados siempre temibles, el molestarlos 
(contra su genio* siempre abandonado) con una carga excesiva de ropa de abrigo. 

Pavsemos ya á los comestibles; éstos pueden muy bien referirse á cuatro cosas principales: pan, 
menestras, carnes saladas y tocino, á los cuales luégo por vía de condimento, deben considerarse 
agregados el aceite, el vinagre y el vino. 

En cuanto al pan, uno de nuestros principales alimentos, yo creo que conviene mucho que lo 
tengamos de un trigo fuerte, más bien que de otro de menos sustancia, en cuyo caso, el de Anda- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


II 


lucía y Castilla serán desde luego preferentes al de Sicilia, Ccrdeña y Berbería; conviene también, 
que no sea el pan muy abizcochado, pues me parece que cuanta menos cochura tenga, tanto 
menos habrá exhalado de aquellas partículas, que hacen á éste y á los demás vegetales tan sanos. 
A la verdad adquiere entonces un cierto sabor correoso, que desde luego no es agradable al pala- 
dar, y que puede áun ser de una digestión algo más difícil. Quisiera que puestas en una balanza 
estas dos ventajas contradictorias de la mucha ó poca cochura del pan y los inconvenientes que las 
acompañan, Vm. me indicase su parecer para dirigir, acorde á él, la fábrica de este importante 
ramo. Fuera oportuno al mismo tiempo, indagar si conviene alternar con el pan de trigo, los de 
maíz y centeno, pues embarcadas harinas de una y otra semilla, pudieran hacerse á bordo unas 
tortas que sirviendo de variedad, fuesen al mismo tiempo más saludables. A lo menos será útil 
que Vm. nos dicte algunas experiencias que podrán servir de cimiento á las que hayan de hacerse 
en lo venidero sobre un punto tan interesante. 

Las menestras son dotadas por sí de cualidades antiescorbúticas; y como quiera que así en este 
Continente como en el de América abundan ó ya una ú otra especie, pueden desde luego conside- 
rarse como el alimento más útil para la navegación. En el viaje que acabo de hacer, no he podido 
examinar sino la segunda de las dos propiedades que han de investigarse en sus clases, esto es, la 
mayor ó menor bondad relativa y la misó menos fácil conservación relativa en campañas dilatadas, 
y particularmente en los climas temibles de entre Trópicos. No desagrade á Vm. que analice algún 
tanto estos comestibles: el arroz es el vegetal que yo he hallado de menor evaporación á bordo y 
áun en tierra, á lo menos entre Trópicos; síguescá éste el garbanzo, con preferencia á la garbanza, 
y finalmente la lenteja: el frijol, así blanco como cocacho, el chícharo y las habas, aquí cono- 
cidas bajo el nombre de Tarragona, son otras tantas especies que, con igual ó mayor cuidado que 
las demás, no han absolutamente resistido al calor y humedad, que con tanto daño se hallan mez- 
clados en tan sumo grado entre Trópicos. 

Pero como la conservación no es ni el único ni digámoslo así el punto principal en este ramo 
de víveres, es justo investigar si la bondad respectiva hace más bien preferentes otras semillas, 
tanto más que no siempre en nuestra navegación habrá de requerirse la duración, y que una gran 
parte de nuestras tareas serán más bien en climas fríos que en calientes. Esta parte, que más 
corresponde á un análisis químico que á las experiencias marítimas, será peculiar de Vm., y cual- 
quiera advertencia que Vm. nos especifique será de una utilidad real para el mejor acierto en la 
delicada elección de víveres. 

Sobre la carne salada y tocino, diré lisa y llanamente que es ya casi un axioma en la Armada 
que el segundo ha de preferirse á la primera, y que, en mi entender, la razón misma afianza este 
concepto, mucho más si en el salado del tocino (particularmente entre Trópicos) se usan todas 
aquellas precauciones que con tanto provecho han imaginado los Srcs. Cook y la Pérouse, y por 
cuyos métodos hice yo últimamente mis salados en Manila. Desde luego á causa de la abundancia 
de vasos sanguíneos y de otras sustancias nutritivas imposibles de extraerse, ha de ser más pro- 
pensa á la putrefacción la carne que el tocino, y aunque la calidad más porosa de éste le haga 
naturalmente más propenso á la mayor penetración de la sal, también le hace luego más fácil de 
expelerla con las dos aguas en que se infunde por largo tiempo antes de cocerse. Síguese, pues, 
de esto que el tocino es seguramente de mayor duración y probablemente de menor daño que la 
carne salada, á menos que en la diferencia de calidades entre las carnes de puerco y vaca no haya 
tal vez (lo que ignoro) una suficiente compensación de los inconvenientes ya indicados. Mr. la 
Perouse usó del vinagre para sus salados, teniendo el tocino tres días en una moderada infusión, 
y después embarricándolo sin salmuera, con solo una capa superior de sal marina. Este método es 
bien costoso, tanto más que he experimentado que los vinagres de nuestras Américas no tienen las 
propiedades necesarias para esta operación; no obstante, es método que merece ser preferido á 
todos los conocidos hasta el presente. 

Por lo que toca al aceite, temo mucho que no pueda generalizarse su uso tanto como verá Vm. 
que he hecho en la Aslrea. Ya no se trata de nutrir una marinería andaluza, sino una de las costas 
septentrionales, en donde el aceite apenas se conoce y ya no es una producción natural. Quisiera 
que Vm, me determinase los prudentes límites de su uso, particularmente por lo que toca á sopas, 
ó como almuerzo ó como cena, y que me indicase algunas señales por donde pueda venir en conoci- 
miento cuando los efectos no sanos de su crasitud y dificultad de digerirse, prevalecen álos buenos 
de su verdadero alimento y de un gusto agradable. 

Fuera omisión el no tratar aquí del gazpacho; ¿serán tan útiles sus efectos como en las marí- 
rinerías de estas provincias? ¿Y deberemos insistir en su uso casi continuo, aunque la marinería 
lo repugnase algún tanto? 

Finalmente: en cuanto á vinos hallo preciso su uso casi continuo; y por repetidas experiencias 



12 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


estoy convencido que la espirituosidad del de Sanlúcar le hace preferente á cualesquiera otros de 
nuestra España. Me quedan sólo dos dudas que Vm. podrá resolverme; es la primera si la cantidad 
de un medio cuartillo es suficiente para hacer un efecto saludable, particularmente después que 
el vino con una larga navegación ha adquirido nuevo vigor; la segunda si conviene que este exce- 
lente digestivo y antiescorbútico se suministre más bien por la mañana que al medio dia; más bien 
á esta hora que por la noche. 

La total exclusión del aguardiente y del pescado salado (incluso el bacalao) son dos cosas en 
que creo no discrepemos: en cuanto al queso, que también suele usarse en nuestra ración de Ar- 
mada, hallo difícil de combinar su utilidad, si no se refiere á las ocasiones de tempestad en que se 
halle expuesto el usar del fuego, y éstos serán los únicos casos en que lo usemos. 

Acabo esta carta con renovar á la memoria de Vm. cuánto interesa á la humanidad y al paternal 
amor de S. M. el que este punto de la conservación de los equipajes se examine con toda exten- 
sión y cuánto aprecio hará del parecer de Vm. su más afecto y agradecido amigo Q. S. M. B.= 
Cádiz, á 23 de Diciembre de 1788. 


Carta II 


Si la conservación del hombre en general, y en particular de la especie preciosa del marinero, 
me ha arrastrado una y otra vez á reflexiones médicas, en cuanto hayan de combinarse con los de- 
beres de un Oficial de Marina, y si el próximo viaje mío me obliga ahora á exponerlas con el solo 
objeto de verlas ó aprobadas ó destruidas, sírvase Vm. mirarlas como procedentes únicamente de 
un verdadero celo y como dirigidas al solo alcance de la verdad. 

Nada puede compararse al hombre enfermo en la mar: el alojamiento, la falta de quietud, la 
evaporación ó fermentación de las medicinas, los alimentos, el aire que respira, todo concurre á 
hacerle el más infeliz de la especie humana, y á causar una sensación no indiferente hasta al ma- 
rino más sordo á las voces de la naturaleza. 

Sírvase Vm., pues, acompañarme en este examen del navegante ó próximo á enfermar ó ya en- 
fermo; unidas nuestras investigaciones ó más bien unidos los preceptos de Vm. á la exactitud mia 
en ejecutarlos, tendremos desde luego la satisfacción de ocuparnos con tesón de la conservación 
del marinero, y conseguiremos tal vez la de coadyuvar eficazmente á este punto importante de la 
prosperidad nacional. 

Supuesto en nuestro caso al marinero de una naturaleza no viciada con enfermedades habi- 
tuales ni acosado del trabajo, sus enfermedades pueden reducirse á tres únicas causas; la calidad 
del alimento, la calidad del aire que respira y un tránsito demasiado rápido del sumo calor al sumo 
frió ó al contrario: las dos primeras inclinadas directamente á la putrefacción, y ésta última á una 
total falta de traspiración si el tránsito es al frío, ó á un excesivo enardecimiento en la sangre si se 
pasa ai calor. En las navegaciones muy pronto dejan verse al especulativo varios síntomas que de- 
notan el efecto de aquellas causas cuando ya empiezan su acción: son éstas principalmente una 
especie de letargo ó sea un sueño excesivo, una sed frecuente, una grande dejadez ó flojera en el 
trabajo, y finalmente, una náusea á la comida; señales todas que no pueden ocultarse cuando diaria- 
mente se asiste por mero entretenimiento á los ranchos y en toda concurrencia con el marinero se 
dirigen los reparos á su conservación ó estado de salud. Ni es de extrañar que se hagan visibles 
estos efectos, si se considera que alimentados, alojados y atareados todos de un mismo modo, por 
diferentes que sean las naturalezas, no han de ser muy diferentes los males de que se adolezcan. 
Este es el momento en que, á mi entender, deben obrar con vigor los métodos curativos; lo exigen 
así la naturaleza de la sangre aún no muy viciada, la utilidad saludable de un trabajo moderado 
que sabe considerarse como indispensable y los efectos aún muy limitados del aire respirado, que 
por consiguiente puede no causar enfermedad epidémica. 

Es, pues, mí ánimo, si Vm. lo aprueba, que luego que los más propensos á estas enfermedades 
declaren con los síntomas ya referidos, y otros semejantes, que empieza á viciarse la sangre, se 
adopte inmediatamente para su alimento el Sowrkrout y el Malí de cerveza: para su bebida, sudorí- 
ficos con mucho azúcar, y áun el agua impregnada de aire lijo; finalmente, que por algún tiempo 
se les prive de todo salado, para lo cual podrán sustituirle, con las menestras mejores, el caldo en 
pastillas, ó alguna carne reservada en aceite. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


T 3 


No permite la manutención de muchas gentes á un tiempo, cjue con todos haya de usarse con- 
tinuamente un método seguro. El solo uso de carnes saladas bastaría para trastornar cualesquiera 
otras medidas, ni el carácter del marinero, aun considerándose éste sano, le permitiría el sobre- 
llevar con paciencia y sin desorden un método largo de alimento no agradable por lo común á su 
paladar y ceñido á una cierta dieta. Esta reflexión es la que me ha inducido (con buen éxito hasta 
aquí) á no molestar al marinero ni al Erario con una especie de perenne método curativo, sino más 
bien atender á si se declaran en uno íi otro los primeros síntomas nada temibles del vicio é inme- 
diatamente sujetarlos á un régimen tan sano como inalterable, apoyado tan eficazmente por la dul- 
zura como por la disciplina. 

De este modo habrá en nuestros buques una clase media entre los verdaderamente sanos y los 
absolutamente enfermos; y así como es difícil el reponer á éstos sin aquellos auxilios, que rara vez 
en la mar pueden proporcionarse, fácil será recurrir á unos remotos principios de enfermedad si el 
Comandante, con un régimen oportuno de aseo y trabajo, y el médico con remedios uniformes y ac- 
tivos, concurren unánimes á rebatirlos. 

Sobre la mezcla del aire fijo con el agua potable según los preceptos de Prcstlcy, creo también 
que fuera inoportuno el usarla para todos en todos tiempos, áun suponiendo que el aparato químico 
para impregnarla fuese más sencillo; pero también el omitir su uso con los que se inclinen ya á 
enfermar, creo que fuera culpable en un tiempo en que tantos sabios se ocupan de la felicidad de 
los navegantes y las repetidas experiencias confirman la utilidad de estos inventos. De los buenos 
efectos del Soivrlu'out ó coles agrias no debe quedar ya duda alguna. Queda únicamente por exa- 
minar la utilidad del Malt ó cebada fermentada, aunque ciertamente convendremos que en el caso 
de excluirla se le haya de sustituir algún equivalente que contenga mucho aire fijo. 

Una especie de crasitud inseparable de las pastillas de caldo, puede tal vez representarlas 
como perniciosas; pero no recayendo este uso sino sobre personas de un estómago aún fuerte, esto 
es, apenas propensas á la enfermedad; y por otra parte, debiendo únicamente sustituir al tocino, 
creo que en el indicado estado medio entre la salud y la enfermedad pueden considerarse como 
muy útiles. 

Fuera mucha satisfacción para mí, que Vm. al justo examen de las reflexiones anteriores se sir- 
viese también añadir su parecer en cuanto al método de servicio para esta clase media; esto es, si 
debemos inclinarlos al sudor con preferencia al respirar un aire libre, en cuyo caso podrán propor- 
cionárseles faenas interiores en lugar de las que se hacen sobre cubierta; si el relente, el frío, el 
agua, le son muy nocivos; finalmente, si en las latitudes altas, en donde según muchas experiencias 
el aire está más saturado de sales, puede seguirse para esta clase de gentes el mismo método que 
en los climas templados de trópicos. 

No entraré en el detall del hombre ya enfermo; esta parte será totalmente del Cirujano: yo me 
ceñiré á desearle todo el acierto y á contribuir en cuantos modos puedan combinarse al más fácil 
logro de lo que haya menester; no obstante, varias cosas que á mí me corresponden aún en este 
ramo, han de exponerse ahora á la perspicacia de Vm., para que ni en esto carezca de sus instruc- 
ciones. 

Por muchas razones, así de disciplina como de utilidad real á los enfermos, nuestra enfermería 
no será de firme: la sustituirá un repuesto de catres ingleses que colocados unos sobre otros, si la 
necesidad lo pidiese, y rodeados el total de una lona pintada pero movible, tendrán las ventajas de 
poderse aumentar cuanto se quiera, de estar cada enfermo separado del otro, así en cuanto á per- 
sona como á ropa, de ser la curación más fácil , y sobre todo, de no tener ni la madera embebida de 
unas exhalaciones tan perniciosas, ni imposibilitados el continuo aseo y ventilación de los parajes 
más recónditos. Fácil será remediar los pequeños inconvenientes que se ocurren á primera vista 
sobre la instabilidad de estas camas para las operaciones quirúrgicas, la dificultad de bajar y subir 
los enfermos de las canias altas, y la sujeción inmediata de todos los utensilios necesarios para 
un enfermo. Creo que esta distribución merecerá la aprobación de Vm., quien conoce cuantos incon- 
venientes dimanan de nuestro método actual de enfermería. 

Una duda, nada indiferente, se servirá Vm. resolverme sobre esta especie de enfermos, pues que 
de ella dimana el mayor acopio de unos más bien que de otros efectos. Supuesta, como es natural, 
la taita de carnes frescas en las travesías largas que hagamos, ¿hasta dónde podrá extenderse para 
los enfermos el uso de los caldos de repuesto, ó será más útil sustituirles en muchas ocasiones el 
aceite? El acopio de medicinas propuesto por nuestros cirujanos ha sido ya por Vm. aprobado; por 
consiguiente omitiré el hablar de él; su conservación me merecerá un cuidado particular, y áun para 
esto estimaré á Vm. me indique algunas precauciones, si lo hallase oportuno. 

Al concluir esta carta, sólo repetiré á Vm. que he procurado que las mismas voces denoten no 
ser mi ánimo tratar de una facultad, cuyos umbrales conozco apenas. La existencia á bordo de un 


*4 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


estado medio entre la salud y la enfermedad, y las útiles consecuencias que dimanan de esta dis- 
tinción de clases, particularmente por lo que toca á las medidas del Comandante, lian producido 
los párrafos que anteceden. Puedan éstos llevarme á obrar con acierto en un punto de tanta impor- 
tancia y acreditar con repetidas pruebas cuánto aprecia el dictamen de Ym. su más afectísimo y 
seguro servidor, etc. = Cádiz, i.° de Febrero de 17S9. 


Carta III 


Muchos Oficiales se han ocupado hasta el día de ho}' de la conservación del marinero en cuanto 
á alimentos; ninguno ha examinado aún la del Oficial, en quien, para los altos fines á que está 
destinado, debemos exigir, no sólo la material conservación del físico, sino una buena disposición 
en las potencias intelectuales, para que este más agil en las fatigas y más dispuesto á la reflexión 
y al estudio. A la verdad, debe atribuirse este silencio, más bien que á descuido, á un natural pun- 
donor en los Capitanes, quienes, recelosos de que se confundiese el espíritu de orden con el de eco- 
nomía, han preferido á cualquier otro partido el callar; muchas veces, áun con evidente daño propio 
y del servicio, el inclinarse más bien á una mesa demasiado expléndida que á una frugal. 

Por mi parte, deseoso únicamente del acierto, y unánime en esto con los Oficiales que han de 
acompañarme, sin mezclarme en otros reparos que es fácil luégo destruir, tendré aún más cuidado 
en el método de mesa del Oficial que en la comida del marinero, con tanta más razón cuanto 
mayor y más progresiva es la utilidad de aquél sobre la de éste. 

Tenga Vm., pues, á bien afianzar mis conceptos si los hallase justos, ó rechácelos, si parecie- 
sen infundados. Me alegraré mucho ver guiados mis pasos de la razón y de una autoridad tan res- 
petable. 

Convendremos desde luego que en linas campañas en donde cada uno ha de ejercitarse dia- 
riamente en tareas y cálculos complicados, es casi indispensable un trastorno de horas para 
las comidas; esto es, que servido á las ocho de la mañana un buen almuerzo de algunos fiam- 
bres, puede diferirse la comida hasta las seis de la tarde, y á las diez de la noche usar de una 
merienda de chocolate ó té, con pan tostado y manteca; consíguese así, además de un espacio más 
largo para las excursiones científicas ó marítimas en los puertos, un trabajo más seguido y na- 
tural en el mar; un plazo mejor y más libre para la digestión; finalmente, un par de horas bien 
necesarias ó para el reposo ó para el sosiego después de comer. 

Ocúrrense algunas dudas para adoptar unos ú otros comestibles, unas ú otras bebidas, y las voy 
á exponer á Ym. inmediatamente. La carne ahumada del Norte, según muchas experiencias hechas 
en los mares de Noruega, parece fácilmente expuesta al escorbuto; ignoro si prefiriendo para con- 
servar las verduras el aceite á la salmuera, se logra un beneficio en su bondad, desentendiéndome 
de su duración. 

El uso del té y del café, éste algo flojo, creo que puede emplearse mucho, pues con el azúcar 
que se le agrega es un grande antiescorbútico, y también su calor coadyuva mucho á la digestión. 
Para condimentos deben, á mi entender, abandonarse las especias y casi todo lo craso; de suerte 
que las salsas en general deben mirarse como nocivas, y repetir cuanto sea posible el asado. Consi- 
dero también como muy dañosa la manteca de puerco; ignoro hasta dónde puede ser útil la masa; 
yen cuanto á la manteca salada, creo su uso continuo, si no saludable, á lo menos necesario, para 
gentes acostumbradas en Andalucía. 

Omito otros muchos detalles que parecerían demasiado frívolos, y áun no carecen de este as- 
pecto los que anteceden, si no se considera que, relativamente á la salud, no hay punto desprecia- 
ble, y que porlo común en nuestro método de mesas se ha atendido más bien á la abundancia que 
á la calidad. 

El bien de la humanidad, los progresos de la nación y del Real servicio, las recientes órdenes 
de S. M., el ejemplo de las demás naciones, la amistad misma que á Vm. merezco, todo concurre 
á que yo no me acuse de haberle molestado; y Vm. se sirva guiar con sus respuestas al que es y 
será siempre su más afecto servidor y amigo, etc. = Cádiz, á 5 de Febrero de 1789. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


15 


Reflexiones sobre la, conservación de la salud de los equipajes. 


«Fuera digno de reprensión el prefeiir otro plinto alguno al de la conservación de la salud en 
el mar, dictado al mismo tiempo por la humanidad y por el interés, y no obstante descuidado 
hasta aquí de tal modo en las navegaciones al Perú, que ha costado pérdidas considerables al co- 
mercio, y á la Nación el sacrificio casi anual de excelente marinería, sin que por esto hayan aún 
escarmentado, ó movídose á compasión los armadores de los buques que navegan á la mar del Sur. 

Scame permitido no confundir en esta parte la Real Compañía con los demás, y lisonjearme 
que no le serán desagradables los apuntes, aunque algo extensos, sobre este interesantísimo punto, 
relativo á Jas ventajas nacionales y á la total seguridad de sus expediciones venideras. 

Ojeando algún tanto los viajes modernos extranjeros, en particular los del Capitán inglés 
Cook, y reparando aunque levemente, en la policía de los buques de las diferentes compañías eu- 
ropeas del Oriente, parecerá desde luego que pueda hallarse un manantial inagotable entre ellos de 
preservativos. Embarcaciones ventiladas y sahumadas interiormente, mucho espacio interior libre 
para el acomodo de cada uno; comidas sanas y abundantes; finalmente, una disciplina vigorosísima 
para el aseo de las personas y del buque, son los puntos esenciales de la policía extranjera en este 
ramo, los que adoptados, deberían al parecer prometer tan buenos efectos en los buques españo- 
les. Es de advertir en esta parte, que las navegaciones ordinarias de los buques españoles al Perú 
no pueden ser igualadas de ninguna de las que en el día emprende el comercio europeo á las de- 
más partes del globo, pues ninguna ofrece más desigualdad de climas, menos abrigo contra las 
enfermedades y las averías, ni mares tan tempestuosos, á quienes arrostran después de tres y á 
veces de cuatro meses de navegación. 

Pero en desquite, puede asegurarse que la marinería española está dotada de una robustez y de 
una resistencia muy aventajada á las demás naciones extranjeras; de suerte que, haciendo éstas 
contrapeso con los mayores riesgos de la navegación por el Cabo de Hornos, parece, finalmente, 
que pudiera deducirse la evidencia del buen éxito de todos los preservativos extranjeros. 

Arraigado yo mismo en esta idea, desprecié en mi interior muchas veces la que me ofrecía una 
meditación constante de una serie de campañas de diez ú once años, sobre la necesidad de otros 
bien diferentes preservativos para la salud del marinero español en la mar. Mil veces comprendí 
(estudiado á fondo el carácter nacional) que el sosiego de ánimo era más interesante á nuestra 
marinería que todo lo que le rodeaba exteriormente, y mil veces creí infundada semejante idea, 
y la deseché, no obstante de poder sujetar esta lucha de ideas á la experiencia. 

El viaje de la fragata Astrca acaba de cerciorarme de la verdad de aquella sospecha y de ani- 
marme en el día con tanto vigor á la necesidad de este preservativo con preferencia á todos los de- 
más, cuanto había sido antes el que me hacía interponer á todo el seguir ciegamente en esta parte 
la policía de los buques del Norte; ni se podrá tachar de imperfecta mi experiencia (bajo el funda- 
mento de que un Capitán no tiene conexión inmediata con la marinería) cuando se sepa que mis 
compañeros D. Luis de Concha y D. Francisco Viana, movidos de un corazón verdaderamente no- 
ble y caritativo, y á su imitación los Contramaestres, han coadyuvado diariamente á la demostra- 
ción de esta verdad, áun con mayores pruebas de las que yo podía desear. 

La tripulación de la Astrca se componía en mucha parte de excelente marinería de la carrera 
mercantil de Lima. Desde luego unos 60 entre ellos habían estado una, dos, tres y cuatro veces en 
las tempestuosas mares del Cabo de Hornos, se habían hallado en arribadas, en epidemias, etc., lo 
habían pasado en invierno y en verano y habían experimentado, finalmente, la escasez como la suma 
abundancia. Se nos hacía, no obstante, reparable en las primeras conversaciones que cariñosamente 
trabábamos con ellos, el que en medio de la abundancia y en las mares sumamente benignas, todas 
sus reflexiones se parasen en los riesgos muy distantes del Cabo de Hornos, y que áun entre éstos 
despreciasen casi el hablar de la poca ó mucha comida, de la poca ó mucha ropa de abrigo, y fijasen 
más bien su atención en la continua incertidumbre de su suerte, y especificasen, en lo tocante á esa 
navegación, las más mínimas circunstancias con una puntualidad propia más bien de un político 
que de un marinero; ni cabía el pensar que esto pudiera ser de miedo, cuando al mismo tiempo se 
arrojaban con el mayor denuedo entre los peligros, y áun veíamos entre los polizones, alguno que 
por seguirían solamente uno ó dos amigos habían preferido, áun sin ropa y sin dinero, esta navega- 
ción á otras más cómodas y menos inciertas á que estaban contratados á la sazón. Inferíamos desde 
luego con estos datos que el marinero nuestro, bien diferente en esta parte del extranjero, era su- 



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VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


mámente sensible y capaz de reflexión, y nuestro natural hacia ellos nos hizo aumentar las prue- 
bas casi sin conocerlo. Sabían el rumbo que debíamos ó pensábamos seguir, y á cada paso se arri- 
maban á la aguja á ver cuánto distaba de aquél el que seguíamos por necesidad. Oían con el ma- 
yor agrado, y áun nos preguntaban á veces, nuestras observaciones diarias de latitud. El día del 
mal tiempo todo les era insufrible; un soplo de buen viento los volvía á su primera docilidad, y 
finalmeute, á medida que descubrían en nuestra unánime conducta una mezcla de cariño, de amor 
al trabajo, de inteligencia, iba aumentando en ellos, áun en proporción adecuada, una mezcla 
de amor y respeto, hacia nosotros. Ya en el largo tiempo que nos contrarestaron los vientos varia- 
bles de las inmediaciones de la Línea se nos hizo patente el buen efecto de adoptar este prin- 
cipio. Yo prefería el día de viento contrario al de mal tiempo para mejorar sus comidas con carne 
fresca y distraerlos con el saludable vino de Sanlúcar. Se toleraron en las maniobras y áun en su 
misma conducta, algunos defectos leves, que nos era luego fácil remediar ó cortar enteramente en 
el día de buen tiempo; aumentaron nuestros halagos y premiábamos y fomentábamos á los que do- 
tados de un genio alegre podían excitarlo en los demás; no se hacía un zafarrancho ni otra ma- 
niobra de aseo que no concurriese un poco de vino y nuestros razonamientos á hacer ménos gravosa 
la disciplina, y esta conducta, seguida con constancia, nos proporcionó ya la agradable perspectiva 
de verlos después de veintiocho días de chubascos, turbonadas, calma y contrariedades, más ro- 
bustos aún de lo que habían salido de Cádiz. Concurrió á cimentar este anhelo nuestro de darles 
gusto, la derrota que nos proporcionó el reloj marino de la Equinoccial hasta la Ascensión. Nave- 
gamos á viento largo cuando los pilotos vociferaban el riesgo de no montar (áun ciñendo) el Cabo 
de San Agustín en la costa del Brasil, y les proporcionamos por rumbo oblicuo la vista de la 
Ascensión, que les convenció y les hizo confesar por sí mismos, que nuestras navegaciones al O., 
para salir de la costa de Africa en las inmediaciones de la Equinoccial y el no haber ceñido los S. E., 
habían desde luégo aventajado de quince á veinte días el viaje de la Astrca. Los temporales de la 
costa patagónica dieron nueva fuerza á nuestro amor recíproco; las maniobras se mandaron con 
método y con la posible seguridad. Ellos las ejecutaron con el mayor ardor; si fue preciso varias 
veces ó el exponer algún tanto las gavias ó el maniobrar á cada paso, ya sabían y entendían que 
nuestra situación lo requería, y sacaban de los mismos peligros el mayor buen humor, de suerte 
que finalmente todas las contrariedades de la costa patagónica, y los semblantes de un viaje al 
sumo largo y dilatado, se deshacían fácilmente en su imaginación con las razones, ó ya aparentes ó 
ya verdaderas, que les alegábamos. A la llegada al Cabo eran más bien nuestros amigos que nues- 
tros súbditos; sin faltarnos al respeto, nos manifestaban sus necesidades, ó sus deseos, ó sus ideas, 
ó sus aventuras; mezclaban á esto algunas chanzas y veían en nuestros rostros cuánto gustábamos 
de ellas; llegamos aún á complacerles en sus caprichos moderados, ó ya relativamente á comida ó 
bebida, ó bien en cuanto á algunos puntos de disciplina. Los veíamos así siempre alegres y aptos 
al trabajo, y aumentaba su robustez casi á medida que se aumentaba la campaña. 

A pesar de estas bellas disposiciones, pero en prueba de su grande sensibilidad, les trastornó 
muy mucho en las inmediaciones del Cabo Pilares, el ver tomar de nuevo las muras estribor, y 
aunque no duraran estas nunca un día entero ni nosotros nos descuidásemos en hacer compren- 
der á fondo nuestra ventajosísima situación, y áun en reprimir los más tercos, se conocía luégo en 
los semblantes la mura que llevábamos. 

No les faltaba cosa alguna; antes bien, crecía con el mal tiempo su ración nuestra toleran- 
cia, y no obstante menores que todos los trabajos que en el Cabo hacen consigo las muras estribor, 
desmayaban, y áun entre sí caracterizaban ya á cualquier leve achaque de escorbuto. Nuestra 
derrota al N. disipó todas aquellas ideas, y los buenos tiempos sucesivos nos han proporcionado de 
verlos ya en inmediaciones de Concepción en la mayor unanimidad, buen humor y tranquilidad de 
ánimo, y en un estado de robustez proporcionado, á aquellos resortes. 

No se crea, no obstante, que este preservativo, que por su novedad exigía toda la atención que 
se le ha dado, nos hiciese descuidar en el uso de otros muchos; hemos contribuido al aseo personal 
de todos (que en verdad no necesitaba de mucho estimulo) con nuestro ejemplo, y con algunos 
premios, muchas alabanzas y tal cual reprensión, y no les ha sido un auxilio indiferente la repar- 
tición de ropa embarcada por cuenta de la Real Compañía, y perteneciendo más bien al ramo de 
aseo que al de abrigo. Daba ciertamente el mayor gusto el verles peinarse y lavar su ropa casi dia- 
riamente en los días de mayor frío; y como se tuvo la precaución de comprender en la repartición de 
camisas á los mismos polizones, aunque no tuviesen con qué descontar su valor para con la Com- 
pañía, puede asegurarse que el aseo personal en la fragata Astrea ha llegado al punto más alto. 

Los zafarranchos, viceversa, no fueron tan frecuentes como parecía exigirlo nuestro anhelo por 
la conservación de la salud; pero se omitieron varias veces, ya porque no eran necesarios, ya por- 
que hallábamos muy sensible al marinero la molestia de descolgar su coi cuando necesitaba más 




CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


*7 


bien dormir en él que limpiarlos. Los más tardos en esta parte, que fueron siempre muy pocos, se 
aguijpnaban con premio, arma que hemos hallado infinitamente más poderosa que el castigo. 

La ventilación interior, el sahumar y rociar con vinagre los parajes ménos ventilados, fueron 
preservativos que empleamos con la posible frecuencia; y á este fin áun en las mares más tempes- 
tuosas, se aprovechaban los posibles instantes para abrir algunas portas del combés y de las esco- 
tillas, y desterrar asi cualquiera enfermedad y malos hábitos. 

Por lo que toca al frío, se procuraron remediar con la mayor igualdad las urgencias de todos, 
libertando finalmente del servicio sobre cubierta y empleando en otros menesteres de la fragata en 
lugar de pajes, aquellos polizones que ni habían alcanzado lo bastante en la repartición, ni traían 
por sí prenda alguna. Fue también menester remediar las necesidades de los reclutas de trasporte; 
además se tuvo la precaución en los dias de agua y frío, no sólo de hacer las maniobras con aten- 
ción á estos dos fuertes obstáculos de conservación de la salud, sino también de proporcionarles el 
posible abrigo en las guardias, para cuyo fin se entregaron á cada una diferentes capotes, que sir- 
viesen precisamente al marinero que se hallase en puesto desabrigado. 

En el régimen importantísimo de comida, se procuró combinar del mismo modo que en las de- 
más cosas, el conocimiento del carácter y naturaleza española, con las luces que nos sugerían los 
extranjeros. Preferimos algunas veces lo más vario á lo más sano; el vino de Sanlúcar fué el prin- 
cipal antiescorbútico que adoptamos, así para los calores como para los fríos; la carne fresca se dió 
de ración una ó dos veces á la semana; hasta la altura de Buenos- Aires no se escaseó absolutamente 
el agua; las calabazas y el Sowrkro:it alternaron en hacer más saludables y más sazonadas las co- 
midas; y el gazpacho por cena, sólo se suspendió en las latitudes muy crecidas, para sustituirles 
sopa en aceite, que dimos también con el almuerzo durante el tiempo de los fríos. No titubeamos 
en este último partido, aunque generalmente la crasitud del aceite sea muy propensa al escorbuto, 
ya porque nuestros aceites eran de la mejor calidad, y ya porque esta especie de comida es muy 
homogénea á la naturaleza andaluza. No nos pareció conveniente distinguir en el trato unos más 
que otros; se suministró de un mismo caldero á los marineros, á los polizones, á los soldados de 
marina y á los reclutas, y todos igualmente tuvieron parte en la distribución del vino y aguardiente; 
finalmente, en esta nueva entrada de los calores, después de la recalada á Concepción, han crecido 
nuestros cuidados hacia ellos, tratándolos aún con mucho más cariño y afabilidad, proporcionán- 
doles el preciso descanso, y dándoles por almuerzo un abundantísimo plato de Soivrhront, acompa- 
ñado con medio cuartillo de vino de Sanlúcar, y por cena un buen gazpacho: precauciones que no 
parecerán inútiles al que advierta en los mayores estragos que ha causado en las navegaciones al 
Perú la entrada de los calores más bien que la de los fríos. 

Si después de un régimen como éste y de las razones que lo apoyan, puede creerse que la robustez 
de la tripulación de la Asirea sea uno de los muchos acasos favorables que suelen experimentarse 
en las navegaciones al Perú, hágasenos al ménos la justicia de no dudar, que este punto principal, 
así relativamente á la humanidad como ai buen éxito y concepto de las expediciones de la Compa- 
ñía, ha ocupado incesantemente nuestros desvelos, nuestra conducta y nuestra aplicación, y que 
hemos sido bastante dichosos para lograrlo, hasta el punto de ver en un estado, ó nada peor, ó algo 
mejor de los primeros dias de la salida hombres gravemente enfermos de mal venéreo que en todo 
el viaje no han podido salir de la enfermería y que parecían, por consiguiente, destinados á ser 
víctimas del escorbuto.» 


RESPUESTA del Sr. D. José Salvares a d las caídas que 
anteceden del Sr. D. Alejandro Malas pina. 


RESPUESTA PRIMERA 

Con el debido reconocimiento al favorable concepto que á Vm. merezco; deseoso de corresponder 
á la superior confianza y del desempeño en puntos que tan de cerca se refieren al beneficio de la 
humanidad, expondré bajo la consideración de Vm. algunos apuntamientos en contestación á sil 
muy apreciable carta de 24 de Diciembre pasado, reduciéndome á solo aquellos artículos sobre que 
su anhelo por el acierto y su modestia no le permiten resolver con la seguridad y mano maestra 
que relucen en todas las providencias anticipadas por Vm. que se sirve comunicarme y do} r por 

3 



iS 


YIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


supuestas. No puedo, sin embargo, desentenderme de las reflexiones que, dimanadas de un estudio 
profundo y experiencia aprovechada, extiende Vm. sobre el carácter de nuestra marinería y n\edios 
de manejarla con ventaja á la de cualquiera otra nación. ¡Ojalá prendan estas ideas en todos los 
que hayan de mandar, superando sin desaire de la gerarquía los obstáculos que susciten el amor 
propio y el destemple natural! 

Concibo, pues, en orden al primer punto, que son preferentes en la eficacia las depuraciones 
del aire por el fuego en las cubiertas á las practicadas por medio del vinagre. Puede, no obstante, 
el estado de la atmósfera caliente y seco, exigir se rocíen con dicho licor, cuyas exhalaciones ofre- 
cen con la virtud antipútrida bastante recreo y atemperación; y en este caso, es mejor el rocío que 
el vapor, por el que se disminuye la fuerza y pureza del ácido. 

Por lo que respecta á graduar las resultas del desabrigo en los rápidos tránsitos del mucho frío 
al mucho calor y las del excesivo abrigo por la carga de ropa, hallo ser más temibles las primeras; 
pues por poco que se radique un resfriado en el marinero y haga tiro al pecho, lo consume insensi- 
blemente hasta inhabilitarlo; y el exceso de ropa sólo ocasionará una molestia que se irá haciendo 
tolerable con el convencimiento del motivo y más á los del Norte de España, de genio menos desali- 
ñado en sus personas y más acostumbrados á andar cubiertos. Dejo, no obstante, en su lugar, lo 
que exija la ocasión, en que á presencia de excesivo calor puede quizás ser de impedimento á las 
maniobras ejecutivas la mucha ropa. 

En materia de comestibles, siendo de tanta consideración el objeto del pan, he reflexionado 
mucho sobre su cochura, pesando y comparando entre sí las ventajas y perjuicios de que esta ope- 
ración sea diminuta; y me parece que toda la salubridad que quedaría en el pan poco cocido, se 
desvanecería por las digestiones trabajosas y proximidad á criar humores glutinosos, que resulta- 
rían obstrucciones en las visceras del vientre, y en esta situación el escorbuto hace fácilmente 
presa, siendo también del caso no despreciar la poca satisfacción del paladar en el uso de un ali- 
mento cuotidiano. 

Considerando con igual prolijidad las resultas de la alteración del pan de maíz y centeno con 
el de trigo, se presenta desde luego la bondad de aquéllas semillas y su sabor no ingrato; pero in- 
duce algún temor su mayor tenacidad y crudeza, especialmente en forma de tortas infermenta- 
das, y mucho más en uso repetido. Reflexionando, no obstante, que es alimento de gente robusta 
y laboriosa, y á que están acostumbrados los habitantes de nuestras provincias septentrionales, no 
desapruebo la tentativa de otras tortas sin frecuentarla, hasta asegurarse en lo posible, de la resis- 
tencia de sus estómagos. No por e.so ocultaré que propendo más á que se suministren las harinas 
de estas semillas con parte de la de trigo, en forma de poleadas, y con suficiente azúcar, que ade- 
más de su especial virtud antiséptica avivaría su digestión. En esta preparación es más domable 
la tenacidad de dichas subsistencias, que el fuego no penetra con tanta inmediación á causa del 
vehículo del agua. El día de este alimento podía ser menor la ración de pan. 

Por lo que dice á las menestras, cuya virtud antiescorbútica es evidente, hecho cargo de que 
deben calificarse respectivamente á dicha calidad y á cualquiera otra saludable con preferencia á 
su conservación y duración bajo las circunstancias verificables en la dilatada navegación de 
que Vm. se halla encargado; y en el concepto que alcanzo á formar de que la análisis química en 
esta parte no sugiere fundamentos decisivos, se hace preciso recurrir á experiencias, que derivadas 
en lo ocurrente en el ejercicio de la práctica médica, adquieren alguna presunción de asentadas. 
Estas me han enseñado que en el arroz y los garbanzos se encuentra cuanto beneficio contienen las 
demás de uso sin la tenacidad y la aspereza de las otras. 

Por tanto las contemplo más oportunas; y sólo para evitar el fastidio de la uniformidad, juzgo 
se dé lugar para alguna alternativa á los fríjoles blancos. 

Aunque el objeto de la conservación y de la duración sean distintos de virtud, estoy muy incli- 
nado á creer, que en razón de ésta se verifiquen aquéllos en muchas sustancias; entendiéndose por 
conservación la corta evaporación del espíritu rector especial que las caracteriza intrínsecamente, 
y cuya existencia y diuturnidad no se determina por las afecciones externas. Ocúrrescme apuntar 
que en el arroz del Piamontc, y en el veronés, aunque de exterior menos agradable y ménos blanco, 
se encuentra más proporción para el gusto de la nutrición. 

Toda la ventaja que lleva en lo saludable la carne de vaca al tocino en estado fresco, se des- 
vanece con palpable desmedro é inferioridad en el de salada, y por lo mismo se reputa como casi 
proscrita de la Armada. Conozco lo costoso del atocinado, y más en vista de la debilidad de los 
vinagres de América; pero el caso exige esforzar lo mejor conocido, esperando de las experiencias 
ulteriores todo lo que sin perderlo sea compatible con la prudente economía. 

Sobre el artículo del aceite, á pesar de que no deben considerarse los marineros septentrionales 
de España como habituados á su uso, y que por lo mismo no extrañarían su falta; la bondad de 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


ICj 


este condimento alimenticio, la recomendable calidad del nuestro, y el que no les desagrada, per- 
suade se le dé lugar entre las provisiones de boca. 

En cuanto á determinar su uso prudente, me parece se destine á las sopas por almuerzo, ó cena 
en los climas fríos, y por sólo cena á los gazpachos en los calurosos; cuidando que su cantidad- 
se tase á solo objeto de un moderado aderezo. En el segundo modo se doma algún tanto su acritud 
con el vinagre y tendencia á la rancidez, y en el primero mucho más agregando azúcar. No es esta 
muy conforme á mi paladar, pero conozco la casi natural afición de nuestros nacionales, y que esen- 
cialmente se opone á la putrefacción. Ni tampoco me atrevo á determinar si su coste excederá con- 
siderablemente los límites de una amplitud arreglada. 

En los términos que van apuntados, concibo que el gazpacho será útilísimo: pero de ningún 
modo me parece se insista en su uso repetido si un fastidio verdadero lo hace menos tolerable áun 
en amago á gente no acostumbrada á él: espero, sin embargo, que se aficionen. 

Un principio de pesadez, y ménos soltura de los miembros con algún enronquecimiento, serán 
á mi ver indicios de que se van espesando los humores, y amonestarán se desista de tomar comi- 
das con aceite hasta su disipación: cuidando no confundir estas señales con los efectos del frío ex- 
cedente, que son más pasajeras. 

Sobre los puntos relativos al importantísimo renglón del vino, aunque no hallo escasa para un 
efecto saludable la cantidad de medio cuartillo por la medida mayor que equivale á ocho onzas, 
me inclinaba á que se agregasen dos onzas más; y en este caso á que se compartiese en la comida 
de medio día y cena cuando ésta no fuera de gazpacho, pues entonces, siéndolo, podría suminis- 
trarse en el almuerzo este eficaz digestivo. Y de todos modos reputo por más oportuna ocasión la 
de la comida más fuerte del medio día. 

La exclusión del aguardiente y del pescado salado, incluso el bacalao, me parece acertadísima, 
como sólida la determinación de circunstancias bajo que pueda darse lugar al uso del queso. 

Es cuanto, ansioso por el acierto, he alcanzado á deducir de las más serias reflexiones; debiendo 
sinceramente confesar, que la precisión, solidez é inteligencia con que trata Vm. el asunto en su 
carta, me han hecho la costa para satisfacerla. Espero los demás artículos referentes á materia tan 
importante, y órdenes del agrado de Vm., en cuyo obsequio se empleará gustoso su más apasio- 
nado y afecto servidor y amigo Q. S. M. B. — Cádiz, 5 de Febrero de 1789 (1). 


CARTA de Malaspina al Subinspector de Arsenales ? por la 
que se infiere la inteligencia . , celo é iniciativa del Jefie de la 
expedición hasta en los más insignificantes pormenores . 


Sr. D. Fermín de Sesma, Capitán de Navio y Subinspector de Arsenales: 


Expondré á V. S. con el posible detalle, las pocas ideas que tengo presentes sobre armamento 
de las dos corbetas para la próxima expedición, no tanto para que puedan ser de alguna utilidad en 
el sumo caudal de conocimientos relativos particularmente á este ramo que V. S. posee, como 
para cumplir una orden que nos impone S. M., y manifestar por escrito aquellos sentimientos de 
respeto y concepto que desde tanto tiempo en mí se hallan grabados. 

El aparejo pendiente (para proceder según orden de inventario) estará por completo al arbitrio 
de V. S. Ambos Comandantes conformes en este particular, estamos seguros que nada nos quedará 
que desear, y sólo atentos al número de gente que tendremos para la maniobra y á los parajes que 
con más frecuencia habremos de trillar y á la duración del viaje, nos aventuraremos á hacer las 
siguientes insinuaciones, remitiéndolas no obstante todas á la absoluta determinación de Y. S. 

Conviene que las menas en general, así de cabos como de motones (comprendidas áun las jar- 
cias mayores) sean más bien con algún exceso delgadas que gruesas; que la motonería del propao 


(1) Suprímense las segunda y tercera cartas, por ser éstas ininteligibles, á causa de lo deteriorado que se 
halla el manuscrito. 



20 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


gire sobre pernos, como en la fragata Astrea, y que se eviten en general todos aquellos casos de re- 
fuerzo, que, propios tan solamente de mares tempestuosos, en los apacibles sólo sirven de atraso en 
el andar y de un grave deterioro en los pertrechos. Doy por supuesto que el aparejo, crucetas, guinda 
.y cruzamen de los juanetes y sus velas, han de seguir aquella excelente proporción que admiraban 
hasta los extranjeros en la Astrea. Supongo que se facilitará con rolletes el manejo de los cables y 
que en el laboreo en general de la maniobra se preferirá, con prudente método, no tanto un excesi- 
vo aligeramiento y desembarazo, como una sólida compensación de fuerzas que no necesite alte- 
rarse á cada paso. 

En cuanto á la arboladura de respeto, sólo añadiremos á la dotación general de los buques 
de S. M., una jimclga y dos masteleros de juanete en lugar de astas de hierro. La igualdad de 
ambos aparejos de popa y proa, excepto los palos y vergas mayores, es una de aquellas ventajas 
indecibles que desde luego V. S. nos ha dictado y llevará á debido efecto. 

Las anclas podrán llegar al número de seis, dos de á 22 quintales y cuatro de á 18. Nos ceñire- 
mos á cuatro anclotes, dos de nueve quintales, uno de siete y otro de cinco, los cuales, si tuviesen 
cepos de hierro para su más fácil manejo y acomodo interior, desde luego podrían no estorbar el 
fácil manejo de anclas. Los cabos y calabrotes correspondientes á estas anclas, pueden, á nuestro 
entender reducirse á los siguientes: tres cables de 15 pulgadas, cuatro ídem de 13, tres calabrotes 
de siete y tres de cinco y media. Podrán omitirse los viradores y simplificarse el número de orin- 
ques, refiriendo unos y otros á las guindalezas y velería en piezas completas, en las cuales por con- 
siguiente, se envolverán todas las piezas cortadas, especificadas en el inventario con el nombre de 
jarcia de respeto. La cantidad de guindalezas y veteria de repuesto será pues adecuada, no sólo 
á esas necesidades en atención á cuatro años de un trabajo continuo de amarras, sino también á 
los climas ordinariamente destructivos de la zona tórrida bajo la cual serán mucha parte de nues- 
tras tareas. 

De la jarcia alquitranada de peso llevaremos toda la posible, y ’áun mucho mayor cantidad de 
jarcia trozada en cables, que nos servirá también para estiva, pues que en cualquiera escala nos 
será tan fácil un acopio de leña como difícil, y aun imposible, uno de jarcia trozada, necesaria, 
por otra parte, para la conservación del aparejo. 

En la motonería, herrajes y piezas sueltas, dependerán éstas enteramente del aparejo pendiente. 
Sólo sí llevaremos por duplicado, si pareciese oportuno, los cuadernales de tumbar que considero 
también suficiente para varar, si fuera preciso, una ó entrambas embarcaciones. 

Los utensilios del Contramaestre y los betunes necesitarán por lo común de aumento. A estos 
últimos será preciso añadir una cantidad considerable de aceite de linaza y un buen acopio de pin- 
turas en polvo. 

En el velamen de lona podrá facilitar su manejo, sin disminuir de resistencia, el que sea todo 
de lona de gavias de fragatas, ó si fuera posible de otra más fina. Podremos llevar tres juegos com- 
pletos y otras dos gavias sin relingas. El velamen de vitre podrá en general ceñirse á dos juegos; 
cuando más se le añadirá un juanete (según lo convenido) común á entrambos palos. En los tejidos 
de respeto pueden considerarse las mismas necesidades que en la jarcia. Si pareciese más conve- 
niente para los consumos de ese Arsenal, pudiéramos emprender la salida de aquí, y por consi- 
guiente, el primer corte de la línea, siempre destructivo para el velamen, con un juego ya usado ó 
de media vida. Los utensilios para coser velas y el número de cois serán proporcionados al viaje. 
Treinta catres ingleses por embarcación reemplazarán los de madera para Oficiales de mar y la en- 
fermería. 

Nada diré por ahora sobre utensilios de piloto, si no es que nos serán precisas un par de agujas 
azimutales por corbeta, ó á lo menos una. 

Nuestra artillería será (si á V. S. parece lo más conveniente) de 22 cañones de á seis, arreglada 
su carga á 50 tiros, 25 con bala, 10 con palanqueta y 15 con metralla. Sólo sí, que cerradas para 
mayor comodidad de los alojamientos las primeras tres portas de popa, reservaremos en estiva ca- 
ñones y cureñas correspondientes, y para esto será sumamente útil, el que se entreguen desarmados 
y en pequeños atados los herrajes y maderas de dichas seis cureñas. Dos cañones de á cuatro y un 
disparador de cohetes, entrambos para señales, y finalmente, un repuesto, no grande, de utensilios, 
uno muy abundante de balas para fusil y pistola, un excelente armamento, inclusas en él bayone- 
tas, cinturones y vainas para sables, y cuatro ó seis pedreros sin recámara. El cargo de Armero, in- 
dispensable para nuestra comisión, se fiará á dos soldados elegidos oportunamente. Responderá de 
sus utensilios el Condestable. 

Sobre los cargos de Carpintero y Calafate será preciso hacer algunas innovaciones en atención á 
las circunstancias del buque, á las faenas de una varada no muy extraordinaria, y á la existencia 
á bordo de un herrero. Cuanto más se disminuya el cargo de estos Oficiales de segundo orden, tanto 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


21 


más cómodo será el situar cada cosa en su lugar sin franquear á cada una paraje seguro, que en 
un buque, lió demasiadamente espacioso, siempre ha de ser incómodo. El visitar algunas islas del 
Mar Pacííico hará preciso el no fiar á muchos, antes bien el no fiar sino al Contramaestre los uten- 
silios sueltos de hierro y en particular la clavazón; y esta atención exigirá una alteración no indi- 
ferente en los cargos, único modo de que no sea luégo ofensiva una precaución tan necesaria como 
al parecer inoportuna. 

En cuanto al número, calidad y aparejos de embarcaciones menores, no parezca á V. S. im- 
propio el que suspenda el hablar de ellas hasta que sistemado todo lo relativo á los buques prin- 
cipales, y por otra parte, enterado ya más al pormenor de los diferentes destinos de la expedición, 
podamos con más acierto ocuparnos de este ramo secundario, bien que no menos importante. Des- 
de luego, constituidos en nuestro método de poca gente, á no nombrar patrones de las distintas 
embarcaciones menores, tendremos que fiar este nuevo cargo al Contramaestre, del mismo modo 
que en los buques de S. M. se hace con los sereníes. 

Hasta aquí no nos hemos separado de los cargos comunes de las embarcaciones de la Real Ar- 
mada; pero no se ocultará á V. S. que una expedición de esta especie há menester de otros mil 
utensilios, sin los cuales cada paso fuera un tropiezo y áun á veces temeridad el empeñarse en 
cosas de algún riesgo. Tales son particularmente los fogones con destilador y ventilador seme- 
jantes al que ha usado en la última campaña el Navio San Sebastián; unas fraguas bien manejables 
y adaptadas á todas las necesidades que pueden ofrecerse de estas excelentes máquinas; los opor- 
tunos utensilios de pesca y caza, tomados entrambos objetos en toda su extensión; varias bagate- 
las interiores que, á pesar de referirse á principios de comodidad, son de perdonarse en unas per- 
sonas constituidas á vivir tres ó cuatro años en la mar, á encontrar no pocos riesgos, y particu- 
larmente á emplear en cálculos y detalles bien prolijos las horas libres del servicio marítimo ó del 
preciso descanso. 

Acabo ya esta narración casi del todo inútil, si bien se considera la inteligencia y celo que 
guian á V. S. en cuanto mira al Real servicio ambas cualidades, de las cuales ya desde mucho 
tiempo así Bustamante como yo somos tan buénos testigos como elogiadores. 

Nuestro Señor guarde á V. S. muchos años. = Cádiz, á 2 de Enero de 1789. 


CARTA de Malaspina al sabio Ingeniero Muñoz , haciéndole 
indicaciones sobre la colocación de pararayos. 


u Sr. D. Tomás Muñoz: 


Combinado el espíritu de la última Real orden sobre el establecimiento de pararayos á bordo de 
los buques de S. M., con lo que han escrito y experimentado los físicos y con las últimas lecciones 
de Mr. Le Roí, oídas en París por los Sres. de Ureña y Bctancourt, he podido deducir para las cor- 
betas Descubierta y Atrevida, la siguiente aplicación que expongo ahora al juicioso examen 
de V. S., á fin de ponerla en práctica si mereciere su aprobación. 

Desde luego, la acción del pararayo con la cadena eléctrica, no exige en el largo de nuestras 
corbetas que sea sino uno; y éste, en mi entender, podrá colocarse del siguiente modo: 

La aguja será de hierro y del largo de cinco pies, formando figura cónica sobre una base de 
una pulgada próximamente. Esta base podrá enroscarse con bastante fuerza en un macho igual- 
mente de hierro puesto en el tope y macizado con resina. Encajará en la aguja con el largo de una 
vara desde la cúspide, una vaina ó contera de latón que termine agudísima y tenga dorada como una 
pulgada en su extremo superior. 

Estará igualmente firme en el macho del tope el principio de la cadena, que será deí largo de 
siete piés, y de un alambre grueso. Esta pieza se abarbetará á la cncapilladura de modo que pueda 
zafarse cuando se quiera, ó unirse á la cadena larga cuando amenace el rayo. 

La cadena para su mayor acomodo y áun colocación, será de eslabones de un pié de largo, tá- 
ciles á doblarse y áun á zafarse cuando se hayan de quitar algunos trozos según la diferente po- 
sición del mastelero de juanete. Desde el canto popel y exterior de cada mesa de guarnición mayor, 



22 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


bajará algo más grueso y hecho firme en el mismo canto otro trozo de la cadena con un peso 
inferior; y de este modo, firme un extremo de la cadena movible en el remate del trozo alto, y el 
otro en el principio del trozo bajo, se logrará la deseada comunicación desde la cúspide del para- 
rayo hasta el agua. 

Las prevenciones oportunas para el mejor logro de esta conducción, serán principalmente las 
tres siguientes: i." Un brandalito á cada banda del juanete mayor de jarcia blanca, cuya encapi- 
lladura superior á todo, aproxime cuanto sea posible con el macho firme del tope. 2. a Un botalón 
de dos pies de quita y pon para desatracar el conductor de la cruceta, cuando el juanete esté cala- 
do, ó sustituirle el asta de hierro. 3.“ Un botalón en la borda del alcázar ó en la mesa de guarnición 
de mesana que desatraque del costado y llame algo para popa el último trozo de cadena. Para la 
firmeza de este botalón se le pondrán amantes al tercio y tendrá en su extremo un guardacabo 
embutido en la madera y macizado igualmente con resina, de suerte que la cadena sujeta de este 
modo, ni se aproxime á las cadenas de la mesa de guarnición, ni toque al forro de cobre en la cum- 
bre del agua. 

Serán, por tanto, precisos para este efecto los materiales siguientes: Un suncho de hierro de 
cuatro pulgadas de largo, dos pulgadas de base y una leve disminución en la parte superior en 
figura de cono truncado. El pararayo en forma de cono truncado, cuyo largo sea de tres y me- 
dio pies y sus diámetros proporcionados á la base del suncho y á la parte que falta á la cúspide. 
La otra mitad de latón enroscará en el hierro y sobre un largo de dos pies tendrá toda la agudeza 
posible, dorándose su extremo alto como el largo de dos á tres pulgadas. Finalmente, la cadena en 
tres trozos, el uno de diez pies para hacer firme en el suncho; el otro de ciento diez para venir 
desde éste á la mesa de guarnición, y el último de quince para pasar de la mesa de guarnición al 
agua. El modo de engancharlos uno con otro, se elegirá el más expedito y seguro. El grueso de los 
eslabones podrá ser algo mayor de lina línea; .su largo de un pié ó dos, y sólo los últimos eslabones 
tangentes al agua, serán de un grosor doble ó triple en proporción para gravitar con más facilidad 
y solidez. 

En cuanto al cabo blanco y los botalones, probaré primero usar una de las drizas de seña y de 
piezas sueltas de á bordo. Si fuesen necesarios, se pedirán luego los correspondientes efectos. 

Nuestro Señor guarde á V. S. muchos años. A bordo de la Descubierta, á 22 de Mayo 
de 1789. 


CARTA del Jefe de Escuadra D. Gabriel de Aristizábal á 
D. Alejandro Ad alas-pina, en la que tan insigne marino se excusa 
modestamente de aconsejarle sobre un plan hidrográfico. 


Apruebo las sabias medidas que V. S. toma para desempeñar la Real confianza, tan digna- 
mente depositada en V. S.: su importancia y objeto exigen el ímprobo trabajo y las noticias fun- 
dadas que V. S. pretende acumular; como materiales náuticos y físicos para la obra que emprende, 
y cuya utilidad deseo se logre en lo futuro. 

Yo estimo en mucho el concepto que á V. S. merezco, cuando ha creído que mis conocimientos 
podrían darle luces para ilustrar la parte hidrográfica de su plan en el Archipiélago Filipino; el in- 
terés con que justamente miro los progresos de la navegación, las glorias de nuestro Cuerpo (en 
sus empresas militares y científicas) y el mayor lustre y desempeño de un amigo como V. S., me 
estimularían siempre, áun sin la espuela de querer responder dignamente á su consulta, á recor- 
dar cuantos conocimientos me proporcionó en aquellos mares la experiencia de cinco años, cuantos 
pude adquirir de los prácticos, cuantos me pudieron prestar archivos y papeles que ciertamente 
consulté con varios motivos en distintas representaciones al Rey nuestro Señor en aquel tiempo, y 
alambicando todo lo menos inútil hacer á V. S. un corto presente, para que conociese mi voluntad 
de contribuir á sus lucimientos, más que la profundidad ni extensión de mis indagaciones; pero al 
cabo de catorce años que he regresado de aquellas regiones, y habiendo estado durante este tiempo 
empleado en tan varias comisiones como á V. S. consta, apenas conservo unas ideas remotas que 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


23 


comparadas con las vivas y nuevas que V. S. logró de resultas de repetidos últimos viajes, hacen 
desvanecerse la conjetura de su utilidad. Tampoco conservo documentos ó copias de mis citadas re- 
presentaciones al Rey desde allí como Comandante de aquella Marina, ni desde aquí como consul- 
tado; pero se hallarán en la Secretaría del Despacho universal de Marina de Indias, si acaso mere- 
cieron aceptación al Soberano y sus Ministros en aquel tiempo; todo esto es cuanto puedo repro- 
ducir á V. S. en respuesta á su favorecida del 17 ele Marzo de este año, asegurándole mi eterna 
gratitud y deseos de su prosperidad y aciertos futuros, como la justa estimación que me me- 
rece V. S., á quien Dios guarde muchos años. = Ferrol, 8 de Abril de 1789. = Sr. D. Alejandro Ma- 
laspina —Gabriel Aristizábal. 


PRUEBA de las Descubierta y Atrevida según nota 

de Malaspina . 


Estas corbetas, construidas por el Ingeniero Comandante de este Departamento, D. Tomás 
Muñoz, se probaron el dia 5 de Julio á presencia de este Oficial y del Excmo. Sr. D. Antonio Ulloa, 
uno y otro embarcados en la Descubierta. Varios otros Oficiales de la Armada asistieron á las 
mismas pruebas en la Atrevida. 

Se examinaron cuidadosamente los calados y se hallaron: 

En La Descubierta. 


Pit’s, Pulgadas. 


Cala de popa 14 00 

Cala de proa 13 6 

Batería al medio 5 00 


En la Atrevida. 

Piés. Pulgadas. 


Cala de popa 13 ri 

Caía de proa 13 5 

Batería al medio 5 4 


Los pesos en la Descubierta eran los siguientes sobre una aproximación de 150 quintales y 
deducidos del pormenor de cada una componiéndose de muchas cada partida de las que aquí se 
expresan: 


Quintales. 

Lastre, piedra y hierro 1,000 00 

Arboladura pendiente y de respeto 39S 50 

Aparejo pendiente 150 00 

Artillería, pólvora y municiones 639 63 

Amarras de todas especies 509 25 

Embarcaciones menores y sus utensilios. 35 00 

Víveres 1,470 3 o 

Vas ij cría de aguada y rancho 391 10 

Aguada 1,291 7° 

Rancho 216 75 

Respetos incluso la jarcia trozada 836 50 

Velamen 75 00 

Equipajes, instrumentos, libros, etc 25 00 

Utensilios de cirujía y cajas 12 00 

Armas ' 9 00 

Efectos de cambios y vestuario 102 00 

Cien hombres y parte de sus equipajes 150 00 


Total 7,311 75 



24 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


Los pesos de la Atrevida podían considerarse próximamente los mismos, pero su estiva estaba 
más bien proporcionada, aligerada la proa de cerca de 200 quintales de lastre, y hecha la reparti- 
ción de efectos con atención á lo que se advertía en la Descubierta, cuyos trabajos se anticiparon 
siempre unos quince dias, intervalo con el cual se botaron al agua. 

La variedad de efectos embarcados; la precisión de tenerlos casi todos á mano; los mismos 
plazos de su apresto, y finalmente, la ninguna práctica del mismo buque y de sus verdaderas capa- 
cidades difíciles de graduarse de un solo golpe de vista, nos aseguran que estamos muy lejos de 
haber acertado en esta ocasión con el mejor modo de estiva, bien que nos dan esperanzas de po- 
derlo acertar en lo venidero cuando se haga nuevo arreglo. 

Consideramos nuestros repuestos existentes hoy á bordo, en la proporción que sigue. Toda espe- 
cie de pertrechos para cuatro años supuestas unas regulares pérdidas y deterioros, así en las altas 
latitudes por los temporales, como en las inmediaciones de la Equinoccial por los efectos del sol 
y de las lluvias. La aguada y víveres son para diez meses, menos el pan que compone solos seis 
meses de ración completa. El vino de Sanlúcar, coles agrias, vinagre y aceite, pueden conside- 
rarse suficientes para un plazo de dos á tres años. Las medicinas, todos los libros, instrumentos 
simples y utensilios que corresponden á la Historia Natural y á la Astronomía, todo lo necesario á 
dar de quilla y habilitar entre la tripulación varios obreros de Calafate, Carpintero y Herrero, y 
finalmente, un acopio, grande y áun excesivo de géneros de cambios, regalos y de vestuarios para la 
gente, forman una cantidad de efectos difícil de combinarse con la apariencia exterior de las embar- 
caciones cuyo calado no excede de catorce pies, y en cuyo buque se ha dejado sitio bastante para 
los acopios de Historia Natural. 

Las corbetas dieron la vela á las siete 3' media de la mañana sobre las gavias, juanetes, foque 
y mesana. La marea era entrante con la velocidad correspondiente á las inmediaciones del pleni- 
lunio y el viento bonacibie del O. Fué menester pairear un buen rato, para que la Atrevida con- 
cluyese sus faenas de ancla; luego, con el mismo aparejo y la mura babor, empezamos las pruebas 
al mismo tiempo de comparación de los buques entre sí y de sus cualidades absolutas. Viramos á 
las diez á un tiempo por avante y se dieron las ma)-ores y los estays; reviramos sobre los bajos de 
San Sebastián y dado nuevo bordo á las costas de Rota, nos hallamos bién franqueados y volvimos 
á virar al S. O., con viento del O. ‘/i N. O. 

A la una nos pusimos al pairo, y mareado nuevamente todo aparejo á las tres, se hicieron en 
diferentes bordos y sin sujeción unaá otra, varias pruebas hasta las seis y media de la tarde, á cuya 
hora arribamos, y con trinquete, gavias y juanetes logramos fondear de nuevo en bahía al ponerse 
el sol. 


Deducción de las pruebas. 


El andar, gobierno y aguante de ambas embarcaciones, puede considerarse igual según todas 
las pruebas de este día. La Atrevida en dos ocasiones ganó algún barlovento á la Descubierta, 
pero esto debe atribuirse tal vez al mejor estado de su estiva, que ya se ha manifestado. 

Las corbetas han virado por avante en dos minutos con gavias, juanetes y foques, viento de 
cuatro millas y marea contraría. En un minuto, con todo aparejo de bolina, andar de cinco millas 
3' marea contraria; en dos minutos y medio con el timón á la vía, todo aparejo de bolina, marea 
favorable y andar de seis millas; han virado en redondo en dos minutos , andar de seis millas, todo 
aparejo y marea contraria; bién que fué menester dilatar la virada por no poderse preparar el apa- 
rejo con la debida celeridad; finalmente la Descubierta ha virado en redondo, con el aparejo de 
proa en facha en dos minutos y la Atrevida había casi alcanzado la virada por avante que inten- 
taron ambas sobre las gavias, juanetes y estays, con la sobremesana en facha 3' la mesana cargada; 
siéndole sin duda obstáculo además de la marea, la ola bien picada de la virazón. 

Hemos ceñido constantemente en diez cuartas en las dos vueltas. Nuestro mayor andar ha sido 
de siete millas qorredera larga, en cinco cuartas y todo aparejo largo; y al mismo tiempo la inclina- 
ción de la batería era en la Atrevida de tres pies y dos pulgadas y en la Descubierta de tres pies 
y una pulgada. En la una se determinaban las inclinaciones con un aplomo desde el batíporte ex- 
terior; en la otra servía un aplomo interior en el puntal proel de la escotilla mayor, comparados sus 
largos á la semimanga. El abatimiento no ha sido mayor de cuatro á cinco grados. Bien casado 
todo el aparejo de popa se necesitaban tres cabillas ó arribar para equilibrar el aparejo, y hasta 
esta circunstancia era igual en ambas corbetas. 




CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


25 


Como la colocación de las embarcaciones menores, que llegan á cinco y todas sobre cubierta, 
podía parecer difícil ó á lo menos peligrosa, se han metido las dos que deben contener las otras dos 
más chicas. El último bote, destinado particularmente para pescar y medir la corriente, tiene sólo 
once piés de quilla, igual á popa y proa. Su acomodo, por tanto, no debe dar el menor cuidado. 
Se ha conocido palpablemente que ni en los mares más tempestuosos correrán el menor riesgo estas 
cinco embarcaciones menores. 

Debía hoy examinarse por medio de pesos conocidos una inclinación que resultase en la batería 
para deducir luego las fuerzas comparativas necesarias á lograr la mayor inclinación. No lo han 
permitido las circunstancias, pero se hará á la primera ocasión oportuna. 

Entre tanto, debemos asegurar que cuantas propiedades hemos examinado en ambas corbetas, 
al paso que acreditan más y más la pericia de su autor, nos dan las esperanzas más lisonjeras de 
poder desempeñar con acierto el destino que S. M. se ha servido poner á nuestro cargo. 


“Excmo. Sr. D. Luis de Cor dona: 


Excmo. Sr.: La adjunta noticia cerciorará á V. E. de las principales ocurrencias del día de 
ayer relativamente á las pruebas hechas á la vela en las corbetas de S. M. Descubierta y Atre- 
vida, que han fondeado nuevamente en esta bahía en la misma tarde. 

Nuestro Señor guarde la vida de V. E. por muchos años. = Corbeta Descubierta, á 7 de Julio 
de 1789 . —Alejandro Malaspina .» 


RESUMEN de los aprestos para un viaje alrededor del mundo 
emprendido por las corbetas Descubierta y Atrevida. 


Interesados igualmente el paternal amor de S. M. en beneficio de sus vasallos y su constante 
anhelo de fomentar los conocimientos marítimos, ha determinado 'su Real ánimo destinar las cor- 
betas de la Marina Real Descubierta y Atrevida á un viaje alrededor del mundo, con el doble 
objeto de continuar la grande obra de las cartas esféricas, en todas las costas de sus casi inmensos 
dominios y de contribuir á los progresos de la Geografía, de la navegación y de la Historia Natural 
en todos sus ramos. 

Han sido proporcionados á unos fines tan humanos y tan grandes los aprestos de aquellos 
buques; y no debe parecer molesto el por menor, así del armamento como de las tareas que han 
de emprenderse. 


Buques y pertrechos. 

Confesando de antemano que la extensión de los dominios de S. M. en las diferentes partes del 
globo disminuyen mucho las necesidades del navegante español en un viaje de esta especie, y que 
por tanto los acopios, particularmente de comestibles, no han de ser tan crecidos; podemos aspirar 
en cualquiera otra relación en que se miren, al concepto de ser nuestras embarcaciones las más idó- 
neas para el intento, de todas las que se han hecho hasta aquí. Un calado de catorce piés esca- 
sos, sobre una capacidad de 342 toneladas, y un aguante, gobierno, andar y barloventear, cual lo 
han acreditado las últimas pruebas, nos hacen creer que no habrá costa cuyo reconocimiento nos 
sea imposible y que no habrá cala en donde no podamos ponerlas al abrigo. 

Al mismo tiempo la casi total igualdad de propiedades que han manifestado entrambas y la ven- 
tilación y acomodo interior de todos, nos ponen casi á salvo de una separación involuntaria ó de 
unas perniciosas enfermedades. El plano número 1 deja ver claramente que la decencia y comodidad 
de los Oficiales y demás individuos adictos á ía parte científica, están combinados con un regular 
alojamiento en los 'Oficiales de mar y con el mejor que puedan desear la tropa y marinería, de los 

•i 




2,6 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


cuales ni uno deja de tener su coi colgado. La misma distribución de alojamientos que ha propor- 
cionado el buque, ha dado lugar al establecimiento metódico de nuestra disciplina, de la cual, 
siendo bien arraigada, pende casi todo el buen éxito de estas empresas. 

Durante esta primera navegación, que ni da cuidados ni ocupaciones , correremos el tingladillo 
de la popa y abrigaremos algún tanto la proa para resistir con más seguridad á los temporales. De 
este modo, sin perder ninguna de sus buenas cualidades, las corbetas proporcionarán el mayor 
abrigo á la gente y áun á las plantas ó animales que se quisieran conservar en climas fríos. Las 
maderas con que se han construido estas corbetas son de las más selectas y bien sazonadas. Ade- 
más, se ha tenido la precaución de masijar las ligazones y calafatearlas. La tablazón del firme, el 
zulaque, el forro de madera con clavos de metal, y últimamente el de cobre, son otros tantos pre- 
servativos que nos ponen al abrigo de muchos peligros á que estuviera expuesta una embarcación 
de las comunes. 

La colocación del cabrestante mayor en el combés y de las embarcaciones menores sobre cu- 
bierta, ha parecido á muchos imprudente, ó á lo menos aventurado. Hemos experimentado ya la 
fuerza del cabrestante y la facilidad de su manejo por medio de un retorno. El uso constante de 
las embarcaciones inglesas de la India Oriental; el poco peso de nuestras embarcaciones menores; 
su mismo número y necesidad de usarlas frecuentemente, deben justificarnos en cuanto al segundo 
partido. 

El número de nuestros botes, que llegan á cinco, nos suministra los mayores recursos para el 
objeto primitivo de las tareas hidrográficas, combinadas con las precisas atenciones á la Historia 
Natural, á la pesca, á la caza y á las urgencias naturales de aguada, leña, etc. La lancha resistirá 
á levar nuestras anclas de menor peso. Con mares bonancibles pueden embarcarse á un tiempo 95 
hombres. La aguada se hará con suma facilidad por medio de barricas que se han preparado para 
el intento. Los aparejos de estos botes aún no se han perfeccionado; pero la experiencia misma irá 
dictando diariamente, con la pericia de manejarlos, los que más convengan á cada especie. 

Las capacidades del buque, á pesar de lo que hemos dicho al principio, son tales, que nos dan 
lugar á embarcar dos años de toda especie de provisiones de boca, menos el agua y la leña, que 
deben reducirse á seis meses, cantidad excesiva para unos buques destinados al reconocimiento 
constante de las costas. En el día, en que los pertrechos navales están arreglados á cuatro años;' 
el vinagre, el aceite y el vino, á tres; las menestras y tocino, á un año; el pan á seis meses, y el 
agua y la leña, á diez; se acomodan, no obstante, un grande repuesto de efectos de cambios y ves- 
tuario; muchos efectos para las operaciones de todas especies; muchos utensilios correspondientes 
á las ciencias con que intentamos abrazamos, y por último, todos los equipajes correspondientes 
en la misma proporción. 

Navegamos, no obstante, con cinco piés de batería, y el día en que hemos hecho las pruebas, 
un andar de siete millas, corredera larga en cinco cuartas, no nos precisó á cerrar las portas de 
Santa Bárbara. Estos efectos, dimanados de la inteligencia y celo del Ingeniero D. Tomás Muñoz, 
han sido perfectamente correspondidos en cuanto al aparejo y repuestos por el Brigadier D. Fermín 
de Sesma. Brillan en todo nuestro aparejo pendiente el primor y la resistencia, y á pesar de la 
poca pericia de una tripulación no reunida ni conocedora aún sus Oficiales, la maniobra, ni las 
voces, en el día de las pruebas la Atrevida ha virado por avante con todo aparejo en un solo mi- 
nuto desde las seis cuartas de una amura á las seis de la otra; lo ha verificado la Descubierta en 
pocos segundos más y entrambas han ceñido siempre en cinco cuartas. Nuestras mayores son pro- 
porcionadas á la manga, las gavias algo menores, los juanetes son grandes y en las mares apacibles 
nos dan un considerable aumento de vela, que en las tempestuosas no es incómodo, echados abajo 
mastelero y verga. 

Seis anclas, cuatro anclotes, siete cables y seis calabrotes, forman todas nuestras amarras. 
Cerca de 200 quintales de jarcia trozada nos proporcionan conservar en buen estado el aparejo. 
Tres juegos de velas, un buen repuesto de arboladura y los cuadernales correspondientes á dar de 
quilla ó varar la corbeta para carenarla, todo nos pone al abrigo de los muchos incidentes que 
suelen hacer fatal una varada ó un viaje excesivamente largo. 

A imitación de los Sres. Cook y la Pérouse, parecía natural la precaución de la lancha en 
piezas capaz de recoger y llevar á grandes distancias toda la dotación con los víveres correspon- 
dientes. Nosotros hemos creído inútil esta precaución por dos razones: i. a En los dos extremos pe- 
ligrosos de nuestros establecimientos del mar Pacífico, podrán las colonias inmediatas de Chiloé y 
Monterey, suministrarnos embarcaciones oportunas con las cuales puedan aún reconocerse más in- 
dividualmente todas las calas y sinuosidades de las costas, y trabajar con más perfección sus 
cartas y descripciones. 2. a Que ambos navegantes, áun trillando mares más peligrosos, no las han 
necesitado. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


2 7 


No es tan fácil como á primera vista aparece, la pérdida de una embarcación, aunque navegue 
en mares tempestuosas ó sobre costas muy peligrosas, ni fueran útiles las precauciones de la cons- 
trucción misma del buque, de todos los utensilios para dar de quilla, varar, etc,, si se tratase 
en una urgencia de abandonar el mismo buque. 

No debe omitirse hablando de pertrechos, el hacer mención del fogón de hierro con destilador y 
ventilador, de que irán provistas ambas corbetas. Cuáles sean las ventajas de uno y otro, lo de- 
muestran evidentemente, además de los razonamientos, las pruebas hechas en el navio de S. M. San 
Sebastián , en el pasado año de 1788. A la verdad, no es tanta la economía de leña como en un número 
crecido de raciones á bordo de un navio de 74 cañones; pero si para cocer los tres calderos que 
usa nuestra marina en las navegaciones largas se necesitan próximamente diez horas de tiempo, 
nos aseguran repetidas pruebas que el mismo tiempo y la misma leña suministran en un solo alam- 
bique media ración de agua á cada individuo de los que componen la total dotación de una corbeta. 
Tenemos, no obstante, otro alambique que puede destilar por el caldero cuando unos balances ex- 
cesivos ó una suma escasez hiciesen necesaria una destilación más dilatada, y al contrario cuando 
fuese necesario cocinar para las dos dotaciones, el caldero de destilar fuera más que suficiente á 
■este doble aumento. Los hornos, la cocina de los Oficiales y las hornillas para dos ollas de Oficiales 
de mar, son otras tantas comodidades de esta excelente máquina, á la cual da la mayor perfección 
el ventilador. Aunque nadie en nuestros buques habite en los parajes poco ventilados, lo usaremos 
para la salubridad de la bodega y particularmente de la sentina; el humo mismo en la cubierta 
habitada, será, aunque incómodo, un nuevo principio de conservación. Ambos fogones tienen un 
excelente acopio de repuestos; la duración por tanto no debe darnos ni el menor sobresalto. 

A los utensilios de repuesto hemos añadido también una fragua y una cocinita portátil para ex- 
pediciones de Oficiales. Las herramientas de Calafates y Carpinteros, se han multiplicado para que 
soldados y marineros. hábiles puedan trabajar en cualquier apuro. Dos trozos de cadena para ama- 
rrar y otros dos para cables, nos aseguran también de no tener pérdidas en parajes de mal fondo. 


INSTRUCCIONES notables que D. Alejandro Malaspina 
comunicó á D. y osé de Bustamante (segundo y efe de la 
expedición) sobre la policía de los buques. 


Fuera agravio recíproco el llamar instrucción á los siguientes apuntes, en los cuales expresaré 
únicamente el método que ha de seguirse en la Descubierta para que Vm., si gustase, lo adopte 
también en la corbeta de su mando. 

El fin que entrambos nos hemos prefijado al abrazar esta comisión, es uno mismo: de servir á 
la Nación con tareas particulares, acreditar el honor que nos anima y hacernos dignos de la con- 
fianza pública y del aprecio de los Oficiales que se han brindado á encontrar bajo nuestras órdenes 
una serie bien dilatada de fatigas y de peligros. Pero podemos variar en el concepto de lo que nos 
guíe más directamente á conseguir aquel fin; y como la uniformidad es, sin la menor duda, la base 
esencial del servicio, podemos aún, guiados de un mismo celo y de una misma inteligencia, acer- 
tando aún entrambos en la elección de los medios, destruir sus buenos efectos con el solo incon- 
veniente de haber tomado diferentes sendas. 

Esta reflexión es la que me hace creer que no parecerá á Vm. frívola la muchedumbre de cosas 
que he de exponerle; si le pareciese temprana, puede considerar que los cimientos son los que de- 
ciden de la solidez del edificio, y que han de influir mucho en el concepto general las primeras 
ideas que aquí se formen de la expedición puesta por S. M. á nuestro cargo. 

Están tan estrechamente ligadas en un buque la disciplina y la conservación de la salud; depen- 
den tan inmediatamente una de otra la disciplina que llamaremos de policía y la militar; final- 
mente, dimana tan directamente de esos principios la poca ó mucha utilidad científica que puede 
producirla expedición, que fuera imprudencia el no eslabonar entre sí estas materias, y contraer- 
ías como á un mismo centro al más cabal cumplimiento de las ideas de S. M. Así la distinción 
de materias me ha parecido en este caso perniciosa, pues al paso de ser más dilatada traía tam- 



28 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


bién consigo la idea de que pudiesen mirarse estos objetos desunidos y que el uno tuviese algún 
rigor si se descuidase el otro. 


I 

En un viaje de esta especie ha de prevalecer precisamente un método opuesto al de los buques 
ordinarios de la Armada. En éstos la disciplina militar es la que rige; en aquél debe apartarse 
cuanto sea posible; ni se ocultará la razón de semejante necesidad cuando se considere que la parte 
militar no há menester para su buena harmonía de que concurra la voluntad gustosa del súbdito; 
pero en la científica, que abraza un número infinito de combinaciones, sólo puede lograrse un buen 
resultado si cada uno, nó lo que le mandan, sino más bien lo que pueda, haya de practicar para el 
intento. 

Multiplicados en un solo individuo los cargos á medida que se ha disminuido su número, y la 
misma comisión arrastrando consigo tales deberes que ya se hacen despreciables los que parecen 
más graves en otro buque, ¿cómo puede el rigor militar por sí solo obligar á un soldado ó un mari- 
nero que sufra el insulto de un indio, que coma más bien una cosa que otra, que se transforme, se- 
gún las ocasiones, en cazador, ó en pescador ó en artesano á medida que lo exijan los infinitos acasos? 

Dejando aparte la disparidad de carácter del español con el francés septentrional ó el inglés, se 
deja ver que en esta clase de expediciones los que nos han precedido siempre han dado la prefe- 
rencia al cariño sobre el rigor, han tolerado más bien que la disciplina militar sufriese graves ultra- 
jes, que no truncar aquella grata harmonía del súbdito con el Jefe, que hace suaves los mismos 
sufrimientos y suministra fuerzas y vigor para que una sociedad de pocos se alcance á sí misma y 
saque de los mismos peligros de que está rodeada nueva seguridad para su mejor conservación. El 
ejemplo de los Oficiales era la única arma en los buques del Capitán Cook para persuadir á los ma- 
rineros á comer cosas, sanas sí, pero asquerosas. Resistióse la marinería en la bahía del Rey Jorge, 
que es La navegación desde el Norte á las islas de Sandwich, á beber el extracto de la caña ele azú- 
car fermentada, y se usaron el ejemplo, las persuasiones, nunca la fuerza, para atraerlos á esta 
útil medida; y finalmente, para conseguir la quietud en tierra y evitar un roce intempestivo vió el 
sabio Capitán lleno su buque de mujeres entregadas á la sed insaciable del marinero, y lo vió con 
indiferencia porque aquéllas eran voluntarias, y la conducta de éste y su sufrimiento en los trabajos 
exigían un premio análogo á su carácter. 

Así es mi ánimo en esta parte que la razón y la uniformidad sean las armas siempre preferidas 
al rigor militar y que éste sólo se emplee agotados ya todos los demás medios para el buen orden 
de la sociedad y el buen éxito de la empresa. 

Miro, no obstante, el rigor militar como cosa bien diferente de la disciplina militar, y seré tan 
exacto en dar á ésta cotidianamente el útil lugar que se merece, como resistente y áun opuesto á 
sentar el ejemplo aún más suave del primero. 


II 

Sentado ya que ha de constar, no sólo á los ojos de los súbditos, sino también á los del público, 
que la razón y el mejor desempeño de la empresa son casi la única base de nuestro sistema, ha de 
fijarse la consideración en otro punto igualmente importante, y que apoya el principio anterior; es 
á saber: que se mirará como supérfluo, y por consiguiente se apartará muy luego todo lo que dis- 
tante de aquellos dos agentes tenga sólo en su favor, ó el ejemplo de otros, aunque para mí su- 
mamente respetables, ó el deseo de alcanzar cierta áura popular que, como una ola impelida del 
viento á la playa, es tan fácil á entrar como á retroceder. 


III 

Supuesto que en esta comisión es la parte facultativa más bien que la militar la que ha de 
contribuir á la utilidad pública, he creído que deben variar también las reglas del buen orden á 
bordo, esto es, que el Comandante ha de aproximarse mucho al subalterno, y áun si es posible so- 
brepujarlo en el ejercicio de todo lo que corresponde á la parte facultativa, aunque distase mucho 
de la militar. Mil razones, y nuestra misma felicidad, exigen que seamos pocos para muchas 
cosas: esto envuelve en si el que todos hayan de hacer lo que puedan, y si es honorífico para un 
militar, cualquiera sea su esfera, el correr el primero al encuentro del enemigo, creo no seráménos 
gloria para el facultativo humano el correr á tirar ó arriar un cabo más bien que despertar uno 


CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


2 9 


que duerme libre de su guardia, ó atrasar y á veces contrarestar los buenos efectos de una ma- 
niobra. 

Las ideas son unas en todos los hombres: la comparación nos hace felices ó infelices: la falta 
de una pequeñez da á veces una idea perniciosa de debilidad que desalienta. El Comandante, di- 
vidiendo con prudente economía, y nunca sin necesidad, el trabajo de sus inferiores, ya lo hace 
suave en lugar de ser molesto; y además, infundiendo en cada uno nuevo aliento, les inspira aquel 
vigor que tantas veces suple al número, y da la más alta idea del propio alcance y resistencia. Son 
muchos los que en un buque de S. M. están exentos de trabajo personal: nadie lo está cuando el Co- 
mandante establece con su ejemplo un principio contrario, ni parecerá inútil el acomunar esta idea 
si se considera que los peligros, ó por mejor decir, las ocasiones de practicarla, serán casi diarias, 
antes bien serían continuas, pues que el desempeñar más ó menos lo que espera de nosotros la 
Nación, pende precisamente de las mayores ó menores fuerzas con que contemos. 


IV 

Como es natural me arrastrará lo que acabo de expresar, al principio de que la aproximación 
del Jefe con el súbdito en esta clase de destino, no sólo al trabajo, sino también debe extenderse á 
la manutención. Mientras llega el hablar del reparto de ración, diré á Vm. que esto}' firmemente 
decidido á verificar esta aproximación cuanto sea posible. Nunca llegará el caso de que el en- 
fermo carezca del alimento más saludable mientras lo haya para el hombre sano de cualquier 
dase que sea. La proporción de alimento desde el más alto hasta el ínfimo individuo, ha de ser 
siempre una misma así en la cantidad como en la calidad; antes bien, así como espero qu e el 
ejemplo mío sea para los Oficiales (si lo necesitasen) un nuevo estímulo para los sufrimientos, lo 
será la tranquilidad de éstos también para el marinero. En éste no prevalece otra razón que la ne- 
cesidad; tal pudiera representársele por otra parte si condenado á nutrirse de alimentos igualmente 
escasos y malos, viese en la abundancia á los que deciden de su suerte y tal vez hasta el fruto han 
de coger de sus sufrimientos. 

El buque además no admite en sí un gran número de cosas frescas; y en cuanto al uso de las 
saladas, queriendo S. M. que no se economice gasto á favor del marinero, y entregada á nosotros 
la dirección del apresto, no hay motivo para que sea mejor lo de unos que lo de otros ó para que 
las cantidades sean tan desproporcionadas, que el uno sufra escaseces mientras el otro se halla en 
la abundancia. 

Empero esto no implica que la uniformidad sea rigurosamente la misma. Este partido sería 
pernicioso aun á los fines que me he prescripto, é injurioso al Oficial cuya cuna y sucesiva edu- 
cación le hacen ya necesarias diferentes cosas, que al soldado ó al marinero fueran más bien mo- 
lestas. El aseo de comida y el repuesto de varias cosas agradables que ni apetece el marinero ni 
ocupan demasiado buque, ni son emblemas de la abundancia, serán siempre un distintivo conside- 
rable que dividirá las clases una de otra y un alivio no indiferente para el Oficial. 

La costumbre hace suaves, y áun bien agradables muchas cosas que llevaban en sí el sem- 
blante de sufrimientos. Iiay quien aborrece los manjares más delicados. No pocos hacen de- 
pender su felicidad y su conservación del mismo método de vida que á otro fuera insufrible. La 
misma costumbre es la que á primera vista nos representa como insufrible la falta de variedad de 
las comidas, como imposible de sustituir al excelente sabor de vacas, carneros y aves domésticas y 
de las verduras de nuestros huertos, el de un guanaco, de un ave de mar, de una yerba silvestre. 
Pero también es positivo que en la clase de viajes como este á que nos hemos comprometido, he- 
mos de ser felices ó infelices según nuestra costumbre logre mirar con indiferencia unas ú otras pri- 
vaciones. 


V 

Es mi ánimo, pues, por lo que toca á esta necesaria aproximación de comida, el seguir el 
siguiente plan. Se procurará adaptar á la mesa de plana mayor todo el aseo posible, la abundancia 
necesaria y la indispensable buena calidad. El uso de las harinas, del té, café, chocolate y algu- 
nas especies más delicadas de vinos, serán la distinción constante de los demás; al paso que pro- 
porcionando las primeras una diversidad grande de manjares agradables, y suministrando los 
segundos ó por si ó mezclados con el azúcar un entretenimiento saludable, ni con el tiempo 
pierden su buena calidad, ni el volumen que ocupan es nocivo para otras cosas de mayor impor- 
tancia. Nunca me sujetaré para el acopio de cosas frescas á la duración de la siguiente cam- 



3 o 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


paña; de suerte que suponiendo que en los correspondientes sitios destinados no quepan más de 
quince terneras y cien gallinas, la misma cantidad se embarcará para un viaje de dos meses, desde 
Cádiz á Buenos Aires, que para uno de veinte desde Manila al Cabo de Buena Esperanza por las 
islas del mar Pacílico y la Nueva Zelanda. Algunas veces será aún más sensible la privación, pues 
que siendo el ánimo de S. M. que los rastros de esta expedición en los países no sujetos á la Mo- 
narquía derive más bien de efectos de humanidad que de medallas ó instrumentos destructivos, de- 
beremos propagar en varios parajes las castas de animales más útiles á la sociedad, y por consi- 
guiente el pescado y las carnes silvestres serán á veces nuestro alimento, mientras tendremos á la 
vista animales de carnes sumamente apetitosas. 


VI 

Bien se deja ver que semejantes privaciones, aunque guiadas de la razón, por lo común saluda- 
bles y á veces necesarias, fueran, no obstante, muy sensibles si no las atemperase un método uni- 
forme, en el cual se combinen con recto equilibrio las ocasiones de mucha escasez con las de mucha 
abundancia. Las diferencias y las privaciones resultan así ménos reparables; la necesidad misma 
dicta nuevos recursos, y finalmente, se establece como sistema la debida aproximación de todos los 
que naveguen en un mismo buque, como ya se ha indicado. 


VII 

Entiendo, pues, que el método proyectado debe empezar al mismo principio del armamento. 
Debe quedar convencido de la constancia de este sistema, no sólo el que haya de navegar con nos- 
otros, sino también el público, sean ó no injustas las consecuencias que luégo se deduzcan de aqué- 
llos, dadas por gentes arrastradas de la ignorancia á veces de la emulación. A esta vista irán la 
seguridad de que no es el capricho el que dicta semejante medida; el navegante podrá deponer 
cualquiera idea de superfluidad, se irá familiarizando con una vida bien diferente de la que ha se- 
guido hasta aquí, y podrá pesar sus fuerzas y su constancia con datos mucho más ciertos y des- 
agradables. El público, por otra parte, verá grabadas en nuestro sistema la unidad, el buen orden, 
el ejemplo del sufrimiento, la independencia de todo lo que pudiera ó atrasar ó hacer más gravosas 
al erario nuestras operaciones; finalmente, aquel deseo natural de que emulen nuestros navegantes 
la constancia tan admirada de los que nos han precedido en semejantes empresas. 

VIII 

Admitida esta necesidad, y bajo la consideración de que el alimento es más bien un tributo á la 
naturaleza que un recreo para los que se han fijado satisfacer las potencias espirituales con prefe- 
rencia á las animales, se hace presente que en esta especie de comisiones , no sólo ha de privarse 
uno á sí mismo de lo supérfluo, sino lo ha de extender á los demás, evitando, por consiguiente, 
toda clase de banquetes. Nuestro objeto en el día es conservarnos, no desperdiciar buque, ocupar- 
nos enteramente de los altos fines á que se nos ha destinado y acreditar esta verdad, si es posible, 
á la vista de todos. Cuatro cosas se oponen al banquete. Es pernicioso á la salud, implica el 
embarco de mil superfluidades, distrae muchas horas útiles, y finalmente, borra la reminiscencia 
de aquellos mismos trabajos que se hacen sólo sufribles por el deseo de ser admirados de los demás 
hombres. 

El que busque examinar de cerca nuestras tareas; el que quiera añadir á este favor el de disfru- 
tar de la compañía de los Oficiales en la hora en que esté más reunida, más agradable y más 
chancera, será admitido con aquella confianza y agradecimiento que exige un lazo amistoso de esta 
naturaleza. Se le manifestarán estos sentimientos de modo que no pueda dudar de ellos. Comerá 
con aseo y con abundancia, pero será muy luego que el deseo de merecer su aprobación se apoya 
más bien en el esta‘do de nuestros buques, nuestra disciplina, nuestras tareas y nuestras máximas, 
que en un número ostentoso de platos útiles únicamente al paladar, muchas veces fatales al es- 
tómago. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


31 


IX 

Consecuente á este sistema será el número de criados que se embarquen. Los he ceñido á un 
Mayordomo, un Repostero, un Cocinero y un Panadero, todos bien asalariados, pero constituidos á 
trabajar por sí cada uno en su ramo, y ayudarse recíprocamente siempre que el caso lo requiera. 
Seguirán á éstos otros cuatro criados, el uno como familiar del Comandante, dos para servir á los 
seis Oficiales y el Guardia Marina, y uno para los de las demás clases que alternen con los mismos 
Oficiales. Este arreglo se ha hecho de común acuerdo, según lo prescribía la Real orden correspon- 
diente. S. M. abona el número completo, aunque no se embarquen, habiéndolo así mandado al 
señor Intendente general de Marina. 


X 

La ociosidad, temible en todas las clases embarcadas, lo es aún más en la de criados, por la 
facilidad con que pueden brindarse y cautivar otros regalando una ú otra cosa de rancho. Con pru- 
dente método han de intervenir los nuestros en los trabajos, particularmente en todo lance que ne- 
cesite un mayor número de brazos. Pero comoquiera que se les haría sumamente gravosa tal nove- 
dad, contraída á la comparación con los demas buques de S. M., han de atraerse á esta costumbre, 
nó con la violencia ni con demasiada prontitud, sino más bien con el tiempo, con el ejemplo y con 
el aprovechamiento de ocasiones oportunas; causas todas que sin el menor desagrado arrastrarán 
seguramente la realización del fin deseado. 


XI 

Contribuirá mucho á hacer útil y áun más dócil esta clase de individuos, comunmente díscolos 
en todos los buques de S. M., el hacerles entender que no están depositados' en ellos ni nuestra 
felicidad ni nuestro lucimiento, y que reduciéndose á pocas cosas el cabal desempeño de su oficio, 
pueden muy bien ocuparse del trabajo á que mejor se hallen dispuestos y diariamente en las mu- 
chas horas ociosas contribuir con sus mismos brazos al justo equilibrio de tareas con todas las 
demás clases. 


XII 

Será su alojamiento parte en la repostería y parte en la Santa Bárbara: en entrambos parajes, 
muy próximos al escotillón de la escala. Tendrán catres ingleses ó cois, según sea posible acomo- 
darlos, y así estarán más separados del roce con las demas clases de á bordo, más próximos á la 
Oficialidad á quien han de servir, y más fácil la inspección de su conducta, lo que considero ne- 
cesario. 


XIII 

En la bahía de Cádiz y áun al salir de la Carraca, se dividirán indistintamente las clases por 
alojamiento y comida según el método establecido; esto es, que el Piloto, Cirujano, Contador y 
Guardia Marina, se tratarán en un todo con uniformidad al Oficial, atento no obstante á la diferen- 
cia de confianza del Comandante, que será proporcionada á unos y á otros; el Contramaestre, Pilo- 
tines, Condestable, Sargento y Sangrador, comerán 3' alojarán juntos en un rancho á estribor de 
la repostería, adaptado su tamaño al acomodo de los seis catres ingleses correspondientes al primer 
Carpintero, primer Calafate, dos Guardianes, Armero, Velero y Tonelero, tomarán igual sitio á 
babor. 


XIV 

La Real orden que acompaño con el número 1, enterará á Vm. del ánimo de S. M. sobre los 
diferentes puntos relativos á disciplina que había propuesto anteriormente. Era mi ánimo con el 
nombre de mozos, aproximar los segundos Carpinteros y Calafates al trato y servicio de marineros, 



32 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


disminuyendo así la clase de Oficial de mar y simplificando el régimen interior. Intentaré conse- 
guirlo aunque se miren como Oficiales de mar; pues su número haría muy gravoso el alojarlos y 
aumentar la comida de éstos. 


XV 

He indicado ya cuanto considero necesario para el buen orden, toda la posible distancia en el 
roce entre las tres clases primordiales de á bordo: i. ft Oficialidad de guerra. 2. a Oficialidad de mar. 
Y 3/ Tropa y marinería. Será tanto más sólida y segura y tanto menos desagradable, cuanto más 
temprano sea su establecimiento. Se lian dispuesto á este fin las comunicaciones de la cubierta con 
el alcázar, las reparticiones de comida y alojamiento y el mismo espíritu de disciplina. Bastará 
por consiguiente una muy leve inclinación á la balanza, para que propenda hacia este partido tan 
saludable. Con avisar á cada uno cuando éntre á bordo con quiénes ha de familiarizarse y á quié- 
nes ha de evitar, indicándole blandamente si anduviese errado en sus pasos, y procurando al prin- 
cipio promover la buena harmonía y amistad entre los que componen una misma clase, se hará el 
enlace tan sólido que será luego superior á cualquier acaso que quisiese trastornarlo. 


XVI 

Conviene mucho que los buzos sean de la misma clase de marineros, ó si la ciega obediencia á 
las Reales ordenes y la necesidad obligase á admitirlos de esta clase propietaria, sólo en el nom- 
bre se mirarán como Oficiales de mar; su agregación, por lo que toca á comida, coi y servicio, será 
exactamente á la clase marinera. Los que han servido mucho tiempo en esta clase, sea en los ar- 
senales ó en los buques armados, tienen por lo común dañado el pecho y además son muy inclina- 
dos á la bebida. Espero que los marineros suplan muy bien esta plaza. 


XVII 

He extendido á dos el núm ro de cocineros del equipaje para que tengan á su cargo no menos 
el caldero del equipaje que las ollas de Oficiales de mar y de la enfermería. De este modo, excluida, 
toda necesidad de ranchero, pues un Grumete de la guardia ó el mismo Cocinero podrán llevar la 
comida al rancho; y por lo que toca al aseo del alojamiento, á una misma hora y con igual inter- 
vención del Oficial de guardia, se vigilará por medio de los grumetes sobre éste y sobre el que 
corresponde á la marinería. 


XVIII 

Al Oficial de mar se dará diariamente ración de vino y ración de carne fresca cuatro veces á la 
semana. El modo de recibir esto de la provisión es los domingos y miércoles; para extenderla á los 
jueves y lunes se determinará con la menor incomodidad de los buques menores, según el paraje 
en donde estén fondeadas las corbetas. Con este equivalente, con buenas menestras y tocino, y 
con una variedad agradable 3' proporcionada á las circunstancias, apoyaré el partido de que nadie 
embarque para su uso particular comestibles de cualquier especie que sean. Importa mucho 
borrar las ideas de ranchos, que al paso que ocupan un crecido número de brazos, son manantial 
inagotable de discordias, de desórdenes y de enfermedades. La ración que se suministrará será 
abundante; serán tres las comidas calientes. Habrá alguna distinción en favor del primer rancho 
de los dos que componen esta clase. Se determinará, aunque no invariable, la cantidad y calidad 
de comestibles por cada día de la semana, y con este antecedente se prohibirán toda clase de 
raciones, todo cambio de efectos comestibles que no sea en la misma despensa y con interven- 
ción y anuencia del Oficial del Detall; finalmente, -toda venta particular de cualquier clase que 
sea, 3’ se singularizará entre éstas la de vino ó licores, que será grave delito, aun por la pri- 
mera vez. ’ 


XIX 


Apartándome nuevamente del método común de los buques de S. M., así como el Sar- 
gento y Condestable rozarán mucho con Oficiales de mar, rozará igualmente la tropa con la marí- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


33 


nería, coadyuvando yo mismo y los Oficiales á que se familiaricen unos con otros y sea tan deposi- 
taría de la autoridad la marinería como ejecutiva la tropa de todo trabajo. He indicado ya que no 
es el rigor militar quien ha de mover las ruedas de nuestra disciplina, y que ha de brindarse cada 
uno voluntariamente al trabajo, no ignorando desde el principio que es de su obligación todo lo que 
esté en la esfera de sus alcances y de sus fuerzas. 


XX 

De ningún modo opino que hayan de nombrarse patrones fijos de las embarcaciones menores. 
Muy luégo formarían una nueva clase que se consideraría superior á los demás, y los gavieros, 
timoneles y cabos de guardia absorberían inmediatamente casi todo el número de marineros. El 
contramaestre ó guardián que esté de servicio, inspeccionará todos los días el estado de las embar- 
caciones menores y de sus pertrechos, y dimanando de él el nombrar de la gente existente aquellos 
que parezcan más oportunos, quedará con rapidez pronta la embarcación, y lo que más importa, 
todos se irán adiestrando en su manejo, práctica sin la cual nos hallaríamos envueltos en mil impo- 
sibles. Los botes chicos procurarán meterse dentro siempre que no hayan de enviarse á ninguna co- 
misión; y en general, las mareas y el viento se combinarán y aprovecharán cuanto sea posible para 
sus movimientos, debiendo por lo común preferirse la lentitud á un excesivo trabajo de remos y á 
la necesidad de emplear mucha gente en los botes. 

> 

XXI 

Hallo muy importante el infundir desde el mismo principio en todos los individuos de las cor- 
betas una idea harto útil en lo venidero; y es que no hemos de contar con otros auxilios que los 
de nosotros mismos. Será oportuno bajo este supuesto el valerse de nuestras gentes, de nuestros 
botes y de nuestros pertrechos para muchas cosas que con más facilidad conseguiríamos pidiendo 
auxilios extensos á los buques de S. M., á la Capitanía del puerto ó al Arsenal. Por ejemplo, cual- 
quiera faena de anclas, muchos transportes de efectos cuando los buques menores estén sin des- 
tino; el mismo amontonarse muchos efectos en los primeros y en los últimos días de nuestra estada 
en puerto, serán otras tantas lecciones útiles del alcance de las fuerzas al que ha de mandar y al 
que ha de obedecer. El uno moderará algún tanto el natural principio de celeridad que se mira 
como único en los demás buques del Rey; el otro se irá insensiblemente amoldando á no graduar 
por el número de brazos el éxito de las faenas por pesadas que parezcan, y sobresaldrá en este 
temple de tareas la inteligencia de los Oficiales de guardia y el buen ejemplo de los Oficiales 
de mar. 


XXII 

La debida atención á la comodidad respectiva, y el no hallarse aún reunidos todos los Oficiales 
destinados á la comisión, ha hecho que indistintamente se ocupasen otros en aquellos objetos que 
ya desde algún tiempo requerían la presencia del Oficial. Al principio del armamento es mu}^ pro- 
bable que ya no haya otra atención extraña sino la Astronomía, en la cual se ocuparán únicos los 
dos Oficiales nombrados en cada corbeta, agregándoles un Piloto para copiar y confiar el diario. Al- 
ternarán, por consiguiente, los demas Oficiales y el Guardia Marina en el servicio de á bordo, y 
particularmente en la asistencia al armamento. Sin superfluidades, procuraré no obstante que nada 
se omita de lo que implica el acto formal é importante que á la sazón llena el Oficial. A éste, sin 
molestarlo al principio, se procurará atraerlo cuanto ántes á la asistencia á bordo áun de noche, y 
con esto será tan fácil ocurrirá cualquier urgencia que necesite la intervención de un Oficial, como 
agradable é instructivo el no ocuparse ya de otras cosas cuando los aprestos, los estudios y los 
mismos ejercicios exigen todo nuestro tiempo y toda nuestra atención. Es este justo sacrificio para 
los más jóvenes; al cabal desempeño de lo que S. M. ha fiado á nuestro honor, verá el público con 
mucho agrado que no serán vanas nuestras promesas, y la expedición, desde su misma cuna, adqui- 
rirá tal vez aquel patrocinio de los hombres sabios, sin cuyas luces y dictamen, particularmente en 
la parte científica, fueran muy arriesgadas nuestras empresas y mu}' dudoso el buen éxito de ellas. 



34 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


XXIII 

Sin urgente motivo ó de servicio, de salud ó de habilitación propia, el Guardia Marina y el Pi- 
lotín no empleado en la Astronomía, estarán continuamente á bordo. Aquél se inclinará á la vida 
activa de aparejar, asistir personalmente á la estiva, transporte y colocación de pertrechos en las 
lanchas ó botes, ó vigilar sobre la exacta observancia de las órdenes, ó soltarse en su manejo al 
remo ó á la vela. Esotro tendrá corrientes los libros de Detall, atenderá á las señales, será el ins- 
trumento de comunicación con el Observatorio, y se encargará, finalmente, de toda la práctica del 
Detall científico á que no pueda alcanzar el Guardia Marina. 


XXIV 

Alternarán en la guardia de puerto, uno de los cuatro Oficiales restantes como Jefes, y el Sar- 
gento y Condestable como subalternos. El traje de uno y otros indicará el destino en que se hallan. 
La tropa estará dividida igualmente en babor y estribor. Bastarán para el buen orden dos centi- 
nelas; uno sobre cubierta, y otro en el combés hacia el paraje en donde esté el fogón. Los indi- 
viduos de brigada harán la guardia unidos á la tropa de marina; se dividirán, no obstante, en los 
dos cuartos para que no falte diariamente quien pueda manejar la artillería si fuese menester 
alguna maniobra ó saludo. < 


XXV 

En la división de sollado he atendido á un paraje oportuno para encerrar las cajas de la oficia- 
lidad de mar y marinería, pues de ningún modo se permitirá á los primeros sobre cubierta más que 
un baúl y una frasquerita, y á los otros más que la ropa que quisieren tener dentro del coi. Se guar- 
dará todo lo demás en el pañol indicado, abriéndose precisamente una hora antes de mudar la 
guardia, y accidentalmente siempre que el Oficial ó el Sargento de guardia lo hallen oportuno para 
que cada uno pueda tomar ó guardar la ropa que le pareciese. El Sargento ó Condestable de guar- 
dia serán depositarios de esta llave. Las cajas y mochilas podrán dividirse por ranchos, y por ran- 
chos bajar también al pañol los individuos, ó subir de tiempo en tiempo su ropa para orearla. 


XXVI 

Casi todas las operaciones periódicas de la embarcación, así por lo que mira á la parte cientí- 
fica como á la del Detall, se reducirán á un método uniforme con el auxilio de pliegos impresos en 
los cuales el alta y baja de víveres, agua y gente, los accidentes relativos al cuadernillo de bitá- 
cora y todas las observaciones meteorológicas, lograrán su lugar sin confusión de materias ni de 
estilo. Pero fuera imprudente el coordinar estos pliegos con demasiada anticipación, faltando aún 
3a mayor parte de los instrumentos meteorológicos, é ignorándose hasta dónde en la situación 
local de nuestros buques podrá extenderse su uso. Así, estos pliegos no se imprimirán sino poco 
antes de la salida. Con la precaución de anotar metódicamente los acontecimientos, será luégo fácil 
trasladarlos á aquellos impresos, logrando ya que rija un solo método desde el principio hasta el 
fin de la campaña y consiguiéndose de este modo una más fácil reducción de noticias en la muche- 
dumbre de cosas que precisamente abrazará la comisión. 

XXVII 

El papel número 2 de los que acompaño, dará á Vm. una idea cabal del estado de dotación de 
cada corbeta. En la de Vm. podía suprimirse el velero. Basta uno para dirigir el obrador ó reco- 
rrida del velamen de ambas corbetas, y por otra parte, el Contramaestre y guardianes, son siempre 
un equivalente á un Maestro de velas. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


35 


XXVIII 

Me ha parecido oportuno (y lo he verificado ya) enterar á los subalternos de la razón que di- 
rige las innovaciones prefijadas. Debía combinarse con ellos, según la orden de S. M., el numero 
oportuno de criados. Hallé esta la mejor ocasión para indicarles al mismo tiempo que el ejemplo 
en los sufrimientos, y un noble desprecio de toda superfluidad y distracción, serían lo caracte- 
rístico de nuestra empresa; que se seguiría precisamente de aquellas máximas una reforma en 
la mesa, adaptada, no menos á la estrechez del buque y á la dilatada ausencia de todo paraje que 
proporcionase repuestos de aquella clase, sino á las reflexiones de aproximación nuestra con el 
Oficial de mar, el soldado y el marinero, y que para combinar con este método inalterable el na- 
tural exceso de las gratificaciones asignadas por S. M. en este viaje, se haría un fondo sobrante 
reversible después así en aquellos gastos extraordinarios relativos á la comisión, que comunmente 
suelen ser gravosos á cada uno en particular, como en un dividendo último igual entre todos los 
comprendidos en el abono de las mismas gratificaciones. 

Este aviso me pareció tanto más necesario cuanto mayor sería mi tesón en llevará debido efecto 
desde sus mismos principios el plan adoptado de evitar toda superfluidad, y cuánto más temible 
sería en mis jueces externos una siniestra interpretación de mis ideas. El primer cuidado del hom- 
bre debe ser el de evitar las acusaciones de su mismo corazón; pero el inmediato es no incurrir en 
la crítica de los demás. Siendo un mero administrador de esta parte, la más gravosa del mando, 
yo evito las acusaciones así de mi corazón como de los externos; puedo libremente entregarme á los 
reparos de buen orden, moderación, buen ejemplo, humanidad y disciplina; puedo, finalmente, no 
aventurar mi propiedad ni mi honor en una administración cuyas pérdidas nadie ha de participar, 
y las ganancias, si las hubiere, pueden, por los dictados de mi misma conciencia, pertenecer legíti- 
mamente á otros. 


XXIX 

Acompaño á Vm. en el papel número 3, las pocas señales que servirán en puerto para la 
inteligencia mejor de las corbetas. Embarcados los relojes marinos, podrá examinarse su marcha 
por una misma señal, desde tierra, referida á entrambas corbetas y áun referida al resultado de las 
alturas correspondientes observadas por distintos observadores, como sea en un mismo péndulo. 
Esto es lo que por ahora he creído preciso manifestar á Vm., no tanto, como dije al principio, por 
que me parezcan preferibles estos métodos á otros, como porque constituido cada uno en el día á 
satisfacer á muchos, ó superiores ó amigos, sobre las medidas áun más frívolas de la expedición, 
muy luego incurriríamos en una discrepancia de pareceres trascendental á nuestro concepto, al buen 
orden interior y á la satisfacción de los que sirvan á nuestras órdenes, cuando es fácil después en el 
dilatado tiempo de nuestras navegaciones, practicar todas aquellas cosas que, apoyadas en la razón, 
merezcan sujetarse á la experiencia aunque de su utilidad ó necesidad no quedásemos entrambos 
convencidos. = Cádiz, á i.° de Abril de 1789. 



Biblioteca Nacional de España 



RELACIÓN GENERAL DEL VIAJE 


DISCURSO PRELIMINAR 


POR 

D. ALEJANDRO MALASPINA 


Quien comparase el viaje de las corbetas Descubierta y Atrevida de la Marina Real, á los 
ingleses y franceses que le han precedido desde el año 1765, erraría ciertamente sobremanera. Cua- 
lesquiera que sean los puntos de vista bajo los cuales se miren uno y otros, son otras tantas las dis- 
paridades que presentan, y bastará el enumerar aquí algunas para que sea fácil inferir las demás 
sin recelo de error. 

En el año de 17S9, época en la cual se emprendió el viaje, cuyos resultados presentaremos 
ahora al público, ya el globo habitable podía considerarse enteramente conocido. Fijados en uno y 
otro polo los límites de la navegación por el hielo constante; detalladas las costumbres, el nú- 
mero y el origen de los habitantes de las orillas del mar Pacífico; examinadas sus producciones y 
combinadas las derrotas más seguras y más breves que pudiesen comunicar entre sí los puntos 
más remotos de la tierra; el intentar un nuevo viaje de descubrimientos hubiera merecido el des- 
precio de los sabios y áun la mofa de aquellos pocos que buscan en esta especie de narraciones, ó 
el entretenimiento de una ociosidad perpétua, ó el origen de nuevos sistemas, bien sean políticos 6 
referidos á las ciencias, 

Los progresos de la navegación habíanme llevado á un punto todavía más alto: ni los aparejos, 
ni las carenas, ni la calidad y cantidad de los víveres, ni los acopios precisos de agua potable, ni 
finalmente, la mezcla á bordo de un trabajo continuo y desordenado, con la rápida variación de 
climas y con la perpétua respiración de un aire infecto, podían mirarse como obstáculos para na- 
vegar directamente hacia los puntos más distantes del globo: todo lo venció la navegación mo- 
derna, y variado el semblante de la cuestión, se halló tan fácil, tan sencilla y barata la conserva- 
ción del hombre de mar ó en los países desiertos, ó en aquél mismo Océano que parecía amenazar 
por todas partes, como era difícil en los parajes poblados y particularmente en las colonias euro- 
peas del Asia y de la América. 

No eran, pues, los adelantamientos de la Hidrografía y de la navegación en general los que 
pudiesen mover el viaje actual con la esperanza de algún suceso; pero una mirada aunque leve 
al estado de los conocimientos y combinaciones europeas sobre la América y el Asia, debía descu- 
brir luego al punto otros objetos de igual ó mayor importancia que prestasen un justo motivo 
para emprenderle, y prometiesen á la Nación aquella utilidad, si no aquel lustre, al cual habían 
aspirado los últimos navegantes extranjeros. 

Esta variedad del fin propuesto, no podía ménos de influir directamente en la suma discrepan- 
cia de los medios para ejecutarle. Debíamos visitar la mayor parte de nuestras colonias del mar 
Pacifico y franquear la navegación fácil de unas á otras: debíamos, sí fuese posible, apurar los co- 
nocimientos físicos y «astronómicos para vencer, ó los riesgos, ó la rutina de las especulaciones 
mercantiles. ¿Cómo pudiéramos conseguirlo, sin detallar con una suma prolijidad las costas, sin 
hacer una larga demora en las colonias principales, sin buscar las estaciones favorables á una y otra 
parte de la Equinoccial, en fin, sin exponer á cada momento, al influjo combinado de los vicios y 



VI Aja ALREDEDOR DEL MUNDO 


:*8 

del clima, unas tripulaciones que hubiera sido más fácil preservar en el mar, ó en las soledades de 
las Malvinas, de la Nueva Zelanda y de la costa Noroeste de la América? 

En una palabra, dirigía á los pasos ingleses el afan de hallar nuevas posesiones y nuevas ra- 
mas de comercio en los países aún no bien conocidos; y de allí la celebridad, la novedad, la econo- 
mía, el feliz triunfo de mil obstáculos en la navegación y la fácil conservación de los navegantes; 
nuestras miras, al contrario, se dirigían al conocimiento cabal de unas posesiones inmensas, al 
prudente desprendimiento de las que fuesen inútiles ó perniciosas, y á la reunión precisa de los di- 
ferentes puntos de una Monarquía tan extendida, de donde dimanaban por precisión la nimiedad 
hidrográfica y política, la lentitud, los costos, los menores riesgos de la navegación, las ideas más 
trilladas, y sobre todo, la mayor dificultad de conservar las tripulaciones en buen orden y buena 
salud. 

Sin embargo, como la ocasión fuese oportuna, debían sujetarse á una experiencia constante y 
advertida las diferentes ideas para viajes largos y distantes que sugerían las narraciones ya publi- 
cadas de ingleses y franceses. Hubiera sido tan reprensible el adoptarla sin reflexión y con una servil 
admiración, hija á lo menos de la desidia, cuando no lo fuese de la ignorancia, como poco cuerdo 
el graduar su utilidad por nuestra sola espcriencia sin sujetarlas antes y después á los razonamien- 
tos nacionales. Son bien distintas la educación, el carácter y la constitución de nuestras marinerías; 
es tan varía la disposición interior de nuestra disciplina y nuestros buques, y son tantas las colo- 
nias españolas esparcidas sobre toda la superficie del globo, que la mayor parte de las precaucio- 
nes dictadas por el Capitán Cook para esta especie de viajes, serán siempre en nuestra Marina ó 
perniciosas 6 impracticables. 

Indicados ya los objetos generales que dictaron como útil el viaje actual y como prudente el no 
prefijarse una imitación servil de los viajes ingleses, es fácil descender á las ideas de donde dimanó 
el pormenor de su ejecución. La construcción de un Atlas Hidrográfico paralas navegaciones dis- 
tantes de los buques nacionales, ora atendiesen al abasto recíproco de las colonias con la matriz, 
ora á un comercio más extendido con los países independientes de la Europa, era por sí un objeto 
suficiente para mover hacia el mar Pacífico buques y sujetos que lo verificasen: sin mayores costos 
era fácil después combinar con este examen nimio de las costas algunos progresos en la Historia 
Natural, referidos esencialmente al hombre y luego al suelo y á los diferentes animales que lo ha- 
bitan. Pero sin publicar los resultados de aquellas indagaciones, se malograría su fruto más bien 
para los nacionales que los extranjeros, y publicándolos, caería finalmente el telón espeso y miste- 
rioso que había ocultado hasta ahora á unos y á otros el semblante real de la América á fuer de su 
misma extensión. Entonces sí que la confesión auténtica de nuestra misma debilidad convidaría á 
la codicia siempre voraz de los europeos á invadirnos por todas partes y con acierto; entonces nues- 
tro entusiasmo para la defensa general sería tan inútil y desmayado, como los esfuerzos que debían 

incitarle ¡Triste situación que parecía dictarnos como más útil el caos y la falta de sistema y 

de conocimientos, que una mirada cabal, generosa y científica á los límites, á la calidad y á los in- 
convenientes de lo que componía la inmensa Monarquía española! 

Pero en fin, ¿esta debilidad podía ocultarse? Y aun oculta, ¿debíamos mirarla como un vicio 
irremediable? ¿O bien existía un choque directo de los principios sociales con la naturaleza capaz 
de trastornar los cimientos más juiciosos de la legislación? Semejante cuestión debió, en fin, con- 
vencer á un Ministerio cauto y reflexivo, que cualquiera fuesen los males inherentes á la constitu- 
ción actual de la Monarquía, no lo habría ciertamente peor que el de no analizarla por unos prin- 
cipios sencillos y naturales. Decidióse la publicación del Atlas Hidrográfico y con ella se decidió 
por precisión un examen político de la América, el cual manifestase con una filosófica indiferencia 
nuestros males y nuestros remedios, nuestra debilidad y nuestros recursos, nuestros errores pasa- 
dos y los principios más cabales de nuestra administración del día. 

¡Ojalá que semejante encargo, capaz por sí solo de reunir al mismo centro de las virtudes so- 
ciales al Monarca, á sus Ministros y á las diferentes clases constituidas á obedecer, ojalá que 
hubiese recaído en unas manos capaces de tratarle como se merece! Pocas verdades aisladas é in- 
dependientes del fárrago de sistemas que nos abruma en el día, bastarían tal vez para variar el 
semblante de la Monarquía. El trabajo común, ya no tuviera otro objeto sino la común utilidad 
ceñida en cada individuo á unos deseos aprobados y asequibles; suelos y climas tan fértiles y tan 
varios, tributarían un fruto abundante, ó al propietario ó al colono; no habría una lucha continua 
entre los mismos miembros de la sociedad; cesarían la esclavitud política y la mercantil; satis- 
fechos de nuestra misma felicidad social, ya no miraríamos con envidia ó cón temor los pasos áge- 
nos, y esta sola indiferencia política bastaría por una parte para hacernos respetables á las nacio- 
nes extrañas, y por la otra, para enfrenar el abuso del sistema militar. 

¡Oh! Si alcanzase para tamaño encargo la filantropía más enérgica, el estudio más asiduo de la 



CORBETAS DEvSCCBJBRTA Y ATREVIDA 


39 


naturaleza, un examen desapasionado del instinto y del derecho del hombre, referidos á la socie- 
dad; una reflexión lenta y razonada sobre los tristes desórdenes del día; los sugerimicntos, en fin, 
de la gratitud más viva y más indeleble al Monarca que me ha distinguido y á la Nación que 
me ha adoptado por suyo, no cesarían, no, mis voces para el intento; los pasatiempos del día 
y las vigilias de la noche fueran un tributo igualmente sencillo á la felicidad general; miraría 
como dicha más bien el guiar la opinión pública hacia la tranquila prosperidad social, que el con- 
ducir una falange militar contra un enemigo, quien ignora por lo común cuáles son sus motivos y 

los nuestros para pelear Pero no; es en vano el aspirar al cabal desempeño de tal empresa; 

otros más hábiles franquearán muy luego los cortos límites que á mí han prescripto á la par la falta 
de estudios políticos y las distracciones del mar; seré feliz, sin embargo, si las pocas verdades que 
he de sentar y son el fruto de las tareas de muchos años, sirven siquiera de un primer escalón para 
el alto edificio del poderío y prosperidad nacionales. 

Si dejásemos á un lado para los razonamientos políticos y económicos las ideas elementales que 
desde la conquista de la América y de una parte del Asia han establecido su imperio en nuestra 
Europa, evitaríamos, ciertamente, el ser difusos y el luchar contra una serie de principios endure- 
cida con el tiempo, con la costumbre y con las conveniencias de cada uno. Pero al mismo tiempo, 
ó dejaríamos en la misma oscuridad en que yace el origen verdadero de nuestros males, ó sin to- 
carlos, pretenderíamos infundadamente elevar un edificio sólido y permanente sobre unos cimientos 
débiles y mal distribuidos. Un nuevo proyecto, parecido tal vez y ya más cansado que los escritos 
del Abate Raynal, entretendría por breve tiempo al lector ocioso y superficial, al paso que alentaría 
al Gobierno á mirar los súbditos, más bien como enemigos que como una parte de sí mismo; y 
tal es la propensión de la opinión pública, que la misma insuficiencia de los remedios propuestos 
serviría para desalentar la práctica de los que pudiesen seguirle con mayor utilidad en lo venidero. 

Es, por consiguiente, necesario en el examen propuesto de la América, abandonar el hilo de 
los razonamientos adoptados hasta ahora; y después de una ojeada instructiva é imparcial á ese 
vasto continente y á la utilidad real de sus productos y de su comunicación con la Europa, es pre- 
ciso descender particularmente á la naturaleza de las posesiones españolas; á las condiciones so- 
ciales que las unen entre sí: á los motivos que condujeron á su formación; al estado en que se 
hallan en el día, y finalmente, á los medios que suministran ellas mismas sin violencia para resta- 
blecerse y contribuir á la felicidad pública. 

El objeto de las asociaciones humanas no es otro, sin duda, que la propia seguridad y defensa 
y una mayor facilidad de los cambios recíprocos que conduzcan directa ó indirectamente á una vida 
tranquila y agradable. Pródigo el Creador hacia el hombre, al paso que su infancia penosa, su ve- 
jez inmóvil, sus armas débiles y su cutis delicado, le hacían tal vez el animal más expuesto ó á la 
fiereza de los otros ó á la inconstancia de los elementos, dióle un instinto y una disposición á pen- 
sar, con las cuales pudiese, sí, señorearse con facilidad sobre toda la naturaleza; pero se viese in- 
clinado al mismo tiempo á ejercerlas contra su misma especie, movido de la envidia más bien que 
de la necesidad. De allí dimanan los diferentes periodos de la sociedad: triunfan al principio la 
edad y la fuerza para abatir los bosques y vencer las fieras que los habitan: los dictados del en- 
tendimiento se ejercen después para el abrigo de las intemperies y la fácil adquisición del ali- 
mento: síguese, en fin, muy de cerca la tercera época, la cual se dirige, ya no á triunfar de los 
obstáculos de la naturaleza, sino es á subyugar á sus semejantes y hacerles que trabajen á su fa- 
vor: de aquí han derivado en diferentes tiempos según la varia constitución casual de las socieda- 
des, las guerras externas para la adquisición de esclavos y la extensión de dominios; y las internas 
ó civiles para la destrucción de las facciones ó de las opiniones; el aprovechamiento de la navega- 
ción para los cambios y transportes voluminosos, y el afinamiento del discurso para simplificar las 
artes y las labores; de aquí ha dimanado, por último, el sistema de las conquistas lejanas y de Ul- 
tramar, sistema que ha acarreado consigo la multiplicación del lujo y ha confundido todos los có- 
digos de gobierno en el solo código mercantil. 

Este es el vicio social que triunfa hoy en día de las opiniones; el que elogian con tanto afan los 
escritores políticos, unos en pos de otros, y es este por la misma razón el que debe sujetarse á una 
discusión juiciosa antes que otro alguno, semejantes al cultivador industrioso, que no pudiendo 
ciertamente evitar que llegue á su tiempo la estación rigurosa del invierno, escoge, planta y abriga 
los diferentes árboles, por manera, que resistan á sus efectos; así nosotros, indagando el mal en su 
mismo origen y teniéndole á cada paso presente, ya no pretenderemos violentar la naturaleza, para 
que destruya las leyes que ella misma se ha prescripto, sino más bien sujetaremos las medidas so- 
ciales al recto equilibrio que debe siempre conservar con el instinto inconstante del hombre. 

No parezca violento este orden de los razonamientos propuestos, cuando se presentan á un 
mismo instante á la vista del hombre reflexivo, el estado de nuestra Europa, el de las colonias en 



4 ° 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


general, y el de los pueblos rudos en los primeros grados de la sociedad. Estos son los elementos 
invariables que la naturaleza ha prescripto para nuestro estudio: sus costumbres, sus leyes, su si- 
tuación física y sus ideas morales, demuestran con bastante evidencia que el antojo ha de luchar 
siempre con aquella maestra, que la imaginación no cesará de labrar allá en el caos de las cosas 
venideras, mil compensaciones de los males que nos agobian en la realidad, que el mismo antojo 
será el que trastorne las mejores instituciones sociales, y haga, por consiguiente, necesaria su re- 
forma periódica; finalmente, que si son ó infructuosas ó temibles por lo violento las reformas que 
no estriben sobre la opinión pública y uniforme del legislador y del que obedece, son, al contrario, 
precisas y agradables las que lleven por base el convencimiento universal. 

Si preguntásemos sencillamente á la España, esto es, á toda la reunión que forma la Monarquía 
española: i.° cuáles son en el día sus necesidades reales; 2 ° cuáles sus temores; 3. 0 cuáles los 
contratos legítimos de su constitución interior, ciertamente la hallaríamos bien confusa para res- 
ponder; ni por otra parte, pudiera tacharse con razón á persona alguna que exigiese de antemano 
la clara y general respuesta de aquellas dudas para fundar sus razonamientos con acierto. Titubea- 
ría aún mucho más si persistiésemos en preguntarle cuáles son las necesidades reales para cuya ad- 
quisición ó dominio puede y debe usarse la fuerza pública. Si son inalterables en cualquiera es- 
tado de la sociedad los deberes del individuo, ¿hasta qué grado son útiles el comercio, la industria y 
las colonias? Finalmente, ¿qué es lo que entiende por el sumo grado de opulencia al cual pueda y 
desea llegar? 

Ya una mirada, la más sencilla á esta clase de cuentos políticos, le demostraría que es pre- 
ciso reconcentrarse en sí misma; que son por lo común engañosos, tanto los temores de una dema- 
siada robustez de las demás^naciones , como el afán de imitarlas ó excederlas en la opulencia, y 
que la naturaleza de sus posesiones ultramarinas, el deseo ilimitado de nuevas conquistas, y el 
juicio no cabal de lo que ellas valen, no sólo han formado un todo débil y mal urdido, sino que 
han alucinado también sus pesquisas constantes sobre las causas de un mal tamaño. 

Al plan de una reforma útil de la constitución nuestra colonial (si pareciese últimamente nece- 
saria), debían, pues, preceder en un orden claro é inconcuso, antes una idea cabal de lo que son hoy 
en día nuestras colonias, de lo que serán mediante el impulso lento y contradictorio de la legisla- 
ción actual, y del influjo verdadero que causaron á la España su conquista, su posesión y sus pro- 
ductos; luego un examen sencillo de los derechos originales de cada una de las partes que compo- 
nen la Monarquía, y sobre todo un examen de sus conveniencias, sean internas ó externas; débese 
procurar después el reunirías en el nuevo plan de legislación hasta donde lo permitan los vicies 
inherentes al hombre en sí, al hombre nacido en un clima y en una situación determinadas, y á los 

inconvenientes inevitables de la demasiada extensión de dominios ¿A qué servirían ó un espejo 

fiel de la legislación del día engendrada por la necesidad sostenida por las distracciones que ella 
misma causaba y robustecida por los órganos que debían impedir su acrecentamiento, ó unos cla- 
mores vanos sobre la debilidad nuestra, sobre la fuerza imaginaria de las demás naciones, y sobre 
las miradas tímidas, sospechosas y traidoras con las cuales debiésemos acecharnos una á otra en 
cada individuo, en cada palmo de terreno, en cada vara detegidos pertenecientes á todas? Sería este 
un nuevo fárrago de ideas mezquinas y cansadas, tan importunas y áun despreciables para el Go- 
bierno y para la Nación, como ignominiosas para quien se encargase de ordenarlas. Llevarían es- 
tampadas en su frente las marcas odiosas ó de la adulación, ó de la ignorancia, y sería digno de 
reprensión y castigo, el que intentase ó alucinar ó seducir ai público. 

Examinada de este modo la Monarquía, descubrirá sin duda al político nacional una nueva 
perspectiva agradable. La variedad de los productos en suelos y climas tan varios y tan extendi- 
dos, le presenta innumerables medios de ocurrir á sus necesidades y á sus deleites, sin auxilio de 
otra nación alguna. La inmensidad de sus territorios desvía de un golpe así las discordias internas 
en el choque continuo de los poseedores oprimidos, como las externas en el interés mal entendido 
de los enlaces políticos de la Europa: conocidos los hábitos, la naturaleza, el instinto y el derecho 
délos indios sujetos, ya los mira como una parte preciosa de sí misma, los despierta, los hace fe- 
lices con la alternativa del trabajo y del goce, y los multiplica sin temor de que le ofendan; ceden 
enteramente al blando halago de la vida sociable y á los pasos lentos, sí, pero pacíficos de los misio- 
neros, todas las tribus errantes que habitan los bosques y los ríos internos; ya no es el espíritu de 
dominio el que mueve nuestros pasos interiores. Nos basta verlos tranquilos é inclinados á la re- 
unión y al trabajo, para que el legislador vea el fruto de sus medidas y el colono el de sus gastos. 
Avalúanse después en la balanza de la felicidad pública los metales ricos, los tintes, los simples 
medicinales, la industria, la agricultura, la de las pescas y todo cuanto tributa ó puede tributar el 
continente americano á nuestra Europa y á las demás partes del globo. La prosperidad de las co- 
lonias es una misma con la nuestra. No hay estancos; crece la población, su reunión es sencilla y 



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CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


41 


agradable; más fácil su defensa, más suave el impuesto, ménos intrincadas y quebradizas las le- 
yes; más enérgico, sí, pero más coartado el sistema militar; y mirados, finalmente, con una igual 
predilección el minero y el agricultor, el colono y el habitante de la matriz, el fabricante y el co- 
sechero, la emigración y el radicarse donde parezca. La sola idea de un semblante tan halagüeño, 
bastaría para excitar el patriotismo; esto es, aquella persuasión firme, de que sean útiles y justos 
los sacrificios prescritos al individuo para el bien público; del patriotismo, en una sociedad que 
nada necesita y que convida á su seno á otros muchos con la abundancia de las tierras fértiles, 
con la dulzura de su legislación y con la facilidad de su defensa, derivaría inmediatamente el cré- 
dito público; esto es, el concepto que adquiere una nación consigo misma y con las demás, de ser 
poderosa en su defensa, justa en sus pretensiones y legal en sus contratos; del crédito público, 
finalmente, se vería dimanar aquella noble indiferencia, con la cual deben respetarse los derechos 
y las propiedades de cada nación sea más ó ménos poderosa, más ó ménos distante y con la cual 
ya no se da cabida al sistema político adoptado en Europa; esto es, un sistema en donde los pasos 
de las sociedades envuelven en sí ántes la lucha de ellas mismas con su gobierno, y luégo la lu- 
cha de unas con otras sin objeto y sin utilidad. 

¡Oh! si por un acaso feliz entre las convulsiones terribles que agitan la especie humana y cons- 
piran contra su propia multiplicación; si fuese destinada la España á contener una mayor efusión 
de sangre y á cicatrizar unas llagas cuyos efectos serán tal vez funestos por más de un siglo á la 
Europa desventurada; si descollando con un noble sosiego entre la colisión general de principios y 
de intereses, descubriese al mismo tiempo una moral no violenta, una religión pura, una adhesión 
gustosa á su constitución enérgica y cariñosa, un poder extenso brotado casi repentinamente del 
suelo que habita, y ceñidos los limites de su territorio; unos medios indecibles para aprovecharle 
y defenderle, porque no sería capaz ella sola de llamar otra vez la opinión pública hacia el orden; 
y al sosiego de fijar los límites de la autoridad y de la subordinación; de derivar el coloso de una 
soñada balanza política, la cual haría consistir el bien propio en la debilidad ó en la ruina de los 
demás; en fin, de presentar un abrigo tranquilo y uniforme á los que quisiesen adoptar sus leyes, 
su gobierno y sus derechos nacionales. 

Después de estos antecedentes, ya es preciso dar una idea del método seguido ahora para la 
publicación, el cual no podrá parecer extraño ni será tal vez desagradable. Atento á la división 
necesaria para tratar las materias políticas, hemos considerado los dominios ultramarinos de la 
España divididos en tres grandes trozos: la América meridional desde el Cabo de Hornos hasta el 
Istmo de Panamá; la septentrional (comprensiva de las Antillas), desde el Istmo hasta sus límites 
inconcusos al Norte; y las Islas Marianas y Filpinas en los mares del Asia, agregándoles como era 
natural los intereses nacionales en aquella parte del mundo y en el mar Pacífico, ora se refieran á 
las colonias europeas, ora á los habitadores independientes de aquellas regiones: á esta división 
preliminar ha sucedido otra inmediatamente y ha sido la de separar las materias hidrográficas de 
las que más directamente se referían á la instrucción y entretenimiento comunes: aquéllas no 
podían ser útiles ni exactas, si no las desmenuzásemos con una tal prolijidad y evidencia, que la vida 
de los navegantes y las propiedades del comercio pudiesen considerarse seguras en las partes 
más remotas del globo; esotras, al contrario, debían unir lo útil á lo agradable y convidar á su 
lectura con la novedad del objeto, con la claridad del método y con la seducción de las mate- 
rias. ¿Cuál no sería el placer del lector patriótico, si después de una corta suspensión de ánimo al 
ver la lucha del navegante con la tempestad, las escaseces, la variedad del clima y aquel afán 
constante que le deben causar la estrechez, la monotonía, la incertidumbre de su suerte y los vicios 
de su imaginación, se hallase luégo trasplantado en un sólo instante entre los laboratorios más 
prodigiosos de la naturaleza, en donde se ven reunidas la fecundidad natural de la tierra, con la 
suma variedad de los climas, con la acción perpétua de un Océano inmenso que la rodea y con los 
efectos de un sol más directo y penetrante? Qué, ¿no se complacería aún más si viese inmediata- 
mente después el estado del hombre en medio de tantos agentes para multiplicarse y destruirse, 
para vivir errante y reunirse en sociedad, para trabajar con fruto y entregarse á una ociosidad per- 
pétua? Y finalmente, ¿cuál no sería su satisfacción, si viese casi instantáneamente y por un orden 
natural referidos esos pasos y esas reflexiones á la prosperidad nacional? 

Este ha sido, pues, el fin que nos hemos propuesto en la división de las materias; los asuntos 
hidrográficos se refieren sólo al navegante, al legislador y á los que quieran por su propia aplica- 
ción penetrar en el pormenor de la una ó la otra ciencia. La narración del viaje y la descripción 
física y política de los países visitados, comprenden á cualquiera clase de los hombres estudiosos; 
deben darle una idea justa, si no completa, de los establecimientos nuestros de Ultramar, y condu- 
cirle al verdadero patriotismo, demostrándole las ventajas permanentes de la Monarquía, la debili- 
dad de los males que la impiden medrar, y la actividad de los remedios que nos suministra la na- 



42 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


turaleza; el todo lleva en sí además la división primordial de las diferentes partes de la Monar- 
quía. Así es fácil á cualquiera no sólo el adquirir y el estudiar la sola mitad de la obra que crea 
útil, sino también el estudiarla con un método uniforme, por manera que á la par de no poderse 
confundir en nuestra Europa el clima, el suelo, la navegación, los habitantes y las costumbres de 
la Rusia y de la España, no se confundan tampoco en adelante las nevadas montañas de Chile 
y de la costa Noroeste de la América, con los volcanes y las inundaciones del Reino de Guate- 
mala y de las Filipinas ó con los llanos inmensos de las provincias de la Plata y de la costa Pata- 
gónica. 

Entrando ya á detallar con una mayor individualidad el plan seguido en cada una de las dos 
partes indicadas y dejando por ahora las materias hidrográficas, hablaremos con alguna extensión 
de lo que comprende la primera parte, esto es, la narración del viaje. 

Hállase ésta dividida en tres tomos y cada tomo en tres libros; aquéllos llevan en sí la división 
natural de la descripción del viaje; de la descripción del sudo y de sus habitantes , y de la descripción de la 
legislación actual, juntamente con la reforma que parece adecuada al todo de los objetos é intereses 
nacionales: los tres libros, como ya se indicó, comprenden la América meridional, la América sep- 
tentrional y nuestros dominios del Asia. 

La descripción del viaje, ó sea el diario, es por su naturaleza más bien cansado; pero era indis- 
pensable el dar una idea aunque fuese mediana, del método seguido en nuestras tareas y particu- 
larmente de los objetos que han devorado el largo espacio de cinco años; era indispensable el tribu- 
tar á cada uno de los hábiles individuos que han servido en la expedición la parte de trabajo y los 
elogios que le correspondiesen; debíamos, en fin, señalar con una especie de sinceridad marinera 
los inconvenientes relativos á la navegación que, ó fuesen hijos de la constitución general de la 
Monarquía ó pudiesen con mayor probabilidad atribuirse á defecto de nuestros armamentos y con- 
ducta: de la mejor voluntad confesaremos que en ningún modo pudiéramos aspirar á nivelar este 
viaje con los que ha hecho el Capitán Cook; nuestros sufrimientos y nuestros riesgos han sido en 
mucho menores á los de aquel navegante esclarecido; tal vez el ansia de imitarle más de cerca no 
auxiliándonos igual fortuna, nos hubiera conducido precipitadamente y sin fruto alguno sobre las 
huellas, ó del desgraciado Conde de la Péyrouse en la costa Noroeste de la América, en las Islas de 
los Navegantes y en los bancos no distantes de la Nueva Caledonia, ó del Capitán Rion, casi su- 
mergido con el Guardián por acercarse á una banca de nieve, ó del Capitán Hunter, náufrago con 
el Supply sobre la Isla de Norfolk, ó de la Pandora, igualmente perdida sobre las tierras de Salo- 
món; repetirémoslo una vez más todavía; el nuestro no ha sido un viaje de descubrimientos: lle- 
vaba por objeto el conocimiento de la América para navegar con seguridad y aprovechamiento 
sobre sus dilatadísimas costas, y para gobernarla con equidad, utilidad y métodos sencillos y uni- 
formes. 

Ya el segundo tomo abraza en sí materias mucho más amenas é instructivas. En él, atendida 
siempre la división de los tres libros, se examinan el suelo con sus producciones, los habitadores 
indígenas y los colonos. En cada uno de estos objetos, sin omitir particularidad alguna de las que 
hemos advertido en el viaje, reunimos luégo en un solo punto de vista todas las indagaciones na- 
cionales, y de allí resultan por una parte las vicisitudes que han causado y deben causar en aquel 
continente, el tiempo, los trámites de la naturaleza y los trabajos lentos, débiles y á veces contra- 
dictorios del hombre; por la otra las dos especies de habitantes, que se hallan en toda ella y en las 
Filipinas al tiempo de la conquista; esto es, unos hombres embrutecidos, errantes en corto número, 
entregados á la desnudez, al bosque y á la caza; sin principios sociales, sin leyes, sin gerarquía y 
sin religión; débiles en sus fuerzas, ilimitados en sus apetitos; y otros procedentes de una emigra- 
ción antigua, civilizados, unidos, amantes del orden y del gobierno, bastantemente provectos en 
algunas artes, y sin otra inferioridad á las asociaciones europeas, más que la falta de conocer el 
uso de la pólvora, del hierro, del caballo y de la navegación: á estas dos perspectivas que presenta 
la América relativamente á su población antigua, síguese luégo la tercera, y es la que deriva de las 
conquistas europeas, comprendiendo las castas y costumbres mixtas que ha producido y rigen en 
el día: cuanto más nos acercaremos en estas discusiones interesantes á los informes nacionales, ó 
impresos ó manuscritos y ai rastro incapaz de borrarse que dejan tras sí la conquista, la legislación 
y el abuso, tanto más fácilmente veremos derivarse y caer por su propio peso la mayor parte de 
las novelas y dejos sistemas que se han forjado relativamente á la América: sistemas y novelas 
dignas á la verdad de disculpa, cuando miradas con tanto halago por las naciones extrañas cuanta 
era la indiferencia con la cual las escuchaban los españoles, tenían además á su favor ora las exa- 
geraciones militares, ora los clamores de un celo intempestivo, ora las maravillas y milagros de una 
credulidad por lo común maliciosa. 

La mayor parte de este libro será por consiguiente una redacción de obras agenas, más bien que 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


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un trabajo original. En ella tendrán una parte esenciaíísima las observaciones locales del Coronel 
IX Antonio Pineda, las de los hábiles naturalistas D. Tadeo Heenke y IX Luis Nee, pero siempre 
desprendidas de aquellas descripciones nimias y ordenadas que corresponden más bien al estu- 
dio científico de la Historia Natural y deben por la misma razón formar una obra separada. Las 
leyes unas veces, otras las historias auténticas, y por lo común manuscritos é informes fidedignos 
de nuestra misma época, serán los cimientos de la descripción de lo que no hemos visto. Y sin nom- 
brar á persona alguna cuando las materias pudiesen parecer odiosas, tendremos sin embargo un 
particular cuidado por medio de las notas, de tributar á cada uno lo que es suyo y autorizar nues- 
tra obra con sus mismos nombres; por la misma razón deberemos citar á cada paso al Sr. D. An- 
tonio de Ulloa. Este observador filósofo, que ha seguido la verdad con no seguir los sistemas, y ha 
estudiado los habitadores de la América con una asiduidad constante y por el largo espacio de veinte 
años, merecerá tal vez un nuevo aprecio entre los sabios por la claridad y sencillez de sus des- 
cripciones; y las épocas, bastantemente distantes de sus escritos 3' los nuestros, serán un nuevo 
apO)’0 de los pasos ordenados de la naturaleza en aquella parte del mundo. 

Pero ya es tiempo de dar una idea algo más difusa del tercer tomo, que trata de las materias po- 
líticas: la prosperidad y la defensa de la América, y sus enlaces directos y naturales con la matriz, 
son los puntos esenciales ó más bien los únicos que debemos tener á la vista: la historia de la con- 
quista y de la conservación de nuestras posesiones, descenderá por consiguiente mu) r luego á la 
descripción de las demás posesiones europeas; veremos cuáles fueron las causas que las arrancaron 
de nuestras manos, cuáles las ventajas directas ó indirectas que de ellas sacan los poseedores, y 
cuáles los daños reales que á nosotros resultan de su inmediación; y demostrada la poca importan- 
cia de todos estos objetos, se procurarán establecer de tal modo nuestros derechos territoriales, que 
puedan evadirse de una vez en lo venidero las desavenencias que semejantes cuestiones, natural ó 
maliciosamente mal entendidas, han originado hasta ahora en tanto número. 'Fijados ya los límites 
del imperio relativamente á las demás potencias europeas en una parte, y á nuestra conveniencia 
en otras, es justo examinar en la inmensidad de países que aún quedan, cuáles son los que forman 
una parte efectiva de la Monarquía gobernados ya por nuestras leyes y capaces de contribuir en 
algún modo á la defensa de la república, y cuáles son los que no debemos considerar como sujetos 
á la autoridad nuestra. ¿Convendría sujetarlos por las armas, ó dejar al tiempo, á las misiones 
bien ordenadas y á un comercio ligado con la humanidad el que se opere paulatinamente esta cri- 
sis deseada? 

Sea como fuere, ya cada parte de los que constituyen la Monarquía ultramarina así determi- 
nada. debe organizarse de tal modo, que suministre para su propia defensa y para una cierta mo- 
derada progresión de su opulencia, antes de contribuir á la matriz. Deben, por consiguiente, estable- 
cerse el pié militar de paz y guerra para los salvajes y para los invasores antes de determinar el 
impuesto, examinando al paso qué es lo que contribu) r e neto en el día á la matriz, y disminuirle, 
continuar ó aumentarle según sean sus fuerzas cabalmente reconocidas. 

Con estos razonamientos será fácil ver, que la existencia de nuestra marina, aplicada directa- 
mente á las colonias, no sólo suministrará unos medios eficaces para la defensa y reunión recí- 
proca de unas costas tan extendidas, sino que aumentándose rápidamente en razón de los mismos 
auxilios que le presta la naturaleza, vivificará la industria de las colonias, al paso que disminuirá 
en mucho los gastos de la Armada recargados al Erario de España. 

Organizados de este modo los límites y la defensa así externa como interna de cada parte ul- 
tramarina de la Monarquía y dejados á ella misma los medios de atender á su prosperidad local, 
y aquella administración sencilla de policía y de justicia, que jamás pudiera ligarse ó con una 
pauta uniforme para todas las provincias, ó con una inmutabilidad perpétua. por cuanto varían las 
circunstancias y las necesidades; el orden mismo de las ideas nos guía directamente á desenvolver 
los derechos legítimos de las colonias y sus deberes sociales entre sí y con la matriz. ¿Cuáles son 
en el día los sacrificios recíprocos 3' cuáles las ventajas? Este solo examen, reducido á los objetos 
de necesidad, de utilidad y de superfluidad, y sujetado á la enorme diferencia del derecho que 
traen en sí el comercio interno ó nacional y el externo ó extranjero, descubrirá con un orden sen- 
cillo el verdadero valor de los metales ricos, su circulación irresistible, su daño real en nuestro 
Continente, adoptadas las trabas del día y su ma} r or daño en la América por la persuasión errada 
de que sea el símbolo de la riqueza. De allí kt indiferencia de la legislación en pro de esta indus- 
tria; de allí la indiferencia del Continente para amontonarle con violencia; de allí, en fin, el estu- 
dio de los errores políticos que nos han conservado por tres siglos en la misma debilidad y no nos 
han permitido enfrenar ó hacer útiles los pasos de nuestros conquistadores. 

Luego hay un medio para que las colonias nuestras de la América sean felices, se fortalezcan, 
puedan defenderse, y entrando en la asociación natural de la Monarquía como parte activa, tributen 



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VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


á la fuerza y prosperidad pública aquella cuota que les corresponda. ¿Cuáles son, pues, estos enla- 
ces legítimos de la América con la Europa, enlaces que nos deben conducir á una independencia 
absoluta de las potencias rivales, á un sistema de gobierno y de impuestos más moderado y más 
equitativo, á una población y una educación más adecuadas á nuestro estado actual, y á unos prin- 
cipios de legislación y de opulencia que tan impresos en el español de Ultramar como en el de 
Europa, en el legislador como en el súbdito, no presenten ya para una misma sociedad un choque 
continuo de miras, de intereses y de la fuerza parcial de cada uno? 

Semejantes reflexiones, sin las cuales fuera inútil, antes bien, sería pernicioso un examen polí- 
tico de la América, nos conducen irresistiblemente á un examen de la administración pública de 
España. Emancipadas, digámoslo así, las colonias por manera que deban considerarse una parte 
alícuota más bien que una parte secundaria de la Monarquía, y examinada su influencia directa en la 
fuerza y opulencia del continente, el comercio natural de unas con otras debe inferirse por precisión, y 
deducir de allí el sistema del impuesto comerciante, distinguiendo lo que damos y consumimos de la 
Nación de lo que damos y consumimos del extranjero; aquí debemos inmediatamente probar cuán- 
tos son los vicios de' la legislación actual de la Europa y en particular de la España, la cual, con- 
virtiéndose de golpe en una nación colona industriosa y comerciante, ha hecho casi necesaria una 
emigración que prohibe y ha abandonado el cultivo de los mismos alimentos que necesita. Sin la 
infinidad de vicios políticos dimanados de la confusión de nuestros intereses con los de las colonias 
y de los intereses de las colonias con las discordias parciales de la Europa, acaso el desnivel de 
nuestros precios sería tal que los trigos de Beauce y del Orleanois, distante ciento y tantas leguas 
del mar, pudiesen llegar á Cádiz más pronto y con una economía de ciento por ciento en su tras- 
porte cotejados con los de Falencia, que sólo distará 40 leguas de Santander (1). ¿Acaso el soldado 
y el minero español, que en su país no pueden lograr las más veces el pago moderado de un tra- 
bajo asiduo y enfadoso, se convertirían luego al punto en la América en otros tantos ministros de 
la autoridad pública, distinguidos, ricos y sin necesidad de trabajar? 

Pero sobre todo, desembarazada la España de los cálculos políticos en los cuales la envuelven 
ya la asociación, ya la defensa, ya la administración de sus colonias; sabidos los auxilios ó perió- 
dicos ó extraordinarios, que la pueden tributar; conocidos á la par los esfuerzos militares á que se 
halla ligada por los mismos contratos, y desterradas lejos de sí misma aquellas semillas inagota- 
bles de discordia, ora relativamente al territorio, ora al comercio, ora á los celos políticos con las 
demas naciones, ¿por qué no podrá ya reflexionar tranquilamente sobre sí misma y sin pensar en 
una mejor ó peor situación de la que permitan la naturaleza, sus brazos reunidos y los auxilios 
equilibrados de las demás partes de la Monarquía? ¿Por qué no podrá arreglar su impuesto, resta- 
blecer su erario, emplear directamente sus fondos para su propia opulencia y hacerse respetar sin 
necesidad de otro alguno por las demás potencias de la Europa? 

De allí derivaría tal vez un nuevo plan del derecho público confundido en el día, como ya se ha 
dicho, con el derecho comerciante; derivarían la mutua dependencia de las colonias con la matriz, 
con medios tan directos, justificados y naturales, cuanto son torcidos, injustos y perniciosos los 
que rigen en el día; derivaría, finalmente, el método de captar en cada año la opinión pública y el 
amor al Gobierno, con hacer públicas la administración y la existencia de los caudales y fondos de 
la Nación. Pero esta empresa pertenece á un ramo particular que no está comprendido en nuestra 
esfera, y es la organización interior de la España. Para nosotros bastará el sacudiría de los pesa- 
dísimos grillos que la causan las posesiones de Ultramar, y presentarle un plan general de re- 
unión, con el cual sean todas felices y no teman las invasiones externas, ni apetezcan las riquezas 
agenas. 

El deseo de dar una idea algo clara del plan propuesto en la verificación y en la publicación del 
viaje, nos ha hecho difusos; pero era indispensable, tanto para justificar el método adoptado, como 
para hacer ver desde el principio el último término que hemos llevado á la vista en nuestros pasos, 
y es la prosperidad sólida de la Monarquía. Ahora volveremos á reasumir el hilo de la publicación 
para dar idea de los demás ramos que abraza el total de la obra. 

A los tres tomos indicados se sigue otro relativo también á la narración, y trata del viaje que ve- 
rificaron en 1792 sobre la costa Noroeste de la América, las goletas Mejicana y Sutil , del Departa- 
mento de San Blas, á las órdenes de los Capitanes de navio D. Dionisio Galiano y D. Cayetano 
Valdés, sirviendo en clase de sus subalternos los Capitanes de fragata graduados D. Juan Ver- 
nací y D. Secundino Salamanca. Galiano y Vernaci han sido los redactores. Comprende además 
de los descubrimientos interiores del decantado Estrecho de Juan de Fuca, los trabajos hechos de 
mancomún con la expedición inglesa del Capitán Vancoover, una idea bien clara de las costumbres. 


(1) Memoria mos. de D. Gaspar Jovellanos sobre la Agricultura de España. 



CORRETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


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y ritos de aquellas naciones, y cuanto conduzca á aclarar indubitablemente las ventajas y alcances 
del comercio europeo en aquellos mares. Le han añadido después una narración extractada de 
todos los viajes nacionales hechos hasta el día sobre aquella costa, y últimamente han procurado 
dar una idea no menos exacta de los establecimientos rusos de la Siberia, y de las utilidades que 
prometen comparados á los gastos y á las pérdidas que han causado hasta ahora. 

Tal vez podrán comprenderse como apéndices á este mismo tomo, los extractos de otras tres ex- 
pediciones que han dimanado de la de las corbetas; y son la del Capitán de fragata D. José Melén- 
dez del Departamento de San Blas á las costas de Tccoantepeque y Soconusco, en los Reinos de 
Nueva España y Guatemala; la de los Pilotos D. Juan Maqueda y D. Jerónimo Delgado en las 
Islas Visayas ó Filipinas meridionales y la del Capitán de fragata D. Juan de la Concha, con los 
Pilotos D. José de la Peña y D. Juan Inciarte, al Golfo de San Jorge en la costa Patagónica orien- 
tal, entre los paralelos de 45 y 47 o de latitud meridional. 

Corresponden á estos cuatro tomos en una masa común setenta diseños, cuyo objeto es el de dar 
una idea á las veces de las costumbres de algunos países aún no bien conocidos de los europeos, á 
las veces de los pobladores, ó indígenas ó colonos de nuestros dominios ultramarinos, y á las veces 
de la situación y hermosura de algunas capitales de América. Son todos sacados del natural por los 
hábiles sugetos que en diferentes épocas nos han acompañado, y de los cuales daremos una rela- 
ción individual al tiempo de hablar de los armamentos de las corbetas. 

A esta parte del viaje, la cual hemos mirado como preferente, sólo porque se refería á un 
mayor número de personas, síguense ya los trabajos hidrográficos que distinguimos con el nombre 
de Atlas de la América meridional, de las demás costas de la Monarquía en el Mar Pacífico, y de las 
Islas Marianas y Filipinas. Se le han añadido después por una parte las cartas necesarias para las 
navegaciones nacionales en el Océano Atlántico desde las Islas de Cabo Verde, término de las pu- 
blicadas por los Jefes de escuadra D. Vicente Tofiño y D. José Varela, y por la otra todas las que 
indiquen los descubrimientos modernos y las derrotas antiguas nacionales. Reunida esta colección 
á la de los mares de la India, trabajada por los navegantes ingleses y franceses; y á la del seno me- 
jicano, actualmente entre manos de orden de S. M., el navegante nacional tendrá siempre á la 
vista datos individuales y bien claros para dirigir sus viajes con igual seguridad y presteza á do le 
llamen ó el servicio del Estado ó sus intereses particulares. Comprenderá nuestro Atlas unas se- 
tenta cartas, parte esféricas, parte de los planos de los puertos y parte con las vistas de las costas. 

Aunque el diario ó el primer tomo de la narración del viaje aclare en cierto modo la escrupulo- 
sidad con la cual hemos mirado esta parte esencialísima de nuestro destino, nos ha parecido, sin 
embargo, un deber anexo á la nimiedad que piden semejantes trabajos, el de individualizar antes 
los materiales de donde han dimanado, y luégo los derroteros que hagan más fácil, ménos cansado 
y más general su aprovechamiento. 

Todos los objetos indicados se comprenderán en dos tomos: el primero se formará con el volu- 
minoso diario astronómico, las observaciones meteorológicas hechas en los puertos y en el mar, 
y los estados de la declinación de la aguja; lo hará luégo sumamente útil é instructivo un tratado 
de navegación y geodesia que le hará preceder D. Dionisio Galiano, aplicando á una práctica bien 
comprobada, varios métodos tan útiles como nuevos que le ha sugerido el estudio constante de la 
Astronomía y de los demás ramos que corresponden al pilotaje sublime; últimamente, en una Me- 
moria separada, el Capitán de fragata D. Ciríaco Cevallos, expone con mucha claridad el resumen 
de nuestras experiencias sobre la gravedad de los cuerpos, hechas con el péndulo simple constante 
en diferentes paralelos de entrambos hemisferios, y las refiere al mismo tiempo á la figura de la tie- 
rra, nó tan simétrica como se suponía, y luégo á una medida universal, cuya comprobación cons- 
tante é invariable en diferentes parajes, dependa sencillamente de los resultados de las experien- 
cias hechas hasta ahora, ó por nosotros ó por los viajeros que nos han precedido. 

Corresponderán después al otro tomo, que será el sexto de la obra general, la recopilación de los 
elementos que han servido de base á nuestras cartas y los derroteros de las navegaciones que éstas 
comprenden. Un tratadito sobre los vientos y las corrientes y otro sobre las derrotas más breves 
por alta mar de uno á otro paraje del globo, cualesquiera sean las estaciones del año, hará ver á 
continuación, cuántas son las vías, y cuánto son fáciles para comunicarse continuamente entre sí 
la América, el Asia y la Europa. 

Siguiendo por naturaleza en los trabajos indicados, por una parte las noticias astronómicas 
que se nos han comunicado ó sabíamos de antemano, y por la otra la serie casi inmensa de los na- 
vegantes nacionales que nos han precedido para los reconocimientos parciales de la América, pro- 
curaremos no defraudar á persona alguna el fruto de sus fatigas, bien que dejando aparte aque- 
llas cuestiones hidrográficas sobre la primacía y la legitimidad de los descubrimientos, que ya 
tantas veces han sido agitadas en la Europa y siempre decididas por el público imparciaí á favor 



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VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


de la navegación antigua española. El mejor modo de dispersar las acusaciones, con las cuales á 
su salvo varios escritores han tachado la España hasta estos últimos años, será ciertamente el de 
no impugnarlos sino con los hechos cuando se hallasen infundadas, ó el demostrarles, cuando fue- 
sen fundadas, que ni eran absurdos nuestros misterios pasados, ni era otro, tal vez, el objeto de la 
publicación de sus viajes, sino el mismo que manifestaba la ocultación de los nuestros ó como pru- 
dente, ó como necesaria. 

Con los seis tomos ya indicados, concluiría la obra que ahora presentamos al público, si la habi- 
lidad y la aplicación constante de los Cirujanos de ambas corbetas, D. Francisco Flores Moreno y 
D. Pedro González, no diesen ocasión de añadirles otro tomo relativo á la conservación de la salud 
de los navegantes españoles. En balde intentaremos recomendar esta obra tanto como ella merece; 
se hallan aplicados á la práctica con igual felicidad los conocimientos más modernos sobre la di- 
gestión animal, los inventos más preciosos para la depuración del aire y del agua, los métodos más 
seguros para preparar y conservar los víveres, y finalmente, los muchos medios que para la con- 
servación del navegante en los climas temibles de la Zona Tórrida suministra la naturaleza en las 
posesiones españolas: se comparan ahora con la reflexión y tino correspondientes, la calidad del 
marinero español y la de los navegantes ingleses; los vicios que produce el mar y los que dimanan 
de los países inmediatos á la Equinoccial. El escorbuto, las fiebres pútridas y las catarrales, junta- 
mente con las causas que las producen, pasan por un examen igualmente científico, claro é inteli- 
gible; se enumeran las muchas bebidas fermentadas que es fácil aplicar á la navegación; tráense 
luégo á una comparación exacta con los principios prescritos, las varias enfermedades acaecidas 
últimamente en nuestras escuadras; y finalmente, se prescriben por una parte los temperamentos 
y métodos de vida que más bien correspondan á los muchos climas que presentan nuestras pose- 
siones dilatadísimas, y por otra el sistema de disciplina que parezca más propio para los buques 
de S. M., reunidos en un sólo punto de vista los objetos militares, los de policía y economía y los 
de la conservación del individuo. 

Estos son los límites actuales de la publicación del viaje. Se seguirán luégo, con un plazo pro- 
porcionado á la multiplicidad é importancia de los materiales, las diferentes obras científicas que 
se refieren más directamente á la Historia Natural. Los hermanos y herederos del difunto D. Anto- 
nio Pineda, tributarán ciertamente de mancomún con la Nación entera este nuevo homenaje á las 
ciencias y á la memoria de aquel hábil filósofo. 

Luégo que regrese D. Tadeo Heenke, el cual ha recorrido por un año más la América meridio- 
nal con indecible ventaja de los varios ramos de la Historia Natural, serán públicas igualmente las 
colecciones botánicas y zoológicas que ha formado, y describirá á la par con el otro botánico, Don 
Luis Nee. Tal vez no sería aventurado el asegurar que las colecciones formadas en el viaje son las 
más selectas que existan en el día, por sus rarezas, variedad y número. El de las plantas no es 
ciertamente menor de 14.000. 

Describirá después el mismo Heenke, con la elegancia que le es propia, los importantes países 
que ha recorrido últimamente en los Vireinatos del Perú y Buenos Aires, penetrando á Guamanga 
y Guancavelica, el Cuzco, Arequipa, la Paz, Potosí, los Yungas, Chucuito y el fértil país de los 
Moxos; las antigüedades peruleras, estudiadas ahora en el Cuzco, darán nuevo material para cono- 
cer la arquitectura de aquellos pueblos, que ya D. Fernando Brambila había estudiado y descrito 
con tanto acierto á la par de la arquitectura mejicana. En fin, cuantas ideas hayamos adquirido y 
cuantas podamos adquirir en lo venidero sobre los objetos que abraza el viaje, otras tantas se pre- 
sentarán al público como un tributo que le es debido y como una prueba de nuestro deseo incesante 
de coadyuvar á las intenciones benéficas de S. M. 

Aclarado con alguna individualidad el objeto del viaje y el método ahora adoptado para su pu- 
blicación, debemos con igual claridad manifestar cuáles fueron los aprestos y las medidas tomadas 
para el intento; serán éstos una prueba bien evidente de la generosa protección del Rey á favor de 
las ciencias y de la navegación, y harán ver las razones por las cuales nos hemos apartado á las 
veces y otras hemos imitado servilmente á los navegantes que nos han precedido en esta senda. 

Las dos corbetas con las cuales se ha verificado el viaje eran absolutamente iguales, y en ellas 
reunió el Brigadier D. Tomás Muñoz, Ingeniero Director y Comandante del Arsenal de la Carraca, 
todas las propiedades que parecieron más ventajosas, así para la resistencia como para la capacidad 
y comodidad del buque: sobre 120 piés de eslora, 31 '/ 2 d- e manga y 15 de puntal, manifestaban un 
arqueo de 306 toneladas; macizadas las cuadernas y calafateadas sus juntas, presentaban un se- 
gundo costado inaccesible al agua del mar, aun cuando el fatal encuentro de algún escollo hubiese 
roto la tablazón exterior; eran los fondos forrados antes con madera sujeta con clavos de metal y 
luégo con planchas de cobre, por manera que se destruyesen los perniciosos efectos de éstas sobre 
la clavazón interior de hierro. El calado no excedía á popa de 13 l / 2 pies, facilitando así el poder 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


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internar en cualquiera cala de poco fondo. Y proporcionadas luégo las dimensiones de la arbola- 
dura, para que no se opusiese un aguante extraordinario de vela á una regular velocidad, habíase 
logrado un excelente gobierno y una deriva más bien moderada, particularmente cuando se hiciese 
el debido uso de las mayores. Podían contener los buques en su bodega y sollado dos años de víveres 
para la dotación asignada, y seis meses de aguada y leña; los pertrechos de todas especies y par- 
ticularmente de hierro, lona y jarcias, eran adaptados á la falta absoluta de estos efectos, que ha- 
llaríamos en los diferentes puertos de la América. Eran igualmente crecidos los repuestos para ves- 
tuario de la marinería y para efectos de cambios. Las embarcaciones menores llegaban á cinco para 
ocurrir á los diferentes objetos de la aguada, leña, caza, pesca, observatorio, Historia Natural y 
comunicación continua de los buques con la playa; aumentadas las lanchas y aprestadas con cu- 
bierta de hierro, como lo verificamos después en Guayaquil y San Blas, podían las tres embarca- 
ciones mayores contener toda la dotación de los buques en el caso de un naufragio. Al mismo 
tiempo, los fogones de hierro para dulcificar el agua del mar, con dos alambiques, aplicado el se- 
gundo al caldero de la comida, suministraban el agua necesaria para la subsistencia de todos. Y lo 
que nos pareció lo más interesante; ni había persona alguna que no alojase en la cubierta principal, 
esto es, en un paraje bien ventilado y en donde el mismo fogón, con una acción continua, debía re- 
novar frecuentemente el aire, ni en los alojamientos dejaba de haber aquel método y diferencia que 
exigen, sí, la conservación de una buena disciplina por largo tiempo. Sería cansado, mas no total- 
mente inútil, el repetir uno á uno los diferentes reparos que se tuvieron presentes para esta distri- 
bución de alojamientos, la cual, luégo por lo que toca á la Oficialidad de guerra reunía, los objetos 
de una total independencia entre sí, de la debida quietud para las tareas científicas y de sitio có- 
modo y oportuno para reunirse y no olvidar los halagos de la vida sociable, sea con el auxilio de 
la música ó con la lectura de libros igualmente amenos y entretenidos. 

Ni en lo que mira á la buena calidad de los aparejos, velámenes y otros pertrechos, fue ménos 
eficaz el Brigadier D. Fermín de Sesma, Subinspector del Arsenal de la Carraca. Todo era de la 
mejor calidad y proporciones, y para un facultativo será buena prueba de esta aserción, el que le 
aseguremos haber sido una misma la driza de gavia que ha servido en la Descubierta durante el 
largo espacio de cinco años y dos meses. 

A estas dos clases de aprestos, de las cuales dependía en mucha parte la seguridad del viaje, 
siguiéronse luégo las no ménos importantes que se referían á la conservación de las tripulaciones. 
No ignorábamos (como se ha hecho ver ya), que nuestras escalas repetidas en los varios puertos de 
las colonias nacionales, proporcionarían el renovar los víveres cuantas veces fuese necesario; pero 
teníamos también á la vista el que mil alimentos de los que suministran las últimas navegaciones, 
pudieran á veces presentar objetos de variedad y de economía aun cuando no ofreciesen (lo que 
parecía difícil), ventaja alguna para la conservación de la salud. 

Adoptáronse con esta atención el Sowrkrout y las salazones del tocino, éstas por ambos méto- 
dos usados por el Capitán Cook y por el Conde de la Péyrouse: hicimos grande uso del vino de 
Sanlúcar, al cual sustituyóse el de Chile, y finalmente, el G/oog ó aguardiente aguada. Turnaban 
después la suministración de las comidas calientes y del gazpacho, el uso de las bebidas fermen- 
tadas y la diferente distribución de horas, según los climas y las estaciones en los cuales nos ha- 
llamos. A la vez se premió el baño, siempre se animó el ejercicio con tal que fuese moderado, ni 
nosotros, cuando no le hallásemos absolutamente necesario, prescribimos el trabajo en las horas de 
la mayor fuerza del sol estando en los climas más temibles de la Zona Tórrida. Por la misma razón 
de promover un ejercicio frecuente en todas las clases de los armamentos, se procuró que la ma- 
rinería y tropa estuviesen siempre á dos guardias y que los demás individuos fuesen también com- 
prendidos por lo general en este útil servicio. Nunca se omitieron, cuando estuvimos fondeados, la 
pesca, la caza y el aprovechamiento en el caldero de aquellas yerbas saludables que ofrece la na- 
turaleza al navegante áun en los parajes más áridos y desiertos. La narración del viaje manifes- 
tará después que muchas veces, más bien debimos reponer en el mar los armamentos harto debilita- 
dos en los puertos, que no expresar en éstos el restablecimiento de los efectos harto comunes de la 
navegación. 

Pero el resorte principal que adoptamos para la conservación de nuestro hombre de mar, fué 
sin duda alguna la tranquilidad del ánimo. En balde intentaremos suponer en el marinero espa- 
ñol aquella misma insensibilidad, que tantas veces se advierte y parece incorregible en el mari- 
nero del Norte. Los nuestros raciocinan, preven, y en una larga enumeración, por lo común abul- 
tada según los mismos efectos de la imaginación, conservan la idea de todas las desgracias acae- 
cidas en las navegaciones harto aventuradas del mar del Sur; de allí aquel entremetimiento 
impertinente en todas las providencias adoptadas y en los obstáculos que se encuentran casi dia- 
riamente; de allí aquel vuelo indecible de la suma valentía á la suma abyección, según los trances 



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VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


reales ó imaginarios que se le presenten; de allí, finalmente, un tránsito igualmente acelerado de la 
salud más robusta á una enfermedad epidémica; enfermedad que agravan luégo más y más los mis- 
mos indicios de su fatal existencia á bordo. Por ventura un verdadero espíritu de subordinación les 
hace tener las miradas siempre fijas en la Oficialidad de guerra que los gobierna. Basta que éstos 
sepan templar con tino el rigor y la dulzura, la fatiga y el descanso, la severidad y la persuasión, 
el acomunarse en cierto modo con ellos y el apartarse repentinamente á mucha distancia, para que 
la generosidad nacional se despierte luégo al punto y obre con toda la energía debida para infundir 
ántes la tranquilidad del ánimo y triunfar después de los mayores obstáculos. Pero de las ideas relati- 
vas á la conservación de la salud, se hablará con la debida extensión en el séptimo tomo ó tratado mé- 
dico. Nos ceñiremos aquí á ratificar lo que había demostrado con la mayor evidencia el Capitán Cook, 
y es que relativamente álos víveres y á la conservación económica del navegante, no ha}-' plazo, no 
hay clima, no hay punto alguno de la tierra en donde no sea fácil conseguirlo, con tal que se mo- 
difiquen las reglas generales á los hábitos y calidades de cada nación. Por lo que toca á nuestros 
aprestos, el SivrJcrout se mantuvo por dos años largos de buena calidad, exceptuándose, sin embargo, 
aquellas barricas que por falta de sal ó por una introducción del aire atmosférico entre las tongas 
no bien comprimidas, pudriéronse muy luego y despedían una fetidez extraordinaria. Los tocinos 
salados por uno y otro método, han durado por el espacio de tres años, con tal que se les renovase de 
tiempo en tiempo la salmuera. No resistieron tanto las menestras sin ser invadidas por el gorgojo; lo 
mismo sucedió al pan. No así á las harinas, particularmente de Filadelfia, las cuales conservaron 
la misma excelente calidad después de dos años de haberse embarcado en Cádiz. Hízose también 
una prueba escrupulosa con las carnes saladas de Montevideo. Las tuvimos fabricadas en el año 
de 1786, y después de haber navegado por cuatro años y medio, se conservaban aún de buena 
calidad en Marzo y Abril de 1794. 

A estos aprestos para la conservación del hombre, fueron después proporcionados los que 
exigía con justa razón el hombre enfermo. Las pastillas de caldo se fabricaron por diferentes mé- 
todos, los más introducidos en Europa. Dispúsose un abundante acopio de zumos de naranja y de 
limón. No descuidamos el embarcar algunas barricas con cebada fermentada y molida. Las cajas 
de medicina variaron mucho del método común de los buques de S. M., varió también el sistema 
de enfermería, evitando el embarcar dietas vivas y el destinar paraje lijo para los enfermos. Cuál 
haya sido el fruto de cada una de estas medidas, se manifestará después con verdad y método al 
tiempo de hablar, en el tratado médico, de éstos y de los aprestos que se indicaron en los párrafos 
anteriores. Aquí añadiremos, que en la dirección de nuestras medidas para este ramo, intervino de 
orden de S. M. el Proto-Médico de la Real Armada, D. José Salvaresa, cuyo dictamen sobre la 
conservación de la salud en el mar, se halla comprendido ^n tres cartas responsivas á otras tantas 
que manifestaban nuestras dudas ó incertidumbre para apartarnos unas veces de los métodos na- 
cionales y otras de los que nos prescribían casi invariablemente los extranjeros. 

Ya es tiempo de decir algo también sobre los objetos científicos que se prefijaron en el viaje y 
sobre los medios empleados para conseguirlos. Han sido muchos; nos han ocupado incesantemente; 
los dirigían por la mayor parte hombres bien conocidos en la república literaria, y el sabio Minis- 
tro que dio el primer impulso á la expedición y la ha protegido después con igual constancia y ge- 
nerosidad, condescendió desde luego á que se consultasen, con aquella docilidad que es siempre in- 
separable de la ciencia verdadera y del deseo de coadyuvar con la mayor extensión' á la utilidad 
sólida de nuestros semejantes. Franqueáronse desde el mismo principio los archivos de las Secreta- 
rías de Indias y Marina, para extractarlos materiales hidrográficos que en ellas hubiese. Este pri- 
mer examen manifestó de nuevo la necesidad del viaje próximo á emprenderse, pues confundidos 
en una sola masa, materiales á las veces excelentes y otras perniciosos ó en una perpétua contradic- 
ción los unos con los otros, si descubrían por una parte los esfuerzos repetidos y costosos que 
había hecho constantemente el Gobierno á favor de la navegación, convencían por la otra cuánto 
era fácil ó debilitarlos ó hacerlos inútiles con la sola insuficiencia de los medios adoptados para 
conseguirlo. Tuvimos, igualmente, una orden circular para que se nos franqueasen en las diferen- 
tes capitales de la América los archivos de los expulsos jesuítas, en donde con mucha probabili- 
dad se hallarían rastros recientes de los reconocimientos y viajes interiores que aquellos religiosos 
habían verificado en el siglo pasado y en el actual, ó con el objeto de coadyuvar á la conversión 
de las naciqnes no conquistadas, ó para auxiliar al Gobierno en el estudio é investigaciones de un 
país de tanta extensión; pero frustráronse también aquellas medidas, hallándose aquellos archivos 
en parte maltratados, y despojados en parte de lo que tuviesen de más precioso. Fué, finalmente, 
preciso recurrir á los autores impresos, bien que con la felicidad de poder comparar en las dife- 
rentes capitales de nuestros reinos ó provincias aquellas nociones que sirviesen de base para la 
historia de la América con los manuscritos é ideas locales que de allí mismo pudiésemos derivar. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


49 


Sin omitir de indicar lo más difusamente en los parajes de los tomos siguientes que por naturaleza 
lo exijan, no debemos en esta ocasión pasar en silencio que hemos hallado en todas las personas 
ilustradas de la América, á cualquier ramo á que correspondiesen, otros tantos socios de nuestra 
empresa, los cuales, por consiguiente, la han facilitado sobremanera y han ratificado así, tanto la 
necesidad de una reforma, como las causas, harto complicadas, que han llevado la América al es- 
tado en el cual se halla hoy en día. 

A estos elementos esenciales para el acierto de nuestros pasos y á los encargos más estrechos 
del Gobierno á los Vireyes y Capitanes Generales de las provincias para que auxiliasen esta em- 
presa con cuantos medios les dictasen su celo y los conocimientos locales, vimos añadirse des- 
pués con indecible utilidad del servicio varios dictámenes bien importantes de los Excmos. Seño- 
res D. Antonio de Ulloa, D. Juan de Lángara y D. José Mazarredo, sobre la Hidrografía y la cons- 
titución física de la América meridional, sobre la adquisición y el uso déla mayor parte de los ins- 
trumentos astronómicos, y sobre algunas experiencias relativas al nivel de los dos mares, Atlántico 
y Pacífico, y sobre varias modificaciones en el casco, en las maniobras y en la disciplina de nues- 
tros buques. Consultóse también al Teniente General D. Gabriel de Aristizábal. El Marqués de 
Ureña clió varias nociones sobre la aplicación de los aires fijos á diferentes enfermedades y sobre 
el mejor uso de los eudiómetros, y D. José Armenteros, Secretario en Manila por la Real Compañía 
de Filipinas, á instancia del Gobierno, agregó á las nuestras todas las reflexiones físicas y políticas 
sobre aquellos establecimientos que le había suministrado el estudio más asiduo de veintidós años. 
Tantos auxilios bastaban por sí solos para alentar á la empresa los hombres aún más tibios y des- 
confiados de sus propias fuerzas. ¿Pues qué, cuando concurrieron al mismo intento varios doctos 
ex-jesuitas residentes actualmente en Italia, los abates Córdoba de Castro, Jiménez y de Cesaris, 
el Marqués Gerardo Rangone y el abate Spallanzani de la misma Italia; el Sr. La Laude, de 
París, y los Sres. Banks y Dalrymple, de Londres? Debérnosles, ó unas direcciones oportunas sobre 
aquellos puntos á los cuales con más acierto pudiesen dirigirse nuestras investigaciones siguien- 
tes, ó aquellas correspondencias sucesivas que aclarasen particularmente, por lo que toca á la As- 
tronomía, las dudas que debían dimanar por precisión de unas operaciones aisladas é independien- 
tes hechas á tamaña distancia de la Europa. 

Intervino después el Sr. D. Alejandro Dalrymple en el acopio hecho en Londres de la mayor 
parte de los instrumentos astronómicos, de los cuales se dará una-razón más extensa en el diario 
de las observaciones. Empero no fuimos tan felices por lo que toca á una excelente colé cción de 
instrumentos hecha en París para los progresos de la física. No llegó á Cádiz á tiempo de poderla 
embarcar en las corbetas, y equivocadas después las marcas con otras remesas correspondientes á 
la minería de Méjico, jamás pudimos recibirla por cuanto fuesen eficaces nuestras diligencias para 
el intento en los diferentes puertos en donde estuvimos. 

No faltaron, sin embargo, al genio sumamente laborioso del Teniente Coronel D. Antonio Pi- 
neda, bastantes medios para esplayar constantemente su amor indecible á los diferentes ramos de la 
Historia Natural y aquella actividad que finalmente le trajo al fin desgraciado de su vida. Tuvo á 
sus órdenes una excelente librería, acopiada en parte en Madrid y en parte en París. Los hábiles 
botánicos D. Luis Nee y D. Tadeo Heenke, además de atender con la mayor asiduidad á su objeto 
principal, no descuidaron el auxiliarle con cuantas indagaciones útiles le viniesen á mano, especial- 
mente en la Litología. Pintores y disecadores procuraron conservar cada cual en el modo que su 
profesión les permitía, los objetos más raros que la naturaleza iba desplegando á su vista en los 
varios países que recorríamos. Encargábanse otros al mismo tiempo de la caza y de la pesca. Pre- 
miábase altamente á los naturales que presentasen algo útil para las colecciones y el estudio. Así 
pudimos remitir en diferentes ocasiones al Real Gabinete de Madrid unas 70 cajas con esos mis- 
mos acopios ¡Oh! si la suerte nos hubiese concedido el reconducir sano á su patria al mismo Pi- 

neda, ¡cuánta utilidad 110 debía ésta prometerse de un examen científico, tan extendido como él 
había procurado abrazarle y de su carácter tan investigador como filántropo. No defraudaremos á 
lo ménos cosa alguna á su memoria en la actual recopilación del viaje, bien sea conservada en sus 
manuscritos ó deducida de sus conversaciones verbales; tiempo vendrá en que siendo publicas tam- 
bién con el detalle debido todas sus descripciones zoológicas y los muchos objetos particulares 
sobre los cuales se extendieron sus incesantes observaciones, la Nación conozca la pérdida que ha 
tenido. 

Concluiremos ya esta introducción, bastantemente difusa, con recordar al lector la juiciosa 
advertencia de Mr. de Bouganville al tiempo de escribir la narración de su viaje, viendo cuánto 
debían por naturaleza apartarse uno del otro, el estilo bronco y árido del hombre de mar. del más 
ameno, elegante y entretenido, que por sí exigen las narraciones de un viaje, belices nosotros si 
pueden compensarlas, á lo ménos en parte, la verdad, la sencillez y el amor del bien público que 



5o 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


no hemos perdido un solo instante de vista. Felices, finalmente, si en la ejecución y en la publica- 
ción de esta obra hemos acertado á obedecer completamente las benéficas órdenes de S. M. y las 
sabias providencias de su Ministerio (i). 

Las corbetas, arreglada la marcha de los relojes marinos en el Real Observatorio de Cádiz, pro- 
vistas de cuanto les fue necesario y examinadas de antemano sus propiedades marineras, se ha- 
llaron prontas para dar la vela en los últimos días del mes de Julio; eran voluntarios todos los in- 
dividuos que en ellas navegaban. Los carpinteros, calafates, herreros y 45 marineros, procedían 
del Departamento de Ferrol; completáronse los demás en Cádiz. Los armamentos, al tiempo de 
dar la vela, se hallaban en el pié que á continuación se expresa: 


Corbeta Descubierta. 


Comandante 


Oficiales Subalternos 


Guardia Marina 

Oficial Director de las cartas y 

planos 

Capellán 

Contador 

Cirujano 

Encargado de los ramos de His- 
toria Natural 

Profesor de Pintura 

Pilotines 


D. Alejandro Malaspina. 

» Cayetano Valdés. 

» Manuel Novales. 

■> Fernando Quintano. 

» Francisco Javier Viana. 

» Juan Vernaci. 

» Secundino Salamanca. 

)> Fabio Aliponzoni. 

» Felipe Bausá. 
i» José de Mesa. 

» Rafael Rodríguez de Arias. 

)> Francisco Flores Moreno. 

o El Teniente Coronel D. Antonio Pineda. 
» José del Pozo. 

» José Sánchez. 

») Joaquín Hurtado. 


Total de las clases anteriores 16 

Oficialidad de mar de todas clases 14 

Tropa de marina con un Sargento y dos Cabos 15 

Tropa de brigadas con un Condestable 4 

Artilleros de mar 35 

Grumetes ■ 10 

Criados 8 


Total 


102 


Corbeta Atrevida. 


Comandante 


Oficiales Subalternos . ( 


Guardia Marina 

Capellán 

Contador .... 

Cirujano 

Botánico 


D. José Bustamante. 

» Antonio Tova Arredondo. 

1) Dionisio Galiano. 

» Juan Gutiérrez de la Concha. 
» José Robredo. 

» Arcadio Pineda, 
i) Martín de Olavide. 

1) Jacobo Murphy. 

» Francisco de Paula Añino. 

» Manuel Ezquerra. 

»> Pedro María González. 

)) Luis Nee. 


0 ) 


On doit tout esperer sous un Roí si juste , 
Mais satis un Mecenas a quoi sert un Auguste. 


Boíl. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


51 


Piloto 

Disecador y Pintor Botánico. . . 

Pilotines 


D. Juan Maqueda. 

» José Guio. 

» Jerónimo Delgado. 
»> Juan Inciarte. 


Total de las clases anteriores 

Oficialidad de mar de todas clases 

Tropa de marina con un Sargento y dos Cabos 

Tropa de brigadas con un Condestable 

Artilleros de mar 

Grumetes 

Criados 


16 

14 

*5 

4 

35 

10 

8 


Total, 


102 


Agregáronse luégo á la expedición, como se verá en el diario, el Botánico D. Tadeo Heenke en 
Santiago de Chile; los Tenientes de navio D. José Espinosa y D. Ciríaco Cevallos, y los Profe- 
sores de pintura D. Fernando Brambila y D. Juan Ravenet, en Acapulco; y se separaron D. José 
del Pozo, en la primera escala en Dima; D. Dionisio- Galiano, D. Cayetano Valdés, D. Juan Ver- 
naci, D. Secundino Salamanca y el Pintor José Guío, en Acapulco; D. Martín de Olavide, D. Juan 
Maqueda, D. Jerónimo Delgado y D. José María Sánchez, en Manila; D. Tadeo Heenke en la se- 
gunda escala en Lima; y finalmente, D. Juan de la Concha y D. Juan Inciarte en la segunda es- 
cala en Montevideo; todos con diferentes destinos relativos á la misma comisión esencial de las 
corbetas, excepto los dos Pintores y el Piloto D. José Sánchez, á los cuales obligó á este partido el 
mal estado de su salud. 

En los seis meses que estuvimos sobre la costa Noroeste de la América, nos acompañó tam- 
bién, en clase de Profesor de Pintura, el Académico de Méjico D. Tomás Suria. 



Biblioteca Nacional de España 



LIBRO PRIMERO 


Navegación de las corbetas desde Cádiz á Montevideo ? costa 
Patagónica ? Malvinas . Chile , Perú , Guayaquil y Panamá . 
Acaecimientos y tareas en los puertos que visitaron . 


CAPITULO PRIMERO 

Navegación desde Cádiz á Montevideo. 

2729 Recibidas las últimas instrucciones para ve- 
3 rificar la salida, dimos la vela en la mañana 
del 30 de Julio, y el viento, ya declarado al Nor- 
deste desde el día anterior, nos fué tan favora- 
ble, que pudimos alcanzar la Punta de Naga, en 
A g . 3 la Isla de Tenerife, al medio día del 3 de Agos- 
to. La longitud determinada á esta Punta nos dió 
lugar á comparar los relojes marinos, entre los 
cuales manifestaron mucha exactitud el cronóme- 
tro ór de Arnold, y el número 10 de Berthoud. 

En la corbeta Atrevida disipóse de nuevo 
con marcaciones al Pico de Teidé, la sospecha del 
Capitán Cook sobre el error de las longitudes 
determinadas por D. José Varela; sus resultados 
y comparaciones fueron las siguientes: 

Longitud del Pico de Teide, por el nú- 
mero 10 (occ' de Cádiz) 

Por el reloj 105 

Por el cronómetro 71 

Eran las deter-í Berdun, Borda y Pingré,. 

minacioncs dej D. José Varela 

los señores. . .( El Capitán Cook 

A este tiempo se habían ya manifestado en la 
Descubierta cuatro polizones (1), y otros dos en 
la Atrevida , los cuales habían podido frustrar 
nuestras pesquisas bien eíicaces para evitar este 
desorden. La espei'anza de una fácil subsisten- 
cia en América, y el no inclinarse con esta mis- 
ma esperanza la educación plebeya á un trabajo 
asiduo y uniforme, son el verdadero principio de 
esta emigración constante que hemos visto as- 
cender en muchos buques, particularmente mer- 


(1) Se distinguen con este nombre o el de llovi- 
dos los que se esconden en las embarcaciones para 
emigrar á la América sin licencia. 


cantiles, á un número no menor de 50 y 60 indi- a 
viduos. 

En la misma tarde desembocamos con viento 
favorable entre la Gran Canaria y Tenerife; 
eludiéronse después á la media noche las apa- 
riencias de huracán, que indicaban probable, así 
el plenilunio como el descenso excesivo del mer- 
curio en el barómetro marino; antes del amane- 
cer navegábamos de nuevo con fuerza de vela 
para dirigirnos á pasar entre la costa y las Islas 
de Cabo- Verde. 

Muy luego nos abandonaron las brisas, tanto 
que en latitud de 19 o empezaron á experimen- 
tarse calmas, cerrazones y lluvias: las corrien- 
tes, según las observaciones diarias, parecían 
dirigidas al Este. 

Ya próximos á las Islas de Cabo-Verde, al- 
canzamos algunas embarcaciones que seguían 
nuestros rumbos. Se reconoció la una, cuyo Con- 
tramaestre vino á bordo, y era la Philips -Stcvens, 
de Liverpool, que con cinco semanas de navega- 
ción desde Inglaterra, se dirigía á Old-Calebar 
para cargar de negros. Se le avisó de su situación 
en longitud, pues traía errada la estima en 
grado y medio al Oeste. 

No bien había llegado la lancha á su bordo y 
nosotros marcado todo aparejo , cuando nos so- 
brecogió una turbonada fuerte, la cual dió lugar 
á experimentar la resistencia de los buques y 
aparejos, ya que nos era contraria para la de- 
rrota. Con la noche calmó el viento y al medio 
día siguiente nos hallamos en latitud de xó° 2' , y 
en longitud de 14 o 6'. No distaba el centro del 
Sol de nuestro zenit, sino 40'. 

Se aprovecharon los variables en los tres 
días siguientes, y áun en la mañana del 12 se 
logró observar algunas distancias del Sol á la 
Luna, de las cuales resultó la longitud de 12 o 38' 
igual con los relojes 61 y 13. 

Los vientos luego se declararon del Sudoeste, 
tempestuosos y acompañados de una lluvia tan 
copiosa como constante; nos aproximaron hacia 


10.21.44 
10.23. 17 
23-49 

21.30 

21.00 

43.00 



54 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


la costa de Africa, haciendo mucho más arries- 
gada la conservación de la salud de la mari- 
nería. 

En la mañana del 15, nuestra estima, traída 
desde las últimas observaciones, había contraído 
un error de 44' al Este, y 47' al Norte, y este 
error, reunido á unos rumbos poco ventajosos, 
nos había llevado á las sondas de la costa inme- 
diata y á solas 16 leguas de la Isla Poilón en la- 
titud de 10 o irí, y longitud g° 46'. 

Tomamos las muras á babor y continuaron 
nuestros esfuerzos para aproximarnos á la línea, 
malogrados en mucha parte, ó por las calmas ó 
por la contrariedad de las corrientes. 

Toda la tarde y noche siguientes, conserva- 
ron los cielos y horizontes su acostumbrado velo 
de celajería neblinosa. Velo que, si bien se con- 
sultase la inmediación del Sol á aquellos para- 
lelos, debiera manifestársenos como un nuevo 
rasgo de la Providencia, pero que el navegante 
no aprecia, sólo con ser un símbolo de calmas y 
vientos contrarios para su viaje, cuyo término 
ocupa naturalmente todas sus ansias y pensa- 
mientos. 

Las ventolinas varias y calmosas del tercer 
cuadrante, que habían hecho en la noche nues- 
tra navegación tan molesta como poco prove- 
chosa, nos compensaron en la siguiente mañana 
con proporcionarnos por la primera vez una vi- 
sita recíproca de la Oficialidad y gente de am- 
bas corbetas. 

Ya distábamos quinientas leguas del paraje 
en donde nos habíamos separado la última vez 
y además una estrecha amistad y un verdadero 
aprecio ligaban íntimamente ambas Olicialída- : 
des, á las cuales imitaba, como es natural, toda j 
la demás gente. 

No parezca, pues, extraño, que aquellas dos 
solas causas, sin aventuras ó riesgos que con- 
tarse, ó sin haber pasado en nuestra separación 
más plazo que el de dieciocho días, infundiese 
en todos una alegría poco común. 

Hasta el medio día, los botes transitaron 
constantemente, ya unos, ya otros, á bordo de 
las dos corbetas. Los marineros de la Atrevida 
regalaron á los nuestros un tiburón recien pes- 
cado; las agradables noticias de una constante 
buena salud, infundían en todos nuevo aliento, 
y las mismas ventolinas, ya del Oestenoroeste 
que al medio día nos obligaban á separarnos para 
seguir la derrota, nos daban esperanza de unas 
próximas singladuras más favorables. 

Metidos los botes poco después del medio día, 
navegamos cori fuerza de vela al Sur. Las ob- 
servaciones de la altura meridiana del Sol, nos 
determinaban la latitud de g° 42'. Casi acordes 
los números 61 y 13 daban la longitud-de ri° 
40' de la cual discrepaban insensiblemente el 10 
de Berthoud, y el 105 de faltriquera de Arnold 


de la Atrevida. Los dos cronómetros rccicn lle- 
gados de Londres, eran por consiguiente los 
únicos, cuyo movimiento parecía aún no bien 
sentado y uniforme. 

U11 objeto nada agradable y del cual es pre- 
ciso hablar particularmente, hubo, no obstante, 
de ocupar mucha parte de nuestras conversa- 
ciones. En ambas corbetas, al abrir los pañoles 
del pan, concluido á los siete ú ocho días de la 
salida el que nos había quedado de la diaria, ha- 
bían hallado toda la galleta infestada con una 
oruga, que D. Antonio Pineda después de ha- 
berla maduramente examinado en todas sus 
transformaciones y procedimientos, describió del 
siguiente modo: 

«Es una oruga que forma su crisálida, mem- 
branosa, transparente y amarillenta, de donde 
sale una palomita de las que llaman polillas, 
blanquecina y pequeña, la que pone unos hue- 
vos amarillentos, pegados entre sí como hilitos 
de araña. 

»La oruga á simple vista tiene como cuatro 
ó cinco líneas de largo y algo más de media de 
ancho, blancuzca, con tuberculitos 3' pintas co- 
loradas, que la dan un elegante tinte de este co- 
lor; la cabeza de color castaño; de los tuberculi- 
llos nacen unos pelitos blancos. * 

»A 1 microscopio simple ó con una lente de 
aumento, en la cabeza se registran dos grandes 
ojos, que verosímilmente serán compuestos de 
otros muchos, pues se ven tuberculados; poco 
detrás hay dos chapetitas. La boca se compone 
de chapetitas y manecillas; el cuerpo de 19 ó 20 
anillos; se le registran seis pies en el pecho 
! más distantes que los demás, terminados en pun- 
| tas; luégo, á distancia de tres ó cuatro anillos, 

[ ha}' cuatro pares de pies y un par de. éstos junto 
alano, de figura cónico-truncada, cuyas plantas 
están bordadas alrededor, de puntos colorados. 
Sobre el lomo de esta oruga reinan cuatro lí- 
neas de tubérculos puestos longitudinalmente y 
colorados, de donde nacen unas cerdas ó pelos 
finísimos. 

»Este insecto, cuando llega al estado de su 
mayor crecimiento, deja su piel ó camisa y se 
convierte en una crisálida membranosa amari- 
llenta, tinturada de castaño; de ella sale una pa- 
lomilla blanca, cu} ? as antenas van en disminu- 
ción desde la base hacia la punta, y son poco 
mayores que el tórax ó pecho. La lengua es es- 
piral, y las manecillas ó barbillones que tiene 
junto á la boca, son plumosas. 

)>Las alas superiores tienen su posición hori- 
zontal, son más cortas que el cuerpo, blancuz- 
cas con manchas algo negruzquillas. Las alas 
inferiores son la mitad ménos anchas y también 
blancuzcas. El cuerpo es grande y bastante abul- 
tado, más que las otras partes. El ano termina 
en punta aguda; se compone el abdomen de siete 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


55 


,\g. >7 anillos. El tórax es de color más oscuro. Las 
patillas son de color negruzco. Esta polilla pone 
un grupo de huevos en la galleta, que se unen 
por filamentos como telas de araña. Estos hue- 
vos son amariUitos y algo cilindricos, y se en- 
cuentran parduscos en toda la sustancia de la 
galleta. 

»La oruga que sale primero se forma entre 
ellos como una tienda de tela de araña; y des- 
pués entre la miga forma unos agujeritos de 
donde saca la cabeza, y que agranda al paso que 
come, hasta que, llegando á su estado de perfec- 
ción, sigue las transformaciones á que la natu- 
raleza los destina. 

»Por lo visto, esta paloma es del género Tec- 
nes; Geofroi Tcnnia, de Linneo. Y la especie se 
acerca más á la ig de Geofroi; pero ni su des- 
cripción ni las que trae Fabricio, cuadran á lo 
que se ha observado en ésta; y así debe tenerse 
por variedad ó especie diversa de la Tenida Gra- 
nitdla y de la F anual is, pues esta oruga difiere 
de las que dan aquella polilla.» 

La introducción de este insecto que nos mani- 
festaba como homogéneo al pan, el no haberse 
comunicado á muchos sacos de menestras depo- 
sitados en los mismos pañoles, nos dio fundados 
recelos, de que desde su misma conducción á 
bordo, el pan tuviese consigo á lo menos los huc- 
vccillos del gusano que el mismo calor interior 
hizo luego fermentar y multiplicar rápida- 
mente. 

Pero como quiera que ni las calidades del gu- 
sano eran nocivas á la salud, ni faltaba oportu- 
namente nuestro ejemplo para vencer el asco 
natural en sus principios, muy luego se había 
conseguido en ambas corbetas el no extrañar 
este mal, y la concurrencia de este día, haciendo 
común á entrambas la misma suerte, sirvió desde 
luego á suavizarla. 

Atento siempre D. Antonio Pineda á cuanto 
pudiese cooperar á los progresos de sus ciencias 
favoritas, había sacado de la calma de la misma 
mañana otras dos ventajas; la una, en conseguir 
que un botecillo nuestro le cogiese dos Galeras 
Holoth liria ph isatis, de Linneo, que inmediata- 
mente sujetó al más prolijo examen: la otra, en 
experimentar por primera vez un vaso de su in- 
vención para sacar el agua del mar á una pro- 
fundidad determinada. Aunque ésta no se sacase 
sino á diez brazas debajo de la superficie, dió no | 
obstante medio grado de diferencia de tempera- ; 
mentó, sumergido inmediatamente en una y otra 
el termómetro de Farenheit. 

=2 Finalmente, en la mañana del 22, alcanzada 
la latitud de 6 o o' vimos entablada la brisa del 
Sur, con la cual nos dirigimos á la Equinoccial; 
pero como se mantuviese escasa y áun las aguas 
tuviesen una dirección á el Oestenorocste, el cor- 

-9 te de la línea se retardó hasta el 29 en longi- | 


tud 17 o 24' por los relojes marinos y 17 o o' por a s . 2y 
setenta series de distancias lunares. 

Cortada la línea, las brisas refrescaron hasta s<h. 1." 
causar en la Descubierta la rendid ura de dos 
masteleros, y se inclinaron de tal modo al Este, 
que nos fué fácil alcanzar los meridianos de la 
Isla Trinidad. Era importante la determinación 
en longitud de esta isla, pues discrepaban consi- 
derablemente los resultados de los últimos viajes 
nacionales deducidos de los relojes marinos y 
de las distancias lunares, con los que se habían 
inferido de las solas distancias en el viaje de la 
fragata Sania Rosalía , de la Marina Real (año 
de 1774). Estos se inclinaban á prefijarle la lon- 
gitud de 24 o 12'; aquéllos la limitaban próxima- 
mente á 23 o oh 

En la tarde del 5, se dió vista á la isla y na- 5 
vegamos en la noche siguiente de tal modo, que 
al amanecer fuese aún bien visible para deducir 
su posición del rumbo y distancia navegada, y 
de las dos marcaciones en los extremos, cuyas 
latitudes y longitudes mirábamos por otra parte 
como seguras, pues las unas derivaban del solo 
medio día próximo; las otras, estaban observa- 
das en el mismo extremo. Resultó, agregados á 
los promedios de 63 series de distancias á Anta- 
res y Alta del Aguila, que la longitud de la me- 
dianía de la isla era de 23 o 7' 33"; su latitud se 
supuso cual se había determinado en la fragata 
Santa Rosalía , de 20 o 32' o". 

Al cortar el Trópico de Capricornio, empe- 
zaron á desmayar las brisas: el viento se incli- 
naba al Norte y eran los días sumamente placen- 
teros y templados: siguiéronle vientos variables 
á veces aturbonados: luégo sobre contraste se 
decidieron del tercero al segundo cuadrante y IO 
arreciando mucho por esta parte, con mares su- 
mamente gruesas, lluvias continuas y fríos bien 
sensibles, nos dieron lugar á navegar en buena 
derrota, precavidos sí en el aparejo, en cuanto lo 
exigiesen las corbetas, las cuales acreditaban su 
igualdad de andar y sus buenas propiedades con 
exceso uniformes. 

Hasta el medio día del 13, no conseguimos ,, 
nuevas observaciones, las cuales nos manifes- 
taron hallarnos en latitud de 31 o 48' y longitud 
de 40 o 2'. Después de una noche tempestuosa, 
los relámpagos y la cerrazón indicaban la proxi- 
midad del viento pampero ó Sudoeste. Pudimos 
á pesar de esto ver disipadas por la tarde aque- 
llas apariencias y desde el día siguiente dirigir- 
nos con tiempo claro á la entrada del Rio de la 
Plata. 

No nos habían abandonado desde algunos 
días varias especies de pájaros bobos, tableros, 
pardelas y pamperos ó martín-píacas y áun pocas 
horas antes habíamos visto una mata de sargazo, 
que en aquellos paralelos (según voz común), 
suelen verse de ciento cincuenta á doscientas 



56 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


leguas de la embocadura del rio. Pudieron des- 
pués observarse distancias del Sol á la Luna que 
ratificaron nuestros conceptos de que el cronó- 
metro 72 había variado su movimiento; y al con- 
trario, que le conservaba con una suma aproxi- 
mación el cronómetro 61. 56 series de distancias 
lunares indicaban la longitud de 41 o 22' . Era la 
del número 61 al medio día, de 41 o 34', latitud 
observada, 32" y' . 

Al aproximarnos á la embocadura, empeza- 
mos á esperimentar una densa neblina, la cual 
por dos días nos precisó á valernos de los caño- 
nazos para la conserva recíproca. Seguimos con 
fuerza de vela, y al anochecer del 18 sonda- 
das 32 brazas, arena y conchuda, arribamos á 
ponernos en el paralelo de la Isla de Lobos, en 
cuya demanda se navegó luego desde la media 
noche sin acostar de aparejo. 

La neblina continuaba espesa en la maña- 
na siguiente y áun el viento ya del Nornoroeste 
atrafagado, nos amenazaba de una próxima alte- 
ración contraria; no obstante, pareció preferente 
el seguir en derrota y se avisó á la Atrevida que 
nos siguiese de cerca. Las sondas desde las ocho 
hasta las doce fueron entre 15, 13 y 14 brazas. 
Arena fina, negra y blanca y á rato alguna con- 
chuela y caracolillo, y como este fondo y el 
de 12 '/, brazas que cogimos un momento hacia 
las diez nos indicase que estábamos algo al Sur, 
orzamos al Noroeste, partido que acreditó la 
observación de la latitud al Mediodía, aunque los 
horizontes sumamente cortos con la neblina, no 
le diesen toda la confianza necesaria. 

Las sondas aumentaban paulatinamente has- 
ta 18 y iq brazas; luégo encontróse la lama, 
y finalmente, á las cuatro, despejada algún 
tanto la neblina, logramos avistar la Isla de Lo- 
bos por la serviola de babor. No tardóse en 
atracarla á distancia de una legua escasa por 
fondo de 15 á 17 brazas: se tomaron horarios, 
y últimamente, con tiempo despejado se consi- 
guió ver ciaras todas las sierras de Maldonado, 
hasta Solis -chico. 

Los carices claros y apacibles nos anuncia- 
ban la continuación del Nordeste; así, nos que- 
damos con poca vela para proporcionar la dis- 
tancia hasta la mañana siguiente y para sondar 
con mayor comodidad; nuestro andar con las 
gavias arriadas era de tres á cuatro millas. La 
corriente ó marea nos parecían favorables. A pe- 
sar de tan bellas apariencias, no bien había ano- 
checido cuando empezó á cerrarse el tiempo por 
el Oeste y poco después tuvimos ventolinas del 
Norte y Noroeste con algunos truenos, muchos 
relámpagos y mal cariz. Pareció el mejor partido 
el de dar fondo á un ancla, pues que el viento 
variaba en los cuatro cuadrantes y la corriente 
(según las sondas), nos aconchaba hacia tierra; 
al mismo tiempo se tomaron dos rizos á las ga- 


vias, y se prescribió con la bocina igual manio- 
bra á la Atrevida. Fué la noche excesivamente 
lóbrega hasta las doce. A esta hora roló rápida- 
mente el viento al Sur y Sursudeste primeramen- 
te con lluvia y últimamente con no mucha cerra- 
zón, y á las cuatro, habiendo ya arreciado y la 
mar engruesado mucho, nuestras anclas, que 
hasta entonces habían aguantado sobre medio 
cable, empezaron á garrear, de suerte que des- 
caecíamos considerablemente sobre la costa. 
Toda tentativa para cobrar el ancla fue, pues, 
inútil; se procuró resistir á la mar con el estai 
de gavia, la mesana y los foques, y no pudimos 
cobrar jamás ni dos brazas de cable. Parecía im- 
prudente aventurar otra ancla. Así, fué preciso 
últimamente picar el cable y marear con las cua- 
tro principales, las gavias en dos rizos, para 
montar las puntas inmediatas. 

Muy luégo lo conseguimos, y como después 
el viento aminorase su fuerza, nos dirigimos, 
guiados de la sonda, á la Isla de Flores, la cual, 
poco después del medio día, nos demoraba al 
Norte distancia de una milla; últimamente, con 
fuerza de vela y un andar de nueve millas, nos 
dirigimos á Montevideo, y precaviéndonos de 
los arrecifes de las Puntas Brava y de las Ca- 
rretas, logramos dar fondo en el puerto á las 
tres y media de la tarde y á los cincuenta y un 
días de navegación. 

Hallamos en él la fragata Sania Sabina y la 
corbeta San Gil , entrambas de la Marina Real; 
la primera de armadilla y al mando clel Capitán 
de navio D. José Orozco, y la segunda, próxima 
á salir para los puertos de la costa Patagónica 
y al mando del Teniente de navio D. Pedro de 
Messa; dos bergantines pertenecientes á la plaza 
y confiados á Pilotos de la Armada; las fragatas 
correos de S. M. el Colón y la Princesa; otras 
siete fragatas mercantes y veintidós embarca- 
ciones de dos palos completaban el total de bu- 
ques surtos en el puerto, perteneciendo todos al 
comercio de Europa, si se exceptúa una que 
pertenecía al de Lima. 

CAPÍTULO II 

Estado en Montevideo. —Excursiones desde el ■mismo 

puerto y aprestos pava la campaña sucesiva. 

La noche apacible nos dió lugar á concluir 
casi de un todo la faena do amarrarnos según la 
costumbre del puerto, tendiendo por largo y por 
la proa dos cables, uno al Sudoeste y otro al 
Sudeste, y sujetando la popa con un calabrote al 
Norte. En esta posición demoraban, la cumbre 
del cerro al Oeste; su punta saliente con Restin- 
gas al Oestesudoeste; las piedras negras del fon- 
deadero al Norte -3° O: el fondo 16 piés, lama 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


Set. 2' 


suelta con vientos del Sur y 13 con las vaciantes 
del Norte. Distábamos como un cable y medio 
de la Sabina y dos y medio del muelle. La Atre- 
vida se amarró del mismo modo y á corta dis- 
tancia de nosotros. 

No parecía á primera vista asequible el le- 
vantar el plano del rio. Debía ser objeto más 
bien de muchos meses que de pocos días. El em- 
prenderlo sin esperanzas de concluirlo bastaba 
para retraernos de toda idea de esta especie, ni 
por otra parte debíamos sacrificar á esta obra 
un día siquiera del próximo verano, destinado 
con preferencia á las costas Patagónicas y tierras 
del Luego. 

Pero examinados con más madurez estos obs- 
táculos y bien graduadas así nuestras fuerzas, 
como el tiempo indispensable de nuestra perma- 
nencia en el puerto, no sólo por la estación tem- 
prana, sino también por los muchos aprestos que 
necesitaban los buques, empezaron á disiparse 
las dificultades y á parecer fácil el que una Ofi- 
cialidad activa é inteligente y un acopio de ins- 
trumentos astronómicos y geodésicos, cual era el 
de las corbetas, combinasen en sus pasos esta 
nueva utilidad. 

Establecido el observatorio en Montevideo, 
en el cual al mismo tiempo se comparasen coti- 
dianamente los relojes marinos y se emprendie- 
se una serie no interrumpida de tareas astronó- 
micas, así para la determinación de la longitud 
como para coadyuvar á los progresos de la mis- 
ma astronomía, podíamos mirar este punto como 
el centro ó reunión de nuestras excursiones, y 
convidaban á ello no menos su posición casi 
equidistante de todos los parajes importantes 
que debía abrazar la carta, si también el para- 
dero en él de las corbetas, el cual nos daba lu- 
gar á trabajar con más descanso y á no omitir 
el apresto más breve de ambos buques. 

Desde el día siguiente quedó, pues, decidido 
que D. José Bustamante y los Oficiales subal- 
ternos Valdés, Quintano, Concha y V'ernaci pa- 
sasen en una sumaca (1) á Buenos Aires; y de 
allí, con los auxilios que el señor Virey les pres- 
tase, emprendiesen el reconocimiento de la costa 
meridional del rio desde aquella capital hasta el 
Cabo de San Antonio. Tomaron otros á su cargo 
el reconocimiento de la costa hasta Maldonado. 
No quedaría después sino la parte comprendida 
entre Montevideo y la Colonia del Sacramento, 
la cual sería fácil explorar al regreso de Mal- 
donado. 

Los tiempos no permitieron navegar á Bue- 
nos Aires antes del 2b. En el entretanto se apro- 
vecharon todos los instantes para que D. Felipe 
Bausa midiese una base en el fondo de la rada 


(1) Sumaca es una especie de goleta con cubierta 
y sirve sobremanera para la navegación del rio. 


57 


3' otra hacia la punta de las Carretas, y con mar- s«i. 
caciones correspondientes emprendiese el plano 
del Puerto y la situación de los puntos adyacen- 
tes. Fué luégo en la mañana del 26 á marcar con 
el teodolito desde lo más alto del monte Urdeo 
todos los puntos á la vista, entre los cuales el 
Pan de Azúcar y la Isla Flores tomada en sus 
extremos, eran objetos de la mayor importancia 
para nuestro intento. 

Le acompañaron también D. Antonio Pineda 
y D. Luis Nee. Habían ya herborizado y cazado 
en las inmediaciones del pueblo; encontraron, 
no obstante, en qué pacer su curiosidad y con- 
firmaron la primera idea de la suma abundancia 
en aquel suelo de plantas aún no bien conocidas 
en las descripciones botánicas* 

Las primeras comparaciones de los relojes 
nos habían indicado que su movimiento era bien 
diferente del que le habíamos determinado en 
Cádiz. El 61 había disminuido de 3" diarios pró- 
ximamente. Plabia aumentado su retardo el nú- 
mero 13 hasta z r 11 " diarios y el número 72 ace- 
leraba de i\’ r á 16" por cada día medio. Pero re- 
ducidos sus resultados á la Isla de Lobos situada 
por las observaciones astronómicas hechas por 
el Brigadier D. José Varela en Montevideo, podía 
conjeturarse que sólo el 72 había padecido esta 
alteración en la época en que lo hablamos sos- 
pechado. Los 13 y 61 combinaban su marcha 
primitiva con una longitud tan aproximada, que 
el primero sólo daba 4/ ménos y el otro 14 de 
la que inferimos después de nuestras operacio- 
nes (1), y así nos confirmaban en la seguridad 
que la situación determinada á la isla Trinidad 
y sujetada particularmente al 10, poco ó nada se 
apartaba de la verdadera. 

La diferencia de meridianos entre la Isla 
Lobos y Montevideo fue de i° 24' 42 ^ por el nú- 
mero 61. Resultó la de i° 24' 8" por un prome- 
dio de los números 10 y 105 de la Atrevida 
conformes con nuestras operaciones trigonomé- 
tricas. 

Ya el 27 D. José Bustamante y los Oficiales ■ 
destinados á Buenos Aires habían determinado 
emprender el camino por tierra hasta la Colonia 
del Sacramento y de allí con la chasquera ó 
embarcación del correo transitar inmediata- 
mente á aquella capital. Quedó Vernaci con el 
cuidado de conducir por agua la colección de 
instrumentos de la Atrevida y el cronómetro Oí 
v tuvieron orden de acompañarle un pilotín y un 
soldado de Marina. El camino á la Colonia, que 
los naturales suponen de 42 144 leguas apartán- 
dose mucho de la orilla para vadear con más se- 


(1) Como se verá más extensamente en el Diario 
Astronómico , las observaciones correspondientes á las 
nuestras han aproximado mucho más aquellos resul- 
tados. 



58 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


Stt.27 guridad los arrojaos, resulta, no obstante, mucho 
más corto en nuestros planos. Pasa por el Cane- 
lón, el Campamento, San José, Jufre, el Rosa- 
rio y el Sauce, en donde hay puestos de drago- 
nes con caballos del Rey. Estos se franquean al 
pasajero, con un dragón que le acompaña me- 
diante un pase ú orden de auxilios del Gobierno 
de Buenos Aires ó Montevideo. Los chasques ó 
extraordinarios, los correos periódicos y la comu- 
nicación hasta los puestos del rio Grande por ' 
Maldonado, llegan así á su destino con una bre- ¡ 
vedad de la cual fuera difícil dar una cabal idea 
sin temer de ser tachados de exageración. No 
faltan en el camino algunos pueblos y áun mu- 
chas estancias (i) en donde el pasajero pueda 
encontrar un buen acogimiento. La carne y la 
leche allí, son frutos más bien de la naturaleza 
que de la industria y pueden caracterizarse de 
ningún valor. 

«3 Los O riciales llegaron á la Colonia en la no- 

che del 28, y en la mañana siguiente á Buenos ; 
Aires, casi al mismo tiempo en que fondeaba la 
sumaca en la cual Vcrnaci conducía instrumentos 
y relojes. En una travesía de pocas horas y su- 
jetado á comparaciones anteriores y posteriores, 
había determinado el número 61 la diferencia 
de meridianos entre nuestro observatorio de 
Montevideo, y la casa de cabildo de Buenos Ai- 
res de 2 o io r 22 ; ' , igual absolutamente á la que 
había deducido de sus observaciones el Briga- 
gadier D. José Varela. 

La actividad de nuestros Oficiales encontró la ! 
correspondiente protección en el señor Marqués i 
de Loreto, Virey á la sazón de aquellas provin- 
cias. Establecieron un observatorio, en el cual 
diferentes distancias meridianas al zenit, to- 
madas al Norte y al Sur con el cuarto de círcu- 
lo, determinaron la latitud de 34 o 61' 39". Em- 
prendieron una serie de triángulos sobre base 
medida, llevándola hasta la ensenada de Barra- 
gán, sin permitirles el terreno penetrar más j 
al Este; y dispusieron la total habilitación del 
paquebot Belén y una chalupa, pues era preciso 
preferir un reconocimiento por mar á los que 
pudieran intentarse por tierra, no ménos por las 
dificultades que ofrecían las distancias y cami- 

Oct. nos, como por el riesgo funesto á que podía arras- 
trarlos la suma proximidad de los indios pampas 
álas orillas del Cabo San Antonio. Se encargaron 
de esta operación importante los Oficiales Con- 
cha y Vernaci, embarcándose en el Belén. El 10 

n se perdieron de vista ambos buques, y el 12 re- 
gresaron á Montevideo D. José Bustamante, 
D. Cayetano Valdés y D. Fernando Ouintano, 
con una travesía de veinticuatro horas. i 


(1) Llaman estancia en la provincia de Buenos 
Aires A un terreno determinado en donde haya pastos 
y ganado vacuno. 


Desde el 29 del pasado Setiembre, sistema- oc 
das como ya se indicó todas las medidas para 
la prontitud de los aprestos, se había emprendi- 
do por tierra también el reconocimiento de la 
costa desde Montevideo hasta el Cabo de Santa 
María. Iban el reloj 105 del Comandante de la 
Atrevida, algunos sextantes, un teodolito y 
todos los utensilios para medir bases y sondar, 
y se habían unido á D. Felipe Bausa y á en- 
trambos naturalistas, el Capitán de fragata don 
Santiago Liniers, segundo Comandante de la 
Sabina , y el Piloto D. José de la Peña, siendo 
de la mayor utilidad asi la pericia del segundo 
en el conocimiento de las costas, como la des- 
treza del primero en acopiar por medio de la caza 
mil objetos útiles á la Historia Natural. 

El 30, por la noche, estuvieron al pié de la 
montaña denominada el Pan de Azúcar. Con este 
motivo, á la siguiente mañana determinaron su- 
bir á su cúspide Bausa y Peña para hacer mar- 
caciones con el teodolito á todos los puntos de 
la costa. Pineda, Nee y Liniers, con el de exa- 
minar científicamente un suelo montuoso que 
en aquellos países debía dar otro semblante á 
la naturaleza, del que presentan las inmensas 
pampas ó llanuras que le componen por todas 
partes. 

Era bién el lindel crepúsculo, cuando llega- 
ron á Maldonado los instrumentos y poco después 
en dos trozos las diferentes personas que habían 
subido al monte. La Fitología y la Botánica, lo- 
graron en e.sta excursión de unas ventajas consi- 
derables: las marcaciones daban ya sujetos todos 
los puntos principales de la costa y á pesar de lo 
escarpado del monte, ni los instrumentos ni los 
viajeros habían padecido el más leve daño. 

El día r.° de Octubre se les presentó con 
un semblante aún más favorable. Empren- 
dieron inmediatamente el levantar el plano del 
puerto, el cual, con un trabajo constante hasta 
las cinco, quedó concluido en todas sus partes. 
Los naturalistas y Liniers, los cuales habían em- 
picado la mañana en poner orden á las muchas 
adquisiciones hechas en el camino, fueron pol- 
la tarde al pueblo Chico, población distante de 
Maldonado como dos leguas y compuesta ó de 
familias portuguesas expatriadas del Brasil ó de 
españolas traídas en los últimos años para po- 
bladoras de la cosía Patagónica y depositadas 
entonces en las inmediaciones de Maldonado. 

El 2, concluidas ya las operaciones y exa- 
minado el país inmediato en cuanto el tiempo lo 
permitiese, emprendióse el viaje de regreso, y 
hechas marcaciones en diferentes puntos de la 
costa, cuales fueron Punta de Ballena, Punta 
Negra y la embocadura de Pando, lograron res- 
tituirse á bordo en la tarde del 4, viendo con 
mucha complacencia que no se había alterado 
la marcha del 105, y que sus resultados, confor- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


59 


Oci. 4 mes con las primeras determinaciones, no discre- 
paban sino pocos segundos de las operaciones 
trigonométricas traídas al Pan de Azúcar, desde 
Maldonado y desde Montevideo. En el entre- 
tanto, D. Francisco Viana, á cuyo cargo había 
quedado la corbeta por enfermedad de D. Ma- 
nuel Novales, adelantaba considerablemente los 
aprestos. 

Todos los trabajos emprendidos procedían 
con igual actividad. No era menor en la Atre- 
vida la del Teniente de navio D. Antonio Tova; 
v D. Dionisio Galiano, siguiendo con tesón las 
operaciones astronómicas, había observado en la 
mañana del 27 la inmersión del segundo satélite 
de Júpiter; determinada después la marcha del 
péndulo y de los relojes marinos, observadas casi 
diariamente la inclinación y declinación de la 
aguja, y por diferentes alturas meridianas de es- 
trellas bien determinadas en el catálogo de Mr. de 
Lambre, deducida la latitud del observatorio. El 
trazar diariamente la órbita de la Luna y calcu- 
lar con operaciones gráficas la hora y paraje de 
las ocultaciones de las estrellas, había sido un 
trabajo, que si bien infructuoso hasta entonces, 
denotaba no ménos la exactitud de aquel Oficial 
astrónomo, que la utilidad que sacaríamos en lo 
venidero de este examen incesante' de la marcha 
de la Luna. 

Los Guardias Marinas y los Pilotos desti- 
nados á sondar el puerto interior y exteriormente, 
no se habían tampoco descuidado en este exa- 
men preciso para la exactitud de nuestros planos, 
bien que lo hacía siempre dudoso la diferencia 
del nivel del agua en el puerto, más baja por lo 
común de cuatro á cinco piés con los Nordestes 
y Noroestes, de lo que lo es con los vientos del 
Sudeste, Sur y Sudoeste. 

, 3 Ya regresado Bustamante á Montevideo, em- 
prendióse el 13 de Octubre nueva excursión á 
Buenos Aires. El tiempo, algo indeciso, nos de- 
terminó á ir por tierra: los Sres. Pineda y Nee 
prefirieron la sumaca y tuvieron la felicidad de 
llegar al día siguiente por la tarde á la Colonia 
del Sacramento, pocas horas antes que los demás. 

Era nuestro ánimo llevando un sextante, 
una aguja y el reloj 105, el examinar desde los 
parajes más cómodos la continuación de la cos- 
ta hacia el Oeste, de suerte que esta parte que- 
dase bien ligada y sujeta áenfilaciones como las 
demás: pero como fuese que el camino se apar- 
taba mucho de la orilla, hallamos difícil esta 
empresa sin el sacrificio de dos ó tres días, el 
cual parecía tanto más considerable cuanto ma- 
yor era el riesgo de que unos tiempos más os- 
curos no permitiesen luégo el observar en la Co- 
lonia, cuya latitud y longitud debían sujetar 
oportunamente la dirección y extensión de la 
costa intermedia. Con estas reil exiones seguimos 
el camino directo apartándonos sólo hacia el 


arroyo de la Caballería, desde donde por medio oct. v 
de algunas marcaciones se tomó la dirección de 
la costa al Este en cuanto alcanzase la vista. 

Los Sres. Pineda y Nee habían ya herbori- i. t 
zado en la misma tarde con mucha felicidad. La 
tuvieron aún mayor en la siguiente mañana, en 
la cual, habiendo pasado á la Isla de San Ga- 
briel, paraje oportuno para las observaciones de 
latitud y longitud, juntaron en poco tiempo tal 
variedad de arbustos, yerbas y ñores, que pare- 
cía más bien fruto del examen de un país entero 
que de una isla pequeña. 

Retirados así poco después del medio día á 
bordo de la sumaca, y hechas nuevas mareacio- 
: dones, dimos la vela para Buenos Aires con 
vientos del Sur y Sudeste galenos. Nuestro rum- 
bo fue, por largo rato al Oeste y Oeste cuarta al 
Sudoeste, con el cual, y á una distancia andada 
¡ de cuatro y media á cinco leguas, avistamos las 
¡ torres de Buenos Aires por el Sudoeste y logra- 
| mos fondear al ponerse el Sol, en sus inmedia- 
| dones. La corriente, á la sazón, era muy lenta 
| para fuera. 

Nuestra demora en Buenos Aires fué única- >0 
mente de cuatro días. Tuvimos, sin embargo, la 
satisfacción de ver regresar á los Sres. Concha 
y Vernaci, concluida completamente su comi- 
sión; y examinada á nuestra vuelta en Montevi- 
j elco la marcha del 105, después de una travesía 
i ele pocas horas en la sumaca, no sólo se halló 
; ésta conforme con las determinaciones anterio - 
! res, si también se halló conforme la diferencia 
| en longitud que había asignado el número 61 
\ entre Buenos Aires y Montevideo. 

No ménos había sido favorable esta última 20 
época para el doble objeto de completar el plano 
del rio, sin causar la menor demora en los apres- 
tos ni en la salida. Bustamante y Valdés habían 
concluido casi en un todo las obras interiores de 
los buques y el embarco de víveres y aguada. 

En una pequeña balandra fletada para el in- 
tento, los Sres. Robredo, Bausa y Peña, lle- 
vando consigo el cronómetro 72, habían ob- 
• servado la longitud y latitud en el paralelo y 
el meridiano del banco Inglés, sondando hasta 
las inmediaciones de la Isla Flores y por su 
banda del Norte. Con la misma balandra Don 
Antonio Tova y el Guardia Marina Aliponzoni, 
se hallaban ahora en el rio de Santa Lucía para 
examinar aquel fondeadero, buscar un bajo no 
distante de la punta del Espinillo, y seguir los 
triángulos lo más al Oeste que fuese posible; y 
entretanto, no se olvidaba el sondar las inme- 
diaciones del Puerto, y Galiano continuaba sus 
tareas astronómicas en el observatorio. 

El 26 regresaron de Buenos Aires los seño- v, 
re Pineda y Nee; el primero había hecho en una 
excursión á las Conchas, nuevas adquisiciones 
importantes para la Historia Natural. El segundo 



6o 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


oa. 26 había examinado las inmediaciones de aquella 
capital, y entrambos, desembarcándose en Mar- 
tín García, dentro de la embocadura del Pa- 
raná, habían después, en un viaje de cinco días, 
reconocido el terreno comprendido entre aquel 

31 puerto y Montevideo. Finalmente, el 31, con la 
reincorporación de los Sres. Concha y Vernaci, 
logramos ver reunida toda la Oficialidad. 

Nov. Se reemplazaron con este mismo motivo los 
marineros díscolos, los enfermos y los deserto- 
res, librada una paga á la Oficialidad de mar, 
tropa y marinería, y se hizo señal de aprontarse 
para dar la vela. 

,.■» Con haber anticipado á la marinería el leve 
socorro que indicamos, era nuestro ánimo el de 
manifestarles un premio al trabajo, hacer una : 
nueva experiencia de su conducta y desapego del 
desorden, y finalmente, no enturbiar con sus 
vicios, si se inclinasen á ellos, las próximas 
fiestas que en Montevideo se preparaban para la 
jura de S. M., felizmente reinante. Concluidas 
las faenas á bordo, se dió licencia á todos para 
que fuesen á tierra por tres días. Se detuvieron 
para el servicio de las embarcaciones menores 
ó los que habían tomado nuevamente plaza en 
reemplazo de los enfermos y desertores ó los 
que enfermos desde la salida de Cádiz, sin haber 
aliviado á sus compañeros en el trabajo, se ha- 
llaban en el día perfectamente restablecidos. 

Los primeros días del mes de Noviembre 
eran demasiado favorables para la Astronomía, 
para que no intentásemos aprovecharlos, tanto 
más, que no quedaba aún bien segura la lon- 
gitud de Montevideo, ó por las circunstancias 
poco favorables de las observaciones del primer 
satélite de Júpiter, ó por la órbita de la Luna, 
que aún no había proporcionado ocultación al- 
guna visible de las estrellas hasta de sexta mag- 
nitud. D. Dionisio G aliano había preparado los 
cálculos preliminares. El eclipse de la Luna y el 
paso de Mercurio por el disco del Sol, merecían 
toda la atención. Podía no proporcionarse esta 
observación en Europa, por la oscuridad bien 
natural en los principios del invierno; ni allá 
podía ser visible la emersión del planeta, la cual 
debía acaecer en Montevideo entre dos y tres de 
' la tarde. 

- En la noche del 2, que fué sumamente clara, 

pudo observarse el eclipse parcial de Luna: em- 
pezó á las 7 h 41', tiempo verdadero, y feneció 
á las g h 48'. Ya á esta hora habíamos observado 
la ocultación de la 90 a de Mayer por la Luna; tu- 
vimos luégo la de la 93 del mismo catálogo. Asis- 
tieron todos los- Oficiales libres, y en los inter- 
valos que dejaban las observaciones indicadas, 
se ocuparon en medir distancias de la Luna á 
las estrellas, cuyos resultados quedaron luégo 
agregados á los que se habían observado ante- 
riormente. 


El día 5 al amanecer, nuestro sobresalto era Nov 
por precisión muy grande. Una porción crecida 
de celajería oscura parecía querer inutilizar los 
aprestos. No podían conseguirse siquiera dos al- 
turas seguidas del Sol en el cuarto de círculo 
para las correspondientes de la tarde: se habían 
preparado los eliómetros, y, sin embargo, no 
bien disipada aún la celajería fué absolutamente 
imposible el ver el ingreso del planeta; pero lué- 
go se observó su ruta por G allano con el cuarto 
de círculo y por Vernaci en el eliómetro. La 
emersión pudo determinarse con entera satisfac- 
ción de entrambos. 

En la misma noche observóse la inmersión y 
la emersión de tj" Tauro por la Luna; y finalmen- 
te, en la siguiente del 6 fué también una obser- 
vación de mucha importancia la inmersión del 
primer satélite de Júpiter á las 3 h 3' y n n 
de la mañana, observación que comparada á 
las horas de las Efemérides dió para el obser- 
vatorio la longitud occidental de Cádiz de 50° 

5' y 45"- 

Tomadas el día 7 las alturas correspondien- 
tes para la exacta determinación de la marcha 
del péndulo, se encajonaron todos los instru- 
mentos y sólo atendióse á ordenar los planos y 
los acopios relativos á la Historia Natural. El 
señor Vi rey había agregado á las dos corbetas un 
bergantín de la plaza mandado por el Piloto Don 
José de la Peña. Debía seguirnos ai andar de la 
costa Patagónica y regresar desde allí 6 desde 
las Malvinas con los pliegos y noticias que se le 
diesen; con este motivo le comunicamos ahora 
las instrucciones oportunas y se le dieron los 
auxilios necesarios para que estuviese pronto. 

Concluidos así todos los objetos cjue podía- 
mos abrazar en aquella parte de los dominios 
de S. M., metidas las embarcaciones menores y 
ya desamarrados, creimos poder dar la vela en 
la mañana del 12; pero ni el viento fué favora- 
ble ni dejaba de inquietarnos la nueva deserción 
de algunos individuos en ambos buques. Lo avi- 
samos la noche antes al Mayor de la armadilla 
para que trajese algunos reemplazos volunta- 
rios. Fué preciso traerlos violentos y la mayor 
parte inútiles; apenas la Atrevida pudo com- 
pletar su dotación; faltaban aún cuatro hombres 
en la Descubierta. Hízose con este motivo una 
leva de gente vaga; á las seis de la tarde tuvi- 
mos á bordo los cinco hombres que nos falta- 
ban, desechado uno inútil. La Atrevida com- 
pletó y mejoró su tripulación. 

Amaneció con vientos del Nornordeste al 
Nordeste, frescos y algo atrafagados; emprendi- 
mos inmediatamente el dar la vela y lo hubiéra- 
mos verificado en el instante si el Capitán del 
bergantín no viniese personalmente á avisarnos 
que el agua extraordinariamente baja y los mis- 
mos horizontes cargados por el Sudoeste, le ha- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


Cu 


cían creer no tardaría el tiempo sino pocas ho- 
ras para declararse contrario y tempestuoso. De- 
sistimos inmediatamente de la primera idea, y 
no bien habíamos echado abajo las vergas de 
juanete y calado sus masteleros, cuando el viento 
se declaró al Noroeste, Nordeste y Este, tem- 
pestuosos. El agua había bajado aún más que en 
el día anterior y ambas corbetas estaban varadas 
con proa al Nordeste. A la fuerza del viento, que 
ya en la tarde podía llamarse un verdadero hu- 
racán, acompañaron una lluvia abundante y no 
pocos truenos y relámpagos. Sólo á las dos de la 
mañana cesó el temporal y amaneció con vento- 
linas del cuarto cuadrante, las cuales cedieron 
luégo al Sudoeste fresquito con semblantes apa- 
cibles. 

La noche inmediata fue tranquila; amaneció 
hermoso y con viento bonancible del Nordeste 
y Norte, con el cual emprendimos inmediata- 
mente el dar la vela. 

CAPÍTULO III 

Navegación desde Montevideo hasta el Puerto Desea- 
do . — Varios reconocimientos de la costa intermedia. 
Acaecimientos en aquel puerto y algunas concurren- 
cias con los Patagones, 

Nuestra derrota, como es natural, debía 
guiamos á pasar al Oeste del banco Inglés; exa- 
minando al mismo tiempo aquellas sondas para 
que fuese en lo venidero más fácil y más se- 
gura la navegación del rio, y aproximándonos 
paulatinamente para la continuación de las ta- 
reas hidrográficas á los 37 o y '/, de latitud, 
término de los reconocimientos de los señores 
Concha y Vernaci. Empero en las tareas indi- 
cadas, debíamos también tener á la vista no 
sólo el que no se repitiesen ahora inútilmente, 
reconocimientos hechos hasta entonces particu- 
larmente por los Pilotos Tafor, Peña y Villa- 
riño en sus navegaciones harto frecuentes so- 
bre la costa patagónica y las Malvinas, si tam- 
bién el que se economizase de tal modo la esta- 
ción favorable del verano, que no fuese difícil 
verificar igualmente los reconocimientos opor- 
tunos en las costas occidentales hasta Coquimbo, 
término verdadero de los efectos harto temibles 
del invierno. Dejaremos para un lugar más opor- 
tuno el desplegar en un solo punto de vista las 
diferentes expediciones, que con muy varios obje- 
tos y suerte bien varia han precedido A la nues- 
tra. Paste el decir por ahora, cjue el no haberlas 
reunido y publicado, era su mayor, ó tal vez, su 
único defecto; que no desmentían ni la genero- 
sidad del Erario, ni la intrepidez de nuestros na- 
vegantes, ni el sistema hasta aquí temido y ais- 
lado de nuestras medidas políticas; finalmente, 


que bastaba un verano para perfeccionarlas, iw. 
adaptando tan solo á las tareas anteriores los 
últimos progresos de la astronomía náutica y 
las útiles indagaciones de la Física, en cuanto 
lo permitiese la vida errante y desaliñada del 
hombre de mar. 

E11 el entretanto, la navegación emprendida 
llevaba consigo el semblante más favorable y 
halagüeño. Puestas las corbetas y el bergantín en 
una línea de frente y á regular distancia unas 
de otras, seguían tres líneas bien simétricas de 
sonda; repetíanse las marcaciones á Montevideo, 
así para la colocación de las mismas sondas, 
como para la rectificación de los relojes mari- 
nos; habíamos alcanzado y propasado el veril 
del Banco, por un fondo de cinco brazas, cas- 
cajo y piedra, y el viento, aunque flojo, conti- 
nuaba favorable del Norte y Nornordeste; sin 
embargo, no bien el Sol hubo pasado del meri- 
diano, cuando empezaron á asomarse todas las 
apariencias de una revolución inmediata del 
tiempo, y por la misma razón fueron precisas de 
nuestra parte otras medidas bien diferentes de 
las que habíamos seguido basta entonces. Hí- 
zosc fuerza de vela, abandonando ya el bergan- 
tín, cuyas cualidades con extremo zorreras nos 
habían atrasado considerablemente y cuyo ca- 
lado y maniobras hacían árbitro á su Capitán 
de cualesquiera partido más seguro. Navega- 
mos al Sursudeste y Sudeste sin abandonar la 
sonda, la cual se conservaba de 12 brazas; se 
tomaron algunas precauciones en el aparejo; y 
así cuando al anochecer el tiempo empezó á de- 
clararse vario y más bien tempestuoso, ya ha- 
bíamos conseguido una posición bastantemente 
aventajada para esperarle sin el menor recelo 
de la costa ni del Banco. 

Efectivamente, las primeras horas de la no- 
che no podían ser más lóbregas ni más con- 
trarias á nuestro intento. Después de algunos 
aguaceros acompañados con truenos y relámpa- 
gos por los cuatro cuadrantes, el viento fue ro- 
lando al Estcsudeste y nos obligó á virar al Ñor- > 
deste; calmó. Declaróse al amanecer por el Sur 
y Sursudoeste fresco. Nuestra derrota pasada, el 
rumbo del Estesudeste, que seguimos inmediata- 
mente con fuerza de vela, y el fondo de 10 bra- 
zas, arena negra, en el cual nos hallábamos, nos 
persuadían unánimes que no tardaríamos en son- 
dar las 14 y 15 brazas, prueba segura de tener 
ya una navegación libre por una y otra parte. 
Debió, pues, sorprendernos muy mucho el caer 
á las siete de la mañana en solas seis brazas 
arena, accidente tanto más desagradable, cuanto 
que no dictaba partido alguno conveniente para 
mejorar la derrota en el caso de ser peligrosa la 
que actualmente seguíamos. Por largo rato se 
conservó el fondo indicado; creció luégo paula- 
tinamente hasta las 10 y las 14 brazas, y como 



6z 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


Nov. ió hubiese continuado en este intervalo el viento 
fresco, al medio día nos hallamos por las obser- 
vaciones, en 35 o 52' de latitud y linas 15 leguas 
al Este de Montevideo. Libres ya de este riesgo 
y con una navegación abierta, cualesquiera fue- 
sen los vientos que hubiéramos de experimentar, 
debimos mirar como un acaso bien feliz el ha- 
ber preferido la derrota del Sur á la que solía 
comunmente practicarse por el Norte del banco 
Inglés. La inconstancia y la contrariedad del 
viento nos hubieran precisado á dar fondo hacia 
la Isla Flores; con el Sur fresco, probablemente 
hubiéramos garreado sobre la costa. Las anclas, 
cuando no los mismos buques, hubieran sido un 
nuevo tributo á las inmediaciones harto temibles 
del Rio de la Plata. 

-o Hasta el día 20, el viento se mantuvo al 

Oeste Sudoeste tempestuoso, y nuestra navega- 
ción fue por la misma razón lenta y precavida. 
Habíamos alcanzado la latitud de 38 o 31', apar- 
tados ya de la sonda, y ahora procurábamos 
con los vientos del Norte el volvernos á apro- 
ximar á la costa y emprender su reconocimiento, 
el cual ya no tendría lugar sino desde las in- 
mediaciones del rio Negro, atento á la mucha 
extensión de los bajos del Colorado y á la im- 
posibilidad de retroceder al Norte sin un sacri- 
ficio demasiado considerable de tiempo. 

A las seis de la tarde conservábamos toda- 
vía un andar de siete á ocho millas, cuando una 
densa calina por el Sudoeste nos avisó que muy 
luego cesaría el viento favorable. Efectiva- 
mente fué así, y aturbonándose en un momento 
cíelos y horizontes amenazaban una tempestad 
violenta. Ya los truenos y relámpagos fueron 
temibles y repetidos. El viento rolaba instantá- 
neamente del Sudoeste al Norte, y según variase 
la atmósfera, variaba sensiblemente el grado de 
calor: una media hora de lluvia terminó al pa- 
recer esta lucha, quedando un viento flojo del 
Norte, muchos relámpagos muy vivos y una car- 
gazón fuerte desde el Oeste hasta el Sur; sin 
embargo, á las nueve el tiempo volvió á tomar un 
semblante horrible, al cual sucedieron luego un 
fuerte granizo, muchos truenos y relámpagos, y 
algunas ráfagas del Sudoeste; cedieron éstas, 
pero para que les sucediesen una hora después 
carices aun peores, una incesante variedad de 
vientos y una lluvia abundante, la cual no cesó 
sino á las cinco de la mañana, á cuya hora, ha- 
biendo entablado viento galeno del Norte, pudi- 
mos emprender de nuevo nuestra derrota y na- 
vegar con fuerza de vela. 

No fué difícil con el rumbo y viento indicados 
el alcanzar en poco tiempo la sonda. Al medio 
día, por latitud de 39 o y un medio grado al Oes- 
te de Montevideo, estábamos en 52 brazas arena 
fina negra; variación magnética 15'’ y 13" Nordes- 
te, siguióse luégo una navegación más bien feliz, 


y á pesar de que en la noche del 23 nos sobreco- Nuv. 
giese de nuevo un contraste vivo de los .vientos 
del tercero y primer cuadrante con los truenos y 
aguaceros acostumbrados, ya poco después del 
medio día del 24 estábamos á la vista de la costa 24 
por latitud de 41 o 24' y longitud de 56 o 15'. Co- 
rría del Norte al Oeste toda igual suavemente 
alomada en la orilla, y no quedaba duda, si 
consultásemos el fondo de 25, 24 y ig brazas 
cascajo y chinitos, por el cual á la sazón nave- 
gabámos, que sería la que conduce desde la em- 
bocadura del Rio Negro á la Punta de Bel en y á 
las costas interiores del puerto de San José. 
Parecían formarla unas capas horizontales de 
tierra franca algo negra, otras blanquecinas, 
rojizas, y sobrepuestas una á otra en número 
de veinte próximamente, y se compondrían todas 
probablemente de arenas, margas, arcillas, etc., 
presentando un suelo más bien estéril y despe- 
jado en un todo, no sólo de árboles grandes, si 
que también de cualquiera especie de arbustos. 

En éste y en el día siguiente nuestra nave- 
gación debió ceñirse al examen del golfo indi- 
cado, que los navegantes antiguos solían distin- 
guir con el nombre de Bahía sin fondo, y á pesar 
de que los vientos coadyuvasen muy poco á 
nuestros deseos, siendo ya varios, ya calmosos, 
y á veces ocultándonos el sol con una densa ne- 
: blina y tal cual llovizna, pudimos, sin embargo, 

. alcanzar la vista de la sierra San Antonio, colo- 
cada precisamente en el fondo, y últimamente, 
torcer hacia el extremo septentrional de la Pe- 
nínsula San José. Corridas diferentes bases y 
repetidas las observaciones astronómicas hasta 
donde las circunstancias las permitiesen ó las 
hiciesen útiles. La sonda en este intervalo 
había aumentado hasta las 70 brazas lama. 
Volvió luégo á disminuir hasta las 45 y 50 bra- 
zas, así que nos aproximamos á la Península. 

La mañanita del 26, con un semblante apacible w 
y hermoso, debió, pues, mirarse por nosotros 
como el principio de una época mucho más feliz 
en cuanto á tiempos de la que habíamos disfru- 
tado hasta entonces. Soplaban vientos del Norte 
y Nornordeste fresquitos. La mar era apacible, 
y frecuentada ya por las ballenas, ya por los 
lobos, ya por mil especies de aves acuáticas, las 
cuales volateaban alrededor de las corbetas. 

Una atmósfera pura descubría sobre la costa los 
objetos aún más pequeños; finalmente, el Sol, 
brillando constantemente sobre el horizonte, 
daba lugar á multiplicar las operaciones geodé- 
sicas y astronómicas con una exactitud, y sin em- 
bargo con un aprovechamiento de tiempo, que 
poco antes apenas hubiéramos alcanzado á de- 
sear. Usábamos frecuentemente de la medida de 
la altura del tope para deducir una base exacta; 

; se repetían los horarios, los azimutes y la sonda, 

! Con la claridad del día cesaban luégo á un mis- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


63 


xov. afl rao tiempo (si bien por pocas horas) nuestras 
tareas y la continuación del viaje. Asi era fácil 
al día siguiente coger por principio de los trián- 
gulos los mismos extremos de las tareas de la 
tarde anterior, y nuestros progresos eran por 
la misma razón igualmente útiles y acelerados. 

30 En la tarde del 30 ya las corbetas se hallaban 
inmediatas al puerto de San Gregorio, por lati- 
tud de 45 o 9', longitud 59 o 20'. Habían, por 
consiguiente, en los cuatro días anteriores reco- 
nocido un trozo bien considerable de costa, en 
el cual estaban comprendidas las inmediaciones 
del puerto nuevo de San Antonio, Santa Elena y 
la Bahía de los Camarones. 

El clima, el abrigo y la seguridad de la na- 
vegación sobre aquellas costas, son otros tantos j 
incentivos para que en lo venidero las frecuen- 
ten con menos recelo, así los buques que nave- 
gan al Perú, como los que en las épocas felices, 
y no muy distantes de la Monarquía, abracen los 
varios objetos de la pesca con toda aquella ex- 
tensión de la cual es capaz y puede refluir tan 
extraordinariamente hacia el bien público y la 
opulencia nacional. 

Al aproximarnos al Puerto de San Gregorio, 
habíamos experimentado unos remolinos bien 
vivos, los cuales á veces llegaban á alucinar á 
los vigías de nuestros topes hasta hacerles creer 
que serían restingas; otras veces nos hacían ó 
difícil ó imposible el gobierno de los buques. 
Así atravesamos el canal entre las Islas de Leo- 
nes y Arce por una parte y la Isla Rasa por la 
otra; así navegamos luego á reconocer otra islita 
exterior guarnecida con arrecifes, la cual no era 
fácil descubrirá los navegantes cuando se halla- 
sen muy aterrados; así, finalmente, se nos pre- 
sentaba ésta como una nueva razón para que 
omitiésemos á la sazón como ageno de nuestros 
objetos esenciales el reconocimiento del Golfo 
inmediato de San Jorge. 

Era, á la verdad, bien extraño que la extre- 
mada internación de este Golfo (á lo menos se- 
gún las noticias adquiridas por los Patagones) 
se hubiese totalmente ocultado á los hidrógrafos 
europeos, aun de las épocas más modernas. Ha- 
bía muy pocas nociones de ella entre nosotros; la 
derrota de Lord Anson en la carta que acompa- 
ñaba á la narración de su viaje seguía en esos 
paralelos una tal inmediación á la costa, que na- 
die pudiese dudar que la llevaba continuamente 
á la vista. El mismo Comodoro Biron, á pesar 
que aterrase sobre el Cabo Blanco y viese correr 
la costa hacia el Oeste, no indicaba siquiera sus 
sospechas sobre la existencia del Golfo. La na- 
tural actividad de nuestros navegantes fué la 
que en los últimos años aceleró é hizo evidente 
esta singular internación de la costa. El Piloto 
D. Bernardo Tafor, partiendo desde el Puerto 
San Gregorio con una lancha, reconoció hasta 


unas 30 leguas de la orilla septentrional del Noy 
G olfo, bien que sin poder alcanzar su término; 
y esta única excursión fue la que dio nuevo 
realce á las aseguraciones de los Patagones so- 
bre el extenderse aquel Golfo unas 70 leguas 
próximamente al Oeste y no distar, por consi- 
guiente, el mar Atlántico del Pacífico en esos 
paralelos sino unas 20 á 30 leguas (1). 

La naturaleza de las costas reconocidas por 
el Piloto Tafor, todas ellas pedregosas, rodeadas 
de arrecifes y extremadamente áridas, bastaba 
por sí sola para disuadirnos de este reconoci- 
miento, el cual, por otra parte, ni dejaría de 
absorber la mayor parte del verano, ni evitaría 
el hacer inútiles las corbetas, debiéndose em- d: 


prender con lanchas y éstas permanecer separa- 
das por largo tiempo y sufrir por su debilidad y 
tamaño unos riesgos y fatigas que pudieran muy 



nuestro á esas costas unos auxilios más preme- 
ditados y más eficaces para el conseguimiento 
deseado. 


Hízose con estas reflexiones derrota directa 
desde la caída de la tarde hacia el Cabo Blanco; 
se mantuvieron las sondas de 49 á 53 brazas, 
arena lamosa y fango; el viento fué constante- 
mente bonancible del Norte al Nornordeste, y ¡ 
así no fué difícil el que poco después del medio 
día siguiente avistásemos nuevamente la cosía, 
observadas ya la latitud de 46 o 33', la longitud 
de 59 o 18' y la variación magnética de 19 o 15'. 
Había precedido á este aparecimiento, la ilusión 
harto frecuente en esos parajes, de una calima 
en el horizonte perfectamente parecida á la ex- 
tructura común de las costas. Por más de una 
hora 110 hubo en entrambas corbetas quien no 
asegurase su extensión verdadera desde el Sur 
por el Occidente hasta el Norte, ni bastaban á 
desengañarnos ó los avisos del Comodoro Bi- 
ron, después de haber caído en una equivoca- 
ción semejante, ó las noticias de nuestros na- 
vegantes, los cuales mil veces la habían visto 
correr desde el Cabo Blanco hacia el Oeste cli- 
■ rectamente. 

Disipada finalmente esta ilusión, á las tres 
de la tarde pudimos dar nuevamente principio 
á nuestras tareas acostumbradas. La costa era 
la misma que había señalado al medio día la 
Atrevida y la que Anson llamaba el Cabo Blan- 
co, bien que fuese en realidad el Cabo de Tres 
Puntas. Desde el verdadero Cabo Blanco , fácil 
de conocerse por un islote que tiene inmediato 
y que teníamos á la vísta, corre como al Esnor- 
deste hacia el Cabo ya dicho de Tres Puntas, 
desde donde sigue luego hacia el Este y forma la 

(1) Se verá después por el viaje del Capitán de 
i fragata D. Juan de la Concha, verificado con un ia- 
i lucho y una lancha en Diciembre de 1794, que esta 
i internación no es tanta como debíamos suponerla. 



64 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


parte meridional del Golfo de San Jorge. Con- 
venía con bastante exactitud una vista de este 
trozo de costa inserto en el viaje de Lord Anson, 
y no quedaba duda que el Comodoro Biron había 
llamado Cabo Blanco al mismo punto que el Al- 
mirante distinguía con aquel nombre. 

A la distancia de tres á cuatro leguas eran 
nuestras sondas de 50 brazas chinitos y fango; 
pero muy luégo con el rumbo del Sur, cuarta 
Sudoeste, aproximándonos como á dos leguas, 
caímos en 28 y 23 brazas piedra. Costeamos á 
esta distancia y próximamente con el mismo 
fondo por largo rato, consiguiendo asi , no sólo 
un cabal reconocimiento de aquellas orillas, sino 
también el observar por dos veces la longitud 
en el meridiano del islote del Cabo Blanco y 
últimamente el disponer la base de las corbetas ■ 
en la dirección más oportuna para que las mar- 
caciones en los extremos tuviesen la seguridad 
posible. 

Hechas estas operaciones y observados azi- 
mutes magnéticos, como quedase aún poco más 
de una hora de día, pareció lo más oportuno el 
emplearla en el examen del bajo hallado por el 
Comodoro Biron, en cuyo arrumbamiento con el 
Cabo Blanco nos hallábamos próximamente á la 
sazón. Hecha, por consiguiente, señal á la Atre- 
vida de navegar por la popa, nos dirigimos á ; 
conservar la misma marcación alargando la ¿lis- j 
tanda hasta las cinco leguas que señala el Como- 
doro. Navegábamos sobre las gavias y sin dejar 
el escandallo; la mar, excesivamente llana, debía 
hacernos más desconfiados sobre cualquier peli- 
gro que no descubrirían en esta ocasión las rom- 
pientes. 

No tardamos de las 20 brazas en caer en íó, 
rq y 13 chinitos de una á otra escandallada. El 
rumbo del Nordeste nos apartaba de la costa, y 
por consiguiente, todo contribuía á confirmar la 
existencia del bajo hacia aquella parte. Era de- 
masiado tarde para destinar embarcación menor 
á un examen más prolijo y era temerario empren- 
derlo con la corbeta, tanto más que, según Bi- 
ron, el peligro era oculto y la sonda no indicaba 
su proximidad. Así, persuadidos, 110 sin razón, 
de su existencia, siguióse nuevamente rumbo 
del Este y de Sudeste y muy largo caímos en 18 
y 20 brazas. 

Según nuestra costumbre, la navegación de 
la siguiente noche debía proporcionarse para 
amanecer al Sur del Cabo Blanco y á no mucha 
distancia de él. Se conservaba el tiempo suma- 
mente placentero y debíamos ya tener algunas 
esperanzas de su duración. Navegamos del Sud- 
este al Sur una distancia de ocho leguas y las 
sondas pasaron casi instantáneamente de las 20 á 
las 30, 40 y 48 brazas piedra, Luégo fueron de 60 
y 66 arena y lama; últimamente, aproximándonos 
á la costa con pairear de la vuelta del Sudoeste 


j las vimos disminuir de nuevo á 55, 50 y 45 bra- na. 
zas arena y lama. 

No podíamos desear situación más agrada- 
ble de la en que nos hallamos á la siguiente ma- 
ñanita. El tiempo sumamente claro, la costa y 
el mismo Cabo Blanco á la vista y á no mayor 
distancia de tres leguas, la mar agradablemente 
' llana y muchos ballenatos que surcaban el agua 
1 con tanta tranquilidad como majestad, todo 
i anunciaba que áun en estos climas desiertos al- 
canzaban los benignos efectos de la primavera. 

Con las ventolinas del Sur que reinaban á 
i las cinco de la mañana gobernamos á aproximar- 
nos aún más. Luego se midieron bases, y como 
nos hallásemos aún con poco viento y distantes 
de la costa sólo una legua escasa, ceñimos al 
primer cuadrante el viento flojo del Sudeste, el 
cual últimamente, llamando al Este después de 
habernos desatracado algún tanto de la costa, 
nos dió lugar á navegar zafos de ella con rumbo 
del Sursudcstc. A las seis habíamos caído de las 
43 á las 30 brazas. 

El fondo que tuvimos en las restantes horas 
hasta el medio día, fué de rg, 20 y 21 brazas 
chinitos y conchuela. Era nuestra latitud de 
47 o 29' y la longitud 39" oL 

Pasado el Sol del meridiano el viento tomó 
algún leve incremento y se declaró favorable al 
Norte, con el cual navegábamos á distancia de 
una ó una y media leguas de la costa, conser- 
vando un fondo igual de 22, 20 y 18 brazas chi- 
nitos. A las tres de la tarde se declaró virazón 
f resquita del Este y con ella pudimos ya navegar 
en demanda del Puerto Deseado, el cual 110 debía 
estar distante cuando veíamos clara la Isla de 
Reyes. Acechada por la misma razón la piedra 
en figura de torre que sirve de marca para hallar 
la entrada algo difícil del puerto, logramos avis- 
tarla como á las cuatro y luego que la vimos de- 
morar al Oeste arribamos sobre la costa, dando 
últimamente fondo á poca distancia de la boca 
del puerto en siete brazas cascajo. 

La marea era aún vaciante con velocidad de 
una milla. La Atrevida lo verificó poco después 
á poca distancia de nosotros. No tardamos en 
avistar una lancha que salía del puerto conreino 
y vela, y que conocimos inmediatamente ser la 
del bergantín Carmen con su Capitán D. José de 
la Peña. Vino inmediatamente á bordo de la 
Descubierta y avisándonos que parada la ma- 
rea era entonces ocasión oportuna de entrar en 
el puerto, instó á que lo verificásemos sin per- 
der tiempo, para lo cual se ofrecía á servir de 
práctico aunque ya no quedasen sino pocos mi- 
nutos de crepúsculo. 

La marea en el puerto y particularmente en 
su boca, corre con una velocidad difícil de imagi- 
narse, á lo cual se agregan los muchos escollos 
y el poco lugar que hay para fondear. Debe se- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


* guramente considerársele como uno de los puer- 
tos de más difícil acceso (i). 

Pero en esos paralelos el tiempo favorable 
era un don con el cual no debía contarse por mu- 
cho tiempo. No titubeamos, pues, en dar la vela, 
manifestándolo así á la Atrevida, la cual se 
dispuso luego á seguirnos, pero sin poderlo últi- 
mamente verificar por habérsele corrido el cable 
ya suspendida el ancla. 

Eran ya cerca de las nueve cuando la Des- 
cubierta estuvo á la vela, con velacho sobre me- 
sana y foques. El viento se conservaba bonanci- 
ble del Estenordeste, la mar era llana y la marea 
entraba con alguna fuerza. Antes ceñimos al 
Norte para atracarnos á aquella costa y franquear 
la boca huyendo de los arrecifes que salen de la 
punta Sur del puerto. Luego arribamos en busca 
de las piedras del medio, y avistadas éstas las 
dejamos por estribor, penetrando así muy luego 
en paraje oportuno para dar fondo, A las nueve 
y media dejóse caer el ancla de estribor en seis 
brazas y combinadas después las horas de la 
marea para las diferentes faenas de amarrarnos, 
conseguimos que para el amanecer ya estuviese 
la corbeta bien segura sobre dos anclas. 

Había, pues, la Atrevida debido desistir de 
la idea de entrar en aquella misma noche, ya 
que no podía seguirnos de cerca. D. José ele la 
Peña, con su acostumbrada actividad, volvió á 
salir del puerto para servirle de práctico; pero 
como en toda la mañana soplase viento algo 
fresco del Sudoeste, que aún la hizo garrear con- 
siderablemente, no consiguió dar la vela sino á la 
caída de la tarde, y aún por largo rato no podía 
contrarestar la marca. Declarada ésta favorable 
como á las ocho, le permitió finalmente entrar y 
dar fondo en las inmediaciones nuestras. El ber- 
gantín Carmen , para lograr una menor fuerza en 
las mareas, estaba fondeado como una milla más 
adentro. Su Capitán nos informó que en la no- 
che de nuestra separación en el Rio de la Plata 
había arribado á la costa de Samborombon y 
permanecido cuatro días á su abrigo. De allí, 
abonanzado el tiempo, había hecho derrota di- 
recta al Cabo Blanco, y abierto el pliego de re- 
unión que lijaba á este Cabo por primer punto j 
de crucero, había creído preferente no exponer ¡ 
su débil embarcación á nuevos riesgos y entrar 
en el puerto. En la tarde anterior había tenido , 
á su bordo un Cacique y algunas otras personas, 
la mayor parte conocidas suyas de una corta tri- 
bu de Patagones, la cual en el día vagaba por 
aquellos contornos. La componían precisamente 
muchos, así hombres como mujeres, que al tiem- 
po de nuestro desgraciado establecimiento en el 


l 1 ) Con motivo de haberse establecido allí la 
Compañía marítima de Pescas, so ha conseguido una 
práctica mucho mayor de la entrada y fondeaderos. 


6o 


puerto habían tomado alguna idea de nuestro 
idioma y nuestras costumbres. 

Cambiada, pues, la marea de la mañana y 
disipada la esperanza, como ya se insinuó, de 
que la Atrevida fondease antes de la noche, 
pensamos aprovechar el día en el examen del 
puerto, á cuyo objeto se reunía naturalmente el 
deseo de trabar, si fuese posible, una correspon- 
dencia amistosa con los Patagones. 

Iban en el bote D. Antonio Pineda, D. Ca- 
yetano Valdés y dos soldados armados: nos ha- 
bíamos prevenido con algunas bagatelas de re- 
galo, y mientras atendíamos á la caza en la costa 
del Sur, acechábamos con ansia el aparecimiento 
de los Patagones en la costa opuesta. Finalmen- 
te, al medio día se dejó ver uno de ellos á caballo 
en un altito no distante. Fuimos con el bote hacia 
él, y dejada la escopeta al tiempo de saltar en 
tierra, le ofrecimos algunas bagatelas, lo cual 
visto por los demás ele la tribu, que á muy corta 
distancia de nosotros estaban en espera detrás 
de un montecito, fueron poco á poco aproximán- 
dose todos á caballo, y últimamente enviaron en 
busca de las mujeres, que no tardaron en reunirse 
y echar pié á tierra. Se componía entonces la 
tribu de unas 40 personas, de las cuales eran 10 
las mujeres y 12 los niños, entre ellos tres ó cua- 
tro aún de pecho; dos mujeres solas eran ancia- 
nas, y á pesar de esto sumamente ágiles. Entre 
el restante número de hombres, el Cacique y otro 
eran ancianos, y habría otros cinco cuyos años 
podían más bien corresponder á la pubertad que á 
la virilidad. En general eran todos (inclusas mu- 
jeres y niños) de una cuadratura agigantada. La 
talla era inferior á aquella proporción, pero natu- 
ralmente alta. El Cacique Junchar, medido exern- 
pulosamente por D. Antonio Pineda, tenía de 
alto seis pies y 10 pulgadas de Burgos. La an- 
chura de hombro á hombro era de 32 pulgadas 
y 10 líneas. 

Sentados ya en cerco, y desechada por una y 
otra parte toda desconfianza, empezó á esplayar- 
se el deseo innato en el hombre de querer cono- 
cer más de cerca á su semejante. 

En esta escena, compuesta naturalmente más 
bien de gestos que de palabras, las mujeres pa- 
tagonas no tardaron en abrogarse la principal 
parte, y ó fuese curiosidad ó una mayor propen- 
sión al discurso, muy luego se hicieron cargo de 
nuestras preguntas, y no faltó entre ellas quien 
esforzándose en usar palabras españolas con 
aquella volubilidad de lengua que siempre han 
admirado los viajeros, añadiese á este nuevo 
cebo de la conversación un cierto agrado que áun 
entre un traje y unas costumbres extrañas , de- 
jaba traslucir esta característica principal del 
sexo. 

Les regalamos varios adornos de vidrio, al- 
gunas cintas y algunas gargantillas; nos dieron 



66 


VI A J E ALREDEDOR DEL MUNDO 


en desquite una piel y un bezoar de guanaco y 
un guanaco vivo pequeño, al cual podía muy 
bien aplicarse la elegante pintura que el Como- 
doro Biron había hecho de otro animal seme- 
jante. 

Se dirigían particularmente nuestras pregun- 
tas al conocimiento de su idioma y costumbres. 
Convinimos con D. Antonio Pineda en cuanto al 
idioma, que trabajaríamos separados; que hecho 
un pequeño acopio de palabras en una sesión, 
procuraríamos confrontarlas todas en la sesión 
siguiente antes de aprender otras; finalmente, 
que siendo sumamente equívoco el enterarse de 
las costumbres mientras no se tuviese la menor 
idea del idioma, dejaríamos en mucha parte 
este objeto para las visitas sucesivas, en las 
cuales nos acompañase el Piloto Peña: así lo hi- 
cimos, y como ya se ha indicado, nos fueron 
principalmente útiles dos mujeres que sabían no 
pocas palabras castellanas, y conocían los Pilo- 
tos Tafor y Peña. 

Desde el principio, los naturales habían so- 
licitado que se apartasen los dos soldados arma- 
dos; se les complació inmediatamente, y esta 
confianza nos ligó al parecer de tal modo, que 
habiéndole preguntado D. Cayetano Valdés si 
extrañarían que tirase á un ave no distante, con- 
descendieron los hombres á ello, mas oponién- 
dose mujeres y niños que hacían ademán de 
asustarse y áun de quererse ausentar, lo omitió 
prudentemente y con esto causó una satisfacción 
general. 

Eran las dos y media de la tarde, cuando 
pensamos en separarnos después de recíprocas 
aseguraciones de la amistad más estrecha y con 
la esperanza en nosotros de que viniesen al día 
siguiente á bordo, á donde los habíamos con- 
vidado y prometídoles crecidos regalos. Filá- 
ronse todos á caballo. Nosotros con La marea 
ya favorable, no tardamos en regresar á bordo 
y no omitimos el buscar entre las muchas aves 
que nos pasaban á tiro aquellas que pudiesen 
suministrar nuevos objetos para la Historia Na- 
tural. 

Fondeada la Atrevida, debió ocuparnos esen- 
cialmente desde el día siguiente, el aprovechar 
los instantes para hacer tan breve y útil cuanto 
pudiésemos nuestra demora en el puerto. 

Desde la misma noche habíamos convenido 
con el Piloto Peña, en una señal que nos avisase 
cuando los Patagones estaban á la vista para ir 
á su encuentro, con cuya precaución economizá- 
bamos el tiempo que hubiéramos empicado en 
buscarlos infructuosamente y en el entretanto 
la caza, la pesca, la aguada, las tareas hidrográ- 
ficas y astronómicas y las investigaciones de los 
naturalistas, progresaban con un paso uniforme 
y bastantemente acelerado. 

Muy luego, la caza, que por su abundancia 


cebaba áun á los más inexpertos, fue el entrete- 
nimiento diario de toda la Oficialidad en sus ho- 
ras de recreo. Nuestra mesa no se cubrió sino 
con el fruto de nuestras excursiones y pudo la 
marinería hallar en el marisco, el pescado y las 
muchas aves acuáticas de buen gusto, una va- 
riedad de comida tan agradable como abundante. 

Destacados en la misma mañana los Tenien- 
tes de fragata Quintano y Salamanca, para re- 
conocer las aguadas de la costa inmediata del 
Sur, en donde se había provisto el Comodoro 
Biron, las hallaron tan escasas y distantes de la 
playa, que les parecía bien incómodo el hacer una 
provisión mediana. Prefirióse con este motivo la 
aguada de la población antigua, la cual, aunque 
distante de las corbetas como tres leguas, debía 
parecemos más cómoda porque las lanchas po- 
dían ir directamente á ella con el auxilio de las 
mareas, sin atención á los vientos, pero siempre 
eran inconvenientes de alguna entidad el que a 
media marea no pudiese entrar ni salir lancha al- 
guna del estero y que la misma escasez del agua 
no permitiese llenar sino unas doce pipas en vein- 
ticuatro horas. El viaje, además, era peligroso 
por las revesas ó remolinos que en diferentes re- 
codos formaba la marea, en contraposición al 
impulso del viento. Así, para la seguridad de 
ambas lanchas, las cuales navegan juntas y en 
nada sobrecargadas, se destinó un tercer bote 
con un Oficial para que las dirigiese. Con esta 
precaución, habíamos ya conseguido el día 6 
dos viajes de cada lancha dirigidos con mucha 
inteligencia por los Tenientes de navio Valdés y 
Tova, cuando en esa misma tarde nos obligó un 
nuevo acaso á dar otro destino á las embarcacio- 
nes menores. Con una ráfaga fuerte del Nor- 
noroeste y la marea vaciante había faltado á la 
Atrevida el cable del Oeste, y aunque sus ma- 
niobras fuesen sumamente vivas y acertadas, no 
había podido evitar el que su ancla de esperanza, 
en lugar del fondo, agarrase nuestro cable del 
Oeste y ella misma nos abordase por babor, sin 
causar, sin embargo, daño alguno considerable. 
No fuimos poco felices en suspender el ancla 
agarrada á nuestro cable antes que le rozase ó 
rompiese, y después por medio de calabrotes, en 
devolverla á su buque sin lancha; finalmente, 
cambiando la marea á las nueve, la Atrevida 
pudo volverse á amarrar, bien que con una de- 
masiada inmediación á algunas piedras. 

Como en un paraje de marcas tan vivas no 
fuese posible el uso de las boyas y de los orin- 
ques, el ancla carecía de este útil medio de re- 
cobrarse; fué, pues, preciso emplear las dos lan- 
chas en rastrearla, maniobra difícil por los pocos 
instantes en que está la marea parada, únicos, 
por otra parte, para que un buzo pudiese pasar 
el orinque. Se trabajó inutilmente en la mañana 
del 8, pero en la del g tuvimos la felicidad de 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


O 7 


pie. o encontrarla, y pasado nn orinque por el buzo de 
la Atrevida, se levó en la misma tarde y se res- 
tituyó á su bordo. 

En el trabajo del plano del puerto, extendido 
por su parte exterior hasta las Islas Reyes, ha- 
bía explayado D. Felipe Bausá su acostumbrada 
7 actividad é inteligencia. En la mañana del 7, me- 
dida una base en la costa del Sur, había después 
pasado á diferentes puntos de la misma costa en 
donde pudiesen hacerse marcaciones útiles para 
ligar los parajes esenciales del puerto; luego, 
en un bote, había atravesado al extremo Norte 
de la boca; finalmente, ó con enfilaciones ó con 
nuevas marcaciones del teodolito, había exten- 
dido poco á poco los triángulos hacia dentro, na- 
vegando últimamente del 10 al n con el Teniente 
de fragata Quintano y el Piloto Peña, hasta don- 
de pudiese internarse el botecillo que los llevaba. 
Marcaban alternativamente en una y otra orilla, 
prefiriendo tal cual paraje alto que sobresale y 
domina á las muchas islas de que está sembrado 
el canal. No omitían tampoco las sondas, guia- 
dos de las excelentes noticias del Piloto Peña; 
así, con la excursión actual podía considerarse 
también concluido otro ramo, tal vez el más esen- 
cial de nuestra comisión. 

El examen de la marcha de los relojes mari- 
nos emprendido desde los primeros días por me- 
dio de las alturas absolutas del Sol, medidas con 
el sextante, había indicado en todos ellos una va- 
riación tan extraña del movimiento asignádoles 
en Montevideo, que nos fuese preciso el descon- 
fiar de estos resultados y echar mano de las ob- 
servaciones astronómicas, aunque contra la pri- 
mer idea nuestra arrastrasen consigo el estable- 
cimiento de un puesto en tierra y los repetidos 
viajes de las embarcaciones menores así de no- 
che como de día. En la mañana del 5 plantóse la 
tienda del observatorio en la costa del Sur, en- 
frente de las corbetas. Se llevaron á ellas el 
cuarto de círculo grande y el cronómetro _ 72 y 
1 ). Dionisio Galiano debía intentar la deducción 
de la longitud por los pasos de la Luna al Meri- 
diano, comparados á una estrella, ya que no se 
proporcionaban á la sazón observaciones de los 
satélites de Júpiter, ni ocultaciones de las estre- 
llas por la Luna. 

Para seguridad del observatorio y áun para 
el buen orden de la gente que diariamente fuese 
á tierra, se plantó en sus inmediaciones una ba- 
rraca, en la cual estaban constantemente un cabo 
y dos soldados. Se puso el asta para las señales 
de correspondencia con las corbetas, así de día 
como de noche, y siempre desde el anochecer 
hasta la siguiente mañana se mantuvo uno de 
los dos Guardias Marinas encargado de la res- 
ponsabilidad del puesto. Como ya se hubiese de- 
jado conocer el genio pacífico de los Patagones 
y 110 desamparasen la costa del Norte, pareció 


que nada se aventuraba en establecerse hacia el d¡ 
Sur, tanto más que siempre dirigíanse hacia el 
mismo lado todos los que deseasen ir á tierra 
ó con objetos de entretenimiento ó de caza. Fue- 
ron infructuosos en las primevas noches los es- 
fuerzos de I). Dionisio Galiano para las obser- 
vaciones de la Luna. Dedujo, sí, la latitud de 47 
grados 45' 33" por alturas meridianas de estre- 
llas al Norte y al Sur. La variación en la aguja 
del teodolito fué de 19 o 50' al Nordeste y reunidos 
los Oficiales de entrambas corbetas, observaron 
en la mañana del 9, 191 series de distancias lu- 
nares, cuyo resultado fue de 9 0 29' al Occidente 
de Montevideo, longitud algo más oriental de la 
que determinaban los relojes. 

Más felices en sus tareas los Sres. Pineda y 
Nec, habían aprovechado todos los instantes para 
aumentar sus respectivas colecciones científicas; 
el primero, adicto particularmente al examen de 
las piedras, de las conchas, de los cuadrúpedos 
y de las aves, encontró tan crecido número de 
curiosidades, que podían muy bien suministrarle 
material de estudio en la siguiente campaña algo 
dilatada alrededor del Cabo de Hornos. D. Luis 
Nee, con su acostumbrada perspicacia, constancia 
y asiduidad, logró á pesar del semblante árido 
i que tenían aquellos contornos, recoger muchas 
i plantas de una rareza y méritos singulares. 

Pero volvamos ya á los Patagones, cuya au- 
i sencia por el espacio de cinco días debía parecer- 
| nos con exceso extraña, después de la amistad 
i con la cual nos habíamos separado en la primera 
| concurrencia. 

Al medio día del S, hizo señal el bergantín 
‘ que estaban á la vista, y no tardamos en ir á su 
encuentro, acompañándonos el pintor D. José del 
Pozo. A nuestra llegada al bergantín, hallamos 
! al Cacique con otros subalternos y tres ó cuatro 
mujeres con algunos niños de pecho. Dormían 
éstos tranquilamente á poca distancia de la ca- 
marita; los demás, así hombres como mujeres, no 
habían cesado de comer galleta y menestras, ya 
crudas, ya cocidas, mezclándoles repetidas veces 
el uso del cigarro y del vino. Nosotros mismos 
los vimos fumar y beber otra vez y no pudo que- 
darnos duda que el uso del aguardiente, ni les 
era nuevo, ni dejaba de serles agradable. La fuga 
de sus caballos había sido la causa de no volver 
en los días anteriores, viéndose precisados á des- 
tinar á los más jóvenes para buscarlos, los cuales 
110 los habían encontrado sino al tercer día de su 
comisión. 

No nos habíamos descuidado en llevar aque- 
llas bagatelas para regalo, que pudiesen serles 
agradables; algunas tijeras y cuchillitos regalados 
generalmente á todos, un cuchillo grande y un 
espejo dados con preferencia al Cacique y algu- 
nos adornos que presentamos á las mujeres, 
arraigaron de tal modo nuestra amistad recípro- 



68 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


díc- 3 ca, que fue fácil sacar sus retratos y la conver- 
sación se trabó larga c interesante. Rectificamos 
las palabras aprendidas en la primera sesión, á 
éstas se agregaron muchas nuevas, pudieron ad- 
quirirse ideas claras de algunas de sus costum- 
bres 3' en particular de sus enlaces de parentesco 
y del amor hacia los padres y los hijos; final- 
mente, como procurásemos aún con el auxilio de 
Peña adquirir algunas nociones de su religión, 
esto nos fue llevando poco á poco á hablarles de 
su morada actual, distante como tres leguas de la 
playa, la cual nos manifestamos dispuestos á vi- 
sitar al día siguiente si trajesen algunos caballos 
para nuestro uso. En esto se aproximaba }-a la 
hora en que debian retirarse. Peña les había dado 
un buen repuesto de galletas y menestras secas: 
debían llevarlas al resto de la tribu y cada cual, 
fuesen hombres ó mujeres, parecía igualmente 
afanado, ó con el cuidado de acrecentar sus re- 
puestos, nombrando ya unos, ya otros de los 
ausentes, ó con la dificultad de transportarlos no 
pudiendo hacer sino unos sacos pequeños con los 
extremos de las pieles que formaban sus trajes. 
I-Iízose en esta ocasión digna de reparo una joven 
patagona de edad de catorce años próximamente, 
cuyo regular parecer, mucho agrado y singular 
sagacidad, había hecho que se le prefiriese á las 
demás para ser retratada. La piel que la cubría, 
por cuanto se adaptase al intento, no era capaz 
de dar cabida á los muchos dones que había re- 
cibido y que destinaba con mucho amor para sus 
padres: no quería abandonarlos; consultaba á sí 
misma, consultaba á los suyos, todos le aconse- 
jaban que usase del poncho que llevaba en forma 
de camisa debajo de la piel dei guanaco; pero 
era preciso desnudarse á presencia nuestra; y 
luchaban á porfía sobre el partido que debiese 
adoptar, la honestidad por la una parte y por la 
otra el consejo de los demás; venció, finalmente, 
no tanto éste cuanto el amor filial; se decidió á 
quitar el poncho para envolver los comestibles; 
mas lo verificó con tal arte y tal modestia, que diú 
un nuevo resalte no menos á sí misma que al sexo 
en general, en quien es característica aquella ca- 
lidad y sobresale hasta en los pueblos más incul- 
tos. Despidiéronse, finalmente, y nosotros regre- 
samos á bordo. 

9 Puntuales al día siguiente, concurrieron en 

mayor número á la orilla acostumbrada, y no 
tardó la mayor parte de la Oficialidad en ir á su 
encuentro: conducían un solo caballo para la vi- 
sita proyectada en sus hogares; pero como en 
este caso hubiese sido mucha imprudencia el 
aventurar uno' solo de nosotros á tanta distancia 
de cualesquiera recursos que hiciesen temibles si- 
quiera las consecuencias de un insulto, les mani- 
festamos, que desistíamos del viaje propuesto, 
y les convidamos por la misma razón á que vi- 
niesen a bordo: fue imposible el persuadirlos ó 


bien dimanase de nuestro número algo crecido, di 
ó del cabello rubio y de los trajes de la mayor 
parte de la Oficialidad, lo cual podía (según 
Peña) hacerles sospechar fuésemos de otra na- 
ción: debimos, por consiguiente, contentarnos 
con repetir sobre la orilla una larga sesión, ani- 
mada como era natural con varios dones, parti- 
cularmente de comestibles y dirigida ó bien á 
estrechar una amistad recíproca ó á progresar 
cuanto fuese posible en las nociones adquiridas 
sobre sus costumbres y principios sociales: adver- 
timos en esta ocasión cuán macilentos eran sus 
caballos, débiles y pequeños los perros y cuál 
era el afan con el cual comían, todas pruebas 
nada dudosas de una subsistencia más bien mez- 
quina é incierta en todos esos contornos. 

Aproximándose ya el Sol al horizonte, fué 
finalmente preciso el separarnos: di. ó el Cacique 
la orden para que la tribu montase á caballo, y 
obedecido con puntualidad, no tardó en empren- 
der la marcha, bien que dejando atrás algunos 
que ó no habían sido tan expeditos en apretar 
sus toscos arneses ó esperaban con este pretexto 
algún otro regalo capaz de hacerles más felices 
que á los demás: en este número se hallaba ca- 
sualmente la joven patagona, cuya modestia ha- 
bíamos reparado en la tarde anterior. No se 
había desviado de su padre, y su mayor atención 
ó más bien cuidado, era en aquel momento el de 
montar á nuestra vista sin ofender en modo al- 
guno á su pudor: usan allí las mujeres el montar 
á caballo en el modo siguiente: forman con la 
brida una especie de estribo, en el cual hacen 
firme el pié derecho: asidas luego con la rodilla 
izquierda sobre la coyuntura alta de la mano del 
caballo, tienen finalmente lugar para sentarse 
trepando sobre la albarda y después pasar la 
pierna derecha al otro lado: parecíanle, pues, 

. arriesgados para su extremo pudor estos movi- 
mientos. Ya pedía á su padre que la ayudase, ya 
que se ocupase más bien en ocultarla de nuestra 
vista, 'y mientras tanto quedaba casi sola: deter- 
minóse por último á montar, pero fué esto con 
tal cuidado é incomodidad, que mal asegurada 
sobre el caballo, apenas se ausentó de nosotros 
unos doscientos pasos cuando volvió á apearse 
para montar con aquella libertad que le era ne- 
cesaria. Un grado tan sobresaliente de honesti- 
dad entre un pueblo casi desnudo y bárbaro, no 
puede menos de producir en el filósofo moral 
y amante de nuestra especie, algunas reflexiones 
que la vistan tal vez á sus ojos con unos colores 
menos viciosos y propensos naturalmente á la 
vida brutal. 

Concluidas en el entretanto todas las opera - 
: ciones que nos bacíáh 6 u til ó necesario el puerto, 

• tocándose á cada paso con mano los muchos 
riesgos que en él sufrían amarras, embarcacio- 
nes menores y los mismos buques, pareció final- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


69 


Dic.9 mente lo más acertado el abandonarle. Diéronse 
instrucciones al bergantín Carmen, atento á su 
corto andar y á la práctica de su Capitán sobre 
aquellas costas, para que navegase sólo y recono- 
ciese los ríos de Santa Cruz y Gallegos, al Sur 
del Puerto San Julián. Debían las corbetas na- 
vegar en derechura al extremo occidental de las 
Maluinas, y allí, con una travesía directa al Cabo 
de las Vírgenes, ligar en uno y otro extremo con 
las tareas del año anterior, de los paquebotes 
Eulalia y Casilda , de la Marina Real; y como los 
Patagones no se dejasen ver más en los contor- 
nos del puerto, se aceleraron de tal modo los 
n aprestos, que en la noche del 11 pudimos consi- 
derarnos prontos para dar la vela, reincorporados 
ya en aquella hora los Sres. Pineda, Bausa y 
Quintano, los cuales, como ya se dijo, habían 
internado en la lia con un bote chico, y dado 
cada cual nuevo ensanche á las tareas útiles de 
su profesión. 

El viento al Norte que había soplado con 
mucha violencia en toda la tarde, nos había per- 
suadido á meter dentro los botes; y pues que en 
el día siguiente la continuación del mismo viento 
no nos daba lugar á desamarrarnos, la emplea- 
mos en sistemar la marcha de los relojes, y tra- 
zar la carta ele la costa que habíamos reconoci- 
do entre el rio Negro y Puerto Deseado. 

,, Poco después de salir el Sol al día siguiente, 

pareció entablar viento bonancible del Sur, la 
marea debía cambiar á la vaciante hacia las diez 
y como por la proximidad de la Atrevida á la i 
piedra no era posible quedase sobre su ancla del 
Oeste, aprovechamos entrambas la marea en- 
trante para levar aquella ancla. A las diez ya es- 
tábamos á pique de la otra y enteramente prontas 
á dar la vela: el bergantín que según las señales 
hechas de antemano lo había verificado ya, vió 
imposible poder montar unas isletas que media- 
ban entre él y nosotros, y volvió á dar fondo. 
No fué otra tampoco la suerte déla Descubierta 
por haberse declarado en el mismo instante de 
dar la vela ventolinas Hojas del Este. Así pasa- 
mos entrambas el restante día, en el cual el viento 
se mantuvo flojo; por la misma parte, la marea 
con velocidad de tres y media á cuatro millas, y el 
tiempo no sólo neblinoso, sino también por la 
tarde algo aturbonado con truenos distantes. Si- 
guiéronse por la noche algunos chubasquillos, los 
cuales, finalmente, produciendo á las cuatro de 
la mañana siguiente algunos soplos del terral del 
Oeste, dieron lugar á que en pocos instantes, pa- 
rada la marea, ambas corbetas estuviesen á la 
vela y franqueasen, aunque con algún riesgo, 
la boca del puerto. El bergantín, fondeado más 
adentro, no pudo seguirnos*}' le perdimos inme- 
diatamente de vista. 


CAPÍTULO IV 

Navegación de las corbetas á las Islas Maluinas y de 
allí alrededor del Cabo de Hornos hasta el puerio de 
San Carlos de Chiloé. — Reconocimientos de las 
Tierras del Fuego y otros accidentes ocurridos en 
aquel tiempo. 

Nuestros conceptos no iban errados cuando díc. 
al amanecer habíamos procurado dar la vela con 
la posible precipitación. Apenas propasada la 
boca del puerto, declaróse al mismo tiempo la 
marea contraría y calmó totalmente el terral. En 
diferentes ocasiones la Atrevida se vió casi pre- 
cisada á dar fondo. Ambas corbetas eran arras- 
tradas rápidamente hacia la costa del Norte; pero 
á las ocho empezó á entablar viento galeno del 
Sur }■' las muras á estribor con fuerza de vela 
nos franquearon á poco tiempo de aquellas in- 
mediaciones, de suerte que pudiésemos conside- 
rar como libre la navegación siguiente, cuales- 
quiera fuesen los vientos que debiésemos expe- 
rimentar. 

Un nuevo bordo hacia la costa antes del me- 
dio día, nos dió lugar á multiplicar en la restante 
tarde las tareas hidrográficas, las cuales debían 
¡ ligar varios puntos externos con el extremo in- 
¡ tenor de nuestros triángulos; repitiéronse tam- 
bién las observaciones astronómicas; diferen- 
tes azimutes manifestaron la variación de 20 o 4' 
Noroeste. Al ponerse el sol ya decoraba la Isla 
Reyes al Sur 40 o Oeste, distancia de seis le- 
guas: la mar era llana y los vientos empezaban 
á entablar por el Norte y Noroeste, favorables 
sobremanera para nuestra derrota. 

Emprendimos, pues, el atravesar directamen- 
te al extremo occidental de las Islas Maluinas; 
crecieron las sondas hasta las 60 y 65 brazas 
fango duro; creció también rápidamente la va- 
riación de la aguja hasta los 23 o . Las ballenas, 
los lobos, las muchas aves acuáticas, solazándo- 
se frecuentemente alrededor de los buques, ha- 
cían más divertida la navegación, al paso que ati- 
zaban nuestros deseos de ver cuanto antes abier- 
to por medio de las pescas este nuevo ramo, tal 
vez inagotable de la industria nacional. 

Los rumbos del Sursudestc y Sudeste que se- 
guíamos constantemente, no podían ménos de 
conducirnos en breve tiempo al término prefi- 
jado. Fueron casi momentáneas las contrarieda- 
des que experimentamos de los vientos del Sur, 
los cuales, aunque al principio oscuros y tempes- 
tuosos, no tardaban en rolar más claros y apaci- 
bles al Sudoeste y Oeste. Así no nos fué difícil 
para la tarde del 17 el avistar á larga distancia 
los Salvajes, Islas Altas, las más occidentales de 
las Maluinas, y poco después, favorecidos extra- 
ordinariamente del viento, el emprender en ese 


i 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


70 


mismo extremo las tareas hidrográficas acostum- 
bradas. Importaba mucho en aquellos contornos 
su máxima exactitud, en cuanto debían compa- 
rarse al mismo tiempo con las del Capitán inglés 
Mac-Bride 3^ servir de norte en las navegaciones 
venideras de los buques nacionales al mar del Sur, 
para que ni se retardasen los viajes con unos bor- 
dos retrógrados, á veces infundados, ni con las 
oscuridades harto frecuentes en esos mares, peli- 
grase algún buque en las inmediaciones de la Isla 
Rasa, difícil á ser vista á una mediana distancia. 

Con este intento fué nuestro objeto en la res- 
tante tarde el de reconocer de cerca aquella isla 
y costear después entrambos Salvajes. En cada 
meridiano se observaban longitudes con los relo- 
jes marinos, sondábamos frecuentemente, aun- 
que sin encontrar fondo con 110 brazas de son- 
daleza; observábamos desde los topes con cuanta 
vigilancia fuese dable, los diferentes canales que 
allí forman un laberinto sumamente complicado 
de islas, pero ya veíamos imposible el alcanzar 
hasta la mañana siguiente el puerto Egmont, 
en donde .era nuestro ánimo el dar fondo y com- 
binar con un nuevo examen de la marcha de los 
relojes marinos, el reemplazo completo de la 
aguada y un mediano reconocimiento físico de 
aquellos contornos. 

Fué, por consiguiente, preciso el procurar 
mantenernos hasta la mañanita siguiente en la 
misma posición. Se seguían los bordos más opor- 
tunos, ya con las solas gavias, ya. agregándoles 
mayores y esfais; y sin embargo, como tuviése- 
mos una corriente bastantemente fuerte al Nor- 
te, nuestra distancia de los Salvajes al amane- 
cer no era menor de unas cinco leguas. Inme- 
diatamente, entablado viento fresco del Oeste 
volvió á atracarse al mismo extremo de la tarde 
anterior; costeamos varias islitas, á muy corta 
distancia, dejando las unas á estribor y á babor 
las otras y no tardó mucho cuando ya empezaron 
á descubrirse las inmediaciones del puerto y pu- 
dimos dirigimos hacia él. 

Estas inmediaciones, formadas por la mayor 
parte de islas, son por lo común altas y acanti- 
ladas; si hay una ú otra punta baja, despide al- 
gunas restingas, las cuales, viniendo del Oeste, 
se dejan á la izquierda; el mismo inconveniente y 
el de un bajo al Sur de otra isla, indica, como 
preciso, el atracarse mucho á la derecha y muy 
luego se hace notable el blanquizar de arena, 
del cual hizo memoria el Comodoro Biron, como 
un paraje oportuno para dar fondo, cuando ci 
viento ó la noche impidan internar en el puerto 
Egmont, pues sobre un braceaje de 12 á 20 bra- 
zas arena, puede un buque estar bien cerca de 
tierra, abrigado de todos los vientos que sean 
contrarios á la entrada, y con un riachuelo á la 
vista que le suministre en el entretanto el agua 
que necesite. No tardamos, continuando á un 


viento favorable del Oeste, en internar en el díc. 1 
puerto: navegábamos con gavias, foques y vela 
de esta! de gavia: costeábamos las orillas del 
Oeste á un tiro de fusil, por fondo de 12, ii y 10 
brazas arena, y acechábamos cualquier riachuelo 
para dar fondo enfrente de él. Le vimos 111113- 
luégo y era fácil apercibir en sus inmediaciones 
muchos fragmentos de la colonia antigua ingle- 
sa: así 110 diferimos un instante en dar fondo y 
á poco tiempo quedaron amarradas las dos cor- 
betas á corta distancia la una de la otra y en una 
excelente disposición para los objetos que se ha- 
bían prefijado. Algo más adentro estaba fon- 
deada una sumaca del Rey, procedente pocos días 
antes del establecimiento de la Soledad, en el 
extremo oriental de las Maluinas. 

En el entretanto, se habían destacado algu- 
nos Oficiales para reconocer con un bote los pa- 
rajes inmediatos y dirigir con el mayor acierto la 
aguada. Nada había en aquellos contornos que 
no debiese recordar al navegante los dones pró- 
digos de la naturaleza, siempre uniforme en sus 
hechos, siempre superior á cuanto pudiesen sumi- 
nistrar el arte 3' el trabajo lento, mezquino y 
contradictorio del hombre. En el fondo de una 
ensenadita ó más bien dársena, descendía al mar 
un arroyuelo cuyas aguas cristalinas apenas á no 
mucha distancia de allí asomaban unidas, desplo- 
mándose de los altos inmediatos; cuando se agol- 
paban á aprovechar de sus derrámales y á de- 
berles una subsistencia lozana y saludable, varios 
gramenes, la codearía y el apio silvestre: éstas 
dos plantas, destinadas especialmente á la con- 
servación del navegante, reúnen en sí la otra ven- 
taja no menos apreciable de su constante inme- 
diación al agua. Tanto es hallar la una cuanto en- 
contrar el otro. Queda casi suspenso á la primera 
vista, el que pisando apenas la tierra se ha apro- 
ximado por el solo instinto á una ti otra de estas 
cañadilas; unas veces extasiado contempla la 
inagotable abundancia de lo que poco antes le era 
imposible el conseguir; el suave murmullo con el 
cual desciende, le recuerda un momento el rápido 
correr de la vida humana y de sus trances ó los 
más felices ó los más desgraciados; pero atónito 
y casi olvidado de sí mismo, teme perderla de 
nuevo. El apetito por una parte, el agradeci- 
miento por la otra, le arrastran hacia ella: no 
bien ha satisfecho sus ansias, no bien ha besado 
mil y mil veces en este símbolo de la ve j elación 
la próvida mano de la naturaleza, cuando mira en 
torno y ve moverse por un vicntecillo suave ó 
por el mismo salpicar de las aguas, el apio y la 
coclearia: las coge, las masca, las bendice: el 
cansancio y la quietud le excitan un breve sueño; 
disipa en un momento aquella languidez que le 
oprimía poco antes. 

E intanto obblia 

La nosa, é il mal de la passatavia. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


71 


Las aves acuáticas varían luego esta escena, | 
pero sin aminorar su semblante agradable: las ; 
hay de hermosa pluma; las hay de mil tamaños: 
sus voces allí no son los símbolos ó de una cons- 
tante emigración según las estaciones, ó de la 
pérdida sufrida poco antes de la compañera fiel 
y de los tiernos hijuelos. Denotan tan solo aquel 
afán natural con el cual se hacen casi indivisi- 
bles entre sí, con el cual se llaman cuando mudan 
de morada ó de aposento y se convidan cuando ó 
eL mar les presenta una subsistencia diaria y abun- 
dante ó las costas no trilladas del hombre les 
brindan con la facilidad de solazarse y de volatear 
á su albedrío. Ni es menos entretenida la vista 
del mar, en donde los peces, los anfibios y aveces 
las mismas ballenas, ignorantes de su propio po- 
der y del genio destructivo del hombre, se presen- 
tan casi con emulación para saludarle y no ima- 
ginan jamás que esto baste para ser destruidas. 

Con un semblante tan favorable cual acaba- 
mos de describir, y sin la interrupción de aque- 
llas distracciones que en los países habitados son 
inseparables del navegante, ó ya para precaverse 
de las tretas, ó para ultrajar los derechos, ó 
finalmente, para ser víctima de los halagos en- 
gañosos de sus semejantes, no parezca extraño 
que muy pocos días bastasen para cuanto nos 
habíamos propuesto en aquella escala. En la 
misma tarde tuvo cada corbeta una lancha con 
agua; siguióse llenando el vacío durante la no- 
che, y al día siguiente, no bien el Sol había disi- 
pado la calima, cuando estuvieron cada cual ocu- 
pados con ansia en las tareas de su destino. Los 
naturalistas, los hidrógrafos, los astrónomos, los 
cazadores y los que se habían destacado para la 
pesca, subieron los primeros al monte de la Vi- 
gía, en donde D. Felipe Bausa hizo marcaciones 
bien importantes con el teodolito, y D. Antonio 
Pineda reconoció el suelo, las plantas que le 
vestían y los animales que le habitaban: D. Dio- 
nisio Galiano y D. Juan Vernaci. establecieron 
el observatorio y empezaron con las alturas co- 
rrespondientes del Sol, el examen de la marcha 
de los relojes marinos. Midiéronse por los demás 
Oficiales muchas series de distancias lunares; 
sondaban los Pilotos; oíanse frecuentes y siem- 
pre con buen éxito, los tiros de los cazadores; la 
aproximación de la noche debía por la misma 
razón presentar á bordo un espectáculo más bien 
agradable, cuando llegaban por todas partes y se 
veían uno sobre otro los barriles del agua, los 
atados del apio silvestre, los peces, las aves y los 
anfibios, presentando cada uno, ó en su pluma y 
en sus caracteres, si estuviesen muertos, ó en sus 
graznidos y movimientos si viviesen aún, aquella 
variedad continua que hace el mayor adorno de 
la Naturaleza. 

Referidos al medio día del 20 los resultados 
de las tareas astronómicas, dieron para el obser- 


vatorio la longitud siguiente occidental de Mon- 
tevideo. 


Cronómetro 61 3“ 52' 3S" 

Cronómetro 72 3" 51' 23" 

155 series de distancias déla Luna al Sol. 3" 49’ 15" 
F,l promedio de los relojes do la Atrevida, 

bien conformes entre sí 3° 5-' 3°’' 


i Latitud. 51 o 21' 3" por astros al Sur y 
al Norte. Variación magnética, 22° 34' 
al N. E. 

Las observaciones de la latitud, habían á la 
verdad encontrado un obstáculo cual no era iácil 
imaginarle. La hermosura del día, la conclusión 
de las faenas de á bordo, y la misma útil nece- 
sidad de alejar á veces la marinería de aquel 
yugo constante y opresivo de la disciplina, el 
cual en una nación sumamente viva, si bien no 
, cause frecuentemente la desesperación, debe cau- 
sar á lo ménos la melancolía, nos habían dictado 
como prudente, el permitir á entrambas mari- 
nerías que pasasen en tierra la mayor parte del 
día. Repartiéndoles jabón para que lavasen su 
ropa, tolerando en otras y particularmente en 
la tropa, el que llevasen el fusil para cazar, de- 
bían errar á su albedrío por aquellos contornos 
¡ y 110 reunirse en la orilla sino á la entrada de la 
noche: dispersados así en muy poco tiempo, no 
tardaron en dar muestras de su genio natural, 
inclinado al desorden y á la destrucción. Pren- 
dieron fuego á un montón de turba en donde esta 
planta se hallaba más espesa, y en un momento, 
no sólo vimos arder por diferentes partes el 
monte inmediato, sino que el humo que salía del 
incendio, ocultábalos objetos áun más cercanos. 
Fué, pues, preciso enviar utensilios de la Des- 
cubierta para atajarle. Oficiales, Contramaes- 
tres y cuanta marinería estuviese á mano, traba- 
jaban con igual vigor, pero inútilmente. Era im- 
posible el asolar de un todo aquellos contornos, 
y era por otra parte imposible el extinguir el 
fuego como quedase una mata siquiera. Así, des- 
pués de repetidos esfuerzos y de las esperanzas 
por tres veces frustradas de haberlo conseguido, 
debimos, finalmente, retirar la gente á las nueve 
de la tarde y dejar que á más del destrozo siém- 
pre nocivo, nos inundase una columna de humo, 
la cual á veces imposibilitaba el vernos de una 
á otra corbeta. Debiéronse con este motivo apro- 
vechar todas las claras que los vientos quisiesen 
! proporcionamos. Apenas se pudieron observar 
en la noche inmediata dos alturas meridianas de 
astros al Sur del zenit. En la mañana siguiente, 
en la cual debíamos deducir de las alturas de los 
topes la distancia verdadera de una á otra cor- 
j beta para que nos sirviese de base, fué preciso 
¡ acechar por largo rato una clara favorable antes 
de poderlo conseguir. 

En esta última operación tuvimos también la 
casualidad bien extraña de no poder jamás com- 



72 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


binar una medida uniforme en las dos corbetas, 
si bien la mar estuviese en una completa calma 
y la elevación de los topes fuese positivamente 
igual. Parece difícil el adoptar para esta clase 
de operaciones una mayor prolijidad de la que 
solía usarse en las corbetas. 1 Excelentes instru- 
mentos, medidas exactas, cálculos rigurosos, mu- 
chos observadores bastantemente expertos, no 
podían, sin embargo, evitar el que incurriésemos 
frecuentemente en errores de mucha monta, los j 
cuales últimamente nos han convencido que en 
la necesaria multiplicación de las tareas hidro- 
gráficas, sin descuidar este método realmente 
exacto, deben, sin embargo, emplearse constan- 
temente las bases por corredera. 

Frustradas de este modo, ó ya por el humo 
de la quema indicada, ó á veces por las nubes 
que ofuscaban el cielo particularmente cuando 
reinasen vientos del Norte, varias observaciones * 
astronómicas que debían acaecer en el corto inter- 
valo de nuestra demora en el puerto, íué preciso 
acelerar la salida. Se había ya sustituido á la 
primera base otra medida con cadena en el corto 
terreno que permitían las orillas; se habían re- 
petido las marcaciones en diferentes parajes al- 
tos, los más oportunos para ligar interior y 
exteriormente los triángulos, y completada la 
aguada, hecho un cuantioso acopio de apio silves- 
tre, y dispuestos últimamente velamen y aparejo 
para la próxima navegación alrededor del Cabo 
de Hornos pensábamos dar la vela en la mañana 
del 23, para lo cual se había ya levado un ancla y 
metidas las embarcaciones menores. 

Debió, pues, parecemos bien inoportuno el 
viento al Norte, el cual, tomando en aquella mis- 
ma mañana mucho incremento, nos hizo desistir 
de la idea de dar la vela. Calmó sin embargo pol- 
la tarde, roló poco después al Noroeste y decla- 
rado finalmente al Sursudoeste, después de una 
leve garúa, nos dió lugar para que á las cuatro 
de la siguiente mañana entrambas corbetas estu- 
viesen á la vela y franqueasen poco después la 
boca del puerto. 

Empero, apenas distaríamos de él unas dos 
millas, cuando las ventolinas calmaron entera- 
mente, se ocultaron con calima la mayor parte 
de las islas inmediatas y un martillo grueso del 
Norte y Noroeste empezó á aconcharnos sobre la 
costa occidental del puerto. Sondamos 19 brazas 
arena y á pesar que trabajásemos constantemente 
para hacer algo menos arriesgada nuestra posi- 
ción, veíamos á cada paso aminorar la distancia 
de los arrecifes del Este. Permanecimos cerca de 
una hora en esta posición poco agradable, en la 
cual además la suma variedad de las ventolinas 
nos exponían frecuentemente al riesgo de un 
abordaje con la Atrevida; pero á las ocho, enta- 
blado finalmente viento fresquito del Sudoeste 
pudimos con fuerza ele vela continuar la derrota v 


pasado el canal entre los Hermanos y las Pie- 
dras blancas, islotes fronteros y distantes unas 
dos leguas de la boca del puerto, considerar ya 
libre ia navegación siguiente hacia la costa pa- 
tagónica. Al medio día era la latitud de 51° -2', 
la longitud de 4 0 5' de Montevideo 3.’ demoraba al 
Sur verdadero, el extremo occidental de los Her- 
manos. 

Calmosa, sí, pero despejada la tarde inme- 
diata, nos dió lugar á repetir á la vista del puer- 
to las observaciones de longitud por las distan- 
cias lunares: 102 series observadas en la Descu- 
bierta sólo discreparon en tres minutos de la 
longitud asignada á aquel meridiano por los re- 
lojes marinos. Era ésta una nueva evidencia del 
grado de exactitud que solía comunmente alcan- 
zar esta especie de observaciones tan útil en el 
mar y tan fácil á repetirse. 

Hasta la media noche quedamos en la misma 
posición; pero entablado á aquella hora casi re- 
pentinamente viento fresco del Norte, pudimos in- 
mediatamente aprovecharle con fuerza de vela 3' 
propasar antes de las seis á distancia de cuatro 
leguas las Islas Salvajes y la Rasa. Con las 
cuatro principales y los foques, llevábamos un 
andar de nueve á diez millas. El viento era muy 
fresco y atrafagado: la mar ya gruesa y los carices 
bastantemente aturbonados. Emprendido de este 
modo el atravesar de nuevo á la costa patagónica 
y el ligar sobre el Cabo de las Vírgenes nuestras 
tareas con las de los paquebotes Eulalia y Casil- 
da, la navegación debía ser naturalmente sencilla 
y expedita. Los vientos fueron sumamente va- 
riables, pero comunmente frescos y achubasca- 
dos. Los ceñíamos ya de la una ya de la otra mu- 
ra, rara vez decidiéndose por el Oeste nos aparta- 
ban de una derrota directa. Era común á pesar de 
las cerrazones el conseguir las observaciones de la 
latitud. Para la variación magnética, después de 
muchas desigualdades que la hacían vacilar entre 
los 22 y 25 o , habíamos adoptado en la tarde del 
26 la de 22 o 30' dimanada de muchos azimutes 
de bastante satisfacción, 3' en la tarde del 28 de- 
clarados nuevamente vientos favorables después 
de algunas turbonadas recias del Sudoeste es- 
perábamos de uno á otro instante la vista opor- 
tuna del Cabo de las Vírgenes. 

Le avistamos efectivamente á las cinco y 
media de la tarde. Demoraba al Oeste ' f H Sud- 
oeste verdadero y su longitud, atracádole después 
á la sola distancia de tres leguas escasas, resul- 
taba por nuestras observaciones, bien conformes 
entre sí los relojes marinos de entrambas corbe- 
tas, de 12 o 12' al Occidente de Montevideo. 

Conseguido este objeto, y siendo nuestro 
ánimo el atracar á la costa del Fuego desde el 
Cabo de Espíritu Santo, hízose señal á la Atre- 
vida para que pasase á nuestra voz, y se encargó 
á D. José Bustamante, que pues tenía á su bordo 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


73 


uic. ss los diarios de Sarmiento, navegase aquella no- 
che de tal modo que pudiésemos pasar entre la 
costa y el bajo que indicaba aquel navegante, 
adquiriendo al paso aquellas señales sobre su 
existencia que las circunstancias dictasen por 
prudente. Se le prescribía después, que la distan- 
cia por navegar hasta la mañanita siguiente, no 
fuese mayor de diez leguas, lo cual logrado, 
estaríamos seguramente á la vista del Cabo de 
Espíritu Santo. El viento á la sazón era del 
Norte, los horizontes cerrados con garúa y los 
rumbos adoptados por la Atrevida, variaban, 
según las sondas, del Sursudeste al Sudeste de 
la aguja. 

Fueron éstos tan acertados, que á la hora in- 
dicada, nuestra posición era en efecto cual nos 
■~v la habíamos propuesto. De la Atrevida nos di- 
jeron á la voz que en la noche le había dismi- 
nuido el fondo hasta las 14 brazas y aumentado 
después á las 45. La tierra se conservaba aún 
fosca y el tiempo muy calimoso y vario. 

Pero declarado poco después viento bonanci- 
ble del Nordeste y despejada algún tanto la tierra, 
pudimos dirigirnos á reconocer su verdadera po- 
sición, precavido, sí, en los rumbos, pues que el 
viento parecía quererse mantener fresco y la di- 
rección de la costa se inclinaba mucho más al 
Este de lo que la indicasen las cartas del Capitán 
Cook y del viaje al Magallanes. Desde luego, 
guiados del derrotero de los Nodales, aunque bien 
confuso, pudimos reconocer la costa inmediata 
al Cabo. Dejamos con Anson el nombre de Cabo 
de la Reina Catalina á la punta más Sur de la 
tierra medianamente alta que es contigua al pri- 
mero, y ya nuestro principal deseo se dirigía á 
fijar los términos del Canal de San Sebastián, 
con cuyo objeto costeábamos la tierra baja á dis- 
tancia de dos á tres leguas. Pero como el tiempo 
volviese á ser bastantemente calimoso,}’ el vien- 
to ya fresco del Esnorcleste luciese más bien 
imprudente el descaecer demasiado sobre las cos- 
tas, quedó hnalmente alguna duda sobre el extre- 
mo Sur de dicho canal, nó á la verdad porque ca- 
reciésemos de muchos datos bien probables para 
determinarle, sino porque no era posible combinar 
su latitud con la que habían indicado los Noda- 
les. Convenía en general su configuración, parti- 
cularmente la señal de empezar las tierras altas 
y nevadas, desde el extremo Sur del Canal de San 
Sebastián y desde el Cabo de Penas. Era nues- 
tra latitud de 53 o 33' y la longitud de 11 o 14' 
30", deducida ésta de un promedio de las obser- 
vaciones de la mañana con la tarde, y traídas 
con la estima, en la cual no se hacía visible 
efecto alguno de corrientes. 

El viento, inclinado ya al Estenorcleste, fué 
arreciando con la tarde y oscureciendo la tierra, 
de la cual no distaríamos á las cuatro sino dos á 
dos y media leguas, y era en nuestro entenderla 


inmediata al Cabo de Penas. Las sondas se con- i>¡c. 20 
servaban de 39 y 35 brazas fango. Viramos al 
Norte, y poco después rolando el viento al Este, 
le ceñimos al primer cuadrante, aumentándolas 
á 44, 43 y 40 brazas, chinitos y caracolillo. Ya 
no se descubría la costa y áun á ratos se nos 
hacía difícil la conserva con la Atrevida. Calmó 
luego en un todo el Nordeste hacia las diez, y á 
la media noche ya se había declarado al Sur y 
Sursudeste bonancible. Amaneció con tiempo 
hermoso; distábamos de la costa unas cinco le- ;r , 
guas y todo nos convidaba á dirigirnos inme- 
diatamente á su reconocimiento y situación, tan- 
to más que alcanzábamos en las tareas de este 
día la vista del Cabo de Penas, en el cual ha- 
bían concluido las bases del día anterior. 

En efecto, la costa desde este paraje empie- 
za á ser alta y nevada, pero no con tal horror 
que no descubra en las inmediaciones del mar 
diferentes valles y llanuras, en donde la vegeta- 
ción parece esplayar todo su verdor y hermosu- 
ra. La nieve ó hielo sólo deja verse en las cimas 
agudas de los montes hacia la parte del Sur, y 
sembrada, digámoslo así, en pequeños monto- 
nes en los cuales brilla el Sol, representa un 
contraste más bien agradable de las dos estacio- 
nes más opuestas entre sí. Esto nos dió lugar á 
congeturar que el verano estaba más bien ade- 
lantado sobre las costas, concurriendo unánimes 
á apoyar aquella idea, los tiempos apacibles que 
habíamos disfrutado á lo largo de la costa pata- 
gónica y la serenidad y temple agradable que 
experimentábamos en aquel día. A medida que 
i íbamos entrando en meridiano, de diferentes 
j puntos notables se observaban longitudes con el 
i número 61. El todo se ligaba con pequeñas bases 
! y áun para no alterarlas se habían puesto las 
sondas al cargo de la Atrevida, la cual nos se- 
ñaló á las ocho y á las diez 40 y 3 7 brazas de 
fondo, distando entonces como dos leguas de la 
costa. 

Las tareas astronómicas del Capitán Cook 
empezaban en el Cabo Santa Inés, desde cuyo 
punto hasta el Cabo San Juan de la Isla de los 
Estados y hasta la Isla de la Recalada al Oeste 
del Cabo Negro, nos aseguraba aquel navegante 
que todas las longitudes estaban ligadas entre sí 
por medio de los relojes marinos y sujetas á la 
que había determinado al Cabo de Hornos, por 
muchas series de distancias lunares en 61 o 30' de 
Cádiz. Cualquiera fuese, por consiguiente, el 
error de esta determinación que el mismo Capitán 
sospechaba pudiese llegar á un cuarto de grado, 
debía manifestarse en el Cabo Santa Inés, del 
mismo modo que en cualquiera otra parte de las 
determinadas. 

Con esta atención, luego que estuvimos en 
posición oportuna, hicimos señal á la Atrevida 
de observar longitudes y las observamos nosotros 

10 



74 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


i )¡c . 30 con el número 61. ele cuyo movimiento casi uni- 
forme y áun sujeto á una corrección en sus pe- 
queñas alteraciones, no nos dejaban la menor 
duda las comparaciones diarias con los otros re- 
lojes; sus resultados fueron para el Cabo de 
Santa Inés de Go° 40b 

Pero no fueron tan uniformes con las suyas 
nuestras ilaciones de las siguientes longitudes, 
que referidas al Cabo San Diego en la entrada 
del Estrecho de Maire y al Cabo San Juan en el 
extremo Oriental de la Isla de los Estados, de- 
notaron unánimes que las longitudes del Capitán 
inglés determinadas en su segundo viaje, estaban 
afectadas de un error de 21' próximamente en 
longitud que las inclinaba demasiado al Oeste. 

Al medio día estábamos en latitud de 54 o 10' 
y en longitud occidental de Montevideo 10 o ig', 
variación magnética por diferentes azimules 25 
grados 19' Nordeste. Marcábamos el Cabo Santa 
Inés al Oesnoroeste distancia de cuatro leguas y 
el Cabo San Vicente á la entrada del Estrecho 
de Maire nos demoraba al Sueste cuarta al Este 
distancia de 20 leguas. 

Navegamos con fuerza de vela hasta las tres 
de la tarde, que arreciando mucho el viento del 
Oesnoroeste y cerrándose con carices cargados 
los cielos y horizontes, aferramos las velas me- 
nores y con gavias y trinquete seguimos costean- 
do de modo que no se ocultasen ni la configura- 
ción de la costa, ni las longitudes de sus puntas 
salientes, ni finalmente aquellas vistas que sir- 
viesen de guía para las recaladas venideras. 
Entre las últimas merecen el primer lugar los 
Tres Hermanos y el Pan de Azúcar; la posición 
que les da Frezier, nos ha parecido equivocada, 
aunque merezca los elogios del Lord Ansón. Es 
sumamente exacta la que indica en su carta el 
Capitán Cook. 

Hasta las seis de la tarde no pudimos alcan- 
zar el Cabo San Vicente, del cual distaríamos á 
dicha hora una legua y media; las corrientes no 
habían influido en modo alguno en nuestra derro- 
ta, pues unánimes lo denotaban así las diferentes 
bases corridas, las muchas longitudes observadas 
y la misma exacta uniformidad de nuestras lati- 
tudes estimadas con las correspondientes de la 
costa, según la carta del Capitán inglés. 

No siendo nuestro ánimo el fondear en la 
bahía del Buen Suceso, ya debía parecemos pre- 
ferente el costear la Isla de los Estados por la 
banda del Norte. Combinábanse así un reconoci- 
miento más prolijo de las inmediaciones del puer- 
to del Año Nuevo, una determinación más segu- 
ra de la longitud del Cabo San Juan, para que en 
lo venidero dirigiese con más acierto las recala- 
dlas de los buques nacionales y también un mayor 
aprovechamiento de tiempo ya que contraría á la 
sazón la marca y amenazando el viento de incli- 
narse rápidamente al Sur, era preciso que nos 


mantuviésemos paireando al abrigo de la costa, r»v. ^ 
El atravesar desde el Cabo San Diego á la Isla 
de los Estados, debió, pues, ocupar la poca clari- 
dad del di a que aún nos quedaba; de suerte que 
eran bien las nueve cuando estuvimos Norte-Sur 
con el Cabo San Antonio, distancia de dos le- 
guas. El viento al mismo tiempo había girado al 
Noroeste fresco y arrafagado y por un acaso di- 
fícil á precaverse, apenas habíamos atracado la 
isla, cuando nos sobrecogió una corriente tan 
fuerte al Sur que nos aconchaba sobre la costa, 
de la cual no distaríamos á las diez sino dos mi- 
llas escasas. 

Fué, pues, preciso orzar al Nordeste y resistir 
una fuerza desproporcionada de vela, la cual, sin 
embargo, llevándonos á las once á propasar las 
islas del Año Nuevo á muy corta distancia, nos 
; permitía finalmente á las doce navegar al Este 
corregido, con un aparejo regular. No podían ser 
más exactas la configuración y la dirección de 
aquellos contornos de lo que los había descrito el 
Capitán Cook. Las islas que forman el fondea- 
dero del Año Nuevo, se dejan ver á regular dis- 
tancia y como sobresalen mucho al Norte, siendo 
al mismo tiempo bajas mientras toda la tierra de 
la Isla de los Estados es alta y escarpada, puede 
mirarse aquel fondeadero como el menos equí- 
voco para venir en busca suya. 

A las tres de la mañana ya nos era fácil tomar v 
algunas vistas de la costa. Midiéronse después 
horarios en diferentes horas y marcaciones y 
dieron unánimes al Cabo San Juan la longitud 
de 7° 25' al Occidente de Montevideo, atendien- 
do sólo al número 61, pues que los 13 y 72 se 
apartaban de aquél considerablemente, el uno al 
Oeste y el otro al Este, dando, no obstante, un 
promedio enteramente igual á los resultados del 
primero. 

Desde la mañanita, el viento, á veces claro 
á veces achubascado, había rolado al Oeste y 
Sursudoeste. Le ceñimos á ratos, otras veces na- 
vegamos algo arribados para contrarestar una 
corriente viva la cual nos arrastraba al Sur y hacia 
el Cabo San Juan; pero á las once, con una tur- 
bonada del Sudoeste ya se declaró viento fresco 
por aquella parte, y engruesando luégo el mar, 
nos obligó á precavernos con dos rizos en las 
gavias y con éstas y el trinquete á seguir el bordo 
del Sursueste 

Siguió en toda la tarde bien fresco y arrafa- 
gado; al anochecer eran las mares excesivamente 
gruesas, y nuestro aparejo se había reducido al 
solo trinquete y á la gavia en tres rizos, arriada 
ó izada según lo exigiese la mejor conserva con 
la Atrevida. 

Sólo en la mañana siguiente empezó el tiem- 
po á minorar su contrariedad. El viento luégo fué 
rolando hasta el Oeste y últimamente al Sursu- 
doeste. Tomáronse las muras á estribor con fuer- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


75 


e„. 2 za de vela y esto nos condujo para el medio día 
del 2 á la latitud de 57 o 38' y longitud 57 o 6'. 

Desde esta época la navegación del Cabo de 
Hornos fué para nosotros más bien una de las 
más placenteras de entretrópicos, que de las pe- 
nosas á que la embarcación y el ánimo del nave- 
gante están ya bien dispuestos. La mar fué 
constantemente llana, los vientos variables del 
Nornoroeste al Sur, por lo común bonancibles y 
á veces acompañados ó de neblina ó de garúa ó 
de alguna granizada casi momentánea: observa- 
mos siempre la altura meridiana del Sol y los ho- 
rarios para la longitud. En los días 4 y 5 se pro- 
porcionó observar azimut es, los cuales dieron 
unánimes la variación de 26 o 30'. 

Las distancias lunares observadas en la ma- 
ñana clel 8, en número de 56 séries, aproximándo- 
se mucho á ios relojes, dieron lugar á la espe- 
ranza de que su marcha se conservase uniforme. 

•5 El 6 había sido la mayor latitud observada 

de 60 o 43'. Las diferencias con la estima eran 
considerables, pero unas veces al Sur y otras al 
Norte. En la longitud no las hubo de entidad al 
principio; pero desde el 8 hasta el 12 se mani- 
festaron corrientes bastantemente rápidas hacia 
el Este entre los paralelos de 57 o y 59 o . 

Fué también muy feliz para nosotros en aque- 
llos días el encuentro que tuvimos de la fragata 
del comercio de Cádiz, Sania María Magdalena, 
su Capitán, Piloto y Maestre D. Martín Antonio 
de Iturriaga, la cual, con 112 días de navega- 
ción, se dirigía á los puertos de Valparaíso y 
Arica. La tripulación, en número de 44 perso- 
nas, gozaba de la mejor salud, ni 1c hacia falta 
la menor cosa para concluir su navegación, se- 
gún lo aseguraron al Teniente de navio D. Ca- 
yetano Valdés, el cual había ido desde la mañana 
á reconocerla. 

Metido el bote á las tres de la tarde, procura- 
mos aprovechar para nuestra derrota las diferen- 
tes ventolinas que se nos presentaban y las cuales 
(si se exceptúa un chubasquillo del Este casi mo- 
mentáneo) nos dejaron casi siempre sin gobier- 
na no. Sólo por la mañana entabló viento ílojo del 
cuarto cuadrante, que ceñimos inmediatamente 
con todo aparejo al Sudoeste. Hablóse ála Atre- 
vida para comunicarle las noticias adquiridas el 
día antes, y supimop en aquella ocasión, que la 
longitud de sus relojes, conformes entre sí, coin- 
cidía al medio día anterior en el minuto, con 
nuestras longitudes sujetadas al número 61. La 
latitud fué de 58 o Q>' y la longitud de 20 o 24' 30" 
al Occidente de Montevideo. La fragata mercante 
distaba de nosotros unas tres leguas al Sudeste, 
y como no tardase el viento en pasar del cuarto 
cuadrante al tercero y aquélla le ciñese de la 
vuelta del Sur opuesta á la cpie seguían las cor- 
betas, se perdió de vísta hacia las seis de la 
tarde. 


] Restituidos poco después los vientos á su an- En. 
! tiguo semblante apacible é inclinándose paulati- 
namente del Noroeste al Norte y Nornordeste 
volvieron nuestros progresos en longitud á ser 
más bien considerables; los rumbos que procurá- 
bamos seguir torcían al Norte, aprovechábase tal 
cual hora de calma para comunicarnos con la 
otra corbeta aquellas dudas ó noticias las cuales- 
. pudiesen acelerar la ordenación de las pasadas 
| tareas y hacer útil en cierto modo la inacción 
! hidrográfica en la cual vivíamos en la actualidad, 
i Repetíanse las observaciones y los exámenes 
\ sobre los relojes marinos, y considerándonos ya 
i en el Mar Pacífico, vencida la longitud de 22 o 33' 
de Montevideo, se avivaba la esperanza de poder 
cuanto antes emprender de nuevo y para mucho 
tiempo aquella serie de operaciones científicas á 
la cual nos habíamos contraído. 

La situación del navegante en aquellos ma- 
res y en linas regiones tan distantes de las que 
le vieron nacer, es sin duda alguna de las más 
extraordinarias que puedan acontecerlc. 

La incertidumbre le rodea á cada instante; 
una sola mirada hacia las costas más cercanas le 
recuerda en una complicada perspectiva el nau- 
fragio. el frío, el hambre y la soledad. Vuélvese 
al Polo, y una nueva clase de peligros, aún más 
temibles, se desplega instantáneamente á su 
imaginación; campos inmensos de escollos de 
j hielo, amenazan la frágil nave. No basta procu - 
i rarlos evadir con cuantos auxilios dicta un arte 
falible: ellos mismos son los perseguidores, y su 
posición, variable á cada instante y con tantas 
direcciones cuantas son las islas, aumenta el 
riesgo y la desconfianza. La tenacidad de los 
Oestes parece al mismo tiempo oponerse direc- 
tamente á la continuación del viaje: su violencia 
no permite á veces sino poca vela, las olas mo- 
vidas con un impulso tan violento y tan cons- 
tante agitan la nave con balances extraordinarios 
y la exponen á cada paso á desarbolar. Las co- 
rrientes le son al mismo tiempo contrarias, el re- 
troceso ignominioso y mil veces fatal á su mis- 
ma conservación. Tales son las contrariedades 
que opone la navegación en aquellos parajes, y 
que, sin embargo, vencen cada día con más faci- 
lidad, reunidas á porfía la codicia y la ciencia clel 
arte marinero. 

Pero ya en la posición en la cual nos hallá- 
bamos, debíamos considerarnos libres de los pe- 
ligros indicados, pues los vientos tempestuosos 
clel Sudoeste podían ceñirse constantemente con 
las muras á babor, y este rumbo nos conducía á 
disminuir rápidamente la latitud. En el ecto, para 
el medio día del 18, aunque hubiésemos sufrido 
temporales recios, nuestra latitud era de 52 o 35'. 

El Cabo Victoria nos demoraba al Este 49 ó 50 
leguas. 

En esta disposición, y franqueado el paso al 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


/ 


En. io Mar Pacífico, debíamos tomar á la vista los ob- 
jetos ele la expedición para dirigir con más acierto 
la derrota siguiente. Pian éstos de lijar los lími- 
tes en longitud de la costa occidental patagónica, 
sin exponer intempestivamente los buques, de re- 
unir nuestras tareas á las que se hubiesen hecho 
anteriormente y mereciesen alguna confianza; 
finalmente, de llegar á Chiloé en estación opor- 
tuna para continuar el reconocimiento prolijo y 
científico de la costa siguiente al Norte, el cual 
debía ocuparnos en todo el año de 1790; no igno- 
rábamos al mismo tiempo que los vientos reinan- 
tes sobre la costa eran travesías tempestuosas 
con mares gruesas, y que en los meses siguien- 
tes de Febrero y Marzo no sería tampoco extraño 
el aparecimiento de los vientos Nortes, los cuales 
por su fuerza, duración y cerrazones, han sido 
siempre temidos en aquellos mares. El Cabo 
Victoria y los Evangelistas podían ya considerar- 
se como situados con la mayor exactitud hidro- 
gráfica, dependiendo directamente de las obser- 
vaciones de los Tenientes de fragata D. Cosme 
Churruca y D. Ciríaco Cevallos (1). Por otra 
parte, la expedición del Piloto Machado desde 
San Carlos de Chiloé en 1765, conducía las mar- 
caciones por allí hasta el Cabo Corso en latitud 
de 49 o 30'. Así no quedaba realmente para reco- 
nocerse sino el trozo comprendido entre aquellos 
extremos ó entre los paralelos de 52 o y 49 o , en 
donde podían mirarse como algo dudosas las de- 
terminaciones del Capitán Sarmiento, si bien he- ! 
chas por un navegante tan experto é interpreta- 
das luego con exquisita crítica por los Tenientes 
de navio I). Dionisio Galiano y D. Alejandro 
Belmonte (2). 

No tardó mucho, adoptado ya el plan que 
dimanaba de aquellas reflexiones, en manifestár- 
senos tiempo al parecer oportuno para el in- 
tento. En la noche del 19, sobre algunos chu- 
bascos con granizo, se declaró viento fresco del 
Sur y Sursudoeste, el cual, convidándonos á na- 
vegar hacia la costa y prometiendo la ocasión 
favorable para hacer al mismo tiempo algunas 
observaciones, ya para el medio día siguiente 
por latitud de 51 o 17'', nos había aproximado á ¡ 
unas 20 leguas del Cabo Santa Lucía. No pare- 
cían, pues, infundadas nuestras esperanzas de 
empezar en aquella misma tarde los reconoci- 
mientos proyectados; pero muy luego debimos 
recordarnos del paraje en el cual nos hallába- 
mos, siendo así que á las cuatro nos había al- 
canzado viento tempestuoso del Oeste con las 
=* acostumbradas cerrazones y mares gruesas, el 


(1) En la expedición de los paquebotes Eulalia y 
Casilda (año de 1789) mandada por eJ Brigadier Don 
Antonio de Córdoba. 

(2) Fueron destinados en 1786 al Estrecho de Ma- 
gallanes en la fragata Cabeza , mandada por el Briga- 
dier D. Antonio de Córdoba. 


cual nos obligaba á precavernos con otros rum- 
bos de los que habíamos . seguido hasta en- 
tonces. 

Empero como á este tiempo hubiésemos al- 
canzado una distancia de la costa no mayor de 
17 leguas, y por otra parte, antes de cerrarse los 
horizontes, pudiésemos con toda certeza fijar la 
extensión de nuestras visuales hasta unas 10 le- 
guas, los límites en longitud, para aquel cabo 
podían considerarse determinados con una cer- 
teza evidente, á lo ménos por lo que tocaba á 
una posición más occidental de la que le supo- 
nía la carta agregada á la narración del último 
viaje al Estrecho de Magallanes. 

La noche fué lluviosa con viento atrafagado 
y mares gruesas; siguióse la vuelta del tercer 
cuadrante hasta la mitad de ella; viramos luégo 
con vientos del Oeste al Nornoroeste; así al me- 
dio día siguiente, por latitud de 51 o 17', el Cabo 
Santiago demoraba al Este 21 o Norte 22 leguas 
próximamente; y pues el tiempo había tomado 
un semblante algo más favorable volvían á revi- 
vir nuestras esperanzas de avistar la costa. 

EJ cogerla al Norte del Cabo Santiago y el 
cogerla temprano para que recorriéndola por 
todo un día nos condujese á la vista del Cabo 
Corso, debió ser por la misma razón el objeto 
esencial de la navegación siguiente; continuá- 
ronse en la tarde rumbos del Norte; arribamos 
al anochecer hacia el Este, y hechas desde la me- 
dia noche algunas horas de pairo, ya que la ca- 
lima nos avisaba de hallarnos en muy buena po- 
sición, logramos efectivamente á las tres y me- 
dia del 22 la vista de un trozo considerable de 
costa. 

Las tierras avistadas se extendían desde el 
Nordeste hasta el Esueste, eran altas, entrecor- 
tadas y semejantes en un tocio á las que había- 
mos. visto en la parte oriental, y á pesar que no 
distásemos de ellas sino unas cinco ó seis leguas, 
ni la sondaleza alcanzaba el fondo con 120 bra- 
zas, ni veíamos á nuestro alrededor aquel núme- 
ro de pájaros que suele comunmente solazarse 
en los días placenteros á la vista ele la costa. 
Creimos desde luego unánimes con los Oficiale.s 
de la Atrevida, que era este trozo el compren- 
dido en las narraciones ele Sarmiento entre los 
Cabos de Santiago y Tres Morros; veíase un ca- 
nal el cual debía ser el del Oesudoeste. Ambos 
extremos parecían sin tierra contigua; su direc- 
ción era del Norte y*. Noroeste y Sur */,, Sueste 
verdaderos y se veían pospuestas á larga distan- 
cia otras sierras sumamente altas y nevadas, 
próximamente en la dirección del Norte -Sur, las 
cuales serían con mucha probabilidad una conti- 
nuación de la Cordillera de los Andes, Todo pre- 
sentaba á la vista un semblante árido y (por cuan- 
to pudiese conjeturarse á tan larga distancia) 
parecía ser su masa de granito oscuro. 


En. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


77 


, No tardamos un instante en emprender las 
tareas correspondientes; se repetían las alturas 
del Sol, medidas con el sextante para deducir los 
horarios, se corrían bases ordenadas, aprove- 
chando toda vela: observáronse hacia el medio 
día unas ochenta series de distancias lunares, y 
como se consiguiese también el observar la al- 
tura meridiana del Sol, justamente cuando mar- 
cábamos á larga distancia el cabo Corso, no de- 
bió parecemos enteramente malogrado nuestro 
intento, aunque el viento hubiese sido débil en 
toda la mañana, y muy luégo le sustituyese el 
Noroeste y Oesnoroeste tempestuoso con las ma- 
res y cerrazones que solían acompañarle. Nues- 
tra latitud había sido de 50 o 4' 30"; la longi- 
tud de 20 o ii / al Occidente de Montevideo; la 
variación magnética por diferentes azimutcs de 
2i° 20' y el resultado medio de las distancias 
lunares, diferentes de los relojes solamente en 
ocho minutos. Podía deducirse de los datos indi- 
cados, que la latitud del cabo Corso sería de 49 o 
27' 30" y su longitud al Occidente de Cádiz 
de 69 o 40' algo más occidental de lo que mani- 
festaba la carta al Magallanes, pero mucho más 
al Este de lo que había sospechado el Sr. D. An- 
tonio de Ulloa. 

Cerrado casi enteramente el tiempo con llu- 
via, ráfagas y mares tempestuosas, fue preciso 
navegar al Oesudoeste de la aguja, con el solo 
trinquete y la gavia en dos rizos; á ratos se nos 
hacía difícil la conserva con la Atrevida, los ba- 
lances nos amenazaban á cada instante de algu- 
nas averías en la arboladura. Pocas aves y algu- 
nos lobos marinos eran los únicos compañeros 
que dividían con nosotros en estos climas de- 
siertos la tenacidad de los elementos, constantes 
sólo en su dureza y contrariedad. 

Al medio día del 24 fué cuando pudimos con- 
cebir de nuevo algunas esperanzas de lograr 
unos tiempos algo más favorables: con vientos 
del Oeste ménos recios y algo más despejados 
reviramos al Norte y fué nuestro intento el re- 
sarcir las pérdidas adquiridas en la latitud, las 
cuales, más bien por efecto de las corrientes, 
que del rumbo seguido, no habían sido menores 
de 50 á 60 minutos. Nos fué fácil en esta oca- 
sión el alcanzar la latitud de 49 o 32' y el em- 
prender inmediatamente después rumbos direc- 
tos hacia la costa, siendo nuestro ánimo el atra- 
carla por los 49 o , de tal modo, que ligásemos 
con las tareas del día 22 sobre el cabo Corso, las 
que ahora se nos pudiesen proporcionar; pero no 
bien habíamos empezado en la tarde del 25 á 
aproximamos de nuevo á la costa, cuando volvi- 
mos á vernos rodeados de las contrariedades 
acostumbradas. 

Este tercer ensayo ya no dejaba duda de la 
constancia de los vientos contrarios, tanto más 
recios, cuanto mayor fuese la inmediación á la | 


costa. Además, que siendo momentáneos los 
vientos del Sur, igualmente cerrados y tempestuo- 
sos los del Noroeste y siempre inmediata á ellos 
la travesía del Oeste, ni sería asequible recono- 
cimiento alguno, ni pudiera á veces evitarse el 
ser cogidos á poca distancia de la costa, con un 
riesgo evidente de naufragar. En el entretanto 
nuestras circunstancias, sea en cuanto al tempo- 
ral ó en cuanto al aparejo, eran en mucho 
peores de las que habíamos sufrido en los días 
anteriores. Fué preciso ceñir de nuevo hacia el 
Sur y resistir una fuerza extraordinaria de vela; 
se nos hizo á ratos peligroso el solo aparejo del 
trinquete y la gavia en dos rizos arriada: pasá- 
ronse así días enteros entre esta lucha continua 
con los elementos, y era, sin embargo, lina pers- 
pectiva para nosotros bien desagradable, la que 
nos recordaba que en el espacio de seis días, 
apenas habíamos ganado un medio grado en 
latitud, si bien los masteleros y los mismos bu- 
ques se hubiesen comprometido más de una vez 
entre las ráfagas y contrastes que nos ocasiona- 
ban frecuentemente. 

Pareció, pues, haber llegado el tiempo opor- 
tuno para que abandonásemos unas regiones tan 
directamente opuestas á la navegación 3' pensá- 
semos en transferirnos á Chiloé. Alejados de la 
costa con los bordos que habíamos debido se- 
guir en los días anteriores, pudimos conservar 
el del Norte, y éste, conduciéndonos muy luégo á 
latitudes más suaves, nos presentó ya por algu- 
nos momentos las ideas casi olvidadas de los cli- 
mas apacibles de los trópicos. Nos hallamos el 
28 en latitud de 47 o 41' y longitud 22 o 50' de 
Montevideo; la variación magnética por ambos 
métodos de los azimutes y de las amplitudes era 
de 19 o o' al Nordeste. 

Debía á la sazón complacernos mucho el es- 
tado bien robusto de una y otra tripulación. La 
Atrevida nos dijo que no tenía enfermo alguno 
de entidad. En la Descubierta, tres ó cuatro 
marineros que habían tenido algunos principios 
de calenturas catarrales ó tal cual ardentía de 
sangre, se hallaban curados en pocos días; y lo 
que debía parecer extraño, á pesar de los fríos y 
de las lluvias, apenas se hacían perceptibles en 
uno ú otro los síntomas terribles del mal vené- 
reo. Atento á los principios adoptados para la 
conservación de la salud, y de los cuales dare- 
mos en otro lugar una idea más individual, cesó 
en estos paralelos la distribución del cuartillo 
diario de vino, se le sustituyóla ración de Sowr- 
krout ó coles agrias por tres veces á la semana. 
El gazpacho tomó el lugar de las sopas de aceite, 
y la ventilación, el asco y la tranquilidad del 
ánimo, fueron nuevamente los resortes princi- 
pales que se adoptaron por nuestra parte para la 
conservación sucesiva de la salud, la cual en es- 
tos tránsitos rapidísimos del calor y el frío, me- 



7S 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


rece sin duda alguna la atención más prolija y 
retí exiva. 

Abandonadas como se ha dicho las costas oc- 
cidentales que acabábamos de visitar en parte y 
en parte debíamos mirar como inaccesibles, ya 
nuestra derrota debió acercamos rápidamente á 
las costas de Chiloé. 

En la tarde del 30, rodeados de una neblina 
espesísima,. sondamos go brazas piedra, lo cual 
nos hizo sospechar que estaríamos inmediatos á 
la Isla de Guatos, no distante al Sur de la de 
Chiloé; y sobrecogidos en la noche siguiente de 
un fuerte contraste del Sudoeste, el cual nos pre- 
cisó á navegar con dos rizos en las gavias, pro- 
curamos al principio seguir tales rumbos, que 
nos alejasen algo de la costa, avistada al parecer 
hacia la media noche; después volvimos de nue- 
vo á dirigirnos hacia ella para atracarla y apro- 
ximarnos al puerto. 

La tierra á la vista era bastantemente eleva- 
da; bajaba luego desde su medianía para el Norte 
y presentaba un semblante tan agradable por lo 
frondoso de sus bosques, como horrible por lo 
escarpado de sus costas, cuyas desigualdades sin 
embargo no descubrían entrada ó puerto que las 
hiciese accesibles. Eran las que corren desde los 
altos de Cacao hasta la punta septentrional de la 
isla y cuya vista si continuase el viento fresco 
del Sudoeste, hacía esperar que no sería difícil 
alcanzar para el día siguiente el puerto de San 
Carlos. 

Paireamos en la noche con el mismo intento 
hasta que siguió el viento fresco: abonanzado és- 
te, arribamos hacia aquel extremo; así, al ama- 
necer no distábamos sino tres leguas de la costa 
y nuestra posición era tal que en pocas horas hu- 
biéramos podido internar en el puerto: pero nos 
estaba destinada una extraña equivocación la cual 
debía en parte apoyar con la experiencia cuánta 
fuese la necesidad de unos pianos exactos de 
aquellas costas; el que nosotros teníamos era 
evidentemente equivocado en la escala de las 
distancias y en la posición respectiva de las pun- 
tas que formaban la boca, lo cual nos persuadió 
á que la entrada estuviese en una ensenadita 
al Sur de la punta de Cocotuya, confundida ésta 
con la Punta Capitanes en el Continente. Es 
aquella ensenada 110 muy honda, con algunos is- 
lotes entresembrados y unos ahitos notables en 
la tierra alta, los cuales hacen de tal modo en- 
gañosa la proyección real de la costa, que á la 
distancia de dos leguas no es fácil apercibir el 
error, tanto más que coincide la latitud con la 
del pueblo interior y como sucede frecuentemente 
no se distingue otra tierra al Norte. 

Con estos antecedentes 110 parecerá extraño 
que continuase nuestro error aun después de ob- 
servada la latitud, y que aprovechando los vien- 
tos variables á las veces del Norte, á las veces 


del Oeste, los cuales nos proporcionaban diferen- i->.h 
tes bordos, 110 alcanzásemos hasta las tres de la 
tarde á resolver enteramente las dudas contraí- 
das desde el principio de la mañana. Echamos 
el bote al agua, paireóse algún tiempo á media 
legua de la playa, en la cual , finalmente disipada 
también la neblina que la ofuscaba, se conoció 
claramente que en lugar de abra sólo había una 
continuación peligrosa de arrecifes; el fondo era 
de 22 brazas conchuela y cascajo; al medio día 
le habíamos hallado de 30 brazas, misma ca- 
lidad. 

Fué, pues, preciso ceñir con todo aparejo para 
separarnos algo de la costa; h izóse señal á la 
Atrevida, la cual estaba á barlovento nuestro, 
para que reconociese con mayor individualidad 
las inmediaciones del puerto, y efectivamente, 
señaló poco después el que las distinguía clara- 
mente al Norte de la punta de Cocotuya; nos- 
otros entonces ya nuevamente á media milla de la 
costa, debimos revirar al tercer cuadrante y na- 
vegar hacia el Oeste, tanto por la proximidad de 
la noche, como porque las apariencias del tiempo 
amenazaban próximo un temporal. En esta oca- 
sión perdióse la Atrevida de vista, la cual no 
distinguiendo la señal de unión se había conser- 
vado á barlovento. Y pues la noche y el día si- 
guiente fueron con exceso cerrados y tempestuo- 
sos obligándonos sólo á cuidar del aparejo y de 
los bordos que nos conservasen en buena dispo- 
sición, no fué fácil el reincorporarnos hasta la 
tarde del 3; en la noche anterior la Descubierta 
había atracado nuevamente la costa, y paireado 
á dos leguas de ella; pero reconociéndola con 
más claridad por la mañana de suerte que estu- 
viese aún distante al Norte la boca del puerto, le 
fué preciso revirar y con este motivo encontrar 
la Atrevida, la cual navegaba de la mura 
opuesta. 

No permitieron los vientos sumamente varia- 
bles y lluviosos, el conseguir ventaja alguna en 
la restante tarde y en la noche inmediata; pero 
finalmente, en la mañana del 4 entablado viento 
fresco del Sur y Sudoeste nos fué fácil, hecha 
toda vela, el atracar la punta de Cocotuya, y á 
pesar de la contrariedad de la marea el alcanzar 
para el anochecer las inmediaciones del puerto, 
en donde extinguidas casi al mismo tiempo las úl- 
timas ventolinas de fuera, dejóse caer un ancla 
en seis brazas fango: en esta posición la batería 
de la punta de Yaqui, extremo occidental del 
puerto, nos demoraba al Sudoeste distancia unos 
cuatro cables; no tardamos en la mañana siguien- 
te en aprovechar de la marea para internar en el 
puerto con el auxilio de los remolques. Al medio 
día entrambas corbetas estuvieron amarradas en 
buen paraje y todo dispuesto para acelerar cuan- 
to fuese posible las operaciones que debían de- 
tenernos en el puerto. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 7Q 


Feb. 5 En efecto, desde las primeras horas de la ma- 
naría se había remitido á la población la mayor 
parte de los instrumentos astronómicos, y fran- 
queada casa oportuna desde donde fuese fácil la 
comunicación por señales con las corbetas, se 
había armado el péndulo y dispuesto el cuarto 
de círculo. Así en la noche inmediata, los Oficia- 
les astrónomos pudieron observar diferentes al- 
turas meridianas de estrellas al Sur y al Norte 
o del zenit , malograda por la interposición casi 
momentánea de algunas nubes la observación de 
una estrella ocultada por la Luna; y en la maña- 
na del 6 ya las lanchas y botes se ocupaban con 
tesón de los reemplazos de agua y leña, mientras 
los restantes Oficiales atendían cada cual á mul- 
tiplicar los objetos útiles de la expedición. 

Era á la sazón Gobernador de la Isla de Chi- 
loc el Coronel D. Pedro üaroi; guarnecían á la 
plaza, además de una plana mayor, algunas 
compañías de infantería, artillería y dragones. 
Y pues que en las últimas combinaciones del Go- 
bierno relativamente á la América Meridional, se 
había particularmente comprendido aquella parte 
hasta entonces olvidada de los dominios ultra- 
marinos, las primeras medidas útiles para este 
intento eran las de atraer por una parte la amis- 
tad y confederación de los pueblos contiguos no 
bien sujetos á la Monarquía; por la otra, de re- 
conocer y describir con la posible exactitud hi- 
drográfica las costas y los muchos puertos útiles 
de toda la isla. Apenas habia concluido este ob- 
jeto eí Piloto de la Armada D. José Moraleda 
con algunas piraguas. Entendían con asiduidad 
en la pacificación indicada, así el Presidente y 
Gobernadores de la frontera del Chile, como los 
de Valdivia y Chiloé, haciendo respetar á las 
veces el nombre español cuando hubiese alguna 
traición que quebrantase la buena fé de los tra- 
tados, ú las veces agasajando con regalos cuan- 
tiosos á aquellos caciques y soldados que más 
bien se inclinasen á la vida sociable y amistosa 
con nuestras colonias. 

Debió, pues, parecemos una verdadera felici- 
dad, la que nos proporcionaba en los mismos días 
de nuestra llegada el conferenciar por la una parte 
con el mismo Moraleda sobre el éxito de su pa- 
sada comisión y por la otra el asistir á las con- 
currencias de algunos caciques y soldados vi li- 
cúes, los cuales por primera vez hacían una visita 
al Gobernador. Tuvieron éstos su primera audien- 
cia en la mañana del 6; eran unos cuarenta y cua- 
tro, presididos del Cacique Catiguala; dos ó tres 
Capitanes de amigos procedentes de Valdivia y 
acostumbrados á vivir entre ellos desde mucho 
tiempo les servían como intérpretes; y para dar 
una mayor solemnidad á la visita, habíase de nues- 
tra parte reunido la Oficialidad, y por parte de 
ellos, se procuraba conservar en la comitiva un 
cierto orden; la acompañaba con el mismo in- 


tento una música no muy grata y compuesta de 
algunas cañas largas y huecas, cerrado casi del 
todo el un estremo con hojas de árboles; los más 
robustos soplaban con mucha fuerza por un agu- 
jero lateral y cuando estuviesen cansados les 
í reemplazaban algunos otros inmediatamente. 

Puestos nosotros en torno, los viliches, á 
imitación del Cacique, fueron desfilando y dán- 
donos la mano uno á uno, acompañada esta 
muestra de amistad con la voz de compd, la cual 
seguramente aludía al epíteto de compadre. Em- 
prendió después una arenga bien larga el Cacique 
Catiguala. Recordaba al Gobernador el largo 
plazo en el cual había sido interrumpida la co- 
i municación recíproca; veía con mucha compla- 
cencia un suelo que habían habitado sus ante- 
: pasados, y debía mirarse como una prueba evi- 
dente de la sinceridad de sus proposiciones, el 
que ahora viniese á visitarle y á estrechar con 
más solidez los vínculos ya entablados de una 
amistad duradera. Respondió el G obernador ase- 
gurándole en nombre de S. M., que sería por su 
parte inviolable la fé de los tratados; que verían 
en los dones repetidos una prueba nada equí- 
voca, así de la generosidad del Monarca, como 
de su deseo de atraerlos á una vida tranquila y 
sociable; y que en el entretanto podrían descan- 
sar de sus fatigas pasadas, pues se les darían en 
nombre de S. M. habitación, alimento y cual- 
[ quiera otra cosa que solicitasen. Con el mismo 
i orden y una igual formalidad, hablaron después 
i otros caciques inferiores; y seguramente inclina- 
: dos por naturaleza á esta especie de arengas so- 
lemnes, las hubieran continuado por mucho tiem- 
! po si no les interrumpiese oportunamente el 
. refresco compuesto casi en un todo de licores es- 
í pirituosos, á los cuales son por naturaleza extre- 
madamente propensos. Bebieron por largo rato, 
pasearon después las calles y en breve tiempo 
hicieron conocer que la música que los acompa- 
ñaba era más bien una instancia para que los 
convidasen de nuevo á beber, que un obsequio y 
una muestra de las ideas pacíficas que les ani- 
maban. 

No había sido menos oportuno (como ya se 
dijo) el encuentro del Piloto D. José Moraleda, 
i el cual no sólo había trabajado y conservado las 
cartas más detalladas de las costas del Perú, si 
también habiendo navegado por muchos años en 
aquellos mares, conocía mejor los vientos, las 
estaciones y los parajes más ó menos trillados, 
los cuales debiésemos visitar. Por orden del Vi- 
rey del Perú nos entregó dichas cartas y los 
planos y derroteros últimamente trabajados so- 
bre toda la isla de Chiloé; el Gobernador de la 
plaza nos franqueó al mismo tiempo varias no- 
! Licias relativas al conocimiento verdadero de 
aquellos contornos, y pudieron los Tenientes de 
navio Tova, Valdés y Quintano, hacer una breve 


J'cl.l . f> 


3 



8o 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


Feii. a excursión hasta la capital de Castro, situada en 
la costa oriental de la isla, con el objeto de in- 
dagar más de cerca el país interior y las costum- 
bres de los naturales. 

Los días siguientes, por lo común serenos y 
templados, dieron lugar á que no procediesen 
con lentitud los muchos ramos científicos que in- 
tentábamos abrazar. D. Antonio Pineda, con un 
Guardia Marina, extendió sus excursiones unas 
veces hacia Chacao, otras hacia las orillas del 
Oeste. D. Felipe Bausa, levantado el plano in- 
terior del puerto, seguía luégo los triángulos por 
medio de] teodolito, hasta donde lo permitiese 
nuestra demora en aquellos contornos. Algunos 
soldados cazadores suministraban nuevos obje- 
tos de curiosidad y de instrucción para la Histo- 
ria Natural; admiraba D. Luis Nee, vagando ya 
á una ya á otra parte con una actividad singu- 
lar, la variedad indecible de las plantas y La fer- 
tilidad del suelo. Finalmente, los Oficiales as- 
trónomos, aunque á veces contrariados por las 
nubes, habían sin embargo llevado sus tareas 
con tal felicidad, que el examen de la marcha de 
los relojes y la determinación segura de la lon- 
gitud podían mirarse como bien conseguidas al 
poco tiempo de nuestra llegada. 

La inmersión del primer satélite de Júpiter 
observada en la noche del 6, manifestó (corre- 
gidos los errores de las tablas) que el obser- 
vatorio estaría 67 o 36' o" al Occidente de Cádiz. 
Los relojes uniformados con las ecuaciones co- 
rrespondientes, determinaban 17° 48' 30" entre 
el mismo observatorio y el de Montevideo. Final- 
mente, 80 series de distancia del Sol á la Luna, 
indicaban la longitud de 67 o 2i ; menor en 15', 
de la que se había deducido del primer satélite ex- 
presado; variación de la aguja por muchos azim li- 
tes, 17 o 20 ; Nordeste; latitud Sur, 41 o 51' 50". 
ti Solicitada por nosotros, tuvo lugar á bordo 

en la mañana del ir una visita de todos los vi- 
liches, de los cuales se ha hecho memoria: co- 
mieron abundantemente, manifestaron su cons- 
tante propensión á las bebidas; hubo lugar para 
que el pintor D. José del Pozo retratase con mu- 
cha propiedad á Catiguala y á su hijo; pudimos, ¡ 
finalmente, en una larga y bien ordenada conver- j 
sación, enterarnos de muchas costumbres suyas y 
de su roce y comunicación con las tribus de los j 
Patagones. 

Reconcentradas el mismo día á su destino 
las diferentes partidas que se habían destacado, 
y completados los acopios de agua y leña, se de- 
terminó acelerar la salida, y en el observatorio 
tuvieron orden 'los Oficiales para que hacia el 13, I 
observadas, si era posible, algunas otras inmer- j 
siones de los satélites de Júpiter; se fijase por 
medio de las alturas correspondientes del Sol, I 
la última época relativa al examen de la mar- ¡ 
cha de los relojes. Empero estas medidas no 


pudieron verificarse por algunos días, porque fh>. 
las inmediaciones del novilunio inclinaron des- 
de aquella misma tarde los vientos al Norte 
y al Noroeste, tempestuoso, con cerrazones y 
lluvia; de suerte que tuviésemos interrumpida 
á veces hasta la comunicación de los botes y se 
hiciese infructuosamente arriesgada la conduc- 
ción de los instrumentos. Así sólo en la noche u 
del 15 pudimos ver concluidas aquellas medidas 
y restituido el tiempo á su antiguo semblante 
apacible, disponernos sin perder tiempo para la 
salida. No se omitió en aquella misma noche la 
observación en la plaza inmediata de la emersión 
del primer satélite de Júpiter, la cual, compara- 
do inmediatamente con señales de pistola, el 
reloj conducido á tierra con los demás de á bordo, 
confirmó con iguales resultados la longitud que 
habíamos deducido en la noche del G. 

Un solo ramo en el entretanto había tras- 
tornado en cierto modo la felicidad con la cual 
habíamos podido abrazar en pocos días los dife- 
rentes objetos del viaje; y era éste la conserva- 
ción á bordo de una disciplina exacta, cual con- 
venía, ó más bien era necesaria en los muchos 
trances en los cuales debíamos encontrarnos en 
lo venidero. El puerto á do nos hallábamos, no 
podía á la verdad ser más oportuno para que de- 
jando algún tanto la rienda á la disciplina mili- 
tar, intempestiva por otra parte en esta comi- 
sión, fundásemos sobre la experiencia, más bien 
que sobre tradiciones ó caprichos, el método más 
oportuno que habíamos de seguir en los demás. 

El vecindario de Chíloé (mediante su ninguna 
comunicación con la matriz) carecía enteramente 
de españoles, lo cual daba un nuevo realce á los 
que procediesen directamente de los puertos del 
Continente; y los representaba á las veces como 
poseídos del mismo valor, constancia y domina- 
ción de los conquistadores, á las veces como los 
únicos capaces de dirigir y fomentar una familia 
entre las labores del campo y la industria del 
comercio. Reuníase después á estos anteceden- 
tes, por sí razonables, una suma mezquindad en 
las mujeres, naturalmente propensas al liberti- 
naje, una cierta indolencia incorregible en los 
hombres, la cual les hacía como necesaria la 
bebida; finalmente, un desmayo indispensable 
en el sistema gubernativo, para que unas veces 
mirase la presencia de nuevos colonos como 
un aumento feliz de su fuerza y autoridad, otras 
no hallase resortes oportunos para refrenar los 
pasos uniformes de la colonia al tiempo ó de vi- 
ciarlos ó de seducirlos. Tantas razones reunidas 
no podían ménos de dar, finalmente, al hom- 
bre de mar, una errada idea de la felicidad. Por 
una parte todo le convidaba al desorden y á 
la deserción; por la otra recordaba aún las fati- 
gas y peligros pasados en la navegación del Cabo 
de Piornos. ¿Cómo resistiría á tamaña perspec- 



CORBETAS DESCUBIERTA V ATREVIDA 


8l 


Feh. ,5 tiva y no se decidiría, finalmente, á variar de 
suerte abandonando el buque de su destino y ol- 
vidando en un solo instante su patria y su fa- 
milia? 

Asi, casi en. los primeros momentos de nues- 
tra comunicación con el pueblo de San Carlos, 
pudo advertirse la falta casi constante á la hora j 
señalada para el regreso á bordo del mayor nú- 
mero de nuestros soldados, marineros y criados; 
algunos permanecieron varios dias en tierra á 
pesar de una expresa prohibición para verificar- 
lo; muchos se entregaron con abandono á la be- 
bida; no tardó después un soldado de la Atrevi- 
da, el cual solía permanecer en tierra para cus- 
todia cíe las fraguas y de la ropa lavada de los 
marineros, en ceder á las seducciones de un la- 
brador no distante, quien le convidó á la deser- 
ción y al robo de muchos utensilios de la misma 
fragua y de toda la ropa que tuviese á mano. Ta- 
maños desórdenes exigieron por sí unos reme- 
dios bastantemente activos; y por la misma ra- 
zón, al paso que se ofrecieron premios á cual- 
quier paisano que entregase ó soldados ó mari- 
neros, después de haberse separado los botes del ; 
embarcadero, se castigaron los delincuentes con 
algún rigor, según los métodos establecidos en la 
Armada. Aprehendióse también por la actividad 
del Teniente de fragata i). Francisco Viana, el 
soldado de la Atrevida que había robado los 
utensilios de la fragua, y se le castigó con tres 
carreras de baquetas reunida la tropa de entram- 
bas corbetas, listo no bastó, sin embargo, para 
que pudiésemos cortar del todo la deserción y el 
desorden; y al tiempo de dar la vela echábamos 
aún de ménos ocho marineros: los cinco, de la 
Atrevida, y tres de la Descubierta. Quien con- 
sidere con alguna atención cuánto se apartaba 
por necesidad en una comisión como la nuestra 
el método de disciplina del que siguen comun- 
mente los buques de S. M., conocerá que era im- 
posible el no abandonar mil veces al marinero 
á sí mismo, siendo así que cinco embarcaciones 
menores estaban en un continuo trabajo; que 3a 
sola caída maliciosa de un instrumento al tiem- ; 
po de embarcarlos ó echarlos en tierra pudiera , 
causarnos una pérdida irreparable; finalmente, 
que la quietud y una subordinación habitual y 
voluntaria serían los medios seguros para aque- 
lla harmonía de nuestras fuerzas y ocupaciones, 
sin la cual no se hallarían á cada paso, sino in- 
convenientes y lentitud. 

ifi Todo así dispuesto para dar la vela en la ma- 
ñanita del 16, cuando aún fuese favorable la 
marea, estuvimos efectivamente á pique con las 
primeras claras del día, y la Descubierta, ayu- 
dada de los remolques, emprendió el aproximarse 
á la Punta de Yagui para estar algo más fran- 
queada y aprovechar la otra marea. La Atrevida : 
no varió de posición, y como no empezasen a j 


asomar sino á las dos de la tarde las primeras 
ventolinas del Oesudoeste al tiempo que apuntaba 
la vaciante, sólo á esa hora pudimos entrambas 
dirigirnos con todo aparejo hacia la boca del 
puerto, y empezar una lucha con los tiempos 
: contrarios, la cual no imaginábamos jamás que 
i debiese durar por el espacio de cuatro días. Fin- 
pero era tanta la variedad y flojedad de los vien- 
tos y tal la facilidad de la marea en oponerse 
directamente á nuestro intento ó en aconcharnos 
sobre los muchos bajos é islotes del Este, que 
en balde en el intervalo indicado estuvimos ma- 
niobrando á lo ménos cuatro veces al día para 
levarnos y dar fondo, pues siempre teníamos que 
volver á nuestra antigua posición con el fin de no 
exponernos ó al albedrío de las mareas ó á un 
golpe repentino de vientos contrarios y tempes- 
tuosos. El bosque espeso que cubre casi toda la 
isla, es sin duda alguna la causa más activa para 
que reinen en aquellos contornos con tanta fre- 
cuencia los vientos del Norte, húmedos en sí y 
directamente opuestos á la salida del puerto. 
Suelen durar en el invierno hasta treinta ó cua- 
I renta días seguidos. En los veinte de la estación 
favorable del verano que habían corrido después 
de nuestra venida á la costa, á lo ménos diez 
habían sido lluviosos y dominados del mismo 
viento. 

Procurábamos, sí, de eludir esta especie de 
inacción, con inquirir por medio de la caza y de 
la pesca algún nuevo tributo para los progresos 
de la Historia Natural; y como se nos proporcio- 
nase á veces el poder medir alturas absolutas del 
Sol con el sextante, no habíamos descuidado un 
nuevo examen del movimiento de los relojes ma- 
rinos , el cual era ahora tanto más necesario, 
cuanta mayor prolijidad nos habíamos propues- 
to para las operaciones venideras: efectivamen- 
te, en los relojes de la Descubierta habían su- 
cedido alteraciones de mucha consideración, lo 
cual, combinado con las ecuaciones dimanadas 
de la comparación diaria, daba el siguiente re- 
sultado: 


Días. 

Longitudes 

Longitud 

os <!<;! 

Longitud 

es del 7 -. 

Longitud 

es del t;¡. 









marcación. 

Directa. 

Cerrcg." 

Directa. 

Córner' 

Directa. 

Carree” 

18 

oc' 1' 4" 

¡T 3 I" 

i' 15 " 

'0 

O 

1' 16" 

4' 29-' 

43” 

l 9 

» 1' 9 " 

0' 3 o " 

j 

0' 15 '' 

'4 4 3 " 

0' 51'' 

4' 44" 

0' 5 1 '' 


Finalmente, en la tarde del 19, declarado 
viento favorable y llamados inmediatamente los 
botes, pudimos ciar la vela ayudándonos la marea 
de tal modo en aquella ocasión que para el ano- 
checer, cuando calmó el viento, ya marcásemos 
la Punta Capitana al Norte y° Oeste, la de Gue- 
. chucucui al Sur 23 o Este y el Farallón Mayor 
j de Carelmapú al Sur 62 o Este. 


11 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


CAPÍTULO V 

- 

Naceg aciones y tareas hidrográficas desde Chilué 
hasta Lima.— .Escalas cu- los puertos de Concepción, 
Valparaíso. Coquimbo, Arica y Lima. - Excursión 
¿le algunos Oficiales d Santiago . — Fimos acaeci- 
mientos ocurridos en aquel tiempo. 

Las contrariedades sufridas por el espacio de 
ocho días en el puerto de San Carlos de Chiloé 
antes de verificar la salida, y las noticias adqui- 
ridas sobre la constancia de los mismos vientos 
en el puerto de Valdivia, debieron hacernos de- 
sistir de la idea de visitarle, tanto más, que con 
motivo de las diferentes fortificaciones y de los 
alcances de sus baterías, repetidas veces los inge- 
raeros del ejercito habían levantado so plano es- 
crupulosamente }• le habían examinado después j 
el mismo Piloto Moraleday algunos otros Oficia- i 
les de la Armada. 

Xucslra derrota debía por la misma razón ' 
conducirnos al andar de la costa hasta la bahía i 
de Penco ó Talcalruano, donde haríamos nueva 
escala, y al paso de repetir las acostumbradas 
tareas, reconoceríamos con alguna escrupulosi- 
dad aquel verdadero termino ó frontera de nues- 
tras posesiones en el hemisferio austral. 

Xo debió sorprendernos en el entretanto el 
ver poco después de que hubiese anochecido en- 
tablar de nuevo vientos flojos del Norte y Norno- 
roeste con la llovizna y calima acostumbradas. 
Los ceñimos con las muras á estribor y con poco 
aparejo. Su continuación en todo el día siguiente 
nos desvió de la costa; y una extraña ilusión en 
ambas corbetas en la mañana del 21 (entablado 
ya viento fresco y claro del Sur) hizo que no la 
pudiésemos atracar de nuevo, sino en la tarde 
inmediata, siendo las tierras que ahora teníamos 
á la vista, las que conducen desde las inmediacio- 
nes del rio Bueno hasta la entrada de Valdivia. 

A las seis de la tarde ya nos hallamos á tres le- 
guas del puerto: se determinó su longitud pol- 
los relojes marinos; tomáronse algunas vistas de 
las costas y puntas inmediatas; la Atrevida no 
encontró fondo con 120 brazas de sondaleza; 62 
series de distancias del Sol á la Luna observadas 
en la Descubierta V bien conformes entre sí, sólo 
discrepaban en dos minutos al Oeste de la longi- 
tud determinada por los relojes. Se continuó 
luego la navegación entrada la noche, ya que los 
vientos, sumamente favorables, nos convidaban 
á aprovechar en objetos de mayor importancia 
los pocos restos de la estación benigna del vera- 
no. De este modo, en la siguiente mañana tenía- 
mos á la vista la Isla Mocha y una parte 110 me- 
diana de las costas fronteras. Con el andar del 
día nuestra derrota fué después tan favorecida 
del viento, que si bien siguiésemos las diferentes 


direcciones de la costa, ya para el anochecer 
marcábamos las puntas de Rumcna y Lavapiés, 
y las primeras claras de! día 23 nos descubrían 
á un mismo tiempo las Tetas de Viovio al Este, y 
al Sur la Isla de Santa María, á distancia de una 
legua. El viento abonanzó entonces mucho, aso- 
mado ya el Sol sobre el horizonte. El abrigo de 
la costa presentó una mar sumamente tranquila, 
en la cual se veían ballenas y lobos marinos en 
mucho número. Emprendiéronse al mismo tiem- 
po la derrota para el puerto y los reconocimien- 
tos de la costa intermedia. Así, para las ocho y 
media ya habíamos atracado á muy corta distan- 
cia el extremo Sur de la Isla Quiriguina, y nues- 
tros bordos sucesivos para internar en la bahía 
hasta el fondeadero de Talcaliuano fueron tan 
felices, que á las dos y media pudimos dar fondo 
en siete brazas lama arenosa, como tres cables 
al Oeste de la batería de Gálvez, y quedar poco 
después amarrados con dos anclas en la direc- 
ción de Norte-Sur. 

Era á la sazón Gobernador Intendente de 
la provincia el Brigadier D. Francisco de la Mata 
Linares, el cual, si bien ocupado en la visita de 
ChilJán, pueblo interior de unas 30 leguas, había 
manifestado su ánimo de regresar á la ciudad 
luego que llegásemos, y sin embargo, estaban 
tomadas las medidas más eficaces para que ni 
áun en ese corto intervalo careciésemos de cuan- 
tos auxilios nos fuesen necesarios. El Coro- 
nel D. Pedro Quijada, el cual mandaba interi- 
namente, explayó entre tanto una atención y una 
generosidad que sería difícil describir. No había 
una persona, no había una choza en aquel suelo 
feliz, en donde no sobresaliesen á porfía la recti- 
tud y la unanimidad de los Comandantes y la fe- 
licidad y subordinación de los súbditos. Desde el 
primer día de nuestra llegada, cuantos objetos 
nos rodeaban, otras tantas muestras teníamos á 
la vista de la sencillez é inocencia de la vida 
campestre. 

Apenas los habitantes de la provincia empe- 
zaban á verse libres de los estragos sumamente 
funestos de una epidemia de viruelas, la cual, en 
la sola ciudad de la Mocha y en sus inmedia- 
ciones, había arrebatado casi instantáneamente 
la vida á unas dos mil quinientas personas sin 
distinción de sexos, edades ni condiciones. La 
inoculación no se había introducido hasta enton- 
ces, porque jamás penetraba la epidemia hasta 
aquella latitud. Pero en el día ya se había adop- 
tado aquel preservativo por medio de un mulato 
recién llegado de -la capital de Santiago, y pu- 
dieron, finalmente, contenerse los progresos ul- 
teriores d-d mal; muy tarde, sin embargo, para 
que á más de las víctimas indicadas no quedase 
también en mucho despojada de sus atractivos 
exteriores la mayor parte del sexo mujeril, el 
cual poco antes podía sin recelo alguno de pon- 


Feb. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


83 


• tb . deración caracterizarse como uniformemente 
hermoso y digno de la admiración de los de 
afuera. 

Era también un objeto nuevo para nuestras 
indagaciones en aquellos contornos, el seguir de 
cerca las huellas de la expedición francesa de las 
gabarras la Brújula y el Asir ol-abio, mandadas 
por el Conde de la Peyrouse y el Vizconde de 
Langle. Sus pasos, sus operaciones, el régimen 
interior de aquellos buques, nada debía parecer- 
nos indiferentes ó bien para que procurásemos 
imitarlos ó para que atizasen con nuevo vigor 
aquella especie de emulación que es el móvil 
principal de semejantes empresas. Habían per- 
manecido unos veinte días en la bahía, en la cual 
nos hallábamos, y abastecidos particularmen- 
te de un buen repuesto de vinos, al paso que no 
descuidasen muchos ramos científicos cjue pro- 
curaban abrazar, habían después seguido en 
Marzo de 1786 una breve derrota hacia las Islas 
Sandwich y la costa Noroeste de la América. 
Debían á la sola actividad del Mariscal de 
Campo D. Ambrosio O-Higgins, Gobernador en- 
tonces de la provincia, el que se hubiese evitado 
la deserción de una parte no mediana de sus tro- 
pas y marinerías, las cuales, ó fuesen los atrac- 
tivos del país ó la natural inconstancia del hom- 
bre de mar, ya no pensaban en seguirles. Los 
resultados de sus tareas, sea en cuanto á las ob- 
servaciones astronómicas ó á los trabajos geo- 
désicos, habían sido envueltas en un profundo 
silencio. Finalmente, sus atenciones y miramien- 
tos hacia todos los individuos de la colonia, me- 
recían aún en el día que se recordasen á cada 
paso sus nombres unidos con la idea de la afabi- 
lidad y de un amor constante al bien público. 

Movidos pues nuestros pasos con igual acti- 
vidad, del ejemplo indicado, délos auxilios de la 
=s colonia y del tiempo favorable, el cual después de 
algunos días del viento lluvioso del Norte pare- 
cía haber nuevamente establecido un imperio du- 
radero, debieron por precisión corresponder en 
cuanto fuese posible al cúmulo de objetos que 
procurábamos abrazar. Se habían aprovechado 
de antemano varios intervalos de una mar tran- 
quila para sondar sobre marcaciones seguras de 
dos teodolitos, algunos bajos peligrosos, los cua- 
les interceptan la navegación libre de la bahía; 
emprendióse ahora con tesón el levantar su pla- 
no; se estableció el observatorio en el mismo pa- 
raje donde le había tenido Mr. Dagelet: corrían 
luego á su albedrío por las campiñas, bosques y 
habitaciones no distantes D. Antonio Pineda, 
D. Luis Nee y la mayor parte de los Oficiales, 
admirando á veces la prodigalidad y otras la va- 
riedad hermosa de la naturaleza en ese clima 
feliz. 

Ciertamente, quien recorra aunque por poco 
tiempo el país fértil que baña el Y ¡ovio; quien 


examine con una mirada política las veces que 
ha sido regado con la sangre de nuestros valero- 
sos antepasados; quien vea finalmente ó en las 
maderas esquisitas y monstruosas de la cordille- 
ra inmediata ó en la fertilidad demasiada del 
suelo ó en la abundancia de los lobos, ballenas, 
congrios, etc., de sus orillas, los muchos y ricos 
dones que debiera ofrecer con su propio acrecen- 
tamiento no sólo á la matriz sino también á las 
demas colonias que componen la casi inmensa 
Monarquía española, no puede á menos de ensal- 
zar mil y mil veces una voz patriótica hacia los 
depositarios de la legislación y del bien publico, 
para que sacudan de una vez los grillos que allí, 
puso á la misma naturaleza una época menos 
advertida y más tímida, y vean finalmente pros- 
perar un país al cual llamaba con mucha razón 
el docto Sr. Venegas, el Reino á porfía rico y 
pobre del Chile. 

Asegurada en el entretanto la continuación 
de tiempos favorables conforme nos lo indicaban 
casi cotidianamente las apariencias y las noti- 
cias unánimes de los habitantes, ya el plan de 
nuestras operaciones en aquella parte del mar 
Pacífico pudo mirarse más bien como ligado al 
progreso sólido de las ciencias en general, que 
como sujeto á las estaciones y á la frecuencia 
de tiempos contrarios y lluviosos: cualquiera 
fuese el plazo de la llegada de las corbetas al 
Callao debían luégo esperar que cesase en las 
costas de Panamá y Guatemala la estación llu- 
viosa del vencí abal y le sucediesen los Nortes y 
Nordestes, los cuales nunca suelen reinar con al- 
guna fuerza, sino en la mitad ó fines del mes de 
Noviembre: así podíamos contar con un plazo 
bastantemente largo para permanecer sobre las 
costas del Chile y Perú, las cuales favorecidas 
de la naturaleza con unos tiempos constante- 
mente apacibles y con unos vientos galenos siem- 
pre firmes entre el Sursudeste y Sursudoeste 
convidaban igualmente á la navegación y á las 
tarcas científicas: debían éstas luego ramificarse 
hacia la Hidrografía, la Astronomía, los muchos 
objetos de la Historia Natural y el conocimien- 
to físico y político de aquellos dominios de S.M. 
Todo por consiguiente concurría á indicarnos el 
actual teatro, como el más oportuno para des- 
plegar cuanta actividad pudiesen alcanzar los 
aimamenlos. 

Con estas atenciones la separación de las 
corbetas pareció desde luego indispensable; dié- 
ronse á la Atrevida los mejores instrumentos 
astronómicos y algunos Oficiales de la Descu- 
bierta, para que navegando al andar ele la costa 
hasta Valparaíso, continuase los reconocimien- 
tos acostumbrados, hiciese luego cu aquel puerto 
una demora más larga, y mientras que los Ofi- 
ciales astrónomos trabajasen cotidianamente en 
el catálogo de las estrellas meridionales, otros se 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


, r . ocupasen 6 en el examen del país hasta la capi- 
tal de Santiago 6 en conducir hacia ella, si las 
circunstancias lo dictasen prudente, una serie de 
triángulos que afianzase con datos positivos su 
situación en latitud y longitud. Quedó al cargo 
de la Descubierta el reconocimiento prolijo de 
la bahía en la cual nos hallábamos y de otros 
dos puertos no distantes; el indagar las ventajas 
locales para la construcción de buques, ora fue- 
sen mercantiles ó de guerra; y después el atra- 
vesar á entrambas Islas de Juan Fernández para 
que ni su extensión ni su posición geográfica 
admitiesen ya la menor duda en lo venidero. 

No tardó la Atrevida en llevar á efecto por 
su parte el plan propuesto: determinada de an- 
temano la latitud del observatorio, y atendido 
con las alturas correspondientes el movimiento 
actual de los relojes marinos, dio la vela en la 
mañana del 2 de Marzo, y favorecida con vien- 
tos galenos del Sur, en pocas horas salió de la 
bahía, ocultándosenos con la interposición de la 
Isla Quiriguina: aceleráronse al mismo tiempo 
los diferentes objetos que debía desempeñar la 
Descubierta, tanto que en aquel día ya empe- 
zaban á recibirse á bordo veinte pipas de vino, 
correspondientes á los repuestos de las dos cor- 
betas para las campañas venideras y la mayor 
parte de los Oficiales se destinaban á los varios 
reconocimientos de la costa. 

Nos ocuparon aquéllos incesantemente has- 
ta el 8: los puertos de San Vicente, del Tomé y 
del Coliumo, más ó ménos abrigados del viento 
Norte, y por la misma razón preferentes en cierto 
modo al fondeadero de Talcahuano, fueron pro- 
lijamente reconocidos; sondáronse la bahía, el 
canal que fórmala Quiriguina con la Tierra Firme 
y los alrededores de la misma isla; D. Fernando 
Quintano y D. Secundino Salamanca emprendie- 
ron el navegar con un boteeito el rio Andan' el 
hasta donde fuese accesible, y combináronse con 
tal felicidad las marcaciones, que últimamente 
los triángulos dimanados del teodolito se exten- 
diesen por la embocadura del Viovio hasta la 
Isla Santa María y la Nueva Mocha, mientras 
por el Norte llegaban desde los extremos de la 
Quiriguina hasta las inmediaciones del Coliu- 
mo: solíamos en estas excursiones pasar indis- 
tintamente las noches en la choza de un labrador 
ó en las casas de los vecinos más acomodados: 
no nos afanaba el cuidado de la comida, pues la 
encontrábamos en todas partes igualmente ex- 
quisita, barata y abundante. El marinero, el la- 
brador, el hacendado, descubrían cada cual en 
sus conversaciones entretenidas cuáles fuesen 
sus circunstancias, cuáles sus deseos y la posibi- 
lidad ó rectitud de conseguirlos. Así acomuna- 
dos frecuentemente con ellos y llevando las con- 
ferencias más bien el objeto indiferente de un 
entretenimiento cjue el de unas indagaciones 


siempre temibles del legislador, debían, final- a,:Lr - 3 
mente, nuestros resultados aproximarse tanto 
más á la verdad cuanto mayor era después nues- 
tro empeño de compararlas con las noticias y 
observaciones de los que presidían con tanto 
juicio y patriotismo á la administración pública. 

Vencidos aquellos objetos muy á nuestro pía- '> 
cer, fué preciso abandonar sin mayor dilación 
los contornos de Talcahuano y emprender la 
navegación proyectada hacia las Islas de Juan 
Fernández. La latitud del observatorio se había 
deducido por las distancias meridianas al zénit 
de muchas estrellas, de 36 o 42b La variación 
magnética observada con el teodolito fué de 15 o 
2 q r Nordeste y el establecimiento de la marca 
en los días de la oposición resultó para las to 
horas 40' de la mañana, siendo su mayor eleva- 
ción de =5 7 , á 6 piés de Burgos. Por lo que toca 
á los relojes, quedó bien comprobada la cons- 
tancia del movimiento asignádoles en Cliiloé 
v su determinación de la longitud, aplicadas 
las pequeñas ecuaciones por los desvíos diarios, 
fué uniforme en diferentes días, de 38' 22 ,; al 
Oriente del último meridiano, esto es, de 66° 58' 
de Cádiz, menor tan solo en seis minutos de la 
que al principio del siglo había observado el pa- 
dre Feuílle por medio de varias inmersiones del 
primer satélite de Júpiter, correspondidas en Pa- 
rís por los Sres. Cassini y Maraldi. 

Sobre la deserción de la tropa y marinería, 
en lugar de que hallásemos alguna ventaja en las 
medidas eficaces que habíamos adoptado con los 
pasados escarmientos, concurrieron más bien to- 
das ellas á manifestarnos, que en balde lucharía- 
mos con una infinidad cíe abusos tan añejos como 
la conquista y tan arraigados como las costum- 
bres de nuestras colonias; ofreciéronse por nues- 
tra parte treinta pesos fuertes por cada desertor 
que se aprehendiese: el Gobernador-intendente 
destacó por la suya varias partidas de tropa y 
personas activas y prácticas del país. Nada bastó 
para nuestro intento, y finalmente, al dar la vela 
la Descubierta, los desertores de ambas corbe- 
tas no eran en menor número de ocho, tres sol- 
dados artilleros, uno de marina y cuatro artille- 
ros de mar. 

En la mañana del 10 estuvimos ya prontos 1* 
para dar la vela, reunido á su destino D. Anto- 
nio Pineda, el cual en los ocho días anteriores 
había reconocido los campos 3' fortificaciones no 
distantes de la frontera. Reinaron ventolinas del 
Norte hasta las cuatro de la tarde; pero entabla- 
do finalmente en aquella hora viento galcnito 
del Sur, pudimos aprovecharle con toda vela y 
hacia el anochecer hallarnos fuera de la bahía. 

La derrota para la primera Isla de Juan Fer- 
nández, no debía mirarse en modo alguno como 
sujeta á errores de una mediana consideración, 
pues habían sido determinados su distancia y 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


So 


Mj ,,o arrumbamiento con la Isla Santa María por una 
estima llevada con la mayor exactitud por el se- 
ñor D. Antonio Ulloa; y siendo los vientos pro- 
porcionados para que la navegación fuese direc- 
ta, nada podía oponerse á que desempeñásemos 
con toda brevedad la excursión emprendida . 
Arreciaron mucho los Sures luego que con el 
andar de la noche nos fuimos alejando de la cos- 
ta; á las veces nos era preciso arriar las gavias 
á medio mastelero y eran bastantemente frecuen- 
tes los golpes de mar que se nos introducían á 
bordo. Esto, sin embargo, aceleró de tal modo 
r/ nuestro viaje, que al amanecer del 12 ya está- 
bamos á la vista de la Isla. Observáronse latitud 
y longitud en las me jores posiciones, reconocióse 
de cerca el extremo Sur y navegamos después 
con fuerza de vela para alcanzar en el día si- 
guiente las inmediaciones de la Isla Matafuero. 

Pero en aquella ocasión, mucho más calmo- 
sos los vientos de lo que debíamos esperarlo, 
causaron una tal lentitud en la navegación pro- 
*3 puesta, que al amanecer del 13 aún distábamos 
de ella unas nueve leguas, sin que pudiésemos 
contar sino con ventolinas variables del Oeste 
al Noroeste, las cuales no nos permitían una base 
ordenada siquiera; por ventura despejadas una y 
otra isla, y bien determinados sus extremos, da- 
ban medios para ligar en cierto modo con tal 
cual evidencia el total de nuestras operaciones: 
esto bastó para que conseguidas al medio día 
unas observaciones exactas de latitud y longitud, 
volviésemos nuevamente la proa al Este, y con 
la brisa, que entabló fres quita por la tarde, atra- 
cásemos la isla de adentro por su extremo del 
Norte, del cual distaríamos al anochecer unas 
cinco leguas: Matafuero quedó situado por nues- 
tras operaciones en latitud de 33 o 41' Oeste yen 
longitud de 44' 30" al Occidente de Chiloé. El 
extremo Norte de la de adentro en 33 o 37' 39" y 
longitud 5 0 6' 30". La distancia de una á otra 
isla era por las mismas ilaciones de 79 millas. 

A medida que nos apartábamos de ellas, an- 
clada en la noche una regular distancia, volvie- 
ron la mar y el viento á la misma fuerza que ha- 
bíamos experimentado en la travesía anterior. 
Recibimos algunos golpes de mar, nos fué pre- 
ciso navegar con ménos aparejo, los tiempos 
mantuviéronse claros lo más frecuentemente: 
d nuestra derrota, interrumpida en la noche del 15 
por el arrumbamiento inexacto de las costas cu 
las cartas trazadas hasta entonces, y en el día 
siguiente por varias ventolinas del Norte entre- 
mezcladas con algunas calmas, sólo nos permitió 
el avistar nuevamente la costa en la tarde del 16, 
y fondear en la bahía de Valparaíso al medio día 
v del 17. 

Hallábase fondeada desde el 11 la corbeta 
Atrevida, cuya navegación desde Talcahuano 
había sido más dilatada de lo que debiésemos 


sospechar á primera vista. Molestáronle mucho JI:,r 
las neblinas, calmas y la mar gruesa del Sud- 
oeste, unas veces separándole de la costa, otras 
haciéndole casi indispensable el dar fondo con 
un anclote: había, sin embargo, trazado con la 
mayor exactitud las costas desde la Quiriguina 
por las bocas del rio Ttata, hasta la Ensenada 
del Soito, las inmediaciones del Morro de Topo- 
calma, los bajos de Rapel, las playas de Carta- 
gena, y finalmente, el trozo comprendido entre 
las puntas de Coronmilla y los Angeles. Ya el 
observatorio se hallaba establecido en el ángulo 
del Norte del Castillo del Rosario. Los Tenien- 
tes de navio Cali ano, Concha y Vernaci, agre- 
gádoles un pilotín y un soldado, alojaban en sus 
inmediaciones para que las tareas de la noche 
pudiesen seguirse sin la menor interrupción. Las 
solas cerrazones y neblinas hablan podido es- 
torbar que no estuviese ya empezado el proyec- 
tado catálogo délas estrellas del hemisferio aus- 
tral. No había tampoco diferido el Teniente de 
navio D. Cayetano Valclés en transferirse á la ca- 
pital de Santiago, y ahora avisaba que el Maris- 
cal de Campo D. Ambrosio O-Higgins, Capitán 
General y Presidente del Reino, volvería inme- 
diatamente de los baños á do se hallaba, para 
coadyuvar con aquel celo y actividad que le eran 
naturales, al mayor aprovechamiento de la ex- 
pedición. Vagaba á su albedrío D. Luis Nee por 
aquellos contornos; no diferiría tampoco D. An- 
tonio Pineda en internar hacia Santiago, y la 
cordillera inmediata; finalmente, nuestra demora 
en la bahía, debiendo ser algo más dilatada con 
atención á las observaciones indicadas, podía 
también un número competente de Oficiales trans- 
ferirse á Santiago, y allí multiplicar en varios 
modos las tareas útiles de la expedición. No pa- 
recía á la verdad, asequible la conducción de los 
triángulos por el terreno intermedio, como nos 
le habíamos propuesto. Ese tránsito, aunque 
corto, es todo pedregoso y con muchas vueltas; 
atraviesa tres hileras de montes, los cuales au- 
mentan considerablemente su elevación á me- 
dida cpie se aproximan al pié de la cordillera; la 
primera llanura es de bastante extensión, y al- 
gún tanto aprovechada, ó en pastos ó en siem- 
bras: el 1 ugare jo de Casa Blanca hace más amena 
„y útil la segunda; y si se exceptúan los valles de 
la Viñilla y Puangni, entrambos de muy corta 
extensión, el tercer llano es el hermoso valle 
que baña el Mapocho, y en donde á las faldas de 
la cordillera de los Andes, está situada la ciu- 
dad de Santiago: algunas haciendas intermedias 
hacen á la verdad más fácil y más entretenido el 
camino, explayando los que las poseen un tal 
grado de hospitalidad generosa, que á pesar de 
ser ésta una propiedad casi innata del carácter 
español, allí sobresale con unos colores y ador- 
nos difíciles para describirse; pero como los 



SG 


VIAJE ALREDEDOR DEL .MUNDO 


Mar. i 


montes sean por sí casi, inaccesibles, y que á ! 
más del tiempo que debiera absorber la coloca- 
ción previa de las marcas en los parajes opor- 
tunos fuesen también temibles en aquella es- 
tación los rigores del Estío, debe finalmente 
inferirse, que la operación proyectada excedía 
los límites del tiempo y de las fuerzas, que po- 
díamos á la sazón sacrificarle. 

Apoyaron estos inconvenientes la necesidad 
de que se transfiriese á Santiago la segunda co- 
lección de los instrumentos astronómicos, y allí 
se repitiesen observaciones directas para, fijar la 
posición geográfica de aquella capital: hízose así j 
en efecto, y si bien el mal estado del reloj 105 i 
no permitiese deducir por él la longitud, como lo ¡ 
habíamos intentado, pudieron suplirle dos obser- ! 
vaciones del primer satélite de Júpiter, las cna- ! 
les determinaron (hechas las correcciones de las : 
tablas) la de 64 o 26' 30": latitud, 33 o 26' 16"; va- 
riación de la aguja, 13 o 20' al Nordeste. Deja- 
remos para otro lugar más oportuno el dar una 
idea adecuada de la feracidad de las tierras y 
de la amabilidad de los moradores de los contor- 
nos de Santiago y Valparaíso. Obra es esta que 
pide una mayor extensión de la que permiten 
los límites de un diario, y cuyo detall, si bien di- 
fuso, no podrá menos de parecer importante á 
los que sigan.de cerca la prosperidad de la Mo- 
narquía y el bienestar de sus conciudadanos. Por 
ahora baste el decir que los primeros días de 
nuestra permanencia en la capital, nos descu- 
brieron una tan feliz unión de los depositarios 
de la autoridad pública con la satisfacción su- 
bordinada de los pueblos y con los dones pródi- 
gos de la Naturaleza, que en balde procurarían 
el tiempo ó Ja multiplicidad de objetos nuevos, 
el borrar jamás de nuestra memoria un espec- 
táculo tan agradable. 

1 ). Antonio Pineda hizo al mismo tiempo 
una excursión á lo alto de la cordillera en las mi- 
nas de plata denominadas de San Pedro Nolas- 
co. Sirvió ésta á aumentar con algunos conoci- 
mientos de la mayor importancia la idea cabal 
que procuraríamos dar á la Nación de esos de- 
pósitos peligrosos de su opulencia y de su mi- 
seria. 

Tal vez una mirada filosófica hacia ellas, 
guiada de la humanidad y de lo que realmente son 
en sí. volverá finalmente la cuestión á pocos 
principios sencillos, y nuestros cálculos económi- 
cos reducirán los diferentes productos de la tierra 
y del trabajo del hombre á su nivel verdadero: 
el de las necesidades recíprocas de caria uno. 

Conforme á las medidas tomadas de ante- 
mano nos alcanzó también en la capital de San- 
tiago el hábil Botánico D. Tadeo Heenke, el cual 
había sido agregado á la expedición por órdenes 
posteriores de S. M. Sus peregrinaciones hasta 
aquella época podían mirarse como sumamente 


penosas; pues si bien apenas determinada su ad- ai» 
misión á instancias del Consejero Born y del se- 
ñor jaequín de Viena, emprendiese precipitada- 
mente su via je desde Alemania, no había podido 
llegar á Cádiz sino en el mismo día en el cual 
las corbetas daban la vela; y después, á más de 
no alcanzarnos en Montevideo, había padecido 
naufragio en las inmediaciones de aquel puerto, 
con la pérdida lastimosa de casi todos sus libros, 
papeles y equipaje. Con un verdadero amor a 
las ciencias y particularmente á la botánica, 
consideraba sin embargo resarcidos en mucha 
parte los sufrimientos pasados, pues le habían 
deparado la casualidad de atravesar las Pampas 
ó llanuras de Buenos Aires y Jas cordilleras del 
Chile, logrando acopiar hasta 1.400 plantas, la 
mayor parte nuevas ó no bien caracterizadas. 

En Valparaíso no habían sido los pasos de la o 
expedición menos activos y felices. Una asidui- 
dad indecible de los Oficiales astrónomos (agre- 
gádose ahora nuevamente D. Juan Vernaci) ha- 
cía que ni se malograse hora alguna en las no- 
ches claras, ni fuese por la misma razón ya me- 
nor de 300 el número de las estrellas, cuya de- 
clinación y ascensión recta podían determinarse 
ó rectificarse con toda seguridad. Se habían re- 
petido las observaciones de los satélites de Jú- 
piter, levantado el plano de la bahía y sondada 
ésta con la mayor escrupulosidad, observadas 
361 series de distancias del Sol á la Luna, y final- 
mente dispuestos los buques y aparejos por ma- 
nera que, abastecidos de agua y leña, efectos bien 
escasos en la costa siguiente al Norte, pudiesen 
dar la vela al primer instante oportuno. 

Ya no debíamos extrañar los nuevos desórde- 
nes de la tropa y marinería en un puerto don- 
de todo estaba dispuesto para seducir y fomentar 
los vicios entre las marinerías harto díscolas de 
la carrera mercantil de Lima; ni por nuestra parte 
ó por la de la plaza cabía otro arbitrio, sino el 
de sufrir más bien que comprometer el decoro de 
la autoridad descubriendo la debilidad de .sus 
resortes. Así, contentándonos con que no desma- 
yase la disciplina á bordo ni hubiese la menor 
demora en las tareas emprendidas, vimos casi 
con indiferencia la deserción de otros 15 indivi- 
duos, ya soldados, ya marineros de las dos cor- 
betas. Repitiéronse sí los ofrecimientos de los 
treinta pesos fuertes por cada desertor que se nos 
presentase en Lima, y al señor Capitán General 
se remitieron listas exactas que pudiesen coadyu- 
var en cierto modo’ á una pesquisa más exacta 
sobre este punto importante del servicio. 

Aprovechada , finalmente , toda la noche 
del 13 para las observaciones celestes, y embar- 
cadas por la mañanita siguiente la tienda, el 
cuarto de círculo y el péndulo, únicos electos 
que habíamos dejado, levamos la amarra de tie- 
rra, quedando sobre un solo calabrote, y nos dis- 



Ab. i.; 


CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 87 


, pusimos á ciar la vela al primer soplo de viento i 
favorable. La cuenta de los relojes marinos se 
había cerrado para el medio día del 12, y desde 
el 7 se había colocado sobre esferas el cronóme- 
tro 72, para ver si aquella situación le era efec- 
tivamente tan ventajosa como lo había sido 
para el número 71 de la Atrevida. 

En lugar de suceder el viento Sur á las horas 
de calma comunes al principio de la mañana, 
declaróse una neblina espesa procedente del 
Norte, que imposibilitaba la vista de los objetos 
aun más cercanos; y manteniéndose sin asomo 
ele viento hasta las cuatro de la tarde, ya casi 
nos había precisado á desistir de la esperanza de 
dar la vela en el mismo día. Pero en fin, habién- 
dose disipado la neblina con algunas ventolinas 
del Sur, pareció que el buen andar de las corbe- 
tas, el auxilio de los remolques y de la corriente, 
y la muy corta distancia que era preciso nave- 
gar para considerarnos libres de todo peligro, 
nos proporcionarían el verificar la salida en el 
plazo prefijado y sin exponemos á que las ven- 
tolinas del Norte, bastantemente comunes en el 
mes de Abril, nos detuviesen algunos más días 
en el puerto. Así entrambos buques emprendi- 
mos luego el cobrar el cable del Norte, reco- 
giendo el calabrote de tierra. 

A las cuatro y media levamos el ancla, y re- 
molcados de la lancha , procuramos con las 
gavias, juanetes y cstai, aprovechar las ventoli- 
nas favorables del Sur. Al principio fueron lentos 
nuestros progresos y estuvimos algo aconchados 
sobre las piedras de la entrada, luego fue mejo- 
rando nuestra situación; al anochecer ya había- 
mos ganado dos millas al Norte de la punta de 
la Batería, y las ventolinas aún nos permitían el 
gobernar. La Atrevida nos siguió de cerca y 
con igual buen éxito. Metimos la lancha y de- 
terminamos á las seis por Puerto Salido según 
las marcaciones, la latitud de 33” o', y la longi- 
tud de 2 o 7' 39" al Oriente de San Carlos de 
Chiloé. Era nuestro primer ánimo el fondear en 
el puerto del Papudo, distante 10 ó 12 leguas de 
Valparaíso, porque nos habían persuadido que 
tendría algún abrigo: indicándolo así por otra 
parte el que le frecuentasen mucho los buques 
iranceses, cuando al principio del siglo concu- 
rrían en tanto número á las costas del Perú y 
Chile. Tuvieron allí muchas bodegas, de las 
cuales aún subsistían las ruinas, bien que siem- 
pre fué más bien el comercio ilícito que otra 
causa cualquiera, la que los guiaba hacia aque- 
llos parajes menos habitados. El señor Presidente 
previno de antemano á los Subdelegados del par- 
tido para que concurriesen á auxiliamos; pero 
en fin, debimos desistir de aquella idea, no sólo 
por la escasez del tiempo, por los nuevos riesgos 
ele la deserción y el actual semblante calmoso y 
oscuro de los horizontes, si también porque en el 


año anterior el Ingeniero D. Pedro Rico había 
levantado el plano, así de aquella rada, como de 
la siguiente de Pichichangue ó del Gobernador, 

Pasamos la mayor paite de la noche en cal- 
ma y rodeados de una densa neblina; al amane- 
cer declaróse viento favorable del Sursueste con 
el cual, aunque ilojo, gobernamos al Nornordeste 
y Nordeste para atracar la costa; ésta, á la sa- 
zón, se nos presentaba confusa y cargada de 
' neblina aunque no distásemos de cila sino unas 
¡ tres leguas. A las ocho pudimos ya avistar 
distintamente como aí Sudeste Este el puer- 
tecito de Quintero, hasta donde habían llegado 
nuestros reconocimientos desde Valparaíso. No 
distábamos, por consiguiente, ni del Papudo ni 
de la Ligua, y pues la costa se distinguía con 
bastante claridad con motivo de la poca distancia, 
empezamos a correr bases con todo aparejo en 
vuelta del Norte 1 / v Noroeste, siendo el viento á 
la sazón muy ilojo del Sursueste al Sur. A las 
¡ nueve y media, á distancia de dos leguas escasas, 
la sonda dió 92 brazas arena gruesa blanca; á las 
. doce, la boca del Papudo nos demoraba al Este, 

; y la costa avistada hasta entonces parecía bajar 
con algunos playazos, particularmente hacia la 
Ligua; había tal cual islote entre el Papudo y 
i el puerto de Quintero, y se veían algunos arreci- 
, fes en las inmediaciones del segundo: al Norte 
i del Papudo se presentaba un monte aislado, que 
podía servir de reconocimiento para buscarle. 

En un paraje en el cual no debíamos dudar 
de un efecto considerable de las corrientes y en 
donde la dirección de la costa no variaba del 
Sur al Norte, la falta de la latitud observada 
era precisamente un mal que debía alarmarnos 
para la exactitud de las tareas emprendidas. 
Acechábamos dos alturas del Sol en cualesquiera 
claras, aunque momentáneas, que se nos presen- 
tasen. Pero 110 nos fué posible alcanzar sino la 
una á las dos y cuarto de la tarde, de la cual, 
sin la latitud, no deduciríamos sino una longi- 
tud sumamente dudosa. La Atrevida había ya 
sondado 85 brazas; y como el viento tomando 
algún vigor conservase su dirección del Sur, con- 
tinuáronse las bases hasta el anochecer, y á esta 
hora nos pareció preferente el seguir también la 
derrota, siendo así que ya sabíamos por una tra- 
dición envejecida, que los tiempos sobre aquella 
costa, eran por lo común igualmente oscuros y 
calimosos. 

La noche íuc apacible, pero igualmente ce- 
rrada con calima; viéronse algunas candeladas; 
á la una de la mañana no se encontró fondo con 
todo el largo del cordel; le hallamos sí á las 
cinco en 80 brazas, lama y chimbos; y como se 
hubiesen hecho algunas horas de pairo, pudimos 
amanecer á corta distancia de la costa, por ma- 
nera, que antes de salir el sol se empezasen á 
correr bases, navegando con todo aparejo alNor- 


A1 



88 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


noroeste. La costa que teníamos á la vista, era 
la que desde la silla del Gobernador por la punta 
del Negro, corre basta las inmediaciones de Con- 
chalí, Se veía aquel pueblo y la tierra parecía 
bastantemente alta, ad virtiéndose en nuestra po- 
sición por cuanto pudiésemos combinarla con la 
de la tarde anterior, que no había sido excesivo 
el error contraído por las corrientes, limitándose 
á dos ó tres leguas solamente. La falta de las 
observaciones en el segundo día, debió inquie- 
tarnos ya mucho más que en el anterior, pues no 
solo iban multiplicándose los errores irremedia- 
bles en la navegación y dimanados de las corrien- 
tes de la marejada y de otras causas, sino que 
ya nos quedaba á la espalda un trozo no mediano 
de la costa sin sujeción alguna en sus posicio- 
nes respectivas; pero acechando las ciaras, aun- 
que repentinas, por ventura fuimos algo más fe- 
lices que en el día anterior; tuvimos varias altu- 
ras del Sol con diferentes intervalos y algunas no 
distantes del medio día, cuyos resultados nos 
prometían una latitud bastantemente aproxima- 
da á la verdadera. Finalmente, despejado pol- 
la tarde el cielo, pudimos á las tres y á las cua- 
tro observar dos series de alturas, las cuales, mul- 
tiplicando las combinaciones con las de la ma- ! 
ñaña, afianzaban con mayor probabilidad nues- 
tras pesquisas sobre la latitud, al paso que ciaban 
la verdadera longitud según el útil método halla- 
do por D. Dionisio Galiano. 

Adoptáronse á -este fin las últimas dos series 
de la tarde y una altura en la cual dos observa- 
dores habían convenido á las n horas 39' de la 
mañana. Acordes entre sí entrambos resultados, ! 
dieron la latitud al medio día de 31 o 36' 10" di- ¡ 
f eren te en 19' al Norte de nuestra estima. La 
longitud deducida fué de 12' al Este de Valpa- 
raíso, la altura meridiana á las seis y cuarto dió 
la latitud de 31 o 30' 3" la cual, confirmando la 
del medio día, servía al mismo tiempo de ratifi- 
cación á nuestras longitudes, de las cuales aqué- 
lla había dimanado. 

Las irregularidades de los relojes ói y 13 y 
la uniformidad de la marcha del 72, nos habían 
precisado á adoptar al último por magistral, aun- 
que nos fuese fácil igualar los otros por medio 
de la ecuación diaria: sus resultados, compara- 
dos á las longitudes estimadas y á la que ha- 
bíamos observado en la tarde del 13, nos pro- 
porcionaron el corregirla latitud de aquel medio 
clía y pudo deducirse, finalmente, de tan feliz 
combinación, que los errores habían sido propor- 
cionales y que nuestra posición inferida en los 
dos medios días anteriores era muy aproximada á i 
la verdadera. j 

Luego que empezaron á entablar ventolinas 
del Sudoeste y Sur con hermoso semblante, hi- 
cimos proa del Nornoroeste siguiendo así la costa 
a regular distancia para ligarla con la exactitud 


posible. Los azimutes indicaban la variación 
de 14'' ai Nordeste. Al ponerse el sol nos hallá- 
bamos casi al Estcocstc con el extremo Sur de 
los altos de Chuapa y la última tierra al Norte 
distaba de nosotros unas seis leguas. 

En las horas del pairo que debimos mantener- 
| nos en la noche siguiente, se conoció claramente 
el efecto de la corriente al Norte en la dificultad 
de orzar que tenía. la corbeta. Conjeturamos des- 
de luego, que debía atribuirse á aquellas horas la 
mayor parte de los errores que encontrásemos 
en la latitud del día siguiente: amanecimos en 
electo algo más al Norte de io que debía supo- 
nerse. El rio de Chuapa y la Quebrada de Lima- 
rí, punto de tierra bien notable, eran los parajes 
que teníamos más inmediatos. No distaríamos 
sino unas cuatro millas de la costa. Nuestros 
rumbos de bases fueron el Norte y después el 
Nornoroeste, con los cuales, y un andar de tres 
millas con todo aparejo, se conservaba la costa 
a regular distancia. Observáronse al medio día 
la latitud de 30 o 39'}' la longitud de ib' al Oeste 
de Valparaíso. La Quebrada de Limar) demoraba 
al Sueste corregido de tres á cuatro leguas, y 
parecía la Lengua de Vaca la última tierra que 
| se alcanzaba á la distancia de seis leguas. Con 
mucha propiedad en la navegación costanera se 
ha dado este nombre á la punta de tierra baja, 
muy saliente al mar, desde donde empieza ha- 
cia el Norte la grande ensenada, la cual condu- 
ce al puerto de Coquimbo y Frezier llama de 
Tougoy, 

Filé luego más feliz y más acelerada nuestra 
navegación en aquella tarde, habiendo refresca - 
: do mucho la brisa sin que se acelajasen los cie- 
los y horizontes. Así, para el anochecer ya ha- 
bíamos propasado la punta indicada de la Lengua 
de Vaca, sobre la cual sondamos 71 brazas arena 
blanca, y veíamos como á unas seis leguas de 
distancia la entrada del puerto de Coquimbo, 
de suerte que paireando en la noche inmediata 
no nos fuese difícil el alcanzarle al otro día con 
los primeros soplos de la brisa. 

Descaecimos ele tal modo en las horas del 
pairo, especialmente por el electo de las corrien- 
tes al Norte, que al amanecer del 18 apenas dis- 
taríamos una legua de la entrada del puerteado 
de la Herradura. El viento del Sur, á la sazón 
ilojo, parecía deber tomar algún incremento lue- 
go que saliese el sol, lo cual, combinado con el 
natural deseo de reconocer de cerca las inme- 
diaciones de un puerto importante, nos indujo 
á atracar la costa á distancia de una milla esca- 
: sa. Así hízose rumbo del Este en vuelta de la 
j Punta de Lobo, de la cual ya no distaríamos á 
las ocho sino la milla prelijada. 

Pero en aquel momento y en aquella situa- 
ción, contra todas nuestras espectativas, dieron 
algunas ventolinas del Nordeste, las cuales y la 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


89 


ai», i? mareta gruesa de] Sur, nos hicieron al mismo 
tiempo imposible el gobierno, por cuanto inten- 
tásemos auxiliarle con la maniobra y fueron 
causa para que entregados á la revesa, nos vié- 
semos arrastrados con rapidez hacia la costa in- 
mediata, de la cual ya á las nueve y media no 
distaríamos sino unos cuatro cables. Ni el bote 
que habíamos echado de antemano al agua, ni 
la lancha que echamos á la sazón, podían vencer 
el embate de la ola para ponernos en dirección 
de aprovechar las ventolinas de la virazón, que 
ya empezaban á dejarse sentir. Finalmente, 
atando al mismo tiempo la lancha por la proa y 
el bote por la popa en sentido contrario, conse- 
guimos caer de la vuelta de tierra y ponerla proa 
al Nomordcste, largando toda vela y haciéndonos 
al mismo tiempo remolcar de las embarcaciones 
menores. La Atrevida, que había podido man- 
tenerse algo distante del peligro y se había va- 
lido de los remos, aunque con la mortificación 
de romper el mayor número de ellos, envió in- 
mediatamente su lancha á auxiliamos. Se man- 
tuvo ésta corto rato por la proa, hasta que em- 
pezando á tomar vigor la virazón, la devolvimos 
á su bordo y metimos la nuestra, dejando sólo 
el bote en el agua al remolque y ayudado de sus 
velas. 

A las doce ya habíamos pasado la boca de la 
Herradura, y pues el viento se mantenía flojo, 
pareció tan aventurado como inútil el entrar en 
e! puerto por el canal que forma el islote de 
adentro con la tierra firme: se hizo rumbo á 
dejar por estribor el Pájaro Niño de fuera, y 
antes de la una pudimos atracarle y costearlo á 
tiro de pistola. Ciñóse luego por estribor; y sobre 
el mismo bordo acercándonos mucho á las pie- 
dras sumamente acantiladas, conseguimos alcan- 
zar el fondeadero: algunas espías nos internaron 
después en paraje oportuno, y la corbeta quedó 
amarrada á distancia de un cable de tierra en 
fondo de cinco brazas. Bajamos demorando la 
punta Sur de la boca del puerto Norte 8 o Oeste 
y la Torre de Santo Domingo de Coquimbo al 
Nordeste. 

La Atrevida fondeó como cable y medio al 
Norte, y quedó amarrada casi en la misma dis- 
posición que nosotros. 

En la orilla inmediata á las corbetas, había 
unos almacenes bien acondicionados y pertene- 
cientes á un vecino de Coquimbo, los cuales se 
nos tranquearon inmediatamente para que allí 
estableciésemos el observatorio. En la mañana 
.siguiente, dos destacamentos de marinería los 
asearon y ordenaron en cuanto fuese necesario, 
y armado inmediatamente el péndulo, se adoptó 
el cronómetro 71 para las alturas correspon- 
dientes mientras se sistemase en cierto modo su 
movimiento. Ya en la noche anterior se habían 
observado en la playa dos emersiones del se- 


gundo y primer satélite de Júpiter. El 72 acre- ai», is 
dito en aquella ocasión, que no habían sido in- 
fundados nuestros conceptos sobre su marcha 
uniforme: se había deducido y cerrado la cuenta 
de los relojes el día 12 en Valparaíso, y las al- 
turas correspondientes del 13 nos habían indi- 
cado que los tres habían tenido alguna altera- 
ción en las veinte 3- cuatro horas anteriores; pero 
la del 72 mucho más corta que la de los 61 y 13, 
y en todos procedente tal vez del cañonazo de 
leva, que habíamos disparado en la mañana 
i del 12. 

La sucesiva deducción de su marcha en el 
observatorio de Coquimbo, ratificó esos mismos 
conceptos y pudimos determinar los siguientes 
resultados: 

Coi-J'occk'in Louríiik! que 


01 iccilia 

ticinpu. cíe Valparaíso. 

Niím. 72 3" 7S E 15' 17" 

Núm. 61 29" 40 » 5 47 

Núm. 13 iH 22 16 54 


! Las dos emersiones del pri- \ 
mer satélite de Júpiter, ob- I 

servadas en la noche ante- f „ 

rior y en la siguiente del 20 í 
y corregidas de los errores j 
de las Tablas / 

Mientras así procedían con actividad las di- 
diferentes tarcas que debíamos abrazar en el 
puerto, emprendimos la mejor parte de los Ofi- 
ciales una excursión á la ciudad 110 distante de 
Coquimbo ó la Serena. El camino es en mucha 
parte por la playa, agradable al tiempo de la baja 
mar, si bien algo molesto cuando la marca está 
alta. Luego interna para huir del terreno pan- 
tanoso que media entre el mar y el terreno algo 
más elevado en el cual está situada ía ciudad. 
Según los naturales, son tres leguas la.s que com- 
prende; pero pueden andarse con comodidad en 
45 ó 50 minutos. 

La situación de la ciudad no puede ser más 
amena ni más cómoda. La vista de la marina, 
la abundancia de aguas cristalinas, las llanuras 
inmediatas todas capaces de riego, un rio cons- 
tantemente caudaloso aunque sin riesgo de inun- 
daciones, el cual al mismo tiempo fecundiza los 
campos y da varias acequias para molinos y 
. trapiches; las minas 110 distantes y ricas; el puer- 
to excelente; la mar abundante en peces; los ali- 
mentos sabrosos y baratos y el clima agradable- 
mente templado y uniforme en todo el año, for- 
j man uno de aquellos enlaces maravillosos de la 
naturaleza, que parecerán más bien ficciones poé- 
ticas que realidad á los que ciñan sus combina- 
ciones al solo examen de una parte nó la más 
feliz del globo. 

Contribuyen la labor de las minas y la fer- 
tilidad de los campos á que la ciudad parezca 
j desierta. Ambas orillas del rio siguen pobladas 

■ 12 



9 ° 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


Ab. i-3 hasta la cordillera, hasta donde llegan también 
las pesquisas y el beneficio de las minas, aun- 
que disten del mar unas 40 ó 50 leguas. Así la 
población de Coquimbo puede considerarse com- 
puesta de unos 15 ó 20 comerciantes mercade- 
res que habilitan á los mineros; de seis ú ocho 
familias de conquistadores bien acaudaladas; de 
algunos empleados por el Rey y de un número 
crecido de religiosos de San Francisco, Santo 
Domingo, la Merced, San Agustín y San Juan 
de Dios; ocupan los Agustinos la casa de los ex- 
pulsos jesuítas. 

DI Subdelegado D. José Antonio Corveta, nos 
había prevenido una comida igualmente abun- 
dante y sabrosa; pero como el día se mantuviese 
despejado, lo que no es frecuente en aquellos 
parajes, nos pareció preciso el restituirnos casi 
todos inmediatamente al observatorio para me- 
dir algunas distancias de la Luna al Sol. Entre 
dos y tres de la tarde 80 series observadas con 
muy buenas circunstancias, determinaron para 
el observatorio la longitud media al Oriente de 
Chiloé de 2 " 24 ' 50". Igual número y con igua- 
les circunstancias nos indicó al medio día si- 
guiente la de 2 o 15': así. el promedio de 160 se- 
ries manifestaba la longitud occidental de París 
de 73 o 56' mayor tan solamente en 13 á la que 
señalaban las observaciones del primer satélite 
de Júpiter. 

Una situación tan placentera como la que 
acabamos de describir, la tranquil idad del puerto 
y el temple agradable del clima, debieron preci- 
samente acalorar también las operaciones geo- 
désicas del mismo modo que lo habíamos conse- 
guido con las observaciones astronómicas. En los 
dos días indicados, alternando los Guardias Ma- 
rinas en el cuidado de las sondas y repitiéndose 
las bases y las marcaciones del teodolito en 
cuantos puntos fuesen necesarios para el plano 
exacto del Puerto Grande, del de la Herradura 
y para la configuración de la costa hasta donde 
alcanzasen las visuales, pudieron considerarse 
concluidos también aquellos objetos; por manera, 
que inferida en la noche anterior la latitud del 
observatorio por diferentes alturas meridianas de 
estrellas al Norte y al Sur del zenit, á las cua- 
renta y ocho horas de nuestra llegada á Coquim- 
bo ya hubiéramos podido emprender de nuevo la 
continuación del viaje, si la sola Hidrografía hu- 
biese sido el objeto de nuestras tareas. 

Pero el país en el cual nos hallábamos, ade- 
más de contener en sí una cantidad indecible 
de minas de oro, plata y cobre, había sido tam- 
bién en estos últimos años un objeto de nuevas 
especulaciones importantes para la Monarquía, 
con descubrir en las minas no distantes de Pu- 
nitaqui la esperanza de una nueva suministra- 
ción abundante de azogue, la cual, ó alcanzase 
á reemplazar los beneficios bien desmayados de 


Guancavelica, ó tal vez diese en lo venidero las ai, 
crecidas cantidades que la Nación solía recibir 
de los minerales de Alemania. Reuníanse á es- 
tos objetos, por sí de la mayor importancia, 
las observaciones del eclipse de Luna y de dos 
ocultaciones de estrellas que debían proporcio- 
nársenos de allí á pocos días; y en el entretanto 
no serian tampoco inútiles ó las excursiones con- 
tinuas de los botánicos, ó un estucho algo más 
prolijo de las costumbres y riqueza intrínseca de 
aquellos contornos. Quedó pues decidido, que 
la salida de las corbetas para la continuación de 
sus tarcas no tendría lugar sino en el día 30, y 
que mientras por la una parte atendiésemos al 
estudio de los contornos de la ciudad y á las dis- 
posiciones necesarias para las observaciones in- 
dicadas, por la otra D. Luis Nee no abandonaría 
sus excursiones botánicas, y los señores Pineda y 
Keenke, con el Teniente de navio D. Fernando 
Quintano, internarían hacia las minas de Anda- 
eolio y Punitaqui para visitarlas y ensanchar sus 
conocimientos físicos en cualesquiera oíros ra- 
mos que les viniesen á mano. Acompañábales el 
Administrador Superintendente ele Punitaqui Don 
Miguel José Lastarría. El Teniente Coronel Don 
Tomás Shec, Oficial cuyas prendas morales se 
describirán con la individualidad correspondiente 
en las reflexiones siguientes, dirigía más de cer- 
ca el examen nuestro en las inmediaciones de la 
ciudad. La caza, la pesca, el cuidado de las tri- 
pulaciones, con una mezcla ordenada de traba- 
jos y de entretenimientos, finalmente, la instruc- 
ción militar de la tropa con unos ejercicios dia- 
rios de fusil, repetidos después con fuego y 
algunos tiros al blanco, eran otros tantos objetos, 
que reunidos á la suma hermosura del tiempo, 
debían hacer nuestra demora en el puerto con 
extremo agradable y entretenida. 

Cuantos objetos nos habíamos propuesto, 
otros tantos efectivamente se llevaron con la ma- 
yor felicidad á debido efecto. Reconcentráronse 
á bordo los naturalistas y botánicos; se lograron 
| las observaciones de los eclipses con tanta ma- 
: yor complacencia, cuanto mayor había sido 
nuestro temor de malograrlas por el cielo siem- 
pre fosco después de los dos días primeros; y ob- 
servadas el 29 las alturas correspondientes del 
Sol para el último arreglo del movimiento de los 
relojes, quedaron embarcados en aquella misma 
tarde los instrumentos, y todo dispuesto para dal- 
la vela en la siguiente mañana. 

No habían sido en el entretanto ménos es- 
candalosas las deserciones en aquel puerto, de 
las que habíamos experimentado en los puertos 
visitados anteriormente. Y lo que debía causar- 
nos una mayor extrañeza, era el que hubiesen 
incurrido ahora en esc delito, aquellos precisa- 
mente de los cuales debíamos tener mayor con- 
fianza y en un momento en que ni los desórde- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


91 


,\b. 20 lies diarios de la población, ni una demasiada 
fatiga ó un excesivo rigor en las corbetas, podían 
convidarlos siquiera remotamente á abandonar 
su. destino; pero ó fuese aquella una ocasión de 
las que llevan á su albedrío el ánimo de la gente 
nuestra de mar, exactamente como lina ola im- 
pelida del viento en una dirección cualquiera, ó 
bien (lo que no parece imposible) precediesen su- 
gestiones y promesas de los vecinos para aumen- 
tar su número con personas bastantemente ro- 
bustas y trabajadoras /ello es que en la misma no 
che del 28, viéronse faltar á la lista tres soldados, 
un artillero y 11 n marinero de la Descubierta; 
y después se halló también abandonado el bote, 
el cual debía reconducimos á bordo concluidas 
las observaciones astronómicas. En balde desde 
el amanecer del día siguiente D. Fernando Quin- 
tano recorrió á caballo las chozas más distan- 
tes. por si alguno de los fugitivos hubiese que- 
dado en ellas durmiendo, acosado de] vino 6 del 
cansancio. Su regreso á las dos y media de la tar- 
de, sólo sirvió para convencernos, mediante las 
' noticias adquiridas, que la fuga era efectiva: los 
soldados procuraban hacerla más expedita con 
dos muías que habían tomado violentamente: 
cuando los marineros fueron vistos, iban aún á 
pié, pero alcanzarían muy luego el auxilio de los 
caballos para alejarse con más rapidez. 

Desertaron casi al mismo tiempo otros dos 
marineros de la Atrevida. Un accidente apoplé- 
tico arrebató en pocas horas al mejor gaviero de 
la Descubierta. Tantas pérdidas y tan repetidas, 
no podían á menos de debilitar con extremo los 
armamentos, y no sólo hacer arriesgada en lo 
venidero nuestra navegación, si también indicar 
bien próximo el momento en el cual, si acaecie- 
sen nuevas deserciones, ya las corbetas se halla- 
rían imposibilitadas para navegar hasta Lima. 
Esas reflexiones nos persuadieron finalmente 
como el mejor partido, el de cortar toda comuni- 
cación con la tierra. Se aceleró la salida para el 
día siguiente, y la precaución de hacer embarcar 
en cualquier bote un Oficial de guerra con dos 
soldados armados, debió tranquilizarnos sobre la 
conservación de los pocos restos de la mari- 
nería, 

v Finalmente, en la mañana del 30, entablado 
viento bonancible del Oeste Noroeste, ambas 
corbetas pudieron dar la vela, y con todo aparejo 
emprender sobre bordos la salida del puerto. Al 
medio día el Pájaro Niño de fuera demoraba al 
Oeste Sudoeste. Al anochecer ya distábamos 
unas tres leguas de la boca del puerto, y le mar- 
cábamos al Norte 43 o Este de la aguja: varia- 
ción magnética por varios azimut es 13 grados al 
Nordeste. 

En el último examen de la marcha de los re- 
lojes, el número 72 había manifestado la misma 
exactitud que se le había conocido en la travesía 


desde Valparaíso, acreditando así no sólo las au. .-,0 
determinaciones que sobre él se habían hecho 
antes, si también el partido tomado de colocarle 
sobre esferas: el 61, al contrario, continuaba con 
una extraña irregularidad en su movimiento, el 
cual determinado en Valparaíso de 58''' 16 llega- 
ba en este puerto á 1' 3" 45, promedio de todas 
las observaciones bien diferentes una de otra: el 
número r3 vano daba la menor esperanza de que 
llegase á ser ni medianamente exacto: variaba 
considerablemente de un día á otro, aunque en 
la mayor quietud, en el temperamento más uni- 
forme y manejado con el posible cuidado; el 
cronómetro 71 y el reloj 105 de la Atrevida, 
continuaban con una marcha regular; se había 
notado alguna alteración en el número 10, reloj 
j de una exactitud sobresaliente hasta aquella 
i época. 

No dejó de aprovechar D. Felipe Bausá la 
situación de la tarde misma para hacer nuevas 
marcaciones al cerro del Guanaquero y á la Mar- 
punta de Lengua de Vaca, las cuales, ligadas 
actualmente con los puntos bien situados de las 
inmediaciones del puerto, ratificasen nuestras 
determinaciones traídas desde el Sur al tiempo 
de dirigimos á Coquimbo: tuvimos la satisfac- 
ción de verlas confrontar con una exactitud qué 
no podíamos esperar, mucho más cuando se le 
i agregaron las marcaciones de la mañana siguien- 
te, pues teníamos aún á la vista los mismos 
puntos de la tarde anterior. 

Hasta la mañana del 3 de Mayo nuestras ta- 
reas hidrográficas pudieron continuar con el 
método y exactitud acostumbradas. Reconocié- 
ronse bien de cerca los fondeaderos del Guaseo y 
del Totoral; las observaciones repetidas de lon- 
gitud dieron un nuevo grado de exactitud á las 
bases por corredera, lomáronse varias precau- 
ciones para no propasar en la noche los extre- 
mos de los reconocimientos hechos en la tarde 
anterior. Así alcanzamos, finalmente, las inme- 
diaciones del Morro de Copiapó, á cuya vista 
debían separarse de nuevo las dos corbetas, la 
una para atravesar al reconocimiento de las Islas 
de San Félix y describir á su regreso la costa 
del Perú desde la latitud de 15 o 30' hasta Lima; 
la otra para continuar sus tareas al andar de la 
costa hasta aquella latitud, fondeando antes en 
Arica, y reincorporándose después en Lima. Se 
abrazó la Atrevida con el segundo destino, y 
por la misma razón se reforzó su armamento con 
ocho hombres de la Descubierta; hízose nueva 
comparación de Jos relojes marinos para su 
mayor exactitud, y á las tres de la tarde apenas 
se decidían las primeras ventolinas de la brisa, 
cuando ya recogidas las embarcaciones menores, 
navegaron las dos corbetas, cada cual al rumbo 
de su destino. Perdiéronse después de vista ape- 
nas entrada la noche. La Descubierta, al ama- 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


u2 


May. 3 necer del día siguiente ya se hallaba engolfada 
y con vientos más variables de los que solían 
experimentarse sobre la costa. 

Pero á medida que aprovechados aquellos 
<• y 7 vientos la distancia andada aumentaba conside- 
rablemente, los tiempos iban tomando el más 
hermoso semblante, y los vientos, aunque cal- 
mosos, inclinándose más al Sur y Sueste, nos 
daban lugar á progresar en nuestra derrota. Se 
conoció por las observaciones diarias un efecto 
de corrientes al Oesnoroeste; y como ya en la 
tarde del 7 avistásemos un lobo marino y algu- 
nos pelícanos, hallándonos aun en latitudes 
de 26 o 25' arribamos en aquella misma noche, 
£ logrando así en la mañana siguiente observar 
la latitud de 26 a oi / y longitud al Oeste de Co- 
quimbo de 5 0 51'. La variación magnética, por 
una serie no interrumpida de observaciones de 
azimutes y amplitudes hechas con circunstancias 
las más favorables, se había conservado hasta 
esta época de 13 á 12 o Nordeste. 

Como es natural, habíamos aprovechado el 
cuarto menguante de la Luna para observar sus 
distancias al Sol. Las considerábamos como un 
nuevo apoyo de la posición que determinásemos 
á las Islas de San Félix con los relojes marinos, 
de cuya exactitud ya debíamos tener la más fun- 
dada seguridad, particularmente después de 
haber colocado ambos cronómetros sobre esfe- 
ras: así las emprendimos desde la mañana del 5, 
y en los siguientes días 6, 7 y 8, se procuró 
aplicarles toda la exactitud que estuviese á 
■ nuestro alcance, así en cuanto á las observacio- 
nes como á los cálculos. Debe pues imaginarse 
cuál sería con aquellos antecedentes nuestra 
sorpresa en ver sus resultados bien distantes de 
los relojes marinos: confirmábanse una á otra las 
observaciones anteriores con las posteriores. Con- 
currían el conocimiento de tiempos y el almana- 
que náutico en las mismas determinaciones de 
los lugares de la Luna; nuestras deducciones 
para el meridiano de Coquimbo no podían apo- 
yar sobre datos de mayor confianza; finalmente, 
nuestra uniformidad en observar tan crecido nú- 
mero de distancias y la misma correspondencia 
entre las diferencias diarias en longitud deduci- 
das de las distancias y las que indicaban los re- 
lojes, parecían exigir tanta confianza en los unos 
como en los otros. 


Días en 


Longitud medida 

Los relojes 

Diferencia de 

que se 

utnera 

por las dis- 

al 

las distancias 

observó. 

de series. 

tandas tic París. 

mismo tiempo. 

á los relojes . 

5 

49 

• 74 ° 53 ’ 21" 

75 ° 32 3 ° 

E 39' 30" 

6 

143 

76 47 57 

77 26 00 

38 00 

7 

8S 

78 610 

78 47 00 

40 50 

8 

IÓ 

78 48 22 

79 26 00 

38 40 


Así la diferencia andada en longitud desde 
el día 5 hasta el 8 era: 


Por las distancias. . 3" 55' 1" May. 

Por los relojes. ... 3 53 3S 

Diferencia. . . 1' 23’' 

El cielo, por lo regular calimoso ó nublado 
en las horas próximas al amanecer, no di ó lugar 
á observar distancias con astros occidentales á 
la Luna como lo hubiéramos deseado; tal vez nos 
darían alguna luz sobre las causas verdaderas 
de una diferencia tan extraña, que de ningún 
modo podía atribuirse á los sextantes ratificados 
con la mayor prolijidad y siendo casualmente de 
los mejores artífices ingleses Ramsdem, Do- 
llond, Nairne, Stanchff, Wright yTroughton. 

En la tarde del 9 se avistó al Oessudoeste j 
y á larga distancia, la Isla bien alta de San Am- 
brosio, y con el objeto de descubrir las otras de 
San Félix en la mañana siguiente, continuá- 
ronse en la noche rumbos proporcionados con 
fuerza de vela; por manera, que al anochecer 
pudiésemos marcar la primera al Norte 17 o 
Oeste, distancia de tres leguas, y avistar las 
otras más occidentales que parecían merecer el 
nombre más bien de pedruseos que de islas. 

Varios chubasquillos, con una extraordina- 
ria variedad en el viento hasta las dos de Ja tar- 
de, hicieron luego algo más complicados, bien 
que no menos exactos, los reconocimientos que 
intentábamos. Lográronse las observaciones de 
la latitud y longitud. Reconocimos bien de cerca 
las calidades de la masa pedregosa de la cual se 
componía la isla mayor, y á las cuatro, pare- 
ciéndonos ya superfina cualquiera ulterior demo- 
ra en aquellos contornos los más áridos y mal- 
aventurados que puede presentar la Naturaleza, 
pusimos de nuevo la proa hacia el Continente 
con brisa galena del Sursudeste. 

El Archipiélago reconocido se compone de 
una isla grande, tres medianas y un islote, ade- 
más de algunos pedruseos aislados que se hallan 
inmediatos al extremo oriental de la isla grande, 
y otro que está á igual distancia en el extremo 
occidental. Todos presentan un semblante igual- 
mente horrible y escarpado. Las dos capas que 
componen su masa, parecen contener muchas 
partículas férreas; son algo inclinadas al hori- 
zonte, y las negras ó ferruginosas son mucho 
más espesas que las coloradas, ó de una sustan- 
cia córnea. La isla grande de San Ambrosio es 
ciertamente inaccesible por todas partes, pudién- 
dose considerar como cortada á pico, si bien de 
una elevación no menor de igo á 200 tocsas. 

Sólo se advierte en una especie de meseta alta 
una vegetación bien mezquina, compuesta de po- 
cos arbustos de dos á tres pies y de algunos gra- 
menes; ningún rastro de agua, ningún semblante 
de abrigo que pueda convidar al navegante ha- 
cia ella. Las mismas aves y los lobos marinos 
que debían considerarse en crecido número en 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


May. lo este asilo, el más seguro y el más templado para 
la subsistencia, parecen ahuyentados de su sem- 
blante horrible. No debe quedar duda que sean 
igualmente francos para la navegación todos los 
canales que forman entre sí las islas y los is- 
lotes. La latitud del extremo Oeste de la misma 
isla grande, es de 26 o 20' 15", su longitud de 
8 o 28' al Occidente del observatorio de Coquim- 
bo. La variación magnética ha quedado algo du- 
dosa, pues fuese casualidad ó realmente un 
efecto de las muchas partículas ferruginosas de 
las cuales se ha hecho mención, no tuvimos sino 
8 o al Nordeste en aquellas inmediaciones, cuan- 
do en la tarde anterior, á una distancia de 12 
leguas, observábamos 11 o 30', cantidad propor- 
cional á las que habíamos observado en las tra- 
vesías desde la costa. 

Nada ocurrió en la navegación siguiente que 
merezca ser referido. Los cielos fueron comun- 
mente foscos, los vientos galenos del segundo 
cuadrante, y nuestros rumbos por lo común los 
lg que permitiese una bolina descansada. Arribóse 
últimamente al Norte y en la mañana del 16 por 
latitud de 16 o 29' ya teníamos á la vista una par- 
te no mediana de costa, la cual, á distancia de 
unas cinco leguas, demoraba desde el Norte has- 
ta el Este corregido. 

Compórtense allí las costas de unas andanas 
altas de arenales, prolongadas en su misma di- 
rección y terminadas hacia el Oeste con puntas 
uniformes desde las cuales empieza nuevamente 
y en forma de escalón la otra andana; se advier- 
te igualmente en todas partes un semblante casi 
desierto; hay algunas calas, pero son de poco 
abrigo, particularmente en donde bate la mar 
constante y siempre temible del Sudoeste. 

Nuestros reconocimientos desde el paraje in- 
dicado hasta Lima, si bien emprendidos con 
cuanta exactitud pudiésemos alcanzar, debieron 
sin embargo ceder á las veces á la mucha con- 
trariedad que allí ponen las corrientes y las ca- 
limas casi con emulación una de otra. No es fá- 
cil en algunas ocasiones el no dejarse arrastrar 
de las corrientes en las noches largas que hay 
en aquellas latitudes. Las nubes impiden otras 
veces ó las observaciones ó la vista de la costa 
más inmediata. Es preciso, que en la mucha re- 
petición de operaciones se deslice algún error; 
empero, los que hayamos cometido jamás serán 
tales que arrastren el menor riesgo al navegante 
aun más descuidado, particularmente desde la 
Xasca y el Morro Quemado á donde suelen pol- 
lo común recalar los que vienen de las costas de 
Chile ó de las inmediaciones del Cabo de Hor- 
nos. Nos ocuparon aquellos objetos hasta la ma- 
■° nana del 20, en la cual, finalmente avistada la 
Isla de San Lorenzo y montado su extremo sep- 
tentrional á distancia de un tiro de fusil, logra- 
mos internar en la bahía del Callao y sobre el 


Ó i 


mismo bordo dar fondo en paraje oportuno, ha- .\e 
cía las once de la mañana. 

En el entretanto la Atrevida, la cual, como 
se dijo ya, debía seguir sus reconocimientos y 
tareas al andar de la costa, 110 había sido ménos 
feliz que la Descubierta. Distínguese general- 
mente con el nombre de ensenada de Arica y 
puertos intermedios, toda la costa comprendida 
entre Coquimbo y la Nasca, Concurren á ella 
diferentes embarcaciones costaneras con el ob- 
jeto, ó de cargar el guano para la mayor fecundi- 
dad de las tierras, ó de extraerlos diferentes fru- 
tos de la provincia de Arequipa, ó finalmente, de 
proveer la misma y las Intendencias inmediatas 
con los pocos efectos de Europa que pueda ne- 
cesitar el corto número de sus moradores. La 
ensenada ó puerto de Arica, con el mismo inten- 
to de hacer más fácil la internación de los efectos 
europeos á las minas inmediatas, ha logrado ser 
comprendido entre el número de los puertos ha- 
bilitados, lo cual, reunido á 3 o mucho que fué 
frecuentado por los navegantes franceses cuando 
al principio del siglo se extendieron en tanto nú- 
mero sobre las costas del Perú, decidió la pre- 
ferencia á su favor para un reconocimiento más 
exacto de lo que pareciesen exigirle las demás 
ensenadas de Cobija, el General, Nuestra Seño- 
ra, Mejillones, íquique, lio y Quilca, todas 
ménos frecuentadas y generalmente con la sola 
ventaja para llamarse fondeaderos, de que haya 
un paraje abrigado de la mar del Sudoeste, no 
tanto para fondear, cuanto para atracar los botes 
y embarcar ó alijar los efectos. 

En aquella parte bien extendida de costas, 
corren siempre constantes los vientos del Sur al 
Este, caracterizándose luego según el día 6 la 
noche con el nombre de terrales y virazones. No 
son raras las calmas acompañadas por lo común 
de algunas ventolinas casi imperceptibles del 
Norte. La mar del Sudoeste es el único peligro 
del cual debe precaverse el navegante, ó fondea- 
do ó á la vela. Jamás hay un temporal, jamás la 
lluvia y el trueno interrumpen el trabajo 6 el 
descanso del marinero. Todo allí anuncia la na- 
turaleza tranquila, feliz y reposada, y sin em- 
bargo, en cuanto se extienda algo más adelante 
una mirada filosófica se apercibe inmediatamente 
el contraste, ó en la sequedad indecible de los 
desiertos de Atacama y en los contornos de Co- 
piapó y Guantajava, ó en los repetidos extragos 
del volcán harto temible de Arequipa. Rara es la 
vez, por otra parte, en la cual el Sol vivifique 
con su brillo encantador las tierras, las plantas 
ó los pocos moradores de aquellos contornos. 
Tantos inconvenientes y tantas ventajas, compo- 
nen, en fin, aquella compensación universal del 
mal y del bien, sin la cual, soberbio el hombre 
y entregado al albedrío de su propia imagina- 
ción, muy luego declararía la guerra al mismo 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


May. ao ciclo v apenas bastaría su propia ruina para re- 
traerle otra vez del vuelo desmedido al cual se 
había entregado. 

Después de una enumeración como la que 
antecede, de las diferentes circunstancias que 
debía encontrar la Atrevida recorriendo las cos- 
tas indicadas, parecerá más bien extraño, que 
sus tareas fuesen igualmente exactas y expeditas 
en la dilatada extensión que le había tocado en 
suerte. Sustituíanse á la altura meridiana del 
Sol para la deducción de la latitud, otras alturas 
medidas en ocasiones oportunas y calculadas 
por los métodos más exactos. El excelente reloj 
número 10 del Sr. Fcrdinando Berthoud, con un 
movimiento inalterable , suministraba nuevas 
combinaciones no violentas para el mismo in- 
tento, ó para la deducción de las longitudes, ó 
.finalmente, para la sujeción de las bases de cor- 
redera. Los pairos durante la mayor parte de 
la noche y una suma aproximación á la costa du- 
rante el día, compensaban luego la estrechez de 
los horizontes y la tosquedad de las tierras. Así 
pudiéronse recorrer uno á uno los diferentes fon- 
deaderos, de los cuales se ha hecho memoria; y 
finalmente, fondear en Arica en la noche del 14. 

Son una excelente marca para el fondeadero 
de Iquique, el cerro de Tarapacá que está un 
poco más al Sur de la boca del puerto, unos nié- 
ganos de arena que hay dentro de la misma en- 
senada y una punta al Norte formada de piedras 
blancas del guano (1): el Morro de Arica no lo 
es menos para buscar la entrada del puerto ó 
bahía de ese nombre. 

Atento á los objetos que allí debía desempe- 
ñar la Atrevida, y á la epidemia de tercianas 
que según costumbre acosaba en aquella estación 
á la mayor parte de los habitadores de los contor- 
nos, fueron sólo cuatro días los que permaneció 
fondeada. En ese intervalo, sin embargo, fueron 
repetidas las observaciones de latitud y longitud 
por medio del sextante, y nó sin algún riesgo por 
la mucha mar al tiempo de desembarcarse, lo- 
graron el Comandante y algunos Oficiales el 
levantar el plano exacto del puerto, valiéndose 
de las bases de cadena y de las marcaciones del 
teodolito bien multiplicadas, por manera, que 
no cupiese el menor error bien en los puntos 
interiores ó en la costa siguiente por una y otra 
parte hasta donde se le alcanzase á la vista. Al 
mismo tiempo se sondaron á las órdenes del Te- 
niente de navio D. José Robredo todos los pa- 
rajes útiles para fondear: se observaron muchas 
series de distancias lunares, se examinó de nuevo 
con la posible escrupulosidad el movimiento de 


(1) Guano es el estiércol del sinnúmero de ga- 
viotas que habitan sobre aquellas costas y posan en al- 
gunos islotes desiertos. .Su cantidad y utilidad para el 
beneficio de la Agricultura, se detallarán después con 
la mayor el andad- 


los relojes, y se adquirieron, finalmente, todas Muy. 
aquellas noticias sobre Jos países inmediatos, 
que pudiesen dar una idea mediana así de su 
opulencia interior como de sus relaciones políti- 
cas con la matriz. 

Muy poco correspondían los vientos al ansia 
natural de abandonar el fondeadero con la ma- 
yor presteza; filé, pues, preciso valerse de los 
botes para remolque, }’a que las ventolinas del 
terral no alcanzaban en la mañanita del 19 á 
apartar la corbeta á una mediana distancia de la 
costa, ni bastó todo aquel día para que granjea- 
sen una tal distancia cuanta era necesaria para 
perder el puerto de vista. 

Ya desde allí, con un mejor semblante del 
tiempo y vientos algo más frescos y favorables, 
pudieron acelerarse y ser más exactos los reco- 
nocimientos siguientes. La costa menos fosca, 
las bases más arregladas y varios montes inter- 
nos que servían para enlazar oportunamente las 
marcaciones más distantes, veíanse, por otra 
parte, correspondidas con una mayor frecuencia 
en las observaciones, las cuales daban al todo 
un grado de seguridad hidrográfica cual no debía 
fácilmente esperarse en aquellos contornos. Al- 
canzados así los paralelos del Morro de Acarí, 
en donde habían empezado de nuevo los recono- 
cimientos de la Descubierta, omitióse sólo el 
pairear en una parte de la noche, pero se apro- ^ 
vecharon de tal modo los dos días siguientes 
para repetir las mismas operaciones favorecidas 
ahora con una presencia casi constante del Sol, 
que pudo darse á las primeras un nuevo grado 
de perfección, y sin embargo, alcanzar el fon- 
deadero del Callao en la nochc.dcl 28, quedando 
inmediatamente amarrada y desaparejada al -- 
lado de la corbeta compañera. 

Ya en el plan propuesto y aprobado por Su 
Majestad, se envolvía una demora en Lima que 
diese lugar á un nuevo acopio de víveres, á la 
recorrida de las embarcaciones y de sus pertre- 
chos, al examen prolijo de un país de tanta im- 
portancia para la Monarquía, y sobre todo á la 
ordenación de los muchos materiales hidrográfi- 
cos que habíamos acopiado, y que ya nó sin mu- 
cha confusión se iban aglomerando y en cierto 
modo destruyéndose en la imaginación, se agre- 
gaba que en la costa siguiente al Norte reinaría 
á la sazón el vendaval lluvioso enteramente 
opuesto á nuestras tareas, y que, por consi- 
guiente, á ninguna parte pudiéramos dirigirnos 
que no envolviese á lo menos igual sacrificio de 
tiempo para retroceder á las costas desde Gua- 
yaquil á Acapulco, en donde sólo por Diciembre 
empiezan á entablarse las brisas. 

Con estos objetos, desde Chile habíamos su- 
plicado al señor Virey que tuviese á bien Ínter- -im- 
poner su influjo con los religiosos de la Bue- 
na Muerte, para que nos dejasen establecer el 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


95 


jim. real en su casa clcl pueblo de la Magdalena, 
mientras las corbetas permaneciesen desarma- 
das en el Callao. 

Es la Magdalena, un pueblccito de indios, 
como muchos que amenizan el hermoso valle del 
Rjmae, sito al de la ciudad 3' no distante de ella 
sino dos millas marítimas: la amenidad de su 
suelo, la salubridad de sus aires y aguas, la tal 
cual separación de la vida bulliciosa de Lima, le 
hacen concurrido de muchos enfermos y conva- 
lecientes, para los cuales el cielo de la ciudad 
es conocidamente pernicioso y funesto. 

Muchas razones habían, demostrado la nece- 
sidad de que nuestro real se estableciese algo 
distante del Callao y de Lima, de modo que com- 
binásemos la reunión necesaria de todos para 
las muchas tarcas á que debíamos arrostrar, con 
aquella natura! independencia que es sola el pri- 
mer móvil clel descanso y del recreo. El Callao, 
además de ser conocidamente expuesto á unas 
tercianas constantes, nos arrimaba demasiado á 
los armamentos para que ni dejasen de incomo- 
darnos á cada paso con su método poco arre- 
glado de vida, ni á la inversa les incomodásemos 
con nuestra presencia demasiado frecuente, la 
cual no nos diera lugar á disimular Lino ú otro 
desorden. Además, que si la Oficialidad estuviese 
distante de Lima y precisada á unas, tareas casi 
diarias, mal pudiera dedicar las pocas horas que 
¡e quedaban ála vida sociable y no menos instruc- 
tiva con que le brindaba la capital inmediata. 

. No era tampoco oportuno el establecernos 
dentro de la ciudad misma, así porque serían las 
distracciones y la dificultad de reunimos mucho 
más frecuente, como porque la misma curiosidad 
y ociosidad natural arrastrarían continuamente 
hacia el centro de nuestras tareas un número 
crecido de personas, con un grave perjuicio de 
la mayor economía del tiempo que nos propo- 
níamos. En la Magdalena, además de evadir los 
inconvenientes indicados, disfrutaríamos de un 
cielo algo más despejado para nuestras observa- 
ciones, de un clima mucho más sano, ) 7 particu- 
larmente de una cierta libertad campestre inse- 
parable del sosiego. 

Así, desde el momento en el cual la Descu- 
bierta fondeó en el Callao, como pasase el Te- 
niente de navio D. Cayetano Valdés á cumpli- 
mentar al Vire}- y por la tarde lo verificasen 
también los demás Oficiales con los Srcs. Pine- 
da y Heenke, quedó aprobado por su excelencia el 
plan propuesto 3' accediendo los religiosos de la 
Buena Muerte á la total cesión de la casa ya in- 
dicada, pudieron en la mañana siguiente tomar- 
se medidas bien activas para la verificación del 
establecimiento y particularmente del observato- 
rio. Los instrumentos astronómicos y geodési- 
cos, los acopios de Historia Natural, la mayor 
parte de los libros y planos, se transfirieron allí 


sin la menor demora y acompañándole muy lué- J 
go algunos de los Oficiales, al paso que vigila- 
ban sobre el buen orden y acomodo de cada co- 
sa, acechaban cualesquiera momentos favorables 
para las observaciones astronómicas, tan difíci- 
les de conseguirse en el cielo continuamente nu- 
blado de aquellas inmediaciones. 

Los días que á la sazón corrían, eran preci- 
samente los que la ciudad de Lima había desti- 
nado para la entrada pública del nuevo Vi rey del 
Perú, el Teniente General f). Francisco de Gil 
3' Lemus, Este General reunía á su alto carác- 
ter y á unos talentos y cualidades personales 
dignas de mucha admiración, aquel amor hacia 
nosotros que debía dictarle el ser el mismo un 
i individuo de la Real Armada, lo cual, al paso 
i que nos hacia participar de aquellos regocijos 
públicos, excitaba también una natural curiosi- 
; dad, hija de unos aprestos tan magníficos cua- 
¡ les eran los que por todas partes se nos presen- 
taban á la vista. El Sr. D. Antonio de Ulloa, en 
la narración de sus viajes, ha descrito el porme- 
nor de esas funciones con tanta puntualidad y 
elegancia, que fuera reprensible el describirlas 
nuevamente, tanto más, que restituidas ahora á 
su antiguo lustre todas las ceremonias propias 
de aquella ocasión, en nada podía 1.a narración 
tacharse de poco exacta, si no es en el número 
ya mucho ma3 ; or del pueblo y en las aclamacio- 
nes procedidas ahora de un afecto más vivo ha- 
cia el augusto Soberano noblemente represen- 
tado á tamaña distancia del trono. 

Verificada la incorporación de la corbeta 
Atrevida, fueron las primeras atenciones en 
entrambos buques la de examinar el movimiento 
de los relojes con alturas absolutas del Sol, me- 
didas con el sextante. La buena posición de ver- 
ticales en las primeras horas de la tarde, facilita- 
ban mucho la exactitud de aquel método; así para 
los primeros días del mes de Junio, conseguido 
¡ el examen indicado, pudimos proceder sin mayo- 
: res dilaciones al arreglo de las cartas, las cuales 
! debían abrazar las costas reconocidas hasta en- 
| tonces. Tuvimos también sobre pocas claras, la 
| casualidad de poder observar para el anochecer 
del día 5 la emersión del primer satélite de Jú- 
piter, la cual, según los métodos adoptados, de- 
bía ligar las deducciones de los relojes marinos 
con los resultados de las observaciones celestes. 

El primer día de Junio había sido la época 
en la cual empezamos el método de disciplina 
últimamente adoptado. D. José Bustamante, con 
su Oficialidad, se había establecido en una her- 
mosa casa de campo clel Conde de San Carlos, á 
muy poca distancia de la Magdalena. Cada Ofi- 
cial tuvo muy luego un caballo con el cual nues- 
tras visitas al Callao, nuestra concurrencia casi 
diaria a Lima, y á veces nuestros paseos, eran 
tan fáciles y frecuentes como sanos y entreteni- 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


96 


dos. La misma recopilación de los materiales 
acopiados que se hacía de mancomún en ambas 
casas y que trabadas precisamente entre sí las 
diferentes materias exigía la solución continua 
de una ú otra duda, se hizo de este modo muy 
fácil, destacándose en el mismo traje de caza una 
ú otra persona á caballo que las preguntase y re- 
solviese. Empero muchos más objetos debieron 
tenerse presentes para adaptar á aquellas cir- 
cunstancias un método general y oportuno, por 
manera que en las clases subalternas tuviésemos 
á la vista la menor familiaridad entre sí, una 
distracción no enfadosa de los vicios harto co- 
munes en el Callao, una regular asistencia á 
sus deberes, la ninguna deserción, y si fuese po- 
sible la conservación de una salud robusta en 
medio de ios muchos riesgos que la rodeaban. 
Con dichos objetos, en el mismo dia primero pasó 
á acuartelarse en la Magdalena la tropa de ba- 
tallones y brigadas de ambas corbetas, haciendo 
que los destacamentos á bordo fuesen ele cuatro 
hombres á las órdenes del sargento, condesta- 
ble ó primer cabo. Un solo Oficial de guerra, al- 
ternando los de una y otra corbeta y los mismos 
Guardias Marinas, quedó encargado de la guar- 
dia 'de entrambos buques fondeados en una gran- 
de inmediación uno de otro. Pasaron también á 
la Magdalena los pilotines y pintores y el san- 
grador de la Descubierta, para encargarse de 
las disecaciones y aprestos correspondientes á la 
Historia Natural. Se permitió á la Oficialidad de 
mar vivir indistintamente á bordo ó en tierra en 
el Callao, siempre que su conducta no fuese es- 
candalosa: sólo sí que el Contramaestre y dos guar- 
dianes, debían precisamente turnar en dormir 
á bordo con la tercera parte de la tripulación, á 
cuyo cargo estarían la lancha, bote y chinchorro 
varados en paraje oportuno, para menor distrac- 
ción las otras dos embarcaciones menores. En el 
día de trabajo ninguno estaría exento de él si no 
precediese licencia, cuyo término se encargaba á 
los Oficiales de guardia no excediese de tres días, 
castigando por otra parte severamente los que 
interrumpiesen aquella distribución equitativa. 

Pero aunque no hubiésemos conocido de an- 
temano los desórdenes de la marinería en el Ca- 
llao, no hubiéramos podido ocultarnos que se- 
mejantes providencias en poco ó en nada se lle- 
varían á efecto, si no ligasen con agentes mu- 
cho más poderosos que los consejos ó el castigo; 
aquéllos poco eficaces, cuando el halago, los ejem- 
plos, el clima, la ociosidad y una fácil subsis- 
tencia, convidaban al vicio; éstos otros difíciles 
de realizarse cuando la fuga era tan fácil como el 
delito. El interés debió, por consiguiente, pare- 
cer la única arma propia en aquella ocasión, y la 
misma necesidad en que nos hallábamos de dar 
algunas pagas á las marinerías, así para que no 
echasen á menos la gratificación del vino, cuya 


distribución sólo debía verificarse en Manila, 
como porque eran acreedores á premios los po- 
cos que en las costas de Chile no se habían aban- 
donado á la deserción ó al desorden, dictó el me- 
dio más oportuno de reunir los objetos de interés 
á la conservación de una disciplina tan poco mo- 
lesta como lo permitiese el buen servicio del Rey. 

Bajo de estos principios, se estableció que en 
los meses en que permaneciesen las corbetas en 
el Callao, además de la ración, se abonarían á 
cada marinero que asistiese al trabajo, cuatro 
reales diarios á cuenta de sus pagas; por manera 
que, sujetado á las listas, no sólo el ausente no 
triunfase de sus faltas ó vicios, sino que perdiese 
una parte correspondiente de su paga á favor de 
la Real Hacienda; debía también preferirse esta 
especie de castigo pecuniario, á los que deslizán- 
dose en alguna falta digna de castigo, quisiesen 
lavarla con el trabajo en lugar de vegetar ocio- 
samente en el cepo. A la tropa, pilotines y Ofi- 
cialidad de mar, para mayor decoro, se dio la 
paga á principio de cada mes, reservándose, no 
obstante, el detenerla oportunamente á los que 
no siguiesen un método arreglado de vida. Fi- 
nalmente, para los enfermos se adoptó, sí, el 
hospital muy bien asistido de Bellavista, pero en 
una sala separada, bajo la inspección de nues- 
tros cirujanos y al cargo inmediato del sangra- 
dor de la Atrevida. 

Entretanto, . nuestras tareas científicas se 
habían emprendido y llevaban adelante con todo 
aquel vigor que debía exigir nuestro anhelo, de 
que correspondiesen á las intenciones de S. M. en 
pro de la navegacióli nacional. Se examinaron 
de nuevo y arreglaron sobre datos más proba- 
bles las marchas de los relojes marinos, parti- 
cularmente en las épocas comprendidas desde 
Buenos Aires á Chiloé, resultando con esto al- 
terada la posición en longitud del Puerto De- 
seado. Los diarios meteorológicos, los estados de 
variaciones y mareas, el diario astronómico, las 
tablas de las variaciones diarias en el movi- 
| miento de los relojes, todo recibió un nuevo 
orden debido á los diferentes Oficiales á cuyo 
cargo se puso; se repasaron y extractaron las 
observaciones de latitud ó de longitud que sir- 
viesen de base á las operaciones hidrográficas; 
se emprendieron los derroteros por los señores 
Quintano y Vernaci, y D. Dionisio Galiano en 
una bien hilada disertación que hizo preceder á 
las observaciones astronómicas, explicó por ex- 
tenso los instrumentos relativos así á aquella 
ciencia, como á la Física, y los métodos con que 
hasta entonces se habían aplicado á la Hidro- 
grafía los principios más sólidos de la Astro- 
nomía. No estaban tampoco ociosos los natura- 
listas; antes bien, encontrando por todas partes 
nuevos objetos de admiración en los diferentes ra- 
mos de Historia Natural, aprovechaban de aquel 


Jun 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


97 


Jim- clima uniforme para vagar á su albedrío los 
contornos del ameno valle de Rimae. D. Antonio 
Pineda, á cuyo cargo estaban los ramos de la 
Historia Natural, excepto la Botánica, no pudo 
á la verdad apartarse tan luego de la Magdalena; 
pero los vSres. Nee y Heenke, ya desde la mitad 
de Junio emprendieron excursiones dilatadas y 
de la mayor importancia, dirigiéndose el primero 
hacia las Quebradas de Canta, y el segundo por 
Tarma al otro lado de la cordillera hasta Gua- 
naco, cuyo rio, vertiendo ya sus aguas hacia el 
Este, comunica con el Marañón y empieza á ser 
navegable. Se prescribieron á D. Luis Nee solos 
treinta días de ausencia; se amplió hasta cin- 
cuenta días la de D. Tadco Heenke; y les 
acompañaban los Sres. Taf alias y Pulgar, bo- 
tánicos pensionados por S. M. en Lima y dos 
dragones milicianos medianamente prácticos del 
idioma indio. 

Todas las medidas indicadas necesitaban á 
cada momento ó bien la autoridad ó el influjo 
del señor Virey. No nos faltaron uno ni otro, 
en cualquiera ocasión que los solicitásemos; antes 
bien, franqueando S. E. á D. Cayetano Valdés, 
á cuyo cargo había puesto el examen del Archi- 
vo de temporalidades, cuantas noticias pudiesen 
conducir al mayor ensanche de nuestra obra, 
vimos que el plan propuesto podría llevarse á 
debido efecto en cuantos ramos nos permitiese 
extenderle el tiempo de nuestra demora en aque- 
llas inmediaciones. 

Los armamentos de entrambas corbetas, har- 
to desmembrados así en cuanto á tropa como á 
marinería desde que entramos en el mar Pací- 
fico, exigían también una atención tanto más se- 
ria por lo que toca á su reemplazo, cuanto que 
debíamos temer que las escalas siguientes de 
Guayaquil. Panamá y Acapulco, nos arrastrasen 
nuevas deserciones y desórdenes. Para la tropa 
y brigadas suplicamos desde luego al señor Vi- 
rey que nos permitiese completarlas con aquella 
gente voluntaria que del regimiento Fijo de Li- 
ma ó de la Artillería, quisiese pasar á nuestras 
banderas. Exigíamos las cualidades de robustez, 
buena conducta y de que procediesen de los re- 
jui. gimientos veteranos de Soria y Extremadura, 
los cuales, al tiempo de regresar á España, ha- 
bían completado dicho regimiento, y dejábamos 
al arbitrio de D. Cayetano Valdés el decidir, 
después del examen más prolijo, cuáles entre los 
muchos que se brindaron voluntariamente, fue- 
sen ó no oportunos para el intento. En cuanto á 
la marinería, conociendo el genio inconstante 
de esa clase infeliz, y pudiendo combinar con el 
corto número que á la sazón nos había quedado 
asi el desempeño de las faenas diarias como 
una prudente economía al Erario, elejamos pa- 
ra el último mes de nuestra estada en el Ca- 
llao el completarla, ó bien con los muchos que 


en los navios mercantes habían venido de Euro- 
pa en aquel mismo año, ó con los que llegasen en 
la fragata Liebre de la Marina Real, destinada 
según los últimos correos á la mar del Sur y 
particularmente al puerto del Callao. 

La policía del puerto, harto abandonada des- 
de que no 1c frecuentaban los buques de la Ma- 
lina Real, fué otro objeto que debió precisa- 
mente ocuparnos mientras no hubiese otra em- 
barcación que le tomase á su cargo. Se prescri- 
bieron á este fin á los Capitanes de los buques 
mercantes las precisas instrucciones sobre an- 
clas, amarradero y número de gente á bordo, 
particularmente de noche, para su seguridad. 
Debía rondar el Oficial de guardia para el exac- 
to cumplimiento de la instrucción indicada; de- 
bía examinar el estado de los buques que salie- 
sen, para que, poco advertidos, no careciesen de 
aquellas precauciones que son indispensables 
áun en la más extricta economía mercantil; fi- 
nalmente, debían por si cortar con igual dul- 
zura, rectitud y prudencia, todas aquellas quejas 
diarias que ya el Capitán, ya el marinero, en los 
buques mercantes, encuentran en sus ideas harto 
contrarias y opuestas entre sí. Estas precaucio- 
nes no alcanzaron sin embargo á evitar, que en 
la noche del 7 de Junio un buque mercante, in- 
cendiado por descuido del Oficial de mar y pocos 
marineros que le habían abandonado, pusiese en 
evidente riesgo las mismas corbetas y particu- 
larmente la Descubierta, á cuyo orinque del 
ancla del Norte quedó por largo tiempo agarra- 
do con el timón. El Guardia Marina D. Jacobo 
Murphi y los dos primeros contramaestres de 
las corbetas con ambas lanchas, desplegaron en 
aquella ocasión una actividad é inteligencia dig- 
nas de elogio, logrando remolcar y varar en la 
playa del Ancón el buque incendiado, ya que se 
habían frustrado todos sus esfuerzos para apa- 
garle ó aprovechar los palos y alguna otra parte 
de sus pertrechos. 

En los buques mercantes recién llegados de 
Europa, el Intendente general de Marina en la 
Isla de León, nos había dirigido varios efec- 
tos que aún no estaban prontos al tiempo de 
nuestra salida. Entre ellos tuvimos la satisfac- 
ción de ver comprendida una ecuatorial de Do- 
llón, la colección ele libros acopiados en París 
para los objetos de Historia Natural, y dos cajas 
de cristales, casi todos utensilios pertenecientes 
á las experiencias de los aires, siendo entre ellos 
dos máquinas de mucha importancia, los eudio- 
metros de los Sres. Volta y Fontana; pero no 
pudimos menos de extrañar y hallar sumamente 
perniciosa para los objetos que nos proponía- 
mos seguir en el viaje, la falta no sólo de la exce- 
lente colección de instrumentos físicos que aco- 
piada en París por disposición del Excelentísimo 
Señor Conde de Fernán -Niíiíez estaba ya embar- 


13 



9 8 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


cacla en Rúan al tiempo de nuestra salida de Cá- 
diz, si también los pararayos y algunos oíros 
utensilios que debían remitirnos del Arsenal de la 
Carraca en las primeras ocasiones. Nos entre- ' 
gamos entre tanto de todo lo que había llegado, 
y no tardó D. Antonio Pineda en examinar la 
salubridad de los diferentes aires atmosféricos 
que se respiraban en los contornos de Lima. 

Casi al mismo tiempo habían llegado á Lima, 
remitidos por los correspondientes Gobernadores, 
casi todos los desertores de Chiloé, y entre los de 
Chile un marinero quedado en Coquimbo y otro 
y un cabo de escuadra de la Descubierta de- 
sertados en Valparaíso: se les trató con mucha 
menos severidad de la que debían esperar, obli- 
gándolos sólo á que descontasen á bordo con un 
grillete ó cadena el premio de su aprehensión; 
no les quedó tampoco cortado todo medio ele eva- 
dirse de nuevo, y sólo al cabo de escuadra se 
obligó á que sirviese en la Atrevida en clase de 
soldado raso, hasta que manifestase en su con- 
ducta datos tales, que pudiesen borrar el error 
pasado harto escandaloso. En nuestro sistema 
de armamentos, en los cuales por ningún motivo j 
podíamos admitir gentes cuya custodia y con- 
ducta exigiesen la ocupación constante de otros 
muchos, esos rasgos de dulzura eran más bien 
necesarios que oportunos, ni dejaron de influir 
mucho en ligar el amor de la marinería al servi- 
cio, pues que además de que los marineros apre- ¡ 
saclos eran buenos, y generalmente amados de sus j 
compañeros, no les quedó duda que la autoridad i 
en nuestras manos era inseparable de la compa- ' 
sión y que al paso de perseguirles con el mayor 
tesón donde estuviesen, no era esto con ánimo ó 
de emplearlos violentamente y casi por necesidad 
en la misma comisión, ó desplegar sobre ellos un 
rigor militar intempestivo. Al mismo tiempo se 
examinó en Consejo de guerra junto á bordo de 
la Atrevida, el delito cometido en Valparaíso 
por un soldado de marina de su guarnición, que 
había mal herido á un marinero, muerto después 
á bordo más bien por haber ocultado por largo 
tiempo la herida que por su gravedad al princi- 
pio. D. Secundino Salamanca, en una defensa 
bien ordenada, recordó á ios jueces las circuns- 
tancias del delito, la dificultad de resistir á unos 
ultrajes contra su misma clase y servicio en un 
soldado que voluntario se había alistado en el 
servicio de las corbetas cuando podía gozar quie- 
to de una paz duradera; finalmente, la gallardía 
con la cual solo y con armas inferiores se había ! 
defendido de dos marineros; y el Consejo, refle- 
xionando en estas circunstancias, le sentenció á 
seis meses de prisión, contando la que ya había 
sufrido, y á un recargo de cinco años en el servi- 
cio militar, bien que debía tener lugar en la fraga- 
ta Liebre más bien que en nuestros buques, para 
•que ni los armamentos tuviesen á la vista casi 


impune el autor de una muerte, ni quedase entre 
la tropa y marinería un principio de rencor que 
después de largo tiempo pudiera acrecentar y ser 
funesto. 

Añadidas á estas muestras de escarmientos la 
ocupación diaria, el cebo del jornal y la natural 
disciplina militar, haciendo la marinería fre- 
cuentes ejercicios de cañón y los de fusil la tro- 
pa, juntamente con las revistas de armas y ropa, 
guardia de prevención, toques de retreta dia- 
ria, etc., lográbamos ver, nó sin mucha compla- 
cencia, que el buen orden, el amor recíproco de 
las diferentes clases y de los mismos individuos 
entre sí, finalmente, que la robustez misma, iban 
precisamente cimentándose en el paraje donde 
más bien debíamos recelar su última destruc- 
ción. 

En los primeros días de Julio vimos llegar la 
fragata Liebre de la Marina Real, al mando del 
Capitán de navio D. 'lomas Geraklino; siguieron 
luégo con mediana actividad nuestros aprestos 
para las próximas campañas; así, al concluir del 
mismo mes. las corbetas aparejadas de un todo, 
la tonelería y velamen recorridos con la mayor 
escrupulosidad, reemplazados ó compuestos los 
diferentes pertrechos, completadas aguada y ví- 
veres, recibido el número de tropa que nos fal- 
lase aun excluido uno ú otro individuo de los 
antiguos, ó como enfermo ó como inútil, y la es- 
tación oportuna para seguir nuestras tareas ya 
muy próxima, todo nos avisaba que era tiem- 
po de arrostrar de nuevo unas ocupaciones que 
por tanto tiempo debían tenernos á tamaña dis- 
tancia de la patria. Incorporados ya por otra 
parte los Sres Nee y Heenhe, después de unas 
excursiones tan útiles como penosas, y no 
debiendo ser sino de muy pocos días la ausencia 
de D. Antonio Pineda, que intentaba un nuevo 
reconocimiento de la cordillera en aquellas in- 
mediaciones, debimos poner un termino á nuestro 
deseo de que nada faltase ni en la exactitud ni 
en la multiplicidad, ni en el orden ni en el aseo, 
en todo lo que había de componer nuestra remesa 
de las tareas pasadas y más bien inclinarnos á 
aquellos objetos cuyo cumplimiento exigiese in- 
dispensablemente nuestra demora en el Callao. 

Quedó por consiguiente determinado para el 
20 de Agosto el principio de las tareas hidrográ- 
ficas y del restablecimiento de la mayor parte de 
la Oficialidad á bordo. Debía hacerse cargo del 
Real de la Magdalena D. José Bustamante, á 
quien dos meses de calentura casi continua, ha- 
cían necesaria mucha quietud y una regular con- 
valecencia. Sería el otro establecimiento á bordo 
de la Descubierta para acelerar las últimas ta- 
reas y disponernos á la salida, con cuyas pre- 
cauciones, cada uno de los individuos de las 
corbetas lograría indistintamente del necesario 
descanso, comodidad y acogimiento donde sus 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


()■ 


V-. ocupaciones principales le detuviesen, bien sea á 
bordo ó en la Magdalena. Aquí debían perma- 
necer particularmente todos los encargados del 
ramo de la Historia Natural; D. Felipe Bausa, 
el piloto Maquéela y dos pilotines para conti- 
nuar el trabajo de cartas; y los Tenientes de 
navio Gali ano y Concha que intentaban arreglar 
antes do la salida el catálogo de las estrellas 
observadas en Valparaíso. Al cargo de 1 ). Juan 
Vernaci estaría el arreglo de la marcha de los 
relojes marinos, formado el observatorio muy 
oportunamente en una de las torres de la ciu- 
daclela del Callao, y el mismo Bausa, medida 
una base en las inmediaciones de la Magdalena, 
extendería poco á poco los triángulos desde el ob- 
servatorio hasta la catedral de Lima, Pachaea- 
mae, Lurin y el mismo puerto de donde le en- | 
contrariamos nosotros con otra serie de triángu- 
los emprendidos sobre otra base para extender 
hacia las islas de Pachacamac. 

La constante benignidad del tiempo, que hace 
el mérito principal del hermoso clima de aque- 
llas costas y su menor tosquedad, pues ya con 
la caída del invierno se iba poco á poco disipan- 
do, hicieron que las medidas indicadas pudiesen 
llevarse á debido efecto casi con la misma pre- 
cisión con que las habíamos dispuesto, y así 
para los primeros días de Setiembre estaban con- 
cluidas las operaciones hidrográficas, sondado 
prolijamente el puerto, usando de teodolitos 
para la colocación de los bajos, bien encami- 
nado el arreglo ele los relojes, y hecha por el pi- 
loto Maqueda una excursión al Ancón y los Pes- 
cadores, para ligar aquella parte adonde no al- I 
candasen nuestras marcaciones, examinar sus ; 
sondas y hacer una ú otra observación de latitud. ; 
Sólo 1 ). Manuel Novales, quien con el Guardia 
Marina Alí debía en el falucho de las Rentas re- 
conocer los islotes foranos de las Hormigas y de- 
terminar con buenas observaciones su latitud y 
longitud, tuvo la desgracia de no poderlo verifi- 
car completamente acosado de un viento extra- 
ordinariamente fresco del Sur, el cual, engrne- j 
sando mucho el mar, ni le permitió permanecer i 
t ondeado entre aquellos pedruscos, ni dejó de i 
exponerle á mucho riesgo 6 incomodidad para 
alcanzar nuevamente el puerto. Completamos 
al mismo tiempo, con marineros cíe la fragata 
Liebre ó ele otros buques, todos los que falta- 
’ c1, 13 han, y así para el 15 de Setiembre, época en la 
cual cerróse la cuenta de los relojes, pudimos 
considerar ya todo dispuesto para dar la vela. 

Dos cosas habían no obstante contribuido á 
la sazón á enturbiar considerablemente la natu- 
ral complacencia que debía causarnos, no sólo 
la perspectiva, de nuestras tareas del primer 
año, si también la aprobación de S. M. á nues- 
tras operaciones del Rio de la Plata, que acaba- 
ba de manifestarnos en carta de Marzo el señor 


Bailío D. Antonio Váleles, y fueron éstas la se- ^ ■ 
paración del pintor D. José del Pozo del des- 
tino al cual se había contraído, no pudiendo su- 
jetarse ni á aquella natural subordinación que 
sola es el principio y cimiento del buen orden, 
ni á aquel tesón y asiduidad en el trabajo que 
exigían así el ejemplo de los demás, como la 
harmonía de los objetos que teníamos entre 
manos. La segunda, fue el que no faltaron en 
los últimos días de nuestra demora en el Callao 
algunos desórdenes en ambos armamentos, in- 
separables á la verdad del marinero cuando 
abandonando un país lleno en su entender de 
halagos y atractivos para arrostrar las fatigas 
del mar, intenta sepultar en un goce momentáneo 
la idea de los peligros que le esperan. Muchas 
veces la dulzura y muy pocas el rigor, se em- 
picaron para contenerlos: la Oficialidad, ya casi 
toda reconcentrada á bordo, alternó en este útil 
objeto; y finalmente, pudo conseguirse que se 
reuniesen á bordo en el día anterior á la salida 
todos los individuos de la Descubierta, si se 
exceptúa un soldado de Marina y otro de los re- 
cién pasados del regimiento Fijo. No fueron 
mayores las faltas de la Atrevida, según avisó 
\ su Comandante por medio de D. Francisco Ja- 
vier Viana, y así, nada oponiéndose ya en la 
| tarde del 19 para la verificación de la salida, es- *•.» 
penamos con ansia la mañanita siguiente, meti- 
das ya dentro algunas de las embarcaciones me- 
nores y cortada cuanto fuese posible la comuni- 
cación con tierra. 

CAPÍTULO VI 

Navegación desde el Callao al andar de la cosía 
hasta el Puerto de Perico en el Golfo de Panamá . 

Ocurrencias en Guayaquil y en aquel puerto. 

Eran las d'iez de la mañana cuando pudimos 
dar la vela con la brisa ya entablada. Al medio 
día, el estremo Noroeste de la Isla San Lorenzo, 
nos demoraba próximamente al Norte distancia 
de media milla, y el rumbo emprendido del 
Oeste */, Noroeste debía conducirnos directamen- 
te á dar vista á los Islotes de las Hormigas, cuya 
posición intentábamos rectificar, malograda en 
mucha parte por el temporal del Sur la expedi- 
, ciún del Teniente ele Navio D. Manuel Novales, 
de la cual se hizo memoria. Los avistamos efec- 
tivamente á las tres y media de la tarde, cuando 
1 desde la cofa de mesana se alcanzaba todavía 
i la vista de la Isla de San Lorenzo. Fué fácil des- 
pués reconocerlos de cerca, y finalmente, á las 
cinco, sondadas 94 brazas arena y conchuda, y 
i observados algunos horarios, arribar el Noite pa- 
! ra continuar las tarcas emprendidas. Iros dos is- 
¡ 1 otillos indicados y ya bien reconocidos por Don 



100 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


Set. 2. 


Manuel Novales, el cual había fondeado entre 
ellos, serían seguramente un peligro no mediano 
en aquellas navegaciones, así por su poca eleva- 
ción, como por sus restingas salientes en varias 
direcciones; pero por ventura tienen buen fondo 
á una milla de distancia, y además es fácil eva- 
dirlos saliendo de la Isla de San Lorenzo para 
el Oeste: viniendo á Lima siempre se costea 
la tierra firme á corta distancia, ni hay motivo 
alguno que pueda precisar á otro partido. Nues- 
tras observaciones combinadas con la estima, 
determinaron para el islote mayor la latitud de 
ir° 54/ 40" y la longitud de 34' o" al Occidente 
del Callao. 

No hay tal vez en la dilatada extensión de 
las costas de la América sobre el Mar Pacifico, 
una parte más oportuna para las tareas hidro- 
gráficas, de la que se halla comprendida entre 
Lima y Paita, debiéndose considerar este último 
puerto como el verdadero término por una parte 
de los vientos siempre constantes del Sur, por la 
otra del imperio de las dos monzones opuestas 
del Sudoeste y del Nordeste. Son allí los cielos 
algo menos calimosos que sobre las costas de 
Coquimbo y Arica, en donde por la misma razón 
no pueden repetirse con tanta frecuencia las 
observaciones, los vientos son muy frescos y 
largos, las costas menos desiertas y por eso más 
frecuentes los fondeaderos ó abrigos, las sondas 
no se extienden á menos de cinco leguas mar en 
fuera, finalmente, frecuentan á esas orillas feli- 
ces un número tan crecido de aves acuáticas, de 
anfibios, de ballenas y de peces, que el navegan- 
te halla por todas partes nuevos objetos agrada- 
bles para satisfacer á su codicia ó al entreteni- 
miento de su imaginación. Córrense así unas tras 
de otras cerca de doscientas leguas de costa casi 
todas en la dirección Norte- Sur. Se ven en la 
orilla del mar los diferentes pueblos que sirven 
como otros tantos albergues, para los que transi- 
tan por tierra desde Paita á Lima. La cordillera 
de los Andes, sumamente elevada, descúbrese 
pospuesta á poca distancia, siempre calimosa y 
1 orinadas al parecer sus cimas por materias are- 
niscas y cenicientas: siguen después los arenales 
de Pascamayo, Cherrepe y Cechura. Las ciuda- 
des de Trujillo y Paita son las más considerables 
y las que por diferentes razones atraen á sí algún . 
comercio, sea de los productos naturales ó de 
los artefactos. 

Nuestra navegación hasta Paita ó más bien 
hasta el Cabo Blanco, debió con aquellos ante- 1 
cedentes ser igualmente sencilla y agradable. : 
Las bases de dorredera y las observaciones, 
sean de latitud ó de longitud, se daban constan- 
temente la mano unas con otras. La Atrevida 
de hora en hora examinaba las sondas, las cua- 
les desde las. 80 brazas á cinco leguas mar en ¡ 
fuera, solían últimamente alcanzar de 16 á 20 


á una legua de la costa. Paireábamos la mayor 
parte de la noche; solíamos medir una ú otra 
altura de los montes más elevados. La variación 
de la aguja disminuía paulatinamente desde el 
Nordeste y los derroteros antiguos, los nombres 
conocidos en nuestras historias de la conquista, 
y sobre todo, los rastros apreciables de la expe- 
dición de los Sres. D. Jorge Juan y I). Antonio 
Ulloa se seguían tan de cerca, cuanto lo permi- 
tiesen los límites de la exactitud que nos había- 
mos prefijado para la descripción hidrográfica 
de unas costas tan extendidas. 

Para el amanecer del día 27 estuvimos efec- 
tivamente en las inmediaciones de Paita. Largas 
las insignias, atracóse el fondeadero por sondas 
de 14 y 15 brazas. Reconocimos con bastante 
exactitud ese teatro harto célebre ele las haza- 
ñas militares del Almirante Anson; algunos bu- 
ques mercantes fondeados, dos balsas graneles á 
la vela á pesar del mucho viento, muchas canoas 
varadas en aquellas inmediaciones, eran objetos 
que hacían más agradable la vista del puerto, y 
como no tardasen en ceder los últimos soplos del 
terral á la brisa nuevamente fresca del Sur, á 
las nueve nuestra derrota ya nos conducía di- 
rectamente hacia el Cabo Blanco, y para el ano- 
checer habíamos conseguido el montar aquel 
Cabo, orzando después inmediatamente para el 
golfo de Guayaquil. 

Aquí anocheció con viento galeno y sem- 
blante algo calmosos. Navegamos dos ó tres le- 
guas con poca vela, y luego nos atravesamos de 
la vuelta de tierra con ánimo de aprovechar 
cuanto fuese posible la mañanita siguiente, y si 
la virazón se declarase fresca, alcanzar el fon- 
deadero de Punta de Arenas en la Isla de laPu- 
ná. La mar gruesa sorda que oíamos romper en 
las orillas y la vista de la costa, nos avisaban en 
las horas del pairo, que nos aproximábamos con- 
siderablemente á la tierra; pero como el fondo se 
mantuviese aún mayor de 80 brazas y el viento 
galenito de la brisa pareciese no querer cesar de 
un todo, continuamos el pairo hasta las cuatro 
de la mañana, en cuya hora marcamos sobre las 
gavias algo desviados de la dirección de la costa. 

Al amanecer no distaba ésta efectivamente 
sino una legua escasa y parecía según las noti- 
cias, la comprendida entre las ventas de Mero y 
Mane ova: el Cabo Blanco y la costa reconocida 
en la tarde anterior aún estaban á la vista. Lra 
el fondo de 60 y 65 brazas arena lamosa. No tar- 
damos un instante en emprender las bases con 
toda vela; pero el desmayar considerablemente 
el viento hizo que adelantásemos poco hasta el 
medio día, tanto más, que la precisión de reco- 
rrer la costa ya algo baja, no nos permitía se- 
pararnos de ella y hacer rumbos directos al is- 
lote el Amortajado. Observóse la latitud de 
3 0 40' y la longitud de 3 0 41' 25" al Occidente 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


IOI 


Set. jS del Callao. Floja aún la virazón después del 
medio día, quedó la atmósfera tan cargada de va- 
pores, que se nos dilató la vista del Amortajado 
hasta ponerse el Sol. A la sazón veíamos tam- 
bién á distancia de dos leguas la Punta de Mal- 
paso y las rompientes inmediatas, y nos hallá- 
bamos en fondo de 20 brazas lama. La noche 
fué lóbrega, la marcación al Amortajado y la 
sonda no nos dejaban, sin embargo, el menor re- 
celo sobre nuestra derrota; antes bien, navegá- 
bamos algo orzados con el objeto de avalizarnos 
de nuevo con aquel islote y evadir los bajos de 
Poyana que salen muy afuera del rio de Tum- 
bes. Empero contra nuestras expectativas, cuan- 
do ya nos considerábamos próximos á dicho 
islote á las nueve y media de la noche y le ace- 
chábamos por entre la oscuridad, caímos de 
las 20 brazas lama en 15 arena, y la Atrevida 
solidó nueve brazas piedra. No nos quedaba du- 
da que habíamos caído sobre bajos: orzamos 
por consiguiente, y hallamos de nuevo las 20 
brazas lama que en un momento llegaron á 30. 
Por este fondo, ya puestos nuevamente en de- 
rrota, avistamos á las ir por nuestro babor el 
Amortajado, que supusimos distase una y media 
leguas, y considerándonos ya en buena derrota 
nos dirigimos hacia la Puna. 

Era la voz común, que desde el Amortajado 
con el Nordeste cuarta al Este, se subía próxima- 
mente á la Punta de Arenas, aminorando el fon- 
do hasta 10 brazas lama. Este fué, pues, el rum- 
bo que seguimos con toda vela desde las once de 
la noche; pero como encontrásemos á las dos 
solas 10 brazas, inciertos del cantil hacia el 
cual nos habíamos aproximado, dimos fondo á 
un ancla, y precedida la señal correspondiente 
lo verificó á poco rato la Atrevida. Este acaso 
:o en la mañanita siguiente, debió parecemos bien 
favorable, pues nos hallábamos en la posición 
más oportuna de hacer buenas marcaciones á las 
Puntas de la Salina y Arenas en la Puná, al 
Amortajado y á varios puntos de la costa de 
Tumbes, sobre la cual habíamos caído con rum- 
bos demasiado del Este. 

En el entretanto, calmado enteramente el 
viento, ó más bien, declarado el terral, fué 
nuestro primer paso el de enviar el bote con un 
sargento al pueblo de la Puná para que saliesen 
prácticos del rio á encontrarnos en Punta de 
Arenas. Algo elevado después el Sol sobre el 
horizonte, se observaron algunos horarios. Fi- 
nalmente, no queriendo malograr el tiempo que 
la brisa algo tarda nos obligase á pasar fondea- 
dos, destacamos por cada corbeta un bote con un 
pilotín para que á diferentes rumbos empren- 
diesen dos líneas de sonda. A las diez y media 
empezó á declararse la virazón; llamamos luego 
los botes y avisamos á la Atrevida que se man- 
tuviese fondeada hasta el medio día para ob- 


servar la latitud, mientras nosotros alejándonos sa. =? 
algún tanto, proporcionaríamos una regular dis- 
tancia y dirección para medir una liase por altu- 
ras de topes sobre la cual los puntos principales 
á la vista, quedasen al mismo tiempo bien situa- 
dos entre sí y sujetos á una cabal posición astro- 
nómica. 

En efecto, al medio día la Descubierta 
había abierto una regular base sobre la cual se 
hicieron las operaciones indicadas, conviniendo 
una y otra corbeta en el ángulo medido. Nos di- 
rigimos luego con fuerza de vela á la Punta de 
Arenas, en cuyas inmediaciones fondeamos á las 
tres de la tarde en 12 brazas arena, habiendo 
navegado por 15 y 18 brazas igual fondo. La ma- 
rea á la sazón entraba con fuerza de tres millas 
escasas. 

Toda la noche permanecimos en la misma 
posición; y caída, según costumbre, la brisa an- 
tes del amanecer, le sucedió un terral flojo, con 
el cual y con carices bastantemente neblinosos, .?.•> 
salió el Sol, dejándose ver poco después el bote 
que regresaba de la Puná. Sólo á las diez de la 
noche había alcanzado aquel pueblo atracada 
por equivocación la Punta Salinas en lugar de la 
de Arenas, é inmediatamente embarcados los 
prácticos, habían emprendido el regresará bordo. 

El pilotín que iba destinado para las sondas, las 
había ejecutado muy oportunamente. Como á 
las siete de la mañana se nos presentaron algu- 
nas claras que aprovechamos inmediatamente 
para observar distancias lunares, sus resultados 
indicaban una longitud 38' más corta que la in- 
dicada por los relojes. Las distancias observa- 
das en la Atrevida fueron aún más cortas que 
las nuestras. 

Hasta después de las dos de la tarde, ni ami- 
noró la fuerza de la marea contraria, ni entabló 
la brisa regularmente fresca para que pudiése- 
mos aproximarnos al fondeadero. Dimos pues 
la vela, y antes con proa del Este para rebasar 
el bajo de Mala, luego arribando paulatina- 
mente por fondo de siete á ocho brazas lama, 
navegamos la restante tarde para aproximarnos 
á la Puná. El viento escaso en sus inmediacio- 
nes nos obligó á dar un repiquete hacia los bu- 
ques fondeados, pero alargándose después dió 
lugar á que nos propasase la Atrevida, y que 
entrambas favorecidas con extremo de la brisa y 
la marea, alcanzásemos la boca del rio, en cuya 
angostura nos dirigían unánimes la sonda, y 
ambas orillas que veíamos claras, aunque la 
noche fuese bastantemente lóbrega. 

Se aprovechó hasta las once la marea favo- 
rable navegando dentro del rio; dimos luego fon- 
do cerca de la Punta de Piedras en cinco brazas 
lama, para esperar que se declarase de nuevo la 
otra entrante, la cual, aprovechada desde las 
seis de la mañana siguiente con los remolques 



T02 VIAJE AT.RKDl-nOR 


y las ventolinas variables, nos condu jo para el 
medio día á fondear á solas dos leguas de la 
ciudad. Finalmente, en aquella misma tarde á j 
favor de la virazón y cesada la fuerza de la marea 
vaciante, volvimos á emprender la navegación 
para adentro, y auxiliadas de la sonda fondearon 
á las siete de la noche entrambas corbetas en 
frente de la ciudad y distantes como un cable de 
la orilla. La faena de amarrarlas á son de marea 
ocupó después muy poco tiempo, y para evitar 
las vueltas procedentes de la alternativa de las 
mareas, se tomaron los dos cables á estribor, 
abozándolos uno con otro. 

No bien había amanecido, cuando se presentó 
á la vista de todos y particularmente de los que 
no habían frecuentado los países amenos de la 
Zona Tórrida, un espectáculo tan nuevo como 
placentero. Las orillas agradablemente vestidas 
de varios verdes cuyas graduaciones mismas con 
un nuevo contraste aumentaban el primor de la 
escena, muchas aves enteramente nuevas así por 
el canto como por los colores, las balsas, las 
canoas, la mezcla de casas, árboles, agua y em- 
barcaciones casi en un sólo grupo: todo recor- 
daba al espectador admirado, que la naturaleza 
tan varia como extendida, excede en sus primo- 
res maravillosos á las imaginaciones aun más 
vivas y arrebatadas. 

Los Q Aciales astrónomos no tardaron un solo 
instante en dar principio á sus tareas; y á pesar 
de la imposibilidad de valerse de casa alguna 
para la colocación del péndulo y del cuarto de 
círculo: aquél porque la cimbra de los tablones 
que forman el piso alto causaba un movimiento 
extraordinario con el solo andar de las personas, 
el otro porque la inmediación del Sol al zénit 
hacía que los techos fuesen desde muy temprano 
un estorbo irremediable, combinaron la posición 
de uno y otro instrumento en la plazuela inme- 
diata con tanta actividad, que pudo deducirse en 
medio día en el péndulo por medio de alturas 
correspondientes y referirse por las comparacio- 
nes á los relojes de una y otra corbeta. Nues- 
tras deducciones fueron las siguientes: 



Niim. ij. 

Num. ió. 

Niim. 7-. 

Medio día verda- 
dero en Guaya- 
quil 

8. 17,56.40 

2.IO.38.55 

7.36.48.IO 

Id. en el Callao. 

8. 7.15.25 

I-59-57-23 

7.26. 8.I4 

Diferencia de Me- 
ridianos 

10.41. 15 

10.41. 32 

iO.39.56 

Ecuaciones con- 
frontadas con 
el mí ni. ro.. . . 

2.52 

3-09 

*•33 

Resulta la dife- 
rencia corregi- 
da 

10.38.23 

10.38.23 

10.38.23 

En graduaciones y 
del Callao. . . . 

Occidente 

2° 39 ' 36 " 



DEL MUNDO 


Los relojes de la Atrevida daban al mismo oa. 
tiempo los resultados que siguen: 


Nu'ih. io. Niim . yr. Nii'ii. Tiv;. 

Diferencia de Me- 
ridianos 10' 41 A TO 1 " 11. 4.40 JO. 50.20 

Ecuación 4 00 27.40 15.40 

Diferencia corre- 
gida (o 37 10 10.37.00 10.36. 30 

En graduaciones y Occidente 

del Callao 2 0 39' 13” 


Tanta uniformidad, ya no sólo debía tranqui- 
lizarnos sobre la diferencia considerable que 
hallábamos con la longitud deducida por la es- 
tima desde Quito por el Sr. D. Antonio Ulloa 
la cual era mucho más oriental que la nuestra, 
si también nos autorizaba á emprender la cons- 
trucción de la carta de las costas reconocidas, 
sin esperar los resultados de las observaciones 
astronómicas, ó en la Luna ó en los satélites de 
Júpiter, que ya no discreparían sino muy poco 
y de una cantidad, que sólo pudiéramos emplear 
al tiempo (le dar la última mano á la obra. Fue 
al mismo tiempo muy buena precaución de los Ofi- 
ciales astrónomos, la de deducir por la posición 
nuestra y la del Chimborazo en la carta de Don 
Antonio de Ulloa, el rumbo y elevación á que debía 
verse si el tiempo claro fuese en esta parte fa- 
vorable á nuestros deseos: debía demorar al Nor- 
te 59 o 40 ', E. i° 20 ', ángulo apreciable sobre la 
horizontal de Guayaquil, y desde luego según 
los puntos hacia donde decían verle estos habi- 
tadores confrontara su posición en la aguja con 
la que sospechábamos. Los pasados incidentes en 
cuanto á los desórdenes ó extravío de la tropa y 
marinería, el riesgo de malograr otros con tanto 
mayor sentimiento cuanto mayores eran los 
objetos de que se habían libertado los pocos re- 
zagos de los armamentos primitivos; finalmen- 
te, las noticias no favorables del país, en el cual 
nos hallábamos á la sazón, precisaban á imagi- 
nar nuevos resortes, que sin violencia ni sujeción 
consiguiesen el fin deseado. A este intento uná- 
nimes entrambos Comandantes lijamos nuestro 
sistema para la conservación de la disciplina y 
de la salud, en una ocupación constante mas no 
violenta, en una ración diaria algo crecida en dine- 
ro, que les franquease sí algún pequeño desahogo 
mas 1 c sujetase á un pronto castigo y á la lista 
diaria; finalmente, en una frecuente suministra- 
ción del vino por vía de ración, que apagándoles 
algún tanto el deseo innato de la bebida los apar- 
tase insensiblemente del desorden, tan opues- 
to á la salud corno á la disciplina. Una idea 
aunque remota de libertad, en dejarles elegir á 
su albedrío la cíase de comida, debía concurrir 
á hacerles más agradable este refresco; nuestra 
intervención sólo sería necesaria cuando el des- 
orden ó el abandono lo requiriesen, y entre tanto 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


IO3 


el uso constante de los refrescos sazonados se- 
gún sus antojos, ahorraba para nuestros pasos 
venideros una igual cantidad de víveres de re- 
puesto. No por esto se permitió la subdivisión del 
caldero: con igual método cpie en Lima, siempre 
se preparó una sola olla para la marinería y otra 
para la tropa; se repitieron las comidas calientes 
tres veces al día y á las horas más regulares para 
la recta distribución del trabajo; finalmente, su- 
ministrada á cada uno después de la lista de la 
mañanita la ración igual á la de Lima, se les 
permitió que pactasen la cantidad diaria que ha- 
bía de invertirse en los comestibles, y la que so- 
brase se dividiese entre todos por igual porción 
diaria ó semanalmente. En cuanto al trabajo, se 
ciñó por ahora á los dos objetos del aseo y del ser- 
vicio de embarcaciones menores. La segunda par- 
te era bastantemente penosa así por las ocurren- 
cias nuestras diarias de observatorio, Historia 
Natural y comunicación recíproca, como por las 
muchas excursiones que se requerían para el cabal 
reconocimiento del rio y para el reemplazo mis- 
mo de la aguada, que la mucha internación de las 
mareas precisaba buscar á una distancia consi- 
derable. 

Tanta individualidad en nuestras medidas 
para el mejor régimen de la marinería, parecerá 
tal vez tan afectada como importuna si no se 
tienen presentes el natural desaliño de todo ma- 
rinero, las pasiones sumamente vivas de la ma- 
rinería española y los extragos harto destructivos 
á que se ve sujeto en aquellos climas el europeo 
transeúnte. Cuanto más sencillo ó bien deseo- ■ 
nocido fuese nuestro sistema para unas gentes 
naturalmente opuestas á toda monotonía, tanto j 
mayor debía ser nuestro arrimo hacia el; y á la 
verdad no dejaba de alentarnos á la empresa la 
vista agradable de una suma robustez y del sem- 
blante de una satisfacción natural en los rostros 
de entrambos armamentos. En el mismo paraje 
en donde se habían observado las primeras altu- 
ras, se colocó después la tienda de Observatorio 
y se le cercó con un recinto de caña, tomando la 
precaución, que un soldado de marina en las ho- 
ras del día y uno de la plaza en las de la noche, 
vigilase sobre la seguridad del cuarto de círculo 
y el péndulo. D. José Elizalde, cuya casa estaba 
bien inmediata, nos franqueó al mismo tiempo 
los cuartos oportunos para que atendiésemos con 
la mayor comodidad al dibujo, á la pintura y á 
todos los demás ramos de la Historia Natural, 
y u n balcón por medio del cual los pistoletazos 
de comparación indicasen al medio día á ambos 
buques las horas del péndulo. 

Las pequeñas excursiones que los natura- 
listas emprendieron en el primer día, muy lué- 
go les dieron una idea grandiosa de la natu- 
raleza. Todo les prometía un caudal grande de 
nuevas adquisiciones y excitaba su celo ardien- 


te para los progresos, particularmente de la Bo- <> 
tánica. 

Todo el día siguiente se empleó en disponer 
nuestras excursiones principales, las que en 
efecto tuvieron lugar en las mañanas del 4 y 5, 

• según el plan que nos habíamos propuesto; muy 
poco pudo proseguirse la parte astronómica, por- 
que las inmediaciones del novilunio, al paso que 
con una revolución natural en el tiempo tuvie- 
ron los cielos por lo común nublados y áun á ve- 
ces achubascados, imposibilitaban toda especie 
de observaciones por la Luna. No debían pro- 
porcionarse antes del 17 las primeras observa- 
ciones de los satélites de Júpiter. 

Nuestras excursiones científicas, según el 
plan propuesto, debían pues, dirigirse á los ob- 
jetos siguientes: los Tenientes de navio Tova y 
Robredo de la Atrevida, con un piloto de la 
Descubierta se dirigieron en una balandra del 
rio, fletada para el intento, á desembocar por el 
naranjal y costear por Tcnguel y Machala hasta 
la embocadura de Tumbes; quedó al arbitrio de 
dichos Oficiales el internar ó no hasta Tumbes; 
pero se les recomendó estrechamente que pro- 
' curasen observar á la vista de los bajos de Po- 
; vana. El cronómetro 61 y los sextantes, sumi- 
nistrarían en esta navegación los datos princi- 
pales; pues las marcas harían por lo común 
muy difícil é inexacto el método de las bases. 
La lancha de la Descubierta, provista con 15 
días de ración y á las órdenes de D. Juan Yer- 
naci, con otro pilotín, fué destinada á internar 
por el rio hasta las bodegas de Babahoyo. Lle- 
vaba el cuarto de círculo pequeño y el reloj 105, 
con los cuales no sólo pudiese hacer las precisas 
observaciones astronómicas, si también renovar 
la medida geométrica del Chimborazo sobre ba- 
ses exactas para aproximarnos con estos datos 
á las precisas observaciones de la meridiana de 
Quito. Con buenas guías, D. Antonio Pineda y 
D. Luis Nee debían penetrar hasta el mismo 
Chimborazo; y el uno con objetos físicos y el otro 
con los botánicos, aprovechar cuanto fuese po- 
sible el plazo de quince días que se les prefijaba. 

Las dos expediciones dieron la vela en la 
mañanita del 4 con las dos mareas oportunas. 
En la del 5 lo verificó también la lancha de la 
Atrevida á cargo del Alférez de fragata Murphy 
y del piloto Maqucda. Debían reconocer la Isla 
de la Puna por las puntas de Arenas y Salinas, 
hacer las observaciones oportunas con el cronó- 
metro 7 t y los sextantes, y finalmente, determi- 
nar la extensión de los bancos de Mala. Un 
teodolito, una aguja y los escandallos, eran 
utensilios de que no carecían ninguna de las tres 
expediciones. Quedaba á D. Ladeo Iieenke el 
examen físico v botánico de los contornos y una 
excursión á los montes de Laura, depósito de las 
mejores maderas: finalmente, los demás Oficia- 



104 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


les se ocuparían ya en una, ya en otra parte clcl 
rio con los objetos reunidos de la Hidrografía, 
de la pesca, de la caza, de las mareas y del buen 
orden á bordo. 

Ya no nos quedaba otro cuidado que el de la 
aguada, cuyo corto reemplazo confiamos á un 
bote chico de cada corbeta, despachándole dia- 
riamente rio adentro hasta que entrase la ma- 
rca, para llenar á la Isaja mar siguiente; estas 
precauciones, que son las acostumbradas en el 
país, suministran desde luego un agua entera- 
mente dulce y de mucha duración para las em- 
barcaciones, pero arrastran el sacrificio de tres 
mareas, el cual nos pareció excesivo para los 
usos á que debía destinarse; así, se determinó 
que nuestras embarcaciones penetrasen rio aden- 
tro en las ultimas dos horas de la marea entran- 
te, esperasen dos horas de vaciante para empe- 
zar á llenar, y con las últimas dos horas de la 
misma vaciante se restituyesen últimamente á 
bordo. 

í^a obra intentada de agrandar y disponer las 
lanchas para expediciones dilatadas, era dema- 
siado fácil y barata en el país donde nos hallá- 
bamos, para que omitiésemos el emprenderla; 
pero pareció más oportuno el trabajar antes la i 
una que la otra, para que cualesquiera defectos j 
que se advirtiesen en stí construcción ó en su apa- ¡ 
rejo, pudiesen remediarse con mayor facilidad | 
en la segunda. Lograríamos así también el oeu- ! 
par con mucha economía de tiempo la maestran- 
za de ambas corbetas en un solo buque; la can- 
tidad y excelencia de los cedros del Realejo, : 
Amapala y San Blas, nos darían lugar á innovar j 
la de la Atrevida con igual facilidad en cual- i 
quiera de aquellos puertos á donde los objetos 
de Hidrografía é Historia Natural nos detuviesen 
por diez ó quince días. No diferimos un instante 
con este concepto para encargar el preciso aco- 
pio de maderas, disponer la fragua y emplear 
algunos aserradores. Al cargo del Teniente de 
navio D. Cayetano Valdés, las medidas corres- 
pondientes á ese ramo debían precisamente pro- 
ceder con la mayor actividad é inteligencia. 

Tuvimos los días siguientes por lo común 
foscos y á veces achubascados, las mareas se ma- 
nifestaban con una viveza y elevación conside- 
rable; el calor fue á ratos bien sensible cuando el 
ehariduí ó viento periódico del Oesudoeste y 
Sudoeste, cedía á la calma ó á los terrales, y un 
temblor repentino que pudo percibirse también á ! 
bordo á las tres de la tarde del 7, atemorizó 
algún tanto los ánimos de los poco acostumbra- 
dos á esc azote temible de la Naturaleza. E11 la 
mañana del 8 los Srcs, Valdés, Heenke y Arias, 
hecha con el auxilio de las mareas una excursión 
al rio Daule, regresaron no ménos complacidos 
de la amenidad de las orillas que habían recorri- 
do, que de las nuevas adquisiciones, así de aves 


como de plantas, que traían para las colecciones o,- 
de la Historia Natural. Tuvimos también á bor- 
do un lagarto, caimán ó cocodrilo vivo, cuya 
descripción, extendida á algunos objetos ana- 
tómicos, ocupó la atención prolija del señor 
Heenke. 

Hasta el día 21 puede decirse que estuvie- 
ron en una acción continua todos los individuos 
de la expedición. D. Juan Vernaci se había in- 
corporado el 11: el Alférez de fragata Murphy 
regresó al día siguiente: vimos llegar el 15 la 
balandra de los Sres. Tova y Robredo: del 17 
al 19 otro destacamento de un Oficial y un pi- 
loto había penetrado hasta el Morro para exten- 
der desde allí las marcaciones á la Punta de 
Santa Elena y regresar por el canal que forma 
la Puna con las bocas del rio: estaban bien 
cerca los Srcs. Pineda, Nce y Heenke; final- 
mente, logradas por los Oficiales astrónomos la 
vista del Chimborazo y varias otras observacio- 
nes importantes para la longitud, todo nos anun- 
ciaba no distante el plazo en el cual debiésemos 
verificar la salida y alcanzar el Golfo de Pa- 
namá antes que allí cambiase la monzon del 
Nordeste. 

D. Antonio Pineda había penetrado por Gua- 
randa hasta el Chimborazo, y después hasta la 
cima del volcán del Tunguragua. Este monte, 
cuyas faldas con producir abundantes los dones 
de la naturaleza abrigan y mantienen un número 
considerable de familias indias y mestizas, arro- 
ja aún por diferentes bocas ó cráteres un humo 
espeso compuesto en la mayor parte de vapor 
acuoso. Examinóse la boca inmediata á la línea 
de la nieve, hallándose que por unas grietas de 
un palmo de ancho y á veces de seis ú ocho va- 
ras de largo, era por donde el volcán arrojaba 
flores ele antimonio y otras sustancias metálicas 
que se veían pegadas á las piedras inmediatas. 

En el año de 1772 la erupción había sido temi- 
ble y á primera vista se dejaban ver también los 
rastros de otra mayor y más antigua; no quedaba 
tampoco duda que el Chimborazo era un volcán 
extinguido: tanto abundaban en él las piedras 
pómez, las lavas, las piedras alteradas por el 
fuego y las tierras puzolánicas, bien que fuesen 
éstas comunmente calificadas con un color de 
ceniza. 

Los resultados de las observaciones astronó- 
micas y geodésicas no habían sido ménos favo- 
rables á nuestro intento, como ya se ha indicado. 

La elevación del monte se midió con ambos 
cuartos de círculo. Su posición verdadera rela- 
tivamente al observatorio, se dedujo del ángulo 
medido entre la cúspide y un objeto no distante, 
referido éste en la mañana siguiente al Sol, cu- 
yos azimutes se observaron y calcularon. No 
parecerá tal vez molesta una enumeración pro- 
lija de aquellos resultados. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


105 



ELEVACIÓN DLL CHIMBORAZO 


Por los Excmos. Srcs. Juan y 

Tocsas. 

La 

nuestra. 

Dife- 

rencia. 

Ulloa 

Por los Sres. Bougucr y La- 

3-3<8o 

3.161.7 

21.8.3 

condamine 

3-217 

3.161.7 

55-3 


En cuanto á la longitud de Guayaquil dedu- 
cida por el medio indicado en ambos mapas es- 
pañol y francés, que manifestaban el rumbo y 
distancia del Chimborazo relativamente á Quito, 
podía mirarse bajo los aspectos siguientes: 

Según los Excmos. Sres. Juan y Ulloa. 

Longitud occidental 
de I’arís. 

Por las observaciones de los satélites 

do Júpiter hechas en Quito Si. 59.34 

Por la observación del satélite de Ca- 

yambe 82. 12.04 

Promedio de cuatro determinaciones 
por un eclipse de Luna observado en 
Yaruqui y correspondido en París por 

el Sr. Le Monnier S2.06.00 

Promedio de siete determinaciones del 
mismo eclipse correspondido en Pa- 
rís por el Sr. Grand jean de Fouchi. S2.04.3S 

Según Mr. Bougucr , 

Promedio de varias determinaciones 
por un eclipse do Luna y algunas 
inmersiones y emersiones de saté- 
lites de Júpiter observadas en Quito. St.3S.49 

Según nosotros. 

Por la observación del primer satélite 
en Lima corregida de los errores de 
las tablas y con los relojes marinos. S2.oo.45 

Debía, á la verdad, sernos tanto más agra- 
dable el logro de estos resultados, cuanto que 
le habíamos conseguido en poco tiempo y bajo 
un cielo no tan favorable á la Astronomía, que 
no se frustrasen dos observaciones en el primer 
satélite de Júpiter visibles en aquel meridiano; las 
distancias lunares no habían tampoco logrado ¡ 
una mejor suerte, aunque intentásemos obser- 
varlas en la tarde que pareció la más oportuna 
y despejada. Una espesa calima que solía oscu- 
recer toda la atmósfera desde la media noche 
hasta el medio día siguiente, se aparecía también 
algunas veces al anochecer, aunque menos es- 
pesa, y ya 110 se disipaba en toda la noche. 

Era difícil, ó más bien imposible, el conti- 
nuar nuestros triángulos desde Guayaquil á la 
Puná, por las diferentes puntas y ensenadas que 
í orinan así el brazo principal y navegable del 
i'io, como ios muchos esteros, que ó en plea- 
mar ó á todas mareas, circundan una porción de 
islas de que se compone aquel terreno anega- 


dizo. Pero, por ventura, los altos de la Puná y Oct. 2[ 
los de Taura, se descubrían casi desde todas 
partes, de modo que bien colocados éstos con 
operaciones trigonométricas, sería fácil luego 
por medio de marcaciones, determinar cuales- 
quiera puntos intermedios y á ellos referir el 
pormenor de las orillas, ligadas entre sí con en- 
filaciones. En cuanto á las sondas y posición de 
los diferentes bajos, nos parecía lo más opor- 
tuno el hacerlas depender principalmente de 
nuestras dos navegaciones de ida y vuelta, de 
los informes de los prácticos más acreditados y 
expertos, que constantemente le sondan para 
conducir las embarcaciones grandes, que vienen 
á carenar ó salen construidas ó carenadas; final- 
mente, á los exámenes parciales que con nues- 
tro bote se harían, siempre que la ocasión lo exi- 
giese al tiempo de bajar las corbetas á la Puná. 

Con esas reflexiones, D. Felipe Bausa midió ™y.i\ 
una base en una de las calles de Guayaquil, la 
cual, referida después al terreno de la orilla, en 
donde fuera inasequible una medida igualmente 
exacta, se hicieron marcaciones á diferentes 
puntos, y particularmente al alto de Guayaquil 
y un cerrito opuesto. Continuáronse después las 
mismas tarcas en los días siguientes, y como en 
los altos indicados se alcanzase la vista de los 
de la Puná y de varios otros hacia Babahoyo y 
el Morro, pudimos, examinadas también prolija- 
mente la dirección, extensión y posición de los 
edificios principales de la ciudad, considerar pava 
el día 25 concluida aquella parte principal de 
la comisión nuestra. 

Ya para que verificásemos la salida en la tar- 35 y se- 
de del 28, como lo deseábamos, fué preciso ace- 
lerar con exceso la construcción de la lancha, 
dejando para un mayor despacio la perfección 
de la arboladura, aparejo, velamen y varios 
utensilios; se encargó á todos los que compo- 
nían el ramo de Historia Natural que pusiesen 
término á sus indagaciones científicas. Los ob- 
jetos de Astronomía debían ceñirse ya á la sola 
conclusión de la marcha de los relojes; ni los 
cielos, por lo común nublados, hubieran permi- 
tido mayores progresos en aquel ramo. 

A la sazón había fondeado en el río un pa- 
quebot costanero procedente de Panamá , el cual 
en una travesía anterior, alucinado en mucha par- 
te por las corrientes y en mucha por la impericia 
del Piloto, había recalado á las Islas de los Ga- 
lápagos, y navegado entre ellas creyendo al prin- 
cipio estar sobre la costa firme. Varias razo- 
nes habían precisado al Gobernador de Panamá 
á detener el Piloto, y su diario, reemplazándole 
para la seguridad del regreso con otro suma- 
mente práctico de las costas del Choco, en las 
cuales había navegado desde su edad más tierna. 

La adquisición de este práctico pareció, pues, 
un objeto de mucha entidad para la mayor per- 

1-1 



io6 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


:i. ,6 lección de nuestra obra; y así, se le contrajo in- j 
mediatamente á la dotación de la Descubierta: : 
en cuanto al diario é informe del Piloto sobre 
la navegación de la Copacavana, á los Galápa- • 
gos; se dejó el encargo al Gobernador D. José ' 
Aguirre para que nos le remitiese á Madrid ; 
como parte de los documentos relativos á nues- 
tra comisión; según las noticias de algunos pa- 
sajeros, las islas eran muchas, y algunas tan ' 
grandes, que formaban un estrecho de 20 leguas: 
carecían por la mayor parte de agua, según lo 
denotaba su sequedad, y el mismo suelo por la 
mayor parte de pómez (clel cual dieron muestras 
á D. Antonio Pineda) las manifestaba como un ! 
fragmento de varios volcanes, destinados por la | 
Naturaleza á ser probablemente un desierto: 
unánimes avisaban la duración constante de cal- 
mas y chubascos, en la inmediación de aquellas i 
islas, y su distancia de la costa en ióo leguas, | 
siendo su latitud próximamente entre 1 " al Sur i 
y r° al Norte de la Equinoccial. 

Estas noticias, y una voz envejecida entre 1 
ios prácticos, de que los Galápagos se extendían j 
mucho hacia el Este, debieron precisamente ha- í 
cernes cautos sobre el partido más oportuno, ¡ 
para que ni el tiempo dejase de aprovecharse ¡ 
cuanto fuese posible, ni bien comprometiésemos 
por cosas de poca entidad los plazos y destinos 
que nos habíamos propuesto en los puntos im- 
portantes de la costa siguiente al Norte. De 
ningún modo podía determinarse una separación 
de las corbetas cuando nuestras tareas en Pa- 
namá, extendidas tal vez hasta Puertovelo, se- 
rian muchas, penosas y delicadas; cuando sería 
aquel partido probablemente necesario en las 
costas de la Nueva España, cuyos productos y 
situación debían mirarse como muy interesantes : 
para la Monarquía; finalmente, cuando todaan- i 
ticipación en la llegada nuestra á San Blas 
arrastraría precisamente grandes utilidades para 
la próxima campaña sobre la costa Noroeste. 

Finalmente, en la tarde del 27, deducido el 
medio día por las alturas correspondientes, y 
cerrada la cuenta de los relojes, se embarcaron 
los instrumentos astronómicos y geodésicos; se ' 
habían encajonado ya las aves y cuadrúpedos di- . 
secados, y los herbarios de los Sres. Heenke y 
Nee; y votada al agua al anochecer la lancha, 
ya casi concluida, no faltaba cosa alguna para 
dar la vela. 

La marea del 28 no debía declararse á la va- 
ciante hasta el medio día; por consiguiente, sólo 
á las diez de la mañana, cedida un poco su fuer- 
za, suspendimos ambas corbetas la amarra del 
Norte y quedamos á pique de la otra; y última- 
mente, á la una de la tarde, con prácticos del 
rio en uno y otro buque, dimos la vela con las 
solas gavias. 

Como eJ viento, por lo común, sea del Sud- 


oeste, y muy estrecha y áun sembrada de bajos la o«u. 2 ¡ 
canal navegable, es costumbre y casi siempre 
precisa el entregarse á la marea para bajar á la' 
Puná; paireando siempre que se este á media 
canal, y valiéndose de las gavias únicamente 
para arrimarse á una ú otra orilla, según el caso 
lo requiera: á veces es oportuno el navegar á 
popa para que el plazo en que se pueda buscar 
la canal, sea algo más largo; y entonces la in- 
mediación de los árboles, reunida á la mayor ac- 
tividad de la marea, presenta el espectáculo di- 
vertido de una navegación de retroceso: la tran- 
quilidad del agua, la amenidad de los contornos, 
y el vienteeillo, contrario sí, pero templado; la 
seguridad misma de poder con un anclote evadir 
cualquier peligro, hacen aquel tránsito á lo me- 
nos divertido, ya que debe ser muy lento: en al- 
gunas partes disminuye el fondo de tal modo 
en la bajamar que ya no son navegables; y en 
aquel caso es preciso, aun sacrificando una parte 
de la marea favorable, dar fondo para esperar el 
paso con el agua alta al principio de la vaciante. 

El estar la Luna en el cuarto menguante hacía 
que las mareas á la sazón fuesen lentas y poco 
elevadas. 

Las causas indicadas, y principalmente la 
del poco fondo entre la punta Sur de Santay y 
la Punta Gorda, nos obligaron á fondear como á 
las cuatro y media de la tarde, andadas sólo dos 
leguas; 110 obstante, no se malogró el tiempo 
enteramente, pues se dirigieron algunos Oficiales 
á reconocer unos bajos no distantes y marcar en 
una punta de la costa del Oeste. Luego que se 
declaró á las diez y media de la noche la otra 
marea favorable, nos levamos de nuevo, y algo 
favorecidos del viento, á veces con bordos cor- 
tos, á veces con otros más largos, alcanzamos á 
fondear entre la Punta Miel y la Punta León, no 
distantes de las bocas de Taura. 

Ya á las once, declarada con alguna fuerza 
la vaciante, pudimos levar nuevamente el ancla, 
y continuar paulatinamente nuestra derrota, la 
cual nos condujo al Sur de la Punta de Piedras, 
proporcionándose también á D. Felipe Bausá el 
salir con el bote á reconocer la piedra sola, que 
angosta mucho el canal en esta parte, bien que 
le compensa ventajosamente, el mucho fondo 
que hay así á pique de la misma piedra, como 
de los árboles de la costa. El chanduy no nos 
permitió en la tarde el aprovechar toda la va- 
ciante, con la cual, siendo muy endeble, no era 
fácil contrarestar el impulso opuesto del viento: 
dimos fondo al ancla á las dos y media, y per- 
manecimos en la misma disposición hasta la si- 
guiente marea. Debía ésta conducirnos hacia la 
Isla Verde; pero como en la dificultad de con- 
servar la media canal, se hiciesen temibles los 
bajos inmediatos á la Isla Mondragón, á las dos 
de la mañana, y con solas dos horas de vaciante 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


lo; 


volvimos á dar fondo entre la Punta de Alca- 
traces y aquella isla. Luégo que amaneció fué 
un bote de cada corbeta á la orilla inmediata 
para cortar leña, y medida una base en la Punta 
de Alcatraces, se ligaron oportunamente con las 
marcaciones hechas en Guayaquil los diferentes 
puntos importantes á la vista, que ceñían aque- 
lla parte exterior del rio. Al medio día pudimos 
ya dar nuevamente la vela, y antes buscando la 
medianía de la canal, y conservándola después, 
vernos finalmente como á las cuatro y media de 
la tarde, casi franqueados de la Isla Verde. Su- 
cesivamente con el auxilio de la virazón y con 
todo aparejo, pudimos dar un bordo con las mu- 
ras á estribor, del cual revirando últimamente á 
las cinco, alcanzamos al ponerse el Sol el fon- 
deadero de la Puna, en donde dejamos caer el 
ancla algo distante de la población, así por el 
efecto ya sensible de la marea contraria, como 
por la mejor disposición para continuar en la si- 
guiente noche nuestra derrota. Iíízose así efec- 
tivamente. Tuvimos la sonda de cinco á siete 
brazas lama; y como no diésemos fondo hasta 
las cinco de la mañana, precisados de la calma 
y de la marea contraria, pudimos ya hallarnos 
Ksteoeste con los altos do las Salinas en la Isla 
de la Puna, demorando la Punta de Jambeli al 
Sur 5° Este de la aguja (i). 

Desde las nueve de la mañana siguiente em- 
pezaron á declararse ventolinas favorables clel 
Noroeste, con las cuales, ya casi parada la 
marea contraría, dimos la vela con ánimo de 
proporcionarnos mejores bordos al tiempo de 
entablar la virazón, con cuyo fin inclinamos 
también nuestros rumbos hacía la Punta de Sa- 
linas y el Amortajado: no pudimos á la sazón 
desentendemos de las distancias de Sol á Luna 
que por un corto intervalo se nos presentaban 
fáciles y seguras, para agregar aquel dato por 
medio de los relojes marinos, á los demás que 
nos habían suministrado la longitud de Guaya- j 
quil. Treinta seríes observadas á bordo de la ¡ 
Descubierta poco antes del medio día, y cal- : 
culadas con la mayor exactitud por las fórmu- 
las del caballero Borda, dieron una longitud de 
30' 26" más oriental que la de los relojes; por 
consiguiente, muy aproximada á nuestras de- 
ducciones por las observaciones hechas en Gua - 
yaquil. 1 

Entablada poco después la virazón y despe- 
didos los prácticos, continuaron nuestros bordos 
según Jo exigían las circunstancias. No tardó el 
londo en aumentar hasta iG brazas, disminu- 
yendo luego paulatinamente á 10 á medida que 

U) Parecerá demasiado difusa y cansada la des- 
cripción de la salida do las corbetas de la ria de Gua- 
yaquil, si no se atiende á que son importantes aque- 
llas noticias para las ideas sucesivas de la navega- 
ción y defensa de aquellos contornos. 


nos aproximamos á la costa lirme. La lama nos 
avisaba que conservábamos la canal, y las dife- 
rentes marcaciones á los muchos puntos en tor- 
no, entre los cuales ya conseguíamos también la 
vista del Amortajado; nos daba lugar á reunir con 
las actuales, las tareas de los Sres. Tova, Robre- 
do y M'urphy y aun las que las mismas corbe- 
tas habían verificado á la venida: era el tiempo 
agradablemente placentero, y la mar únicamente 
algo picada de la virazón. La noche siguiente 
fué algo más penosa por la necesidad continua 
de maniobrar, con el fin de conservar sobre bordos 
el canal entre la costa de Tumbes y la Puna. 
Preferimos este partido al de dar fondo, como 
por lo común debe verificarse en aquel tránsito, 
porque no teniendo ya los efectos de la marea, 
deseábamos no perder momento á pesar de ser 
el viento algo fio jo y vario. Nuestros bordos 
fueron, por consiguiente, repetidos, y siempre 
con atención A que nos encontrásemos sobre la 
costa de la Puna antes del amanecer para apro- 
vechar con más ventaja los terrales del Noroes- 
te. Conservamos el fondo lama, y alcanzába- 
mos por lo común las 10 brazas en uno y otro 
extremo, no extendiéndose los bordos á más de 
dos leguas, y viéndonos muchas veces precisados 
á virar rápidamente, porque pocos minutos nos 
hacían caer de las 15 á las nueve brazas. 

Al amanecer vimos con mucho agrado que 
nuestros esfuerzos no habían sido infructuosos; 
por fondos de 17 brazas lama, nos hallábamos 
entre el Amortajado y los Islotes de Payana que 
luégo conducen á Tumbes; y la vista del alto 
de las Salinas, nos proporcionaba un nuevo en- 
lace de marcaciones con nuestra posición de 
Guayaquil. Demoraba el Amortajado al Nor- 
te 70 o Oeste de la aguja, distancia tres á cuatro 
leguas; á la sazón calmó enteramente el viento y 
creimos vernos precisados á dejar caer un an- 
clote, pues la marca nos arrastraba considera- 
blemente sobre la punta de los Manglares; pero 
por ventura no bien habían llegado las ocho, 
cuando un viento galeno del Nornoroeste nos 
dio lugar á ceñir al Oeste y apartarnos algo de 
la costa de Payana: las bases corridas en aque- 
lla ocasión debían destruir por medio de la la- 
titud observada algunas dudas sobre la ver- 
dadera latitud del Amortajado originadas de la 
demasiada proximidad del Sol al zenit, al tiem- 
po de nuestras primeras observaciones con las 
corbetas. En efecto, observada al medio día la 
latitud de 3 0 20' 30'', y tomados de antemano 
diferentes horarios, nos cercioramos que la 
latitud del extremo Sur clel Amortajado, era 
de 3 o t.|\ y su longitud de o° 32' 40" al Oeste 
de Guayaquil. 

Franqueada la navegación con el aprove- 
chamiento de la virazón de la tarde, y evadidos 
al día siguiente los efectos de algunas turbona- 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


I OO 


•• das con mantenernos sobre poca vela casi en una 
posición uniforme, ya en la tarde del 3 de No- 
viembre pudieron empezar de nuevo las tareas 
acostumbradas al andar de la costa- Debíamos 
atravesar ahora los límites constantemente llu- 
viosos de las dos estaciones opuestas en aquellos 
mares; debíamos luchar al mismo tiempo con las 
calmas, las corrientes, las lluvias y las turbona- 
das que casi á porfía dominan allí en todo el 
año: la Isla de! (dallo, la Gorgona, la bahía de 
San Buenaventura eran nombres hasta entonces 
temidos con mucha razón en aquellas inmedia- 
ciones, y sin embargo, debíamos reconocerlas y 
sujetarlas á observaciones exactas de latitud y 
longitud; finalmente, las costas á donde se diri- 
gían ahora nuestros pasos, si bien sujetas á la 
Monarquía, no podían á ménos de reunir á nues- 
tra vista en una sola perspectiva, los sufrimien- 
tos de los primeros navegantes españoles, las 
invasiones de los filibusteros y la despoblación 
natural de un país aún no desmontado, y sujeto 
por la misma razón á unas lluvias y tempestades 
tan duraderas. 

Atracada en el entretanto la costa para las 
dos de la tarde, ya que la calima no había per- 
mitido el distinguirla hasta entonces, conocimos 
que nuestra posición, al paso de facilitarnos la 
reunión prolija de las tareas emprendidas, con 
las que se habían efectuado en las excursiones 
al Morro desde Guayaquil, exigía una no media- 
na precaución en los rumbos siguientes, los 
cuales, si nos descuidásemos en no hacerlos con- 
trarestar á la corriente, pudieran muy bien arras- 
trarnos sobre los muchos arrecifes de que están 
llenas aquellas costas: demoraba la punta Santa 
Elena al Norte 18 a Oeste, las costas de Chanduy 
y los altos del Tambo, se extendían hasta el 
Esnordeste, 

Vencida en la noche aquella punta, y pro- 
porcionándose después de algunas horas de pairo 
el marcarla de nuevo en la mañana siguiente, al 
tiempo que un vientecito favorable y galeno nos 
conducía con bastante velocidad hacia el Norte, 
ya la navegación emprendida dejó aproximarnos 
rápidamente hacia la línea Equinoccial. Pasá- 
ronse el pueblo de Colonche, la Isleta Salango, la 
Isla de la Plata y el Cabo San Lorenzo: atraca- 
mos luego el fondeadero de Manta, paraje fre- 
cuentado ó bien por un pequeño comercio de co- 
mestibles y manufacturas, ó bien por las muchas 
arribadas de las embarcaciones, que navegando 
desde las costas del Norte á Guayaquil ó al Perú, 
se ven al mismo tiempo contrariadas del viento 
de la marea y efe la corriente, y como carezcan 
de agua y víveres, les es preciso el reemplazarlas 
en aquel paraje. La observación de un eclipse de 
Luna hecha por Mr. Bougucr en el pueblo de 
Monte-Christ.i, dio allí un nuevo dato importante 
para la comparación de nuestras longitudes. Fi- 


nalmente, en la tarde del 5, por fondo de 40 y 
45 brazas lama, ya marcábamos el Cabo Pasado 
al Este á distancia de tres leguas, y por consi- 
guiente se aproximaba muy mucho nuestro in- 
greso en el hemisferio del Norte. 

Efectivamente, como siguiesen los vientos 
favorables del Sur y Sursudoeste y nosotros en 
la navegación de la noche continuásemos siem- 
pre con las mismas precauciones de no propasar 
los límites de la tarde anterior en los extremos 
de la costa, ya al día siguiente observamos la 
latitud de o° 4c/ al Norte de la Equinoccial. La 
longitud era de solos 15' al Oeste de Guayaquil. 
El cabo San Francisco se veía al Sur 25 o Este 
y la Punta de la Galera al Este; en las proxi- 
midades del rio de las Esmeraldas, la sonda- 
leza en aquella misma tarde no alcanzaba el 
fondo con cien brazas, cuando á las dos y á las 
tres habíamos navegado por 10 y 17 brazas arena, 
prueba evidente, que el placer que desde la Punta 
de la Galera se extiende hasta la Gorgona sale 
á veces con el poco fondo hasta dos leguas mar 
afuera, y conforme con los derroteros hace aque- 
lla navegación bastantemente arriesgada. 

Nunca la navegación nuestra fue más fe- 
liz que en los días siguientes, en los cuales, 
como ya se manifestó, debíamos luchar con 
unos obstáculos tan constantes como difíci- 
les de vencerse. Las lluvias, lo más frecuente- 
mente, eran sólo copiosas durante la noche; y 
los días, al contrario, despejados, nos propor- 
cionaban al mismo tiempo la vista individual de 
las costas y la repetición necesaria de las ob- 
servaciones: verificadas éstas oportunamente y 
combinadas en una masa común las latitudes, 
las longitudes y las marcaciones, descubrían una 
á otra los errores respectivos, por manera que 
fuese fácil en las bases de corredera hacer fren- 
te á las variaciones complicadas y oscuras de las 
corrientes, las cuales ya daban diariamente un 
error á lo ménos de 20' en latitud y otros tantos 
en la longitud estimada. Recorriéronse así y pu- 
dieron describirse con mucha exactitud, las cos- 
tas que desde el cabo San Francisco corren pol- 
las Puntas de Mangles y Salaonda, por las Islas 
del Gallo y la Gorgona y por la ensenada de 
San Buenaventura, hasta la Punta de Chirami- 
ra y el Cabo Corrientes. En las inmediaciones 
del cabo ya las tierras son bien altas, cesando 
los Manglares que vienen sin interrupción desde 
el cabo San Francisco; no se encuentra fondo 
á tres leguas de la costa con cien brazas de son- 
daleza. Finalmente, siguen allí muchos ríos de 
los que inundan el Choco, tributando al mar 
al mismo tiempo, los despojos de lina vej etación 
siempre lozana y las arenas de oro, que con su 
brillo engañoso atraen hasta aquellos bosques 
al hombre codicioso. 

Las inmediaciones del Cabo Corrientes fue- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


i oq 


ron para nosotros el verdadero término del mé- 
todo de tareas seguido hasta entonces con tanta 
felicidad. Ya las lluvias eran igualmente copio- 
sas y constantes; los estallidos de los rayos nos 
indicaban próximo .otro peligro mayor. Las co- 
rrientes sumamente rápidas, no podían corregirse 
por medio de las observaciones, ni era posible 
con aquellos tiempos el conservar siempre á la 
vista una costa á las veces baja, á las veces co- 
ronada de peligros. Navegábamos, ya con mucho, 
ya con poco aparejo, ya al Nordeste ya al Nor- 
oeste según parecían dictarlo las circunstancias 
y carices, ó lo pedían imperiosamente los vien- 
tos varios desde el Sudoeste al Oesnoroeste y en- 
tremezclados con algunas calmas. 

Aprovechábase, finalmente, cualquier clara 
para reconocer los trozos intermedios de la cos- 
ta, la cual seguíamos á distancia de cuatro le- 
guas, pero las inmediaciones del Golfo de Pana- 
má pusieron finalmente un término á los obs- 
táculos indicados, y en la tarde del n, restituida 
la serenidad á los cielos y horizontes, fue fácil 
descubrir las costas que desde el Puerto de Pi- 
fias conducen á la Punta de Garachine, extremo 
occidental del Golfo. En el día siguiente, á me- 
dida que atracábamos aquella punta, se perci- 
bían más eficaces los impulsos de la marea, y 
con este auxilio, más bien que con el del viento, 
la pudimos marcar al anochecer hacia el Este; 
veíanse al mismo tiempo una parte considerable 
de la costa del Darien, varias islas de las Perlas, 
la de la Galera y la de San Telmo. 

La entrada del Golfo de Panamá se hace 
algo cuidadosa por una laja sumergida llamada 
el Bajo de San José, la cual media entre la Punta 
de Garachine y la Isla Galera. Las vaciantes lle- 
van hacia ella con bastante rapidez; las entrantes 
arrastran hacia el Darien también sembrado de 
bajos. Así, cuando el viento calma, parece el 
partido preferente el de fondear; y éste fué efec- 
tivamente el que tomamos á las ocho de la no- 
che, ya que se reunía á la marea contraria un 
viento flojo y directamente opuesto á nuestra de- 
rrota. Pero aquella situación no duró mucho, pues 
á las tres de la mañana ya estábamos nueva- 
mente á la vela para aprovechar las mareas y los 
vientos variables hasta alcanzar el puerto de Pe- 
rico. Quien conozca la flojera inseparable de los 
navegantes de aquellos mares y la clase de sus 
buques, no extrañará que muchas veces la sola 
navegación desde la Punta Garachine á las Islas 
de Perico, les detenga después de repetidos ries- 
gos, por un plazo de diez ó doce días. Nosotros, 
sin dar nuevamente fondo y contrarestados di- 
rectamente del viento, el cual á veces calmaba, 
á veces desfogaba con algunas turbonad illas va- 
riables, no tardamos sino dos días; á las dos 
de la mañana del iG se dejó caer un ancla á 
poca distancia del fondeadero, y apenas hubo 


amanecido, cuando entrambas corbetas mejora- Nuv 
ron sil posición y quedaron amarradas. Los es- 
; eolios y el poco fondo que rodean las orillas de 
Panamá, y su desabrigo con los vientos del Su- 
doeste, han dado la preferencia para el fondea- 
dero á la parte Nordeste de las dos islctas de 
i Perico y Flamencos, faltas á la verdad de agua 
y leña, pero bien cultivadas, favorecidas con un 
buen fondo de arena, y sobre todo, no distantes 
de la ciudad sino una legua escasa. 

lira el paraje donde nos hallábamos, el más 
importante tal vez de cuantos habíamos visitado 
hasta -entonces, bien le refiriésemos á los ob- 
jetos científicos de la Hidrografía y de la Histo- 
ria Natural, ó á los objetos políticos de las con- 
quistas nacionales y de la prosperidad actual de 
la Monarquía; combinábanse allí, á muy poca 
distancia unas de otras y en una tan grande in- 
mediación déla Equinoccial, unas playas fértiles 
y amenas, un país áspero y montuoso, varios bos- 
ques apenas trillados, y una variedad inmensa de 
maderas, gomas, aves, cuadrúpedos y conchas, 
dignas cada una por sí de la mayor atención del 
naturalista. Era precisa la determinación más 
escrupulosa de la longitud, en cuanto á la po- 
sición nuestra tan inmediata á los puertos de 
Chagres y Portovelo; podría arrastrar errores 
incompatibles en los arrumbamientos del Istmo 
por ambos mares, si las observaciones astronó- 
micas no fuesen conformes con las que debían 
repetir en las orillas del Atlántico los Oficiales 
destinados á las cartas de la América Occiden- 
tal. Por otra parte, un golfo 'importante y las 
Islas renombradas de las Perlas, nos recordaban 
al mismo tiempo, ó el tránsito de tantos millones 
de numerario ó el antiguo comercio de los ga- 
leones, ó finalmente, los extragos y proezas de 
los corsarios filibusteros. Era aquel el primer 
paso que había conducido nuestros antiguos con- 
quistadores al mar del Sur, y debíamos mirarle 
todavía como el centro de las expediciones ma- 
logradas de los Almirantes ingleses Vernon y 
Anson; su fortificación y sus fuerzas, suficientes 
apenas aunque con extremo costosas, para hacer 
frente á los indios inmediatos del Darien; sus 
calles desiertas, sus casas arruinadas y el puerto 
abandonado; todo hacía un contraste singular 
en nuestra imaginación, de las vicisitudes del 
; tiempo, de los progresos actuales de la navega - 
; ción y de la diferente robustez de la Monarquía 
en este y en los siglos anteriores. 

Desde luego el Brigadier de la Real Arma- 
da D. josé Domas y Valle, á la sazón Gober- 
nador y Capitán General de la provincia, acce- 
dió gustoso á coadyuvar á nuestras medidas para 
, que aquellas atenciones no dejasen de realizarse 
; hasta donde lo permitiese el plazo prefijado ele 
I nuestra demora; era entonces tanto más necesa- 
ria una cierta precipitación en nuestros pasos. 



iio 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


cuanto que en los días inmediatos debían propor- 
cionársenos algunas observaciones las más im- 
portantes para el objeto prefijado de la longitud; 
en efecto, en la misma tarde del 16 quedó esta- 
blecido el observatorio en las inmediaciones de 
un bastión, desde el cual era fácil comunicar 
á las corbetas, por medio de fusilazos, las horas 
del péndulo referidas á los relojes marinos, y el 
día 18, malogradas algunas observaciones por la 
interposición de las nubes, pudo á lo menos de- 
ducirse la longitud por los relojes y compararla 
á algunos otros resultados. 

Iva longitud deducida filé la siguiente: 



Num. 61. 

Xum. 72. 

Núm. 70. 


Adelanta. 

A/rase. 

A! raso. 

Tiempo medio de 
Panamá 

3 ° 1 5 ' 6"n'"¡ 

3.4S.2S. 4 

3 - 49 - 30.14 

Id. de Guayaquil. 

3. 1fi.2S.15.; 

3.46.50.55 

3.4S. 9.36 

Diferencia do me- 
ridianos 

1.22.4 

1 - 37 - 9 

1.20.38 

Ecuación por las 
co mparacio - 
nos. AC . . . . 

4.42 

20. 6 

4.12 

D i fe reacia c. 0 - 




rregida 

r. 17.23 

1. 17. 3 

1.16.26 


Cuyo promedio daba la longitud Orien- 
tal de Guayaquil en grados o° 19' 14" 


Que referidos á aquel Meridiano según 

nuestras series 73.24.15 

Daban finalmente á Panamá la longitud 

occidental de Cádiz de 73.05.01 

Era la deducción por la observación de 
Mr. Bouguer en Manta traída con 
nuestros relojes 73.06.06 


Y 243 series de distancias de la Luna 
al Sol observadas en los días 13. 14 
y 15 y traídas con los relojes mari- 
nos, daban 73.21. c 

Del ig al 23 se dispusieron y emprendieron 
todas las excursiones científicas de cuyo regreso 
dependería únicamente el plazo de nuestra de- 
mora en el puerto. Al cargo de D. Secundino 
Salamanca iba la lancha de la Atrevida con un 
Pilotín, y sus operaciones debían limitarse á de- 
terminar con buenas sondas el fondo de tres bra- 
zas al andar de la costa desde Panamá la Vieja 
hasta las Islas de Majagual’ y el Pelarlo: debía 
particularmente determinar la verdadera exten- 
sión del bajo de la Punta Manglares, hacer en 
los puntos más altos marcaciones con cí teodo- 
lito, que reuniesen el pormenor de toda aquella 
costa con las tareas que se emprenderían en el 
puerto, y se le'encargaba que observase algunas 
latitudes, ligándolas, si fuese posible, con el ex- 
tremo de una tí otra base. 

D. Juan Vcrnaci con un Pilotín de la Des- 
cubierta, el cuarto de círculo de Ramsden, el 
reloj 105 de Arnold y un teodolito, tuvo orden 


de dirigirse á Cruces, y de allí por el rio hasta x 
Chagres, con el objeto de referir la longitud á. 
la orilla del otro mar. 

La lancha de la Descubierta, con otro Pilo- 
tín, un práctico natural, el cronómetro 71, dos 
sextantes y un teodolito, se puso en el cargo del 
Teniente de navio Novales, para que recorriese 
y trazase cuidadosamente todas las islas, que 
bajo el nombre de las Perlas y del Rey, compo- 
nen aquel Archipiélago. Debía examinar el bajo 
de San José, medio entre la Punta Garachinc y 
la Isla de .San Telmo: y debía procurar que to- 
do este trabajo ligase con los otros por medio 
de marcaciones hechas en algunos altos con teo- 
dolito y aguja. 

Quedaba luégo al cargo de D. Felipe Bausa 
y del Piloto D. Juan Maquéela, el poner orden á 
los materiales hidrográficos acopiados. Los botá- 
nicos y D. Antonio Pineda debían correr á su 
albedrío, ó el país llano ó el montuoso, á do les 
llamase su actividad indecible; ocupábanse al 
'mismo tiempo algunos individuos en las diseca- 
ciones, y un joven bastantemente experto de la 
corbeta Descubierta había tomado á su cargo 
el representar con el dibujo los objetos más pro- 
pios, ó bien fuesen de perspectiva ó relativos á 
la Historia Natural. La sondas, el corte periódi- 
co de la leña y el cuidado diario de los buques y 
sus pertrechos, donde era tan temible, el efecto 
de la bruma, como el de las lluvias 3’ del Sol 
con exceso ardiente, fueron últimamente otros 
tantos objetos más bien de entretenimiento que 
de fatiga para la demás gente de entrambas tri- 
pulaciones; se añadían á la ración algunos re- 
frescos y vino, se les permitía un esparcimiento 
útil en las playas inmediatas, en donde frecuen- 
temente les convidábamos con el ejemplo á ba- 
ñarse; rara vez iban al pueblo, y correspondien- 
do felizmente los efectos á las medidas indica- 
das, lográbamos combinar con el trabajo continuo 
una robustez y alegría que no pueden ser comu- 
nes en aquellas regiones. 

Fueron allí más frecuentes y nocivas que en 
otra parte alguna las inmediaciones y la sombra 
del árbol del manzanillo. Los botánicos, movidos 
seguramente de un cierto pundonor, y nuestras 
gentes destinadas al corte de la leña por un 
efecto á las veces de su antojo, á las veces de su 
ignorancia, en cuantas ocasiones se arrimaron á 
ese árbol extraño, en otras tantas sufrieron con- 
siderablemente. La hinchazón en diferentes par- 
tes del cuerpo, una grande propensión al vómito 
y un dolor general en todo el cuerpo, eran efectos 
repentinos de su sombra, los cuales no se disi- 
paban sino después de muchas horas. Es aún 
más extraño el que siendo tan temible la som- 
bra, ó lo que es lo mismo, la emanación en las 
hojas causada por la acción del Sol, el tronco al 
mismo tiempo no sea en modo alguno nocivo, y 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


III 


ó conviértase en leña para quemar, ó se aplique 
á diferentes usos de la vida sociable, nunca cau- 
se al tiempo de emplearle el menor daño 6 mo- 
lestia. 

La actual mudanza de la estación lluviosa 
del Sudoeste con la otra seca y despejada del 
Nordeste, la cual, como ya se ha insinuado, de- 
bía proporcionarnos la continuación fácil de las 
tareas hidrográficas al andar de las costas de 
la Nueva España, no pudo menos de acarrearnos 
en aquellos días muchas lluvias mezcladas á ve- 
ces con ráfagas violentas y con algunos rayos. 
Seguíase luego naturalmente el correr los vien- 
tos calmosos con rapidez por toda la aguja. En- 
tablado, finalmente, el Norte y el Noroeste, vol- 
vía el tiempo á su antiguo semblante hermoso, y 
á medida que se aproximaban los primeros días 
de Diciembre, iban esos vientos arraigando más 
su imperio. Estas alternativas del tiempo debie- 
ron precisamente causar alguna lentitud en las 
excursiones emprendidas; hicieron malograr va- 
rias observaciones astronómicas, y ocasionaron el 
naufragio de una lancha de la Atrevida carga- 
da de leña, la cual, rota la amarra por una re- 
saca extraordinaria, se desfondó sobre las pie- 
dras é hizo infructuosos los esfuerzos de la gente, 
que procuraba libertarla. En una playa desierta, 
mojada, sin ropa para mudarse y sin comida, 
debió por naturaleza sufrir mucho en la noche 
siguiente. Los auxilios que le condujo al otro 
día D. Antonio Tova fueron por la misma razón 
recibidos con el gozo correspondiente; se com- 
prendía también entre los náufragos una partida 
de cazadores dirigida por el Cirujano de la Atre- 
vida, la cual debió malograr en aquella ocasión 
varias adquisiciones preciosas para nuestras co- 
lecciones naturales. Todos, finalmente, volvie- 
ron á bordo, y poco después el Teniente de na- 
vio Robredo, con maniobras bien entendidas, 
condujo también la lancha para vararla en las 
playas inmediatas y atender á su composición. 

El día 4 de Diciembre, ya se hallaron recon- 
centrados á bordo, además de la lancha del Te- 
niente de fragata Salamanca, la cual lo había 
verificado mucho antes, también todos los natura- 
listas y Ti). Juan Vcrnaci. El primero, además de 
los reconocimientos que se le habían encargado, 
había hecho marcaciones bien importantes en los 
altos de las Islas Chapera y Pacheca, precisado 
á ir á ellas por falta de agua. El último había 
con la mayor felicidad repetido las observacio- 
nes en Chagres y conseguido al mismo tiempo 
el observar dos inmersiones del primer satélite 
de Júpiter y un nuevo examen en Cruces para la 
marcha más segura del reloj 105. Tampoco fue- 
ron menos felices los Oficiales astrónomos en el 
conseguimiento de unos datos exactos para la 
deducción de la longitud y á pesar que se hubie- 
ren malogrado diferentes observaciones, pudie- 


ron, sin embargo, agregarse á los que ya se han n; 
expresado los resultados siguientes: 

Longitud occidental 
'de Pa.is. 

Por la ocultación de la 88 del catálogo 
de Mayen por la Luna, calculada pol- 
las tablas de Mr. Masón 81.44.3 2 

Por la 243 del mismo catálogo (no ob- 
servada con igual confianza) 81.57.15 

Por las diferencias ascencionales de la 
Luna deducidas por las comparacio- 
nes á Régulos, y al corazón de la Hi- 


dra con el cuarto de círculo Si. 43. 2 2 

Una inmersión del primer satélite de Jú- 
piter corregida de ios errores de las 

tablas 81.51.00 

Ocultación de nf) Virgo Si. 46. 21 


Estos resultados, cuando alcanzásemos á co- 
rregirlos é igualarlos por medio de los errores de 
las tablas averiguados en algún observatorio de 
Europa, debían ya tranquilizarnos sobre el obje- 
to primero de evitar una contradicción ó discre- 
pancia con las determinaciones hechas en la 
orilla del mar Atlántico: pues la diferencia de 
2g r 11" al Este, que indicaba el reloj 105 para 
el observatorio de Panamá relativamente al de 
Chagres, bastaba para la exacta comparación de 
unos y otros elementos. Finalmente, en la tarde 
del '7 vimos también reincorporarse la lancha 
de la Descubierta á las órdenes del Teniente 
de navio Novales. Como lo habíamos sospecha- 
do, desde el día 2 estaba detenido en la Pacheca 
acosándole los vientos contrarios, los cuales, una 
vez le habían rendido el palo mayor y otra hé- 
chole peligrar en el mismo fondeadero. Eran 
frutos de esta excursión, el prolijo reconocimien- 
to de todo el Archipiélago de las Perlas y del bajo 
de San José, una multiplicidad grande de marca- 
ciones á los puntos más distantes de ambas cos- 
tas, y una serie de observaciones de latitud y 
longitud que no podían ya dejar la menor duda 
sobre la posición verdadera de cada punto. 

Así, concluidos los diferentes objetos que 
hacían ó útil ó necesaria nuestra estada en el 
puerto de Perico y auxiliados al mismo tiempo 
los almacenes de la plaza enteramente exhaustos 
con aquellos pocos efectos que pudiesen sumi- 
nistrar nuestros repuestos, ya no debió diferirse 
por más tiempo la salida de las corbetas. 

El 12 la transferimos al fondeadero de la 
Isla de Taboga, donde debíamos reemplazar la 
aguada, lo cual verificado en los dos días si- 
guientes muy á nuestro placer por la amenidad 
del sitio, la abundancia, la comodidad y la pu- 
reza de las aguas; y sobre todo por la facilidad 
de repetir allí también varias tareas importan- 
tes relativas á los objetos esenciales de nuestra 
comisión; finalmente, en la mañanita del 15 di- 
mos la vela para la continuación de los recono- 
cimientos emprendidos. 



Biblioteca Nacional de España 



LIBRO SEGUNDO 


Navegaciones desde Panamá á las costas de Guatemala y Nueva 
Fspaña. — Sucesivas indagaciones sobre la costa Noroeste de 
la América , en busca de la comunicación de los dos mares. 
Atlántico y Pacífico , indicada por el navegante español Lorenzo 
Ferrer Mal-donado . — Péscalas en Nutka y en Monterrey . — 
Regreso de las corbetas á Acapulco y acaecimientos en aquel 
Puerto, hasta el momento de dar la- vela hacia las Islas 

Marianas y Filipinas. 


CAPITULO PRIMERO 

Navegaciones y reconocimientos de las corbetas al an- 
dar de las costas de Tierra Firme y Costa- Rica. — Se- 
paración de entrambos baques. Tarcas de la Des- 
cubierta sobre las costas de Guatemala y Nueva \ 
España . — Viaje directo de la Atrevida á los pucr- ) 
ios de Acapulco y San Blas. — Ultima reunión de las 
corbetas en Acapulco. 

Los vientos del Norte y Nordeste que cada 
día iban estableciendo más su imperio sobre 
aquellos mares, parecían brindarse casi á porfía 
con la serenidad y hermosura del tiempo que 
íes acompañaba, para coadyuvar á la feliz con- 
tinuación de las navegaciones y escalas que nos 
habíamos propuesto: ya el plazo en el cual pu- 
diésemos permanecer entre los climas apacibles 
de los trópicos se iba á cada paso estrechando; 
debían muy luego reemplazar la tranquilidad, 
el descuido y la lentitud de las navegaciones ac- 
tuales, con el afán, los fríos y las contrarieda- 
des que naturalmente encontraríamos sobre las 
costas del Noroeste de la América. Llamaban 
por otra parte á nuestras ansias y nuestra aten- 
ción, la importancia de las costas de Guatemala 
V de la Nueva España: la riqueza de sus puer- 
tos, la fácil comunicación de unos con otros, y 
finalmente, en Acapulco, enSan Blas y en los es- 
tablecimientos recientes de la California, debían 
desplegarse á nuestra vista con un cierto atro- 
pellam iento agradable la reunión de los intere- I 


ses del Asia con los de la América, el origen de 
las últimas desavenencias con la Inglaterra, 
nuestros confines con el imperio de la Rusia y 
un equilibrio de nuestros gastos y nuestras ven- 
tajas en aquella parte del mundo. 

Tantos objetos, si excitaban por una parte 
un nuevo vigor y reunión en nuestros pasos, de- 
bían por la otra inquietarnos diariamente sobre 
la perseverancia de los vientos favorables. Los 
aprovechábamos con ansia, y efectivamente, en 
los primeros días de la navegación emprendida, 
correspondíanse de tal modo la diligencia, la 
exactitud y la felicidad de los tiempos, que toda 
la costa comprendida entre Panamá y las Islas 
de Coiba, se hallaba ya reconocida y trazada pa- 
ra el medio día del 1 7. El fondeadero de aque- 
llas islas, célebre ya por las incursiones de los 
filibusteros, adquirió después un mayor renom- 
bre por haber sido escala del Almirante Anson, 
en la cual reparó las enfermedades y averías de 
su escuadra y se dispuso á emprender el crucero 
delante del puerto de Acapulco. Son aquellas 
costas casi enteramente despobladas de la espe- 
cie humana, y las habitan por la misma razón 
un número infinito de aves, peces 3' anfibios; por 
manera, que á las veces esas mismas propieda- 
des, reunidas á la seguridad del puerto, puedan 
hacerle más interesante para el descanso y recu- 
peración de una escuadra, de lo que puedan ser- 
lo las inmediaciones de nuestras Colonias, las 
más veces llenas de vicios y de desórdenes más 
bien que de todo lo que contribuye al bienestar 
del navegante. 

15 


Dic. 15 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


IT 4 


Sobre las islas indicadas, era la latitud ob- 
servada de 7 0 io r . La variación se conservaba 
de 7 0 á S° al Nordeste y apenas habíamos per- 
dido la sonda, la cual desde las inmediaciones 
de Panamá hasta el Morro de Puercos, solía con- 
servarse á distancia de una á dos leguas de la 
costa desde 18 á 40 brazas, arena negra y lama. 

Muy distantes estábamos á la sazón de ima- 
ginar que eran aquellas inmediaciones el térmi- 
no de nuestra felicidad y del método seguido 
hasta entonces para las tareas hidrográficas. Ni 
las pocas personas que teníamos á bordo y ha- 
bían navegado una ú otra vez en aquellos mares; 
ni los pasos antiguos de los filibusteros; ni final- 
mente, los derroteros oscuros de la mar del Sur, 
hubieran podido hacérnoslo sospechar siquiera; 
empero por las inmediaciones de la Isla Mon- 
tuosa, alcanzándose aún á la vista hacia el Este 
los altos de Coiba y Quicava,y al Norte las costas 
del golfo del Montijo, empezáronse á combinar 
tal contrariedad de corrientes y tales calmas, 
que en balde nos esforzábamos con repetidas 
maniobras y bordos en aprovechar cualesquiera 
ventolinas que se nos presentasen menos con- 
trarias. 

Esta lucha infructuosa por nuestra parte, nos 
tuvo casi inmóviles hasta el día 28, y apenas 
podíamos mirar como una compensación ade- 
cuada al malogro de tanto tiempo, el que se hi- 
ciesen en el entretanto algunos progresos para 
la Historia Natural. Entre unas bandadas casi 
innumerables de peces que rodeaban las corbe- 
tas, y que á veces con un alboroto general y re- 
pentino presentaban con sus saltos y con el hervi- 
dero del mar un espectáculo agradable, se cogie- 
ron, ó bien con la fizga ó con el anzuelo, dife- 
rentes dorados, atunes y bonitos, se logró la 
vista de una manta, á la cual estaban agarrados 
tres peces del largo de un codo; la lucha singu- 
lar de un taurón con una tortuga, y el destrozo 
instantáneo de dos de aquéllos en una tonina 
herida por nuestras fizgas, ofrecieron nuevos ob- 
jetos entretenidos; y se logró cojer un atigrado 
que nuestros naturalistas hallaron sér de la clase 
anfibia de los balistas, y parecido á los guape- 
ruas del Brasil, ya descritos en Linneo. Las mo- 
luscas ó aguas malas, en sus combinaciones di- 
ferentes y multiplicadas, habían sido también 
un objeto digno de un examen repetido y nuevo 
para D. Antonio Pineda, y entre las aves consi- 
guiéronse coger vivos dos pájaros bobos y una 
especie de esterna ó golondrina de mar. 

No nos habíamos tampoco descuidado en 
abrigar del Bol, harto pernicioso y directo, las 
tripulaciones de ambas corbetas, cubriendo desde 
su salir hasta el ponerse todas las partes de la 
cubierta con toldos, usando del vinagre para los 
zafarranchos, no permitiendo á nadie que estu- 
viese al Sol á pié firme ni aun con objetos de 


pesca; finalmente, añadiendo á la ración diaria n¡e. 
medio cuartillo devino. Con estas precauciones, 
y particularmente con la felicidad de que no 
acompañasen á las calinas (como es común) unos 
aguaceros frecuentes, pudimos conseguir que no 
se extendieran, antes bien, que se extinguiesen 
de un todo las calenturas, \'a introducidas en 
ambas tripulaciones por los calores excesivos de 
Panamá; en una y otra corbeta llegó el número 
de los enfermos á 13 y 14, y en la Atrevida, com- 
plicándose en uno de sus marineros esta enfer- 
medad con una rotura de vasos procedida de un 
violento culatazo de fusil en el pecho, ocultado 
al Cirujano hasta los últimos días, tuvieron la 
desgracia de que no alcanzasen los remedios á 
salvarle y pagase en la misma tarde del 2S el 
último tributo á la Naturaleza. 

D. Francisco Flores conoció desde el princi- 
pio, que las calenturas de las cuales adolecían 
varios en la Descubierta (y entre ellos el Al- 
férez de fragata D. Felipe Bausá), eran unas si- 
nocales, ó simples ó pútridas, dominando en 
todas la plétora sanguínea y el humor bilioso, 
dimanadas sin duda, la primera de los efectos 
del Sol, y el segundo del exceso en Ja comida, 
particularmente los plátanos y otras frutas no 
bien maduras. En algunos se complicaron con 
malignidad; pero adaptando á éstos la quina y 
por lo común las sangrías y los antimoniales y 
ácidos vegetales, no tardaron á desterrarse de 
un todo, bien que con una debilidad considera- 
ble en la convalecencia, que sería difícil reparar 
en el mar. Merecen en esta ocasión particular 
memoria la mixtura antimonial para excitar el 
vómito y la secreción de las materias biliosas, 
asi como el uso de la rosella para los convale- 
cientes, entrambas cosas propuestas por el doctor 
Masdéval y usadas ahora con el mayor acierto. 

El termómetro de Farenheit puesto á la sazón al 
aire libre y á la sombra, solía no pocas veces 
llegar á los go°. 

El último día del año, fué finalmente la 
época en la cual debían terminar, á lo menos 
en mucha parte , los enfados de una calma de 
quince días, que hubiera sin duda merecido una 
pintura del historiador elocuente del viaje de 
Lord Anson, pues que había descrito con tan 
vivos colores el malogro de un viaje feliz á Acá- 
pulco, con la demora de solos cinco días á la vista 
de la Isla de Cocos. Al anochecer empezaron á 
entablar ventolinas del Esueste y Esnordeste 
con mar algo gruesa de la misma parte, y como en 
esta ocasión las corrientes nos fuesen más bien 
favorables que adversas, pudimos, conservando 
la proa al üesnoroeste, aprovechar la marea favo- 
rable, y por la mañana marcar la punta de Bu- 
ricas al Norte 20 o Este, logrando de la vista de 
un trozo nuevo de costa, que por tanto tiempo 
habíamos deseado. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


r r =¡ 


A estos objetos por sí sumamente agradables 
y al brillo de un día con exceso sereno y risue- 
ño, se agregó un espectáculo nuevo con la pesca 
de un copioso número de dorados excelentes, 
atraídos de la carne de algunos atunes que ha- 
bíamos cogido de antemano, y rodeando la popa 
con una constancia poco común en su especie, fá- 
cilmente caían en uno ó en otro anzuelo de los 
muchos que se les presentaban, y reuniéndose 
á esta facilidad el riesgo de que su mismo peso 
(como acaecía frecuentemente) en fin rompiese 
el anzuelo, ó bien con sus debates violentos con- 
siguiesen zafarse antes de tenerlos sobre cubier- 
ta, resultaba con aquel contraste, y á veces con 
la misma fuga, la pesca más interesante y 
más amena. 

Continuaron nuestros progresos en la tarde 
y noche siguiente, aunque muy lentos. El viento 
era calmoso del Sudoeste y nos prometimos lué- 
go el aproximarnos al Golfo de Nicoya: sólo sí 
que á la una de la mañana, ya bastantemente' 
inmediatos á la costa, y recelando el efecto de 
las corrientes contrarias, viramos al Sur con 
viento calmoso, acompañado de algunos chu- 
ñas qui 11 os. 

3 Desde la tierra baja, que siempre habíamos 

creído Isla del Caño, y desde la tierra alta in- 
mediata, que en todos los días anteriores de cal- 
ma marcábamos como extremo Oeste de la tie- 
rra firme, empieza ésta á bajar paulatinamente 
terminando luégo en una punta baja, extremo 
oriental del Golfo Dulce. Su extremo occiden- 
tal es igualmente bajo; pero escarpado, se eleva 
muy luégo considerablemente y continúa así la 
costa por espacio de cuatro ó cinco leguas al 
Oesnoroeste, retrocediendo después algo más al 
Norte y volviendo á bajar hasta la Punta Ma- 
la, que distará de la otra una distancia casi igual 
á la que acabamos de expresar. Se dejaban ver 
á larga distancia en la parte interior del Golfo 
Dulce diferentes serranías algo confusas y toda 
la costa parecía igualmente frondosa y acan- 
tilada. 

r. Hasta el día 6 las calmas, las corrientes y 
los vientos contrarios, nos hicieron permanecer 
de nuevo en una inacción total, ó más bien nos 
costaron algunos sacrificios, particularmente en 
la latitud, pues en este último medio día apenas 
contábamos la de 6° 29', por longitud de 4 0 26' 
al occidente de Panamá. Habíanse, no obstan- 
te, aturbonado ahora los cielos y horizontes por 
los cuatro cuadrantes, había relámpagos al Sur 
y Sueste, y con esto reposábamos algún tanto 
del calor excesivo de tantos días dimanado de la 
acción no interrumpida del Sol, y nos prometía- 
mos más próxima la revolución deseada del 
tiempo. 

En el entretanto, las circunstancias que nos 
rodeaban no podían á menos de trastornar casi 


enteramente el plan formado para nuestros pa- Kn. <> 
sos del año empezado de 1791; pues ó bien lle- 
gásemos demasiado tarde á Acapuleo y San 
Blas, para poder emprender el viaje oportuna- 
mente á la costa Noroeste, ó el omitir una parte 
de las costas de la Nueva España nos obligase 
á retroceder después para reconocerlas, siempre 
el atraso de un año en la totalidad del viaje pa- 
recía indispensable, y por la misma razón de- 
bíamos precaverle con la anticipación posible. 

Una nueva separación de las corbetas debió por 
consiguiente presentársenos á la vista como el 
único medio para ocurrir al día á tamañas con- 
trariedades, y así sin perder momento quedó 
decidido que la Atrevida, reconociendo la is- 
la de Cocos y aproximándose á la derrota de 
Lord Anson para entrar en los límites de los 
vientos generales, navegase directamente hacia 
el puerto de Acapuleo, allí se enterase de las 
últimas órdenes de S. M. y conforme á ellas (si 
exigían una campaña á la costa Noroeste), pasa- 
se á San Blas y completase lancha, víveres, 
pertrechos y cuanto fuese necesario antes que se 
le reuniese la Descubierta hacia los últimos 
días de Febrero. Esotra corbeta debía en el en- 
tretanto continuar las tareas hidrográficas al 
andar de la costa, y reconocido principalmente 
el puerto del Realejo, arribar por último á Aca- 
pulco y San Blas, para reincorporarse con la 
compañera. Hízose inmediatamente una compa- 
ración de los relojes marinos, y en aquella mis- 
ma mañana, como reinasen vientos bonancibles 
del Oesnoroeste y los ciñéramos con las muras 
opuestas, perdiéronse de vista y la Descubierta 
procuró aproximarse nuevamente á la costa. 

Fueron, sin embargo, nuestros esfuerzos in- u 
fructuosos hasta la tarde del 13, acosados unas 
veces por turbonadas y lluvias abundantísimas 
que movían los vientos bonancibles del Oeste, 
otras veces por las calmas y la contrariedad 
constante de las corrientes. Pero, en fin, avista- 
dos en aquel día el Cabo Blanco y los extremos 
del Golfo de Nicoya, devuelto el tiempo á su se- 
renidad primitiva, cesadas por otra parte las 
corrientes contrarias, y entablados con alguna 
fuerza y constancia los vientos del Nordeste, 
pudiéronse emprender de nuevo los reconoci- 
mientos interrumpidos de la costa, y aproximar- 
nos paulatinamente al puerto del Realejo. 

Acosados del tiempo, ya no podíamos á la 
sazón sujetarnos ála prolijidad adoptada hasta 
entonces, sacrificando la mayor parte de la no- 
che y navegando de tal modo en el día, que la 
derrota siguiese siempre de cerca todas las en- 
senadas de la costa: es esta sin embargo y por 
ventura bien alta y escarpada, de modo que no 
cupiesen errores considerables en su descrip- 
ción, y así pudiéronse recorrer brevemente las 
que conducen desde la Punta de Santa Catalina 



n6 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


hacía el Golfo del Papagayo, golfo cuya comu- 
nicación con Nicaragua y de allí por el rio San 
Juan con el mar Atlántico, se ha mirado siem- 
pre como un punto de la maj-'or importancia, no 
menos para la geografía general del globo que 
para los intereses nacionales. 

Atravesamos aquel golfo en la noche del t 6, 
apercibiendo, pero sin ser muy violentas, aque- 
llas ráfagas del Nordeste que tanto amenazan 
los derroteros antiguos, aunque Dampierre sólo 
las llama medianamente fuertes; aprovecháronse 
también diferentes estrellas para deducir la la- 
titud y la longitud en algunas horas de la no- 
che y referirlas á algunos puntos altos que tenía- 
mos á la vista; y continuada la navegación en 
todo el día siguiente, pudimos al amanecer del 
18 hallarnos á la vista del puerto deseado del 
Realejo. 

Se presentaba la costa con el semblante más 
noble y majestuoso. Desde el volcán de León 
por el de Telica hasta el del Viejo, diferentes 
montes, ya más, ya menos elevados, erguían sus 
cabezas volcánicas y puntiagudas. Seguían al 
Noroeste, después de un terreno bastantemente 
bajo, los Sierras de la Cosivina, la Mesa de 
Roldán y los Montes de Peltacartepe, ya próxi- 
mos á la Conchagua; una ilusión no extraña re- 
presentándonos como fuego ó humo de los vol- 
canes las quemas altas de los rastrojos, hacía 
aún más entretenida la vista; y asomándose ya 
con la salida del Sol los primeros soplos de la 
virazón, todo parecía prometernos un nuevo 
teatro agradable para nuestras tareas. Obser- 
vóse al medio día la latitud de i3 n 19', la cual 
disipó cualesquiera dudas sobre el conocimiento 
del Volcán del Viejo, marca precisa paradescu- 
brir laboca bien oculta del Puerto; y finalmente, 
aprovechada la virazón para disminuir conside- 
rablemente la distancia, distinguiéronse clara- 
mente al anochecer la Isla del Cardón y las de- 
más inmediaciones del Puerto, á cuya vista nos 
obligó poco después á dar fondo la calma que 
sobrevino y duró toda la noche. 

Aprovechado este intervalo para enviar el 
bote con un Piloto, el cual sondase y exami- 
nase la entrada, que sabíamos ser algo peligro- 
sa, tuvimos la satisfacción de verle regresar al 
amanecer del día siguiente, trayendo además un 
Práctico, el cual se hallaba casualmente en aque- 
llas inmediaciones. No dió lugar la virazón á 
que nos levásemos antes de las diez; pero en el 
entretanto, para aprovechar todos los momentos 
favorables, destacáronse en el bote los Sres. Pi- 
neda, Hcenke y Váleles, con ánimo de internar 
hasta el pueblo del Realejo y emprender desde 
allí sus excursiones científicas, las cuales, por 
parte de los primeros, debían tener por objeto 
un país tan poco conocido y tan lleno de rique- 
zas naturales; por la del tercero una prudente 


investigación de cuanto fuese relativo á la cons- 
trucción y apresto de las naves en esas inmedia- 
ciones. No tardó después en seguirles la corbeta, 
declarados los primeros soplos de la virazón, 
fueron las sondas ai principio de 14, 10 y ocho 
brazas lama, diósc resguardo á un arrecife que 
sale medio cable al Norte del extremo de la Isla 
del Cardón, luego orzamos al Este á atracar bien 
de cerca, y á menos de medio cable la parte in- 
terior de la misma Isla, con el fin de huir de los 
bajos que salen de la tierra firme y que estre- 
chan el canal á poco más de un cable, cayendo 
entonces casi repentinamente de las cuatro á 
las diez brazas arena y lama, cuyo fondo se en- 
cuentra hasta tocar con los penóles en la punta: 
y en fin, 3-a rebasado este paso y favorecidos 
más y más del viento y de la marea, fuimos por 
medio canal dando resguardo á algunos peligros, 
y comunmente por sondas de ocho, siete, seis y 
cinco brazas, hasta que ya á las once en el fon- 
deadero interior del Xaquei dimos fondo á un 
ancla y quedamos amarrados poco después. De- 
moraba la cima del volcán al Norte 25 o Este 
y la punta de Icacos al Sur r.o° Oeste; una fra- 
gata pequeña del comercio de Lima estaba tam- 
bién surta á un cable de nosotros. 

Era demasiado favorable la estación, y nues- 
tros pasos eran harto acelerados por la estrechez 
del tiempo, para que, ó sacrificásemos un mo- 
mento siquiera á objetos ménos importantes, ó 
no aprovechásemos cualesquiera ocasiones que 
pudiesen hacernos más útil aquella escala. Por 
ventura la claridad constante de los días y las 
noches, la excelente disposición del fondeadero, 
la multiplicidad de nuestras embarcaciones me- 
nores, y á un mediano trecho varias poblaciones 
numerosas que coadyuvaban á los acopios y ex- 
cursiones de los naturalistas, combinaban un tal 
conjunto de ventajas que difícilmente hubiéranse 
podido hallar en otra parte alguna. Así, á pesar 
que la falta de la corbeta Atrevida disminuyese 
de una buena mitad el número de personas ca- 
paces de dirigir las diferentes excursiones cien- 
tíficas, y que por nuestra paide estuviesen enfer- 
mos D. Fernando Quintano y D. Felipe Bausá, 
fue tal el empeño de los demás, que casi al mis- 
mo tiempo de haberlas emprendido, estaban con- 
cluidas la mayor parte de las tarcas proyectadas, 
y por consiguiente podíamos pensar de nuevo 
en aproximarnos á Acapulco. 

En el solo plazo de diez días fueron suma- 
mente importantes las observaciones que tuvi- 
mos para la latitud y longitud del observatorio; 
multiplicáronse de tal modo las tareas hidrográ- 
ficas, que ni las sondas importantes de las dos 
bocas de la entrada, ni los canales internos, el 
puerto de los Aserradores, la elevación exacta 
del Volcán del Viejo y la deducción por ésta y 
el rumbo de demora de la posición respectiva de 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


T I 7 


algunos otros pueblos, careciesen de toda aque- 
lla prolijidad á la cual estábamos acostum- 
brados. 

En la excursión que hicieron algunos Oficia- 
les con dos botes al puerto de los Aserradores, 
se intentaba durante la noche una caza de tor- 
tugas, que solían comunmente venir á la playa, 
cuando se encontró, que una clase de rivales bien 
temibles les habían precedido en una hora, y 
eran éstos un número considerable de tigres, 
casi los únicos habitadores del terreno anegadizo 
y lleno de mangles y de icacos, que media entre 
los dos puertos y abriga el canal por donde se 
comunican entre sí, dando ingreso á los muchos 
esteros que conducen á los astilleros las precio- 
sas balsas de los cedros y de los pinos. Hubo una 
entre aquellas fieras, que si bien acosada de las 
voces de nuestra gente, no abandonó la presa, y 
con tanta constancia como maña, fué arrastran- 
do la tortuga desde la playa hasta el bosque. 
Otras, aí amanecer, se veían aún en la playa, á 
poca distancia de nuestra barraca; puede consi- 
derarse que no fué largo ni tranquilo el sueño 
de los que allí se hallaban, resarcidos sí en parte 
con los frutos abundantes y exquisitos que les 
suministraban la pesca, la caza y los mariscos. 

Mientras la Oficialidad y los botes se em- 
pleaban de esa manera en los diferentes objetos 
indicados, no dejaba la demás gente de atender 
diariamente á los reemplazos de agua y leña, 
los cuales pusimos al cargo de un sargento y 
un contramaestre; sólo sí, que los escarmientos 
de Panamá nos dictaron ahora como más pru- 
dente el que no se trabajase en aquellos objetos 
sino desde el amanecer hasta las diez de la ma- 
ñana, abandonando las demás horas como exce-' 
•sivamente arriesgadas para las tercianas, de las 
cuales ahora adolecía de nuevo uno ú otro ma- 
rinero; la pesca y la pesquisa eficaz del infinito 
número de preciosas conchas mu}-' varias entre 
sí, que hermosean aquellas costas, era otro ob- 
jeto que nos ocupaba diariamente. Fuimos en 
esta parte con exceso felices, y vimos en un 
momento enriquecerse considerablemente nues- 
tros acopios para el Real Gabinete de Madrid. 

Atentos como se ha indicado ya, D. Dionisio 
Galiano y D. Juan Vernaci á cuanto pudiese ser 
útil en el observatorio, habían deducido los re- 
sultados siguientes: 



C1011. 0 72. 

Cron.' 1 ó.i. 

Cron. 0 71. 

Diferencia occi- 
dental do Pana- 
má 

30' 1 1 " 2 

3 i' 35 " 3 ó'" 

29' 51" 12"' 

Ecuaciones con- 
frontadas con el 
número to de la 
Atrevida al tiem- 
po ele separarse. 

rS. 00 

r. 6. 12 

38. .14 

Diferencia iguala- 
da en tiempo. . 

3°. 29. 24 

Í 3 0i2 9 - 3 4 

30.29. 24 


En grado y- Occidental do Panamá. . . 70 37' 21" 1 

Nuestras series corregidas le asignaban. Si. 41. 30 


Era por consiguiente la longitud del 

observatorio 89. 1 8.5 1 

Por las inmersiones dol primer satélite 
de Júpiter observadas en los días 25 

y 27 89.21.00 

Ochenta y cuatro series de distancias 
del Sol á la I, una, traídas con los re- 
lojes marinos 89.16.00 


Omitióse por entonces el hacer uso de otros 
muchos materiales que se habían acopiado para 
el intento; resultó la latitud del observatorio de 
12 o ag' 50" Norte y la variación magnética de 
7 0 15' Nordeste; y como se incorporasen ya 
para la noche del 28 los diferentes individuos 
que se habían destacado á una ú otra parte, se 
pudo prefijar para el día 30 la salida. Conside- 
rábanse los naturalistas con extremo felices, bien 
sea por las disecaciones y colecciones botánicas 
y de conchiología que se habían hecho, bien sea 
por el examen científico de los volcanes y te- 
rrenos adyacentes. La cresta del volcán del 
Viejo descubría un doble cráter, algunos depó- 
sitos de azufre, varias otras piedras singulares, 
y sobre todo, una vista realmente majestuosa, 
la cual compensaba en mucha parte la fatiga de 
dos días para alcanzarla y el riesgo que había 
corrido D. Tadeo Heenke de ser mordido por 
una víbora de cascabel. Aunque no tan alto el 
volcán de Telica, presentó á D. Cayetano Valdés 
objetos aún más interesantes. Su caldera, desde 
luego, no le era inferior, no bajando una ni otra 
de 1.000 varas de diámetro próximamente, ni 
puede darse vista más hermosa de la que pre- 
sentan las paredes de la caldera con un amari- 
llo sumamente vivo é igual en todas partes, di- 
manado del azufre que las viste. El humo es 
casi general, no sólo en lo interior, si también 
en las inmediaciones externas. Cede el terreno 
bien fofo aproximándose á la cima; una piedra 
echada á la cavidad, por largo tiempo devuelve 
un murmullo distante, prueba segura de la pro- 
fundidad á que penetra; se oyen á lo lejos hacia 
las partes ménos altas las conversaciones de los 
que están en el monte; la vejetación es bien 
mezquina; en fin, todo denota un hueco suma- 
mente profundo, del cual emana en mucha 
abundancia un vapor acuoso, y en donde parece 
una obra periódica é incesante de la Naturaleza 
la liquidación de muchos materiales, y en par- 
ticular de varios montoncitos de piedra, que 
con una prudente igualdad se advierten sembra- 
dos en lo interior. No era muy remota la época 
de los últimos extragos del volcán. En 17G2 
una lluvia de cenizas y arenas, cubrió las cam- 
piñas inferiores hasta el pueblo del Viejo, dis- 
tante unas diez leguas. Los extrcmecimientos ó 
temblores duraron unos quince dias. Los acoin- 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


Il8 


3S pañaban á veces los bramidos del mismo monte, 
y la Naturaleza, grandiosa hasta en sus convul- 
siones, se explayaba al mismo tiempo aún con 
más vigor en el volcán del Rincón de la Vieja, in- 
mediato al Istmo de Nicaragua. Se conservaban 
además bien vivos en la memoria de aquellos na- 
turales los extragos dimanados de las lavas del 
Momotambo y del Nindiri, habiendo la primera 
indicado como prudente la traslación del pueblo 
de León, y la otra por casualidad, dirigido cuatro 
lavas diferentes hacia unos parajes no bien ha- 
bitados. En general, la dirección de esta dilatada 
cordillera de volcanes parece próximamente del 
Oesnoroestc al Esueste. A sus faldas se extiende 
hacia el mar una porción de tierra baja, regada 
en parte de los ríos y en parte de las marcas. 
Su mucha fertilidad es difícil de describirse, y 
las maderas excelentes que por todas partes 
crecen en sus orillas, convidan tanto más á una 
construcción activa, cuanto que el conducirlas 
y el labrarlas es obra de poco costo. 

No oponiéndose dificultad alguna á la conti- 
nuación de nuestro viaje, le pudimos efectiva - 

3° mente emprender para la mañana del 30, como lo 
habíamos proyectado; al medio día ya estábamos 
fuera del puerto; y al anochecer, el terral fresco 
con el semblante más hermoso, nos hacía conti- 
nuar con bastante velocidad nuestro viaje y 
nuestras tareas, si juzgásemos, pues, por aque- 
llas primeras apariencias; la travesía hasta el 
puerto de Acapulco no debía costamos tanto tiem- 
po ni tantas inquietudes como la anterior. Con so- 
los dos días de navegación estábamos delante de 
Sonsonate, cuya rada fué fácil reconocer; apenas 
anochecía, cuando entablaba el Nordeste. La ele- 
vación de los montes y la claridad de las noches 
facilitaban aún más las tareas emprendidas; y 
era tal la útil posición de aquellos volcanes, que 
á la vista de Sonsonate se alcanzaban al mismo 
tiempo el de la Cosivina sobre el Realejo, y los 
de Guatemala á cuyas faldas se halla situada la 
capital del reino. 

Fsb. A pesar de su fondeadero bien incómodo, es 
Sonsonate el paraje por donde se extraen casi 
todos los frutos del reino de Guatemala, desti- 
nados á los del Perú y Méjico. Los tintes para 
sus manufacturas, las breas y alquitranes, el al- 
godón y una cantidad grande de maderas precio- 
sas, forman los ramos principales de esta ex- 
tracción; siendo los de introducción los vinos, 
aguardientes y algunos comestibles secos del 
Perú y Chile, alguna azúcar del reino de Méjico, 
y una proporcionada compensación en dinero 
efectivo. Hasta las inmediaciones de los volcanes 
de Guatemala nuestro viaje pudo todavía carac- 
terizarse por feliz; pero desde aquel paraje, fue- 
ron tales las oposiciones que tuvimos por las 
calmas y por las corrientes contrarias, que el 
detallarlas pormenor, fuera tan difícil como can- 


sado. El 19 de Febrero aún estábamos á la vista i'd>. i, ; 
de los mismos volcanes, aunque por unos ocho 
días hubiésemos procurado alejarnos á distan- 
cia de 40 leguas de la costa. Pocas horas del 
Nordeste fresco del Golfo de Tecoantepeque, 
nos separaron, hacia el 24, de aquellas inme- ?.( 
diaciones; pero como atracásemos nuevamente 
la costa hacia los puertos de los Angeles y de 
Aguatulco, volvimos á hallarnos rodeados de 
las mismas calmas y ventolinas contrarias, con 
las cuales habíamos luchado desde tanto tiem- 
po, y la desconfianza de poder realizar en el 
próximo verano la campaña proyectada, debió, 
por la misma razón, adquirir un nuevo vigor bien 
desagradable. Entre tanto, los calores eran exce- 
sivos, influyendo no sólo en la salud en general, 
si también en el mal trato de la arboladura, de 
las cubiertas y de las embarcaciones menores. No 
aparecía una nube, que al paso de modificar el 
ardor del Sol nos indicase algunos preludios de 
vientos más favorables; varias especies de aves 
y peces se presentaban á nuestra vista mirándo- 
nos casi como los habitadores de aquellas cos- 
tas; finalmente, debíamos temer que la excesiva 
sensibilidad de nuestra marinería no trastornase 
en cierto modo la mucha tranquilidad, de la cual 
habíamos gozado hasta entonces, infli^-endo la 
calma lo que tal vez no lograrían influirle los 
mismos peligros de las latitudes altas septentrio- 
nales. Ya para compensar la falta casi total de 
carnes frescas, debimos también ocuparnos dia- 
riamente de la pesca de la tortuga, valiéndonos 
á las veces de la fizga, á las veces de un boteci- 
11o, según lo requiriese la posición de la corbeta; 
solía esta pesca ser más abundante á medida que 
nos apartábamos de la costa, y éste fué el par- 
tido que adoptamos de nuevo el 6 de Marzo, si mar, r. 
bien tampoco le hallásemos útil hasta el 21. No 
debe pasarse en silencio el efecto que experi- 
mentamos en aquellos quince días por las co- 
rrientes contrarias, pues no fué menor de 92 le- 
guas al Sur y 68 al Este, cantidad que de ningún 
modo pudiéramos contrarestar con las ventolinas 
contrarias, que por lo común nos rodeaban. 

En el mismo día 21 pudimos atracar de =1 
nuevo la costa á no mucha distancia de Aca- 
pulco, y gozando ya con una mayor fuerza y 
duración de los terrales y virazones, hacer 
diariamente algunos progresos hacia el puer- 
to. por el cual anhelábamos con tanta efica- 
cia. Se destacó la lancha á las órdenes del 
Teniente de navio D. Cayetano Valdés para que 
reconociese las costas fronteras; y alcanzado 
después el puerto de Acapulco, nos saliese al 
encuentro con las órdenes y avisos que allí hu- 
biese para la expedición. Nosotros continuamos 
luchando hasta el 27 con las contrariedades *7 
acostumbradas; pero en fin, como lográsemos en 
la mañana de aquel día el hallarnos algo á bario- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


119 


Mar . '•■7 vento de la entrada y al mismo tiempo recibir por 
medio de la lancha diferentes órdenes y noticias 
que exigían medidas complicadas para la conti- 
nuación del viaje, fué preciso determinarnos á 
entrar en el puerto y lo verificamos así, quedan- 
do fondeados y amarrados en muy buena posi- 
ción antes del anochecer. 

Como se verá después, la Atrevida había 
hecho la escala prescrita en el puerto y empren- 
dida luego su navegación hacia San Blas, bien 
que con la probabilidad de necesitar próxima- 
mente un mes de tiempo para aquella travesía. 
La estación estaba extraordinariamente adelan- 
tada para la campaña proyectada sobre la costa 
Noroeste de la América, ni sería prudente em- 
prenderla antes de reunir las dos corbetas abas- 
tecidas además con cuanto fuese necesario para 
unos reconocimientos útiles; por otra parte, aten- 
to á los vientos y corrientes que reinaban sóbre- 
la costa, parecía tan fácil este conseguimiento 
para la otra corbeta, como difícil para la Des- 
cubierta; así fué últimamente la medida adop- 
tada con anticipación á todas las demás, la de 
encargar á la Atrevida que retrocediese con la 
posible brevedad á Acapulco, no descuidándonos 
en el entretanto en reponer aguada y víveres, y 
completar aquellas obras en el casco, arboladu- 
ra y velamen, que el último viaje penoso díctase 
ya como necesarias. 

Ai). Mientras cuidábamos así de la mayor econo- 
mía del tiempo, y según costumbre, los Oficiales 
astrónomos, los naturalistas, los hidrógrafos, 
los cazadores y los disecadores, atendían cada 
cual á los muchos objetos que le suministraban 
los alrededores de Acapulco, no pareció intem- 
pestivo el que se destacase también un Oficial 
hasta la capital de Méjico, y allí, al paso de re- 
cibir verbalmente del señor Virey el Conde de 
Revillajigedo, las órdenes é instrucciones opor- 
tunas para las campañas siguientes, verificase 


algunas observaciones astronómicas, entre las ai> 
cuales merecían sin duda un lugar preferente 
una emersión del primer satélite de Júpiter y 
la ocultación por la Luna de Co Cáncer, que de- 
bían acaecer en las noches del 7 y 12 de Abril, 
y eran visibles en Méjico, Acapulco y San Blas; 
contábamos con que no faltarían los instru- 
mentos oportunos aunque la precipitación del 
viaje y el camino largo y pedregoso imposibili- 
tasen el transporte de los nuestros, pues ade- 
más de los que pertenecían al Real Observa- 
torio de Cádiz y habían sido entregados al 
Comandante de San Blas D. Bruno de Hexeta, 
sabíamos que existían aún allí los que habían 
servido en San José de California al Abate Chappe 
y eran ahora propios de D. Antonio Gama, per- 
sona sumamente instruida y habitualmente incli- 
! nada á los estudios y tareas astronómicas. 

! Malográronse en mucha parte las observacio- 
| nes indicadas, por las turbonadas periódicas que 
desde el medio día hasta la media noche suelen 
comunmente en aquella estación oscurecer los 
cielos y horizontes. No así con las combinacio- 
nes más favorables relativamente á nuestro via- 
je y con aquellas ideas políticas del estado ge- 
neral del reino que tanto anhelábamos; pues en 
cuanto á lo primero, dos extraordinarios de San 
Blas, participaron casi á un mismo tiempo al 
señor Virey la llegada de la corbeta Atrevida, 
las órdenes de S. M. que allí había para que ve- 
rificásemos la navegación á la costa Noroeste de 
la América y sus activas disposiciones para re- 
unírsenos cuanto antes en Acapulco; por la otra, 
el mismo señor Virey y todas las personas más 
ilustradas de la capital, concurrieron eficazmente 
ya con libros, ya con instrucciones y noticias 
útiles, para que extendiésemos nuestras ideas y 
llevasen los pasos venideros una dirección mé- 
nos incierta hacia el bien público y la prosperi- 
dad de la Monarquía. 


Viaje efectuado por la Atrevida d tirante su separación de ¿a 
otra corbeta , según relación de Bus t amante. 


Navegación de la Atrevida al reconocimiento de la 
Ida de Cocos, y sucesiva A los puertos de Acapulco y 
San Blas. 

La constante tenacidad de los tiempos se 
v " 1, 7 oponían tanto á los progresos de nuestra derro- 
ta, que su atraso daba ya algún cuidado para 
evacuar los objetos que debían ocuparnos el ve- 
rano próximo. Esta justa reflexión produjo la 


necesidad en D. Alejandro Malaspina de dividir v. n . 
desde este punto las corbetas, y prevenirme que 
con la de mimando me dirigiese á los puertos de 
Acapulco y San Blas, combinando, si era po- 
sible en este tránsito, la posición astronómica de 
la Isla de Cocos por ser preferente el desempeño 
de otros objetos comprendidos en su instruc- 
ción. 

Dando cumplimiento á ella, se trasbordó in- 



120 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


n. 7 mediatamente á la Descubierta el equipaje del 
Regente de Guatemala, sobre cuyas costas debía 
dirigirse y fondear en el puerto de Realejo. A 
esta diligencia siguió la comparación de los relo- 
jes, y ciñendo ambos el viento del Oeste-Noroes- 
te con muras encontradas, quedamos fuera, de la 
vista á las diez y media de la mañana. 

Al medio día observamos la latitud Norte 
de 6 n 15' y la longitud de 77 o 02' occidental de 
Cádiz, aunque estas observaciones no merecían 
toda confianza por carecer de ella la altura me- 
ridiana. La inconstancia de los vientos entre el 
tercero y cuarto cuadrante alteraban con fre- 
cuencia las bordadas para seguir aquella más 
próxima al Oeste. La noche fue oscura y cerra- 
da con chubascos repetidos que precisaban á 
guardar la debida precaución en el aparejo. 

Del mismo modo permaneció el tiempo hasta 
el día 10, en términos de no permitir averiguar 
por observaciones nuestra posición verdadera. 
Todavía hoy no pudo conseguirse con exactitud 
por no estar bien determinados los limbos del Sol 
y el horizonte algo interrumpido. Sin embargo, 
siempre era muy preferente á la de estima, en la 
cual se habían reunido y multiplicado las causas 
que producen sus errores comunes. Estas ob- 
servaciones señalaban la latitud de 5° 46' Norte, 
y la longitud de So 0 00' con una diferencia de 34' 
al Sur de la estima en los tres días y 30' al 
Este. 

Si la abundancia de pájaros fuese aquí señal 
cierta como lo es en otros parajes, de tierras in- 
mediatas, sin duda que la Isla de Cocos no de- 
bía estar muy distante. Los alcatraces y pelíca- 
nos en mayor número eran exactamente iguales 
á los que nuestros naturalistas describieron en 
Coquimbo: su frecuente ejercicio de los primeros 
en precipitarse desde grande altura para buscar 
el sustento, era indicio evidente de su abundan- 
cia por estos mares. En efecto, nuestros marine- 
ros le conseguían también con el anzuelo, lle- 
gando á veces á tal exceso, que para aumentar su 
agradable diversión en la pesca restituían á la 
presa su libertad. Pero esta misma abundancia 
de pescado produjo algunas indigestiones y re- 
caídas álos convalecientes, contra cuyos excesos, 
aunque por otra parte fuesen disculpables, no 
alcanzaba nuestro celo á precaverlos. 

Desde el medio día nos favoreció el viento 
fresquito por el Nordeste hasta las cuatro que 
abonanzó, á cuya hora avistamos con sorpresa 
la Tsla de Cocos al ángulo corregido de 4S 0 en 
el tercer cuadrante, distancia de seis á siete le- 
guas, cuando á la sazón nos considerábamos 
como 60 de ellas; error á la verdad muy consi- 
derable, que excita tanto el deseo de corregirlo 
como el de justificar la admiración de hallarle. 

Nos era sensible á este intento no tener la 
mayor confianza en las observaciones de hoy por 


si le frustrasen las caimas ú otros accidentes 
muy comunes en estos parajes; también el viento 
era flojo y desigual, circunstancias que aumen- 
taban el error de las operaciones que emprendié- 
semos. No obstante, se corrió una base cuyos re- 
resultados determinaban al centro de la isla la 
latitud de 5° 34' Norte, y la longitud de 80 o 36' 
29" occidental del Real Observatorio de Cádiz. 

Durante la noche se procuró conservar la in- 
mediación de la isla á pesar de las ventolinas 
variables que lo dificultaban. Logramos, no 
obstante, amanecer á tres leguas escasas de 
ella, y dirigiéndonos á favor único de una ma- 
rejada del Norte, á buscar con proa del Sur su 
paralelo antes de la observación del medio día, 
no pudimos alcanzarle, bien que la inexactitud 
de la observación la hizo también desatendible 
para el efecto. 

Al día siguiente otras apariencias más favo- 
rables nos lisonjeaban de satisfacer nuestros de- 
seos. Toda la mañana tuvo el tiempo el mejor 
semblante, y sólo cerca del medio día se presentó 
un chubasco, que sin embargo de acortar el hori- 
zonte, le dejaba bien determinado. Apesardeesto 
se doblaron todas las precauciones para asegurar 
la mayor exactitud, arreglando un reloj, y con él á 
la vista se observó la latitud con mucha confian- 
za, resultando ála isla la de 5 0 34/ por el prome- 
dio de siete observadores muy acordes entre sí, 
marcándose al mismo tiempo el centro de ella 
al Sur 73 o Oeste, corregido á distancia de cuatro 
millas. Nuestra longitud, observada por el nú- 
mero 10, fué de 80 o 48' 34'', habiéndose hallado 
la variación Nordeste de 8 o . 

Hasta las tres de la tarde se había barajado 
la isla con una ventolina de Noroeste, á cuya 
hora, reconocida la parte del Sur, un chubasco 
fuerte nos obligó á separarnos de ella, siendo mi 
ánimo pasar por la del Norte. No se presen- 
taba la noche con las mejores apariencias, y 
aunque era correspondiente el celo y cuidado en 
el aparejo, no fué posible precaver un contraste 
fuerte por el Nordeste á las cuatro de la maña- 
na, que por fortuna no nos causó la menor ave- 
ría, y el viento cedió con la mucha agua que 
llovía. 

La cerrazón impidió verse la isla hasta las 
ocho, que demoraba lo más Oeste de ella al Sur 
30 o Oeste, y lo más Este al Sur 23 o Oeste, dis- 
tancia como de seis leguas. Se midió luégo una 
base tomándose horarios. Las observaciones las 
mirábamos de tanta mayor importancia, cuanto 
que sus resultados decidirían la situación de la 
isla, por no estar conformes entre sí los de los 
días anteriores. El viento no fué muy constante 
ni igual su fuerza, cuyo defecto para las bases 
se corregía midiendo frecuentemente la distan- 
cia de corredera. A pesar de todo, puede adoptar- 
se sin grave escrúpulo de error una base medida 



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CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


I 2 1 


En. r, de las dos á las cuatro de la tarde con horarios ! 
antes y después de ella, y con igual confianza se i 
ha adoptado la latitud del medio día tomada por j 
siete observadores. 

De la relación que acaba de referirse para 
conocimiento de los navegantes, se puede con- 
cluir que las observaciones de los días 12 y 13 
merecen absoluta preferencia para la situación 
astronómica de la Isla de Cocos; por consiguien- 
te, la que he adoptado para su latitud fué obser- 
vando próximos á su paralelo, y es de 5 0 33' 10" 
y la longitud del día 13 también casi en su me- 
ridiano, de 80 o 47' 31" occidental de Cádiz. 

Esta Isla de Cocos corre del Estenordeste al 
Oestesudoeste y tiene de extensión algo más de 
una legua. Desde el centro hacia la parte del 
Oeste es su mayor altura, y en ésta se eleva un 
pico agudo de donde va descendiendo suavemen- 
te para el Este, en que remata con punta baja 
formada por dos islotillos inmediatos entre sí y 
á la isla; al Noroeste hay también otro próximo; 
toda la superficie está cubierta de una frondosa 
y verde arboleda hasta sus orillas; en la parte 
del Nordeste tiene fondeadero al frente de unas 
palmas, según noticias que tenemos; y en la del 
Sur se vio una playa corta en donde infiero no 
le tenga por ser allí la isla tajada al mar. 

Hay agua en ella, produce abundancia de co- 
cos, y abriga multitud de pájaros, los cuales, en 
tiempos oscuros, podrán indicar sus cercanías. 

Si se coloca la isla por el promedio de las 
observaciones antes referidas, estará su centro 
en latitud Norte 5 0 33' 10" y en longitud 8 o 42' 
Oeste de Cádiz. 

Esta posición de la isla se aparta de la del 
Lord Anson desde 5 0 20' de latitud en que la es- 
tablece á 5° 34' en que ahora queda, siendo aún 
más notable la diferencia con la que asignan los 
pilotos particulares de este tráfico con la del re- 
ferido Almirante. 

Es de notar que en la relación elegante de 
su viaje, no exprese las circunstancias ó méto- 
dos para la situación de la citada isla, mucho 
más habiendo permanecido cinco días á su vista, 
cuya circunstancia induce á creer algún error en 
sus operaciones, ó días con observaciones de la- 
titud muy inciertas. 

ió No pudo perderse de vista la isla por las con- 
tinuas calmas hasta la tarde del 16, y si aprove- 
chando ventolinas se granjeaba algo, las corrien- 
tes para el Sur lo volvían á perder. Las diferen- 
cias en este sentido eran constantes, lo mismo 
que aguaceros fuertes y el calor, para aumentar 
el número de nuestros enfermos y de nuestros 
cuidados. Sin embargo, no eran aquellos de tanta 
gravedad que no contásemos su alivio como se- 
guro luego que se entrase en la región de las bri- 
sas, y este era de mucho tiempo el término de 
nuestros deseos. 


Habíamos podido rectificar con observaciones En 
de distancias á Rógulus y Aldebarán la longitud 
del número 10, con la cual estaban muy con- 
formes. 

Esta seguridad de la exactitud de nuestra po- 
sición verdadera después de tantos días y tantas 
causas para alterarla, nos era ciertamente muy 
apreciable y disminuía el fastidio de una nave- 
gación desagradable por todas sus circunstan- 
cias. 

Esta misma oposición no nos abandonó sino 
después de treinta y cuatro días, declarándose las 
brisas aunque todavía sin pasar del Norte en la 
mañana del 22, hallándonos al medio día en lati- 
tud de 5° 37 r Norte y en longitud de S3 0 19', ob- 
servando la variación de g° 30' Nordeste. 

Al día siguiente las brisas estaban en el pri- 
mer cuadrante con todas las señales de su fir- 
meza. Habían cesado las diferencias al Sur y 
nuestro objeto no era ya más que forzar constan- 
temente de vela para llegar cuanto antes á Aca- 
pulco; nuestra longitud del número 10 pudimos 
comprobarla con 26 series de distancias luna- 
j res el día 26, cuyo promedio correspondía exac- 
j lamente á la misma longitud que señalaba el 
reloj; la variación por amplitud señalaba 8 o 27' 
Nordeste, hallándonos en latitud de 10 o 24' Norte 
y en longitud de 90 o 28'. 

Al día siguiente volvimos á observar distan- 
cias cuyo promedio de sesenta y cuatro series 
nos indicaba con sorpresa una diferencia de i° 

38' al Este de la del número 10, cuya novedad 
tan repentina nos produjo la admiración que era 
consiguiente. 

No podíamos acertar con la verdadera causa 
de esta notable diferencia, y aun cuando en esta 
clase de observaciones son fáciles de deslizarse 
¡ algunos errores, no pudimos, sin embargo, ad- 
! vertirlos, ni tampoco conceder uno tan conside- 
j rabie en esta ocasión, para no presumir alguna 
! causa ó alteración en el reloj, difícil de averi- 
guarse aquí. 

Se había observado desde ayer una mayor 
abundancia de pájaros, y un color en el agua 
que indicaba sonda; pero no se encontró con 90 
brazas. Nuestros rumbos desde el medio día se 
dirigieron al Noroeste, siendo la distancia al con- 
tinente como de 90 leguas. A las cuatro, después 
de calcularse los horarios, se orzó al Noroeste 
Norte, rumbo que nos conducía á recalar al Nor- 
te de Acapulco. Por la noche fué rolando el vien- 
to para el Este, aumentando también su fuerza 
desde que se puso la Luna; al amanecer era ya 
bastante recio por el Estesudeste, tanto que obli- 
gó á navegar con solo las principales. Estas se- 
ñales anunciaban la permanencia de las brisas 
y con esta seguridad fué ya mi ánimo buscar el 
puerto directamente. 

Los grandes armamentos que sabíamos des- 

10 



122 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


E:i. as de Panamá había en Europa, daban justo recelo 
para que hubiese rompimiento con la Inglaterra. 

Aun cuando éste se hubiese verificado, podía- 
mos mirar como remoto todo encuentro de ene- 
migos por estos mares; pero no obstante estos 
antecedentes, y de una debida consideración á 
nuestra escasa y fatigada tripulación, se procuró 
ejercitarla en el manejo de las armas, montán- 
dose antes toda la artillería. 

Las observaciones del medio día, advirtiendo 
grandes diferencias, parece querían frustrar mis 
deseos sobre la recalada. Observamos la latitud 
de 13 o 43' que diferenciaba al Sur de la estima 
en 17', y la longitud de 94 o 00' también se apar- 
taba en 52' al Oeste. Pareció muy considerable 
esta diferencia para atribuirse toda á error de la 
estima á pesar de que el viento recio y á fugadas 
y la mar muy elevada pudieran justificarle. Pero 
observadas nuevas longitudes por la tarde, con- 
formaban con las del medio día, y por consi- 
guiente repetían la misma diferencia. 

Desde las siete de la mañana se gobernó al 
Norte para atracar la costa por los meridianos 
de Acapulco en que á la sazón casi nos consi- 
derábamos. La brisa fué cediendo al principio 
de la tarde, y siguiendo el propio rumbo se forzó 
al instante de vela. 

Con sospecha de haberse corrompido algunos 
barriles de coles agrias, se procedió á su reco- 
nocimiento, hallándose sólo en estado consumi- 
ble aquellas que por estar en vasijas bien acon- 
dicionadas habían conservado la salmuera, y por 
el contrario corrompidas cuantas carecían de 
ella, siendo preciso echarlas al agua como in- 
útiles ó perjudiciales á la salud publica. Esta ex- 
periencia hace conocer cuánto cuidado exige el 
acondicionar este saludable alimento con toda la 
escrupulosidad que merece la conservación de 
tan poderoso antiescorbútico. 

29 Alcanzamos al medio día siguiente la latitud 

observada de 14 o 56' y la longitud de 93 o 34', 
ésta diferenciándose en 35' al Este de la estima; 
esto es, en sentido contrario de ayer, pero no ! 
así con la latitud, cuya diferencia de 12' fué hoy 
también para el Sur.- Aunque estas diferencias 
hacia el segundo cuadrante venían conformes con 
las noticias que teníamos de la dirección de las 
corrientes en estos parajes, no obstante, para 
confirmarlas, se repararon los horarios y otros 
nuevamente tomados á las tres de la tarde repi- 
tieron la misma diferencia. Con esta confirma- 
ción, mandé gobernar al Noroeste ‘/. Norte con 
el viento ya inclinándose para el Sudeste bonan- 
cible. A las nueve de la noche llamó al Sudoeste 
y esto indicaba el término de las brisas sustitui- 
das por los variables del 3. 0 y 4. 0 cuadrante. 

¡o Avistóse la tierra al amanecer, reconociéndo- 
se luego las Tetas elevadas de Coyuca, la deí 
Este es algo más baja y redonda que la del Oes- 


| te, demorándonos al Norte 14 o Oeste. Estas se- 
I hales y la del cerro de la Brea que está sobre el 
[ mismo puerto de Acapulco, unidas á que todo 
el frontón de costa era mucho más alto que las 
tierras al Este y al Oeste de su entrada, 110 dejó 
género de duda de haber recalado frente del re- 
ferido puerto. 

E11 efecto, por marcación hecha al medio día á 
las Tetas dé Coyuca al Norte corregido, y la la- 
titud observada de 16 o to', nos demoraba Acapul- 
co al Norte 13“ Este, distancia de 14 leguas. XJna 
carta española que nos guiaba en esta derrota, 
se le corrigió la longitud en medio grado al Oes- 
te que se advirtió de error á las Islas de Coiba, 
con cuya corrección resultaba por longitud de 
Acapulco 93 o 56' casi la misma que señalaba el 
reloj estando hoy en su meridiano. 

Las bonanzas hicieron inútiles nuestros es- 
fuerzos de atracar la costa hasta la mañanita 
del día i.° que con ventolinas del primer cua- 
drante gobernando al Nornoroeste, se pudo dis- 
tinguir la Isla Roqueta por la proa, entre la cual 
y el continente hay paso estrecho pero honda- 
ble, por donde entran las naves de Filipinas 
cuando vienen con vientos bien entablados. Esta 
isla escarpada, tiene unas manchas blanquizcas, 
muy propias para distinguirla y conocer la boca 
del puerto en tiempos oscuros, ó cuando la niebla, 
frecuente en algunas estaciones del año, oculta 
las altas montañas de sus inmediaciones. 

Estábamos al ponerse el Sol entre el puerto 
Marqués y la Isla Roqueta, á distancia de ésta 
como dos cables y en sonda de 35 brazas lama. 

Rebasada la Punta del Grifo se ciñó el viento 
al Nornordeste y Norte, intentando con un re- 
piquete alcanzar el fondeadero. 

Se vió luégo la candelada que se enciende en 
el sitio del Vigía cuando se avistan embarcacio- 
nes, y las luces de la población; calmó el viento, 
y las ventolinas variables obligaron á dar fon- 
do á un anclote en 23 brazas lama, demorando 
la Vigía al Oeste 5 0 Norte, y lo más saliente 
de la Roqueta al Sudoeste */ k Sur. 

A media noche por garrar el anclote con 
unas rachas del Noroeste, se di ó fondo á un 
ancla, permaneciendo así hasta por la mañana. 

Entrada en el puerto de Acapulco. — Observaciones 
ejecutadas y otras ocurrencias. 

Al romper el día salí en el bote para tierra, 
con el fin de anticiparme las noticias sobre el es- 
tado político de la Europa y aprovechar los ins- 
tantes para combinar con la estrechez del tiempo 
las providencias y aprestos necesarios. Pero antes 
previne al Teniente de navio D. Antonio de Tova, 
que echada la lancha al agua, dirigiese la corbeta 
á la vela ó al remolque al paraje donde se ama- 
rra la Nao de Manila, la cual, no viéndola en el 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


T23 


Fcbi a puerto, inferimos no hubiese venido este año, 
pues nunca sale para su destino hasta Marzo. 
Sólo había fondeada la fragata marchante la 
Pastora, que salió de Guayaquil después de las 
corbetas con carga de cacao, y á los treinta y 
cinco días avistó estas costas sin poder cojer el 
puerto hasta completar los cincuenta de su sali- 
da, á causa de las corrientes para el Este y su 
poca diligencia; defecto común de todas las em- 
barcaciones de este tráfico. 

Por ausencia del castellano el Coronel Don 
José Manuel de Alava, ejercía las funciones de 
Subdelegado D. Diego Carrillo, quien me infor- 
mó la subsistencia de la tranquilidad de Europa, 
pareciendo casi segura la transacción amistosa 
entre la España y la Inglaterra, á pesar de que 
existían los grandes armamentos de ambas co- 
ronas. 

El referido Subdelegado me entregó las órde- 
nes de S. M. dirigidas á D. Alejandro Malas- 
pina, advirtiéndome se hallaba con otras repeti- 
das del Excmo. Sr. Conde de Revillajigedo, Virey 
de estos dominios, para franquear á los buques 
de esta expedición los caudales y auxilios nece- 
sarios para la continuación de su viaje, y además 
tenía especial encargo del Gobernador para obse- 
quiarnos en su nombre mientras estuviésemos en 
la jurisdicción de .su mando. 

Inmediatamente regresé á bordo, encontrando 
la corbeta á la vela con ventolinas del Nornor- 
dcste y ayudada de remolques dirigiéndose al 
fondeadero prevenido. A las ocho y media de la 
mañana quedó ya amarrada con un ancla afuera 
y dos calabrotes de reguera dados al árbol más 
Este de los dos inmediatos al muelle; bajo las 
marcaciones del asta de bandera del castillo nue- 
vo ele San Carlos (antiguamente nombrado de San 
Diego) al Norte 59 o Este; el Islote del Obispo al 
Norte 69 o Este: y el convento de San Hipólito, 
que ahora sirve de Hospital, al Norte 46 o Oeste; ; 
rumbos de la aguja, en fondo de 5 y '/? brazas 
lama. 

Por la tarde despaché extraordinario al Virey 
con aviso de mi llegada, las ocurrencias de la na- 
vegación, y pidiéndole las órdenes de S. M. rela- 
tivas á la expedición que tal vez hubiesen llegado 
á su poder por el último correo, en inteligencia 
que daría la vela luego de recibirlas y se me in- 
corporasen los Tenientes de navio D. José de 
Espinosa y D. Ciríaco de Cevallos, que suponía 
en camino para este puerto, habiendo sabido su 
llegada al de Veracruz el 19 del pasado. 

Por informes que recibí sobre la comparación 
de precios en los víveres entre este pueblo y vSan 
Blas, hallé preferente hacer el acopio de ellos en 
aquel departamento, así por ser allí mucho más 
iácil y equitativa su adquisición, como por poder 
contar al mismo tiempo para su apresto con 
otros auxilios y recursos que no hay en este puer- 


to. Esta resolución nos facilitaba emplear el Fd> 
tiempo en otras operaciones y observaciones 
combinables con nuestro objeto hasta el momen- 
to de la salida. 

Desde luego se principió al día siguiente el 
córte de leña, y el reemplazo de la aguada. Se 
armó el cuarto de círculo en el patio de la pro- 
pia casa del castellano, llevándose también el 
reloj 105 para las comparaciones diarias, y el uso 
de otras observaciones que ofreciese la Astrono- 
mía. Por otra mano se emprendió levantar el pla- 
no del puerto, para cuya operación se midieron 
dos bases, la una de 1.S30 pies ingleses en la pla- 
ya grande al Este del Islote del Obispo, y la otra 
de 588 inmediata á la población y á la popa de 
la corbeta. Das sondas verificadas en el número 
posible, se prefirieron aquellas más importantes, 
siéndolo la del canal formado por la Roqueta y la 
tierra firme, y la del bajo falsamente supuesto 
en nuestros planos cerca de la Punta del Grifo, 
en donde se hallaron nueve brazas de agua. 

La ejecución completa de todas estas aten- 
ciones debía considerarse como segura y breve 
si un suceso acaecido la noche del 8 no hubiese 
querido malograr mis deseos. A las ocho ele la 
noche, cuando con la Oficialidad me iba á embar- 
car en el muelle, hallamos que tocia la esqujfa- 
ción del bote, excepto el patrón, le habían aban- 
donado. A pocas diligencias practicadas á bordo, 
averigüé haber desertado toda esta gente, á pe- 
sar de ser de la de más confianza. Comisioné al 
punto á los Oficiales D. Juan Concha y D. Fran- 
cisco Viana con el sargento y cinco soldados 
para que imponiendo del hecho al Subdelegado, 
tomasen de acuerdo las medidas más prontas que 
dictasen su actividad y las circunstancias. Este 
Jefe facilitó á dichos Oficiales trepa escogida de 
la guarnición muy práctica del pueblo y cami- 
nos, y registrando primero las casas sospechosas 
contestaron la fuga de dichos individuos al prin- 
cipio de la noche. Con estas noticias, se forma- 
ron dos divisiones, dirigiéndose á los caminos de 
Méjico y Coyuca, únicos por donde podían ha- 
ber salido; siguieron sus respectivas direcciones 
toda la noche haciendo diligencias grandes á ca- 
ballo, pero con el sentimiento de haber sido in- 
fructuosas. Sin embargo, haciendo especial en- 
cargo á las Justicias para prenderlos, también á 
los pueblos de su jurisdicción hicieron saberla 
recompensa pecuniaria que obtendrían como los 
cogiesen, según yo lo había prometido. Nuestros 
Oficiales fundaban tanto sus esperanzas en este 
recurso por informe de las propias justicias, que 
cuando regresaron, ya vieron cuadrillas de indios 
lanceros apostadas cautelosamente, y no dudaban 
de su celo lograsen resultas tan felices como po- 
dían esperarse de medidas las más oportunas. 

En la mañana del 9 recibí contestación del Vi- 
rey, incluyéndome pliegos de la Corte llegados 



124 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


j"tb . ') últimamente á aquella capital, y manifestándo- 
me no ser tan fácil la pronta reunión de los Ofi- 
ciales Espinosa y Cevallos como yo lo deseaba, 
si acaso no dilatase yo de algunos dias ]a salida. 
Como al mismo tiempo me advertía el haber an- 
ticipado sus órdenes preventivas al Comandante 
de San Blas para el acopio de nuestros aprestos; 
y por otra parte, miraba de tanta importancia la 
aprehensión de los desertores, no pude dudar en 
la resolución de detenerme ni de manifestársela 
para que también se sirviese estrechar sus pro- 
videncias para conseguir el coger los desertores, 
cuya falta, así por el número como por su sufi- 
ciencia marinera, me era de notable importancia 
para la campaña venidera. 

Se conoció muy breve la falta que nos hacían 
tan buenos marineros, entre los cuales se hallaba 
el gaviero mayor, pues las faenas ocurridas pol- 
la noche la justificaron. A las diez principió á 
relampaguear por el cuarto cuadrante con true- 
nos bastante frecuentes. Apuntó después el vien- 
to al Este, y dando una fuerte fugada cambió con 
violencia al Noroeste aturbonado, ráfagas muy 
fuertes y mucha agua. No tomé hasta aquí pre- 
caución alguna atendiendo á la excelencia del 
puerto, y hallarnos justamente en el rigor de 
la estación más benigna del año. La noche se puso 
del peor semblante, haciéndola más horrorosa la 
repetición de truenos y relámpagos, que causaban 
un estrépito espantoso entre las montañas eleva- 
das que circundan este puerto. Pero se tomaron 
luégo las precauciones debidas de reforzar las 
amarras de tierra, en donde faltaron luégo dos de 
los calabrotes. Al Este se tendió el ancla de ba- 
bor, y de este modo se pudo resistir la fuerza del 
viento hasta las ocho de la mañana, en que el 
tiempo serenó enteramente. 

16 Para el 1 6 se consideraban ya evacuados to- 

dos los objetos que me había propuesto, y en 
disposición de dar la vela en el instante que lle- 
garan nuestros Oficiales de Méjico. No era poca 
satisfacción el verlos verificados, y agregar á ella 
la de haber conducido hoy presos los nueve ma- 
rineros desertores, por varios individuos de las 
justicias que los cogieron á 30 leguas de esta 
población; á quienes como también á los indios 
flecheros que los custodiaban, se satisfizo á pre- 
sencia del Subdelegado los gastos de conduc- 
ción y gratificaciones ofrecidas por este servicio, 
cargándoselos en sus asientos respectivos. 

Se ha hecho relación prolija de este suceso 
para que en lo sucesivo pueda servir de gobier- 
no á otros buques de S. M. que frecuenten este 
puerto, por si acaso tomando iguales medidas 
corresponden con el mismo fruto. 

La suma claridad de las aguas en este sur- 
gidero nos ha proporcionado hacer una observa- 
ción importante, aunque contraria á la del Capi- 
tán Cook. Este navegante supone que el forro 


de cobre en las embarcaciones impide que se ivh. 
arrime el pescado, fundándose en que el carde- 
nillo sea un veneno activo que le mate, en cuya 
opinión se apoyó para proponer al Almirantazgo 
el forro de madera á los buques de su último 
viaje, como medio de facilitarla pesca, y un ali- 
vio tan considerable en semejantes expedicio- 
nes. Nosotros, aquí, después de repetidas expe- 
riencias, podemos con seguridad oponernos á la 
opinión de aquel ilustre navegante. Muchos días 
hemos notado, que acudiendo el pescado con 
abundancia á las conchuelillas pegadas á las 
planchas de cobre, se detenían en ellas para 
arrancar algún alimento que encontraban, pro- 
bándose así que léjos de serle nocivo, le era muy 
sabroso y agradable. 

Por el resultado de nuestras, observaciones 
de esta ciudad nombrada de los Reyes, queda 
determinada su situación astronómica, referida 
á la casa del Gobernador en donde se colocó el 
observatorio, como se expresa. 

Latitud observada por estrellas al Nor- 
te y al Sur del zenit N. 160 50' 30" 

Longitud observada de confianza pos- 
eí primer satélite de Júpiter en la 
noche del 18 de Febrero por D.Juan 
Concha, occidental de París.. .... 1020 32' 38'' 

Longitud por el promedio de 48 séries 
de distancias lunares observadas el 
día 12 103.2 2.00 

Deducción de la longitud por los relojes marinos. 

Núm. :o. Kum- 105. 

Diferencia al tiem- 
po medio pol- 
las alturas co- 
rrespondientes 


el día 3 de Fe- 
brero 2 h 42' 43" 20"' o 1 ' 32' 31" 40'" 

Por sus diarios á 

Panamá 4.4.36.20 0.52.31.52 

Diferencia de me- 
ridianos con Pa- 
namá 1. 21.53.00 1.25.03.32 

Longitud Oesle de 

Panamá 20 o 28' 15" 21 o 15’ 53" 

Panamá al Oeste 

de París Si* 53' 45" 81*53' 45" 

Longitud de Aca- 
pul co occiden- 
tal de París. . . 102.22.00 103.09.38 


La variación de la aguja por el teodolito resultó 
de 7* 12' Nordeste. 

Renunciando ya la esperanza de reunimos 19 
aquí con la corbeta Descubierta, dejé en poder 
del Subdelegado un cajón con los pliegos de la 
Córte, planos y documentos relativos á nuestras 
operaciones desde la separación, rotulado á Don 
Alejandro Malaspina, para que á su arribo se le 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


1 2 ; 


r-;b. '9 entregase inmediatamente. También dejábamos 
otro cajón de aves disecadas y preparadas por la 
diligencia recomendable del Cirujano D, Pedro 
González, para que Malaspina, si lo hallase por 
conveniente, pudiese determinar su remesa por 
Veracruz á España. 

.-:,i Tuve yo noticia la tarde del 24, que los Ofi- 
ciales Espinosa y Ce val los debían llegar tem- 
prano en la mañana siguiente, con cuyo antece- 
dí dente me dispuse á dar la vela en aquel instante. 
En efecto, nos hallábamos con las gavias ensun- 
chadas é izadas cuando llegaron, pero advirtién- 
dome que su equipaje no estaría aquí hasta la 
mañana siguiente por lo malo de los caminos, 
cuya propia causa había también dilatado su lle- 
gada, tuve que suspender la salida, cortando toda 
comunicación con la tierra á fin de evitar nue- 
va deserción en los últimos momentos que tanto 
favorecen á los que la intentan sabiendo también 
la imposibilidad de perseguirlos. 

Salida de Acapulco y navegación hasta San Blas. 

Apenas llegó el equipaje de dichos Oficiales 
por la mañana, y apuntó la brisa, dimos la vela 
con todo aparejo atracando la punta del Grifo, 
en donde escaseando el Sudoeste obligué á se- 
guir el bordo sobre la de la Bruja y á costa de 
otros dos repiquetes conseguimos estar fuera de 
puntas al medio día; á esta hora, por marcacio- 
nes á la punta de la Bruja al Norte 26 o Este, la 
del Grifo al Norte 4 0 Oeste, y el farallón del 
Obispo al Norte 5 0 Este, resultó la latitud Norte 
de t 6° 48' y longitud occidental de Cádiz de 93 o 
V 43'- 

Siguióse la vuelta del Sur con viento fres- 
quito del Oesudoeste, conduciéndonos este rumbo 
al ponerse el Sol á 6 ó 7 leguas de la costa. No 
podíamos esperar mutación muy favorable en 
los vientos, pues por noticias adquiridas en Aca- 
pulco, nuestra navegación á San Blas, debiendo 
hacerse con vientos constantes del 4. 0 cuadrante 
debía ser por precisión bien larga. Sobre esta 
causa se agregaba la de las grandes diferencias 
hacia el segundo cuadrante, causas que produ- 
cen atrasos en este viaje aunque sea corto en 
razón á la distancia. Por esto la derrota ordina- 
ria que se hace, es separarse de la costa, buscan- 
do fuera de ella las variaciones favorables de 
vientos. 

Habían conducido los Oficiales Espinosa y 
Cevallos dos relojes pequeños que dejamos en 
el Observatorio Real de Cádiz, pertenecientes á 
los dos cronómetros que traen las corbetas, los 
cuales se pusieron desde luego en movimiento. 
Estas máquinas, fabricadas igualmente por Ar- 
nold, tienen los números 344 y 351. 

Los vientos desde aquí entre el Oestenor- 
oeste y Oeste con poca fuerza, nos produjeron 


sacrificios considerables en la latitud y longitud: iai-, -m? 
á medida que fuimos saliendo para el Oeste fue- 
ron inclinándose paulatinamente hacia el Norte, 
pero con las diferencias al Sur constantes 3' no 
pequeñas, aumentaban el atraso de la derrota: 
nuestra situación el 4 de Marzo era bien desven- - Mui - > 
tajosa estando en latitud Norte de 13° 50' y en 
longitud de 95 o 46', observando la variación 
Nordeste de 7 0 . 

Todavía hasta el 7 fuimos perdiendo en la- ? 
titud, pues sin embargo de que los vientos ha- 
bían tomado un giro algo más favorable llegan- 
do á veces hasta el Nornordeste, como las diferen- 
cias al Sur eran grandes, no pudimos excusarnos 
de bajar hoy hasta la latitud de 13 o 41' Norte, 
en longitud de 97 o 26', desde cuyo punto ya em- 
pezamos á sentir menores diferencias y también 
á lograr otros progresos para el Norte. Los vien- 
tos tomaron asimismo más fuerza y esta cir- 
cunstancia con la constante fuerza de vela dis- 
minuía el abatimiento, y los efectos de las 
corrientes, ya en este paraje eran bien poco 
sensibles. 

Las observaciones del día 11 nos maní- ,l 
festaron la latitud Norte de 14 o 51', y longitud 
de 99 o 12', por las cuales, y otros indicios como 
abundancia de pájaros, algunos chubascos y ra- 
mas de árboles, nos indicaban la cercanía de la 
Isla de Posesión. Esto nos hizo navegar con vi- 12 
gilancia todo el día siguiente por si algún error 
presumible en su situación podía hacer que la 
avistásemos. 

En los días 15 y 16 notamos una constante J -' l/ ' 
variedad en los vientos, pero sin salir del primer 
cuadrante. Esta alteración, ó nuestros deseos, nos 
daban esperanzas de que llegásemos breve á en- 
contrar los vientos del Oeste y Noroeste, para 
tomar luego la otra vuelta. Nos considerábamos 
al medio día del hoy 16, como 100 leguas dis- 
tantes de la costa, y á esta causa atribuíamos el 
ningún efecto ya de las corrientes para el Sur 
y también tal vez á hallarnos al Oeste del meri- 
diano del mar de Cortes, cuyo desagüe derra- 
mándose en su misma dirección, producirá al- 
guna corriente, cuya conjetura podremos quizá 
comprobarla si experimentamos sus efectos sobre 
las Islas Marías. 

Desde la media noche dió el viento algunas 
llamadas del Norte al Nornoroeste, pero con tan 
poca subsistencia, que no permitió seguir la otra 
vuelta. A la mañana se tomó la del Nordeste un .? 
corto intervalo favorable, llegando al medio día á 
la latitud de if 34', y longitud de 105 o 46' 

Oeste. Notóse en esta última una grande dife- 
rencia con la de estima en I o 09^ para el Oes- i: . 
te. También hubo 12' de diferencia al Sur: no 
obstante, como al día siguiente no encontramos 
alguna en la longitud, puede suponerse que aque- 
lla tan considerable dimanase de algún error en 



126 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


Mar. is las alturas, ó al contar en el reloj al tiempo de 
tomarlas. 

Por las comparaciones de los relojes resultó 
haber alterado su movimiento el número 10 
en con el 105, diferencia que no se atribuiría 
á defecto de aquella sobres aliente máquina, á no 
repetirla los otros dos relojes de Arnold, cuya 
uniformidad de movimiento entre sí desde Es- 
paña habían dado muy buenas longitudes. El 
temperamento había alterado muy sensiblcmen. 
te, y desde luego esta repentina mutación puede 
haber causado en el número 10 aquella novedad. 
tr i Sin embargo, en las comparaciones del día si- 
guiente volvió á uniformar su movimiento con 
los relojes 105 y 344. 

Los días 21 y 22 estuvo el tiempo cubierto, 
y á veces achubascado ó garuando, lo cual oca- 
sionaba variaciones de vientos con las que se 
tomaba la vuelta que granjease más para el Es- 
te. Estos aparatos parecían anunciarnos la pró- 
xima mutación de viento favorable, pero no 
; 1 tuvieron lugar estos deseos hasta pasada la me- 
dia noche del 24, en que aclarando, roló el viento 
as al Nornoroeste y Norte bien fresco al amanecer, 
prometiéndonos por todas las bellas apariencias 
con que se entabló la seguridad de su constancia 
y el pronto arribo al puerto deseado. Estábamos 
al medio día por la latitud observada en 22 o oí'; 
y en longitud de ioS" 34' Oeste hallando la 
variación por amplitud occidua de 7° Nor- 
deste. 

La Carta española que nos guiaba difería en i° 
en la longitud entre la bahía de San José y el 
puerto de San Blas de la que señalaba un pia- 
nito remitido porl). Francisco Maurelle. Tenien- 
te de navio de la Real Armada, residente en Mé- 
jico. Pero la longitud que resulta de San Blas 
según la distancia estimada de 60 leguas entre j 
ambos puntos, y la diferencia en latitud, es de j 
100 o 30' occidental de Cádiz. El Abate monsieur i 
Chappe, comisionado por la corte de Francia á 
observar el paso de Venus acaecido el 3 de Junio 
de 1769, á cuya comisión le acompañaron los Ofi- : 
cíales de la Armada D. Vicente Doz y D. Salva- 
dor de Medina, establece la longitud de San José i 
por la observación de Doz en 112 o 2 r 30" occi- 
dental de París, ó en el mismo sentido de Cádiz 
de 103 o 26' 30" y la latitud de 23 o 3' 30" Norte. 
El citado Chappe es quien poñe la distancia es- 
timada de las 60 leguas, bien que las contrarie- 
dades que sufrió para navegarías, por corrientes, 
calmas, etcétera, dan motivo suficiente para creer 
algún error en sy cálculo y conceder la preferen- 
cia á la estima de Maurelle no habiendo tenido 
aquellos obstáculos. 

No nos abandonó después el tiempo favora- 
-7 ble del Norte y Nornoroeste ni sus bellas apa- 
riencias, de modo que al medio día del 27 con- 
tamos la longitud de 103 o 15' Oeste, por latitud 


de 21 o 30^ Norte, considerándonos como 50 le- Mar. -, 
guas de las Islas Marías, demorando la del 
centro al Este corregido, cuyo rumbo es el que 
| seguimos desde haber llegado á su paralelo. Esta 
longitud, indicada por los relojes, tuvimos en 
esta mañana ocasión de comprobarla por 36 se- 
ries de distancias lunares, cuyos resultados sólo 
diferenciaban en 8' al Este del reloj. 

La suma confianza que teníamos en estas ob- 
: scrvaciones nos persuadía la exactitud de nues- 
, tra verdadera posición. Así, aunque el viento 
continuase fresco, seguimos toda la noche con 
i fuerza de vela en vuelta de las islas, pudiendo 
i distar de ellas al medio día siguiente como ocho =R 
leguas por una Carta reducida que teníamos; pero 
por el plano de Maurelle, ya estábamos al Este 
de ellas; sin embargo, no era de creer error con- 
siderable en su longitud considerando estuviese 
referida á las observaciones ejecutadas por Don 
Vicente Doz en el Cabo de San Lucas, y creo 
también en San Blas. 

Efectivamente, á la una de la tarde, estando 
en latitud al medio día de 21 o 25' y longitud 
de 100 o 25' se avistaron desde los topes las islas 
demorando por la. proa. Tardamos poco en atra- 
carlas y barajándolas á distancia de dos leguas, 
nos dirigimos á pasar por el Sur de ellas. Estas 
islas corren Noroeste-Sueste, son muy limpias, 
la más Norte tiene dos puntas bajas y un isloti- 
11 o en la del Noroeste, pero carecen de puertos. 

Por noticias que tenemos abundan de varias y 
excelentes maderas, con especialidad ele guaya- 
can que se conduce á San Blas para los usos del 
Departamento; se coge buen carci y se hace una 
bebida de la corteza de cierto árbol, cuyo uso 
está prohibido. 

De las longitudes observadas á las diez ho- 
ras y veinte minutos de la mañana por el número 
10 llevadas con la estima basta la hora de avis- 
tarse la isla más Norte estimando la distan- 
cia de ella de seis leguas, se dedujo la longitud 
de ella de 100 o 30' occidental de Cádiz que di- 
ferenciaba en y' de la que indicaba la Carta es- 
pañola, y i° al Este de la de Maurelle. No será 
esta la situación que establezcamos á estas islas 
porque sólo hago mención para indicar aquellos 
errores, respecto á que en San Blas deducire- 
mos con toda exactitud la referida situación des- 
pués cíe averiguar el movimiento del número 10, 
cuya marcha no fuera extraño haberse alterado 
después de cuarenta días que se cerró en Aca- 
pul c o su diario. 

Con rumbo del Estesueste íbamos á atracar 
la isla más Sur de la cual al anochecer por tres 
marcaciones hechas á las dos del Norte, señala- 
ban la distancia á ella de diez leguas. El poco 
viento ó calmas desde la media noche no dió lu- 
gar á rebasarlas todavía al amanecer, teniéndola 
á esta hora por el través á cuatro millas. Ciñóse 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


127 


Mar. "y luego el viento fres quito del Nordeste en demanda 
del puerto, y cuando el Sol tuvo una competente 
altura, se convino estar próximos al meridiano 
de la isla, para correr bases en estas circunstan- 
cias y observar longitudes. Por las referidas al 
medio día por los relojes, llegamos á la de 99 o 
32' Oeste, y latitud observada de 21 o 13' Norte; 
teniendo de variación por amplitud ortiva 7 0 Nord- 
este. A este tiempo demoraba lo más Norte de 
la isla, más Sur al Norte 75 o Oeste, y el isloti- 
11 o que tiene á la parte del Sur, al Norte 87 o 30' 
Oeste. 

Ala una de la tarde se descubrió la costa de 
San Blas y notablemente el monte de San Juan 
por la proa, cuya elevación y figura formando 
dos cerros redondos en la cúspide, puede servir 
de marca muy segura para buscar el puerto. 
Perdíamos las esperanzas de alcanzarle hoy por 
haber entrado tarde la brisa del Noroeste, y sólo 
al ponerse el Sol pudo verse poco á barlovento 
el islote de piedra blanca, el cual dista del puer- 
to como seis leguas. 

Seguimos en demanda de él hasta las diez de 
la noche que calmó la brisa, sondando entonces 
3 ° 26 brazas lama. Por la mañanita conocimos el 

efecto de las aguas para el Sur, y así declarándo- 
se la brisa á las ocho por el cuarto cuadrante (que 
sopla aquí desde Noviembre á Mayo) se orzó al 
Noreste. En este paraje suele fondearse con 
bonanzas por no caer á sotavento del puerto, y 
más siendo en la estación benigna en que esta- 
mos, cuya maniobra hubiera yo ejecutado al 
contar menos en la diligencia del buque, y á 
querer evitar este trabajo ála gente, y á los ca- 
bles que tanto padecen en esta faena. 

A las diez y media marcábamos la segunda 
piedra blanca situada cerca de la entrada de San 
Blas, cuya figura representa una embarcación á 
la vela, al Norte 72" Este, por cuyo rumbo nos 
dirigíamos al fondeadero con todo aparejo. Des- 
pués del medio día se divisaban ya las banderas 
del Rey en el fuerte de la entrada y en la altura 
de la población donde se halla la Contaduría del 
Departamento, cuyo edificio representa una for- 
taleza. Poco después llegó á bordo el Secretario 
del Comandante el Capitán de navio D. Juan 
Francisco de la Cuadra, quien me informó ha- 
llarse en el pueblo de Tepiquc, pero que llegaría 
al día siguiente. ¡ 

Cerca ya de la segunda piedra blanca nave- i 
gamos sobre las gavias por fondo de siete, seis y i 
media y seis brazas lama, y rebasada se dió 
¡ ondo al ancla de babor en cinco y media la mis- 
m ma calidad, y seguidamente se tendió la otra al 
Este, quedando de este modo en las marcaciones 
del asta de bandera del fuerte de la entrada al 
Norte 7 0 Este, la que está en la Contaduría al j 
Norte 46 Este , y el Cen o de San Juan al 
Sur 81 o Este. 


Estada en San Blas y aprestos para- la ejecución de 
la campaña al Norte , consecuente á las últimas 
órdenes de S. M. recibidas en este puerto. 

En la mañana siguiente llegó de Tepique el A 
Comandante Cuadra, y me manifestó el particu- 
lar interés que tomaría en contribuir con sus pro- 
videncias eficaces en que nos aprestásemos con 
todos los auxilios que exigiese el éxito feliz de 
nuestra comisión. Y á este efecto se hallaba con 
órdenes anticipadas y amplias del Virey, para 
que nada faltase al desempeño cabal de un ob- 
jeto tan importante y recomendado muy espe- 
cialmente por S. M. 

No bien se habían concluido las faenas mari- 
neras, cuando se empezaron todos aquellos repa- 
ros para el aparejo y velamen en que podía ocu- 
parse la marinería sin auxilio del arsenal. Con 
igual celeridad se dió principio por la maestran- 
za á la recorrida de costados y trancaniles, limi- 
tándose estas obras sólo á lo muy preciso para 
reducir los gastos grandes que aquí causan, y 
contando con que en la invernada en Manila se 
completarían con notable economía. Las em- 
barcaciones menores fue también preciso en- 
viarlas á carenar al Arsenal por los terribles 
extragos que había hecho la broma en sus fon-, 
dos, y una lancha nueva que estaba ya prin- 
cipiada, fué también necesario aumentarle su 
capacidad y resistencia, sin cuyas circunstancias 
no podría desempeñar los objetos á que debía 
destinarse. 

Por el correo del 5 recibí pliegos de Su 
Majestad para D. Alejandro Malaspina, previ- 
niéndole expresamente la verificación de la cam- 
paña al Norte con el fin de determinar la falsa ó 
verdadera existencia del estrecho ú paso de co- 
municación entre el mar Pacífico y el Atlántico. 

A este efecto se acompañaba una Memoria pu- 
blicada en Francia por Mr. Baliche, miembro de 
la Academia de Ciencias, leída en aquella sabia 
Asamblea el 13 de Noviembre del año próximo 
pasado, en la cual se trata de probar como cierto 
el referido estrecho, fundándose sobre la auto- 
ridad de un viaje por el navegante español Lo- 
renzo Ferrer de Maldonado. 

Ignoraba yo el paradero de Malaspina, y su 
retardo en llegar á Acapul co siendo considerable, 
me hacía recelar algún contratiempo en su na- 
vegación, pues según aviso del Virey con fecha 
de 27 de Marzo todavía no había entrado en Aca- 
pulco, siendo asi que según me indicaba en su 
instrucción contaba pava el 20 de Febrero coger 
aquel puerto. Parecióme indipensable, no obs- 
tante, dirigirle por extraordinario á Méjico las 
últimas órdenes de S, M., suplicando al Virey las 
trasladase á sus manos en el instante de saber su 
arribada sobre cualesquiera puerto de la costa. 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


128 


al 5 Yo consideraba ya muy contingente el reunimos, 
por lo tanto juzgué preciso avisar á Malaspina 
el plan de la derrota que me proponía ejecutar 
para cumplir las órdenes recientes de S. M., en 
el caso de que las suyas para el 24 del corriente 
no me previniesen el alterarle. 

Era, pues, mi ánimo hacer navegación directa 
a la altura de 60 o , atracar la costa y reconocerla 
ai Norte y al Sur del monte de San Elias, en 
donde la citada Memoria supone el cuestionable 
paso, buscándole por las señas que advierte en 
la entrada de esta parte; si no le hallaba, como 
parecía lo más probable, pensaba dirigirme para 
el Sur á reconocer los trozos de costa sin trazar- 
se hasta aquí por navegantes nacionales ó ex- 
tranjeros. Después entraría en Nutka y Monte - 
rey, si la estación lo permitiese, y rectificando 
las Cartas del Continente de la América ó corri- 
giéndolas de los errores que incluyen los métodos 
empleados en semejantes operaciones por la fal- 
ta de relojes, regresaría luego á Acapulco en 
Octubre ó Noviembre de este año. 

Al mismo tiempo que con fecha de hoy partí - 
cipaba al Excmo. Sr. Ministro de Marina todas es- 
tas medidas como consecuentes á haberme ente- 
rado de las últimas órdenes de S. M., le avisaba 
la llegada también del péndulo simple destinado 
, por S. M. á esta expedición para que en el dis- 
curso de ella se repitiesen las observaciones con 
arreglo á la reducida instrucción que acompañaba 
el Capitán de fragata D. José de Mendoza, que lo 
remite desde París. Se reducen éstas á comparar 
el movimiento del péndulo con el tiempo medio 
para determinar así las distintas relaciones déla 
gravedad, y deducir por ellas una medida univer- 
sal y la verdadera figura de la tierra. 

Habíase colocado el observatorio en la plaza 
de la iglesia para el arreglo de los relojes, y eje- 
cutar las observaciones celestes que ocurriesen, 
en cuya inmediación se tomó una casa para alojar 
á los Oficiales encargados de este ramo, pues la 
gran distancia á que .se hallaba el buque de la 
población, hacía indispensable esta providencia 
para asegurar aquellos objetos. Con el propio 
empeño se principió á levantar el plano del puer- 
to, y este cúmulo de atenciones para evacuarlas 
con la brevedad á que estrechaba el tiempo, no 
dejaba ele hacerme recelar en un país tan mal 
sano el que la gente enfermase. 
r¡ Por la mañana del rr, recibí aviso de Don 

Alejandro Malaspina de haber llegado el 27 de 
Marzo á Acapulco, después de 57 días de una can- 
sada navegación desde Realejo, en la que por 
calmas y corrientes no le había sido posible si- 
tuar la costa intermedia desde que dejaron los 
volcanes de Guatemala; y atendiendo á las cir- 
cunstancias que nos rodeaban y á las tareas de 
nuestros navegantes españoles, y de los señores 
Cook, La Perouse y Dixon, sobre las costas sep- 


tentrionales de la California, determinaba cliri - ai.. 
girse á las Islas de Sandwich, y recorriéndolas en 
lo restante del verano, regresar por Octubre á 
Acapulco, atravesando después á las Filipinas. 
Como para la ejecución de este plan me recomen- 
daba la mayor diligencia en trasferirme á aquel 
puerto, yo, desde el instante, estreché mis pro- 
videncias para dar la vela pasado mañana, avi- 
sándoselo así por extraordinario que salió inme- 
diatamente. A la sazón teníamos la aguada y leña 
completa, habiendo hecho también 160 quintales 
de lastre para reemplazar los pesos muy dismi- 
nuidos desde la salida de Cádiz, cuya falta en la- 
titudes altas perjudicaría á la resistencia y bue- 
nas propiedades del buque, justamente en oca- 
sión en que eran más precisas ambas circuns- 
tancias. 

Habíamos concluido á la sazón así las obser- 
vaciones que determinaban la situación exacta 
de San Blas, como el plano del puerto con una 
línea de sonda desde la rada ó paraje donde se ha- 
llaba la corbeta hasta la entrada al rumbo del Sur- 
sudoeste por fondo de 36, 35, 26 y iS pies siem- 
pre fango. Esta calidad disminuye en parte la po- 
ca seguridad del fondeadero de la rada, con espe- 
cialidad en los meses de Julio, Agosto y Setiem- 
bre por los vientos reinantes del Sur y Sudeste 
que soplan con fuerza y frecuentemente traen 
turbonadas. Son pocas las embarcaciones que 
pueden entrar en el puerto por el poco fondo de 
la entrada, y para evitar la detención de alijar, 
fondean como á cuatro ó cinco cables del islote 
pequeño que está á la entrada y á tres de la punta 
Sudoeste ele la misma. Sobre ésta se halla una ba- 
tería, y se extiende para el Este de ella un arre- 
cife de piedra como de 80 toesas, en cuyo extremo 
empiezan las val izas indicando el paso estrecho 
que conduce al interior del Arsenal. El fondo en 
pleamar (que sucede en novilunio y plenilunio á 
las ocho y media de la mañana) entre las prime- 
ras es de 16, 15 y 14 piés; continúa así hasta cerca 
de la chata que baja á nueve y ocho; en la baja- 
mar disminuye de tres á cuatro piés el fondo, y 
éste es variable á uno y otro lado de las valizas, 
á causa de los cantiles ó placeres formados por 
el rio de Santiago que desagua por esta parte. 

Todo el día siguiente se empleó en recibir del 
arsenal los efectos para entrambas corbetas como 
eran clavazón, madera, brea, la pipería com- 
puesta y nueva, 220 quintales de pan y 150 arro- 
bas de tocino. La lancha nueva, como también el 
observatorio, equipajes y los útiles de tonelero 
y herrero, quedaron también á bordo, de modo, 
que al anochecer nada faltaba para efectuar la 
salida desde que apuntase el terral. 

Por nuestras observaciones, habíamos esta- 
blecido la posición astronómica de San Blas 
referida al paraje del observatorio en la forma 
siguiente: 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


T29 


Longitud de San Blas deducida 
por la emersión del primer sa- 
télite de Júpiter en 7 de Abril 
de 31 occidental de París. . . . 107 o 42' 00" 

Cádiz al O. de París S° 34' 00" 

Longitud de San Blas occidental 

de Cádiz 99 o 08' oc" 

Longitud de San Blas por el nú- 
mero to occidental de Aca- 

pulco.’ 5 o 1 2' 00" 

Acapulco al O. de Cádiz 93° 44' 00" 

Longitud de San Blas por el 10 

occidental de Cádiz 9S 0 56’ 00" 

Latitud observada en San Blas por 
estrellas al Norte y al Sur del 

Zenit N. 2i*' 32 40"' 

Variación de la aguja por el pro- 
medio de seis azimutes obser- 
vados á bordo por dos observa- 
dores N. K. 9" 2 (>' oo 7 


Descripción dd departamento de San . Blas, orí gen de 
su establecimiento, y ventajas que ofrecería trasladado 
¿i Acapulco. 

La villa dé San Blas se halla situada á un 
cuarto de legua clel Arsenal, á la falda de una 
eminencia que presenta su cara á la brisa, por lo 
general reinante desde las diez de la mañana 
hasta las seis de la tarde. El terral la sustituye 
á pocas horas, pero la situación local impide 
gozar de este beneficio tan saludable en estos 
climas calurosos. La población, reducida á muy 
pocos regulares edificios, se compone de chozas ■ 
cubiertas de paja, presentando aquella vista po- ¡ 
bre y miserable de un pueblo situado en un clima 
insano, habitado sólo por la necesidad ó por las 
ventajas que su conservación produce á los inte- 
reses del Estado. Algunas casas de particulares, 
y uno ú otro edificio del Rey, están hechos con 
alguna solidez, pero en la estrechez de las prime- 
ras no se ha combinado la capacidad que piden 
las habitaciones entre trópicos. El terreno de las 
calles desigual y pedregoso, hace su tránsito j 
bastante incómodo. El temperamento de San 
Blas, por naturaleza enfermo, lo es excesivamen- 
te en la estación lluviosa de Mayo, Junio, Julio y 
Agosto. Forestas y otras causas locales que re- 
feriremos, los naturales tienen una languidez y j 
tristeza en sus semblantes, que las justifican tan- i 
to como la necesidad de abandonar el pueblo por 
.aquél tiempo en que tanto aftijen las enferme- j 
dades agudas. Así no puede fijarse el número de 1 
sus habitantes como tampoco la multiplicación : 
de la especie humana puede tener aquí aquel • 
aumento proporcionado á su número, cuando i 
tantas circunstancias lo embarazan. Podrá as- j 
cender la población en tiempo ménos mal sano á j 
4 - 5 °o almas, y á la mitad de este número cuan- 
do la abandonan trasladándose á Tepique. 

Para que así este pueblo como el Arsenal sean 


poco sanos, concurren causas físicas que existirán ai. ,, 
mientras existan ambos establecimientos, y por 
consiguiente habrá de sufrir sus perniciosas con- 
secuencias. Hállanse uno y otro rodeados de 
esteros ó pantanos, cuyas aguas y las llovedizas 
que los forman, comunicándose con las marinas, 
producen la putrefacción destructora terrible de 
la humanidad. Unese á estas causas una pla- 
ga casi continua de mosquitos conocidos aquí 
con el nombre de ge genes ó perjuicios . Divídense 
en dos clases, unos son pequeños, de tamaño 
poco mayor de una pulga, y otros mayores 
que se distinguen con el nombre de zancu- 
dos. Una y otra especie de insectos tienen 
una actividad singular en la picada, y molestan 
especialmente en las conjunciones y oposiciones 
de un modo inexplicable. Si este es un motivo 
tan poco agradable para habitar en la población 
y en el Arsenal, puede inferirse cuanto debe au- 
mentarse á los operarios de este sitio, en donde 
el terreno más bajo y ménos ventilado hace in- 
sufrible su residencia, causando atrasos muy 
grandes en las obras que allí se ejecutan. 

Fué el objeto de formar aquí este Arsenal el 
de resguardar y de extender los reconocimientos 
de la costa Noroeste de este continente y facili- 
tar el socorro de los presidios de Monterey, San 
Diego, Loreto, etc. Esta idea, protegida por 
el Exorno, señor Marqués de Sonora, desde la 
visita general que hizo en este Reino el año 
de 1769, empezó á formalizarse en el inmediato, 
destinándose un constructor y alguna maestran- 
za para la fábrica de las pequeñas embarcacio- 
nes con que se abrió este establecimiento. I.o 
enfermo del paraje y la mayor abundancia de 
mosquitos obligó á abandonarle el año de 73 
y fijar la residencia en donde hoy se halla la vi- 
lla; en el de 74, se consideró precisa la forma- 
ción de un Departamento, destinando al efecto 
Oficiales de la Armada y Pilotos, los cuales, 
después de haber hecho algunos descubrimien- 
tos sobre estas costas septentrionales, se retira- 
ron los primeros en el ele 83. Por este tiempo, 
la Rusia había emprendido sobre las mismas 
costas algunas expediciones, formando en las al- 
tas latitudes de ellas uno ú otro establecimiento 
para facilitar el comercio de la peletería. El exa- 
men de estos, ó el averiguar sus intenciones 
siendo un punto que llamaba la atención del Go- 
bierno. volvió á restablecerse el Departamento 
en 89. nombrando S. M. por Comandante, al Ca- 
pitán de navio 1 ). Juan Francisco de la Cuadra, 
con sus Oficiales subalternos. 

Las embarcaciones que actualmente perte- 
necen al Departamento, son tres fragatas como 
de 300 toneladas, un paquebot y una goleta. Es- 
tos buques se hallan en muy buenas condiciones, 
excepto la fragata Concepción, por cuyo motivo 
se ha propuesto al Vi rey la construcción de 


17 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


130 


■ otra del mismo tamaño, la cual podrá estar de- 
tenida por el excesivo costo de 120.000 pesos en 
que se ha presupuestado su valor. Yo creo sería 
preferente que así ésta como otras embarcacio- 
nes que hayan de emplearse en estos mares fue- 
ran construidas en España bajo otros principios 
ó conocimientos para desempeñar los objetos á 
que se destinen, y economizando sumas inmensas 
que aquí se sacrifican. No en vano asciende á una 
tan considerable de 374.488 pesos fuertes los 
gastos del Departamento, debiéndose á su celo 
el haberlos disminuido con árbitros que lia me- 
ditado hasta 50.000 pesos anuales el citado Co- 
mandante. 

Se han hecho ver ya los inconvenientes que 
ofrece el hallarse en este puerto el Departamen- 
to, pero todavía resta otro mucho más grave. 
En la relación del diario se ve la imposibilidad 
de entrar dentro del puerto las embarcaciones 
que calen 14 pies, y aun éstas no pueden ejecu- 
tarlo sin la molesta y á veces arriesgada ma- 
niobra de alijar. La capacidad del puerto no 
ofrece tampoco toda la que necesita un Arsenal, 
por muy reducido que sea, y tan solo estas dos 
causas pudieran convencer de la necesidad de 
trasladarle á paraje más conveniente y seguro. 
Este punto de tanta importancia al servicio 
de S. ¡Vi., ha sido muy disputable hasta ahora, 
en que el actual Vi rey, tan celoso en su acierto, 
ha propuesto el traspaso del Departamento á 
Acapulco, precediendo varios informes y á mí me 
lo pidió también cuando regresé á dicho puerto. 

Es cierto que no cabe comparación entre el 
puerto de Acapulco y el de San Blas, sin que 
para decidir las superiores ventajas de aquél 
sobre éste, se necesiten más conocimientos que 
el cotejo de sus planos respectivos. Acapulco 
ofrece la mayor comodidad para formar el De- 
partamento con la precaución que exigen los 
grandes intereses que abraza, facilita para ce- 
larlos la residencia en él de todos los Jefes, su 
inmediación á la capital y á Veraoruz disminu- 
ye mucho el costo de la conducción de efectos, 
las fortificaciones grandes que tiene, y las que 
provisionalmente pueden formarse en tiempo de 
guerra para defender su entrada con el auxilio 
de la Harina, daría á este punto de la América 
todo aquel grado de seguridad que necesita para 
no temer un ataque por ninguna potencia marí- 
tima que lo intente. 

En cuanto al temperamento, es también pre- 
ferente el de Acapulco, porque además de no 
tener su disposición local los inconvenientes que 
.San Blas, también es fácil corregir los que 
tiene. La necesidad haría muy luego conocer la 
precisión de cegar una pequeña laguna que hay 
á la salida del pueblo, así como éste sería nece- 
sario irlo extendiendo hacia la cañada, por 
donde viene la brisa , cuya providencia, y la de 


desmontar los alrededores aumentando la ven- ai>. 
tilación, se disminuirá la humedad que aquí 
tanto ofende la salud pública. 

Si con estas saludables diligencias no se al- 
canzase el objeto á que se dirigían, siempre hay 
aquí el recurso de mejorar de clima á muy corta 
distancia de la población. Ni aquéllas son ase- 
quibles en San Blas por la localidad del terreno, 
ni Te pique dista menos de 12 leguas ó más de 
aquel Departamento, cuando á las doce de Aca- 
pulco se experimenta la influencia de un tempe- 
ramento sano en todas las estaciones del año. 

Se deja, pues, conocerla utilidad que resultaría 
al servicio del Rey en este caso, residiendo los 
Jefes constantemente ó en el mismo Arsenal, 
para inspirar con su presencia todo el celo y 
actividad necesaria, ó más próximos á él, y sólo 
la corta estación que afligen ahora las enferme- 
dades. A pesar de estas ventajas tan palpables, el 
Comandante Cuadra me informó, cómo no fal- 
taban opiniones para disminuirlas, ó informes á 
la superioridad dando la preferencia á San Blas 
para Departamento. No podía Cuadra suscri- 
birse á un dictamen tan difícil de apoyarse, ó 
de superar las razones ele la opinión contraria, 
y así estábamos conformes en la misma, de que 
algún día había de triunfar de todas las dificul- 
tades ú obstáculos que encontrase. No obstante, 
expondremos aquí los fundamentos que apoyan 
el sentir de los primeros para dejar al público la 
facultad de decidir con acierto en la opinión de 
que se trata. 

A dos puntos reducen el apoyo de su opi- 
nión; el primero hallarse San Blas más al 
Norte que Acapulco, y por consiguiente, en dis- 
posición más fácil de socorrer los presidios, de- 
biendo ser más corta la navegación, lo mismo 
que la que se verifica todos los años á las ex- 
ploraciones en las latitudes crecidas; y segundo, 
en la abundancia de maderas que tiene San Blas 
de las cuales suponen que carece Acapulco. 
Para juzgar del primer punto bastará saber que 
la derrota para entrambos objetos es siempre 
una misma, por razón de los vientos constantes 
desde uno y otro paraje, y que debiendo sepa- 
rarse siempre de la costa para buscar los del 
Oeste y Noroeste, no hay en este caso más dife- 
rencia en distancia que la diferencia corta en la- 
titud entre ambos puertos (1), y esta se gana 
justamente en donde los vientos son favorables. 

En cuanto á las maderas, no creo pueda pa- 
sar de una suposición fácil de probarse. Por lo 
menos yo me he informado de haberlas muy 
buenas no le jos de Acapulco, y cuando faltasen 

(1) La navegación de las corbetas desde Acapul- 
co habiendo atracado la costa en cincuenta y tres 
días por los 56 o de latitud, podrá compararse á la que 
ejecutan los buques de San Blas, que rara vez pueden 
conseguirlo en menos de sesenta días. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


,\b. í 


en sus inmediaciones, no es un inconveniente 
que no pueda fácilmente remediarse. Suponga- 
mos no haya otro paraje de donde cortarlas más 
que en San Blas, en este caso, cuando las em- 
barcaciones regresen del Norte por Setiembre ú 
Octubre, pueden al paso cargarlas en San Blas 
sin dispendio ni riesgo alguno por el tiempo, y 
conducirlas á Acapul co. 

Yo quisiera saber si estas dos objeciones que 
se oponen, áun cuando no pudieran satisfacerse, 
son capaces de compensar las ventajas referi- 
das, ni cómo cabe á los que tengan las menores 
nociones de la facultad, el dejar de conocer las 
excelentes cualidades del puerto de Acapulco 
para formar un completo Departamento, de las 
cuales carece absolutamente el de San Blas. 
Nadie podrá negar cjuc la seguridad y capacidad 
de un puerto son las primeras y esenciales cir- 
cunstancias que deben consultarse para estable- 
cer un Arsenal, y si á ellas se agregan otras 
particulares del clima, de la localidad del terre- 
no, facilidad de defensa, y de poderse hacer un 
Departamento respetable, nadie tampoco podrá 
resistirse á conceder á Acapulco unas ventajas 
tan considerables que unidas se encuentran en 
muy pocos puertos del Globo. 

Salida de San Blas; navegación en busca de unos 
bajos al Noroeste de Cabo Corrientes, y reunión ¡i 
la Descubierta en Acapulco. 

Desde las primeras horas de la noche se prin- 
cipió á levar las anclas, y teniéndose al Oeste 
un anclote conducido del Arsenal para dar la 
vela sobre él, quedamos á las diez prontos á ve- 
rificarlo en el momento de apuntar el terral. Fal- 
tando á la común experiencia, no se declaró 
hasta las dos de la madrugada, á cuya hora, lar- 
gando el chicote dimos la vela con todo aparejo 
gobernando al Sudoeste 5 0 Sur por fondo de 10, 
11, 16 y 38 brazas lama hasta el medio día, 
distando solo al salir el Sol de tres á cuatro le- 
guas del fondeadero. 

Siendo mi objeto acelerar la llegada á Aca- 
pulco, no era posible detenernos en trazar la 
costa aunque las circunstancias lo facilitasen; 
pero no causaría atraso notable el averiguar la 
existencia de unos bajos nuevos de arena y pie- 
dra que había encontrado el Capitán y Piloto 
del paquebot San Juan Nepomu-coio, D. Máximo 
Domingo de Zeleta, según me informó en San 
Blas antes de su salida para Acapulco, conforme 
á sus noticias estaban al Noroeste de Cabo Co- 
rrientes, distancia de siete leguas. No dejó de sor- 
prenderme el ver que semejantes bajos no exis- 
tían en ninguna carta, ni en el Departamento 
había la menor noticia de ellos, que á la verdad 
era bien extraño estando tan inmediatos á él. 
Lsta reflexión me hacía mirar con suma descon- 


U 

lianza su existencia, á pesar de que para hacer- .u 
mela creer Zeleta me aseguró había pasado en- 
tre ellos sondando 64 brazas; no obstante to- 
do, pensé dirigirme á buscar los bajos, y por si 
algún accidente me impedía el poderlo verificar, 
recomendé su reconocimiento al Comandante 
Cuadra para que por su parte hiciese iguales di- 
ligencias en aclarar decisivamente un punto de 
tanta importancia á esta navegación. 

Desde el medio día en que habíamos obser- 
vado la latitud de 21 o 13' Norte, y la longitud 
de gg° 10', seguimos el rumbo constantemente 
por la tarde del Sudoeste ’/f Sur con viento fres- 
co del Noroeste al Norte, y fuerza de vela para 
alcanzar el Cabo Corrientes ó sus inmediaciones, 
donde se suponían los nuevos bajos que buscába- 
mos. A las seis logró marcarse el referido cabo al 
Sur 52 o Este á distancia de siete á ocho leguas, 
pero ni en esta posición ni en toda la gran dis- 
tancia que se descubría con un horizonte de los 
más hermosos, pudo advertirse la menor señal 
que indicase los referidos bajos. Después de este 
examen tan prolijo, puede muy bien concluirse 
su inexistencia y condenarse como ligereza re- 
prensible á quien forja semejante, s noticias. Yo 
me inclino á creer que el Capitán Zeleta equivocó 
tal vez el paso que ejecutó entre las Islas Marías 
con el que se le figuró entre los supuestos bajos. 

Da distancia que estimó de uno á otro, el fondo 
hallado en el canal y la calima que suele cubrir 
aquellas islas representándolas muy bajas, han 
sido las razones en que he fundado este concepto. 

Convencidos á las seis de la tarde de no des- 
cubrirse nada, arribamos al Sur con intención de 
llevar la costa á la vista hasta Acapulco. El tiem- 
po siguió hermoso y el viento también fresco 
toda la noche, arreciando más al ponerse la Luna. 

Los dos días siguientes no tuvimos la brisa 
ni tan fresca ni tan constante; hubo vientos flo- 
jos del Este y Sursueste, circunstancias que nos 
habían hecho alejar de la costa, la cual pudimos 
tener inmediata por la tarde del día siguiente, m 
pero el poco vienta ó ventolinas variables no per- 
mitían mediana exactitud en las operaciones que 
emprendiésemos para colocar uno ú otro punto 
notable de la costa. 

Llegamos al medio día del 17 á la latitud 
de 18 o 7' Norte y á la longitud de 97 o 05' desde 
cuya hora, tesando la virazón principiamos algu- 
nas bases que se siguieron con fuerza de vela en 
cuanto no atrasaban nuestro viaje. Entre otros 
puntos notables que teníamos á la vista, era uno 
el de las Tetas sin nombre que equivocó el Al- 
mirante Anson con las de Coyuca por latitud de 
17 o 56' Norte, por cuya señal dirigió un bote so- 
bre este paraje á reconocer la boca del puerto. 

La tarde apacible, la mar muy llana, el viento 
igual y Desquito, con bastante inmediación á la 
costa, eran circunstancias que favorecían mucho 



V'IAJK ALREDEDOR DEL MUNDO 


I32 


el trazarla con precisión, y sobre tocio, las Tetas, 
cuyo punto, por muy notable, era tan interesante. 
La calima cubría tanto la tierra á la mañana si- 
guiente, que no pudimos descubrirla, sin estar dis- 
tantes de ella. Pero al medio día por latitud de 17" 
30' y longitud de 95 o 43', y habiendo hallado la 
variación por azimutes de g n 1 ' Nordeste, se em- 
pezó á divisar confusamente, y para atracarla con 
la mayor brevedad se gobernó al Este, dirigién- 
donos á unos islotes blanquizcos que no se halla- 
ban en la carta, demorándonos el más Oeste al 
anochecer al Norte 15 o Este á tres leguas, y la 
tierra que se descubría al Este se nos represen- 
taba bajo las apariencias de una isla. Durante la 
noche llevamos siempre á la vista la costa, y el 
ruido de la playa, nos avisaba á veces la de- 
masiada inmediación, y por consiguiente, la ne- 
cesidad de enmendar el rumbo para fuera. 

Fue rolando el viento según acostumbra de 
media noche al día para el primer cuadrante: 
amanecimos próximos á la tierra con la idea de 
procurar reconocer la boca del puerto de Singua- 
tanejo. confrontando las pocas señales denotadas 
por el plano; en efecto, pareciéndonos estar in- 
mediatos á ella, se corrieron bases desde este 
punto, continuándolas en el día para trazar la 
costa intermedia hasta las playas de Coyuca, cu- 
yos arenales las distinguen bien, no habiéndolos 
tan seguidos sino en este paraje, y así la falta 
de ellos determinan sus límites. Todas las cir- 
cunstancias eran las que podían desearse para 
conseguir en los resultados de nuestras operacio- 
nes la mayor exactitud. 

Por las observaciones del medio día y su- 
puesta la situación de Acapulco por las que prac- 
ticamos allí, nos demoraba aquel puerto al Sur 
57 o Este distancia de cuarenta millas, pero au- 
mentábase ésta á 16 7, leguas adoptando la lon- 
gitud observada por un satélite. Sin embargo, 
como la brisa estuviese fresca, hice rumbo directo 
al fondeadero en la esperanza de marcar al ano- 
checer la Isla Roqueta tomando en la noche el 
puerto. Cesaron al ponerse el Sol las bases y la 
calima oscurecía tanto la costa, que no pudo 
marcarse punto alguno con seguridad, renun- 
ciando, por consiguiente, la probabilidad de fon- 
dear en la noche. Considerándonos álas siete, de 
cuatro á cinco leguas á barlovento de Acapulco, 
ceñimos el viento dei Noroeste mura á estribor, 
y sobre bordos con las gavias nos mantuvimos 
hasta rayar el día, cuya maniobra preferí á la 
de pairear por no amanecer á sotavento del 
puerto. La brisa nos acompañó hasta hacer derrota 
en vuelta de la Isla Roqueta, de la cual amane- 
cimos ádos leguas, demorándonos al Este 5 0 Sur: 
calmó muy luego el viento, y entregados al ar- 
bitrio de las corrientes, nos arrastraron para el 
Este con tanta fuerza, que á las nueve ya está- 
bamos Nonio rdeste Sursuoeste con la entrada 


del puerto. Tardó poco en declararse la brisa, con Ab - 
la cual se forzó de vela para atracar la Isla Ro- 
queta y después la punta del Grifo, precavién- 
donos antes de rebasarla con preparar el aparejo 
de bolina, pues escaseando el viento al Noroeste, 
sería peligroso tomar por avante estando tan in- 
mediatos á ella. Seguimos sobre bordos al fon- 
deadero, en donde se hallaba la corbeta Descu- 
bierta, cuya vista causó á todos aquella natural 
complacencia de volver á unirse después de una 
separación de cerca de cuatro meses, quedando 
al costado de ella poco después del medio día. 

Desde que asomamos por el puerto vino á 
bordo D. Alejandro Malaspina, acompañado de 
varios Oficiales de la corbeta de su mando, y 
apenas concluimos las faenas ordinarias de ama- 
rrar el buque, me manifestó sus intenciones acer- 
ca de la campaña venidera. 

Era, pues, su ánimo verificar en este año la 
averiguación del paso entre los mares Pacífico 
y Atlántico, buscándolo por los 60 o del. mismo 
modo que yo me había propuesto en San Blas 
ejecutarlo, pues las órdenes de S. M., siendo ter- 
minantes á este fin, no dejaban eluda sobre nues- 
tras operaciones en el verano próximo, á pesar 
de que estuviésemos conformes en lo algo avan- 
zado de la estación y en que la citada Memoria 
del Académico francés Mr.’ Bauche con los docu- 
mentos en que la funda, ofrecen reparos de di- 
fícil solución para no graduar aquellos por apó- 
crifos, y á Bauchc bastante crédulo en conce- 
derles el carácter de la verdad, que sin duda no 
la merecen. 

A consecuencia de esta resolución y de la de 
estar prefijado el día de la salida para el i. n de 
Mayo, se acordaron las medidas oportunas para 
acelerar nuestra habilitación, sin omitir aquellos 
preparativos indispensables de una campaña lar- 
ga, combinados con la estrechez de tiempo para 
ejecutarlos. 

Rumión de las corbetas. — Continúan viajando en 
conserva . 

No tardó, efectivamente, la corbeta Atrevi- 
da, más allá del día 20 en reunírsenos en Aca- 
pulco, casi al mismo tiempo que se incorporaban 
también los muchos individuos destacados ya á 
una, ya á otra parte, con los objetos que se han 
expresado. Así pudieron, sin pérdida de tiempo, 
darse los últimos pasos necesarios para la salida, 
la cual debía tener lugar hacia los últimos días 
del mes, y en el entretanto, después de cuatro 
meses de separación, entregarnos á aquella com- 
placencia que debía naturalmente dictar á todos 
los individuos de una y otra corbeta la amistad, 
la costumbre, y sobre todo, la utilidad de reunir 
en una sola masa unánime nuestros esfuerzos 
para el mejor desempeño de la comisión empren- 
dida. La corbeta Atrevida, luégo que se separó de 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


I 


la Descubierta en los mares de Nicaragua, hizo 
derrota hacia la Isla de Cocos, cuyo reconoci- 
miento y situación hidrográfica mirábamos como 
importante, siendo aquella un punto á donde so- 
lían comunmente recalar los que transitaban de 
las costas del Perú á las de Nueva España. Lo 
consiguió el día 10 de Enero después de varias 
contrariedades en la navegación, dimanadas prin- 
cipalmente de los vientos Oestes, acompañados 
con chubascos y cerrazones, y como estos mis- 
mos inconvenientes no le permitiesen el perderla 
de vista sino en la tarde del 18, fueron repetidas 
y muy exactas los observaciones que debían de- 
terminar su posición. Pié aquí los resultados se- 
gún se hallan en el Diario original del Coman- 
dante: «Puede inferirse, relativamente á la posi- 
ción de la Isla de Cocos, que merecen preferen- ¡ 
cia las observaciones de los días 12 y 13 sobre ¡ 
las del 10, porque además de variar poco, fueron i 
observadas con circunstancias bien favorables, y i 
aunque en la longitud del extremo Este se halle ¡ 
lina diferencia de 4/ en las determinaciones de j 
los dos días, es probable que en el último no ¡ 
se hubiese podido marcar por punto Este el del 
día 12; además, que la distancia para deducir 
aquella longitud fué estimada, y de allí puede 
derivar aquel error corto y despreciable. Se ha 
adoptado, pues, para la situación de su centro, la 
latitud Norte de 5 0 33' 10” observada el 12 pró- 
ximamente en su paralelo, y la longitud occiden- 
tal de Cádiz de So° 26' observada el 13 casi en 
su meridiano. 

Corre la dicha isla del Este Nordeste, al Oes- 
te Sudoeste, y tiene de extensión poco más de 
una legua. Del centro hácia la parte del Oeste 
es su mayor altura: de allí se levanta un piquito 
agudo, de donde va descendiendo proporcional- 
mente para el Este, y remata con una punta 
baja, formada por dos islotes pequeños, inmedia- 
tos entre sí y á la isla, los cuales no pueden dis- 
tinguirse á no estar muy inmediatos. Hay tam- 
bién otro islotillo en el extremo del Noroeste. La 
isla está cubierta de una espesa arboleda hasta 
las orillas: al Nordeste tiene un fondeadero fren- 
te á unas palmas. No pudiera creerse lo mismo 
hacia el Sur por estar la costa tajada al mar: 
tiene agua, produce abundancia de cocos y abri- 
ga una infinidad de pájaros, los cuales en tiem- 
pos oscuros servirán para indicar sus cercanías. 

El error hallado en las determinaciones del Al- 
mirante Anson es de 13' al Sur en la latitud; y 
de i° 48' al Oeste para la longitud; la variación 
magnética es de 8° o' al Nordeste.» 

Verificado con tanta exactitud aquel objeto 
importante, la Atrevida continuó luchando con 
la variedad de vientos calmosos y la contrariedad 
de las corrientes hasta el día 22, en que alcan- 
zada la latitud de 5 0 37' y ia longitud de 2 0 al 
Oeste de la isla, vió, finalmente, entablar la brisa 


general del Nordeste con la celajería suelta acos- 
tumbrada, y con ella hizo derrota directa hacia 
el puerto de Acapulco. Cesaron entonces las di- 
ferencias considerables al Sur que se habían ex- 
perimentado, mientras duraban los variables; la 
variación de la aguja aumentó hasta (f 30' y va- 
riado enteramente el semblante del tiempo, fue- 
ron tan aceleradas las singladuras siguientes, 
que en la tarde del 30, se avistó la costa hacia 
las inmediaciones del puerto, y el día i.° de Fe- 
brero dió fondo en él, mejorándose después y que- 
dando amarrada al día siguiente. Hallábase 
igualmente fondeada en el puerto una fragata 
mercante de Guayaquil, su Capitán 3/ maestre 
D. Vicente López de Escudero, la cual, con car- 
ga de cacao, había salido de aquel puerto pocos 
días después de las corbetas, y atracadas las cos- 
tas algo á sotavento con solos treinta y cinco 
días de navegación, había después debido emplear 
otros quince para vencer la poca distancia que 
inadvertidamente le faltaba al tiempo de la reca- 
lada. No perdió un momento D. José Bustamante 
para acelerar la salida, y al mismo tiempo aprove- 
char la demora indispensable en el puerto con 
aquellos objetos que suministraba por si la comi- 
sión nuestra. Las observaciones astronómicas se 
pusieron al cargo de 1). Juan de la Concha; los pi- 
lotos levantaron el plano del. puerto con el teodo- 
lito, sondándole interior y exten ormente. D. Luis 
Nee emprendió sus excursiones botánicas, y mien- 
tras se esperaban las órdenes del señor Virey, los 
reparos del casco y los reemplazos de aguada, 
leña y algunos víveres, no hicieron desmayar un 
solo instante la actividad de los aprestos. 

Debió, pues, en aquellas circunstancias más 
bien favorables, causarle una mayor sorpresa y 
sentimiento la deserción de doce marineros de los 
mejores de su tripulación. Nada podía convidar- 
los á aquel delito, si no es un recelo infundado 
de los peligros de la campaña siguiente, y por la 
misma razón importaba con extremo el aprehen- 
derlos, no tan sólo para que el escarmiento con- 
tuviese á los demás, sino también para que real- 
mente no se frustrasen los planes venideros con 
una excesiva debilidad de la marinería. Fueron, 
sin embargo, infructuosos los primeros pasos de 
las diferentes partidas destacadas para buscarlos 
á las órdenes délos Tenientes de navio Concha 
y Yiana y del sargento: pues pasada toda una 
noche en los diferentes caminos que conducen á 
Méjico y Coyuca, debieron retroceder con la espe- 
ranza de hallarlos y con la sola ventaja de haber 
cundido la alarma entre los habitantes del país: 
por manera, que movidos del premio prometido, 
se obligasen á buscarlos y perseguirlos con rigor. 
Estas últimas medidas lograron el buen electo 
que debía prometerse. Se les aprehendió, efecti- 
vamente, á distancia de unas treinta leguas de la 
orilla, y conducidos á bordo, se entregó á los na- 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


*34 


Ah. -.-.o tárales la gratificación prometida. Las órdenes 
del señor Conde de Rivillajigedo, recibidas al re- 
greso del extraordinario, no podían en el entre- 
tanto ser más favorables á los progresos sólidos 
de la expedición. S. E. había dado ya las órdenes 
correspondientes en el Departamento de San Blas 
para la construcción de la lancha solicitada; ha- 
bía destinado á D. Tomás de Suria, Dibujante 
hábil de la Academia de Méjico, para que reem- 
plazase la falta de D. José del Pozo, quedado en 
Lima; avisaba, finalmente, á D. José Bustaman- 
te que sería oportuno se detuviese en el puerto 
hasta que lograsen incorporarse ios Tenientes de 
navio D. José Espinosa y D. Ciríaco Cevallos, 
últimamente llegados de Europa al puerto de 
Veracruz, y destinados de orden de S. M. á ser- 
vir en las corbetas. No tardaron, efectivamente, 
entrambos Oficiales en llegar á Acapulco, y al 
día siguiente 26, la corbeta estuvo á la vela para 
emprender la navegación á San Blas. 

No cabía duda sobre la preferencia de la de- 
rrota de altura ó golfo á la que pudiese em- 
prenderse por una navegación costanera, acosada 
igualmente de los vientos y corrientes contrarias. 
Efectivamente, fué aquélla la que siguióla Atre- 
vida, enmarándose inmediatamente con rumbos 
del Oeste y ciñendo con las muras á estribor los 
vientos del Norte, variables al principio y luego 
más firmes á medida que se alejaban de la costa. 
Viéronse al paso todas las señales que indicaban 
inmediata la isla desierta de la Posesión; se 
aumentó después paulatinamente la latitud hasta 
cojer los paralelos de San Blas, unos 15 o al 
occidente de Acapulco; y finalmente, cambiada 
la mura cuando ya los vientos se inclinaban del 
Norte más bien al Oeste que al Este, en pocas 
singladuras se halló la corbeta á la vista de las 
Islas Marías, y poco después en la rada de San 
Blas, por cuanto fuesen precipitados los apres- 
tos en aquel puerto, los cuales exigían la per-, 
fección de la lancha grande empezada ya, una 
recorrida del casco, aparejo, velamen y alguna 
tonelería, y el natural repuesto crecido de víve- 
res, aguada y leña; no por eso se omitieron las 
acostumbradas tareas de levantar el plano de la 
rada y del puerto, de seguir una serie no inte- 
rrumpida de observaciones astronómicas y de es- 
tudiar el estado político y natural de aquellos 
contornos, estudio á la verdad tanto más impor- 
tante en el paraje en donde se hallaban, cuanto 
que estaba aún por decidirse la cuestión impor- 
tante, si convenía allí más bien que en Acapulco 
la permancncia'de un Departamento ó depósito 
de las fuerzas de la Marina Real. La latitud del 
observatorio prefiriendo en esta ocasión las de- 
terminaciones de los sextantes á las del cuarto 
de círculo, quedó de 21° 3i ; oo n , la longitud de 
5 0 12', al occidente de Acapulco, y la variación 
magnética de g° 26' al Noreste. Son muchos los 


elogios y las expresiones de un justo agradecí- ,\i> 
miento que tributa D. José Bustamante al Co- 
mandante del Departamento el Capitán de navio 
D. Juan Francisco de la Cuadra, pues brillaban 
en él diariamente, y casi á porfía, la actividad 
para los aprestos y la generosidad para el re- 
galo de todos los individuos de la corbeta. Reci- 
bidos, finalmente, en la mañana del 11 los 
j pliegos relativos á la reunión de las corbetas, 
dieron la vela en la madrugada del 13, y aprove- 
charon de tal modo los vientos favorables del 
Ocsnoroeste y Noroeste que, sin dejar de tra- 
zar con mucha exactitud trozos considerables de 
costas, llegaron á Acapulco, como se ha dicho 
ya, en la mañana del 20. 

Reunidas en una sola masa las observaciones 
de ambas corbetas, y adoptadas para la diferen- 
cia de longitudes entre Acapulco y San Blas, más 
bien que los primeros, los resultados de la últi- 
ma travesía de solos siete días referidos ade- 
más á un mayor número de relojes, pudieron, 
finalmente, adoptarse parala longitud del obser- 
vatorio los datos siguientes: 

Atrevida 


! Determinación del núm. 10 referido 

á Panamá 102.20.00 

Inmersión del primer satélite de Júpi- 
ter el 18 de Febrero 20.3S 

Cuarenta y ocho series de distancias 

lunares 22.00 

Do San Blas traídas con los relojes.. 20.28 

Descubierta 

Determinación de los tres relojes del 

Realejo 24.00 

Inmersión del primer satélite observa- 
do el 7 de Abril con la mayor con- 
fianza y corregido de los errores de 

las tablas 24.00 

La diferencia de longitud entre Aca- 
pulco y San Blas quedó finalmente 

adoptada de 5" 20/ 

Latitud 16 o 50' 30" 

Variación de la aguja N. E. 7 0 12' 


El diario astronómico manifestará después 
cuántos son los resultados que además de las 
observaciones indicadas han concurrido á afian- 
zar la posición verdadera de aquel meridiano, 
por manera que pueda ya considerarse, como uno 
de los que sobre las orillas del mar Pacífico se 
han determinado con mayor prolijidad. 

Al día siguiente 21, los Tenientes de navio 
D. José Espinosa y D. Ciríaco Cevallos, entre- 
garon los instrumentos que traían á su cargo, y 
eran dos relojes chicos de faltriquera de Arnold 
números 344 y 351, y un péndulo simple constan- 
te, construido en Londres por dirección del Ca- 
pitán de navio D. José Mendoza Ríos. Según lo 
prevenía el Sr. Ministro de Marina en oficio 
particular, debían repetirse cuanto fuese posible 
por medio de dicho péndulo las experiencias de 
la gravedad de los cuerpos en diferentes para- 
lelos de la tierra, no sólo para una medida uni- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


r 35 


¿ b . ,, versal dimanada del mismo cotejo de las obser- 
vaciones nuestras comparadas á las que verifi- 
casen los astrónomos de Europa en el paralelo 
de 45 o , si también para no perder de vista las 
pesquisas sobre la verdadera figura de la tierra 
en la cual no sin mucha probabilidad se sospe- 
chaban algunas desigualdades de uno á otro 
hemisferio. Inmediatamente.se emprendieron las 
observaciones indicadas, referido como era na- 
tural el número de oscilaciones del nuevo pén- 
dulo al número de segundos del tiempo medio 
contados en el péndulo del observatorio, y los 
primeros resultados bastaron para indicarnos 
que de ningún modo pudiera considerarse aque- 
lla máquina arreglada al tiempo medio del Ob- 
servatorio de Greenwieh ó de cualquier otro pa- 
ralelo de la Europa. 

Entretanto, procedían con toda la actividad 
posible los aprestos para la próxima campaña, 
pues que era nuestro ánimo el verificar la salida 
en ia mañana del primer día de Mayo: la Descu- 
bierta recibió la mitad del pan y tocino que la 
Atrevida había tomado en San Blas, y entregó 
á ésta 30 quintales del pan, mucho mejor que 
se habla fabricado en Acapulco y Tiscla; se hizo 
una compensación de betunes y maderas; ambas 
dejaron en los almacenes del Rey una parte con- 
siderable de las arboladuras de respeto y cure- 
v naje. La Descubierta dejó también unos diez 
fardos, parte de ropa ele abrigo y parte de efec- 
tos de cambios. Se completaron los acopios de 
agua y leña y se asearon exteriormente los bu- 
ques, y como al mismo tiempo lográsemos ver 
ya casi prontas las cartas, manuscritos y aco- 
pios de Historia Natural, que debían remitirse 
á Madrid, parecía que ya 110 pudiera trastornarse 
el plan proyectado. 

Este, sin embargo, no era ya tan sencillo 
como á primera vista lo habíamos imaginado; 
pues un examen maduro de todas las circunstan- 
cias, que en el día rodeaban á la expedición, nos 
había determinado á subdividir algunas comisio- 
nes, que al mismo tiempo' acelerasen la perfec- 
ción de la obra emprendida y combinasen las po- 
sibles ventajas científicas á la nación: nuestras 
circunstancias (determinada ya la campaña al 
Norte), no podían dejar de recordarnos que las 
últimas contrariedades de los tiempos entre Eca- 
lejo y Acapulco, y el regreso precipitado de la 
Atrevida desde San Blas, habían causado una 
gran imperfección en las cartas por lo que toca 
a aquellos parajes, la cual no pudiera corregirse 
o a lo menos se conseguiría muy tarde y con 
mucho extravío, si cualquier evento, ó muy feliz 
o muy desgraciado, impidiese para el próximo 
Octubre el regreso cíelas corbetas á Acapulco. Y 
fiien mirada aún la naturaleza de los recono- 
cimientos indicados, y la importancia de que se 
tiazasen con exactitud no sólo las costas, si tam- 


bién los puertos importantes de Singuatanejo, ay ?,i 
A guatuleo, Los Angeles y Tecoantepeque, una 
embarcación menor fácil á adquirirse en San 
Blas, verificaría aquel objeto con una mayor 
puntualidad y seguramente con una mayor eco- 
nomía de tiempo y de caudales. Semejantes re- 
ílexiones nos conducían directamente á otras no 
menos útiles, y eran la de poder los mismos Ofi- 
ciales que desempeñasen aquel objeto, ocuparse 
después en los reconocimientos de los golfos ele 
Amapola y Nicoya, en los cuales no habían po- 
dido internar las corbetas y examinando con pro- 
ligidad el Istmo que media entre el mar Pacífico 
y el golfo de Nicaragua, pasar después al mismo 
golfo, trazar sus orillas con exactitud y pene- 
trar por el río San Juan hasta el Atlántico. Ni 
nos guiaban los solos objetos hidrográficos, re- 
feridos á las cartas, si bien una nueva traslación 
de nuestras longitudes al otro mar por medio de 
los relojes marinos no debiese mirarse con in- 
diferencia. Las inmediaciones del río y golfo 
de Nicaragua, eran en el día un cebo harto efi- 
caz paralas naciones émulas, por consiguiente, 
su conocimiento cabal debía mirarse como muy 
importante para la defensa marítima nacional y 
además era aquel el único desembocadero có- 
modo para el tránsito á Europa de una porción 
considerable de frutos preciosos hasta aquí ma- 
logrados, que producía aquella fértil provincia, 
sin que nuestros navegantes intentasen aún el 
adquirirlos ó bien por las frecuentes hostilida- 
des de los mosquitos ó por el poco conocimiento 
de la navegación del río. 

Este deseo de ir así comunicando á la costa 
opuesta nuestras longitudes y examinando cua- 
lesquiera puntos interesantes para la navegación 
y defensa nacionales en cuanto lo permitiesen los 
Oficiales, instrumentos y tiempo destinados á la 
expedición, debió también naturalmente inclinar- 
nos hacia la parte del continente comprendida 
entre la desembocadura del Guazahualcos por el 
mar del Norte y el puerto de la Ventosa por el del 
Sur; pues no sólo la comodidad de la internación 
de los ríos del corto terreno llano que mediaba, 
y de la barra transitable del Guazahualcos habían 
llamado hacia aquella parte la atención de los 
primeros conquistadores y luégo del Gobierno; 
si también debía mirarse como un punto de fácil 
invasión para el Reino de Méjico, y tal vez el úni- 
co que pudiese temerse por la comunicación abri- 
gada con el mar; por el terreno muy entrecortado 
con canales, y bastante despoblado, y por la dis- 
tancia de Méjico, desde donde debieran dimanar 
precisamente los socorros, no sólo para aquella 
parte, sino también para el Reino invadido de 
Guatemala. 

Se agregaba á las reflexiones indicadas, lacle- 
ser de tal naturaleza la próxima campaña nuestra 
al Norte, ceñida á pocas salidas de lanchas des- 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


l ?fi 


tinadas á operar casi siempre debajo del cañón 
de las corbetas, que quedaría, sin duda alguna, 
ociosa y casi oprimida de su misma habilidad, 
una parte considerable de los buenos Oficiales é 
instrumentos que en el día se hallaban en ambas 
corbetas, y era más digno de atención este repa- 
ro, si le refiriésemos á la Historia Natural, cuyas 
indagaciones serían tan cautas y limitadas en 
las orillas harto peligrosas que intentábamos vi- 
sitar, como copiosas y útiles en la Nueva Espa- 
ña, en donde D. Antonio Pineda, con su constante 
amor al trabajo, pudiera hacer una comparación 
sumamente útil y nueva de todos sus productos 
con los de la América meridional, que tan recien- 
temente y en tantos parajes había visitado. 

Así concluidos para el día prefijado todos los : 
objetos que nos habíamos propuesto, completa- 
dos los armamentos hasta un total de ico perso- 
nas por cada uno, y los víveres para un año, las 
corbetas en el último día de Abril pudieron con- 
siderarse enteramente prontas para dar la vela, 
y realizar en los siguientes meses el plan proyec- j 
lado. Un examen de las bajas sufridas desde la i 
salida de Cádiz que insertaremos á continuación, 
no parecerá tal vez molesto ó inoportuno, cuando ¡ 
se advierta que podrá servir de escarmiento á los | 
buques de la Marina Real, que frecuentasen las ¡ 
costas del mar Pacífico con tripulaciones más nu- : 
morosas y menos escojidas que las nuestras. 


Descubierta 


1" LASES. 

Desflores. 

Muerto! 
á burdo ó 
en los 
hospitales 

Dejados 
en los 
hospitales 

Trasbor- 
dados por 
díscolos ti 
otro? ac- 
cidentes. 

Despedi- 
do? por 
acciden- 
tes habi- 
tuales. 

TOTA/. 

Oficiales 

de 







mar. . 


2 

» 

» 

» 

L 


Marineros. 

. 

28 

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T 

6 

4 


Soldados 

de 







marina. 

, . 

8 

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Id. de briga- 







das. . . 


2 

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Criados. . 

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Pintor, . . 


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» 

1 


Total. 


40 

3 

' 

8 

9 

61 


Atrevida 


CLASES. 

si . 

, 5 

Muertos 
á bordo ó 
en los 
hospitales 

1 l)cj:itlo» 
en ]í*a 

hospitales , 

Trasbor- 
dados por 
díscolos t; 
otros ac- 
cidentes. 

Despcdí- 
; fio? por 
! aoeiden- 
: los habi- 
lítales. 

TOT.M. 

Oficiales de 







mar 

5' 

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Marineros. . . 

39 

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4 


Soldados de 







marina. . . 

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Criados. . . . 

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» 

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» 

3 


Total. . . 

¡ 5 3 

1 

4 

9 

9 

! 7 

82 


Paja total en ambas corbetas. . . . .143 


CAPÍTULO II 

Objetos de La siguiente campaña sobre la costa Noroeste 
de la América. — Navegaciones , escalas y reconoci- 
mientos en el paralelo de 6o 1 '. Regreso al Archipié- 
lago de Nutka . — Reflexiones sobre las dos Memorias 
que dieron lagar a' estos reconocimientos. 

Como se ha manifestado en el capítulo ante- May. 
cedente, las últimas órdenes de S. M. prescribían 
un examen prolijo sobre la lejitimidad del viaje 
de un Lorenzo Ferrer Maldonado, el cual decía, 
según una Memoria hallada en los archivos del 
Sr. Duque del Infantado, haber pasado en 1588 
desde las costas de los Bacallaos ó Nueva Ingla- 
terra, hasta el mar Pacífico, desembocando en él 
próximamente por el paralelo de 60 o . — Leída esta 
Memoria en la Real Academia de Ciencias por 
Mr. de Bauche, habíanse hallado más bien pro- 
bables todas las señas y parecía plausible un 
nuevo ensayo, el cual, por la misma razón, se nos 
encargaba estrechamente. No será importuna 
para el lector una copia literal de las dos Memo- 
rias indicadas. 



RELACIÓN del descubrimiento del Estrecho de Anian que hice 
yo el Capitán Lorenzo Eerrer Maldonado , el año 1588 , en la cual 
está el orden de la navegación y la disposición del sitio y modo 
de fortalecerle , y así mismo ¿as utilidades de esta- navegación . y 
los daños que de no hacerla se siguen. 


SiíñOR: Ante tocias cosas conviene saber cuá- 
les son las comodidades que se pueden conse- 
guir por la navegación del Estrecho de Anian al 
mar del Sur, y habiendo considerado la navega- 
ción que hasta ahora se ha tratado para las Fili- 
pinas, China y Japón, y las otras partes de 
aquel mar, parece por buena cosmografía, que 
navegando por este Estrecho se ahorra casi la 
mitad del camino. Donde esto se conoce bien es 
en un globo terrestre, ó un mapa que tenga por 
centro el Polo, y no en las cartas planas, las cua- 
les, tan grande y dilatado muestran el punto del 
Polo como es la línea equinoccial; y por esta ra- 
zón en ellas no puede parecer menor el un caminó 
que el otro; y supuesto que esta doctrina quiere 
práctica visible, es escusado tratarla aquí; basta 
decir que por este Estrecho se ahorra la mitad 
del camino poco menos; fuera de que tiene otra 
comodidad mucho mejor, y es que de una embar- 
cación se puede ir desde España á las Filipinas, 
y esto no puede ser por donde ahora se camina, 
por haber de desembarcar en la Nueva España, 
y caminar 150 leguas por tierra, y esto es causa 
que la más de la gente que se envía á aquellas 
partes para los presidios y socorros, se quedan en 
la Nueva España, ó cansados del mar, ó asidos á 
las delicias de aquellas tierras. Fuera de esto, 
tiene otra notabilísima utilidad, y es que puede 
V.M., navegando toda la especiería (del Maluco 
y todo el Archipiélago y otras partes), por este 
Estrecho hacerse total señor de ella con mucha 
facilidad; porque almacenándola en la ciudad de 
Sevilla, le importará más de 5,000.000 por año, 
obligando á muchas naciones que vengan á Es- 
paña por ella, y en su recompensa traigan abun- 
dantemente todas las cosas necesarias á estos 
reinos, con lo cual se escusará llevarse toda la 
plata que cada año viene de las Indias, poniendo 
al reino en tanta necesidad: así mismo se consi- 
dera que haciendo este Estrecho navegable, se 
muda el trato y comercio que tiene la China con 
las Indias, y se pasa á España; la cual comodi- 
dad alcanza á las Filipinas y á todas aquellas 


partes, porque el trato de la China con las Indias 
ha sido dañosísimo para España; tanto, que ha 
impedido la mayor parte del que solía tener, lo 
que está probado con que V. M. (por este respecto) 
tiene ahora estrechado el comercio que la China 
y Filipinas tienen con las Indias, tanto que es im- 
posible sustentarse aquellas partes, como es ra- 
zón, para resistir sus enemigos, que son muchos, 
y de necesidad aquellos reinos han de venir á 
disminución y no poderse sustentar, y por el con- 
trario, podrían por este camino y navegación 
crecer y aumentarse en tanto número y posibili- 
dad por sus riquezas, que traerían flotas en esta 
carrera, tan grandes como las que van á las In- 
dias, trayendo á España mucha abundancia de 
riquezas de la gran China y Tartaria y de otras 
partes, que serían muy baratas, porque de sólo 
oro se puede traer 2.000.000 cada año, en que se 
puede conseguir muy grande interés, porque el 
oro vale en la China menos de la mitad de lo que 
aquí vale, y junto con esto se traerán otras mu- 
chas cosas, las cuales ahora estos reinos se pro- 
veen de ellas de manos de sus propios enemigos: 
con lo cual se enriquecen y cobran fuerzas para 
hacer guerra. 

Es de mucha consideración, así mismo, pro- 
veer de gente de guerra aquellas partes para la 
defensa de aquellos reinos, y hacerlo con tanta 
facilidad como por este camino se puede, con lo 
cual se impide que los enemigos se puedan hacer 
señores de ellos, como es posible hacerse, por 
falta de gente y socorro; y siendo Dios servido 
de que nosotros hagamos semejante navegación, 
se abre con ella una puerta por la cual se facilita 
la conversión de aquellos gentiles habitadores de 
aquellas partes, por cuyas almas quiso Dios pa- 
decer, que 110 es esta la menor, sino la mayor 
utilidad. Otras muchas puede ofrecer el discurso 
del tiempo; empero, la más esencial de todas co- 
nocidamente, es prevenir los grandes daños que 
podrían sobrevenir por no reconocer el Estrecho 
de Anian y fortalecerle, porque siendo verdad 
que lo hay, como yo testifico haberlo visto, sería 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


^8 


notabilísimo el daño que podría suceder si fuese 
hallado y fortalecido de los enemigos, los cuales 
con mucho cuidado desean hallarle, pues sabe- 
mos cómo el año pasado de 160S salieron unos 
navios de Inglaterra á le buscar. Porque siendo 
tomado de enemigos pueden desde allí hacer 
muy grandes daños, que por la vecindad que tie- 
nen sus tierras con aquel estrecho, les sería fácil 
cosa enviar por él una armada, la cual repartida 
de 30 en 30 navios, se enseñorearan de las tie- 
rras de la Nueva España y Perú, á donde publi- 
cando ancha conciencia y libertad de indios po- 
dría ser que muchos y aun todos se les viniesen á 
las manos, y de tal suerte encastillarse en todo 
aquel mar, que no teniendo por donde enviar 
breve socorro quedasen por señores de él irre- 
mediablemente: y tanto se puede temer este peli- 
gro, que cuando no supiéramos por cierta ciencia 
y vista de ojos tener esta entrada del mar del 
Sur, la habíamos de buscar para fortalecerla, ó 
para desengaño si no la hay, y quedar sosegados 
los corazones sin temer este peligro, y aquí se 
advierte, que si los enemigos no tienen hechos 
muy grandes daños en aquel mar, es por no tener 
en todo él un puerto que sea de consideración, 
como lo es el que tiene el Estrecho de Anian, se- 
gún adelante se dirá, y porque ahora parece tra- 
tarse de semejante navegación por mandado de 
V. M. y su Consejo de Estado, y del modo de 
fortificar el estrecho, parece ser cosa al propósito 
hacer relación de las derrotas de la navegación, 
ei sitio y puerto de aquella parte con todos los 
discursos de mi viaje, y habiendo de comenzar 
por la navegación, se advierta á la doctrina si- 
guiente, según la cual todo buen marinero la po- 
drá hacer. 

Pártese de España y presupónese que es des- 
de Lisboa, desde donde conviene poner la proa 
al Noroeste por camino de 450 leguas hasta lle- 
gar á los 60" de altura de Polo ártico, á donde se 
dará vista á la Isla de Frislandia, antiguamente 
nombrada Tvle ó Tule. Es una isla poco menor 
que Irlanda, desde la cual se toma la vuelta 
del Oeste corriendo por los 60 o de altura por 
navegación de r8o leguas, hasta llegar á tierra 
del Labrador, que es á donde comienza el Estre- 
cho del Labrador ó Estrecho Davis, cuya entrada 
es bien ancha por más de 30 leguas, y la tierra 
que tiene á la parte del Labrador que es al Oeste 
es baja; mas la parte contraria que es aquella 
de la cual se forma aquella boca del Estrecho es 
de montes muy altos: allí se muestran dos bocas 
en medio de las cuales están aquellos montes 
altísimos y la una de ellas corre al Estenordeste 
y la otra al Noroeste, y así conviene dejar la que 
corre al Estenordeste que es la que está á la mano 
derecha mirando al Norte, porque esta boca la 
hacen la Grutlandia y unas islas por donde últi- 
mamente se torna al mar de la Frislandia; y de 


otra suerte, tomando la otra boca se ha de poner 
la proa en el Noroeste entrando por aquel Estre- 
cho por camino de 80 leguas hasta llegar á los 64 o 
escasos de altura. Allí hace el estrecho otra 
vuelta al Norte por 120 leguas hasta llegar á los 
70 o de altura y allí torna aquel estrecho á hacer 
otra vuelta al Noroeste, por la cual se ha de 
navegar 90 leguas hasta llegar á los 75 o de altura 
algo escasos, con lo cual queda desembocado 
todo el Estrecho del Labrador, como que el dicho 
comienza en 60 o y acaba en 75 o y tiene de largo 
290 leguas, haciendo tres vueltas muy grandes: 
la primera y última se corren de Noroeste-Sud- 
este y la del medio Norte -Sur, y es por donde 
más angosto de 20 leguas, y por donde más ancho 
40 leguas, y hacen muchos puertos, calas y 
abrigos que pueden ser socorro de cualesquiera 
necesidad, y hasta los 73 o pareció ser habitado 
de algunas gentes, porque en muchas partes 
de aquellas costas se vieron humos, así. en la 
una parle como en la otra. Paréceles á algunos 
inconsideradamente ser imposible navegar por 
tan grande altura de Polo. A esto se responde, 
que los anseáticos viven en 7 2 n de altura, en cuyo 
puerto, que es el de San Miguel y en toda aque- 
lla bahía de San Nicolás, entran todos los 
años casi 1.000 naves de trato, las cuales por 
haber de pasar al mar de Flandes, de necesidad 
han de subir á 75 o de altura para dar vuelta á la 
Dinamarca. 

Habiendo desembocado el Estrecho de La- 
brador, se comienza á bajar de aquella altura 
navegando al Oesudoeste y Sudoeste por 350 
leguas y se llega á los 71 o de altura, que es 
á donde nuestro viaje, al tiempo que volvimos, 
descubrimos una tierra altísima, sin que se pu- 
diese entender si era tierra firme ó isla; mas 
hácese consideración que si es tierra firme es 
contracosta de la Nueva España. Desde esta tie- 
rra vista á 71 o de altura se ha de caminar la vuel- 
ta del Oesudoeste por 440 leguas hasta bajar á 
los 60 o á donde ha de ser hallado el Estrecho de 
Anian, con lo cual será observada la misma na- 
vegación que yo hice, á lo ménos desde la Fris- 
landia, pues es de saber que yo partí de los Ba- 
callaos en demanda de esta isla por llevar ne- 
cesidad de bastimentos, los cuales tomé en unas 
islas que están cerca de ella llamadas Gelandi- 
llas, que siendo tres solamente es habitada la 
una, y las otras dos son pastos para los ganados 
de aquella gente que es muy rústica, aunque pa- 
recían ser católicos ó cristianos. Tornando á 
nuestra navegación, digo, según mi parecer, que 
será más acertado cuando se haya desembocado 
el Estrecho del Labrador, costear toda la contra- 
costa de la Nueva España por dos razones; la una 
por entender que aquel tiene población, y la otra 
para buscar en ella escalas y refrescos para las 
Armadas que por este camino han de navegar. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


Según la relación hecha, parece haber de Es- 
paña á la Frislandia 450 leguas, y desde allí, al 
Labrador 130; á desembocar el estrecho suyo, 
290, que todas son 920 leguas, las cuales suma- 
das con 790 que hallamos desde la parte septen- 
trional del estrecho del Labrador, hasta el Es- 
trecho de Anian, hacen 1710 leguas, que tanto es 
lo que hay desde España al Estrecho de Anian. 

El tiempo en que desembocamos el Estre- 
cho del Labrador fue muy riguroso por ser en 
los principios de Marzo, porque por el estrecho 
se navegó parte de Febrero; así padecimos gran- 
dísimos trabajos de oscuridades, fríos y tormen- 
tas, porque el día era breve en todo aquel tiem- 
po, y el frió tan grande, que el agua del mar 
que salpicaba en el costado del navio se helaba 
de tal suerte que parecía el navio hecho de cris- 
tal, y bahía necesidad de picarlos hielos porque 
se iban engrosando de tal suerte, que algunas 
veces los hallamos de más de un palmo de 
gruesos, y es grande yerro pensar que aquel mar 
se puede helar todo, porque como es grande, y 
aquel estrecho de graneles corrientes, estas y las 
grandes olas por su continuo movimiento no le 
dejan helarse; mas en las orillas y partes donde 
el mar está quieto, creo que se puede helar, se- 
gún pareció en tierra que el agua cjue salpicaba 
se helaba; solamente se sabe, y así nos fue di- 
cho por aquellas gentes de las Gelandillas, que 
un estrecho de mar que hay entre la Frislandia y 
la Grutlandia,está helado la mayor parte del año, 
porque está en medio de grandes montes y ce- 
rros ele la parte de la Frislandia y no da lugar á 
los rayos del Sol, y por estar abrigado de altísi- 
mos montes 110 tiene combate de vientos, que les 
inquieten sus aguas, y así el continuo sosiego le 
hace estar helado como dicho es, y no se puede 
navegar, y lo mismo es en la misma bahía. 

Mas cuando tornamos por aquel Estrecho del 
Labrador, que filé por el mes de Junio y parte 
de Julio, siempre gozamos de continua claridad, 
y tanto, que cuando llegamos á cortar el círculo 
ártico, que se hacen 66° y '/•.>» comenzamos á 
no perder el Sol de vista, ni jamás se cubrió por 
el horizonte hasta que otra vez le tornamos á 
cortar. En medio del Estrecho del Labrador, 
por la continuación del Sol sobre el horizonte 
estaba el aire tan caliente, que nos causó más 
calor que el que hace en la parte que mayor es 
en España, mas no que cuando nos poníamos al 
Sol, sus rayos ofendiesen mucho y siempre nos 
corrieron vientos largos del Norte, con los cua- 
les se desembocó fácil y prestamente el Estrecho 
del Labrador. Verdad es que sus grandes corrien- 
tes del flujo y reflujo ayudan mucho a entrar y 
salir, aunque sean los vientos contrarios, por- 
que así como son muy continuos los del Norte, 
hay necesidad á la ida de España á Anian, de 
valerse ele las mareas, con la cual relación se con- 


2 39 


el uve con lo que es la derrota de esta navegación 
y sus accidentes. 

El estrecho que descubrimos en 60 o de altura, 
que está 17x0 leguas de España, parece, según 
tradición antigua, ser el que los cosmógrafos 
nombran en sus mapas, de Anian, y si es verdad 
que lo es, de necesidad ha de ser estrecho de la 
una parte del Asia y de la otra de América, lo 
cual parece ser así, según el discurso siguiente. 

Después que hubimos desembocado por el 
mar Grande, fuimos costeando por la parte de la 
América por más de 100 leguas la proa en el 
Sueste hasta llegar á los 35° de altura, en la 
cual costa no se halló población ni boca del mar 
que fuese indicio de otro estrecho, por el cual, 
pasando el mar del Sur al mar del Norte, pu- 
diese aislar aquella parte; y de aquí se coligió ser 
toda aquella parte de América, y que continuán- 
dola podría llegar brevemente á Quivira y cabo 
Mendocino; dejamos esta parte, la cual como 
dicho es, conocimos que se iba continuando, y 
puesta la proa al Oeste, caminamos cuatro días 
con un viento tal, que se pudiera contará 30 le- 
guas por singladura, y habiendo caminado 120 
leguas según esta fantasía y punto de la carta 
estimado, descubrimos una granelísima tierra, y 
continuando la costa déla que nos apartamos por 
convenir así á nuestro intento; siempre enmara- 
dos, navegamos unas veces al Nordeste, otras al 
Nornordeste y otras al Norte, de donde nos pare- 
ció (por mayor) que vsc corría aquella costa Nor- 
deste Sudoeste. No pudimos conocer las cosas 
particulares por ir (como dicho es) tan enmara- 
dos, y así tan solamente puedo afirmar que tiene 
población hasta muy cerca del estrecho, porque 
en muchas partes se vieron salir muchos humos, 
y así, según buena cosmografía, nos pareció ser 
tierra de Tártaros ó del Catai, y que á pocas 
leguas de aquella costa estaría la gran ciudad de 
Cambalu, metrópoli del Gran Tártaro; Analmen- 
te, siguiendo la dicha costa, nos hallamos en la 
boca del mismo Estrecho de Anian, por donde 
quince días antes habíamos desembocado al mar 
Grande, el que reconocimos ser el del Sur, don- 
de son Japón, China, Molucaa, India y Nueva 
Guinea, con el descubrimiento del Capitán Qui- 
rós y toda la costa de la Nueva España y Perú. 

En la boca que hace el estrecho por donde 
desemboca el mar del Sur, hay un puerto á la 
banda de la América, capaz de 500 navios, aun- 
¡ que en cierta parte de él es desapacible y de 
mal surgidero, á causa de las corrientes que en 
la marca que baja del Norte al Sur, entrador la 
boca de él, y bate fortísimamente en una punta 
que hace el puerto cerca de la boca, entrando en 
él en la mano derecha, porque se ha de enten- 
der que la boca del puerto está abierta al Norte 
y entra haciendo una espiral ó caracol. Pareció 
i no haber sido tocado aquel puerto de pies huma- 



140 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


nos, digo sus orillas, porque en cierta parte de 
él tiene un remanso, en cuya orilla se hallaron 
infinidad de cáscaras de huevos de las aves ma- 
rítimas que á las orillas del mar suelen desho- 
var, y éstos pareció ser traídos de las corrientes 
del Norte, y eran en tan grande número, que 
hacían un muro de lina vara de alto y ocho pal- 
mos de ancho; hallóse en este puerto un río de 
agua dulce muy grande, y tan fondable, que se 
pudo entrar con nuestro navio á hacer agua en 
él , y me parece que pudiera entrar una nave 
de 500 toneladas: la mayor parte de este puerto 
es arenisco, particularmente á donde se hace este 
río y á donde baten las corrientes; mas por la 
banda del Norte tiene un abrigo de peñas corta- 
das de más de dos picas de alto en algunas par- 
tes, sobre las cuales se hace un sitio llano, largo 
y angosto, al cual circunda el mar, dejándole un 
pico de tierra firme por la banda del Este, en el 
cual sitio se puede hacer una grandísima pobla- 
ción, y por ahora un fuerte que será de mucha 
consideración. La tierra, que es continente con 
este puerto, es muy apacible y tiene llanos gran- 
dísimos á la parte del Sueste, haciendo punto 
en el puerto, y éstos son poblados de un monte 
bajo que en algunas partes de él se hallaron ro- 
meros, los cuales llanos siendo desmontados pue- | 
den servir de lindas labranzas y huertas, porque j 
según su disposición, se puede regar la mayor 1 
parte de ellos, porque es de saber que aunque esta 
tierra está en 59 o de altura de Polo, es de muy j 
precioso temperamento, porque todo aquello que ' 
está á la banda del Sur, le abrigan y le defien- 
den los montes que tiene á la banda del Norte, i 
Es muy templado á donde el frío del invierno no \ 
es con exceso, sino muy moderado, porque siem- ¡ 
pre está descubierto á los rayos del Sol y libre : 
de los vientos del Norte, y solamente le soplan ¡ 
los del Sur cuando corren, que estos siempre son 
templados, y más allí que vienen por cima del 
mar, que es lo que suele hacer caliente el aire. 

El efecto fué conocido por los géneros de 
fruta que allí se hallaron, y es de considerar que 
aunque esta tierra está en tanta altura, no por 
eso dejará de ser muy buena de habitar, pues lo 
son otras muchas que corren por este paralelo, 
como son Edimburgo de Escocia y los principios 
de la Suevia, Hapselia y Riga, ciudades de la 
Libonia, Dublín de Hibernia y Nidrosia, ciudad 
de Noruega y muchas partes de la Moscovia y 
otras tierras muy buenas que son habitadas, tra- 
tadas y conocidas, que aunque están apartadas 
del calor de la costa son de frío tolerable. El 
mayor día del verano en esta tierra es de diez y 
ocho horas y media y lo mismo la mayor noche 
de invierno, y por esta razón es la noche del ve- 
rano de cinco horas y media y el día de invierno 
de otras tantas. En el río que entra en el puerto 
y en otro que está más abajo á la banda del Sud- 


este, hay muchos y grandísimos árboles, y los 
más de ellos frutales, de frutas buenas y algunas 
semejantes á las de España, como son manza- 
nas, peras y ciruelas silvestres, y otras no cono- 
cidas de diversas formas; y así por no caer en al- 
gún gran peligro (como fuera posible) ordené á mi 
gente no comiesen de la fruta que primero no se 
hallase picada y comida de las aves, y con esto 
se conoció no haber fruta dañosa, y todas las 
más de ellas eran pasadas en sus mismos árbo- 
les del año pasado, porque en aquella sazón no 
había frutas maduras por ser el tiempo que allí 
tuvimos parte de Abril, todo Mayo y parte de 
Junio; y asi de conservarse las frutas de un 
año para otro pasadas en sus árboles se conoció 
no haber sido su invierno muy riguroso. Hallá- 
ronse en un valle que el río de abajo hace (que 
era hondo v parecía muy templado), vides de uvas 
silvestres, y lechias, que es una fruta sabrosa de 
la India, que siempre se halla en tierras tem- 
pladas. Por cima del puerto, mirando entre el 
Norte y Este por toda aquella cuarta de aguja, 
hay unos montes no muy altos, sino muy trata- 
bles y abundantes de todo género de caza, á donde 
se hallaron perdices y conejos algo diferentes á 
los de España, venados pintados de pintas blan- 
cas y negras sobre lo pardo, y por cuernos unas 
grandes palas, aunque algunos no las tenían: 
viéronse dos géneros de puercos; los unos como 
los que se crian en las Indias, que tienen en 
el espinazo el ombligo, aunque mayores, y los 
otros como jabalíes de España. Halláronse algu- 
nos búfalos y otros muchos animales; mas no se 
vió ninguno que fuese feroz. El mares abundan- 
tísimo de pesca, y todo marisco muy bueno y sa- 
broso, aunque mayor que el que acá conocemos, 
porque se tomaron cangrejos de media vara de 
través, siendo los de nuestras costas no mayores 
que la palma de la mano. 

La parte frontera que es á la banda de Asia 
ó Tartaria, tiene montes altísimos, tanto que en 
algunas partes de su mayor altura se sustenta 
la nieve todo el año, particularmente aquellos 
que miran al Norte, y estos son tan montuosos, 
ásperos y fragosos, que parece imposible poder- 
los tratar, y la mayor parte de sus árboles son 
pinos muy altos, los cuales nacen hasta la orilla 
del mar. En la misma parte del Asia, enfrente 
de la boca del puerto, se hace un remanso de 
aguas del mar, adonde hay un cañaveral muy 
grande de carrizos que nacen dentro de la mis- 
ma agua, cerca de la cual hallamos ser la mayor 
pesquera de todas aquellas partes. Allí se mata- 
ron muchos pescados y muy grandes, y algunos 
conocidos como son corvinas, congrios, lengua- 
dos y otros semejantes, aunque mayores que los 
que por acá se hallan: viéronse pasar á veces 
grandes pescados los cuales iban -del mar del 
Sur al mar del Norte y entre estos se conocieron 



CORBETAS DESCUBIERTA V ATREVIDA 


141 


ballenas y bufádores, y otros monstruos muy 
grandes. 

El Estrecho de Anian es de 15 leguas de 
largo, porque fácilmente se desemboca y pasa 
con una marea que dura seis horas, y estas ma- 
reas son allí recísimas; tiene seis vueltas en todo 
este largo y las dos bocas que tiene de Norte á 
Sur, digo, que está la una con la otra Norte Sur. 
La boca que tiene á la banda del Norte (que es 
por donde nosotros entramos), tiene menos de 
medio cuarto de legua de anchura y de la una y 
otra parte tiene dos peñones cortados, aunque la 
peña que tiene á la parte del Asia, es más alta, 
y más pendiente que la otra, de tal suerte, que 
hace debajo de sí un abrigo en tal modo que 
ninguna cosa que cayese de la parte alta, podrá 
dar en el pié de ella. La boca que sale al mar 
del Sur por junto al puerto, es de más de un 
cuarto de legua de anchura y desde allí se va 
siempre ensanchando y abriéndose aquellas dos 
costas. Tiene el Estrecho en medio de sí en el fin 
de la tercera vuelta, un gran peñón ó isleta hecha 
de una peña- tajada de tres estados de altura poco ¡ 
más ó menos, y porque es en forma redonda, 
muéstrase su diámetro de 200 pasos; está dis- ¡ 
tante de la tierra del Asia un muy breve es- ¡ 
pació, mas todo es devagíos y arrecifes y no se 
puede navegar sino con barcos; mas aquella que 
hay desde la isleta á la tierra firme de la Amé- 
rica es su anchura menor de medio cuarto de le- 
gua, y aunque su canal es tan fondable que dos 
navios y aun tres pueden pasar juntos por él, 
es hacia las orillas de vagíos, y sobre los cuales 
con una fácil, diligencia puede levantar y fundar 
dos baluartes en angostando la canal á tiro de 
mosquete; sobre esta isleta ó sobre los vagíos 
que se podrían levantar, y sobre la contraria 
costa se pueden hacer (como dicho es) dos ba- 
luartes, los cuales con la artillería podrán muy 
seguramente guardar y defender el Estrecho, y 
si las corrientes no fueran tan grandes se le pu- 
diera poner una cadena que fuera de gran im- 
portancia aunque ya se podría hacer con tal in- 
dustria que púchese sustentarse y resistir á las 
corrientes. La disposición del Estrecho es en tal 
forma, que con tres atalayas que se miraran la 
una á la otra se puede descubrir treinta leguas 
dentro clel mar del Norte y con ahumadas dar 
aviso á los baluartes y al fuerte del puerto si 
descubriesen navios, para que se les impida el 
paso si fueren de enemigos, y teniendo conti- 
nuamente en el puerto dos navios aprestados para 
semejantes necesidades, podrán ésto 1 atravesarse 
entre los dos baluartes (que para todo tendrán 
tiempo), supuesto que el que quisiere entrar ha 
de esperar la marea, y allí entretener y embara- 
zar los navios enemigos, en el ínterin que los ba- 
luartes los cañonean y ponen á fondo, porque es 
de saber que aunque vengan muchos navios ene- 


migos, no podrán pasar más de dos ó tres por la 
canal y si conviniese descubrir el mar del Sur, 
aunque pienso no ser necesario por ahora, tiene 
I el Estrecho dos montes altos, uno á la parte del 
Asia y otro á la de América, los cuales se miran 
uno al otro y ambos juntos al fuerte y á las ata- 
layas, y éstos descubren las dos'eostas en contra- 
rio puesto cada uno, los cuales podrán dar aviso 
ele todos los bajeles que se descubriesen por el 
mar del Sur para que haga la prevención ya di- 
cha con la que será este Estrecho defendido, y 
solos los españoles lo podrán navegar con. gran 
libertad y gozarán de las grandes utilidades que 
promete: porque verdaderamente no sé yo, q Lié- 
puerto hay en todo lo descubierto, que así tenga 
correspondencias con casi todas* las tierras del 
mundo como éste, porque desde allí se puede 
: navegar á todas ellas, y así se puede presumir 
que vendrá á hacerle el tiempo una grandísima y 
riquísima población. 

La boca del Estrecho por la banda del Norte 
es dificilísima de conocer, porque tiene una costa 
continuada de Este á Oeste, y las dos partes que 
hacen el Estrecho se encubren una con la otra, 
porque su entrada y vuelta se describe Nordeste 
Sudoeste y no se deja ver desde el mar afuera, 
y por esta causa no es mucho que no se haya ha- 
llado de los que le han buscado, porque cuando 
nosotros llegamos, no lo conocimos por algunos 
días que allí estuvimos barloventeando por aque- 
lla costa, con tener una muy buena relación de 
Juan Martínez mi Piloto, que era un portugués 
natural, de Algarbe, hombre muy viejo y de mu- 
cha experiencia, mas faltábanle las señales de 
aquellos montes, que son las que yo tomé y pinté 
para hacer otra segunda navegación si se me 
! ofreciera, porque aunque sabíamos haberle de 
hallar en los 60 o de altura, por ser aquella costa 
muy larga de Este- Oeste, nos hizo estar en 
dudas, tanto, que al Piloto le pareció 110 ha- 
ber llegado á él por más de roo leguas, según 
la fantasía de. su derrota, y á mí me pareció que 
ya estábamos sobre él, como sucedió, que saliendo 
en una chalupa á costear la orilla del mar, la mis- 
ma corriente me embocó por el Estrecho, con que 
fué conocido. La razón por donde me pareció ha- 
ber llegado al Estrecho y estar sobre él, fueron 
las grandes corrientes que allí hallé, las cuales 
venían de tierra, y tornaban á ella: tanto que algu- 
nas veces, estando con nuestro navio enmarado y 
mar en través, muy apartado de la costa, lo hailá- 
mos junto á ella, y otras veces, estando junto á 
la tierra, lo hallábamos muy enmarado. 

Tienen aquellos montes junto al Estrecho una 
peña altísima sobre un alto monte á la banda del 
Asia, de color blanca, y siendo la peña tajada y 
en forma inaccesible, tiene en su mayor altura 
tres muy grandes árboles, que mirados de Norte á 
Sur se ven bien distintos el uno del otro, y de la 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


I_L2 


una y otra parte de esta altísima peña, muestran 
los montes una perspectiva á manera de dos silla- 
res muy conocidos. Una legua de la boca del es- 
trecho, á la banda del Oeste, hay un peñón alto y 
pelado, al que circunda el mar, y que cuando está 
la marea más baja me parece que distará de la 
costa firme cuatro picas de largo: á la banda del 
Usté de la boca del estrecho , hay un grande y 
hermoso río de linda agua y de muchos árboles, á 
donde hicimos agua, porque allí tiene un media- 
no abrigo con dos grandes peñones que se hacen 
en una punta: los montes que se descubren á la 
parte del Asia por esta banda del Norte, son al- 
tísimos mirados desde el mar del Norte y tienen 
grandes arboledas, y llegando cerca parece ser 
todo pinares; mas los montes de la América son 
más bajos y de árboles menores, mas no parecía 
haber frutales en ninguna de estas dos partes. 

En el puerto donde nuestra nave surgió, que 
es el que está dicho en la boca del estrecho en la 
banda del Sur, estuvimos desde los principios 
de Abril hasta mediado de Junio, y en este 
tiempo vino por allí una nave grande de Soo to- 
neladas de la parte del mar del Sur á embocar 
por el estrecho, con la que tuvimos ocasión de 
ponernos en armas, y habiéndonos apaciguado 
los unos con los otros, tuvo aquella gente gusto 
de darnos algunas cosas de las que traían por 
carga y mercancía, que era mucha y toda cono- 
cidamente, ó la mayor parte de ella eran cosas 
semejantes á las de la China, como son broca- 
dos, sedas, porcelanas, plumas, cajones de pie- 
dras, perlas y oro, y esta gente pareció ser anseá- 
ticos. que son los que habitan en la bahía de San 
Nicolás ó en el puerto de San Miguel, y para 
mejor entendernos con ellos nos fué forzoso ha- 
blar latín, los que lo sabían hablar con los que lo 
sabían hablar; mas no parecían ser católicos, sino 
luteranos; decían venir ele una ciudad muy gran- 
de que estaba poco más de 100 leguas del estre- 
cho, que aunque no me acuerdo bien de su nom- 
bre, me parece que la nombraban Roba ó un 
nombre á este modo, la cual decían ser un buen 
puerto, y un río navegable, y que era sujeta al 
Gran Can, porque dijeron ser de Tartaria, y 
que en aquél puerto dejaban ellos otra nave de 
su misma patria. No pudimos informamos más 
de esta gente, porque siempre procedían con re- 
cato y poca confianza, temiéndose de nuestra 
gente; y por esta causa nos dividimos los unos 
de los otros, y habiéndolos dejado cerca del es- 
trecho dentro del mar del Norte, nos vinimos de 
la vuelta de España: y es cosa muy de creer que 
estos fueron anseáticos, porque como habitan en 
72 o de altura, les es cosa fácil y muy á propósito 
tratar este estrecho y navegación, y pues queda 
bastante relación de todas las cosas particula- 
res de esta navegación, y los daños que de no 
hacerse se puede ofrecer, parece ser cosa puesta 


en razón tratar cuales sean las cosas que ha de 
prevenir la persona á quien le fuese encomenda- 
do este negocio y saber los gastos que en seme- 
jantes prevenciones se pueden ofrecer, para que 
con esto tenga efecto el intento de V. M. y su 
Real servicio. 

Prevenciones y gastos de este viaje. 

Primeramente conviene hacer tres navios, la 
Capitana de 150 toneladas, y los otros dos cada 
uno de á 100, y éstos. sean hechos con unos ca- 
jones debajo del agua, según la traza que para 
ello se dará á su tiempo, y con esto se excusa 
irse al fondo una nave aunque se abra por la 
parte de abajo, porque solamente se hinche de 
agua aquel cajón que responde á la rotura y los 
demás no, por ir todos calafateados, y también 
que si recibiese el navio algún bombardazo entre 
dos aguas por donde el agua entrase, por allí tor- 
nará á salir sin echarle á fondo, como me consta 
por experiencias del mismo navio con que hice la 
navegación y descubrimientos. Estos navios han 
de ser de contracostado y emplomados, hechos 
con muchos y muy gruesos corbatones y pernos 
muy largos, cuya forma ha de ser cerrados por la 
parte alta, digo metidos de bordo, y por la parte 
baja chatos y muy bien lastrados, y siendo fabri- 
cados en este modo, podrá cualesquiera de ellos 
salir orzando contra el viento si se hallare cerca 
de la tierra en alguna tormenta con viento en 
travesía, que es el mayor peligro en que una nave 
se puede hallar, pues que siempre estos navios 
son grandes bolineros y pueden meterse del Oeste 
cinco cuartas, y si por desgracia viniese á enca- 
llar en algún vagío, por ir por mares no conoci- 
das, podrán salir mejor que otros mayores, por- 
que como son chatos de abajo, no se trastornan 
y pueden esperar socorro de los suyos en la 
pleamar. 

Asimismo, conviene llevar dos lanchas, una 
armada y otra desarmada en madera para armar- 
la al tiempo de la necesidad si la que va armada 
se perdiese; y éstas han de llevar remos para 
mejor llegar á sus navios en todos tiempos, ó 
hacer otras cosas que se puedan ofrecer, porque 
esta lancha ha de ir cerca de la costa y á vista de 
los tres navios, los cuales, siempre han de ir 
apartados cuatro leguas metidos á la mar y les 
avise de todas las cosas particulares y señaladas 
que hallasen en la costa, y por esta razón con- 
viene que su Capitán sea hombre experto, hábil, 
animoso, prevenido y muy fiel, y esta lancha ha 
de ser tan grande, que pueda en una necesidad 
hacer 20 pipas de agua, la cual y los tres navios 
y la lancha desarmada, todos envelados y pues- 
tos á punto de navegar, bien enjarciados, costa- 
rán 8.000 ducados. 

Es bien llevar en estos navios seis piezas de 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


artillería reforzadas parala amura, porque sien- 
do ellos muy fuertes, como dicho es, muy bien 
las podrán sustentar, y mas otras doce menores, 
las cuales 18 piezas se repartan en los tres na- 
vios, que costarán 1.500 ducados. Mas 200 mos- 
quetes á tres ducados cada uno, costarán. 600 du- 
cados (1). 

Mas 150 arcabuces para si se ofreciese saltar 
en tierra en alguna ocasión de muchas que se : 
ofrecen en los descubrimientos, á dos ducados 
cada arcabuz, valen 300 ducados. 

Picas, pólvora, plomo, cuerda, bombas, ar- 
tificios de fuego, balas de artillería y todas mu- 
niciones, 700 ducados. 

Hay necesidad de tres pilotos, hombres cuer- 
dos, rieles, vigilantes}' españoles, y sus ayudan- 
tes, y dos docenas de bonísimos marineros que 
vayan repartidos por los tres navios, los cuales 
quedan de este viaje diestros para ser pilotos de 
esta carrera, y finalmente, es bien llevar de toda 
suerte de gentes 200 hombres, y que éstos sean 
los más que se pudiese, hombres de mar, porque 
el marinero cuando es menester, sirve de solda- 
do, mas el soldado no sabe en ninguna ocasión 
servir de marinero; todos los cuales se han de 
repartir en esta forma: que en la Capitana vayan 
80 hombres y en cada navio á 50, y los 20 res- 
tantes en la lancha primera; que si se ofreciese 
tomar el remo en las manos haya gente para ello, 
y toda esta gente vaya pagada por un año, dán- 
doles á los pilotos 1.000 ducados á cada uno; y 
todos los 200 hombres á 4S ducados cada uno, 
que es á razón de cuatro ducados cada mes, que 
montan 9.600 ducados por un año. 

Y porque entre estos 200 hombres hay aven- 
tajados Oficiales de guerra y mar, y acompaña- 
dos de los pilotos, me parece que podrán montar 
las ventajas de un año 3.000 ducados. 

Hánse de llevar respetos de jarcia, cables, 
áncoras, lona, brea, estopa y todo velamen, he- 
rramientas, clavazón y tiras de plomo para repa- 
rar algún daño de la artillería enemiga, que todo 
montará 1.500 ducados. 

Mas 200 ducados de achotes de cera para el 
larol de la Capitana y Almiranta, que por ser en 
esta navegación los días muy largos y las noches 
breves, 110 pongo más, pues es sin duda que en 
muchos dias no se verá cubrir el Sol. 

Repártanse en todos los navios 200 ducados 
de botica. Y porque las cosas del mar son dudo- 
sas, es bien llevar bastimentos para dos años, 
porque á lo menos, lo que es el vino puede ser- 
\ü á la vuelta, y así guardando la orden de las 
íaciones ordinarias, son necesarios para los tres 
navios 2.200 quintales de bizcocho, que pagados 
á cuatro ducados, montan 8.800 ducados. 

- 1 ;) l ja mayor utilidad de esta relación es esta nota 
pormenor de los precios de aquella época. 


Y porque suele dañarse el bizcocho y por 
esta falta venir la gente á padecer graneles tra- 
bajos, es bien llevar 400 quintales de harina, que 
pagados á dos ducados, montan 800 ducados. 

Las raciones de vino en dos años suman 
9.125 arrobas, que pagadas á razón de seis rea- 
les, hacen 4.977 ducados. 

De toda carne, cecina, tocino y gallinas para 
los enfermos, 2.500 ducados. 

Mas 400 ducados de todo pescado. 

De aceite, vinagre y legumbres, 600 ducados. 

Mas 300 ducados de queso. 

Mas ruó ducados de sal, porque es de mucha 
importancia llevar buena cantidad, pues que en 
las necesidades suele aprovechar, que ó bien to- 
mada alguna cantidad grande de pescado (como 
suele acaecer), ó llegando á donde se pueda ha- 
cer alguna carne, con la sal se sustenta para todo 
el viaje. 

'fodas las cuales dichas partidas y gastos su- 
man 47.077 ducados, y esto es lo más que puede 
costar el despacho de unos navios, aunque dejo 
algunas cosas menudas que se pueden ofrecer y 
no se pueden excusar, y mirado bien se compra 
harto barato un beneficio tan grande, que es uno 
de los mayores que ahora se pueden ofrecer, y se 
excusan grandísimos daños como de no hacerse 
se podrían ofrecer á los Reinos de V. M.; y final- 
mente, es bien tomar todo lo que otro puede to- 
mar y hacemos daño con ello; porque no sé yo 
por qué es bien hecho que la parte descubierta y 
conocida por hombres españoles la dejemos to- 
mar á extranjeros y más si con ella nos puede 
dañar y hacer guerra, y no sólo esto, que si la 
toma es sin duda, que éste tal le dará al demonio 
las mejores primicias de aquellos Reinos, que 
son las almas de sus naturales, sembrando entre 
ellos su mala y perversa secta, que todo este 
riesgo tiene desamparar esta navegación y de- 
jarla á que la haga el enemigo, para que por 
ella se venga á apoderar de todos aquellos Rei- 
nos y más fácilmente de aquel nuevo descubri- 
miento de la tierra austral, que siendo tan grande 
y tan dilatado como nos informan, aquél que se 
hiciese señor de el lo será de todo el mar del 
Sur, y pues habiendo de caminar por tan largo 
y prolijo camino como es el del Cabo de Buena 
Esperanza, han tenido medios los enemigos para 
tener en la India y en aquellas partes siete fac- 
torías (como se dice que las tienen hoy d:£rí y 
ocho fuertes en la Isleta de Terrenal? con tan- 
to perjuicio de la Hacienda Real d.e S. M.. claro 
está de entender cae si hallasen, este camino can 
breve y puerto tan acomodado, sena mucho ma- 
yor el daño que podrían hacer. Por io cual, pare- 
ce ser cosa más justa atender al daño que puede 
suceder de no tomar y fortalecer este estrecho, 
que no á los gastos que de hacerlo se pueden 
ofrecer, porque quien quisiera tener y gozar 



T 44 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


grandes haciendas, grandes y diversos son los 
gastos que ha de tener y grandísimos los cuida- 
dos que ha de padecer. 

Finalmente, si V. M. se hiciere señor dei 
mar, lo será en la tierra, y si no con dificultad se 
podrá conservar lo que se posee; y esto lo digo ! 
como hombre que conozco mucho de las cosas 
del mar y sé cuánto vale el imperio de él sin el 
cual es imposible gozar el imperio de la tierra, 
y estas últimas razones basten para los que sa- 
ben entender materia de Estado, y para que si 
hay quien se descuide, despierte y se ponga en 
vela, que pienso que son muchos los enemigos 
públicos y secretos, y muchas las naciones que 
aborrecen á España, y no diga nadie (como 
pienso que se ha dicho), que no hay dinero para 
hacer semejantes prevenciones, porque V. M. 1 
está necesitado, y si alguno lo dijere, y hallare j 
estar á su Rey con necesidad, ayúdele con par- | 
tes de su hacienda y advierta que le estará i 
mejor gastarla en esto, que por no hacerse se ¡ 
la quite toda otro día el enemigo, que por mu- ! 
eho que él ponga, pondrá más el que se hiciere 
cargo de poner en ejecución un negocio tan ar- 
duo, que yo como marinero no ignoro cuán gran- 
de es y cuántos peligros tiene. Sólo puede cono- : 
cer esto el que supiere cuán grande es la brave- ( 
za del mar del Norte y su grande inquietud: en 
verdad que para la navegación del Golfo ha- ¡ 
eiendo tan buenos navios como para este efecto j 
se han de hacer, no hay que temer al mar por ¡ 
muy bravo que sea. Mas aquí se hade costear por j 
las razones atrás referidas y el costear en un mar i 
tan inquieto, es sumo peligroso y tanto, que no ¡ 
habrá marinero á quien no haga temblar el co- 1 
razón solo el pensarlo, y asi me parece que si se I 
hallare quien lo acepte, no lo pierdan de vista, | 
porque si hay uno, creo que no habrá dos; y 
adviértase que semejante jornada no le puede 
ser de ningunos provechos al que la hiciere, sino 
de muchos trabajos; por lo que es aprovecha- 
miento no sé yo que lo tenga por esta primera 
vez y no hay que confiar en que los enemigos 
no la han de hallar esta entrada, ú otra, si la 
tiene el mar del Sur, pues sabemos, que son muy 
marineros y tan animosos como yo para arrojar- 
se, como yo me arrojé; y digo Señor, que es tanto 
el cuidado que tienen de hallar alguna entrada, 
que tengo entendido por relación que me hizo el 
Capitán Baltasar de la Just, residente en Fonte 
Rabia, estando tratando conmigo de este parti- 
cular á siete días del mes de Julio de este año 
de 1609, cómo los franceses tienen hecho un 
fuerte en el rio de Canadá que está 300 leguas 
metido tierra adentro de los Bacallaos, confiados j 
de hallar desde allí entrada que pase al mar del 
Sur; digo esto, no porque entiendo que por allí 
puedan hallar entrada, porque es imposible que 
puedan atravesar aquel río más de 1.000 leguas 


que hay de travesía, y también porque yo cos- 
tee casi todo lo que estaba por descubrir de la 
costa de América por el mar del Sur, y no hallé 
ninguna entrada ni boca de río que fuese de con- 
sideración. Mas dígolo. Señor, porque se entien- 
dan las grandes diligencias que hacen los ene- 
migos por entrar. 

Asimismo se advierte que si V. M. man- 
dare hacer este descubrimiento sea con secreto, 
y de tal suerte ordenado que los pliegos y la 
instrucción no los abra el cabo de los navios 
hasta haber entrado 40 leguas á la mar; porque 
con esta disimulación se pueden desmentir los 
espías suponiendo que se arma para otro efecto, 
y queriendo Dios que no sea otra vez descubier- 
to el Estrecho, conviene luego el primer año si- 
i guíente enviarlo á fortificar, porque se ha de 
j entender, ser cosa imposible que tanta gente 
j como se da en este descubrimiento hayan de ca- 
í llar tanto, y ser todos tan prudentes que no se 
¡ publique esta navegación y sus derrotas, y 
siendo entendidas de los enemigos por ellos mis- 
mos lo buscarán y hallarán y fortificarán de tal 
suerte, que sea menester mucho, y muchos gas- 
tos y hombres para quitárselo, y así conviene 
: llevar esta mira desde el día que se dé el clespa- 
( cho para descubrirla. 

A iota. 
i 

Mandé sacar la copia que antecede del ejem- 
I piar 4. 0 Ms. acaso de letra del mismo autor, 
i que posee el Excmo. Sr. Duque del Infantado. 

¡ Del mismo ejemplar se lian copiado la tabla y 
i las figuras. Todo lo he corregido con atención. 

1 Madrid, á 24 de Marzo de 17S1 .—.Juan Bautista 

I Mimar:. 

1 

Memoria sobre el descubrimiento antiguo del paso del 
Norte ó del mar Océano al del Sur por la parle 
septentrional de la- América, leída en la Real Acade- 
mia de Ciencias de París, por Mr. Bauchc, Geógrafo 
mayor de S. M. Cristianísima (1). 

«Há cerca de 300 años que se conoce la im- 
portancia del paso del Noroeste de la América, 
siendo este el objeto de las frecuentes indaga- 
ciones de las naciones comerciantes de la Euro- 
pa y de un premio de 20.000 libras esterlinas 
ofrecido por el Parlamento de Inglaterra á los 
navegantes nacionales que lleguen á descubrirlo. 

«En vista de todas las tentativas que inútil- 
mente se han hecho con este objeto, y de los via- 
¡ jes que en estos últimos tiempos emprendieron 
j el célebre Cook con el fin de reconocer las eos- 
| tas del Noroeste de la América, donde se supo- 
! nía una de las bocas del paso; Mr. Young, regis- 


(1) Es traducción del original francés hecha por el 
Capitán de fragata D. Martín Fernández Navarrete, 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


145 


trando de nuevo la bahía de Hudson, donde se 
creía la otra, y Mrcs. Hearne y Pound, cruzando 
desde la bahía de Hudson hasta los confines del 
mar Glacial, al través de las tierras donde se ima- 
ginaba un estrecho, cualquiera podría inclinarse 
á dudar de la existencia de la comunicación de 
ambos mares; y esta tal vez es la opinión general 
en el día. A pesar de esto, asegurado de la con- 
fianza que inspira la verdad, paso á proponer á 
la Academia la relación de un navegante, que des- 
de los principios en que empezó á cuestionarse, 
halló el paso del Noroeste. La relación de seme- 
jante descubrimiento es auténtica. Los hechos 
que se citan en ella de ningún modo se oponen á 
las circunstancias ciertas que hemos sabido de 
otros navegantes, y además, nos informan de la 
verdad de otros muchos hechos que refieren dife- 
rentes autores, los cuales, como hasta ahora no 
se han podido comprender, se han mirado como 
fabulosos ó como disputables. 

«Un navegante español llamado Lorenzo Fe- 
rrer de Maldonado, es el que en el año de 1588 
descubrió el paso del Noroeste que voy á descri- 
bir, y la relación de semejante descubrimiento 
se halla en una Memoria manuscrita que él mis- 
mo presentó al Rey de España en 1609, para 
estimularlo á que repitiese la navegación de este 
paso y se hiciese dueño de él. El Sr. Mendoza, 
Oficial de la Marina de España, conocido de la 
Academia por sus luces y celo y encargado de la 
córte de Madrid para formar un establecimiento 
semejante al que tenemos en Francia para la 
construcción de cartas marítimas, etc., es quien 
me comunicó una copia fiel de esta Memoria. 
Después de haberla leído y habiendo hecho con- 
versación sobre ella, me la franqueó para que 
hiciese el uso que tuviese por conveniente. En 
tanto que el Sr. Mendoza se ocupa entre nos- 
otros en juntar los objetos necesarios á su esta- 
blecimiento, el Gobierno ha dispuesto que se re- 
conozcan todos los Archivos de España y se sa- 
quen de ellos las relaciones originales de anti- 
guos viajeros y navegantes españoles, y yo me 
atrevo á decir desde ahora que la Geografía 
puede esperar los mayores auxilios de sus cono- 
cimientos y de su celo. 

«La Memoria del navegante español se inti- 
tula: Relación del- descubrimiento del Estrecho de 
Aman, que yo d Capitán Lorenzo Ferrer de Maído- 
nado hice el ano de 158S, en la cual se ve la derrota 
que es preciso seguir, la disposición local y modo de 
fortificarla, como también las utilidades que puede 
ocasionar d repetir una nueva expedición y los incon- 
venientes que pudiera haber en omitirla. En dicha 
Memoria se halla trazada por el autor la derrota 
y un plano particular del Estrecho de Anian, 
con dos vistas, una de la entrada y otra de la sa- 
lida, las cuales igualmente delineó en dichos lu- 
gares para facilitar su reconocimiento. Este plano 


y estas vistas, son las que tengo el honor de pre- 
sentar hoy con ma3'or extensión á la Asamblea. 
Pero como en el día sólo puedo ofrecer una idea 
de este descubrimiento, no haré más que mani- 
festar la derrota que siguió dicho navegante en 
1588 y hacer constar por ella la existencia del 
paso del Noroeste. 

Hé aquí la relación del navegante: 

«Partiendo de España, v. g., del puerto de Lis- 
boa, es preciso navegar al Noroeste la distancia 
i de 450 leguas y hasta los 60 o de latitud, desde 
donde se avistará la Isla de Frislandia. Desde 
allí se camina 180 leguas al Oeste bajo del pa- 
ralelo de 60 o , y se arriba á la costa del Labra- 
dor, donde comienza el Estrecho del Labrador 
ó de Davis. Aquí hay dos entradas ó bocas, 
una que va al Nordeste y otra al Noroeste. 

| Se dejará á la derecha mirando al Norte la que 
j va al Nordeste; esta boca está formada por la 
i Groelandia y sus islas, y vuelve á tomar la mar 
! de Frislandia. Tomando la otra entrada, se hace 
j derrota al Nordeste en un estrecho, el espa- 
! cío ó distancia de 80 leguas y hasta la altura 
j de 64 o ; aquí el estrecho vuelve al Norte, y sigue 
! esta dirección 120 leguas hasta los 72 o ; desde 
este punto vuelve otra vez al Noroeste siguién- 
dolo 90 leguas, y se llega á los 75 o de latitud, 
donde acaba el Estrecho del Labrador. Este 
tiene 290 leguas de longitud; su mayor anchura 
son 40 leguas y 20 la menor. Encuéntranse en él 
puertos, calas y abrigos que pueden servir en 
caso necesario, y parece ser habitado hasta 
los 73 o , á juzgar por los fuegos que se vieron allí 
en muchos parajes, tanto de una costa como de 
la otra. 

«Concluido el Estrecho del Labrador se nave- 
ga al Oeste un cuarto Sudoeste la distancia 
de 350 leguas hasta los 71”. A nuestro regreso 
descubrimos por esta latitud una tierra muy ele- 
vada, pero no pudimos averiguar si era tierra fir- 
me ó isla; sólo sí se pensó que en caso de ser 
tierra firme debiera ser la costa opuesta á la 
costa septentrional de Nueva España. Luego 
que se ve esta tierra , y desde el 71 o de latitud, 
es preciso correr al Oeste -Sudoeste la distancia 
de 440 leguas y se arriba á la altura de 60 o , don- 
de se debe hallar el Estrecho de Anian. Con esta 
instrucción se logrará hacer la misma derrota 
que yo conseguí desde la Isla de Frislandia, que 
fué el punto de mi salida. 

«Cuando llegamos á la salida del Estrecho del 
Labrador hacía un tiempo muy riguroso: esto 
era á principios de Marzo. La travesía del Es- 
trecho fué en parte de Febrero, por cuya razón 
padecimos mucho por la oscuridad, por el frío y 
por las tempestades; el día fué muy corto todo 
este tiempo, y el frío tan intenso, que el agua 
de la mar que rechazaba con el bagel se helaba 
súbitamente, de manera que el navio parecía ser 



146 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


de cristal. También tuvimos precisión de aferrar 
las velas, las cuales en muchos parajes tenían 
más de un palmo de espesor. 

»E! pensar que el mar de que voy hablando 
pueda helarse del todo es un error, porque como 
es un Estrecho muy ancho y tiene corrientes mu 3- 
violentas, éstas y las gruesas olas no le permi- 
ten el helarse por su movimiento continuo, y asi 
me persuado, que sólo puede helarse en la orilla 
y en los parajes donde el agua está tranquila, á 
juzgar por lo que pasaba en torno de nuestro 
navio. 

«Cuando regresamos por el Estrecho del La- 
brador, que fué en el mes de Junio y parte 
de Julio, disfrutábamos de una claridad con- 
tinua. Desde que llegamos al Círculo Polar por 
66° y '/ 2 de latitud, comenzamos á gozar del Sol, 
el cual no nos faltó hasta que volvimos á pasar 
segunda vez este círculo, que se halla hacia la 
mitad clel Estrecho. Con motivo de tener conti- 
nuamente el Sol sobre el horizonte, era tan cáli- 
do el aire, que sentíamos mucho más calor que 
en España, pero de ningún modo nos incomoda- 
ba, á pesar de estar expuestos á los rayos del 
Sol, porque siempre logramos un viento fresco 
del Norte, que al mismo tiempo nos facilitó pa- 
sar con prontitud el Estrecho del Labrador. 

«Según la tradición antigua, parece que el Es- 
trecho que hemos descubierto por latitud de 6o°, 
es el mismo que llaman los geógrafos en sus car- 
tas Estrecho de Anian; y sí esto es verdad, debe 
ser formado de un lado por el Asia y del otro pol- 
la América. Esto es lo que igualmente nos ha 
parecido verosímil por la derrota que hemos he- 
cho en la mar del Sur, que es la que voy á referir. 

«Luego que entramos en la Mar Grande, se- 
guimos la costa de la América, la proa del Sud- 
este por más de cien leguas y hasta la latitud de 
¿5°. No se vió habitación alguna sobre esta costa, 
ni entrada ó embocadura que indicase algún otro 
paso de la mar del Sur á la mar del Norte: se 
creyó que esta costa era la de la América, y que 
continuando la derrota se llegaría en poco tiem- 
po á Quivira y al Cabo Mendocino, que sabemos 
se halla en esta misma costa prolongada. Desde 
este punto ó de la altura de 55 o , navegamos al 
Oeste cuatro días con un viento fresco que podía 
hacernos caminar 30 leguas por día. Después de 
haber andado 120 leguas siguiendo la estima, 
descubrimos una gran tierra de altas montañas 
y una costa larga y continua que dejamos para 
volver al objeto principal de nuestro viaje. 

«Nada pudimos averiguar en particular de 
esta tierra, á causa de las contradicciones que 
experimentamos á nuestra vuelta, y sólo podemos 
asegurar que se halla poblada hasta las cercanías 
del Estrecho, mediante que se veía salir bastante 
humo de muchas partes. Siguiendo esta costa, 
nos volvimos á hallar en la entrada del Estrecho 


de Anian por donde habíamos embocado en el 
Mar Grande quince días antes que estuviésemos 
en el del Sur. 

«.El Estrecho de Anian tiene 15 leguas de lar- 
go. Así se le pasa fácilmente con seis horas de 
una marea, que son aquí violentas. La boca que 
mira al Norte y por la que entramos, no tiene un 
medio cuarto de legua de anchura. Ea que mira 
al mar del Sur, no llega á un cuarto de legua. 
En medio del estrecho Hay un islote formado de 
rocas escarpadas que angosta más el canal. En 
este sitio apenas hay un medio cuarto de legua 
de anchura, por lo que no pueden pasar sino dos 
ó tres buques de frente. 

«La boca del estrecho del lado del Norte, es 
muy difícil de reconocer, porque la costa se ex- 
tiende aquí Este -Oeste y las dos partes que for- 
man esta boca se ocultan una con otra demoran- 
do la entrada Nordestesudoeste. Por esto no es de 
admirar no la hayan encontrado los que la han 
buscado. Cuando nosotros llegamos, estuvimos 
bordeando algunos días cerca de ella sin reco- 
nocerla, no obstante de tener una relación exac- 
ta de Juan Martínez, mi Piloto, que era un portu- 
gués nacido en Algarbe, hombre anciano y muy 
experimentado; pero le faltaba la vista de las 
montañas, que 3-0 tomé y dibujé para guiarme en 
otro viaje que la ocasión me presentase. Así, 
aunque estuviésemos bien advertidos de que el 
Estrecho estaba situado por 60 o de latitud, como 
la costa corre Estc-Ocsíe un tan largo espacio, 
quedamos algún tiempo en duda. El piloto, se- 
gún la estima de su derrota, creía hallarse á más 
de 100 leguas, y á mí me parecía que estábamos 
muy cerca, como en efecto se verificó; porque 
habiéndome embarcado en la chalupa para cos- 
tear la orilla del mar, la corriente me entró en el 
Estrecho y me lo hizo reconocer de este modo. 
Lo que me hizo creer que habíamos llegado al 
Estrecho ó que nos hallábamos muy cerca, fué 
efecto de lo que yo advertí en las corrientes de 
esta parte, las cuales venían de la costa, á don- 
de volvían seguidamente; de modo, que nuestro 
bajel, aun estando muy en alta mar, se hallaba 
de repente arrastrado a la costa y desde allí era 
de nuevo arrojado muy adentro de la mar. 

«Desde principios de Abril hasta mediados de 
junio, permanecimos en un puerto que hay en la 
boca del Estrecho por la parte del mar del Sur. 
A este tiempo llegó un bagel de 800 toneladas 
que venía del mar del Sur á pasar el estrecho, y 
cuyo equipaje nos pareció ser de las naciones 
anseáticas que habitan la bahía de San Nicolás ó 
el puerto de San Miguel. Con motivo de recelar- 
se ó cautelarse ellos de nosotros, y al parecer te- 
miéndonos mucho, no pudimos recibir instruc- 
ción alguna de ellos: por consiguiente, nos sepa- 
ramos, habiéndolos dejado en el mar del Sur, y 
nos aparejamos para regresar á España. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


^47 


«Este es el resumen del viaje y del descubri- 
miento que dice haber hecho el navegante espa- 
ñol el año de 1588. En las particularidades que 
he omitido y que relacionaré en nuestras sesio- 
nes ó juntas privadas, se hallarán suficientes 
pruebas de la existencia del paso y de los cono- 
cimientos del navegante. Por ahora es mi desig- 
nio examinar la derrota que nos ha trazado, y 
proponer algunas observaciones sobre las princi- 
pales circunstancias de su descubrimiento. 

»La derrota clcl navegante desde Lisboa á la 
Isla de Frislandia y de Frislandia al Estrecho 
del Labrador, es la que nos dan los navegantes 
modernos desde Lisboa a! Cabo Farewell en la 
entrada del Estrecho de Hudson, donde se en- 
cuentran las mismas latitudes y las mismas dis- 
tancias. 

»E1 paso que después describe desde el Océa- 
no al mar del Sur, se compone, como hemos vis- 
to, de tres partes: 1/ La travesía del Estrecho 
del Labrador, que va desde el Océano al mar 
Glacial. 2." La navegación ó camino de 700 le- 
guas en el mar Glacial. 3. a La travesía del Es- 
trecho de Anian, que va desde el mar Glacial al 
mar clel Sur. 

»E1 Estrecho del Labrador donde el navegan- 
te pone 290 leguas de longitud ó extensión, se 
divide entres partes, como es fácil de compren- 
der. La primera que dice ser de 80 leguas al Nor- 
oeste, es efectivamente el Estrecho de Hudson, 
desde su entrada hasta la bahía de Hudson; esto 
es, las mismas demoras y la misma distancia. 

»En el año de 1588 todavía no se conocía la ba- 
hía de Hudson, ni tampoco pudo verla el nave- 
gante, porque siguió la costa septentrional del es- 
trecho, la cual siempre está más libre v menos 
embarazada de hielo. 

»La segunda parte, que navegó al Norte y 
cuya longitud se ha puesto de 120 leguas, se ad- 
vierte también en el Estrecho que avanza al Nor- 
te de la bahía de Hudson y que en las cartas in- 
glesas se denomina Namclcss Strait ó Siraitun - 
discubcrcd , esto es, Estrecho sin nombre ó Estre- 
cho no descubierto; donde todavía no se conoce 
más que una parte del lado del Sur que ha sido 
vista por Baffin en 16x6, por Fox en 1631, .y por 
Tomás James en 1632. 

«Estos navegantes intentaron penetrarle es- 
perando encontrar allí el paso que buscaban; pero 
se retiraron asustados con los hielos que veían 
venir del Norte, lis de notar que Baffin, estando 
al Sur de la entrada, y viendo que las mareas se 
dirigían al Norte, infirió de aquí que había un 
paso, y á consecuencia dio el nombre de Cabo 
Confort á una punta de tierra cerca de la cual él 
hizo esta observación. Igualmente Fox ha infe- 
rido del crecido número de ballenas que se ven en 
la parte del Noroeste de la bahía de Hudson, que 
debía haber en esta parte ó sitio un paso al mar 


I del Sur, lo cual creyó hasta su muerte. Las car- 
¡ tas inglesas que se han publicado de cuarenta 
; años á esta parte, hacen conmemoración de una 
' comunicación entre el estrecho sin nombre y la 
í bahía de Baffin, la cual, como se halla fundada 
: solamente en conjeturas, es verosímil haya inri- 
| pedido hacer nuevas indagaciones, tanto más 
j cuanto los navegantes que han ido en busca del 
! paso á la bahía de Baffin, no han hallado más 
i que hielos en su parte del Sudoeste, donde se su- 
ponía la salida del Estrecho sin nombre. Las car- 
tas antiguas dan una anchura mucho menor á la 
bahía de Baffin, que todas las modernas; la colo- 
can menos al Oeste y la aproximan ménos á.la 
¡ bahía de Hudson; y yo pienso con Mres. de Lisie 
| y Danville, quienes las habían adoptado, que 
| merecen la preferencia. 

«La tercera parte del Estrecho del Labrador, 
ó la que termina en el mar Glacial, se halla en 
| un territoiio que todavía no conocemos; por con- 
! siguiente, no contradice ninguna de las nociones 
que se nos han dado; antes bien, me parece con- 
: firma lo que se ha visto sin mucho interés en 

• una carta inserta en L' Amcricain Travcllw y en 

i 4 

una carta grande japonesa, traída del Japón por 
Rempfler y depositada en el gabinete del difunto 
Mr. Iíansloane. La carta del Amencain Tmve- 
ller manifiesta una comunicación ó un estrecho 
entre el mar Glacial y la bahía de Hudson, don- 
de se ven las denominaciones de Spurla y Fonlrc, 

| dadas á los dos puntos que forman la entrada de 
i este Estrecho del lado del mar Glacial. La carta 
■ japonesa, ía cual nos manifiesta todavía desco- 
nocidas las costas de la América Septentrional, 
nos indica igualmente un estrecho por dónele se 
comunica el mar Glacial con el Océano, y coloca 
este Estrecho en el mismo sitio á donde nos ha 

i 

! conducido el navegante español. Por las indica- 
; dones sabias de Mr. Guignes, sabemos que los 
chinos navegaban antiguamente á las costas del 
Noroeste de la América; también se sabe por 
Benjamín de Tíldela, autor indio del siglo xn, 
que los chinos conocieron el mar Glacial, al cual 
llamaban Nikfiha. Decían ellos, que los que en- 
tran en este mar no pueden salir y que mueren 
después que se les acaban las provisiones. Sei- 
! xas refiere en su Teatro naval que en la bahía de 

• Hudson se han hallado cascos de navios chines- 
cos; por esto podemos comprender de dónde 

i tomaron los japoneses los conocimientos que po- 
: nen en sus cartas. El Amcricain Travcllcr no hace 
la menor expresión de los conocimientos que nos 
manifiesta la carta inserta en esta obra. Monsieur 
de Bogoundi, quien en el año de 1774 hizo inda- 
gaciones sobre este objeto, nos dice que el autor 
I era un Capitán inglés llamado Elmui, y que ha- 
\ bía recorrido una parte de las costas del mar 
Glacial al Norte de la América. Nadie ha usado 
de estos conocimientos desde esta época por no 



148 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


saber apreciarlos; pero hoy día se puede creer 
que no carecen de fundamento. Permítaseme ci- 
tar aquí un artículo de la Gaceta de Londres, 
que al presente parecerá más digno de atención. 
En el día 4 de Abril de 1769, se dice en ella que 
un Oficial que había montado navios de la Com- 
pañía de Hudson, había hallado poco hacía, el 
paso deseado por el Noroeste para ir á las Indias 
Orientales; que había pasado felizmente desde el 
Estrecho de Lepulse-Bay á otro, por el cual había 
entrado en el Océano de Tartaria, y se añade 
que á instancias de la Compañía de Indias y de 
las de la bahía de Hudson se habían desapareci- 
do repentinamente su diario y sus cartas en el 
momento que iba á publicarlas. 

»En el diario de sabios del mes de Noviembre 
de 1773, se halla igualmente una carta de Mon- 
sieur de la Lande, que dice que un navio danés, 
llamado la Corona del Norte y mandado por el 
Barón de Ulfeld, había pasado el año de 1769 
del Océano al mar Glacial, de éste al del Sur, 
de donde volvió á Europa por el Estrecho de ; 
Le Maire. 

«Toda esta relación, unida al testimonio del 
navegante español, no dejan duda, á mi parecer, 
de la comunicación de la bahía de Hudson con 
el mar Glacial, y consiguientemente del paso del i 
Noroeste , del cual esta comunicación hace la 
parte principal. 

«La navegación del mar Glacial, desde el Es- 
trecho del Labrador hasta la entrada del Estre- j 
cho de Anian, tal vez parecerá difícil, pero no I 
imposible, como se hubiera podido inferir de los 1 
viajes de Phipps y Cook. Por la derrota del nave- 
gante español se ve que la costa declina hacia el 
Sur ála salida del Estrecho del Labrador, y que 
se halla á los 71 o de latitud hacia la mitad del 
espacio que separa los dos Estrechos. Mr. Ilear- 
ne ha hallado la embocadura del río de la Mina 
de Cobre por cerca de 71 o 40', y Mr. Pound, en 
una carta de sus descubrimientos presentada á la 
Academia en 1786 por Mr. de la Rochefoucault, 
indica la embocadura del río Arabesca hacia los 
C5 0 . Este último no ha llegado hasta el mar Gla- 
cial; pero nos dice que parlamentó cerca del lago 
Arabosca con cuarenta de . los naturales que vi- 
ven á corta distancia de la costa. 

«Estos le confirmaron que en este mar había 
flujo y reflujo; le aseguraron que no conocían 
ninguna tierra al Norte, y que habían visto mu- 
chas veces allí hielos flotantes; pero que la na- 
vegación de los ríos que allí embocan, se hallaba 
franca desde principios del estío. También pre- 
guntó Mr. Pound á muchos salvajes que habían 
acompañado á Mr. Ilearne en su viaje, y nos 
dice que le ocultaron las principales circunstan- 
cias de él, y que en el día es prohibido á todos fi- 
liada el Oeste: lo mismo sin duda sucedió en el 
viaje de Mr. Young, del cual jamás se ha tenido 


conocimiento alguno y en el del Capitán Cluny; 
pero en lo poco que nos enseña Mr. Pound, nos 
anuncia bastante que el mar Glacial no es im- 
practicable por la parte de la América. Sólo me 
resta hablar del Estrecho por donde el navegante 
español pasó del mar Glacial al del Sur y que él 
llamó Estrecho de Anian, según las cartas de su 
tiempo. Se ve que este Estrecho, que él pone 
por 60 o de latitud y al cual no le da más que un 
cuarto de legua de anchura, no puede ser el Es- 
trecho de Bering que halló Cook á los 66° de 
latitud y de 15 leguas de anchura: luego hay 
otro Estrecho que todavía no conocemos en esta 
parte del Noroeste de la América, y por consi- 
guiente de las islas al lugar de las tierras que 
nosotros tenemos por una parte del continente. 

«En efecto, esto es lo que nos indican muchas 
cartas de los rusos, y particularmente la que 
Mr. S. Thaslin publicó de sus descubrimientos. 
Se ve en ella una gran isla á continuación de 
otras muchas pequeñas situadas al Este del Es- 
trecho de Bering y separadas del continente de 
la América por otro Estrecho. 

«La relación del navegante ofrece aquí una 
gran dificultad, que yo no puedo pasar en silen- 
cio. El cálculo de su derrota al salir del Estrecho 
del Labrador, coloca el Estrecho de Anian al Oeste 
del de Bering y sobre la parte del Nordeste 
del Asia, donde sabemos por otro lado que allí 
no hay Estrecho, y así es menester suponer que 
hay un error considerable en la estima que ha 
hecho de su derrota. No me atrevo, por consi- 
guiente, á confiar poder determinar de un modo 
satisfactorio la posición de este Estrecho, y solo 
propongo como verosímil lo que voy á decir so- 
bre esta materia. 

«La latitud del Estrecho de Anian, establecida 
ó fijada á los 6o n , debe ser casi cierta, respecto 
que estaba así indicada en la relación del Piloto, 
que halló exacta el navegante, quien por otra 
parte permaneció allí mucho tiempo para poder 
asegurarse. Esto supuesto, debe estar el Estrecho 
i hacia Shoal Ness al Oeste del rio de Cook, ó ha- 
; cía el Monte de San Elias al Este del mismo río, 
porque estas son las únicas partes del lado de la 
América que se hallan en la latitud dicha. Los 
rusos han reconocido todas las inmediaciones de 
Shoal Ness, como se ve en la última carta de sus 
descubrimientos, y no han hallado ningún Estre- 
cho; por consiguiente estamos en la precisión de 
fijarnos en las cercanías del Monte de San Elias. 
Por otra parte se adoptará esta posición conside- 
rando el camino que hizo el navegante á su sa- 
lida del Estrecho ó á su entrada en el mar del 
Sur. Se advierte que él navegó dirigiéndose al 
Sudeste, y hasta los 55 o de latitud no puede estar 
sino la costa de la Amélica situada al Sudeste 
del Monte de San Elias. Del mismo modo la cos- 
ta que halló á las 120 leguas al Oeste de la Amé- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


I 4 Q 


rica y que siguió en la dirección del Nordeste y 
hasta el puerto, no puede ser representada sino 
por la costa de Alaska y las tierras vecinas al 
rio de Cook. El navegante ha supuesto que esta 
última costa era una parte de la Tartaria; pero 
por lo que él mismo dice bajo la fe de las cartas 
de su tiempo, y porque había supuesto que su Es- 
trecho era el que significaban estas cartas con el 
nombre de Anian. 

«Todavía me inclinaría á admitir esta posición 
del Estrecho, la consideración de las reclamacio- 
nes de la España y de sus pretensiones sobre 
esta parte de la costa de la América. No cabe 
duda en que los españoles han tenido conoci- 
miento del Estrecho, supuesto de que indepen- 
dientemente de la relación de nuestro navegante, 
se lee en Parchas que habiendo entrado Drake 
en el mar del Sur, quiso el Virey de Méjico cons- 
truir un fuerte á la entrada del Estrecho por la 
parte del Mediodía; y que por casualidad pasó 
por allí el año 1609 un bajel de Acapulco, el cual 
vino á Lisboa. Con este motivo se reconoce la 
data de la Memoria de nuestro navegante y su 
proyecto de fortificar el Estrecho. Lascarías an- 
tiguas indicaban una continuación de costas de 
1.700 leguas de extensión, que iban de la punta 
del Sur de la California hacia el Japón, y es ve- 
rosímil que esto fuese el resultado de los prime- 
ros descubrimientos que se hicieron y que des- 
pués se ha suprimido, porque no se conocía con 
fundamento. Extendiendo los españoles su de- 
recho hasta Williams Souncl á la entrada del 
Príncipe Guillermo, sin duda que lo han hecho 
con conocimiento de causa, y es de presumir que 
han querido incluir el Estrecho en los límites que 
ellos han reclamado. 

«En cuanto á los nuevos establecimientos que 
se forman en esta parte, tendremos en breve co- 
nocimientos ciertos. Se sabe que los rusos han 
avanzado más allá del río de Cook y tal vez in- 
tentarán de nuevo su antigua navegación por el 
Estrecho donde fueron vistos por nuestro nave- 
gante en 1588; también es verosímil que los in- 
gleses no esperen á publicar los conocimientos 
que hoy día tienen del paso del Noroeste, sino es 
en el momento en que se hallen asegurados de la 
posesión de esta parte de la América que dispu- 
tan á los españoles. 

«Se ha visto en la Memoria del navegante es- 
pañol, que su Piloto tenía una relación exacta del 
paso del Noroeste; de donde se debe inferir que 
semejante paso era ya conocido, ó por lo ménos 
se había descubierto antes del año de 1588, épo- 
ca de su viaje. El nos dice que su Piloto era pon- 
tugues, viejo y muy experimentado; pero nosotros 
sabemos por Purchas, que un portugués llamado 
Martín Chache había descubierto en 1555 un 
paso desde las ludias al mar Septentrional, que 
había hecho una relación de su viaje, y que este 


paso se hallaba á los 59 o de latitud, que como se 
ve es la del Estrecho descubierto por nuestro na- 
vegante. 

«Un piloto inglés llamado Tomás Cowles, tes- 
tificó por escrito en 1579 que había leído la rela- 
ción impresa en 1567, pero que después de este 
tiempo no la había podido volver á ver, á causa 
de haber sido prohibidos y recogidos los ejem- 
plares por orden del Rey de Portugal, temiendo 
| que este descubrimiento acarrease algún perjui- 
j cío á su comercio. 

«También se lee en Purchas, que este paso 
del mar del Sur al mar del Norte fué confirmado 
por un portugués que aprisionaron los ingleses 
en tiempo de la Reina Isabel; que otro portugués 
de Guinea había hablado á Forbisher, como 
habiéndolo pasado; y en fin, que era comunmen- 
te reconocido por los pilotos de Lisboa. 

«Después de todas estas consideraciones, me 
parece que se puede tener por un hecho cons- 
tante el descubrimiento que acabo de exponer 
del paso del Noroeste, buscado después de tan 
largo tiempo. Para conservar la memoria y ase- 
gurar la gloria á quien corresponde, he creído 
debía dar el nombre de Ferrer al estrecho descu- 
bierto por el navegante español, tanto más, 
cuanto es muy incierto que esté allí el verdadero 
Estrecho de Anian. De este modo llamaré al Es- 
trecho que hace la comunicación de la bahía de 
Hudson con el mar Glacial, y que hasta ahora 
se ha llamado Estrecho sin nombre ó Namess 
Strait. Sacando á luz este descubrimiento, he da- 
do la solución de un gran número de dilicultades, 
que siendo verdades interesantes, habían decli- 
nado á la clase de fabulosas, y en adelante harán 
leer con mayor interés la historia de las antiguas 
navegaciones. Acaso habré destruido también las 
preocupaciones que se opondrían todavía por 
mucho tiempo á los progresos de la navegación 
en los mares del Norte, y me atrevo á confiar 
que el fin del siglo XVIII añadirá el conoci- 
miento de las tierras próximas al Polo, y áun 
del Polo mismo, á todos aquellos con que este 
siglo ilustrado ha enriquecido la Geografía. « 

Ya, pues, con las medidas tomadas anterior- 179* 
mente, desde el amanecer del día i.° de Mayo 
entrambas corbetas se hallaron enteramente dis- 
puestas para dar la vela; el correo ele Méjico 
que llegó antes de las ocho de la mañana, en 
nada se oponía á nuestro intento, de suerte que 
á las nueve y media, con las' primeras ventolinas 
del Noroeste, pudimos zarpar la última amarra 
y navegar con todo aparejo á íranquear con la 
mayor brevedad la boca del puerto. 

Por un acaso poco común, el viento se llamó 
y mantuvo después al Sursudoestc flojo; la marea 
no nos era favorable sino en la mucha proximi- 
dad de la costa del Sur, y así debimos continuar 



I 5° 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


nuestros bordos hasta las dos de la tarde, á cuya 
hora, inclinándose Analmente el viento al Oeste 
galeno, pudimos con la mura estribor pasar 
como á un cable y medio de la punta de la Bruja 
y media milla del Diamante, y últimamente, á 
las cuatro de la tarde, considerarnos libres de 
toda necesidad de dar fondo. 

Si consultásemos las derrotas de las Naos de 
Manila, lo acaecido al Comodoro Anson próxi- 
mamente en principios del mes de Mayo y la 
misma voz común sobre aquellas costas, no era 
tan fácil el alcanzar las brisas, y aun para este 
intento debían hacerse sacrificios considerables 
al Sur; pero las navegaciones últimas de nues- 
tras corbetas parecían oponerse mucho á la infa- 
libilidad de estas reglas, pues la DESCUBIERTA, 
en los r3° de latitud y distante unas 70 leguas de 
la costa, no había hallado más que calmas y 
ventolinas variables, y la Atrevida había tenido 
la fortuna, de que las brisas en su primera trave- 
sía le alcanzasen hasta casi la vista del puerto, 
lográndolas también frescas en su navegación á 
San Blas luego que distante de Acapulco unos 
6 ó 7 0 al Oeste, pudo reponerse en la latitud de 
15 y 16 o . En cuanto á la preferencia de una de- 
rrota de altura sobre las costaneras qúc al mis- 
mo tiempo hacían difícil los vientos del Noroeste 
y las corrientes muy vivas, ninguna duda podía 
admitirse, tanto más, que cualesquiera derrotas, 
si hubiesen de conducirnos con brevedad á latitu- 
des altas, siempre debían dirigirse á mucha dis- 
tancia de la costa de California para evadir los 
Nortes y tener mejor bordada con los Noroestes. 

Con estas reflexiones se prescribió desde lue- 
go el rumbo del Oeste aprovechándole con mayor 
andar, siempre que los vientos, particularmente 
por la madrugada, se inclinasen al terral, y apro- 
ximándonos de él con preferencia á los rumbos 
del Sur, siempre que estuviesen á la virazón, ó 
del Oeste y Oeste -Sudoeste; demasiado descae- 
ceríamos al Sur con el solo efecto de las corrien- 
tes y de los vientos, sin coadyuvarles por nues- 
tra parte con derrotas voluntarias que nos atra- 
sasen. 

No fueron sin embargo frecuentes al princi- 
pio las ocasiones en que pudimos apartarnos de 
la derrota común. Después de cuatro singladu- 
ras, al medio día deí 5 apenas habíamos adelan- 
tado i° al Oeste con el sacrificio de 2 0 en la la- 
titud, y los carices no manifestaban aún la pro- 
ximidad de las brisas: pero al día siguiente ya 
los vientos se declararon algo más fresquitos 
y constantes 'del Nornoroeste y Norte, con los 
cuales nuestros progresos empezaron á ser con- 
siderables y los carices á indicar la brisa no dis- 
tante. A la sazón, y aun al otro día de haber 
perdido la costa de vista, eran pocas las a ves que 
alcanzábamos en el horizonte, y éstas por lo co- 
mún se ceñían á las dos clases de los pelícanos y 


lar us; un solo bonito de muy corto tamaño ha- 
bía sido presa de nuestros anzuelos. La claridad 
de los cielos y horizontes, la mar y el viento 
sumamente apacibles nos recordaban casi con 
emulación nuestra existencia en el mar Pacífico. 

Las variaciones de la aguja, que observába- 
l mos diariamente, bien sea por los azimutes ó por 
! las amplitudes, aún manifestaban casi constante 
la de 6° 30' al Nordeste, y la segunda compara- 
ción de nuestros relojes con los de la Atreví tv 
hecha al día siguiente, indicaba mnv poca dife- 
rencia entre unos y otros, manifestando las ecua- 
ciones diarias que aquéllas debían atribuirse 
más bien á atrasos del número 72 que á adelan- 
tos del número 10. 

Hasta entonces había sido el objeto esencia, 
de nuestro método de disciplina, el atender á los 
dos únicos inconvenientes de la deserción y de 
¡a falta de asistencia al trabajo; hubiera sido 
imprudente con una disciplina más molesta c 
intempestiva, ó representar á los armamentos la 
idea de un peligro próximo que pidiese el uso 
de las armas, ó cuidarles con un tesón opresivo 
una salud que á cada paso podían aventurar en 
los diferentes puertos visitados hasta aquel mo- 
mento; de este modo habíamos podido insensi- 
blemente disponerlos para nuestro intento, in- 
fundiéndoles otras dos calidades, de las cuales 
ya no podíamos prescindir, y eran la robustez y 
un cierto amor y confianza hacia nosotros, de 
suerte que nos mirasen más bien como amigos 
que como superiores, en todas las ocasiones que 
no tuviesen conexión directa con el servicio mi- 
litar. Pero en el día no podíamos desentender- 
nos de la necesidad de una disciplina militar, la 
cual al mismo tiempo pusiese á cubierto de cual- 
quier riesgo nuestras vidas y las de los natura - 
i les cuyas costas visitásemos, y no distrajese un 
roce amistoso del cual dependían nuestros pro- 
gresos en las indagaciones científicas que nos 
habíamos propuesto; tampoco debíamos omitir 
cuanto pudiese conducir á la conservación de la 
salud, en una mudanza tan rápida de clima como 
la que debíamos encontrar, y en la estrechez 
I con la cual debíamos naturalmente vivir por 
largo tiempo. Con este objeto se aumentaron á 
bordo las precauciones para el buen orden y 
aseo, se encargó estrechamente á la Oficialidad 
de guardia que vigilase cuotidianamente sobre 
ambos puntos; pero con tal pulso que ni un mo- 
mento se perdiesen de vista el cariño y la con- 
fianza recíproca: se repartió alguna ropa de 
abrigo; finalmente, se formó un plan militar que 
trazado sobre los escarmientos de los que nos 
habían precedido en esta especie de viajes, pu- 
diese al mismo tiempo combinarse con todos 
nuestros intentos y con cualesquiera otras cos- 
tas que hubiésemos de visitaren lo venidero. 

Cualquiera que conozca el carácter de núes- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


* 5 * 


May- 6 


tras marinerías, insensibles á otro freno más que 
á la razón y al ejemplo de una Oficialidad que 
respete, y por otra parte tan entregadas á unas 
pasiones excesivamente vivas como resistentes á 
una sujeción directa, no extrañará que nuestras 
medidas en esta parte lleven siempre consigo un 
sistema casi diamelralmente opuesto al que han 
seguido los ingleses bajo las órdenes del Capi- 
tán Cook; bien que en las memorias relativas á 
la conservación de la salud se anotarán estas ra- 
bones con mayor extensión, de suerte que ma- 
nifiesten hasta dónde es preciso extender en el 
marinero español aquella sensibilidad, razona- 
miento y viveza de pasiones que tanto difieren 
del carácter de las marinerías del Norte. 

Ya en la estación en la cual nos hallába- 
mos, debimos desistir de toda idea de reconocer 
ó algunas ó todas las islas intermedias entre el 
continente y las de Sandwich. Los Comandan- 
tes Hezeta y Cuadra habían visto las del Socorro; 
el Piloto Maurelle la Roca Partida, y el Conde 
de la Pcyrouse, corriendo el paralelo de las de 
Ulua y los Majos, había conocido ser estas mis- 
mas las de Sandwich, con el solo error en longi- 
tud, que por lo común encuentran las Naos en 
la travesía desde Acapulco á las Marianas: el 
rumbo del Oeste, fué por consiguiente, el que 
seguimos, y los vientos, aunque algo varios del 
Nornordeste al Esnordeste, nos fueron tan fa- 
vorables, que al medio día del 13 habíamos al- 
canzado la latitud de 16 o 25' y la longitud al 
occidente de Acapulco de 14 o 22', demorándonos 
casi al Norte la Isla de Santa Rosa (ó tal vez la 
Nublada), según la disposición de las costas de 
San Blas. 

La variación de la aguja había por esc tiempo 
disminuido hasta 2° y 3 0 al Nordeste, conformes 
en manifestarla así diferentes azimut es, pues 
que la mucha celajería imposibilitaba el obser- 
var las amplitudes occidua y ortiva. Volvió luego 
á aumentar con bastante celeridad y el 23, por 
latitud de 27 o 22' y longitud de 28 o 20' al Oeste 
de Acapulco, ya la hallábamos de <8° 40'. 

Hasta ahora nos habían parecido, si no su- 
perfinas, á lo menos muy tempranas las expe- 
riencias de los cudiómetros, las cuales denotasen 


con certeza la salubridad del aire que respirába 
mos, y los progresos de las enfermedades sépti 
cas á medida que la dilatación del viaje, lo 
alimentos, el frío y cualesquiera otras causa 
cooperasen juntamente á producirlas; pero y 
con veintidós días de viaje, con un temple bie 
diferente del que habíamos experimentado e 
Acapulco, y precisados, ó bien por el frío ó pe 
la mar algo gruesa á cerrar la portería de bario 
vento en las noches, hubiera sido omisión reprei: 
si ble el no darlas principio con toda aquella exac 
titud que requería la novedad y la importanei 
de esta materia: encargáronse, pues, de dieh 


examen D. Francisco Flores y D. Tadeo Heenke, m-w 
y los primeros resultados debieron parecemos 
bien agradables, pues veíamos reunida á una sa- 
lubridad considerable en el aire atmosférico, una 
grande aproximación de todos ios demás que ha- 
bíamos examinado, entre ellos los de la bodega 
y entrada de la sentina. Renovadas las mismas 
experiencias en la mañana del 31, dieron los mis- 1 
mos resultados, aunque sustituyésemos el uso del 
agua salada á la dulce para el traspaso de los 
aires. Todo conducía á convencernos que el sólo 
desaseo y la falta de ventilación eran las causas 
de respirarse un aire más infecto en el mar que 
no en la tierra. 

Todo el mes de Mayo no podía haber sido más 
feliz; por latitud de 31 o nos hallábamos entre los 
vientos variables; la distancia de la costa nos 
permitía indiferentemente aquellos bordos que 
con mayor brevedad nos elevasen hacia el Norte y j.m 
las tripulaciones más bien se habían robustecido; 
sólo sí, que en la corbeta Atrevida habían te- 
nido la desazón de ver inutilizado por una extra- 
ña casualidad el reloj numero 10 del Sr. Ber- 
thoud: olvidado accidentalmente el darle cuerda, 
no fué después posible el volverle á poner en mo- 
vimiento, por cuanto se adoptasen las sacudidas 
y un calor violento artificial; el temor de romper 
una máquina tan preciosa, dictó como más pru- 
dente el dejarle así parado más bien que desar- 
marle; pues no debía quedar duda que lo espeso 
y crasoso de los aceites, combinados con algún 
frío que le condensase, era la verdadera causa de 
ia imposibilidad para adquirir nuevamente el an- 
tiguo movimiento. 

Ya desde los paralelos indicados nuestra na- 
vegación hacia el Norte debió por naturaleza ser 
más acelerada: experimentáronse algunos tem- 1 
porales por el Oeste y Oesnoroeste, los cua- 
les no tenían para nosotros sino el sólo inconve- 
niente de hacernos descaecer algo más sobre la ■ 
costa; repetidas con mucha frecuencia las dis- 
tancias lunares, nos indicaban un error al Oeste 
de medio grado próximamente para los relojes 
marinos; y como á medida que nos elevábamos 
hacia el polo, la costa inclinaba más y más su 
dirección ai Oeste, finalmente, por latitud de 56 o 
17' avistóse el día 23 la tierra bastantemente 
distante y elevada. 

Era la comprendida entre el Cabo Engaño y 
las islas septentrionales al Cabo San Bartolomé, 
reconocida por el Capitán de fragata D. Juan de 
la Cuadra en 1775, por el Capitán Cook en 1778 
y por el capitán Dixon en 1786: no tardamos en 
distinguir el monte Edgecumbre, llamado por 
Cuadra, de San Jacinto, la grande ensenada que 
él mismo llamó del Susto, y poco después el abra 
del Cabo Lando rs y puerto de Banks visitados 
por el Capitán Dixon: nos demoraban el Cabo 
Engaño al Norte 14” 30' Oeste de la aguja, la 



I 5 2 


VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


punta Sur de la ensenada del Susto, que llama- 
mos Serena por la serenidad del día que lográ- 
bamos á la sazón, al Norte 5° 30' Este; y los ex- 
tremos al Este, al parecer una punta roma, no 
distante de una isla algo grande, al Norte 77 o 30' 
Este; la descripción de este trozo bien individua- 
lizada por el Capitán Cook, nos pareció corres- 
ponder puntualmente á la exactitud de aquel na- 
vegante esclarecido: un número crecido de mo- 
gotes altos (probablemente islas) indicaba un nú- 
mero casi igual de buenos puertos; entre la isla 
y la puntaroma, en el extremo del Este, se veía 
claramente una abra ó estrecho considerable; no 
se nos ocultaba tampoco que la tierra del monte 
Edgecumbre era otra isla; y el erguido descuello 
del mismo monte le hacía notable entre todos los 
demás, y por consiguiente, muy oportuno para 
guiar en este paraje al navegante incierto, que 
carezca, como frecuentemente sucede, de la la- 
titud observada; las vistas que damos de este 
monte lo manifiestan tal vez menos alto de lo 
que pudiera inferirse del viaje del navegante in- 
glés; logramos medir su altura con toda exacti- 
tud, y como la diferencia de latitudes determina- 
se con mucha seguridad la distancia, podemos 
creer que nuestros resultados se aproximen á la 
verdad. D. Juan de la Cuadra había ya determi- 
nado á la Punta ó Cabo ele Engaño la latitud de 
57 o 2'; no le excede más que en un minuto la que 
supone el Capitán Cook, y así no debíamos tener 
la menor desconfianza de la distancia de leguas 
al monte, y finalmente, de su altura sobre el 
nivel del mar. 

Era muy poca, á la sazón, la nieve que notá- 
bamos sobre su cumbre; antes bien, nos pareció 
que la conservaban más baja y más copiosa va- 
rios otros cerros interiores á la ensenada del 
vS usto y á la Punta Serena. No se halló fondo 
con 120 brazas de sondaleza; la variación mag- 
nética, así por el azimute meridiano, como por 
varios otros azimutes, fué de 24 o á 25 o Nordeste. 

La comparación de nuestras longitudes con 
las del navegante inglés era un punto importante 
para que le descuidásemos en esta ocasión, tanto 
más oportuna, cuanto que el Cabo Edgecumbre ó 
del Engaño era un paraje de los que había deter- 
minado con mayor exactitud, y dependía de una 
travesía de pocos días desde Nutka, después de 
una conformidad grande entre las distancias lu- 
nares y una observación del primer satélite de 
Júpiter, y después de un arreglo bien prolijo de 
sus relojes marinos. Se agregaba á estas razones 
en favor de 4 a determinación indicada, el reparo 
de convenir exactamente en la carta inglesa la 
longitud del puerto de San Pedro y San Pablo 
en Kamshatka, con la que resultaba de las ob- 
servaciones del primer satélite de Júpiter hechas 
en el mismo puerto por el Sr. de Krissilinkof, y 
examinadas con tanta sagacidad por el Sr. Coxe; 


de suerte que sujetos ambos extremos, parecía j, 
que las longitudes medias debían también consi- 
derarse como seguras. 

Hé aquí nuestros resultados y los del Capitán 
inglés: 



Longitudes 
occidentales 
de Taris para 

Idem por las j 



el Calió Etl 

distancias > 

Idem por el Capitán Cook. 


gec.imhrc por 
:u¡; relojes : 

lunares. 



marinos. 





i cj s seríes’ 


Cronóm. 7 z 

1 3 ^- 49 - 1 3 : 

culos díasj 
¡6, 7 y úo| 
de Junio. 

ii38.3i.3S 138.15.30 

Croman. 71 

138.48.30' 

» 1 

» 

Cronóm. 61 

1 38.38.3o 1 

¡97 id. día] 
23. . . .' 

j ‘ 37-31 

Reloj 105. . 

138.42.10 

y> 


Promedios.. 1 

138.44.37 

» 

138.1.19 138.15.30 

Pareció 

preferente el adoptar los resultados 


del Capitán Cook, á lo menos hasta que tuviése- 
mos por nuestra parte observaciones celestes que 
determinasen más directamente su exactitud. 

Algo más feliz que nosotros el Sr. Iíeenke 
en sus pesquisas para la Historia Natural, logró 
en el mismo día examinar diferentes especies de 
moluscos, entre las cuales una enteramente nue- 
va, que distinguió con el nombre de S ficciosa, 
merecía particular atención, no menos por su ta- 
maño y movimiento vivo ondulatorio, que pol- 
los colores mezclados de perla y púrpura que en 
diferentes partes presentaban el contraste más 
vivo y agradable: no debía sernos extraño que 
las demás especies, conocidas anteriormente con 
los nombres de Medusa eguorea crac ¿ata a u-rita, 
fuesen en un todo semejantes á las que se halla- 
ban en el mar Báltico: una grande harmonía en 
los productos de la naturaleza trasluce á cada 
paso cuando éstos se examinen y comparen, so- 
bre todo, la extensión del globo. 

No era nuestro ánimo el sacrificar un día si- 
quiera de la actual estación favorable al recono- 
cimiento prolijo de las costas que teníamos ac- 
tualmente á la vista; antes bien, con el deseo de 
alcanzar cuanto antes los paralelos inmediatos 
al ele 60 o hacia donde debían dirigirse nuestras 
pesquisas, no podíamos desentendemos que el 
recalar en paralelos tan bajos era sólo efecto de 
los últimos vientos escasos, y que la misma corta 
distancia á la costa sería un nuevo obstáculo 
para gozar de vientos frescos y favorables. Así, 
luego que pasadas algunas horas de calma, 
logramos en la mañanita del 24 ver entablado 
viento galeno del Este, hicimos rumbos más bien 
algo divergentes de la costa, la cual, sin embar- 
go, lográbamos no perder de vista con el auxilio 
de un tiempo bien claro y placentero; á las tres 
de la mañana el Monte Edgecumbre nos demoraba 
al Norte de la aguja, y al medio día ya le mar- 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


153 


cábamos al Norte 72 o 30' Este, viéndose al mis- 
mo tiempo el monte nevado de Tairweather ó 
Buen Tiempo al Norte 25 o * 30' Oeste; en este 
punto era nuestra latitud de 67 o io' y la longitud 
por el cronómetro 72 de 37 r ' 23' 30" al Oeste de 
Acapulco; la variación magnética, próximamente 
de 25 o . 

En balde, á la distancia á que navegábamos 
de la costa, intentábamos determinar la verda- 
dera posición de los puertos de Guadalupe y de 
los Remedios, visitados en el año 75 por el Te- 
niente de navio Cuadra: varios mogotes que ya 
en una, ya en otra parte, se hacían visibles ha- 
cia el Noroeste del Cabo de Engaño, debían na- 
turalmente confundirse unos con otros, abriendo 
á veces unas al parecer bocas, que á poco rato 
notábamos ser más bien efecto del terreno, en 
partes nevado y en parte no. Pero no podía ocul- 
társenos el Monte de la Cruz, así llamado por el 
Capitán Coolc, desde donde sigue la cordillera 
que termina en el Monte Tairweather; medimos 
su altura y la de este último monte notable, el 
cual en aquella estación tan benigna estaba aún 
cubierto de nieve hasta la falda. 

Hasta las cuatro de la tarde habíamos go- 
zado del viento favorable del primer cuadrante, 
bien que ya muy calmoso, pero poco después 
roló al Noroeste precisándonos á ceñir al Oeste- 
sudoeste con mar algo gruesa, que en nuestro 
mal estado de estiva nos causaba un abatimiento 
considerable. Continuamos el mismo bordo hasta 
las cuatro de la mañana, á cuya hora marcába- 
mos el Cabo Tairweather al Norte 15 o Este de la 
aguja, y luégo tomamos las muras á babor, li- 
sonjeándonos que con el día el viento que aún 
se mantenía del Noroeste rolaría algo más á la 
virazón. No puede imaginarse un tiempo más 
sereno y placentero del que gozábamos á la sa- 
zón. D. Felipe Bausá había conseguido tomar 
á la una y media de la mañana una vista del 
Cabo Buen Tiempo, aunque bien distante, y al 
salir el Sol, una marcación segura á su centro 
nos manifestaba la variación de la aguja de 
24 o i5 ; al Nordeste. 

En la misma mañana, 105 series de distan- 
cias lunares conformes entre sí y medidas con 
circunstancias bien favorables, manifestaban una 
longitud aún más oriental que la del día 23, pues 
se apartaba en r° y 32' de la del cronómetro 72, 
cuj'o movimiento, sin embargo, continuaba tan 
arreglado y uniforme como le habíamos adver- 
tido hasta entonces. 

Fué nuestra longitud al medio día, de 39 o 35' 
y la latitud de 57° 59' demorándonos a este tiem- 
po el Cabo Buen Tiempo al Norte 3 0 Este de la 
a £ u j a > Y el monte, al Norte n° Este, de suerte 
que 3 - a podíamos sin el menor recelo continuar 
nuestro bordo hacia la bahía de Bering, tanto 
más que las estimas diarias nos manifestaran 


casi segura la dirección de una corriente favora- j u 
ble hacia el Norte, En efecto, ya á las ocho de 
la tarde conseguimos marcar el Monte Buen 
Tiempo al Norte 33 o Este, distancia como siete 
leguas, viéndose al mismo tiempo una parte de 
la costa hacia el Oeste, en la cual nuestra ima- 
ginación y nuestros deseos nos representaban 
como existentes algunas abras grandes que á 
veces sospechábamos ser las de Bering } 7 á ve- 
ces otras de una internación mayor y más favo- 
rable. A la verdad, por cuanto se ciñesen las 
conjeturas de Mr. de Bauche sobre la existencia 
del paso al paralelo de 60 o , no podíamos desen- 
tendemos después de un examen maduro, ni de 
la poca exactitud de los instrumentos náuticos 
por los años de 1588, que pudieran muy bien 
equivocar la latitud en i°, ni de las adver- 
tencias del Capitán Cook, el que había nota- 
do hacia la bahía de Bering un trozo de tierra 
llana que por consiguiente debía reconocerse 
con toda exactitud; pero temiendo que las cali- 
mas ó los vientos contrarios no permitiesen este 
examen con las corbetas, hallábamos preferente 
el verificarlo con las lanchas, mientras las cor- 
betas en el puerto Mulgrave (1) se abasteciesen 
de agua, leña y lastre. 

Con estas reflexiones pareció prudente el dar 
una mirada siquiera á la calidad de aquellas cos- 
tas, de suerte que las lanchas pudiesen aventu- 
rarse con mayor conocimiento ó inclinarse ha- 
cia los parajes á donde más fácil fuese hallar 
un abrigo para los vientos contrarios. Con este 
solo intento se prolongó por la tarde el bordo 
hasta muy corta distancia de la tierra, y sólo á 
las once fué preciso tomar la vuelta de fuera, 
porque cerrado el tiempo con chubascos y ven- 
tolinas variables por lo común escasas y á ve- 
ces calmosas, nos aconchaba demasiado sin dar- 
nos ventaja alguna ni en latitud ni en longitud: 
la sonda aún no había dado fondo con 120 
brazas. 

Ya á las dos de la mañana entabló viento 
fresquito del Sudoeste, que despejado mediana- 
mente el cielo nos di ó lugar á navegar con ga- 
vias y mayores al Noroeste; pero la costa estaba 
aún muy cargada de arrumazón, de suerte que 
no pudimos verla hasta las tres, aunque á la sa- 
zón no excediese su distancia de cuatro ó cinco 
leguas; nos hallábamos precisamente entre las 
dos bahías avistadas en la tarde anterior; se nos 
representaba una isla que creíamos la indicada en 
las cartas inglesas, y los montes distantes esta- 
ban todos cubiertos de nieve hasta la falda: á las 
cinco ya no distábamos más que cuatro millas de 
la costa y particularmente de unos pedruscos 
amogotados, que al principio creimos islotes, 


(x) Así llamado por el Capitán l.)Non. que 1 cié e! 
primero á visitarle. 


20 



VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO 


154 


r, pero que vimos luego unidos á la tierra firme por 
medio de un arenal: el viento era aún escaso y 
calmoso y la marejada algo gruesa, lo cual nos 
obligó á navegar hasta las siete del bordo de 
fuera. 

Inmediata á la orilla y antepuesta á toda la 
cordillera nevada que desciende del Cabo Buen 
Tiempo, se extendía por largo trecho una faja de 
terreno bajo tan poblada de pinos hermosamente 
frondosos, que si pudiesen por algún tiempo ocul- 
tarse las nieves que le dominan, sin duda darían 
una idea más bien de un paralelo inmediato á la 
Línea, que de uno no distante del círculo polar: 
se agregaban á aquella hermosa perspectiva di- 
ferentes manchas de nieve en los ángulos salien- 
tes, que ó bien reflejaban con nuevo brillo los 
rayos benéficos del Sol ó representaban á la ima- 
ginación con diferentes sombras, ya un camino 
bien ancho ó ya unos campos perfectamente ni- 
velados: muchas bandadas de chorlitos voletea- 
ban en nuestras inmediaciones; el agua había to- 
mado un color más verdoso y la hallábamos mu- 
cho menos salada de la común del mar; final- 
mente, á medida que se iban disipando la calima 
ó las nubes, parecían extenderse más y más ha- 
cia el Oeste las arboledas que daban tan her- 
moso realce á aquella escena. 

Se observaron algunas series de horarios; se 
corrieron constantemente bases, y al medio día 
se halló la latitud de 59° Oeste, considerándonos 
en longitud de 38 o 46' y manifestando el azimute 
meridiano una variación de 34 o , que muy extraña 
si se comparase alas demás, debía sin duda atri- 
buirse á un efecto extraordinario de la atracción 
de los montes inmediatos. Hacia las cuatro de la 
tarde, la Atrevida encontró fondo con 50 bra- 
zas, hallándonos á la sazón desviados de la orilla 
unas tres leguas. 

En el actual reconocimiento ya disipadas cua- 
lesquiera dudas sobre la existencia de un paso ó 
de un abra siquiera más bien nuestras pesquisas 
se dirigían á combinar lo que había visto el Ca- 
pitán Cook; pues no existiendo la isla que pone 
en la entrada de la bahía de Bering, deseába- 
mos acertar con la parte de costa que le había 
causado aquella equivocación nada extraña en la 
distancia de siete leguas á que navegaba. La que 
nos había parecido isla por la mañanita, distaba 
mucho al Oeste de la caída de la cordillera que 
desciende del monte Buen Tiempo, y desde ésta 
hasta el principio de la otra que sigue hacia el 
monte de San Elias, ningún monte chico aislado 
se dejaba ver entre la tierra llana que efectiva- 
mente veíamos extenderse más adentro de la pri- 
mera cadena de montes. Si el Comandante Be- 
ring (como lo sospecha el Capitán Cook) recaló 
á esa parte de costa que de ningún modo puede 
llamarse sino una costa brava, no debía ser ex- 
traño que no hubiese podido mantenerse fondea- • 


do por largo tiempo, bien que el haber desem- 
barcado sus gentes precisamente en una isla y el 
hallarse ésta en latitud de 5S 0 28 r , hacen creer 
que deba más bien suponerse su recalada hacia 
la entrada de la Cruz. 

Las observaciones de longitud hechas á las 
seis de la tarde, nos indicaron una corriente no 
muy rápida hacia el Este, y en efecto, por cuanto 
nos esforzásemos en aprovechar cualesquiera 
ventolinas, apenas habíamos ganado desde el 
medio día unos diez minutos en longitud y nues- 
tra distancia á la costa no era mayor de siete á 
ocho millas: advertíamos á la sazón en la inme- 
diación de las arboledas una ú otra llamarada, 
señal segura de habitantes. El viento se conser- 
vaba aún calmoso del Sur, y los ciclos y horizon- 
tes bien despejados y apacibles, no tardaron, sin 
embargo, en llenarse de calima, cuando ya pues- 
to el Sol empezó el viento á rolar hacia el Este: 
con él navegóse alguna distancia, y á la media 
noche ya por fondo de 70 brazas arena nos ha- 
bíamos alejado unas cinco leguas de la costa. 

Asegurado á lo menos por algunas horas el 
viento favorable, no nos descuidamos en empren- 
der de nuevo un reconocimiento bien prolijo, or- 
zando antes al Noroeste y luégo al Norte sóbre- 
las gavias, por manera que á las tres de la ma- 
ñana sólo distásemos dos millas escasas de la 
playa, por fondo de 22 brazas arena negra fina: 
antes de llegar á esta posición, la casualidad de 
estar claros los horizontes del primer cuadrante, 
nos había proporcionado la vista de los montes 
traseros á la bahía de Bering, cargados de nieve 
. y regularmente altos, formando una segunda cor- 
dillera que disipaba por consiguiente cualesquie- 
ra sospechas de la existencia de un mar hacia el 
Norte, como parecía indicarlo el Capitán Cook: 
al mismo tiempo veíamos sin la menor duda el 
montecito aislado que desde lejos pudiera equi- 
vocarse por isla; bien que si consultásemos la la- 
titud de 59 o xS r determinada por el Capitán in- 
glés, debían más bien recaer nuestras sospechas 
en un trozo de tierra llana que sigue al Oesno- 
r oes te. 

Continuábamos á distancia de una 6 dos le- 
guas reconociendo la costa que conduce á la Pun- 
ta Carrew (1) del Capitán Dixon, y áun favore- 
cidos del viento, ya á las seis de la mañana ha- 
bíamos atracado aquella misma punta, exami- 
nando prolijamente la entrada del puerto Mul- 
grave, cuando en la cordillera de montes cuyas 
faldas baña el mar en lo más hondo de la ba- 
hía del Almirantazgo, descubrióse un abra cuya 
boca é internación culebreada parecían aseme- 
jarse á las tierras de Ferrer Maldonado: muy 

(1) Por la comodidad de la pronunciación y or- 
tografía española más bien que para tomar el derecho 
de descubridores, se ha variado el nombre de la Pun- 
ta Carrew y algunos otros parajes de aquella costa. 



CORBETAS DESCUBIERTA Y ATREVIDA 


i 5d 


7 luégo la imaginación prestó mil razones aparen- 
tes al deseo: contemplábamos todo lo que pare- 
cía poderse combinar con la descripción del paso; 
rechazábamos ó procurábamos justificar lo que 
de ningún modo concurría con el terreno descri- 
to; finalmente, cada uno á su albedrío, ó alarga- 
ba la extensión de la cañada hacia el Norte ó 
atribuía á la distancia y á la vista la falta de 
aquellas circunstancias que aún no podían re- 
unirse para disipar las últimas dudas. Puede 
imaginarse que no tardamos un momento en or- 
zar hacia el abra indicada, pues, sin embargo que 
no fuese nuestro ánimo el aventurar las corbetas 
sobre la sola r